domingo, 8 de julio de 2018

EL PIK UP


Búscate una chica, una chica ye-yé, que tenga mucho ritmo y que cante en inglés...
Quién de mis tiempos no llegó a escuchar hasta la saciedad esta canción a mediados de los años sesenta. Década añorada por muchos como yo, en la que un aire fresco de cambios llegó a generarse en aquella sociedad de la que yo formaba parte. Época esta donde la juventud jugamos un papel muy importante, y en la que en un corto periodo de tiempo hubo muchos cambios sustanciales en nuestras vidas, así pasamos del radio de toda la vida, al televisor, y los más pudientes de nuestros padres, al seiscientos, y además ganamos un Festival de Eurovisión y hasta llegó el hombre a pisar la luna por primera vez.
  
Nuestra manera de vestir también cambió, y de esta suerte las mujeres dejaron aquellos vestidos estampados de amplios vuelos, de cintura de avispa, que fabricaban las modistas de nuestro pueblo para la feria, porque la minifalda y las faldas estrechas habían hecho su aparición.  
En los hombres, imperaba la camisa blanca de tergal y el traje con corbata de nudo delgado. No era de recibo los domingos ir a pasear a la plaza sin llevar puesto esta vestimenta, o en su defecto una americana, y menos si se iba de guateque.  

¡Ay, los guateques! Aquellos guateques de pik-up de maletilla ¿Os acordáis? Se celebraban en las casas, y siempre lo hacían grupos de amigos y amigas pertenecientes a un círculo determinado. Guateques en los que las madres de las muchachas también asistían en calidad de carabinas, y además, para husmear en la vida y la familia de aquél que sacó esa noche a bailar a su hija y que la niña siguiendo los consejos de su progenitora marcó el codo durante todo el baile en el pecho del muchacho para evitar contagio alguno. Es verdad, algunas debían de tener callos en los codos. Pero de nada valía cuando sonaban canciones lentas como “Ma vie”, de Alain Barriére, que versionó el Duo Dinámico, o esta otra que después de salir al mercado estuvo prohibida por la censura y hasta por el Vaticano, me refiero a “Je t’aime moi non plus”, de Serge Gainsbourg, y es que oyendo esta música, las hormonas se disparaban y las parejas se soldaban aunque fuesen por unos instantes de manera inevitable a sus acordes.

Todo lo prohibido era lo más tentador, y esta canción de jadeos y susurros marcó un hito. Para el que no lo sepa, la censura que estaba para justificarse, llegó en su día a cambiar hasta el título de la canción de Adamo “Mis Manos en tus caderas” por la que hoy conocemos como, “Mis manos en tu cintura”, pero nadie pudo parar ese movimiento de cambio donde la música tuvo un papel muy relevante.  

Del baile “agarrao” pasamos al baile suelto ya que llegó el twist basado en el rock and rock, y a partir de entonces las parejas bailaban sin tocarse al ritmo de Lolita, canción del Dúo Dinámico por poner un ejemplo.

Por tener, teníamos hasta la canción del verano. Temas como “Juanita Banana”, de Luis Aguilé, o “Maria Isabel” de los Payos, marcaron un hito cada verano, como también, “Tous les garcons et les filles” de Francoise Hardy, y es que la música francesa muy melódica ella, tuvo una gran influencia en nuestras vidas.
Fórmula V, Los Bravos, Los Brincos, Los Sirex, y tantos otros, nacieron al compás de los ecos de las canciones de Los Beatles, Los Rolling Stones,  Elvis Presley y muchos más a los que no hago referencia por no extenderme mucho. 

Yo creo que la música marca la adolescencia de las personas, etapa donde se define nuestro carácter y nuestros gustos y aquella música de los años 60 nos marcó a todos los de mi generación. Quién no se emociona, mayores y menos mayores, oyendo una canción de años atrás, canción que nos recordará momentos algunos tristes, pero la mayoría alegres, trasladándonos al pasado aunque solo sea por unos instantes, para  rememorar situaciones vividas y recordándonos a personas que ocuparon un lugar en nuestras vidas.  El primer amor, el primer beso, aquél enamoramiento frustrado, siempre, siempre, a todo esto, cada cual estoy seguro, le pone una banda sonora.

