miércoles, 30 de octubre de 2019

COMIDA DE HERMANDAD DE MAYORES.






El día otoñal era muy apacible. Un vientecillo membrillero cargado de oro viejo iría pintando, supongo, sin ninguna prisa, de amarillo lánguido las hojas de los árboles de hoja caduca que se dejaran acariciar por él. 
En el horizonte, a las dos de la tarde, una bruma sucia impedía ver con nitidez más allá de aquella gris bufanda que abrigaba los olivares a lo lejos, mezcla tal vez de algunos humos perezosos de fogatas de varetas que dormitaban en los llanos y cañadas antes de disiparse. 
Cerca de donde pude aparcar mi coche, la gente fluía toda  en una sola dirección dando por seguro de que nadie repararía en los detalles que acabo de describir, y es que la ocasión merecía no distraerse en cosas intranscendentes puesto que el único objetivo era dar gusto al paladar compartiendo mesa y mantel con quinientas veinte personas, cuyo requisito indispensable establecido para ejercer como comensal era tener más de sesenta años, estar jubilado o ser pensionista, y yo, superado más que suficiente el mínimo establecido me uní junto con mi mujer a este colectivo de torrecampeños/as dispuestos a confraternizar en una comida de hermandad organizada por el Ayuntamiento de Torredelcampo.
Y allí, en el restaurante Torre de los Llanos habilitado supongo para albergar esta ingente cantidad de personas, pude contemplar a muchos/as de mi generación que no veía desde hace muchísimo tiempo, tal vez desde que dábamos vueltas y más vueltas en la plaza de nuestro pueblo cuando éramos mozos. Noté en más de uno/a una mirada cálida y sincera al reconocerme, mirada que yo correspondía con una sonrisa al haberlos identificado. Me alegré el ver a aquél que de niños nos zurramos los dos jugando a las bolas, y al que cogía carrerilla y se iba de la escuela aprovechando cuando don Jacinto escribía en la pizarra, y a aquella que siendo un primor de niña, sigue estando revestida hoy a pesar del paso de los años con la misma aureola y garbo que la naturaleza le dotó desde su nacimiento.   
Éramos todos los que allí estábamos de la generación de la posguerra. Todos engendrados cuando no habiendo televisión ni radio, ni tampoco móviles, nuestros padres era normal que buscaran alguna forma de distraerse. Fuimos una generación  que supimos unir pasado y futuro, la que enterramos los odios de aquella incivil guerra. Generación la nuestra de penurias y privaciones, de éxodo obligado, de cartillas de racionamiento, de estraperlo, de hambres, y no sólo hambre de pan, pues había otra hambre que estaba proscrita. Éramos los que allí estábamos, la generación de la paz y del progreso.
Y allí nos encontrábamos hoy, disfrutando de una comida diferente a aquella que repartía Auxilio Social en nuestros tiempos. Hubo cómo no, hasta mariscos, y esto me dio paso a recordar cuando   en mis tiempos aquél que comía mariscos, decían, era porque uno de los dos estaba malo. Dije esto a los más cercanos a mí que no eran otros que las máximas autoridades locales, mesa la nuestra situada en el epicentro de la nave. Un honor para un torrecampeño tan humilde como yo el de compartir mesa y mantel con el gobierno local.
La organización en todo estuvo impecable. Un diez para la organizadora de este evento a la que observé que no disfrutó de la comida lo suficiente dado que estaba siempre pendiente  a los reparos de todo lo que acontecía. Acomodar a quinientas veinte personas y que todo salga bien es para decir chapó a Paqui Alcántara Godino y a las asociaciones de mayores que contribuyeron con ella a acomodar a tantos asistentes. Quiero resaltar el trato exquisito del personal del servicio del restaurante, atento en cada mesa a los requerimientos de los comensales, donde la comida y la bebida llegaban siempre en el momento preciso. Por cierto, todo muy rico y de buena calidad. A los postres, después de degustar unas gachas torrecampeñas, típico plato en estas fiestas que se avecinan, con el "sorbito de champán"  de Juan y Junior, canción esta evocadora de recuerdos de aquél ayer, dio paso a los brindis y  oír al Duo Arpes, a Juan y a Paco interpretar melodías de aquella época y de otras más contemporáneas.
Calculé que la media de edad de todos los concurrentes seria de setenta años, que multiplicado por el número de comensales da la friolera de 36.400 años repartidos proporcionalmente en cada una de las mochilas que todos llevamos a nuestras espaldas. Impresionante la cifra resultante. Y allí los dejé bailando. Por esta vez, las “dolemas” y los “recotines” quedarían aparcados para otra ocasión. La media de cuatro pastillas diarias, más de dos mil que tomaríamos, paliarían los efectos de muchas de nuestras patologías.
Me gustó tanto este acto que el año que viene pienso repetir, pero eso sí, no faltéis ninguno porque pasaré lista.
Un bolero sonó cuando abandonaba el local. Yo soy poco bailongo y por eso me ausenté, porque he de confesar que nací sordo de los pies. Como veis nadie es perfecto.     
Un abrazo para todos/as los que allí estuvisteis, abrazo que hago extensivo a los que no pudieron asistir por distintas razones.
Antero Villar Rosa



