miércoles, 27 de febrero de 2019

LA CAMPIÑA




Decir la palabra campiña en Torredelcampo es dejar volar la mente hacia ese amplio paraje de nuestro término que abarca desde la Sierresuela hasta más allá del Pintao, después de pasar por el Berrueco, Pajarejos, Grajales y otras muchas más zonas, en las que hace más de cincuenta años, en este tiempo de marzo, el color predominante era el verde de las siembras; verde salpicado por el detonante de  los barbechos, que  podían cambiar de tonalidad dependiendo del color del terreno, reinando los marrones y grises salpicados a veces por jirones de “magra”sanguíneos, proyectándose  todos estos tonos con el estallido verde preponderante y rutilante de las siembras.

Campiña verde por marzo, olas de trigos se estrellan contra barbechos y majanos. Sobre la sábana verde hay pinceladas de blanco, son camisas jornaleras de “lienzo moreno” sudado, con bordados de más de un “siete” por mil jornales ganados.

La “labra”, así era como se conocía el trabajo de la escarda de los trigos, cebadas y alpistes que acaparaban los sembrados de la campiña. La herramienta que se empleaba era el almocafre o “almocafe” como se le llama en nuestro pueblo. Este trabajo de “labrar” lo he realizado yo muchas veces. Lo primordial era conocer a las “avenas locas”  (planta parásita que ahogaba las siembras) que se confundían con las matas de cebada y de trigo. <<Las de los pelillos son las avenas>> nos decían los maestros sabios del campo a los niños aprendices mientras ejercíamos este trabajo.
Encorvadas las cinturas de la siembra íbamos quitando, avenas, granillo oveja, nerdos, amapoles y jamargos. Al trigo les hacíamos cosquillas mientras lo íbamos arropando que para julio debería de parir, espigas con mucho grano.

<<Niño, ve al cortijo a mirar el potaje. Échale agua si ya ha hecho la “seca”>>. Y dejando el almocafe me encaminaba hasta el no muy distante cortijo o cortijillo. Arropaba el puchero con estiércol seco que apelmazaba, vertía agua en el él, y dejaba que lentamente continuara el proceso de cocción de las habichuelas o garbanzos. 
Hasta que el sol se escondía bañando de colores cálidos el paisaje y los primeros cánticos de los mochuelos inundaban los valles y cañadas, no se dejaba de trabajar. Después, a la luz de un candil, antes, durante y después de degustar el potaje, siempre me deleitaba con las sabias conversaciones de aquellos hombres mayores que en muchos casos maldecían  porque otra generación de jóvenes como yo íbamos a tener la misma suerte que ellos. Abrigados en el pajar y con el dulce runruneo que producían las bestias comiendo en los pesebres no se tardaba en caer  en los brazos de Morfeo.

Cincuenta y ocho trigos han pasado, y aún sigo recordando a aquellos torrecampeños que con almocafe en mano, iban labrando la tierra, tierra que era del amo, en aquella campiña verde, verde por el mes de marzo."


miércoles, 6 de febrero de 2019

FIELATO O ARBITRIOS.




Si preguntara  a cualquier persona de nuestro pueblo  de menos de cincuenta años sobre si conoce la palabra fielato, o si le contaron sus padres o abuelos donde estaba ubicado  en Torredelcampo, estoy por apostar que nadie daría detalles de ello. Tal vez, si a estos les digo que el fielato era conocido en nuestro pueblo por arbitrios, entonces, es posible que alguno/a, diría que algo le contó su padre o su abuelo sobre esto.

La palabra fielato, la R.A.E. lo define como: Oficina a la entrada de las poblaciones donde se pagaban los derechos de consumo.
Estos impuestos llamados arbitrios eran una tasa que había que pagar por la entrada en el pueblo de todos y cada uno de los productos destinados al consumo. En definitiva,  el fielato era una especie de aduana donde había que declarar las mercancías alimenticias que entraban en las poblaciones y a tenor del producto y de la cantidad pagar un arancel por ello.

La oficina de arbitrios en nuestro pueblo estaba ubicada en un ala colindante de lo que hoy es Centro Cultural y antes  Centro Obrero, el cual fue utilizado   durante muchos años como silo del Servicio Nacional de Trigo.

Los arbitrios eran odiados por todos y cada uno de los vecinos del pueblo, por ello la gente utilizaba su ingenio buscando subterfugios con el fin de no tener que pagar esta tasa. La más común de todas las argucias empleadas era la de entrar las mercancías a horas intempestivas. Los melones cuando se cosechaban, por poner un ejemplo, eran acarreados a primeras horas de la noche, o al alba, aunque a veces en los “portillos”  como era el nombre que se le daba a las entradas a nuestro pueblo por los caminos rurales, se solían apostar los guardas del campo que ejercían como la UCO hoy. 

Aquella oficina siniestra de arbitrios de reducidas dimensiones, esa especie de casetilla, dejó de existir después de varias décadas para dar paso al poco tiempo a otros impuestos que, en vez de ser locales pasaron a estatales, y así nació el IRPF, el IVA, y  la Declaración sobre la Renta entre otros  gravámenes, que desde que enciendes la luz de la mesita de noche cuando te levantas, ya empiezas a pagar.

Si aquellos arbitrios eran eludibles utilizando el ingenio, hoy, los poderosos se agarran al asidero de la ingeniería financiera para no pagar o tributar menos. Los hay que canalizan sus ingentes y cuantiosos ingresos a través de empresas patrimoniales, otros, tributando en el extranjero, otros haciendo trabajos sin IVA, y paro de contar,  y mientras tanto  los muchos como tú y como yo,  no podemos esconder ni una carga de melones como aquellos desgraciados de antaño.

Hoy me he impuesto hablar de impuestos pero créeme que no lo he hecho forzado ni obligado, porque  juro  que nadie me lo ha impuesto, pero ahora después de escribirlo ando receloso porque este artículo que estás leyendo pienso que pudiera llevar IVA, arbitrio u otro impuesto.
No me fio ni un pelo.