Pero yo de música soy un profano, pues quién más sabe de aquella de los años 60  es Juan Real. Hoy he invadido su parcela, pero mi única intención no era otra que la de transportarte querido lector/a con tu canción favorita a aquél momento inolvidable que guardas en tu memoria. Disfrútalo.     
   
  

   

MOSCAS



A la hora de la siesta, aquí en Madrid, hay días sobre todo los sábados y domingos, que reina a veces un silencio de infancia. Hasta los coches que se deslizan en una continuada hilera de un lado a otro de mi calle, ahora, dormitan a esas horas supongo en algún garaje, o puede que estén veraneando, tostándose sus chapas tal vez con otras lumbres menos ardientes que aquellas otras de rastrojos donde yo espigaba en mi niñez.

No se oye ni una mosca, dicho popular este, aunque la maldita mosca, sólo una, me ha despertado de esos quince minutos de mi acostumbrada siesta diaria del sillón, nada comparable mi siesta con aquellas otras de antaño de orinal y pijama como las que narraba don Camilo. Mosca esta la protagonista de mi relato, muy cabrona ella, cansina como las de los bares, pegajosa como las de los cementerios y veterana e incordio como las  que reinan en los tanatorios, pulula la que me ha tocado en suerte de un lado a otro del salón con un zumbido más que molesto.
Nos hemos acostumbrado a no tener moscas, y por eso como esta vez, en cuanto alguna invade nuestras dependencias tratamos cuanto antes de liquidarla. El golpe seco de un periódico enrollado acabó con el molesto insecto, y me felicité por mi eficaz puntería.  No tuve que recurrir a fumigar la estancia con ningún insecticida, o emplear otras alternativas que el mercado nos proporciona, pero me hizo esto recordar aquél aparato con el que  mi madre fumigaba mi casa que contenía un líquido al que llamábamos “fli”, el flit que muchos de mi edad recordareis que emanaba un olor muy intenso  a petróleo.

Recuerdo ir con aquél instrumento fumigador a casa de Tomás Albacete a llenar el depósito del líquido reseñado que años más tarde fue retirado del mercado por su alto contenido en DDT. Me servía de guía cuando con contados años iba a este establecimiento, el cartel de tintes Iberia que lucía en su pared. Otra alternativa en aquellos tiempos era la de utilizar cintas atrapamoscas. Estas, embadurnadas en miel colgaban del techo de las salas. Era asqueroso ver estas tiras con un sinfín de moscas muertas y otras tratando en vano de zafarse del pegajoso y dulce pegamento, lo que producía por este motivo antes de su muerte un ruido de aleteos y zumbidos constantes. Pero claro, era difícil antes no acostumbrarse a las moscas porque tenían buen calvo de cultivo ya que la mayoría de las casas eran de labranza, donde la cuadra, los animales, el “mulear” –algún día hablaré de él- y la “injaera” la del marrano, atraían y de qué modo a estos insectos.
Disfrutábamos hasta de moscas cojoneras, aquellas rubias que solian posarse alrededor de los genitales de las caballerías, las mismas que metíamos en botes y abríamos en el patio de butacas del cine. Había que ser gamberros.   

Se dice que la mosca cojonera es aquella que persiste en el incordio a animales de gran tamaño. Hoy  este díptero lo vemos con un lazo amarillo donde ha proliferado a gran escala   en cierta parte de España, todo, por no haber sacado el “mulear” a tiempo. ¡Qué pesadez! Tal vez con un poco de flit…


lunes, 25 de junio de 2018

LO QUE PASÓ EN EL CORTIJO EL ONTÍÑIGO



LO QUE PASÓ EN EL CORTIJO EL ONTÍÑIGO.
(En la foto de 2007, el lugar donde estuvo ubicado este cortijo)