martes, 15 de octubre de 2019

MALAS COSTUMBRES



Hace unos meses estuve de entierro en un pueblo cuyo nombre me reservo porque puede que esta mi narración, llegue a alguien de allí y se pueda molestar.

El funeral era a media mañana. Minutos antes de la hora del sepelio allí estaba yo sentado en uno de los bancos del templo junto con mi amigo y antiguo compañero de trabajo Silvestre. “Silver”, que así gusta que le nombren es natural del pueblo que trato de ocultar. La iglesia muy espaciosa, apenas a esa hora estaba poblada de gente, sólo un puñado de personas nos encontrábamos repartidas por entre los innumerables bancos de la nave, por lo que pensé que el finado, padre de un compañero de trabajo, no sería una persona muy apreciada en ese pueblo.

El sacerdote salió a recibir el féretro e instantes después fue colocado el ataúd como es perceptivo delante del altar mayor. Los familiares dolientes se sentaron en la primera bancada donde según mi amigo acabadas las exequias era costumbre pasar de uno en uno a testimoniar el pésame. Desde que el clérigo inició la ceremonia y hasta poco antes de la consagración religiosa observé cómo en esa media hora fueron entrando sin parar gente en la iglesia hasta llegar a cubrirse el total de todos los bancos. Hecha esta observación en voz baja a mi amigo sobre la falta de puntualidad y de respeto hacia el fallecido y su familia por parte de los que llegaban tarde, este me dijo que esto no era nada comparado con lo que estaba por venir.

No se equivocó. Minutos antes de terminar el funeral, por la puerta lateral de la iglesia una riada de gente entrando casi en tropel en el templo fueron situándose  en el fondo de la nave ocupando todo el pasillo lateral para ser ellos los primeros en dar el pésame a los familiares. El cura tuvo que interrumpir el funeral en una ocasión pidiendo silencio y respeto a los que acababan de inundar el templo que hablando entre ellos originaban un runruneo que le impedía al sacerdote continuar con la ceremonia. El ruido de estos murmullos se mezclaba a veces con el del sonido de algún móvil aumentado su volumen por la acústica del templo. Antes de terminar la liturgia, la iglesia se llenó a rebosar, puesto que de igual forma, ahora, entraban gentes tanto por la puerta lateral como por la principal, intentando todos con descaro aproximarse lo más posible adonde se encontraba el séquito del duelo para no tener que esperar mucho y terminar lo más pronto posible en detrimento de los que estábamos allí antes del comienzo del funeral. ¡Qué falta de respeto, me dije! “Los últimos serán los primeros, dijo el Señor”, y estos,  creyentes o no, lo llevaban a la práctica.

“Donde fueres haz lo que vieres” es un refrán que aconseja adaptarnos a las costumbres y hábitos del lugar en el que estemos, pero créanme  que si llegara a vivir yo en ese pueblo, o si tuviera que acudir allí a otro sepelio no llegaría a adaptarme a esa costumbre, sino que iría como esta vez fui, a la hora del entierro, y después, una vez estando en la iglesia trataría de guardar la compostura y el respeto que merece el lugar, el finado y sus familiares.
Las costumbres siempre vienen de atrás y no tienen una explicación lógica sino que se van estableciendo poco a poco con el paso del tiempo, pero esto que relato no es una costumbre, sino desde mi punto de vista, una muy mala costumbre.

