lunes, 29 de junio de 2020

UNA MUJER DE SU CASA.



Dedicado a ti, mujer torrecampeña.

Torredelcampo, a mediados de los años cincuenta.

En la puerta de la calle, a un costado del escalón de piedra  descansan dos haces de ramón recién podado. Están ahí desde que poco antes de morir la tarde llegaran desde un olivar a lomos de un borrico blanco. La abuela, después de desatar el ramal que apretaba uno de los haces se dirigió hasta el corral con dos largas ramas que depositó puestas en vertical en una pared lindera. Al momento, una cabra vieja con las ubres muy arrugadas se precipitó sobre los ramos para rumiar los verdes vástagos. Dentro de la vivienda surgió una voz de mujer reclamando a la anciana. Llegado esta al interior, su hija, que era la persona que había solicitado su presencia le dio instrucciones para que atendiera a un niño de poco más de un año que permanecía erguido en  un castillejo de madera. La criatura sin pañales, tan solo con un pequeño mandilón se había hecho sus necesidades y pateaba con las piernecitas sus excrementos revueltos con el orín en el piso de madera del utensilio o jaula que lo sostenía. La madre, atendía en la lumbre de la chimenea una sartén donde bullían patatas cortadas a trozos. A su lado, en un rincón, cerca del fuego, una niña de cuatro años con el pelo enmarañado sentada en una sillita, contemplaba ensimismada las pompas de los borbotones que producían los hervores de la comida en la sartén. Un niño en edad escolar que se cubría la cabeza con una raída boina para disimular las manchas blancas en su rasurada cabecita producto de la tiña, entró  en la estancia llorando advirtiendo a su madre de que su padre  otra noche más regresaba a casa borracho. El niño lloraba porque sus amigos de la calle se burlaban de su progenitor cuando lo veían andar con pasos vacilantes dando trompicones, llamándole una y otra vez a coro ¡paloma!, ¡paloma!, lamentando el chaval la humillación que sufría casi a diario por parte de los chiquillos de la calle, algunos de ellos ya “pijalandrones” lo que le impedía enfrentarse con ellos. 
 
El hombre entró en la casa y sin saludar a nadie se dirigió a la cuadra con pasos dubitativos producto de la melopea. Al poco, después de echar un pienso al borrico volvió a la sala donde estaba la familia. En la mesa dispuesta ya para la cena había un pequeño tinajón humeante con patatas cocidas nadando en un caldo poco espeso de color amarillento por algún aditivo colorante. Un pan, una servilleta para uso de todos, y unas cucharas esparcidas sobre un raído hule en el que apenas se distinguía por su uso el mapa de España, esperaban a los comensales para la cena. La esposa una vez que el beodo marido tomó asiento le hizo saber su mal comportamiento, empleando para ello un tono dulce, casi suplicatorio. Éste, se levantó de improviso con los ojos inyectados en odio, y sin mediar palabra alguna estando su esposa aún de pié, le asestó dos sonoras bofetadas lo que le hizo a la mujer perder el equilibrio cayendo  al suelo. El llanto de los chiquillos mayores contagió también al del castillejo asustado por las voces e improperios junto con blasfemias que su padre lanzaba por su boca. Los gritos arreciaron cuando el hombre se dirigió a un rincón donde reposaba la vara de almendro que empleaba para fustigar al borrico. La abuela, la madre de la agraviada, ayudaba ahora a levantar del suelo a su hija que le costaba trabajo erguirse dado que se encontraba en avanzado estado de gestación mientras la culpaba por haber reprochado al marido su conducta beoda, advirtiéndola una y otra vez que las mujeres habían nacido para no contrariar nunca a los hombres. Ahora, la protegía con su cuerpo al mismo tiempo que la levantaba del suelo ya que su yerno  amenazaba con golpear con la vara a su desdichada hija mientras éste no paraba de maldecir. Debido al alboroto, también el borrico desde la cuadra quiso participar, e inquieto por el tumulto, rebuznó varias veces contagiando a la cabra que bramó desde el corral balidos angustiosos junto con el revoleteo y el cacareo de las gallinas. La anciana trataba de calmar los ánimos invitando a su hija y a su yerno a sentarse a la mesa de la malograda cena. La desgraciada esposa fue la primera en sentarse después de acomodar a sus dos hijos que ahora parecían más calmados. El iracundo marido después de dirigir una mirada desafiante a su mujer volvió a dejar la vara donde estaba en un principio y en vez de sentarse a la mesa puso rumbo al piso superior para acostarse. A mitad de la escalera se paró, y moviendo  amenazante su dedo índice como una navaja albaceteña, ordenó a su desdichada esposa a que en cinco minutos estuviese en la cama. La abuela le dijo a su hija que obedeciese en todo a su marido y que tratara de tranquilizarle utilizando para ello las artes que deben de emplear las mujeres para con los hombres, en definitiva, ser todo lo sumisa posible.

