miércoles, 12 de febrero de 2020

EL AZADÓN



Dicen llorando las aceitunas: Que me expriman a mí y no al agricultor. Hasta ellas se avergüenzan por el bajo precio de su esencia.
Dedicado a las buenas gentes del campo, a los que se fueron, y a los que siguen en la brecha conservando el arrojo que heredaron de nuestros antepasados.

El azadón se hundía en la tierra una y otra vez bajo la copa del olivo.  ¡Chas!... ¡Chas!... ¡Chas!  La azada iba pegando mordiscos a la dura tierra que el arado no había podido horadar, mientras que el campesino la iba repartiendo la mayor parte de las veces de manera generosa hacia el tronco de la oliva. A intervalos el sonido de las cavadas cambiaba por el de un, ploc… ploc… ploc, cuando el jornalero golpeaba con el mocho del azadón a los terrones que nacían al remover la tierra. Esta acción la empleaba con más eficiencia al terminar la cava, cuando sus pies que antes habían estado sepultados aparecían pisando la mullida tierra que ahora iba alisando de arriba hacia abajo hasta  haber completado el trozo aproximado de poco más de un metro a izquierda y derecha de cada pata del olivo, la que el arado a la segunda vuelta en la bina tampoco iba a remover a pesar de que la besana estuviese trazada en sentido contrario. Después tomaba aire, y mientras disfrutaba unos momentos de su trabajo  apoyado en su azadón, al poco, volvía a repetir la operación en otro olivo no sin antes  de empezar como era su costumbre haberse escupido en la mano para que no resbalase esta por el alisado astil que parecía estar barnizado motivado por el desgaste de infinitos jornales, azadón este acostumbrado a pernoctar en cortijos  propiedad todos ellos de holgados terratenientes. Aquella era una buena azada con la curvatura del astil perfecta fabricada por el aladrero del pueblo, que entre otras buenas cualidades tenía la virtud de saber guardar el secreto de incontables meadas en su mocho para humedecer la madera.  

Hace poco vi de nuevo aquella herramienta y recordé a aquél campesino que trabajó con ella que no era otro que este escribe. Estaba en la cámara de la casa de mis padres, en un rincón entre un sinfín de objetos, y al contemplar aquél azadón, la figura de mi progenitor apareció en mi memoria porque éste fue el dueño de aquélla azada con la que yo trabajé y que permanecía oxidada entre telarañas junto con aquél su inseparable astil ahora sin lustre alguno que al moverlo bailaba dentro del anillo metálico con el que siempre había permanecido aprisionado además de tener agrietada su madera con diversas cicatrices alargadas y profundas.
Cierro mis ojos y veo a mi padre arando con la yunta, y yo con trece años “cavando pies”, de los olivos,  cuando en los descansos “revesos” solía aleccionarme con aquella su repetida cantinela:
         <<-Nene, ¿por qué no has querido estudiar? Tú valías. Vas a ser en la vida otro desgraciado como yo, otro más de los muchos que trabajamos en el campo, a los que nadie nos mira>>.
Y yo, teniendo la respuesta, me tenía que callar para no ahondar más en su dolor, puesto que nunca quise decirle que tomé esa decisión para ayudar a la apurada economía familiar. Todo, porque cuando tenía trece años, yo pensaba como un hombre de veinte. Me sinceré con él hará unas décadas cuando todavía estaba con nosotros y el azadón referido estaba ya harto de estar en el sitio que lo encontré hace poco.

“Cavar pies” así se le conocía a este trabajo que era la acción de cavar alrededor de los olivos la tierra que el arado no podía roturar. Recuerdo que no quedaba olivo en nuestro término al que no se le realizase esta labor. Se ahondaba hasta conseguir  mullir la tierra bajo su copa y al mismo tiempo sanear la madeja de raicillas “tortoleras” que emergían de su tronco.
Tremendo error hoy demostrado, el de la “cava de pies”. Nadie realiza ya este trabajo, y las olivas si cabe, siguen dando tanto o más fruto que antes. Ellas, ahora, duermen tranquilas porque su dueño no va a despojarlas de esas raicillas que se desarrollan en su tronco y que les sirven para nutrirse de la savia que la planta necesita.

Nadie se baña en el rio dos veces en la misma agua. Todo cambia con el tiempo, a veces para mejor.