Lo narrado es una práctica establecida  en un pueblo que como dije al principio no quiero escribir su nombre  porque puede que  mi opinión llegue a alguien de allí y se pueda molestar y no es esta mi intención. Por otro lado, si esto ocurre en otro lugar y alguien se siente identificado, he de indicar, que cualquier parecido con la realidad puede que a lo mejor… tal vez,  sea pura coincidencia.

sábado, 12 de octubre de 2019

EN LA MANIFESTACIÓN POR EL BAJO PRECIO DEL ACEITE.




(Mi primer acto como embajador local, que cuento en despacho y que envío vía valija diplomática)

Tal y como describo casi al principio de mi libro “Cuando la guerra acabe”, los árboles del Paseo del Prado están ya adquiriendo los colores propios de la estación otoñal; el color amarillo se dejaba notar en algunas de las hojas de las ramas de los plátanos de Indias y de las acacias del paseo.

El autobús que me llevaba hasta Cibeles a pesar de utilizar el carril-bus lo hacía muy lentamente. Todos los carriles estaban ocupados por filas interminables de autobuses que se dirigían a la manifestación, lo que impedía una circulación fluida. Desde mi ventanilla iba adelantando a muchos de ellos que claramente identificaban el origen de su procedencia con pancartas y letreros. Allí pude ver a los de Arjona, algunos con ramos de olivo. Otros de Sierra Magina,  y un sinfín más de Andalucía, pero los más, de nuestra provincia, de pueblos algunos muy alejados de la capital.   

Llegado a Cibeles contacté con un amigo que venía en uno de los dos autobuses salidos de nuestro pueblo. Me dijo que estaban en la Glorieta de Atocha, por lo que calculé que ese aproximadamente kilómetro de distancia hasta el final del trayecto duraría al menos veinte minutos. Después de tomarme un café volví hasta el edificio de Correos, hoy convertido en el Ayuntamiento de Madrid y allí me aposenté delante de uno de sus muros viendo como los autobuses  que venían a la manifestación se despojaban frente a mí de toda aquella marea de gentes que sin preguntar seguían a los que les habían precedido.   

Durante el tiempo que estuve esperando muchos de aquellos  no dudaban en preguntarme donde había un bar para achicar aguas con el fin de remediar su acuciante necesidad fisiológica. La próstata maldita, mascullé para mis adentros.

Y allí estuve viendo como aquellas buenas gentes venidas de mi tierra, tenían todos hoy un común denominador, el protestar por los bajos precios del aceite muy por debajo del umbral de rentabilidad, precios que abocan a la ruina de las familias productoras y a las personas que viven del olivar.

Sentí orgullo al ver a la gente de mi pueblo en Madrid para un acto como este. Después de los saludos, en la calle Montalbán se enarbolaron las pancartas y nos unimos a la riada ingente de personas que por la calle Alfonso XII iban clamando una solución, que en este momento todos dan por seguro se va a recrudecer ante las medidas arancelarias que el presidente estadounidense va a imponer. USA abusa, leí en una de las pancartas.

No sé si conseguiremos algo, pero una cosa dejamos clara, el escenificar con nuestra protesta a la opinión pública la grave crisis que atraviesa el sector del aceite, y la de exigir al Gobierno central que defienda los intereses de tantas y tantas familias que viven del sector olivarero, y que esta queja la trasladen a Bruselas, y cómo no, al mismísimo Trump. Faltaría más.

Y la manifestación después de oír a varios oradores en una tribuna ante el Ministerio de Agricultura, se disolvió como empezó, pacíficamente.  A algunos de los nuestros los encaminé hasta el mejor sitio donde se degustan los bocadillos de calamares en Madrid, muy cerca de allí por cierto.

Espero que pronto el mercado del aceite se estabilice, y los precios vuelvan a estar en consonancia al menos de principio con el del coste de producción. Hay muchas familias de mi pueblo esperando que esto suceda, y sobre todo mucha gente temiendo no poder ganar un jornal. El hombre del campo desde siempre ha estado sufriendo, como aquellos de mis tiempos, curtidos todos por lluvias vientos y soles, y siguen ahora sus hijos y nietos  estando ahí de nuevo al pie del cañón, aguantando. ¡Hasta cuándo!    