Después de recoger al niño del castillejo, la mujer agraviada se sacó uno de sus pechos y de inmediato la criatura empezó a chupar con fruición el jugo materno de su infortunada madre que de inmediato marchó a la habitación conyugal con la criatura mientras que la abuela atendía a los otros dos niños. A la media hora, la calma y el silencio reinaban en la casa. La abuela se acostó en la habitación que estaba continua con el comedor junto con los chiquillos en una cama grande de hierro forjado engalanada con dos perinolas de metal dorado en el cabecero en cada uno de sus extremos. Allí,  mientras las criaturas dormían repasó la mala suerte de su hija con el marido que le había tocado. Lo vivido esa noche no era una cosa fortuita sino que  escenas como esta se venían repitiendo desde que se casó. Ella, queriendo proteger a su hija había intercedido a hurtadillas denunciando el caso a la autoridad local para que mediara en el conflicto, pero no encontró apoyo ninguno, al contrario, le pareció que se mofara de ella por la hilaridad que le produjo al edil al contarle algunos detalles del sufrimiento de su hija.
Alguien de su entorno podría pensar que ella, la abuela, defendía y estaba de parte del despiadado yerno, pero no, era su acusado sentido proteccionista como madre lo que le obligaba en contra de sus principios a servir de conciliadora, ya que temiendo por la vida de su hija intentaba por todos los medios no contrariar a su verdugo. Mañana, la víctima, estando embarazada, además de atender los deberes de la casa, tendría que ir al arroyo a lavar una canasta de ropa, y yo, -rumiaba la abuela intentando dormir-, ir a la tienda a por comida al “fiao” diciéndole al tendero que lo dejara apuntado en la libreta, mientras que  su yerno, el cobarde maltratador, dilapidaba el poco y escaso dinero de que disponían en borracheras.

Su hija era muy conocida en el pueblo y gozaba  como cualquier mujer honrada, de ser una “mujer de su casa”, frase esta de hondo calado en Torredelcampo, que significaba ser honesta, hacendosa, limpia, y sobre todo fiel a su marido, y ante esposos como el que le tocó a su hija, lamentaba que no existiera una ley para proteger a las mujeres de canallas y desalmados como lo era el marido de su hija.

Pensando en que algún día tendrían derecho las mujeres a no sufrir discriminación y violencia de cualquier tipo por los hombres,  la abuela soñó para sus nietos un mundo donde los derechos humanos fuesen igual para ambos sexos. Afortunadamente aquél sueño utópico por aquél entonces, algún día no muy lejano llegaría a realizarse.     

Sin enarbolar más bandera que la de dejar constancia de hechos así, he querido reflejar con esta historia ficticia, la desgraciada vida de alguna mártir mujer -que me consta que las hubo, y no pocas-, en la época que me tocó vivir en mi niñez.     

