miércoles, 18 de mayo de 2022

PASEO AL ATARDECER.


 

PASEO AL ATARDECER.

La tarde agoniza mientras mi coche escala por un carril la pendiente de una descomunal colina de la campiña cuajada a ambos lados del camino por jóvenes olivos que sobreviven estoicos aguantando ciclos prolongados de sequias como los que venimos últimamente padeciendo. La superficie donde se sostienen, es una tierra que cansada un día de calmar el hambre de la posguerra con garbanzos y cereales que se cosechaban, ahora, llenan las estanterías de los supermercados con el oro líquido que producen, el aceite.  

Interrumpo el ascenso a mitad de la colina y aparco mi automóvil entre las olivas. Una brisa fresca que me sabe a hierba recién cortada se mece con destellos azufrados motivados por el polen de la flor del olivo llegando a inundar las cañadas y las sesgadas sombras de los olivares. A estas horas siendo yo un niño estaría pisando esta misma tierra por la que ahora camino. Busco el lugar aproximado donde estaría aquél pozo sin brocal donde al final de cada jornada nos refrescábamos de cintura para arriba en una cuba de cinc. No queda ni un vestigio, ningún rastro, de aquél que era mi pequeño oasis,  ni tampoco del cortijillo que nos servía de refugio. Camino hasta el lugar donde estaba este enclavado y tomo asiento cerca de una oliva, tal vez metros arriba o abajo de  donde estaría la cocinilla. A estas horas ya habríamos retirado las habichuelas de la lumbre a la espera de la cena. <<No han cocido bien, pero las comeremos machacadas con aceite y cebolla>>, esto diría mi padre en ocasiones así.

Desde mi posición, a lo lejos, veo reflejarse en las piedras del castillo de El Berrueco las últimas llamaradas del astro rey creando un atardecer de misterio y embrujo. Qué tranquilidad, qué paz  y sosiego empapa mi alma mientras me recreo en mis recuerdos. Por allá, al fondo, por la vereda de la cañada, vereda que ya no existe, iba el panadero a llevar el preciado sustento a los cortijos. Lo veía pasar por las mañanas con su carga en dos cajones de madera repletos de pan, uno a cada lado de la bestia donde iba montado.

La flauta de un fugitivo alcaraván al que hacía muchos años que no oía, se mezcla con el lastimero de un mochuelo y me distrae. Observo una mata de eneldo “nerdos” que emerge hacia el cielo debajo de un olivo buscando su cruz. Pienso que será pariente de alguno que sobreviviera en mis tiempos indultado por  este que escribe, mi hermano Juanito o mi padre, verdugos los tres del almocafre. Es hora de marcharme. ¡Hombre, el cascote de una teja! Un tesoro para mí, pues será una de aquellas de aquél cortijillo que en las noches de lluvia, el sonido de las gotas tamborileando en el tejado producían una música relajante que me invitaban en el pajar a seguir durmiendo con sueños de aquél inquieto adolescente que fui.

Salgo de aquél lugar de tan gratos recuerdos y pongo rumbo al pueblo cuando ya las sombras invaden el campo, tan solo, unas débiles llamaradas púrpura indican por donde el sol acaba de sumergirse. No me detengo en el pilar de La Muña, lugar donde se hacía un alto para que abrevaran las bestias y donde la gente del campo se hidrataba bebiendo su refrescante agua. El torreón de la cortijada, fiel vigía, sufriría al ver en aquellos tiempos a los mineros que horadaban la tierra buscando el mineral rojo como la sangre, en intrincadas galerías, justo detrás de la fuente.

Llego al El Castil donde en la agónica tarde un vaho de misterio envuelve cual si fuese con una gasa brumosa a los derruidos cortijos acentuando las leyendas tétricas que cuentan pasan en estas semiderruidas edificaciones y sus parajes. No quiero entrar en detalles, pero lo cierto es que por nada del mundo me gustaría pasar una noche por estos andurriales.

La Muela y El Cerrillo de los Conejos me saludan, también lo hacen dos conejos que salen huyendo y se internan entre los carrizos del arroyo o “salao” al descubrir mi coche. Observo entre las sombras de la tarde-noche a la Casería el Miedo, y como siempre cuando por aquí paso, viene a mi memoria aquél niño que se llamaba José que murió en este cortijo. Es mi costumbre mirar al cielo y dedicarle mentalmente  una oración a esta pobre criatura con el que jugué más de una vez en mi niñez.