PALABRAS EN MI NOMBRAMIENTO COMO EMBAJADOR LOCAL




En el magnífico pregón de las fiestas del barrio de San Miguel, que ofreció hace unos días Paqui Alcántara, dijo al comienzo de su alocución: La gratitud es la memoria del corazón.
Y yo, con ese corazón en la mano, te doy las gracias Paqui por haber desmenuzado aquí hoy mi vida, de forma tan elocuente y expresiva, reseñando y profundizando en todos los pasajes de mi historia. Estoy seguro de que al comentar algunas de mis duras etapas vividas aquí en mi pueblo, un cierto halo de tristeza te habrá invadido, al recordar, tal vez a tus padres o a tus abuelos, que de seguro vivieron también en primera persona en aquellos escenarios que a mí me tocó vivir.
Yo, quiero regalarte por tus palabras hacía mí, esta otra frase de Lionel Hampton que dice:
La gratitud se da cuando la memoria se almacena en el corazón, y no en la mente.
Pero yo voy a más, dado que esta gratitud la quiero almacenar en los dos sitios, en mi corazón, y en mi afortunadamente hasta hoy, impoluta memoria.
Muchas gracias.


Señora alcaldesa doña Francisca Medina Teba, señora concejala de bienestar social y nuevas tecnologías, doña Francisca Alcántara Godino, señora concejala de cultura doña Maria Jesús Rodriguez Pegalajar, restantes miembros de la corporación municipal, autoridades, a todos los aquí presentes y aquellos que nos escuchan a través de los medios, señoras y señores, muy buenas noches.

Hace apenas unos días, estando yo haciendo unas de las obligaciones diarias allí en mi tierra adoptiva de las muchas que tenemos los jubilados, en este caso uno de los “mandaos”, durante mi trayecto, en la calle, sonó mi móvil. Correspondía a un teléfono fuera de mi agenda  que estoy seguro de que cuando esto  ocurre, todos mostramos  un cierto recelo y desconfianza. Cuando abrí la llamada, la voz me tranquilizó. Era una voz de mujer que no conocía, una voz sosegada, serena y profunda, cuyo timbre armónico  siendo la primera vez que lo oía me transmitió seguridad.
Era la voz de  Francisca Alcántara Godino (Paqui, como así  gusta que la nombre) anunciándome que había sido seleccionado para recibir el título de Embajador Local de Torredelcampo en unos de los actos programados dentro de los muchos a celebrar en este mes de octubre y que han dado en llamar: Otoño Socio Cultural de las Personas Mayores, y para mayor sorpresa seria esta la primera vez que el Excelentísimo Ayuntamiento de Torredelcampo  otorgaba tal distinción.
Pasados los primeros momentos de sorpresa, esta dio paso en mí a un desconcierto e incertidumbre vacilante. Desconcierto por la confusión, e incertidumbre porque sigo pensando, y no es falsa modestia, que tal vez otros,    torrecampeños o torrecampeñas, pudieran ser más acreedores que yo para ostentar este regio galardón que hoy se me va a conceder, dado que yo, como he repetido  en otras ocasiones, en mi pared no  cuelga ningún título académico que me haga merecedor de ejercitar el cargo como el que hoy se me acredita, el de  desempeñar nada más y nada menos de diplomático, representando a la tierra que más quiero y venero, al pueblo donde vi la primera luz y que a pesar de llevar ausente de él cincuenta y dos años  no he llegado nunca a  desprenderme en ningún momento de ese cordón umbilical que me ha unido siempre con esta mi tierra.
Hechas estas salvedades durante mi diálogo con Paqui Alcántara, terminé aceptando el nombramiento  porque comprendí que era un honor para mí, además de un orgullo llevar este título que hoy se me concede,  puesto que renunciar a él hubiese sido una afrenta no sólo a nuestra máxima institución local, sino a mi pueblo.