Sirva este recuerdo que comparto hoy con vosotros como muestra de solidaridad en defensa de los agricultores por el bajo precio de nuestro aceite.

PRECIOS AGRÍCOLAS



Porque me sale del alma.

En aquélla pequeña aldea, Perico el Hortelano era muy conocido. Adquirió el mismo nombre y sobrenombre que su padre y que el de su abuelo, y al mismo tiempo que heredó este apelativo, también recibió como legado el huerto proveniente de sus antepasados que siempre se habían dedicado al cultivo de hortalizas y árboles frutales, entre los que destacaban los cítricos. Perico, junto con sus cuatro hijos habían cultivado aquél huerto vendiendo sus géneros a la Tía Engracia, la de la tienda, y a los fruteros de la capital que venían a proveerse a diario de aquellas hortalizas regadas con las aguas cristalinas de un arroyo que atravesaba su amplia parcela.

Hoy, Perico, ha estado en su huerto. Recela ir  porque no le gusta afligirse como cada vez que lo visita. Sus hijos se fueron poco a poco uno tras otro lejos del pueblo buscando otros horizontes cuando aquél vergel dejó de ser rentable motivado por los bajos precios de sus cosechas. Él, siempre, siguiendo el ejemplo de sus antepasados nunca llegó a utilizar en su huerto productos fitosanitarios ni abono que no fuera el del estiércol de los animales que le ayudaban a desarrollar las labores agrícolas. De ahí que sus olorosos tomates  tenían fama ganada por su textura y sabor, como también sus tiernas “habicholillas”, y ni que decir de sus pimientos, berenjenas como también de sus patatas que daban muy bien el “frito”. Día a día, todo lo que la huerta producía era esperado por los clientes que demandaban cada vez más los géneros de Perico el Hortelano.

Pero llegó el día en el que la Tía Engracia dejó de comprarle porque cerró su negocio, y también sus mejores clientes de la capital que de forma paulatina fueron clausurando sus establecimientos como el resto de tantos conocidos y asiduos parroquianos, todo, porque no podían competir con los precios de aquellas tiendas descomunales llamadas supermercados que vendían de todo  con los que resultaba muy difícil rivalizar.

Hoy, Perico, está en su huerta, y contempla el suelo sembrado de naranjas y a aquellos árboles plantados por él y sus hijos de la variedad navel que año tras año sin prestarles la atención debida, a pesar de ello, seguían dando frutos. Naranjos y limoneros que  recolectaba a pesar de que muchas de las veces el coste de la recogida no se aproximaba ni tan siquiera a lo que recaudaba  por la cosecha. Pero este año el precio de la naranja está muy por debajo de los precios de otros años y por eso al igual que han hecho otros como él, ha preferido con dolor de su corazón dejar caer el fruto al suelo.

Perico el Hortelano no entiende de economía, ni comprende que las naranjas, tomates y otros artículos hortofrutícolas que se ofrecen en muchos  establecimientos provengan de otros países mientras que los productos nacionales, los nuestros, se vean abocados a pudrirse en el suelo, y piensa allí estando en su huerto en tantos niños desnutridos como la televisión nos muestra a diario pidiendo una ayuda para poder alimentarlos, y por ello se siente responsable de la actitud adoptada; actitud la suya, la de no recolectar su pequeña cosecha de naranjas consiguiendo que se pudran en el suelo.
Le dicen a este buen hombre que todo es como consecuencia de convenios que mantiene la Unión Europea con países lejanos y con otros más próximos a nuestro entorno importando de ellos artículos alimenticios de esas naciones a muy bajo precio en detrimento de muchos  de los que somos excedentarios.

Perico el Hortelano no posee una base cultural sólida, pues solo estuvo en la escuela unos años donde aprendió nada más que lo básico como muchos niños de su tiempo, pero considera que se deben de tomar soluciones para paliar esta difícil coyuntura por la que atraviesa el campo español, entre las primeras, el articular medidas dentro de la UE para no importar productos de los que seamos excedentarios, como también a nivel nacional colocar una etiqueta en los establecimientos que identifiquen a los géneros producidos en España, y así sepamos a la hora de la compra de donde proviene aquello que adquirimos, y ya por último, establecer una buena campaña  a nivel comunitario publicitando nuestros buenos productos, aquellos que forman parte de la dieta mediterránea y que como garantía pasan por todos  controles sanitarios establecidos.

