jueves, 19 de mayo de 2022

MI PUEBLO EN FEBRERO


 

Ya habrán emergido entre las cañas secas de la cosecha anterior los tiernos brotes del hinojo, indultados ahora, y ejecutados antaño con el filo de la navaja para el panaseite aceitunero.

Ya apuntarán las verdes allozas en los almendros de la Cuesta la Alberquilla, amnistiadas otro año más desde que aquél hombrecillo ansioso de recetas vitamínicas dejó de ir a por ellas para pregonarlas por las calles al grito de: “A real la “almorsá”.

Ya habrán florecido las abulagas en el Cerro Miguelico. Su bello y encendido color amarillo cada año resaltará más desde que aquellos que por una hogaza dejaron de cercenar sus leñosas ramas que servían de combustible para los hornos de pan.

Ya estarán los álamos cargados por el verde de sus semillas  que el viento transportará hacia lugares distantes. En otros tiempos el “pan pa tós”, así se les llamaba a las panochas de estas simientes, servían para distraer el hambre. <<En mi hambre mando yo>>, le dijo uno que tenía telarañas en el estómago a un rico. Seguro que sería mientras injería este “suculento” manjar.  

Ya se habrán despojado de la herrumbre y brillarán las puntas de metal de no más de diez almocafres en nuestro pueblo que estarán sirviendo para escardar los contados “roalillos” de habas con los que se distraerán algunas personas mayores. Antes, miles de almocafres le hacían cosquillas a doña campiña, que agradecida por el masaje, se acostaba relajada cada noche arropada por el sembrado. 

Ya habrá una vereda en cada esparraguera en el monte, como también en los muchos pedregales baldíos sin roturar donde el espárrago se prodiga en nuestro pueblo. La incesante procesión de visitantes no reparará en las salpicadas matas de gamones que en este tiempo presumirán de hojas nuevas y brillosas. Los pequeños bulbos de color rosado de estas plantas servían en mis tiempos para restregarlos como protector dermatológico en los rodales blancos que salían en la cara de los adolescentes.

Ya, con toda seguridad, en este tiempo, se dejarán oír  los compases lastimeros de alguna corneta que después de rasgar el viento viajarán con él hasta morir en el olivar. Sueña el de la corneta, las hermandades, y hasta ese viento, con los perfumes propios de la Semana Santa que está próxima.

Ya llora otra vez el campo cuarteado por la sequía. Esta vez en febrero. El jilguero en la cañada intenta con sus trinos consolarlo pero de su flauta solo salen cortas y tristes estrofas al comprobar el colorín los cardillos moribundos en los terraplenes del “salao” por falta de lluvia. Este año no se podrá columpiar en los cardos para comer sus apetitosas simientes.   

Ya no hay niños que sustraigan al descuido un palo de olivo para un trompo, ni muchachas que en el “correndero” canten lo único que estaba permitido en mis tiempos cantar en carnaval: No me conoces, no me conoces…

No me conoces… llevando cincuenta y cuatro años fuera de Torredelcampo, quién me puede conocer, aunque… si he de ser sincero, creo que nunca me fui.

miércoles, 18 de mayo de 2022

PASEO AL ATARDECER.


 

PASEO AL ATARDECER.

La tarde agoniza mientras mi coche escala por un carril la pendiente de una descomunal colina de la campiña cuajada a ambos lados del camino por jóvenes olivos que sobreviven estoicos aguantando ciclos prolongados de sequias como los que venimos últimamente padeciendo. La superficie donde se sostienen, es una tierra que cansada un día de calmar el hambre de la posguerra con garbanzos y cereales que se cosechaban, ahora, llenan las estanterías de los supermercados con el oro líquido que producen, el aceite.  