Mucha responsabilidad es esta para mí la de ser embajador, ya que por estos poderes que hoy se me confieren, seré a partir de este momento el diplomático de más alto nivel que represente a Torredelcampo fuera de nuestro territorio, y quiero anunciar que para evitar costes al consistorio, mi casa allí en la Comunidad de Madrid se transformará a partir de este momento en la embajada torrecampeña, quedando a disposición de todos los torrecampeños y torrecampeñas que residan en la capital y en sus pueblos, como también, a los que transiten o pernocten, para desde esa minúscula parte de territorio torrecampeño, mi hogar hoy transformado en embajada, solucionarles todos los problemas que se les planteen cuando visiten mi tierra adoptiva.
Allí en esa embajada, la casa de todos los torrecampeños, aprovecharé al mismo tiempo que vayan a solucionar cualquier problema, para pedirles que me hablen de nuestro pueblo, lo mismo que yo hacía recién llegado a Madrid,  yéndome a la estación de Atocha los domingos a esperar el correo para ver si llegaba alguien del pueblo y me contara cosas de aquí. Eran otros tiempos.
Estoy convencido, de que cuando se enteren de la apertura de esta embajada aquellos hijos, o tal vez los nietos de los muchos que se fueron un día de nuestro pueblo y ya no volvieron,  la visitarán,  y querrán que les describa cómo era el pueblo de sus antepasados cuando emigraron.
Con mucho gusto les diré:
Era aquél, un pueblo blanco de cal y de verde campiña en los meses en que las siembras aún no encañadas se mecían y se despeinaban al compás de la brisa de la sierra próxima. Era un pueblo atravesado por un arroyo que nacía en las montañas; de aguas claras y cristalinas, con hierbas aromáticas en sus riberas donde pululaban y aleteaban pajarillos saltando entre los juncos, juncia y  zarzas que lo jalonaban, para luego perderse entre  valles y colinas cuajadas de olivos y  siembras.

Otros de aquellos, me dirán que su abuelo les contó que cuando salió del pueblo lo hizo en tren, y yo les apostillaré:

Cuando yo lo hice, tardé casi doce horas en llegar  en aquél lento y largo convoy  a Madrid, que en cada estación y apeadero iba recogiendo viajeros. Noche aquella de insomnio, con los pasillos atestados de gentes apretujadas y sin calefacción, con ruidos de martillos en cada parada golpeando las ruedas para detectar por el sonido si alguna había aumentado de temperatura. Voces de los que vendían tortas en algunas estaciones como Alcázar de San Juan mientras la gente dormitaba. Olor a humanidad y a zotal. Magrebíes, militares, expediciones de emigrantes rumbo a Europa y un sinfín más de viajeros.     Aquella serpiente interminable de vagones encabezada por una jadeante locomotora  llegó por fin a la estación de Atocha resoplando, como pidiendo perdón con ello por su retraso  y se despojó al momento de toda aquella abigarrada  carga humana, portadores todos de maletas de madera o cartón y paquetes amarrados con cuerdas, mezclándose aquella ingente muchedumbre con los mozos de equipaje y los carros de los ambulantes de correos mientras por megafonía no paraban de anunciar la llegada del tren denominado ómnibus, procedente de Andalucía, todo ello bajo aquella enorme bóveda de la estación, hoy jardín con plantas tropicales.
Con este éxodo, empezó lo que hoy han dado en llamar la España Vaciada, y que tratan de corregir.

Y de esta manera por la embajada de Torredelcampo, irán pasando gentes que vendrán sólo por pisar territorio torrecampeño, y por poder ver la bandera de su pueblo ondeando en mi balcón. Tal vez algunos de estos me dirán que de pequeños fueron a la aceituna a un cortijo, y yo le refrescaré la memoria diciéndole lo siguiente:

Recordarás como yo, hace sesenta años,  al amanecer, nuestras calles se envolvían con los sonidos que producían las caballerías al golpear con las herraduras el suelo, originando un discreto y relajante rumor. Sus ecos y acordes en las frías madrugadas quedaban suspendidos  entre el vaho del relente, casi meciéndose entre la bruma de los gélidos amaneceres aceituneros; después, estos sonidos se iban diluyendo perezosamente a medida que se alejaban los animales. Algunas mulas iban ataviadas con campanillas y en su bambolear al caminar, el grato y placentero tintineo de los refulgentes metales se mezclaban cada mañana con las voces de los aceituneros que partían para los tajos, los rebuznos de los borricos, el ladrar de los perros y los silbidos de sus amos.