sábado, 27 de junio de 2020

MI PRIMERA COMUNIÓN



En aquella escuela de don Jacinto, los jueves era norma de obligado cumplimiento asistir a la  clase de catecismo que impartía el prior en la parroquia. Mi abuelo me compró en la papelería el catecismo, un pequeño librito de la doctrina cristiana que no tardé en aprenderme de memoria y del que quiero recordar forzando mucho mi retentiva que en su portada aparecía  dibujado el Niño Jesús junto con una oveja.  Don Federico impartía las clases deambulando por el centro de la nave y al azar nos iba examinando a los chiquillos que ese año íbamos a hacer la Primera Comunión con preguntas sacadas del catecismo. Preguntas como esta: ¿Cómo nos hacemos cristianos? Y la respuesta: Nos hacemos cristianos por el Santo Bautismo. Don Federico, a los asistentes, nos obsequiaba con un vale amarillo con puntos que íbamos coleccionando hasta obtener la cantidad que te daba derecho a uno de los juguetes que guardaba en la sacristía en un armario de rejillas. El coro de voces infantiles rezando el Credo, o el Padre Nuestro, retumbaban en el templo y ponían fin a la clase de catequesis.  
El ir a la capital a comprar el traje blanco de comunión y los zapatos del mismo color resultaba ser todo un acontecimiento.  A mí me privaron de ir puesto que me sirvió el  mismo traje que llevó mi hermano cuando hizo su primera comunión dos años antes, y también sus zapatos. Lo que sí recuerdo es ir a Jaén al estudio del fotógrafo Linares Reina a hacerme la consabida foto.
El librito de comunión revestido de nácar con sus broches dorados junto con el rosario y los guantes eran complementos que no podían faltar. Yo utilicé sin rechistar  también los de mi hermano. Lo único que tenía que ser diferente eran las estampitas de recordatorio que se encargaban en la imprenta y que seguramente para aminorar gastos no llegarían a treinta ejemplares.
La mañana del domingo de mi primera comunión, recuerdo un ajetreo en mi casa muy diferente al de cualquier otro día. Vecinas y familiares se afanaban en colaborar con mi madre en todo lo que fuera posible. Una tía mía trataba con zumo de limón de doblegarme sin llegar a conseguirlo mi anárquico flequillo y me recordaba una y otra vez que no tomara nada antes de recibir a Dios.
Celebrado el acto religioso en la parroquia nos encaminamos a mi casa donde mi madre tenía preparado un chocolate y unas magdalenas. Don Jacinto, mi maestro, recuerdo verlo sentado a mi lado en la única mesa establecida para el corto aforo de aquél pobre y exiguo ágape. Las  blancas y olorosas azucenas que adornaban aquella humilde mesa, parecieron revestirme en esos instantes del candor y de la pureza propia de un niño, atributos estos que al recordar esos momentos tan gratos vividos por mí, me han servido a lo largo de mi vida para alimentar mi alma.
Hoy, como aquél niño, debo también confesarme. Y es que aquél día no estuvo a mi lado mi padre. Durante toda su vida, y más en los últimos años se reprochaba una y otra vez no haber podido acompañarme. La siega muy adelantada de la cebada en la campiña pernoctando en un cortijo se lo impidió. Yo lo consolaba con la respuesta del catecismo al tercer mandamiento. ¿Peca quién trabaja en los días de fiesta? Respuesta: Peca quien trabaja sin licencia o necesidad.
Así fue mi primera comunión. Recuerdo que recogí doce pesetas, el equivalente a ocho céntimos de hoy, y me sobraron estampas de las que he referido que servían para obsequiar a quienes tuvieron el detalle de darme unas monedas.
Hoy… hoy, todo es muy diferente, el ritual sacramental sigue vivo e inalterable, pero me pregunto ¿qué recordarán los niños de hoy dentro de sesenta años del día de su primera comunión? Seguro que con tanto, no serán tan felices como yo con tan poco.