Interrumpo el ascenso a mitad de la colina y aparco mi automóvil entre las olivas. Una brisa fresca que me sabe a hierba recién cortada se mece con destellos azufrados motivados por el polen de la flor del olivo llegando a inundar las cañadas y las sesgadas sombras de los olivares. A estas horas siendo yo un niño estaría pisando esta misma tierra por la que ahora camino. Busco el lugar aproximado donde estaría aquél pozo sin brocal donde al final de cada jornada nos refrescábamos de cintura para arriba en una cuba de cinc. No queda ni un vestigio, ningún rastro, de aquél que era mi pequeño oasis,  ni tampoco del cortijillo que nos servía de refugio. Camino hasta el lugar donde estaba este enclavado y tomo asiento cerca de una oliva, tal vez metros arriba o abajo de  donde estaría la cocinilla. A estas horas ya habríamos retirado las habichuelas de la lumbre a la espera de la cena. <<No han cocido bien, pero las comeremos machacadas con aceite y cebolla>>, esto diría mi padre en ocasiones así.

Desde mi posición, a lo lejos, veo reflejarse en las piedras del castillo de El Berrueco las últimas llamaradas del astro rey creando un atardecer de misterio y embrujo. Qué tranquilidad, qué paz  y sosiego empapa mi alma mientras me recreo en mis recuerdos. Por allá, al fondo, por la vereda de la cañada, vereda que ya no existe, iba el panadero a llevar el preciado sustento a los cortijos. Lo veía pasar por las mañanas con su carga en dos cajones de madera repletos de pan, uno a cada lado de la bestia donde iba montado.

La flauta de un fugitivo alcaraván al que hacía muchos años que no oía, se mezcla con el lastimero de un mochuelo y me distrae. Observo una mata de eneldo “nerdos” que emerge hacia el cielo debajo de un olivo buscando su cruz. Pienso que será pariente de alguno que sobreviviera en mis tiempos indultado por  este que escribe, mi hermano Juanito o mi padre, verdugos los tres del almocafre. Es hora de marcharme. ¡Hombre, el cascote de una teja! Un tesoro para mí, pues será una de aquellas de aquél cortijillo que en las noches de lluvia, el sonido de las gotas tamborileando en el tejado producían una música relajante que me invitaban en el pajar a seguir durmiendo con sueños de aquél inquieto adolescente que fui.

Salgo de aquél lugar de tan gratos recuerdos y pongo rumbo al pueblo cuando ya las sombras invaden el campo, tan solo, unas débiles llamaradas púrpura indican por donde el sol acaba de sumergirse. No me detengo en el pilar de La Muña, lugar donde se hacía un alto para que abrevaran las bestias y donde la gente del campo se hidrataba bebiendo su refrescante agua. El torreón de la cortijada, fiel vigía, sufriría al ver en aquellos tiempos a los mineros que horadaban la tierra buscando el mineral rojo como la sangre, en intrincadas galerías, justo detrás de la fuente.

Llego al El Castil donde en la agónica tarde un vaho de misterio envuelve cual si fuese con una gasa brumosa a los derruidos cortijos acentuando las leyendas tétricas que cuentan pasan en estas semiderruidas edificaciones y sus parajes. No quiero entrar en detalles, pero lo cierto es que por nada del mundo me gustaría pasar una noche por estos andurriales.

La Muela y El Cerrillo de los Conejos me saludan, también lo hacen dos conejos que salen huyendo y se internan entre los carrizos del arroyo o “salao” al descubrir mi coche. Observo entre las sombras de la tarde-noche a la Casería el Miedo, y como siempre cuando por aquí paso, viene a mi memoria aquél niño que se llamaba José que murió en este cortijo. Es mi costumbre mirar al cielo y dedicarle mentalmente  una oración a esta pobre criatura con el que jugué más de una vez en mi niñez.

Al subir la cuesta de la Cañada de la Olla, el Cerro Alejo aparece en la hondonada. Era aquí donde yo con mis amigos veníamos a por correhuela para los conejos. Superada la pendiente, la Cruz de Mozas me recuerda que una vez siendo niño escuché sobre una historia trágica que ocurrió en este paraje en tiempos de mis bisabuelos. Mi interrogante se amplía por el paso de los años.