Este que escribe, ha hablado con Perico el Hortelano y le he manifestado que me solidarizo con él. Perico conoce muy bien el pueblo de Torredelcampo y apoya asimismo a nuestra gente y a todo el sector olivarero hoy muy preocupado por los actuales bajos precios de nuestro producto estrella, el aceite, el sustento de muchas familias. En nuestra conversación le he dicho que echo de menos aquellos tomates que él producía en su huerto, nada comparables con los que hoy consumimos, y lo peor, a saber de dónde provienen. Me ha dicho que me va a enviar a mi casa unas cajas de naranjas, y luego, cuando llegue el verano, de lo que planta en su huerto para su consumo, tomates, junto con más hortalizas. Yo le he prometido hacerle llegar una caja de nuestro rico aceite torrecampeño, otra manera esta la de fomentar nuestro principal producto aunque sea utilizando el trueque, la práctica comercial más antigua.
Ánimo, amigos.

sábado, 18 de enero de 2020

RICOS Y POBRES


                                            (Foto de J.M. Suárez)

La foto de cabecera de este escrito es tan conmovedora que me ha hecho recordar cuando estudiando marketing bancario me tocó profundizar y analizar la Pirámide de  Abraham  H. Maslow, psicólogo estadounidense que murió en 1970 que entre sus muchas frases célebres recuerdo la siguiente: La satisfacción de una necesidad crea otra,  expresión esta que el profesor que impartía la clase nos recalcaba una y otra vez como claro exponente a desarrollar por cada uno de nosotros de cara al cliente en nuestro puesto de trabajo. La teoría de la pirámide afirma que las acciones del ser humano nacen de una motivación innata a cubrir nuestras necesidades, las cuales se ordenan jerárquicamente dependiendo de la importancia que tenga para nuestro bienestar.

No voy a desmenuzar las cinco partes de que consta dicha pirámide, pero si voy a ahondar en alguna de ellas sobre todo en la primera donde se sustenta la base de la figura geométrica que abarca la mayor porción de ella en la que se encuentran las necesidades fisiológicas o básicas de todo ser humano, como son entre otras la más primordial, la alimentación. La foto que muestro es tan expresiva que desvela quién  es la persona que está en la base de la pirámide, y quienes ya han conseguido escalar las siguientes necesidades como: la de seguridad y protección, la de afiliación y afecto, la de reconocimiento y estima, y tal vez la última la de autorrealización.

Y ahí está el pobre hombre de la foto corriendo al paso de la calesa mendigando con su gorra una limosna, de seguro para comida, mientras que los ocupantes del coche de caballos parecen ignorarlo. Es despreciable el ver como estos “caballeros” parecen absortos a la súplica del desgraciado. Puede que esta foto esté realizada hará al menos un siglo cuando la mayor parte de la población estaba estacionada en la base de la pirámide cuyo objetivo  era poder llenar día a día su estómago. Hoy, aunque debo de admitir que quedan algunos de estos últimos, la mayor parte de nuestra sociedad, aquí en nuestro país,  estamos estancados una buena parte en el segundo escalón, porque teniendo segura la alimentación, el ser humano busca el siguiente peldaño  que es el de la seguridad; la seguridad a un empleo, la de un hogar, además de la de tener recursos disponibles para afrontar cualquier contingencia.

El ser humano lucha para conseguir llegar a la cúspide de la pirámide que cito, y ahondando en la cita de Maslow: La satisfacción de una necesidad crea otra, vemos cómo las personas que van satisfaciendo necesidades en cuanto logran una, quieren tener otra. Por poner un ejemplo, aquellos que viven en un barrio humilde cambian de inmediato si su economía se lo permite a urbanizaciones lujosas queriendo con ello ganar el autorreconocimiento, la confianza, y el respeto de los que los rodean. Somos así por naturaleza.