DEBES DE IR AL PUEBLO EN VERANO



(Dedicado a mi pueblo en su 216 aniversario)

Tienes que ir para descubrir la paz y el sosiego que se mastica en el silencio pulcro de sus tórridas siestas, y después, al morir la tarde, perderte por  desordenadas callejuelas donde aún duermen miles de lunas viejas acunadas por  nanas  a niños calenturientos; nanas de entonces, nacidas desde abiertos balcones adornados de geranios, claveles y  verdes albahacas que recuerdan a aquellas ferias de eras y espigas.
Tienes que ir en el frescor de la noche a contemplar desde el monte el cielo empedrado de estrellas, y dejarte llevar por la calma y la quietud que la oscuridad lo envuelve; quietud solo perturbada por los sonoros e incesantes cantos de los grillos. Debes de ir  para ver como el globo grandilocuente de la luna al salir por Reguchillo se asoma arrastrándose perezosamente por sus afiladas piedras, y de cómo, poco a poco, su ambarina y luminosa imagen va disminuyendo de tamaño a medida que asciende al cielo, tal vez, herida la envoltura de la luna por alguna de las punzantes aristas de tan rocosa cúspide.
Tienes que ir al pueblo en el que naciste donde  encontrarás dormidos recuerdos de tu niñez. Busca aquella alberca  donde te bañabas desnudo a escondidas del hortelano, de agua tan fría que reducía sin proponértelo la parte más sensible de tu físico. Vive la magia del amanecer recorriendo senderos escarpados y alguna que otra cañada sombría sintiendo el rumor del agua bajando brava y cristalina como la del arroyo de Las Torrecillas, y embriágate con el aroma a pino y a mejorana mientras  buscas como cuando eras niño entre la juncia y la menta de sus riberas alguna rana que al verte saltará a la poza más cercana. Busca entre las higueras y las zarzamoras, frutos que el pavimento de tu ciudad nunca puede darte.
Seguro que te gustará perderte por el bosque humanizado de olivos que inunda el paisaje torrecampeño. Verás colinas, y llanuras de olivares donde el verde se hace menos verde en los atardeceres, cuando un sol perezoso por esconderse, pinta de rojos y anaranjados colores el horizonte y a su vez salpica en lomas y quebradas a incontables cortijos de labranza, vestigios ruinosos que siguen sufriendo su agonía desde hace más de setenta cosechas.
Deja que muera la noche sentado en animada charla en una terraza disfrutando de nuestra rica gastronomía mientras te dejas acariciar por el relente de la brisa serrana que en refrescantes bocanadas llega a inundar de frescura recoletas plazoletas y avenidas repletas de mesas y veladores; airecillo que llega siempre refrigerado después de haber besado a  los altos chopos del parque.
Vuelve a Torredelcampo en verano, y si tan pobre eres que no tienes ni tan siquiera pueblo, yo te regalo el mío con el permiso de todos los torrecampeños/as, porque no quiero que me digas aquello que te oí decir: ¡Qué desgracia es vivir sin tener pueblo en Madrid!





lunes, 1 de junio de 2020

NOVIOS



Al agonizar de cada tarde, un rumor de voces surgía entre la neblina que creaba el invierno y el vaho de aquella multitud que se congregaba en la plaza de mi pueblo. Las   espigadas y llamativas farolas derramaban débiles y mortecinos destellos que eran repartidos entre el apretado gentío de los paseantes. En verano, el mismo rumor se mezclaba con el olor a jazmines que desprendían las moñas que adornaban el pelo de las guapas y lozanas jóvenes, confundiéndose a veces este aroma con el del agridulce de las cañas frescas de las “majuletas con canute” que los chiquillos utilizaban para lanzar dardos que no eran otros que los huesos del fruto silvestre.

Vueltas y más vueltas plaza arriba y plaza abajo, mientras algunos lo hacíamos comiendo pipas o fumándonos un Ideal, pues eso de fumar era signo de modernidad y de estar ya a las puertas de lograr la emancipación. Tremendo error.

<< !Mírala! ¿La has visto? Creo que te ha mirado. ¡Ve y le dices algo, hombre!>>   <<Ahora no, lo haré a la vuelta siguiente, o mejor cuando vengamos de tomar unos vasos de vino en el Testarazo, o en el bar del “Lipertor”>>  Este era por lo general el más común de los diálogos entre amigos. Y así, iban pasando los días, las semanas y los meses, hasta que superada la timidez, el muchacho, en una de aquellas vueltas se acercaba a ella que como todas las mozas marchaban cogidas del bracete. Si al aproximarse, esta no lo rehuía yéndose al centro del grupo, la cosa no pintaba mal. <<Ya se ha “lansao”>> Decían los amigos al ver al amigo dialogar con la pretendida de manera amigable, presagio este inequívoco de que la cuadrilla a partir de ahora quedaría mermada.