En mi adolescencia llegué a conocer aquél paraje como la palma de mi mano; paraje quebrado, de sombrías cañadas, algunas, pobladas de álamos, además de higueras y frutales abandonados tiempos atrás. El agua de los arroyuelos en muchas de estas hondonadas corría cantarina muchos años hasta bien entrado el estío. El paisaje del olivar rompía el orden muchas veces de sus disciplinadas hileras cuando estas chocaban en algún pedregal sin roturar, en donde aquí, los “majuletos” llegaban a hermanarse con los “gamones”, el hinojo y el tomillo entre otras plantas.
Sí, llegué a conocer muy bien en mi pubertad todos los andurriales del cortijo La Ventana, muy próximo al del lóbrego Ontiñigo, separados ambos por una pronunciada cañada.

Lo que llegaba a escuchar a las personas mayores siendo adolescente de este último cortijo conocido como Ontiñigo eran frases cortas, siempre en voz baja, como: <<Ahí pasó algo muy gordo>> <<Dicen que mataron hace muchos años a varios>> << Se han ido los caseros porque dentro, dicen, pasan cosas muy raras>> Yo preguntaba, y siempre obtenía respuestas más o menos como estas: <<!Calla niño, tú no sabes de esas cosas!>> << ¡No seas tan “cachumetero”!>>

Hace años recibí una llamada de un señor que después de su presentación me hizo una pregunta: ¿Usted sabe si en el término de Torredelcampo, existe, o existió, un cortijo llamado  Fontiñigo? Le dije que yo conocía uno al que llamábamos Ontíñigo.
A los pocos días de esta conversación fui al pueblo, y por curiosidad me escapé hasta allí, y desde la lonja del cortijo La Ventana fotografié el lugar donde en su día estuvo ubicado este cortijo, porque ya no quedaba ni rastro de él habiendo en su solar olivas jóvenes que plantaron años atrás y que contrastaban con las demás veteranas. Esta fotografía la envié al señor que me llamó por si le servía de algo, fotografía que es la misma que aparece en la entrada de este escrito. 

Buceando por las redes sociales he descubierto esto en: Relato del blog de cassia. (Torredonjimeno)  que transcribo:



 El periódico “El Eco del Comercio” 18/6/1846 dice así en una noticia:
CÓRDOBA 11 junio.- Se asegura que los bandoleros que cautivaron al alcalde de Espejo señor Comas en su cortijo de este término, han sido encontrados en la provincia de Jaén, junto á la villa de Torre Campo; y que después de una obstinada resistencia fue rescatada la víctima, muriendo cuatro de los bandidos, entre ellos el célebre Lucena que se había escapado audacísimamente de esta cárcel antes de ponerlo en capilla por sentencia de sus crímenes anteriores. Gran servicio han hecho con ello á esta provincia las fuerzas de la de Jaén. Refieren que al señor Comas le decían que no querían mas de él sino que les acompañase á cumplir una promesa

Intrigado por el asunto, ojeo más diarios de la época, pues no es normal que un bandolero secuestre a un alcalde. Me interesaba saber el nombre del forajido, y algunos aspectos más sobre las circunstancias del suceso. Esa labor no siempre es fructuosa, y en algunas ocasiones, los rotativos decimonónicos no dan más información que los pequeños telegramas que se enviaban a las redacciones, con infinidad de erratas en los nombres y con muchas lagunas en los datos. Pero en este caso, en otro diario liberal titulado  El Clamor Público” 13/6/1846 podemos leer:

MINISTERIO DE LA GOBERNACIÓN DE LA PENÍNSULA;
El jefe político de Jaén, con fecha 9 del actual desde aquella ciudad, participa que habiendo sabido que de la parte de Sierra Morena habían bajado cuatro hombres á caballo y bien armados, al parecer sospechosos, y que les acompañaba un hombre de regular porte, los que se ocultaron en el cortijo de Fontiñigo, término de Torre del Campo, adoptó inmediatamente, de acuerdo con el comandante general, las convenientes disposiciones para sorprenderlos. Destinados á  este objeto cinco infantes de la guardia civil, seis de caballería de id., y cuatro del regimiento de Numancia, salieron inmediatamente, y apenas se presentaron á cercar aquel cortijo, principiaron á hacer fuego de dentro los individuos sospechosos, y tan sostenido, que creyendo el que mandaba esta fuerza que la obstinación de los malhechores, si resistían todo el día, podría proporcionarles la fuga favorecidos por la oscuridad de la noche, reclamó mas fuerza para precaver lograsen su objeto. El jefe político y el comandante general acudieron personalmente con mas fuerza de infantería y caballería. A su llegada encontraron que cuatro malhechores habían salido del cortijo por la piquera del pajar opuesta á la puerta principal, que ensancharon para caber con los caballos, y que en la resistencia que y los otros dos acuchillados por la caballería, habiendo causado la desgracia de la herida que recibió en la frente el sargento de caballería de la guardia civil, Diego López.
Reconocido el cortijo se encontró á don Miguel de Comas, teniente de alcalde de Espejo en la provincia de Córdoba, á quien tenía de rehenes ínterin entregaba 40,000 rs. Que exigían por su rescate; y al regidor del ayuntamiento de Torre del Campo, don Bartolomé del Moral. Según manifestación del teniente de alcalde de Espejo, los cuatro malhechores que quedaron muertos en su fuga del cortijo de Fontiñigo se llamaban Francisco Lucena, natural de Espejo, que los capitaneaba, Felipe Choclán, vecino de Córdoba, Cristóbal Moral y Manuel Sánchez, de Jerez de la Frontera, desertores de presidio, á que estaban destinados por muertes y robos. El jefe político recomienda el comportamiento de la guardia civil, individuos de tropa, carabineros hicieron habían caído dos muertos al fuego de la infantería de la guardia civil individuos de tropa, carabineros y agentes de seguridad que le acompañaron y contribuyeron á este importante servicio, de suma consideración para la tranquilidad y seguridad individual de aquella provincia y la de Córdoba.
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sábado, 23 de junio de 2018

PASEO POR LA VÍA VERDE



La última vez que paseé por la Via Verde, fue hace unas semanas, porque estando ahí en nuestro pueblo es esto una tentación a la que creo vale la pena ceder. Lo hice un día meón, de esos muchos que esta primavera nos ha regalado, de cielo arrebujado, pintado de nubes con jirones negros que amedrentaría a más de un andarín, pues la soledad fue mi compañera durante todo el recorrido.

Siempre que lo hago comienzo mi ruta por el punto más cercano a mí domicilio, justo, en nuestra antigua estación, solitaria ella ahora, además de silente. Si hablaran sus muros contarían historias de despedidas y bienvenidas, siempre todas al compás del chirriar de las ruedas de los trenes, entre nubes de vapor y el sonido cantarín de su campana. Digo adiós a la vieja y destartalada estación y me adentro en la vía con dirección al túnel.
Observo, como algunos árboles frutales en los terraplenes que en su día tuvieron dueño sin documento fehaciente, apuntan ya sus frutos que serán supongo, cuando sazonen, para disfrute y gozo de los viandantes. Las dos regueras que adornan el paseo antes de llegar al túnel, como consecuencia de algún venero permanecen con agua estancada, donde en sus cauces prevalece muy prolífica y vigorosa, la espadaña, sosteniendo algunas de estas plantas sus vistosos penachos, y esto me recuerda al hombre aquél que iba por las calles con un haz de estas largas hojas arreglando sillas de anea.
    
 Nunca, ni el más atrevido de mis amigos se aventuró de pequeño a internarse por el túnel, y ahora, yo, al cabo de mis muchos años lo sigo haciendo cuando estoy en nuestro pueblo, aunque siempre que me adentro, un incierto recelo me invade, como si temiera la llegada de unos de aquellos trenes a los que conocíamos como: el mixto, el balastro, y el correo. Mis pasos resuenan bajo la bóveda y me temo que estoy despertando al viejo túnel, pues sospecho que soy el primer andarín de la mañana. Observo cómo a pesar de los años, su construcción permanece firme e inexorable, y traslado mis pensamientos como homenaje hacía aquellos hombres que un día, tal vez como únicas herramientas, las de un pico y un azadón, llegaron a construir esta magnífica obra de arquería.