Vivimos hoy en un mundo globalizado por las últimas tecnologías puestas al alcance del hombre en las que un puñado de ricos manejan la economía del planeta. No llegan a treinta las personas  que poseen el 50% de toda la riqueza del mundo. Son los multimillonarios, los que luchan entre ellos por aparecer ocupando un puesto cada vez más relevante en la revista Forbes, pero para mí, estos, son seres despreciables, porque yo a quienes admiro son a  los ricos de corazón, aquellos que van ayudando a cuantas personas necesitadas encuentran en su camino. En nuestro pueblo, afortunadamente no hay ninguno de los del grupo primero, ni falta que nos hace, pero sí de los que están dispuestos  desde la plataforma donde prestan su servicio a la sociedad, y otros de manera voluntaria y altruista, a favorecer a los más necesitados. Aparece en mi mente la imagen de uno de estos últimos. Me reservo dar su nombre, aunque sé que él, cuando esto lea no se sentirá identificado porque su humildad se lo ha de impedir. Estas personas para mí son las que llegan a alcanzar la cúspide de la pirámide, porque aparte de beneficiar a las gentes que favorecen, percibirán con sus buenas acciones el gozo de la  autorrealización, de ello estoy seguro.

En definitiva, ojalá nunca lleguemos a ver imágenes como la de la foto, ni ninguna que se le asemeje. Hagamos pues entre todos, un mundo más justo porque querámoslo o no, navegamos en el mismo barco.  

Termino con una cita para que nos sirva de consuelo: Siempre imaginamos a los demás mucho más felices de lo que son en realidad. (Montesquieu)

Antero Villar Rosa

miércoles, 11 de diciembre de 2019

RECUERDOS GRISES ESCRITOS CON TINTA NEGRA




Escrito el 10 de diciembre, Dia Internacional de los Derechos Humanos
Dos viejos están sentados al sol en la puerta de su casa. Sus sillas de anea se asientan sobre la blanda tierra de la calle. Ella, toda vestida de negro teje con largas agujas una prenda de lana mientras mira de soslayo a quienes pasan por la calle sin que interfiera esto su labor. Tan solo  a intervalos para en el arte de urdir la prenda para ajustarse el pañuelo negro que le cubre la cabeza, o para ahuyentar a alguna pesada mosca. El abuelo con un pantalón remendado con varios parches donde la tela nueva se distingue del paño de la primitiva, saca de un bolsillo de su más que raída chaqueta una petaca de cuero y un librito de papel, y con mucha parsimonia se dispone a liar un cigarrillo. El brillo del cuero de la petaca refulge con el sol de media mañana y desaparece con las chispas que produce el pedernal al ser restregado con un instrumento que el viejo frota hasta conseguir encender la yesca que luego aviva con varios soplos.  Al poco, después de sostener el cigarrillo con sus amarillos dedos  achicharrados por la nicotina de tanto fumar,  algunas volutas de humo salidas de los pulmones del anciano se desperdigan calle abajo.
Un mendigo treintañero al que la falta una pierna va de casa en casa ayudado por unas muletas pidiendo limosna. La tela de la pernera libre de carne y hueso la sostiene con una cuerda en su cintura, la que le sirve a su vez de cinturón. Le acompaña una niña descalza y harapienta que sostiene una lata donde al andar suenan algunas monedas de poco valor. Van de casa en casa.
-¡Ave María Purísima! Una ayuda, por caridad -va suplicando el desgraciado.
-Perdone usted por Dios -se oye desde el interior de algunas estancias sin que sus dueños se dignen en salir.
 Unos niños que jugaban en la calle dejan de hacerlo y curiosos ellos, siguen al forastero indigente y a la niña. Cuando llegan los pedigüeños a la altura donde toman el sol aquellos viejos, el abuelo le pregunta sobre la pierna que le falta, y este le dice que la perdió en la guerra, aunque antes de responder ha mirado a un lado y a otro de la calle con temor a que alguien le pudiera estar oyendo. El anciano le ofrece un cigarrillo, y después de liarlo se lo da  encendido al pordiosero que fuma sosteniéndose ahora, no sobre sus muletas, y sí en los muros de la casa. La mujer que ha dejado las agujas y la lana encima de la silla, se adentra en la casa y aparece con un pan en la mano y se lo da al desgraciado mientras esta enjuga sus lágrimas. El abuelo trata de consolar al lisiado diciéndole que el galón negro que luce en su chaqueta y el luto de su mujer es por un hijo que murió en el frente, así que él también fue perdedor, lo mismo que su padre también lo fue en otro tiempo, en la guerra de Cuba, le dice. La niña desgreñada a la que ahora le cuelga un moco, ayuda a meter el pan en unas alforjas que lleva en bandolera su lisiado padre. Ambos dicen adiós después de dar las gracias.
¡Lástima! ¡Cuántas desgracias fabrican las guerras!, masculla para sus adentros el anciano, que le dice a su mujer si en el pueblo del indigente so será merecedor por su desgracia para regentar un estanco como viene siendo lo habitual para con muchos.
Los niños antes de llegar al final de la calle dejan de seguir a los pordioseros y prestan ahora toda su atención en el trapero que con una cesta en los brazos lleva globos, paloduz, “mistones”, y “revolantines” entre otras chucherías. Muchos de ellos desearían tener una bombilla fundida para intercambiar su metal por cualquier baratija.
Un hombre marcha por la calle acompañado por una pareja de la Guardia Civil. Los niños ajenos a ello siguen al trapero que vocea hasta desgañitarse anunciándose. Entre tricornios y fusiles lo llevan a este hombre  porque lo han encontrado en los olivares rebuscando aceituna sin que el organismo competente haya dado la orden aún para comenzar la rebusca.
         -Francisca, echa un ojito a mi casa que la dejo abierta, que voy a comprar un poco de aguarrás “aca” Tomás Albacete, que es “pa mi “mario” para darle unas friegas en la cintura cuando venga del campo –le dice una vecina a la mujer enlutada que sigue tejiendo lana al sol.
         -“Decudia”, ve tranquila -le responde esta.
La calle huele a cocido que roncará en alguna lumbre mientras que las gallinas se oyen cacarear en los corrales. Es mediodía y los albañiles pronto darán de mano. La familia del rebuscador de aceituna merodea preocupada cerca de la casa cuartel que aparece al fondo de la calle.
Así era la vida de mi calle, como la de cualquier otra calle de mi pueblo en los años cincuenta.