Así era el primer cortejo. Luego, el acompañarla hasta la esquina de su calle significaba ante los ojos de los demás que se habían prometido. Pero la prueba de fuego era el hablar con el padre y pedirle permiso para poder ver a su hija en la puerta de la casa. Nervios, sudores, palabras silabeadas, y frases inadecuadas hasta romper el maldito hielo y recibir por parte del padre la autorización para poder hablar  con su hija a un paso de la puerta de entrada. Y allí, entre el escalón de la calle y la retranca como testigo se formulaban entre ambos día tras día promesas de amor y planes para crear un hogar en un futuro que al menos tardaría cinco o seis años. Durante esta primera etapa de noviazgo, la novia debía de estar acostumbrada al silbido suave y musical con el que el novio se identificaba cuando llegaba.  

Al cabo de un tiempo, amortizado el año o más de hablar con la novia en la puerta, etapa esta que servía para demostrar que se iba con buenas intenciones, el novio estaba obligado nuevamente a hablar con los padres para que le concedieran su consentimiento y poder entrar dentro de la casa con el fin de evitar los crudos inviernos hablando en la puerta de la calle. Después, sentados uno al lado del otro con las sillas alineadas a la pared se hablaba con la novia de manera sigilosa con la boca puesta en el oído de ella  siempre bajo la vigilancia perpetua de la suegra. En invierno sentarse en la mesa camilla al calor del brasero tenía como condicionante el mantener las manos de los novios siempre visibles a los ojos de la siempre atenta carabina. Y así iban pasando los años, y también la mili del novio pues siempre al poco del regreso del cuartel, ya licenciado, la pedida de la novia no se hacía esperar.

En este acto de pedida, después de obsequiar a la novia con el consabido oro, se fijaba el día de la boda, o como se decía en el pueblo, el día de la “velación”, mientras que el vino, la cerveza y los aperitivos circulaban por la casa en claro gesto de atención con la familia del novio.

Entretanto, en la plaza de nuestro pueblo de nuevo surgiría una nueva promesa de amor. Una de tantas que sirvieron para forjar el destino de muchas generaciones.

Ahora, en los anocheceres azulados, la plaza desnuda de gente se acuesta temprano arropada con un envolvente silencio de cuna. Bajo su suelo, yacen esculpidos miles de juramentos de amor tallados con el cincel de infinitas e inmortales pisadas, siempre bajo la atenta mirada de los desorbitados y escrutadores ojos del campanario de la iglesia.

GORRIONES EN LA PANDEMIA



17 de abril de 2020, en mi cumpleaños.

Cuento los días, cuento las horas, hasta cuento los pasos desde un extremo a otro de mi vivienda; son treinta y cinco, y vuelta a empezar, diez, veinte, cincuenta, tropecientas vueltas al día, tantas  como daba en la trilla en aquellas eras de mi querido y ahora más que añorado pueblo.

No quiero que me toque en esta vuelta pisar el nudo oscuro del parquet que está a mitad del recorrido, me digo, como una apuesta un tanto supersticiosa, que si la logro, me produce un vano placer, y si no, me siento como cuando miro el listado de la lotería en navidad, otra vez será. Así juego con este juego en mi enclaustramiento. A veces, salgo a respirar aire fresco a uno de mis balcones. Casi a mis pies, las banderas del consistorio de mi ciudad adoptiva ondean a media asta en señal de luto por los fallecidos por el coronavirus. La plaza está desierta. A intervalos veo pasar  autobuses vacíos que ni siquiera paran porque las marquesinas están libres de viajeros. Oigo el leve aleteo de contadas palomas cerca de una fuente. Antes, venían en bandadas mezcladas entre grupos de gorriones al reclamo del sustento que le proporcionaban la gente en su deambular, o de aquél hombre que acostumbraba a derramar pan desmigado, o también en busca de los gusanitos que se escapaban por entre las manos trémulas de los niños, y cómo no, de las de los roedores de pipas que solían sentarse en los bancos.

