miércoles, 7 de enero de 2015

EL "ARREMATE" NAVIDEÑO

Se acabó la Navidad otro año más, la fiesta de Año Nuevo y también la de Reyes. Es hora de recoger el árbol, las luces, las bolas y todos los adornos navideños y llevarlos al trastero hasta el año siguiente. Hoy cuando esto escribo es el día en el que han despertado los niños con la ilusión de encontrar los juguetes a pié de cama o en el salón. Ilusión que sólo les durará unas horas, después abandonaran ese juguete de plástico para distraerse con el que desde primera hora todos los días vienen jugando, utilizando para ello los pulgares de sus manos; me refiero a los de tecnología punta como la tableta y el smartphone.  
Atrás quedó también otro año más el sorteo de Navidad y el del Niño, donde la ilusión de los mayores quedó truncada otra vez, para volver la siguiente Navidad a jugar de nuevo, a pesar de que ahora se prometa que este año ha sido el último.
Ahora, se volverá a la rutina diaria. Se acabaron los días de vacaciones para aquellos pocos afortunados que en Navidad descansaron, y volverá el centro de Madrid a recobrar la tranquilidad que no la calma, pues aunque apretados ahora en los días navideños se podía al fin y al cabo andar por sus calles viendo las sonrisas dibujadas en los rostros de los pequeños sorprendidos por tantas luces y tanto colorido. Pronto estarán aquí los del “manisfestródomo” los de atajar la calle que no pase nadie que cantábamos los chiquillos de nuestro pueblo, y te tendrás que dar la vuelta para no verte envuelto de seguro en la revuelta. Veo a Madrid desde lejos cubierto con una boina negra de polución. No quiere llover y las heladas se suceden unas con otras haciendo bueno aquello que decía aquél de mis tiempos los días de frío como ahora: ¡Que se fastidien los ricos, que ahora todos tenemos frigorífico!  
Es la hora de apurar los restos de estos días de excesos. Siempre queda alguna botella con tres dedos de vino; la que descorchaste y ya no te acuerdas en qué comida la abriste. Han sido tantas. Estoy por asegurar que en todas las neveras queda aún algún que otro langostino, que aunque hayan perdido la vistosidad y el colorido del día que se compraron, habrá que dar buena cuenta de ellos. La niña mayor dirá que no quiere pues están un poco secos y hasta su olor no es bueno. La madre en cambio le reprimirá y los reservará para el abuelo; el que nunca se queja y siempre anda diciendo que en sus tiempos no los podía comer. Hace días apuró un resto de almejas, -lo que otros llaman chirlas- que llevaban chuchurridas varios días en un rincón del frigorífico y recordó mientras las chupaba más que las comía lo que siempre le repetía a la abuela: <<No me pongas almejas, pues me engañas a mi y también al perro>>
Son estos días después de Navidad los del arremate pero ya sin pandereta ni villacincos. Pero siempre quedará algo en las casas que no podremos nunca apurar y que durará una larga temporada, me estoy refiriendo a los mantecados y polvorones. Estos, ni el abuelo quiere meterles mano pues aunque dice que están muy ricos, pero como los que la abuela hacía en el horno de la calle ni punto de comparación. El, siempre están diciendo que los mantecados aquellos y las galletas rizadas que solía comer en navidad cuando era joven sabían a Nochebuena y a botella de anís rizada, aquella que se frotaba para hacer ruido con el rabo de una cuchara y con la que se pedía el aguinaldo con el cantar tan nuestro que decía: Si no me das el aguinaldo, al niño le voy a pedir...  
Los coros de nuestro pueblo entre ellos el de la Asociación Cultural Celedonio Cozar, y también el Duo Arpes, se vienen encargando de recordarnos año tras año letras y tonos de las navidades de aquella época. Mi más sincera enhorabuena a todos ellos por conservar esos viejos y añejos villancicos, algunos con entonaciones tan dulces que parecen canciones de cuna.         
Salgo a dar un paseo y observo como en los contenedores se amontonan las cajas que albergaban los juguetes con los que los niños se han despertado. Verdaderas montañas de cartón están esperando la llegada de los basureros. Si cuando fui pequeño hubiese encontrado una de las muchas cajas de cartón que veo amontonadas, de seguro le hubiese echo un agujero y atado una cuerda y me hubiese imaginado que era un coche o un camión. La imaginación estaba hermanada en mi época con la ilusión. Cómo nos llenaba de ilusión aquella cestica de caramelos que recibíamos como regalo de reyes, o los calcetines, o la bufanda a la que se la conocía por tapabocas; y no me cansaré de decirlo, no se podía ser más felices con tan poco. Los niños de ahora cuando tenga mi edad no sé qué dirán. A saber.