Una luna llena, recién parida, a la que ha dado a luz el Cerro los Morteros ayudado por Recuchillo, ilumina el paisaje nocturno. Más tarde, esta luna amarilla se transformará esta noche en roja por el efecto del eclipse lunar y bañará con el color de la sangre los paisajes y lugares que he descrito. Mi imaginación vuela hasta donde imaginariamente he estado y me detengo en la cortijada de El Castil, a la que el color purpúreo lunar habrá logrado crear un escenario más lúgubre y fantasmagórico. Creerme que me hubiese gustado ver esta preciosa, sin duda, panorámica.

MI PRIMERA ROMERIA.


 

MI PRIMERA ROMERIA.

A todos los de mi generación, y a los jóvenes de hoy, quienes  serán los precursores de nuestras tradiciones y del amor a nuestra Patrona Santa Ana y su Virgen Niña. 

Aquella romería de mi engañosa autonomía subí al cerro junto con mis amigos por el camino que me enseñó mi madre, porque viviendo en el barrio del Camino de la Estación el atajo por las huertas era el más corto y el más sombreado, pues por la estrecha vereda que cruzaba las parcelas de los hortelanos, las exuberantes y frondosas higueras junto con otros árboles frutales  no dejaban pasar a los rayos de sol en casi todo el trecho, creándose  por ello un ambiente muy fresco y agradable ayudado por el  de las refrescantes acequias y el de los chorros que caían en las cantarinas albercas, haciéndose cierto aquello que escribí un día para una de mis hijas. Esto le decía: 

Quiero que vayas a la ermita por donde a mí me enseñaron, que por las huertas hay un camino donde oirás los trinos de los pájaros, el agua por las acequias y alguna rana cantando, las ramas de las higueras tendrás que irlas apartando, y la brisa fresca de la huerta te irá acompañando, porque yo quiero que tú pises, pises por donde yo he pisado. 

Desde la Fuente Nueva, otro camino había que se juntaba con el ya descrito de las huertas por donde uno o más veneros mantenían frondosas a varias y apretadas matas de juncos; el arroyo había que saltarlo no de un salto, sino de peña en peña, y el Puente de Palo esqueleto desvencijado de madera, aquél que fuera mudo testigo del lavado de tantas lanas casaderas, de fardeos con sangre de aceitunas y de incontables sacos a los que nosotros llamamos jerga, quiso otro año más ser romero y llevar la cuenta, de todos los que subían a la ermita por el Camino Viejo pisando piedras viejas; piedras heridas por las herraduras de borricos, de mulos, caballos y otras bestias, entre balidos de corderos que presagiaban su muerte certera. 

Un borrico cerril, “entero”, que transportaba algunos enseres además de leña, vislumbró a una burra. En pleno celo estaría la hembra porque el animal hecho una fiera blandiendo su miembro reproductor necesitó al menos a cuatro personas para sujetar a aquella fiera que no paraba de enviarle desafíos amorosos con rebuznos a la borrica. ¿A quién se le ha perdido una navaja con las cachas negras? Vociferó uno de mis amigos entre las carcajadas de todos, y hasta las de un indigente pedigüeño que solicitaba limosna en el camino enseñando el muñón de una pierna.   

Y nosotros, aquella panda de barbilampiños, la mayoría con pantalón corto porque el largo la edad no lo admitiera, subimos el camino casi corriendo, como en una escalera, no de una en una, sino de dos en dos, sin poner los pies siquiera en aquellas piedras bañadas por miles de soles y escarchas viejas. Uno de la pandilla llevaba una bota al hombro y otro algo parecido a una vela. La bota iba hasta el gollete con mezcla de vino y gaseosa; gasapón que así se le llamaba a lo light de aquella época, y no quisimos patentar este método porque hoy mordería nuestras conciencias, puesto que sin pretenderlo inventamos el botellón, ése de tanta polémica; y no vaya nadie a pensar que nuestra romería se convirtió en juerga, porque lo que llevaba el otro, aquello que se confundía con una vela envuelto en papel de estraza, no era más que una fina tripa de salchichón de sospechosa carne grasienta, por lo que con estos ingredientes, lo de habernos podido colocar, huelga.