Ahora todo está limpio, no se ven papeles en el suelo de las calles, ni cáscaras de pipas, ni nada que puedan rebuscar para alimentarse, y echo de menos a los gorriones, ¿dónde estarán?, me pregunto. Después de llevar un rato en mi atalaya veo a una pareja dando saltitos en el suelo  para instantes después salir disparados tratando en su vuelo de perforar el viento. Estos, supongo, han preferido quedarse, pero el resto, sospecho que habrán emigrado en busca de alimentos fuera de la ciudad o a otras latitudes, lo mismo que hacían las gentes de nuestro pueblo en los años sesenta, aquellos que se fueron buscando un mejor porvenir, al igual que yo, que lo hice aprovechando una etapa en la que nuestro pueblo cansado de dar aceite daba carteros urbanos.  Pero no quiero salirme del tema porque quiero centrarme en los gorriones, en esa ave que llevará miles de años entre nosotros y que se está extinguiendo poco a poco, tal vez por el cambio climático, por las especies invasoras o las nuevas construcciones de edificios donde se emplean materiales para que en los tejados,  donde los gorriones se cobijan y anidan, no quede grieta alguna. El caso es que cada vez vemos menos, y esto de la pandemia contribuirá no cabe la menor duda a su lenta agonía.

Recuerdo que a último de mayo cuando las cebadas cerca de las tapias de nuestro pueblo estaban alimonadas, señal de que sus espigas estaban granadas, los gorriones invadían las siembras comiendo  los granos ya sazonados, y para ahuyentarlos, los agricultores se defendían poniendo cuerdas con cencerros colgando para que el niño o la mujer los espantaran moviendo el cordel. Lo que no recuerdo haber visto nunca es comer a dos gorriones en la misma espiga. Extrapolando este hecho a la vida real de hoy observo  que esto ocurre. Veremos lo que dura, de seguro hasta que la caña se tronche.

En los meses de verano en aquellos árboles centenarios de la Huerta los Toros se refugiaban miles de gorriones al anochecer produciendo un sonido ensordecedor por su continuo piar. Había uno de mi edad en nuestro pueblo que con su certero tirachinas todas las tardes en tiempos aquellos de pescuecillos cortos  se llevaba a su casa el equivalente a una fritá.

Dicen que la existencia del gorrión está ligada a la del ser humano, y prueba de ello es que en los pueblos abandonados por el hombre, los gorriones también lo hicieron. Ojalá que ellos al ver nuestras calles desiertas por culpa de la pandemia, no interpreten que nos hemos ido, aunque lamentablemente algunos si lo están haciendo, son aquellos que están muriendo por culpa del coronavirus. Qué lástima de los de mi generación, la generación del progreso. Que Dios los acoja en su seno y entren acompañados  con la agradable música del aval de nuestras plegarias. La mía, mi plegaria, viaja todos los días rauda con el viento hasta nuestra ermita, y hará cola en la lonja hasta que le toque el turno pues somos muchos los torrecampeños/as que en estos momentos tan difíciles imploramos a nuestra Patrona Santa Ana para que esto acabe.
Santa Ana bendita, que sea pronto.
Antero Villar Rosa

EL PARVULARIO DE PEDRO BALBIN



El parvulario sirve y servía en mis tiempos entre otras cosas para despertar el desarrollo emocional y educativo de los niños, aunque aquél parvulario al que asistimos los varones de mi generación era tan peculiar y dista tanto de los de ahora, que he querido recordar aquella mi primera escuela donde aprendí mis primeras letras y conviví con los primeros compañeros de clase, y cómo no, donde llegué a conocer a mi primer maestro.