Al subir la cuesta de la Cañada de la Olla, el Cerro Alejo aparece en la hondonada. Era aquí donde yo con mis amigos veníamos a por correhuela para los conejos. Superada la pendiente, la Cruz de Mozas me recuerda que una vez siendo niño escuché sobre una historia trágica que ocurrió en este paraje en tiempos de mis bisabuelos. Mi interrogante se amplía por el paso de los años.

Una luna llena, recién parida, a la que ha dado a luz el Cerro los Morteros ayudado por Recuchillo, ilumina el paisaje nocturno. Más tarde, esta luna amarilla se transformará esta noche en roja por el efecto del eclipse lunar y bañará con el color de la sangre los paisajes y lugares que he descrito. Mi imaginación vuela hasta donde imaginariamente he estado y me detengo en la cortijada de El Castil, a la que el color purpúreo lunar habrá logrado crear un escenario más lúgubre y fantasmagórico. Creerme que me hubiese gustado ver esta preciosa, sin duda, panorámica.

MI PRIMERA ROMERIA.


 

MI PRIMERA ROMERIA.

A todos los de mi generación, y a los jóvenes de hoy, quienes  serán los precursores de nuestras tradiciones y del amor a nuestra Patrona Santa Ana y su Virgen Niña. 

Aquella romería de mi engañosa autonomía subí al cerro junto con mis amigos por el camino que me enseñó mi madre, porque viviendo en el barrio del Camino de la Estación el atajo por las huertas era el más corto y el más sombreado, pues por la estrecha vereda que cruzaba las parcelas de los hortelanos, las exuberantes y frondosas higueras junto con otros árboles frutales  no dejaban pasar a los rayos de sol en casi todo el trecho, creándose  por ello un ambiente muy fresco y agradable ayudado por el  de las refrescantes acequias y el de los chorros que caían en las cantarinas albercas, haciéndose cierto aquello que escribí un día para una de mis hijas. Esto le decía: 

Quiero que vayas a la ermita por donde a mí me enseñaron, que por las huertas hay un camino donde oirás los trinos de los pájaros, el agua por las acequias y alguna rana cantando, las ramas de las higueras tendrás que irlas apartando, y la brisa fresca de la huerta te irá acompañando, porque yo quiero que tú pises, pises por donde yo he pisado. 

Desde la Fuente Nueva, otro camino había que se juntaba con el ya descrito de las huertas por donde uno o más veneros mantenían frondosas a varias y apretadas matas de juncos; el arroyo había que saltarlo no de un salto, sino de peña en peña, y el Puente de Palo esqueleto desvencijado de madera, aquél que fuera mudo testigo del lavado de tantas lanas casaderas, de fardeos con sangre de aceitunas y de incontables sacos a los que nosotros llamamos jerga, quiso otro año más ser romero y llevar la cuenta, de todos los que subían a la ermita por el Camino Viejo pisando piedras viejas; piedras heridas por las herraduras de borricos, de mulos, caballos y otras bestias, entre balidos de corderos que presagiaban su muerte certera. 

Un borrico cerril, “entero”, que transportaba algunos enseres además de leña, vislumbró a una burra. En pleno celo estaría la hembra porque el animal hecho una fiera blandiendo su miembro reproductor necesitó al menos a cuatro personas para sujetar a aquella fiera que no paraba de enviarle desafíos amorosos con rebuznos a la borrica. ¿A quién se le ha perdido una navaja con las cachas negras? Vociferó uno de mis amigos entre las carcajadas de todos, y hasta las de un indigente pedigüeño que solicitaba limosna en el camino enseñando el muñón de una pierna.   

Y nosotros, aquella panda de barbilampiños, la mayoría con pantalón corto porque el largo la edad no lo admitiera, subimos el camino casi corriendo, como en una escalera, no de una en una, sino de dos en dos, sin poner los pies siquiera en aquellas piedras bañadas por miles de soles y escarchas viejas. Uno de la pandilla llevaba una bota al hombro y otro algo parecido a una vela. La bota iba hasta el gollete con mezcla de vino y gaseosa; gasapón que así se le llamaba a lo light de aquella época, y no quisimos patentar este método porque hoy mordería nuestras conciencias, puesto que sin pretenderlo inventamos el botellón, ése de tanta polémica; y no vaya nadie a pensar que nuestra romería se convirtió en juerga, porque lo que llevaba el otro, aquello que se confundía con una vela envuelto en papel de estraza, no era más que una fina tripa de salchichón de sospechosa carne grasienta, por lo que con estos ingredientes, lo de habernos podido colocar, huelga.

Recuerdo que a seis reales salimos, es decir, a una cincuenta, y no entró en el lote sombrero alguno porque valían a diez pesetas. 