viernes, 6 de diciembre de 2019

LA PUERTA MARTOS

                                           
                                                                   Foto de José Arrebola

Creo que no seríamos nada sin nuestros recuerdos. Los recuerdos son emociones vividas asociadas unas veces al dolor, otras a la tristeza o a la felicidad como también a la nostalgia y a  muchos más enternecimientos que junto con los aromas perduran para siempre en nuestra memoria, pero todos sabemos que es imposible recordar todo lo vivido, aunque doy por probado que nuestra mente está capacitada para albergar algunos videos del pasado como el que más adelante proyectaré.
Contemplo la Puerta Martos recientemente transformada en un lugar precioso, donde el color verde prolifera entre trallazos de  variopintos y vivos matices en una zona de recreo para los niños, mezclándose todo entre las plantas y las esculturas de nuestro paisano José Galiano legadas por su primitivo propietario, contribuyendo el conjunto de todo ello a la relajación y al esparcimiento. Un lujo comparado con lo que era este lugar sesenta años atrás.
Activo la Cifesa de mis recuerdos, y en la proyección en blanco y negro de aquella película de la Puerta Martos de mis tiempos, me aparecen como primeras imágenes los muros de piedra del puente del arroyo a un lado y a otro de la carretera. De niño me gustaba contemplar las aguas que corrían bajo sus bóvedas; aguas que debían de sortear una infinidad de objetos desechados además de animales muertos que la gente arrojaba al arroyo sin ningún reparo porque creo que no estaba prohibido hacerlo, y allí reposaban, pudriéndose hasta cuando la “venia” de alguna tormenta los arrastraba.
Ahora, la máquina que proyecta estos recuerdos la dirijo cauce arriba del arroyo, y a pocos metros del puente referido en el lado derecho,  aparece un transformador de la luz, y casi colindante una casilla muy diminuta donde malvivía en condiciones infrahumanas el hombre del patín junto con su mujer –por no conocer su nombre omito dar el apodo-. Era este un hombre menudo, de tez oscura, que todos los días iba a la estación con su herramienta de trabajo, el patín, para transportar alguna maleta o bulto que le encargaran los viajeros que nos visitaban.
En el lado izquierdo esquina con Quebradizas estaba la fábrica de yeso de Gabriel Jiménez (El Olivo), hermano de mi abuela materna. Ahora, el video de mis recuerdos se detiene contemplando el camión del referido familiar que cayó vertiente abajo hasta el arroyo, y de cómo con sogas medio pueblo tirando de él lo izó hasta arriba. Por esa vertiente caía en cascada el pequeño arroyo que bajaba la calle Quebradizas aquellos años que los temporales se sucedían unos con otros.  
Siguiendo cauce arriba del arroyo la máquina retrospectiva de mis recuerdos me lleva a contemplar a una hilera de mujeres a un lado y otro del arroyo lavando la ropa en aquellas aguas limpias y cantarinas que después de chocar contra las peñas bajaban acariciando a uno y otro lado a espesas matas de juncos donde yo con sus tallos hacía mis barquitos que deslizaba arroyo abajo cuando iba a ayudarle a mi madre a llevar la canasta con la ropa. La máquina se detiene y enfoca hierbas olorosas como el poleo que jalonaban sus orillas, plantas que bebían en los remansos del arroyo y por donde entre sus matas saltaban las ranas.
Me voy otra vez al puente y desde allí dirijo el proyector de la máquina hacía el otro puente del  Camino de la Estación. Desde aquí y hasta llegar a él, las aguas del arroyo andan ya sucias y malolientes teñidas por el vaciado de elementos fecales que desembocan en el arroyo, lo que hace que en los meses de estío su olor sea más hediondo envuelto en el verano entre nubes de mosquitos. Sus ricos nutrientes alimentan a un sinfín de higueras y cañaverales que marcan el arroyo a un lado y a otro sirviendo para que mucha gente que no teniendo otro sitio para hacerlo, de forma disimulada entre la jungla de matorrales, se oculte para evacuar alejados siempre de las tapias de los corrales.
Me quedo mirando hacia donde está ahora la cafetería Platero y cerrando mis ojos veo un local donde alquilan bicicletas. Le doy dos reales al dueño que mira su reloj, y me dice que en media hora debo de devolverle la bici. No cabe duda que se la devolveré, como devuelvo a mi pueblo todos estos recuerdos que permanecerán para siempre enterrados en este hoy precioso y recién reformado lugar.
La vida nos es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla (García Márquez)
Disfruto contándote cómo fue la Puerta Martos en mis tiempos, pero me regocijo hoy mucho más contemplando su bella transformación. Doy las gracias a todas las personas que han contribuido para que esto sea una realidad y sirva para el goce y disfrute de todos los torrecampeños/as. Cuidemos y respetemos este lugar.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