Recuerdo que a seis reales salimos, es decir, a una cincuenta, y no entró en el lote sombrero alguno porque valían a diez pesetas. 

El monte era una atracción para cualquier chaval de aquella época, después de pasar a la ermita monte arriba nos encaminamos hasta el sitio donde está la cueva. Y allí, junto a su entrada, alrededor de sus piedras había chiquillos de mi edad y un señor explicando una leyenda, la que todos hemos oído contar, no una vez, tropecientas, de que la cueva se comunicaba con la plaza, una fábula que muchos todavía creen ser cierta. 

Visita obligada era internarnos en el bosquecillo de la Bañizuela, donde dentro de tan espesa vegetación creímos estar en la selva. En nuestro desconocimiento porque nadie nos lo advirtiera, tronchamos tallos de plantas para hacer coronas y adornar nuestras cabezas. Error, grave error, si hoy reparar pudiera, aunque ya nos lo advirtió un guarda con carabina y pelo blanco para más señas; bebiendo agua estábamos, por cierto bastante fresca, en la fuente donde seguro bebieron los primeros precursores de esta fiesta. El guarda nos reprimió con voces altisonantes, y palabras muy groseras, supongo que sus gritos llegarían hasta el arroyo e incluso hasta más allá de Cuesta Negra, tanto es así que desde la casería salió un señor bastante alto con sombrero de fieltro y buena apariencia y mandó callar al guarda, que sin rechistar obedeció de inmediato, como si el del sombrero su amo fuera, y doy gracias a aquél hombre que salió en nuestra defensa.

Los cipreses que hacen guardia a la casería de la Bañizuela fueron testigos de lo que hoy cuento, pues algunos de mis amigos cuando vieron al guarda lleno de ira, en un momento dado descolgar su escopeta, dijeron más tarde que lo mojado del pantalón era agua de la fuente, y no fruto de su incontinencia. Y a raíz de este incidente se disolvió la sociedad, se liquidó el gasapón además del salchichón, y se terminó la fiesta. 

Después, en la procesión, entre cohetes, música, y vivas, un grupo de varones portando botas de vino, algunos de ellos entrados en años, ya ebrios, en un recodo del camino al paso de nuestra veneradas imágenes cantaban empleando el soniquete de una de nuestras canciones romeras: “Señora Santa Ana, a esto no hay razón, que los ricos coman y los pobres no… Ave, Ave, Ave, María, Ave, Ave, la romería...

Un señor trajeado que portaba un cetro les recriminó diciéndoles que pararan de cantar, pues esa no era la letra de la copla romera. Una de las autoridades, le señaló a este que no les hiciera caso con un claro gesto como que los que cantaban estaban bebidos.

El maestro de la banda de música Pedro Benito Pancorbo, aprovechó para interpretar el himno a nuestra Patrona, del que es autor, pero esta vez como si los músicos estuviesen de acuerdo, me pareció que sus acordes iban más cargados de decibelios para ahogar el cántico de los borrachos, que optaron por dispersarse en el monte al igual que hicimos nosotros entre una infinidad de “charnaques”, -chiringuitos de “fardeos”- instalados por las familias romeras para resguardarse del sol, al paso que íbamos saboreando el humo de los guisos, y por entre los animales que pastaban a su libre albedrio. Un trozo de “cañadul” comprado en los aledaños de la ermita, endulzó después mis glándulas salivares. Otros compraron un pito de cerámica. También, ya en el pueblo repartimos una lechuga, una “ensalá”, hurtada a un hortelano en las huertas, había que saborear el botín. Cosas de chiquillos. 

Pongo el FIN a esta película de Cifesa, a la que no he querido proyectar al principio el NODO para no hacerla más larga.