Al salir, algunas gotas de lluvia bendicen el campo, pero no me amilano y sigo mi camino. Una mata de alcaparras casi escondida en uno de los lados de la calzada no puede disimular su desagrado por las persistentes lluvias y temperaturas de esta lluviosa y fresca primavera y lo demuestra vergonzosa ella con el color parduzco de sus tallos, por lo que presumo de que este año las alcaparras y alcaparrones se retrasarán.
El campo es un jardín, una explosión de color y de belleza a lo que los olivos en esta época, en flor, no se quieren quedar atrás sumándose a la hermosura del entorno.

Más adelante, me sale al paso un majuelo que sostiene una enorme y exagerada carga de “majuletas” y sospecho de que este verano las de con canute con tan anunciada buena cosecha abaratarían su precio si existiese aquél hombre de nariz de pellizco que las vendía con su esportilla colgada del brazo. La de pescozones que nos hemos ganado siendo niños lanzando como dardos el hueso a través de la caña verde los domingos en la plaza.

El hinojo al ser mojado por la lluvia que cae como cribada por un fino tamiz, me regala su oloroso aroma mezclado con el de cientos de flores que adornan de manera artificial los ribazos a un lado y otro del camino. Aligero el paso y veo como algunos sauces llorones lloran la lluvia que les es regalada. Más adelante me refugio unos instantes bajo un moral y descubro con júbilo algunos de sus frutos en plena sazón. No pude contener el deseo y devoré con avidez dos o tres moras, y al instante, estallaron  de júbilo mis glándulas gustativas;  su grato y azucarado sabor sirvió para retrotraerme en el tiempo trasladándome de inmediato a aquél pasado donde recolectábamos cuando éramos niños hojas de morera para los gusanos de seda.     

Y así, llego al puente de hierro donde camino sobre las traviesas que un día sirvieron para sostener los raíles del tren. Este viejo mastodonte obra de la ingeniería de más de dos siglos atrás, guardará en su memoria la tragedia de algunos torrecampeños que no encontrando otra salida para paliar muchas y perentorias necesidades optaban por lo más difícil. También en época de estrarpelo donde al tiempo de que el tren aminorara la marcha, por las ventanillas, una vez pasado el puente, echaban fardos o talegas conteniendo productos de contrabando que eran rápidamente retirados por compinches.

Al final del puente, contemplo un higuerón “brevuo” de fruto vano, al que parece no afectarle el desnivel, ya que debe sentirse cómodo año tras año presumiendo de no padecer la patología del vértigo, muestra éste orgulloso su abundante y estéril cosecha.  Unos pasos más adelante, un cañaveral se balancea al compás de unas fuertes ráfagas de viento. Cañas que se muestran orgullosas al saberse ahora indultadas por aquellos “blanqueores” de un tiempo pasado.
Retrocedo, y a mitad del puente, de nuevo, observo la belleza del paisaje, ese paisaje que en su día nos retrató con todo acierto Manuel Moral con pintura estilo naif.
     
Un fuerte trueno inunda la quietud de las colinas y cañadas cuajadas de olivos que adornan el paisaje. Apresuro la marcha y antes de llegar al túnel, a medio camino de él, empieza a llover un poco más fuerte. Un ciclista que marcha a toda velocidad me da ánimos para llegar pronto a refugiarme bajo la bóveda. Me distancio de la vía y me cobijo de la lluvia bajo la espesura de las ramas de un viejo almendro que estoy por asegurar que nutriría de “allosas” a los que las vendían por las calles al grito de “allosas dulces”.
Refugiado bajo el enorme paraguas del almendro, contemplo como las cortinas de lluvia se mecen arrastradas por el viento antes de regar cada rincón del campo. Al poco, dejó de llover, y el arco iris apareció radiante muy a lo lejos, de seguro que sus colores impregnarían las piedras del derruido castillo del Berrueco.

De regreso a casa, casi a las puertas de junio, después de una ducha, apetecía sentarse al grato calor de una lumbre. Por vergüenza no la encendí. 
Lo que sí he encendido hoy han sido todos estos gratos recuerdos de mi último paseo por la Via Verde que he querido compartir con todos vosotros.
               
