Debajo de los adoquines de mi calle duermen los gritos de aquellos niños que con pantalones de mil remiendos jugábamos a las bolas.
Ya no hay balcones con claveles rojos, dicen que se los llevó en su baúl la última animadora, aquella que levantó el ánimo hasta los que los tenían en hibernación.
Aquel borracho cogía las cogorzas tan lúcidas, que nunca se golpeó con el muro travesaño que había en la entrada del bar Testarazo.
Antes, en mis tiempos, no existían esquelas mortuorias. Los dedos de Juan González "El Ito" marcaban el número de personas fallecidas en nuestro pueblo.
Los conejos hace mucho tiempo abandonaron los corrales y se establecieron en el corral infinito del campo. Los cazadores son ahora los encargados sin conseguirlo de vaciar este inmenso corral antes de la llegada de la feria, aunque ya no vienen emigrantes a pasar nuestras fiestas como antes, a los que se agasajaban con conejo y ponche de melocotón. Solo quedo yo, y pocos más. No me extraña que haya tantos conejos.
Los domingos, ya no huele la plaza a jazmines en moñas que adornaban el pelo a las mujeres torrecampeñas. Ese olor tan rico y penetrante se fue montado en el viento junto con el de alguna palada de mies al aventar en aquella era. El aire me devolverá esta fragancia algún día cuando llegue a dar la vuelta,
El tren correo amnistiaba los lutos rigurosos de los emigrantes. Nadie que emigraba vestía de negro. Curioso, al llegar a su destino nadie llegó a criticar a ninguno de ellos.
Dijo aquel hombre a su mujer: María, no me pongas para comer almejas, pues me engañas a mí, y también al perro.
Antes, sembraban garbanzos negros como pienso para los cerdos, ahora, sin sembrarlos, aparecen donde menos te lo esperas, hasta en las mejores familias.
Epitafio que leí en el mármol de una tumba: Quién no tenga paga por el gobierno, aquí lo espero este invierno. ¡Vamos, animaros!
Aquel funcionario, contable de la administración del estado, era tan honrado que, a la hora de sumar, de veinte se llevaba solo dos. Las dieciocho restantes eran para los de siempre.
Cuentan que hubo una vez una mujer tan extremadamente poco aseada, que se puso un clavel en el pelo y le agarró.
En la posguerra, aquel hombre pasaba tanta hambre y estaba tan delgado, que se puso una camiseta del Betis y con una raya le sobró.
Noche Buena. Misa del Gallo. Don Federico explicaba en el púlpito la venida al mundo del Redentor. El borracho desde abajo le interpelaba diciendo: Igual que el año pasado, dice lo mismo que el año pasado, así una y otra vez. Entra en escena el sochantre: A la calle, ¡vamos, a la calle!, a lo que el borracho le contestó: Igual que el año pasado, me echas a la calle, igual que el año pasado.
¿Qué es el malamén, para pedir a Dios que nos libre de él? Preguntó aquel pobre hombre al cura del pueblo. Desconcertado este no supo dar respuesta hasta averiguar que el origen de su pregunta estaba en el padre nuestro... y libranos del mal, amén.
Los cines de verano desaparecieron en nuestro pueblo cuando falleció el último pintor de techos de cine de verano.
Antero Villar Rosa