Todo esto que cuento, está filmado en mi memoria en blanco y negro desde hace al menos sesenta y tres años, pero hoy, con tantas tecnologías, cada una de estas escenas las puedes tú querido lector/a, revertir dotándolas de los colores vivos que la naturaleza ha proporcionado al marco incomparable de nuestro cerro sagrado donde tienen su morada la Madre de Dios y su Abuela. 

 ¡FELIZ ROMERIA!

CUANDO LA LLUVIA RIEGA MIS RECUERDOS.


 

CUANDO LA LLUVIA RIEGA MIS RECUERDOS.

Es madrugada.  El suave golpeo de la lluvia sobre el toldo del balcón de mi dormitorio me ha despertado. Anoche se me olvidó izarlo, ¡me cachis!, aunque debo de admitir que el gratificante sonido de la lluvia me reconforta, y sobre  todo me relaja, no tanto como a aquél ilustrado torrecampeño al que siendo yo niño le oí decir: ¡Qué ganas tengo de comerme un cocido en la cama oyendo las canales! No sé si llegaría a consumar su propósito este acomodado y apoltronado hombre, pero el sonido de la lluvia, una de las melodías más relajantes que la naturaleza nos brinda, ahora, en el silencio de la noche, me traslada mientras intento conciliar el sueño a aquella calle de mi infancia.

Mi calle, en los albores de mi niñez, era más bien una amplia vereda donde los días de lluvia  llegaba a convertirse en un barrizal, acentuándose este con el tránsito de las bestias cuando al caminar dejaban en la blanda tierra el hoyo de sus pisadas que no tardaban en llenarse  con el agua llovida. Desde la puerta de mi casa podía contemplar las caprichosas regueras que el agua iba fabricando calle abajo, pequeños surcos nuevos que nos servirían a los chiquillos para jugar a las bolas. Una buena parte de la calle eran solares, algunos obrados solo la parte interior, a esto se le llamaba “medio cuerpo”.

Mientras trato de conciliar el sueño, la lluvia sigue regando mis recuerdos, que me llevan hasta la chimenea de mi casa donde mi padre al calor de la lumbre hacía pleita los días de lluvia. Algunas vecinas iban a por lumbre, y entonces recuerdo a mi padre rascar con unas tenazas al tronco que ardía y al momento le llenaba un badil con ascuas rojas para el brasero. Me gustaba contemplar como algunas gotas de lluvia se colaban chimenea abajo produciendo un plof, plof, junto con un humillo al morir estas en las brasas.

Cuando terminaba de llover, la calle volvía a tener vida. En mi ensoñación aparece un carro de la yesería El Olivo arrastrado por un borrico cargado con espuertas rebosantes de yeso ardiente recién molido, le recuerdo bajar la calle al trote del animal camino de una obra cercana. El mozo que lo conducía llevaba unos zahones para protegerse del calor de los capazos a la hora de descargar el yeso. Qué algarabía había alrededor de una obra, en la que toda la familia metía el hombro y donde se oían las voces de los albañiles reclamando: agua, cascos de teja, y menudillos. ¡Vamos! Decía el abuelo espoleando a sus nietos para que atendieran con premura la demanda de los artesanos constructores. El conductor del carro una vez descargado el ardiente material, de pié, montado en la tartana con las bridas del borrico en las manos, no tardaba en salir disparado para hacer otro porte. Siempre que veo a este hombre, al que saludo, me digo que su hermoso penacho de bigote con el que desde mucho tiempo atrás se acicala, parece estar embadurnado con aquél yeso.

La lluvia sigue cayendo en el toldo de mi balcón madrileño. Trato que Morfeo me socorra cuanto antes y sigo para ello con mis evocaciones en aquella  calle de mi niñez donde me veo jugando al “marro” con otros chiquillos, porque el agua caída ha venido bien para hincar el palo de punta afilada en el barro. Ya no tenemos que mearnos durante unos días para ablandar la tierra. Mientras jugamos, pasa voceando su producto el de la miel de caldera con su mulo enjaretado cargado con dos pellejos repletos de miel conteniendo el néctar de las abejas. Los odres donde lleva la mercancía son la piel de un animal y los lleva amarrados en su embocadura con una cuerda. Yo siempre he dado  en pensar en lo que hubiese sucedido si la cuerda hubiese cedido alguna vez.