                                        Antero Villar Rosa





viernes, 15 de diciembre de 2017

ASÍ ERAN NUESTROS COLCHONES


               Los primeros colchones donde dormíamos mis hermanos y yo, al igual que la mayoría de los de mi edad en los años cuarenta y cincuenta en nuestro pueblo, eran de farfolla. Suena mal esta palabra, pero la Real Academia de la Lengua Española la define así: Farfolla: Espata o envoltura de las panojas de maíz, mijo y panizo. En resumen, los colchones referidos estaban rellenos con las hojas que envuelven las mazorcas del maíz. Era esta la materia prima para el mullido de aquellos colchones cuyas fundas de tela estaban adornadas con franjas azules o rojas mezcladas con blancas perpendiculares.  
La farfolla, siempre por encargo, la solían proveer los arrieros, aquellos que tenían una reata de borricos y se dedicaban a acarrear mercancías que además de la referida farfolla y otras, estaba la de abastecer a las panaderías el ramón en la época de la corta o poda del olivar. Las referidas hojas de maíz iban a buscarla estos arrieros a las huertas de los ríos próximos y las transportaban en unas redes de esparto de amplias aberturas.
El trabajo de “farfollar” consistía en deshojar una a una las hojas del nudo que había servido de base a la mazorca. Recuerdo cuando esto sucedía que las mozas casaderas de la calle donde se “farfollaba”, se prestaban voluntarias en la casa donde se ejercitaba esta faena para ayudar entre risas y picaronas bromas, jugando con la susodicha palabra  y que dicho sea de paso hasta que fui más mayor no supe discernir.
Disfrutaba después tratando de subirme a aquél voluminoso colchón recién relleno de farfolla que durante unos días llegaba a ocultar el cabecero de la cama. Luego, después de que las hojas se llegaban a prensar con el peso del cuerpo, los picores que de principio eran muy acentuados, estos, iban poco a poco remitiendo. Debíamos acostumbrarnos desde el principio al ruido que producía la farfolla cuando te movías en la cama. Me recordaba este ruido al molesto sonido de las interferencias de una radio o al del aceite caliente al freír patatas.   
Todos nuestros padres en cambio siempre han disfrutado de colchones de lana. Era tradición en nuestro pueblo unas fechas antes del cualquier casamiento ir a “lavar la lana”. Aquello era todo un ceremonial donde la lana esquilada a los corderos se lavaba y se dejaba secar mientras se comía y se bebía en familia. El arroyo Santa Ana ha sido mudo testigo del regocijo de las familias de ambos novios mientras desempeñaban esta arcaica costumbre.  
Con el tiempo esta lana solía apelmazarse, por lo que manualmente cada uno de los vellones había que abrirlos hasta conseguir un mullido como aquél primitivo del principio. En el Madrid castizo de los años sesenta, en plena calle, pude contemplar al colchonero haciendo este trabajo con una vara curvada, lo que resultó muy sorpresivo para mí.
Pero llegó el día siendo yo un adolescente que tanto la farfolla como la lana, sucumbieron dando paso a la modernidad. Primero fue la farfolla, así es que colchones y más colchones fueron vaciándose de su contenido en el arroyo, nuestro “punto limpio” en aquellos tiempos, y allí, junto con todos los desechos de la época, entre otros, animales muertos que mezclados con los residuos del matadero, amén de otras inmundicias, solían estar  todas estancadas para nuestro disfrute contemplativo y oloroso hasta llegado una tormenta o avenida, las célebres "venías” pues hasta que llovía de forma torrencial no se limpiaban los cauces de los dos arroyos, tanto el ya referido, como el del Cañuelo.  
La goma-espuma fue el producto innovador que hizo vaciar los colchones de farfolla en los arroyos referidos, y para abastecer la demanda muy arraigada de esta novedad, el comercio de Antonio Casas se convirtió en el proveedor de todos los hogares torrecampeños.
Y así fue como los silenciosos y siempre mullidos colchones de “piquitos” desplazaron a los de farfolla, y de forma más gradual a los de lana, aunque estos últimos estoy convencido de que existirán todavía en algún hogar torrecampeño que no lograron sucumbir ni tan siquiera a los de muelles ni a los de última gama existentes hoy en el mercado. 

