domingo, 5 de julio de 2026

COSAS MIAS.

 

Debajo de los adoquines de mi calle duermen los gritos de aquellos niños que con pantalones de mil remiendos jugábamos a las bolas.

Ya no hay balcones con claveles rojos, dicen que se los llevó en su baúl la última animadora, aquella que levantó el ánimo hasta los que los tenían en hibernación.

Aquel borracho cogía las cogorzas tan lúcidas, que nunca se golpeó con el muro travesaño que había en la entrada del bar Testarazo.

Antes, en mis tiempos, no existían esquelas mortuorias. Los dedos de Juan González "El Ito" marcaban el número de personas fallecidas en nuestro pueblo.

Los conejos hace mucho tiempo abandonaron los corrales y se establecieron en el corral infinito del campo. Los cazadores son ahora los encargados sin conseguirlo de vaciar este inmenso corral antes de la llegada de la feria, aunque ya no vienen emigrantes a pasar nuestras fiestas como antes, a los que se agasajaban con conejo y ponche de melocotón. Solo quedo yo, y pocos más. No me extraña que haya tantos conejos.

Los domingos, ya no huele la plaza a jazmines en moñas que adornaban el pelo a las mujeres torrecampeñas. Ese olor tan rico y penetrante se fue montado en el viento junto con el de alguna palada de mies al aventar en aquella era. El aire me devolverá esta fragancia algún día cuando llegue a dar la vuelta,

El tren correo amnistiaba los lutos rigurosos de los emigrantes. Nadie que emigraba vestía de negro. Curioso, al llegar a su destino nadie llegó a criticar a ninguno de ellos.

Dijo aquel hombre a su mujer: María, no me pongas para comer almejas, pues me engañas a mí, y también al perro.

Antes, sembraban garbanzos negros como pienso para los cerdos, ahora, sin sembrarlos, aparecen donde menos te lo esperas, hasta en las mejores familias.

Epitafio que leí en el mármol de una tumba: Quién no tenga paga por el gobierno, aquí lo espero este invierno. ¡Vamos, animaros!  

Aquel funcionario, contable de la administración del estado, era tan honrado que, a la hora de sumar, de veinte se llevaba solo dos. Las dieciocho restantes eran para los de siempre.

Cuentan que hubo una vez una mujer tan extremadamente poco aseada, que se puso un clavel en el pelo y le agarró.

En la posguerra, aquel hombre pasaba tanta hambre y estaba tan delgado, que se puso una camiseta del Betis y con una raya le sobró. 

Noche Buena. Misa del Gallo. Don Federico explicaba en el púlpito la venida al mundo del Redentor. El borracho desde abajo le interpelaba diciendo: Igual que el año pasado, dice lo mismo que el año pasado, así una y otra vez. Entra en escena el sochantre: A la calle, ¡vamos, a la calle!, a lo que el borracho le contestó: Igual que el año pasado, me echas a la calle, igual que el año pasado. 

¿Qué es el malamén, para pedir a Dios que nos libre de él? Preguntó aquel pobre hombre al cura del pueblo. Desconcertado este no supo dar respuesta hasta averiguar que el origen de su pregunta estaba en el padre nuestro... y libranos del mal, amén. 

Los cines de verano desaparecieron en nuestro pueblo cuando falleció el último pintor de techos de cine de verano.

Antero Villar Rosa

domingo, 8 de febrero de 2026

LLUEVE SOBRE MOJADO


 


Madrugada del 4 de febrero de 2026

No sé si no puedo dormir porque trato de recordar, o si me cuesta recordar porque no puedo dormir. Ya dije esto en otra ocasión, y repito esta frase que no es mía, porque en noches de insomnio como la de esta noche, sosiega mi estado de ánimo el evocar vivencias recorriendo lugares de mi pueblo con la imaginación, y  así como ahora lo haré, transitar entre paisajes de olivares envueltos entre la bruma y la lluvia como hoy se nos ofrece, quizá, porque quisiera encontrarme con aquél niño aceitunero que en temporales semejantes como el que estamos sufriendo, yo, en un cortijo lo sobrellevaba entre lumbres, migas y potajes.

