miércoles, 10 de julio de 2019

MÁSTER LABRIEGO



Llegado el mes de julio todo el mundo habla de vacaciones. La mayoría de las ciudades se vacían de gentes marchándose a otros lugares donde disfrutar del descanso y el esparcimiento merecido, así  que por lo general las gentes ponen rumbo, unos buscando el mar, otros la montaña, y  aquellos que tienen la suerte de tener pueblo, a su pueblo.

Disfruto a través de los medios viendo a los niños  jugar en la playa, correteando otras por senderos de bosques frondosos donde en cada cañada discurre un arroyo de aguas limpias, o jugueteando por callejuelas de pueblos despoblados en invierno y que ahora vuelven a tener vida.

En mi niñez, muchos niños como yo temíamos que el maestro anunciara las vacaciones estivales porque a partir de ese momento  el campo y su aula infinita se poblaba de chiquillos ayudando a nuestros padres en las penosas y duras faenas agrícolas durante los meses de julio y agosto, soportando con ello el  calor, aguantando la canícula. Y allí, en aquella chicharrera, me imaginaba con mis cortos años si sería peor o mejor el infierno, aquél infierno que nos retrataba don Federico el párroco en las clases de catecismo, adonde iríamos condenados si éramos malos y no  cumplíamos la ley de Dios.  

Recuerdo ir espigando, recogiendo las espigas que saltaban al rastrojo al ser cercenadas por la hoz de mi padre e iba introduciéndolas en las gavillas. Llevaba como parte de mi vestimenta un pantalón corto con tirantes cruzados en bandolera, ya que la puesta del  pantalón largo no correspondía hasta llegada la pubertad y yo era un niño con nueve o diez años a lo sumo, por lo que mis piernas se poblaban de arañazos producidos por los afilados cortes de las cañas del rastrojo. Asimismo recuerdo a las moscas que acudían a la sangre de los rasguños mientras que yo intentaba sin conseguirlo  zafarme de ellas a base de manotazos. 

Mi padre tenía dos tierras de cereal, una de ellas no muy lejana del pueblo en la que al caer la tarde regresábamos a nuestra casa, y otra muy distante, en la campiña, donde pernoctábamos en un cortijillo hasta terminar las faenas. La primera de ellas era un oasis ya que en una de las lindes había olivas y en los descansos y  almuerzos nos resguardábamos bajo sus sombras del tórrido sol, pero lo peor era cuando tocaba irnos a la campiña, soportando porque no había ningún árbol aquél calor del rastrojo agravado por el de los majanos cuyas piedras "asperoniles" calcinadas por miles de soles conservaban la lumbre como placas solares y servían de estufa para caldear aún más la sala  infame en ese tiempo de la campiña, además de servir también para mantener despiertos a los lagartos. El cortijillo era una caldera, pues al carecer de ventanas, dentro del reducido habitáculo hacía un calor sofocante, lo más parecido a una sauna,  y era mejor para guarecerse del sol la sombra de la pared formada por los ases de la mies segada. Para refrescarnos bebíamos agua de pozo, rica en cal y otras propiedades, entre las que destaco  la de ser muy eficaz para el tránsito intestinal; agua a la temperatura ambiente, siempre “chonga”, como la de un café templado.

Estas eran las vacaciones de muchos niños como yo en aquél tiempo. Alguien que no llegue a entender esto se preguntará si aquellos padres como el mío no sentían compasión por nosotros. El mío, aguantaba su dolor impartiéndome consejos para que me aplicara en el colegio y no llegara nunca a ser un campesino como él y como los de su gremio. Hombres aquellos como lo fue mi padre, rudos, curtidos por lluvias soles y vientos, aventadores de granos de mil amos, portadores de alforjas descosidas y vacías por las que se derramaban las promesas huecas de los  gobernantes, lamentablemente y esto era lo peor, poco valorados por la sociedad que les tocó vivir. 

Todas estas penurias me sirvieron después para forjarme  como hombre, porque aprendí a  saber valorar el precio del sacrificio. Yo, tengo nietos, y nunca quisiera que ellos, ni ningún niño, volvieran a  vivir aquello que vivimos muchos como yo, pero estoy por apostar que más de uno de estos jóvenes de hoy cambiarían de actitud, esa actitud  chulesca de botellón,   cuando esgrimen a veces  el consabido “porque yo tengo derecho”. Ese talante como digo, cambiaria  si cursaran un master labriego como uno de aquellos “Master and commander”  que me impartió mi padre en la universidad del campo.