Con mi pizarra, el pizarrín, la cartilla y como vestimenta un mandilón, acompañado de mi madre llegué todo ilusionado aquél primer día hasta el final de la calle Las Cruces, a la Rinconá, a la casa de Pedro Balbín, donde éste ejercía la docencia. La casa,  empedrada sus bajos, estaba repleta de niños de mi edad y otros más mayores. Nada más entrar, en el recibidor, los bancos y sillas pequeñas alineadas a la pared inundaban la estancia repleta de niños gritando unos con otros. A la izquierda, la sala a la que en nuestro pueblo damos el nombre de despacho, igualmente estaba llena de niños vociferando entre ellos.  Más adentro, en el comedor,  en el habitáculo más espacioso, allí estaba Pedro Balbín sentado en un sillón de mimbre en cuyo respaldo descansaba una zalea de borrego. Estaba protegido por un semicírculo desnudo de chiquillería que parecía entronizarle además de servir para facilitar el acercamiento cuando tocaba aproximarse a “tomar la lección”.

Aquella ilusión de mi primer día de escuela se desvaneció en el momento en el que me despedí de mi madre, tomé asiento y vi como Pedro impartía la enseñanza. La eme con la a, ma. La eme con la u, mi.  ¿Qué has dicho, que la eme con la u es mí? ¡Cañete, que eres un cañete!  Y volvía de nuevo la cantinela repetidas veces con el chiquillo llorando, vociferándole aquello tan repetitivo en él de, “cañete”.   

Durante los siguientes días la zapatilla de mi madre me acompañó hasta la escuela de Pedro, hasta que poco a poco me fui acostumbrando a la alpargata de mi progenitora, y a los chasquidos de la palmeta de Pedro cuando alguno no obedecíamos sus órdenes; palmeta que pensábamos que echándonos sal y vinagre en la mano a la hora de recibir el azote la tabla se partía. Recuerdo el patio de la casa  donde íbamos los castigados, y el pozo divisorio entre los muros del vecino, y también la cámara donde entre la paja guardaba las serbas para que madurasen. El ver deambular por la casa a Cándida, su madre y a Puri, hermana de Pedro, servía a veces para apaciguar los encendidos ánimos del maestro, como también la copla de “Doce cascabeles lleva mi caballo” de Luis Mariano, y “El rey de la Carretera” de Juanito Valderrama, tranquilizaban asimismo su enojo cuando sonaban en el radio que descansaba en una repisa en uno de los muros del comedor, aunque su mejor bálsamo era el vino que a gollete bebía a escondidas mientras que nosotros en nuestra pequeña pizarra tratábamos de dibujar arañando con el pizarrín las letras que nos había puesto de tarea. Cuando nos salía mal la escritura escupíamos en el negro y alisado mineral y lo borrábamos frotándolo con un trapo que llevaba el tablero incorporado.

Lo mejor era cuando a media mañana salíamos en tropel al recreo que consistía en ir corriendo a beber agua a la Fuente Nueva, donde raro era el día que alguno no caía al pilar empujado por otro. Volvíamos de nuevo galopando, teniendo a veces que esquivar antes de entrar en la escuela el carro de Lorenzo que descansaba en la puerta del parvulario.

Alli, en la escuela de Pedro fue donde aprendí mis primeras letras: mi mama me ama, yo amo a mi mama, la tela de lino. Eran frases de aquella mi primera libreta. Pedro, era un hombre discapacitado, al que para subsistir le autorizaron la apertura de este parvulario por el que pasamos toda una generación. No recuerdo cantar nada más que “Vamos niños al sagrario”, pero sólo cuando alguien le avisaba de la inminente visita de las personas que tutelaban el parvulario, cuando estas se iban aproximando  calle arriba.
Tenía que dedicarle unas líneas a esta persona que nos dejó hace muchos años, al hombre que  enseñó las primeras letras a toda una generación. Gracias por la enseñanza que recibí de Pedro Balbín, hombre popular y dicharachero que supo dejar huella  en nuestro pueblo. Su legado figura en el recuerdo de muchos como yo, y a partir de hoy, estas líneas servirán para que nuestros descendientes sepan que existió un maestro de parvulario llamado Pedro Balbín. 

Yo me despido de él pidiéndole perdón porque  fui uno de los que entre la paja de su cámara, a hurtadillas, birlábamos y nos comíamos sus serbas sazonadas.