Son las seis de la mañana y la cansina lluvia que día tras día sigue  empapándonos, también aquí en Madrid, la siento tamborilear a veces con fuerza en los cristales de mi balcón entre el silbido de algunas ráfagas de viento, mientras que el campo, me dicen, se defiende escupiéndola para no atragantarse.

Sigo en la cama y mi fantasía me lleva hasta mi pueblo. Estando en él, observo que las primeras luces del alba se dejan acariciar por la lluvia que se filtra entre la espesura de grises nubarrones que el viento conduce velozmente.

A pesar de este clima tan adverso, quiero dar un paseo y examinar la situación en la que se encuentra el campo con tantas precipitaciones.

Mi viejo y destartalado cuatro por cuatro ruge al principio soltando vapor por el tubo de escape, luego, poco a poco, antes de llegar a la altura del hotel, ese sonido apenas es ya perceptible dejando paso al del rebotar de la lluvia en los cristales y al que produce el limpia parabrisas. Por la jamba de la rotonda de La Brea, a la que bauticé como Puerta del Campo, su delgada y casi acristalada cascada se columpia al compás del viento esparciendo el agua a los caprichos de la ventisca.

Hay coches aparcados en los aledaños del cementerio. La muerte no para de visitar nuestro pueblo. Es casi de día cuando digo adiós a las luces de la depuradora arropadas estas por una espesa bruma. Sigo conduciendo con mucha precaución atento a los badenes que en forma de uve sirven para canalizar el agua en las cunetas. Creo que si estos estuviesen señalizados en su recorrido con una franja blanca de pintura advirtiendo del peligro se conseguiría reducir accidentes.

Al llegar al empalme del Cortijo los Yesos, el agua junto con el barro forma una pequeña laguna que atravieso muy lentamente. Sigo adelante mientras sigue lloviendo. El agua de los torrentes pinta a intervalos la carretera de fango. Paro mi vehículo antes de llegar a la Muela y bajando los cristales de la ventanilla observo a un olivar donde los charcos de agua brillan como si su superficie fuese un cristal roto. Muchas de sus aceitunas pendientes de recolectar permanecen bajo su copa teñida de negro, rota esta tonalidad por pequeñas regueras que habrán conducido hasta el “salao” próximo una buena parte de la cosecha. Un silencio semejante al eucarístico inunda el campo. No he visto a nadie desde que salí del pueblo. Continúo mi viaje y al poco, al pasar cerca del “salao” ya referido, el silencio habido lo rompe el fragor del agua que baja brava por él. Los carrizos y cañaverales los veo inclinados tal vez por la fuerza de la riada

Más adelante el Castil, se me muestra como cualquiera de los edificios derruidos que vemos en la televisión por las guerras. Esta cortijada en ruinas sigue muriendo envuelta en un vaho de misterio y de leyendas tétricas. Me gusta lo enigmático y me atrevo a curiosear entre los ripios, palos y techumbres cóncavas. Ahora, arrecia el agua y desde uno de los cortijos que me refugio, la lluvia y la bruma no me dejan ver el Chaparral,  no muy distante, lo único que si veo es una pobre luz en el promontorio donde se encuentra el cortijo de Hernán Pérez (Lamperez).

Emprendo de nuevo mi viaje, y antes de llegar a la Almunia (La Moña) un conejo atraviesa corriendo la carretera y se interna entre unos carrizos. Dejo atrás los cortijos enclavados en el promontorio citado que siguen siendo vigías del contorno, y al poco me interno por un carril secundario buscando las faldas de la Sierresuela. Veo muchos olivares pendientes de recolectar. Reparo en aquellos por los que discurren torrentes secos en verano y que ahora desbordados por tanta lluvia inundan las olivas linderas llevándose a su paso la aceituna del suelo.  

El fango que observo en una vaguada a lo lejos en el carril, me hace dar la vuelta y pienso que lo mejor es regresar al pueblo.

Lo hago mientras que el viento que antes estaba en calma, ahora, en bocanadas huracanadas agita las ramas de las olivas y hasta las de un olivar podado. Me bajo del coche para apartar algunas que invaden la carretera.

Cuando lo hago pienso que es hora también de levantarme de la cama y describir en un papel esta ensoñación, o mejor dicho fantasía y compartirla contigo. Tal vez a lo mejor es realidad todo lo narrado. No lo sé. Ya me diréis.