En fin, como persona ya entrada en años recojo una cita de alguien que no recuerdo que dice así: No sé si no puedo dormir porque trato de recordar, o si me cuesta recordar porque no puedo dormir. Lo que sí es cierto es que yo en aquellos colchones de farfolla dormía más que ahora, todo, porque en la vejez dicen, se acorta el dormir y se alarga el gruñir.

viernes, 23 de diciembre de 2016

EL NIÑO "PROBE"


EL NIÑO “PROBE”
CANCIÓN TRISTE POR NOCHEBUENA.

Llora el zagal en la aceituna, de rodillas la va recogiendo, de dos en dos, de tres en tres, de una en una. Lleva albarcas con peales, uncidos estos con tomizas. Llora pensando en su madre que en un hospital agoniza. La cuidan monjas con tules blancos en una sala infinita, con crucifijos negros en cada cama y al lado de cada cama una mesita. Cuentan que en esa tétrica estancia la muerte no para de hacer visitas. Anoche la fue a ver después del duro trabajo del día. Andando como siempre lo hizo adonde juró que nunca más volvería, fue cuando murió su padre después de una lenta agonía, porque aquella vez vio como con fuego azul, largas agujas hervían, y quiere olvidar pero no puede los lamentos de aquellos enfermos tísicos cuando le inyectaban vida.
A la hora de comer llora sentado bajo una oliva. Solo, alejado de los demás quiere comerse su desgracia y no el pan duro con moho verde además de algunos higos secos que lleva en su mochila. Un hombre mayor se le acerca, le ofrece una naranja y parte de una tortilla, y le dice que esta noche es Nochebuena, que hay que irse pronto del tajo porque habrá que estar con la familia. El niño no quiere nada, da las gracias a aquél buen hombre que además de su comida se lleva el llanto del chiquillo contagiando a la cuadrilla.
De regreso al pueblo, por entre los olivares el niño recoge leña. Cargado con un haz a cuestas llega a su casa donde su abuela y dos hermanitos con ansiedad lo esperan. Con ellos jugar quisiera, pero no puede, porque él juega a ser mayor sin tener edad siquiera. La hermana menor, casi harapienta, sorbe sin parar dos mocos verdes como tallos de cebolletas; el otro juega con un roeno dando con él vueltas alrededor de una mesa.
La abuela junto al fuego atiende un puchero de barro, y mientras roncan los borbotones, con una cuchara le va quitando lo que navega en el guiso, algo que no es de su agrado.
El niño aceitunero con un cántaro acuestas marcha hasta la fuente. Tres veces lo hace sin que salga de él ninguna queja. Después, antes de la cena, va a cobrar el jornal para dárselo a su abuela. Veinte reales le dan, que es lo mismo que un duro, y un duro cinco pesetas, mientras que ajeno a todo, en las calles, villancicos y panderetas suenan. 
Cuando llega de nuevo a casa, la mesa ya está puesta. Una fuente de cerámica, remendada con grapas de metal viejas, descansa sobre un raído hule además de cuatro trozos de pan, dos cucharas grandes, dos pequeñitas y una servilleta.
         – ¿Qué hay para cenar? –pregunta el niño aceitunero a la abuela.  
      –Lentejas –le responde, mientras muy diligente esta vacía el puchero en la remendada fuente, al tiempo que una nube de vapor envuelve su silueta.
         – ¿Qué son estas cositas negras? –pregunta la niña del moco verde a la abuela.
         – ¡Niña, come! No es nada malo, son gorgojos. Me ha engañado el de la tienda. 
Tres golpes, tres, se sintieron entonces dar en la puerta. Dos hombres con batas blancas en unas angarillas, sacan de un furgón blanco a la madre muerta. El grito que la abuela da se cuela por las cerradas ventanas y los balcones de aquella calle desierta. Llegan vecinos y vecinas, algunos ya cenados y otros sin terminar la cena, y ven a los tres niños que abrazados lloran y también a la madre muerta yaciendo en un colchón de farfolla que casi no hace hoyo en él porque si en vida era delgada, muerta, está esquelética.  La abuela de rodillas con las manos entrelazadas grita pidiendo auxilio a Santa Ana para que acompañe a su hija y no se pierda por los laberintos del Cielo sola y desamparada.
El día de Navidad fue el entierro, el día de Navidad la entierran en una caja de listones que el carpintero deprisa le hiciera, que cobrar este no quiso porque ni lija ni barniz al mal llamado ataúd le diera.
A la mañana siguiente un hombre con bigote recortado vistiendo traje y sombrero se presenta, y la palabra hospicio cien veces al menos en la casa resuenan. El niño aceitunero da un paso al frente y se planta ante aquél señor que de buenas intenciones pareciera, y le dice muy serio como si persona mayor él fuera:
         –Dicen que catorce años he cumplido, pero mire usted, tengo más, muchos más que sin cumplir, cumplidos por mí están, pues aunque me considere un muchacho y por desgracia un lego, trabajo y doy el callo como el primer jornalero.  Créame señor que no le miento, que soy de Torredelcampo y me sobran agallas para traerle el sustento a mi abuela, a mis hermanos y a todo un regimiento.
Y aquél hombre rompe el papel que llevaba, se encasqueta el sombrero, y se marcha sin rebatirle al muchacho, o mejor dicho, a aquél que consideró un niño y demostró ser un hombre hecho y derecho. Luego, en su informe, entre otras cosas escribió y además su firma estampó sin reparo ni desdeño: El niño mayor demuestra tener los cojones muy gordos, como todos los torrecampeños.   
Dicen que esto ocurrió a principios de los cuarenta, en un pueblo andaluz al que mucho quiero, se llama Torredelcampo, así que si no lo sabías ya lo sabes que Torredelcampo es mi pueblo.