Por aquel tiempo llegó a nuestro pueblo la tendencia de adornar los dormitorios con cuadros de alegorías religiosas, y no podía faltar en nuestras calles el vendedor como el de la foto que estoy por asegurar que haría su agosto. Cuadros que muchos de nosotros recordaremos haber visto en la habitación de nuestros padres o abuelos colgados en la cabecera de la cama ocultando parte del cordón que bajaba desde el techo hasta el interruptor de la luz,  o para identificarlo mejor, hasta una de aquellas llaves de pera.

Queridos amigos/as, el sueño me ha vencido y  he de  aparcar por ahora estas mis vivencias. La lluvia ha regado esta noche parte de aquellos recuerdos que he querido compartir contigo.

SEMBLANZAS DE AQUELLA MI PRIMERA ESCUELA


 

SEMBLANZAS DE AQUELLA MI PRIMERA ESCUELA Y LA EMIGRACIÓN.

 

Pasaje de mi libro: Cuando los olivos lloran.

 

Año 1954

Pasados unos días, después de la reanudación de las clases por el paréntesis de la Navidad, durante el recreo, trajeron en un camión al colegio unos bidones de cartón de aproximadamente veinticinco quilos cada uno de ellos con un rotulado en el que se veía unas manos entrelazadas y al fondo la bandera de barras y estrellas, la misma bandera que aparecía en las películas del oeste americano. Aquello que estaban descargando no era otra cosa que leche en polvo que a partir del día siguiente de la recepción de la mercancía, la señora que tenía vivienda en el grupo escolar y que cuidaba de la limpieza, sería la encargada de calentar el agua para posteriormente añadir en ella en justa proporción parte del contenido de aquellos envases cilíndricos con tapadera de metal cubiertos y protegidos en su interior con un saco de papel parafinado.

Para Antonio acostumbrado al sabor de la leche de su cabra, aquella otra que la señora repartía en el patio del colegio le hacía vomitar. No sólo era el sabor, sino también el olor, ambos le eran insoportables. Lo que sí le gustaba era la porción de queso que se degustaba por la tarde. Don Jacinto le mandaba muchos días a él, y a su amigo Andrés, a su casa a por las raciones, pues la custodia del queso correspondía a los maestros. El envase era metálico de color amarillo de aproximadamente unos cinco quilos, teniéndose que emplear abrelatas para su abertura. Dentro de él venían ya cortadas en porciones separadas en capas por  papel también parafinado aquél queso de color calabaza, que a media tarde era una merienda muy apetitosa, junto con el pan que cada uno llevaba de su casa.  

Los días eran ya más largos, y atrás quedó ya enero. Los temporales habían remitido, y el campo, ahora, estaba vestido todo de verde salpicado por el blanco rosado de los almendros en flor y el despuntar amarillento de las flores como los jaramagos y el de las abulagas presagio de que la primavera no se haría esperar mucho. 

Genaro, aquella mañana llegó más tarde de costumbre al colegio, por este motivo pidió permiso en la puerta de la clase a don Jacinto para entrar. Una vez dentro, en vez de dirigirse a su pupitre se acercó hasta el maestro y con la cabeza mirando al suelo exclamó:

         -Don Jacinto, vengo a despedirme de usted y de todos. Esta noche me marcho con mi familia en el correo a Bilbao. Le traigo los libros que usted me prestó, no así las cartillas porque las he gastado escribiendo. Como podrá comprobar, he cuidado mucho la enciclopedia...

         Genaro al decir esto último rompió a llorar, mientras que en la clase no se oía ni una mosca.

         Antonio que estaba en el pupitre más cercano al maestro notó como le brillaban los ojos al profesor de una manera muy especial. Éste, con una mano, muy suavemente, levantó la cabeza del alumno que seguía mirando al suelo.