Cada amanecer la luz del alba parecía dotar a las gentes de nuestro pueblo de la energía suficiente para una nueva y dura jornada de trabajo. Luego, como ríos caudalosos al principio, arroyos y regueros después, mujeres, hombres y niños se perdían por entre la espesura de los olivares para recoger el fruto en un andar por caminos infinitos y veredas fabricadas por albarcas y alpargatas de lona. 

Y el pueblo entonces quedaba solitario y sordo, con un silencio callado, alterado nada más que por el del tañer de las campanas de la iglesia dando las horarias, y el del ruido también de algún que otro chiquillo jugando solo en la calle porque su amigo con ocho años estaba ya ganando un exiguo, mezquino y miserable “jornal de niño” en la aceituna.

Seguiré diciéndole que ahora las gentes naturalmente no van a los tajos andando. Cada mañana después de sufrir el efecto embudo a la salida del pueblo, las hileras de vehículos que los transportan junto con los remolques se pierden todos por entre la amplia red de carriles que serpentean por todo nuestro extenso término, y  que desde la lejanía parecen dibujar estos senderos en el paisaje un laberinto de arterias y venas superficiales que sirven para dotar al olivar de accesos fáciles para los trabajos.

Y después, y en esto no ha cambiado nuestro pueblo en tiempo de recolección de aceituna, sigue quedándose solitario. Sus prolongados silencios se asemejan engañosamente a las mañanas domingueras donde nadie tiene prisa por levantarse, así, hasta poco antes de morir la tarde en el que el pueblo vuelve a recobrar su pulso cuando las gentes regresan y la aceituna en el molino llega a transformarse antes de ser aceite en un vale.

Y así, supongo será el devenir diario de esta embajada. No faltará quién me pida que le hable de nuestra romería. Y al hablar de nuestra romería, en ese pedacito de tierra madrileña, pero por derecho  torrecampeña , un nudo en la garganta ahogarán todas las palabras que en ese instante quisiera decirle a quien me pregunte, porque recordaré a nuestro querido amigo Manuel Galán Sabalete, persona que nos dejó hace muy poco tiempo y quién un día aquí, en este escenario me impuso esta medalla que luzco con orgullo en mi solapa, la medalla de nuestra Patrona Santa Ana.
Le regalo a él este breve recuerdo de antaño que aquí pronuncié y que alguien muy especial, muy querida y venerada por los torrecampeños y torrecampeñas le hará llegar hasta allí adonde ahora more en un rincón del Cielo:

A él van estas palabras;

Soy del campo, soy de pueblo, soy viento aceitunero,
viento de sierra y espliego, de verde olivar y de espigas añoradas, pueblo blanco, pueblo mío, pueblo  de parvas olvidadas, soy, aceituna en diciembre cuando la cubre la escarcha, y tallo de romero en mayo, en el trono de mi santa.

Soy del campo, soy labriego, nunca trovador ni poeta,
si  mudos sentimientos  expreso, en un papel con mi letra,
es pasión de un torrecampeño que vive lejos, en otra tierra, soy, arrogante jornalero de camisa de lienzo en brega, que con albarcas y alpargatas, hizo caminos y veredas.

Y así, entre charlas y recuerdos  además de las obligaciones propias de un embajador, me dará tiempo todavía para seguir soñando, aunque sea estando despierto, como estos sueños otoñales que escribí hace tan solo unos días, sueños que publiqué pero que hoy quiero regalaros a todas las personas que habéis acudido a este acto en este día de otoño:

Quiero soñar que estoy despierto y caminar estando en mi pueblo por intrincadas cañadas de álamos amarillos, y percibir las caricias de húmedas bocanadas de viento otoñal.
Quiero soñar que estoy despierto y llegar a poder dormir en aquél cortijo de chimenea y candil, de pajar como alcoba, y oír en noches oscuras el lamento de los mochuelos mezclado con el del ulular del viento.
Quiero soñar que estoy despierto y llegar a ser grano de trigo en la simienza, ser tierra que lo arrope con la vertedera del arado, y agua otoñal que empape los surcos fabricados en aquellas exiguas besanas.
Quiero soñar que estoy despierto y elaborar sueños de niño con miedos a leyendas ancestrales, miedo a la palmeta de aquél aprendiz de maestro, a la leche en polvo de aquél colegio, y miedo a no encontrar jornal en aquella plaza.
Quiero soñar que estoy despierto porque quiero ser flor otoñal en aquél añorado jardín de mi infancia, y poder contemplar los pétalos aterciopelados de sus rosas después de que la lluvia acunara en ellos gotas de plata cristalina.
Quiero soñar que estoy despierto y llegar a encontrar en los campos de mi pueblo a la Flor del Año para contar los granos de su fruto y así valorar la cosecha de cereal venidera, pero ni por asomo quisiera tropezarme con la flor de la mandrágora, planta que siempre he respetado por sus leyendas recelosas, ya que cuentan que donde mora, hasta las olivas, medrosas ellas, llegan a abrazarse en noches oscuras y tenebrosas.
Quiero soñar que estoy despierto y respirar el aroma de la tierra mojada, el del hinojo de los caminos, el del polvo hecho barro de aquella era, y el de aquél inconfundible olor a lapicero de cedro de mi escuela mezclado con el tufo a humanidad en una tarde gris, fría, y otoñal.
Quiero soñar que estoy despierto y poder oír el casi desaparecido canto de la perdiz retumbando al alba en las cañadas y en los valles, y también percibir el dulce murmullo de los pajarillos aleteando en regajos salpicados de higueras, nogueras, y zarzas mientras buscan a esa hormiga de ala que vuela libremente, y no a aquella prisionera en la trampa de una “costilla”.
Quiero soñar que estoy despierto y encontrarme en aquella huerta donde me bañaba en mi infancia. Observo en mi sueño que no navega en la alberca aquél barquito de papel, y sí hojas mustias del manzano y del melocotonero cercano que siguen durmiéndose a los acordes del agua cayendo en la poza.
Quiero soñar que estoy despierto y adentrarme en el bosque de La Bañizuela, porque quiero ser madreselva trepadora por el tronco de un quejigo, y desde allí, contemplar las llamaradas de los colores del zumaque y los variados tonos de la sierra que se viste con el color de la lumbre en este tiempo de otoño.
Quiero soñar que estoy despierto, pero duermo sin querer despertar. Disfruto de un sueño profundo soñando con paisajes y pasajes vividos en nuestra tierra, y es que reconozco que me gusta soñar que estoy en mi pueblo.

Queridos amigas y amigos, en mi poder las credenciales que se me otorgan, y seguro de recibir en pocos días el placet de la autoridad competente madrileña, la embajada de Torredelcampo queda inaugurada con el permiso de la corporación local, por lo que a partir de este momento este humilde embajador se pone a disposición de todos los torrecampeños y torrecampeñas allí en la Comunidad de Madrid.
Yo espero y deseo que las relaciones entre Torredelcampo y Madrid sean siempre amistosas, pero si por cualquier circunstancia llegaran algún día a tensarse, y después de agotadas todas las vías diplomáticas, confio que no lleguen al extremo  tal, que nuestra alcaldesa llegue a tener que llamarme a consultas.
Doy las gracias, cómo no, a ella, a nuestra alcaldesa Francisca Medina Teba, a la concejala de bienestar social y nuevas tecnologías, Francisca Alcántara Godino, y a todos los miembros de la Corporación del Ayuntamiento de Torredelcampo por este título que se me concede.
Estad seguros de que voy a representar y defender los intereses del pueblo de Torredelcampo aportando para ello todo mi esfuerzo, además de la dedicación y entrega necesaria para desempeñar con honor el título que hoy se me otorga. Os prometo que os tendré siempre al corriente a través de mis despachos vía valija diplomática.
Por último decir, que de lo único que me beneficiaré de este cargo, si me lo permitís, será el de utilizar la valija diplomática referida. Valija que me servirá para llevarme a Madrid lo mejor que produce nuestra tierra,  aceite, y cómo no, el cariño de mi pueblo, y el de todos vosotros que estáis hoy aquí, pero claro, tantos afectos y muestras de cariño recibidos, estoy seguro, no cabrán en esa valija por muy grande que ella sea.
Muchas gracias a todos por haberme acompañado en este acto. Gracias de todo corazón.