SER TIERRA EN MI TIERRA


                                              Foto de José Alcántara en Amigos de Torredelcampo
Cómo me gustaría haber sido tierra en mi tierra y haber podido con mis nutrientes sustentar en los ribazos de los caminos y en las laderas de los torrentes a los cardillos sin dueño, a los majuletos con canute,  a las allozas verdes, y  así detener con esportillas de esparto el hambre de aquellos años de penurias y privaciones.  

Cómo me gustaría haber sido tierra en mi tierra para haber fecundado los granos prestados para la siembra a aquellos desdichados agricultores, y lograr que olas de tersas espigas llegaran a meced el verde trigal, soñando que algún chubasco diera de beber el último vaso de agua a las cañas del sembrado antes de que maduraran las espigas preñadas de granos; granos  que se medirían después por fanegas, cuartillas, y celemines. 

Cómo me gustaría ser tierra en mi tierra y alfombrar de flores nuestra sierra y nuestro cerro. Ser tierra que alimente el tomillo oloroso. Ser tierra cobijada a la sombra de un pino y poder contar las agujas de sus hojas que lentamente van cayendo  al suelo ante la menor brisa serrana.  Ser tierra en La Bañizuela  y contemplar cómo se posan en las ramas de alguna carrasca pajarillos que  sin saberlo gozan en este gueto de una libertad regalada. 

Cómo me gustaría haber sido tierra en mi tierra y llegar a oír fandangos dormidos en besanas de aperaores y muleros, y escucharlos de noche en aquellos cortijos donde los jornaleros desgranaban sus pesares transformados en quejios flamencos, en lamentos que rasgaban el aire avivando los candiles,  con letras donde escondían su desconsuelo de amor y el de su penoso vivir.

Cómo me gustaría haber sido tierra en mi calle, y haberme dejado acariciar  por aquellos niños que jugaban   al marro en el blando barro. Tierra a la que herían hincando aquél palo de punta afilada entre las regueras de temporales incesantes salpicando sus mandilones con el lodo de los charcos,  mezclado a veces con el orín de las bestias que transitaban por entre aquellos perpetuos barrizales.