         Don Jacinto rompió el silencio sepulcral que tal vez por primera vez inundara el aula.

         -Voy a sentir que te marches Genaro, pero no te voy a dejar ir si antes no me prometes de que vas seguir aplicándote en tu nueva escuela de Bilbao. Espero también que hagas siempre caso de tu maestro, y sobre todo pórtate con él lo mismo que lo has hecho conmigo. ¡Ah! Y no hables mucho con tus compañeros, porque si no...¡Anda! Déjame que te dé el último pescozón.

La nobleza y la bondad del maestro salieron a flote cuando cogió del cuello al alumno, lo acercó hasta él, y lo besó en la frente. A continuación le dio su ficha escolar para que la entregara en su nuevo colegio mientras que Genaro se restregaba las lágrimas con el puño. El silencio que se había hecho en la clase quedó perturbado cuando se levantaron todos a una orden dada por don Jacinto para decirle adiós a Genaro. Éste cuando se marchó, desde el patio, volvió a mirar de nuevo a su escuela, y encontró al maestro que seguía observándolo a través de los cristales mientras se alejaba. 

Antonio y todos sus amigos bajaron a la estación del pueblo a despedir a Genaro. Luís, el hijo del factor conocía al jefe de estación y entraron dentro de la misma. Había sólo un empleado sentado en una ventanilla expendiendo billetes. Atendía éste a dos soldados que demandaron viaje para Sevilla, y que cada vez que hablaban a través del hueco de la ventanilla las borlas de sus gorros oscilaban de un lado para otro. Pasados unos minutos sonó el teléfono, y el jefe de estación después de atender la llamada, salió de inmediato al andén y tocó repetidas veces una campana de metal amarillo que colgaba del muro de la pared, anunciando que el tren ya había salido de la estación más próxima.

Genaro ya había llegado. La maleta de madera que le hizo el carpintero estaba recién barnizada y su brillo contrastaba con los remaches de metal en las esquinas, desentonando además con el resto del equipaje que no era más que varias cajas de cartón amarradas con cuerdas. Todo venía a lomos del burro de un vecino. La explanada de la estación se llenó de gente. El empleado de correos con el libro de entrega de la correspondencia en la mano hacía guardia frente a una saca de correo que esperaba de inmediato entregar a sus compañeros ambulantes. 

La familia de Genaro estaba toda agrupada rodeada por familiares y conocidos que habían ido a despedirlos, entre ellos, varias mujeres de luto riguroso con pañuelos negros en la cabeza que no paraban de llorar y de abrazar a los que se iban.

Genaro cuando vio a Antonio salió de inmediato a su encuentro y se buscó algo en el bolsillo del pantalón.

         -¡Toma, Antonio! Te doy a ti todas mis bolas, no quiero llevármelas, ellas al fin y al cabo no iban a encontrar tierra tan buena para jugar como esta de nuestro pueblo. ¡Mira, ésta es cristalina! No te la juegues ya que te traerá suerte.

Cuando terminó de decir esto último rompió a llorar y se abrazó a Antonio que tampoco pudo contener las lágrimas. Después, entrecortadamente pudo balbucir:

-No sé cuándo vendré, pero yo quisiera regresar algún día... aunque fuera muerto.

A continuación se despidió del resto de sus amigos.

El jefe de estación esta vez con la gorra puesta y la bandera roja bajo el brazo tocó de nuevo la campana de la estación anunciando  la inminente llegada del tren. El enorme reloj que descansaba sobre una peana de hierro pintada de verde que colgaba de la pared de la estación marcaba las ocho y cuarenta y cinco minutos de la tarde-noche. 

El tren apareció saliendo del túnel próximo a la estación resoplando y jadeando entre una nube de vapor. A medida que se aproximaba los resoplidos iban siendo más pausados hasta que se paró totalmente soltando esta vez un fuerte chorro de vapor blanco por ambos costados entre un chirrido de hierros. 