                                              ¡Feliz Navidad!

    

viernes, 18 de noviembre de 2016

ANTONIO EL JORNALERO



Antonio El Jornalero.

(La violencia de género que heredamos de nuestros ancestros)

Olivares solo de un dueño, noche de plata y de faca, la luna como un farol mece sus sombras alargadas. Tienen miedo los olivos, hasta sus ramas se abrazan. Trota un caballo en la noche, de verano clara y cálida. Las bridas en una mano, la otra dentro de la faja. Lleva prisa por llegar, antes de que llegue el alba, quiere saldar una deuda de cuatro duros de plata. No se oyen ni los grillos, hasta las lechuzas callan, sólo los cascos del caballo son los ecos que acompañan, a Antonio el jornalero que con su camisa blanca camina hacia el cortijo entre olivares y cañas. Atrás ha dejado el pueblo y una moza amortajada, aquella que iba a ser su mujer cuando pasara Santa Ana.
Él ganaba medio real cuando el amo le avisaba, y no cuatro duros en un rato salidos de la misma arca. Ya se divisa el cortijo en la loma blanqueada, se oyen ladrar a los perros anunciando su llegada. Piedras heridas de herradura en la lonja retumbaban. Al tiempo que avisan al amo Antonio acaricia su faja. La luz de un balcón salpica aquella camisa blanca. Después, un ruido sordo rompe el silencio del alba. Bata de seda sangrante queda en el balcón colgada. Se oyen voces, se oyen gritos, hasta la luna corre asustada y se tapa con mantas negras vistiendo de luto el alba. Cuatro monedas caen al suelo, son cuatro duros de plata, suena el metal contra las piedras como fúnebres campanas. Rayando la luz del día, cuando la luz prendía la mañana, en una aurora sin lucero, mortecina renegrida y cálida, montado en su caballo negro llora de pena el penado por su honra mancillada, y no por aquella moza que dejó amortajada, aquella que iba a ser su mujer cuando pasara Santa Ana.
                                                        

                                                     
                     
                                                            Antero Villar Rosa