Cómo me gustaría ser tierra en mi tierra, aunque fuese  tierra herida por las dentelladas del afilado azadón que se hundía bajo los pies de aquellos olivos de amos holgazanes. De amos con pañuelos en los bolsillos de los trajes, de terratenientes que dormitaban en cafés de veladores privados entre tertulias burguesas, donde cuando callaba la palabra dinero sólo se oía el del lamer del cepillo del limpiabotas. 

Cómo me gustaría ser tierra en mi tierra cuando mis huesos se desmoronen, y viajar en un remolino de viento húmedo otoñal envuelto entre vilanos y  paja de aquellas eras de  mi pueblo. 

domingo, 17 de noviembre de 2019

DOLORES DE BARRIGA O RETORTIJONES.



Cuando a los niños en mis tiempos nos dolía la barriga, al día siguiente si persistía el dolor, lo más recurrente era que en ayunas te dieran a beber un par de vasos de agua de Carabaña. <<Dale una purga>> era lo que recomendaba la vecina más experimentada que ya casó a todos sus hijos y que solucionaba este problema  cuando estaban estreñidos. El agua de Carabaña venía envasada en botellas de cristal transparente de medio litro, envase que era empleado después para otros usos, entre ellos el de utilizarlo para que el cabrero a puerta de calle nos llenase de leche directamente la botella desde las ubres de las cabras, y también para medir la ración de vino del cabeza de familia.
Otra de las recomendaciones de aquella vecina para paliar el dolor de tripa sería la de emplear unas friegas con linimento del Tío del Bigote, aquél potingue oloroso que en el frasco aparecía un señor luciendo un enorme mostacho, y una frase: Linimento Sloam, Mata Dolores. Si al tercer día el niño no había evacuado, aquella buena vecina lo más seguro era que ella misma le obligara a la pobre criatura a abrir la boca para que tragara al menos dos cucharadas de aceite de ricino, por más que la abuela del chiquillo se opusiera por los malos recuerdos que esto le traía de un tiempo atrás, de cuando terminó la guerra, (…) y recomendaría mejor emplear una lavativa, de las que se empleaban entonces, con el depósito de agua colgando y la goma con su llave incorporada para abrir y cerrar a medida de la necesidad del usuario.
Y así, con estos remedios se solían aminorar muchos los dolores de tripa de mis tiempos, pero ninguna  de estas soluciones eran eficaces cuando entre los recodos y sinuosidades de los intestinos anidaba la solitaria, pero no voy a extenderme en esto último por lo desagradable que me resulta resucitar escenas tan repugnantes. Pasados los retortijones, y solucionado el problema de la evacuación, todo quedaba en una anécdota que invitaba a la hilaridad ante cualquier comentario, pero cuando el dolor de barriga se presentaba con vómitos y fiebres, sucedía que la familia no podía disimular su preocupación ante el temor de que esos dolores fueran los de la “pendi”, a los que en mis tiempos también llamaban “el dolor del miserere”, o cólico del miserere ya que quiénes lo sufrían si no se diagnosticaba a tiempo no tenían salvación muriendo a los pocos días entre fuertes dolores, fiebres, y vómitos.
Miserere,  que significa en latín, apiádate o ten piedad. Cierro mis ojos y me remonto siglos atrás cuando quiénes lo sufrían recibían la visita del sacerdote entre cánticos en latín implorando misericordia por el que iba a morir, lo que contribuiría a la desazón del agonizante.
La palabra más usada en nuestro pueblo cuando se sufrían retortijones de tripa era la de estar aterquinao, que en la  mayoría de los casos eran por los excesos de tantos y continuos potajes como se consumían en mis tiempos, pero por desgracia no se estaba aterquinao  por comer jamón de Jabugo o por consumir  angulas de Aguinaga, ni tampoco por comer lo que leí una vez en la carta de un restaurante: mar de arroz al toque de azafrán con hilos de mejillón, salpicado con sudor de olivas jiennenses (hubiese quedado mejor con sudor de olivas torrecampeñas) Cuando ahora te atiborras de estas exquisiteces lo más que te puede pasar es que te diagnostiquen gases.
Todo ha cambiado naturalmente a mejor, y es que las levaduras simbióticas, las bacterias, el dióxido de carbono, y hasta el metano que producen nuestros intestinos es de una calidad tal, que cuando salen al exterior llegan a confundirse  con los mejores perfumes, como  el  del parfum chanel nº 5 por poner un ejemplo. En fin, no es cuestión de invitarles a comprobarlo.