domingo, 8 de julio de 2018

EL PIK UP


Búscate una chica, una chica ye-yé, que tenga mucho ritmo y que cante en inglés...
Quién de mis tiempos no llegó a escuchar hasta la saciedad esta canción a mediados de los años sesenta. Década añorada por muchos como yo, en la que un aire fresco de cambios llegó a generarse en aquella sociedad de la que yo formaba parte. Época esta donde la juventud jugamos un papel muy importante, y en la que en un corto periodo de tiempo hubo muchos cambios sustanciales en nuestras vidas, así pasamos del radio de toda la vida, al televisor, y los más pudientes de nuestros padres, al seiscientos, y además ganamos un Festival de Eurovisión y hasta llegó el hombre a pisar la luna por primera vez.
  
Nuestra manera de vestir también cambió, y de esta suerte las mujeres dejaron aquellos vestidos estampados de amplios vuelos, de cintura de avispa, que fabricaban las modistas de nuestro pueblo para la feria, porque la minifalda y las faldas estrechas habían hecho su aparición.  
En los hombres, imperaba la camisa blanca de tergal y el traje con corbata de nudo delgado. No era de recibo los domingos ir a pasear a la plaza sin llevar puesto esta vestimenta, o en su defecto una americana, y menos si se iba de guateque.  

¡Ay, los guateques! Aquellos guateques de pik-up de maletilla ¿Os acordáis? Se celebraban en las casas, y siempre lo hacían grupos de amigos y amigas pertenecientes a un círculo determinado. Guateques en los que las madres de las muchachas también asistían en calidad de carabinas para husmear en la vida y la familia de aquél que sacó esa noche a bailar a su hija y que la niña siguiendo los consejos de su progenitora marcó el codo durante todo el baile en el pecho del muchacho para evitar contagio alguno. Es verdad, algunas debían de tener callos en los codos. Pero de nada valía cuando sonaban canciones lentas como “Ma vie”, de Alain Barriére, que versionó el Duo Dinámico, o esta otra que después de salir al mercado estuvo prohibida por la censura y hasta por el Vaticano, me refiero a “Je t’aime moi non plus”, de Serge Gainsbourg, y es que oyendo esta música, las hormonas se disparaban y las parejas se soldaban aunque fuesen por unos instantes de manera inevitable a sus acordes.

Todo lo prohibido era lo más tentador, y esta canción de jadeos y susurros marcó un hito. Para el que no lo sepa, la censura que estaba para justificarse, llegó en su día a cambiar hasta el título de la canción de Adamo “Mis Manos en tus caderas” por la que hoy conocemos como, “Mis manos en tu cintura”, pero nadie pudo parar ese movimiento de cambio donde la música tuvo un papel muy relevante.  

Del baile “agarrao” pasamos al baile suelto ya que llegó el twist basado en el rock and rock, y a partir de entonces las parejas bailaban sin tocarse al ritmo de Lolita, canción del Dúo Dinámico por poner un ejemplo.

Por tener, teníamos hasta la canción del verano. Temas como “Juanita Banana”, de Luis Aguilé, o “Maria Isabel” de los Payos, marcaron un hito cada verano, como también, “Tous les garcons et les filles” de Francoise Hardy, y es que la música francesa muy melódica ella, tuvo una gran influencia en nuestras vidas.
Fórmula V, Los Bravos, Los Brincos, Los Sirex, y tantos otros, nacieron al compás de los ecos de las canciones de Los Beatles, Los Rolling Stones,  Elvis Presley y muchos más a los que no hago referencia por no extenderme mucho. 

Yo creo que la música marca la adolescencia de las personas, etapa donde se define nuestro carácter y nuestros gustos y aquella música de los años 60 nos marcó a todos los de mi generación. Quién no se emociona, mayores y menos mayores, oyendo una canción de años atrás, canción que nos recordará momentos algunos tristes, pero la mayoría alegres, trasladándonos al pasado aunque solo sea por unos instantes, para  rememorar situaciones vividas y recordándonos a personas que ocuparon un lugar en nuestras vidas.  El primer amor, el primer beso, aquél enamoramiento frustrado, siempre, siempre, a todo esto, cada cual estoy seguro, le pone una banda sonora.

Pero yo de música soy un profano, pues quién más sabe de aquella de los años 60  es Juan Real. Hoy he invadido su parcela, pero mi única intención no era otra que la de transportarte querido lector/a con tu canción favorita a aquél momento inolvidable que guardas en tu memoria. Disfrútalo.     
   
  

   

MOSCAS



A la hora de la siesta, aquí en Madrid, hay días sobre todo los sábados y domingos, que reina a veces un silencio de infancia. Hasta los coches que se deslizan en una continuada hilera de un lado a otro de mi calle, ahora, dormitan a esas horas supongo en algún garaje, o puede que estén veraneando, tostándose sus chapas tal vez con otras lumbres menos ardientes que aquellas otras de rastrojos donde yo espigaba en mi niñez.

No se oye ni una mosca, dicho popular este, aunque la maldita mosca, sólo una, me ha despertado de esos quince minutos de mi acostumbrada siesta diaria del sillón, nada comparable mi siesta con aquellas otras de antaño de orinal y pijama como las que narraba don Camilo. Mosca esta la protagonista de mi relato, muy cabrona ella, cansina como las de los bares, pegajosa como las de los cementerios y veterana e incordio como las  que reinan en los tanatorios, pulula la que me ha tocado en suerte de un lado a otro del salón con un zumbido más que molesto.
Nos hemos acostumbrado a no tener moscas, y por eso como esta vez, en cuanto alguna invade nuestras dependencias tratamos cuanto antes de liquidarla. El golpe seco de un periódico enrollado acabó con el molesto insecto, y me felicité por mi eficaz puntería.  No tuve que recurrir a fumigar la estancia con ningún insecticida, o emplear otras alternativas que el mercado nos proporciona, pero me hizo esto recordar aquél aparato con el que  mi madre fumigaba mi casa que contenía un líquido al que llamábamos “fli”, el flit que muchos de mi edad recordareis que emanaba un olor muy intenso  a petróleo.

Recuerdo ir con aquél instrumento fumigador a casa de Tomás Albacete a llenar el depósito del líquido reseñado que años más tarde fue retirado del mercado por su alto contenido en DDT. Me servía de guía cuando con contados años iba a este establecimiento, el cartel de tintes Iberia que lucía en su pared. Otra alternativa en aquellos tiempos era la de utilizar cintas atrapamoscas. Estas, embadurnadas en miel colgaban del techo de las salas. Era asqueroso ver estas tiras con un sinfín de moscas muertas y otras tratando en vano de zafarse del pegajoso y dulce pegamento, lo que producía por este motivo antes de su muerte un ruido de aleteos y zumbidos constantes. Pero claro, era difícil antes no acostumbrarse a las moscas porque tenían buen calvo de cultivo ya que la mayoría de las casas eran de labranza, donde la cuadra, los animales, el “mulear” –algún día hablaré de él- y la “injaera” la del marrano, atraían y de qué modo a estos insectos.
Disfrutábamos hasta de moscas cojoneras, aquellas rubias que solian posarse alrededor de los genitales de las caballerías, las mismas que metíamos en botes y abríamos en el patio de butacas del cine. Había que ser gamberros.   

Se dice que la mosca cojonera es aquella que persiste en el incordio a animales de gran tamaño. Hoy  este díptero lo vemos con un lazo amarillo donde ha proliferado a gran escala   en cierta parte de España, todo, por no haber sacado el “mulear” a tiempo. ¡Qué pesadez! Tal vez con un poco de flit…