Toda la familia de Genaro subió al tren y se perdieron dentro del mismo mezclados con el resto de los viajeros, entre ellos los dos soldados.       La gente desde el andén se aproximaba a las ventanillas para decirles adiós. Antonio no llegó a divisar a Genaro, sólo el padre de éste bajó el cristal de la ventanilla y su pañuelo blanco diciendo adiós se mezcló con el de otros pañuelos y gritos de ¡Que escribas cuando llegues! 

Hasta que el tren se perdió en la oscura noche, Antonio permaneció impávido mirando aquella máquina que día tras día se llevaba dentro de sus entrañas a la buena gente de su pueblo. Así permaneció un tiempo hasta que las luces rojas del vagón de cola se difuminaron entre las sombras de la noche mientras pensaba que a él también podía tocarle cualquier día. Trató de apartar de su mente esto último al tiempo que metió las manos en sus bolsillos y apretó con ellas las bolas que le había regalado su amigo.

 

UCRANIA EN NUESTROS CORAZONES.


 

UCRANIA EN NUESTROS CORAZONES.

14 marzo 2022

Cuando esto escribo anochece por estos lares madrileños. Una lluvia muy fina, casi pulverizada, se mece perezosa antes chocar contra los cristales de los coches y autobuses que en una procesión de luces amarillas y rojas se pierden por el hueco de una parte de la avenida que observo desde mi ventana.

Ya será de noche en Ucrania. En la ciudad asediada de Mariúpol, a estas horas no se verá ni un alma por sus calles. Sus habitantes estarán en los sótanos y refugios al resguardo de las bombas sin agua y alimentos. Mi imaginación a la que acompaña mi espíritu me lleva hasta allí. No es ficción las escenas que las televisiones nos ofrecen y que sobrecogen en las que vemos edificios destruidos por las bombas, y otros en llamas. Calles y parques donde hace unos días jugaban niños, ahora, muestran algún que otro cadáver tendido en el suelo. Me pregunto qué habrá sido de   aquellos pajarillos que de seguro pululaban de árbol en árbol alegrando el ambiente con su piar y  sus trinos en aquellos lugares de esparcimiento. De seguro que habrán huido a otros espacios lejos del estruendo de los misiles y del humo negruzco con olor a muerte y destrucción. Ellos gozarán de la libertad nutriéndose de lo que la naturaleza les brinda, en cambio, los niños que jugaban en esos parques llorarán abrazados a sus madres sin apenas alimentos, malviviendo en húmedos sótanos, preguntando por sus padres que luchan por la independencia de su nación y por su libertad. También preguntarán por su abuela enferma en la cama que el abuelo se quedó a cuidarla. ¡Qué será de ellos! ¿Estarán entre los escombros? Tal vez el edificio donde viven no haya sido bombardeado, pero ambos necesitan medicación. ¡Dios mío, cuanto sufrimiento! 

Y mientras tanto, el tirano y dictador ruso sigue masacrando al pueblo ucraniano. Dicen que luchan contra el capitalismo, aunque para capitalistas él y  todos sus amigos oligarcas con yates de cientos de millones de euros anclados en los puertos occidentales. No sé si conseguirá sus objetivos, aunque tal vez lo que logre será engalanar con las fotografías de soldados muertos los árboles y las farolas de alguna larga avenida como aquella que yo vi en mi visita a una de sus “provincias” al poco de caer el muro. Eran caídos en su gran guerra patria. Lo llevan en la sangre.

Es la hora de cenar, pero desde que veo en la televisión estas escenas tan desgraciadas, pensando en esta pobre gente, las lágrimas suelen resbalar por mi rostro durante la comida. No lo puedo remediar. Esto le digo a mi mujer cuando me lo reprime, pero es que la imagen de mis hijas y mis nietos sustituye por momentos a las de estas criaturas. Tal vez sea un sentimental, pero esto que está pasando me preocupa mucho. Lo siento. 

Amigos torrecampeños/as, ayudemos cada uno como podamos a esta gente que tanto está sufriendo. Seamos solidarios como siempre ha sido nuestro pueblo.