El monte era una atracción para cualquier chaval de aquella época, después de pasar a la ermita monte arriba nos encaminamos hasta el sitio donde está la cueva. Y allí, junto a su entrada, alrededor de sus piedras había chiquillos de mi edad y un señor explicando una leyenda, la que todos hemos oído contar, no una vez, tropecientas, de que la cueva se comunicaba con la plaza, una fábula que muchos todavía creen ser cierta. 

Visita obligada era internarnos en el bosquecillo de la Bañizuela, donde dentro de tan espesa vegetación creímos estar en la selva. En nuestro desconocimiento porque nadie nos lo advirtiera, tronchamos tallos de plantas para hacer coronas y adornar nuestras cabezas. Error, grave error, si hoy reparar pudiera, aunque ya nos lo advirtió un guarda con carabina y pelo blanco para más señas; bebiendo agua estábamos, por cierto bastante fresca, en la fuente donde seguro bebieron los primeros precursores de esta fiesta. El guarda nos reprimió con voces altisonantes, y palabras muy groseras, supongo que sus gritos llegarían hasta el arroyo e incluso hasta más allá de Cuesta Negra, tanto es así que desde la casería salió un señor bastante alto con sombrero de fieltro y buena apariencia y mandó callar al guarda, que sin rechistar obedeció de inmediato, como si el del sombrero su amo fuera, y doy gracias a aquél hombre que salió en nuestra defensa.

Los cipreses que hacen guardia a la casería de la Bañizuela fueron testigos de lo que hoy cuento, pues algunos de mis amigos cuando vieron al guarda lleno de ira, en un momento dado descolgar su escopeta, dijeron más tarde que lo mojado del pantalón era agua de la fuente, y no fruto de su incontinencia. Y a raíz de este incidente se disolvió la sociedad, se liquidó el gasapón además del salchichón, y se terminó la fiesta. 

Después, en la procesión, entre cohetes, música, y vivas, un grupo de varones portando botas de vino, algunos de ellos entrados en años, ya ebrios, en un recodo del camino al paso de nuestra veneradas imágenes cantaban empleando el soniquete de una de nuestras canciones romeras: “Señora Santa Ana, a esto no hay razón, que los ricos coman y los pobres no… Ave, Ave, Ave, María, Ave, Ave, la romería...

Un señor trajeado que portaba un cetro les recriminó diciéndoles que pararan de cantar, pues esa no era la letra de la copla romera. Una de las autoridades, le señaló a este que no les hiciera caso con un claro gesto como que los que cantaban estaban bebidos.

El maestro de la banda de música Pedro Benito Pancorbo, aprovechó para interpretar el himno a nuestra Patrona, del que es autor, pero esta vez como si los músicos estuviesen de acuerdo, me pareció que sus acordes iban más cargados de decibelios para ahogar el cántico de los borrachos, que optaron por dispersarse en el monte al igual que hicimos nosotros entre una infinidad de “charnaques”, -chiringuitos de “fardeos”- instalados por las familias romeras para resguardarse del sol, al paso que íbamos saboreando el humo de los guisos, y por entre los animales que pastaban a su libre albedrio. Un trozo de “cañadul” comprado en los aledaños de la ermita, endulzó después mis glándulas salivares. Otros compraron un pito de cerámica. También, ya en el pueblo repartimos una lechuga, una “ensalá”, hurtada a un hortelano en las huertas, había que saborear el botín. Cosas de chiquillos. 

Pongo el FIN a esta película de Cifesa, a la que no he querido proyectar al principio el NODO para no hacerla más larga.

Todo esto que cuento, está filmado en mi memoria en blanco y negro desde hace al menos sesenta y tres años, pero hoy, con tantas tecnologías, cada una de estas escenas las puedes tú querido lector/a, revertir dotándolas de los colores vivos que la naturaleza ha proporcionado al marco incomparable de nuestro cerro sagrado donde tienen su morada la Madre de Dios y su Abuela. 

 ¡FELIZ ROMERIA!

CUANDO LA LLUVIA RIEGA MIS RECUERDOS.


 

CUANDO LA LLUVIA RIEGA MIS RECUERDOS.

Es madrugada.  El suave golpeo de la lluvia sobre el toldo del balcón de mi dormitorio me ha despertado. Anoche se me olvidó izarlo, ¡me cachis!, aunque debo de admitir que el gratificante sonido de la lluvia me reconforta, y sobre  todo me relaja, no tanto como a aquél ilustrado torrecampeño al que siendo yo niño le oí decir: ¡Qué ganas tengo de comerme un cocido en la cama oyendo las canales! No sé si llegaría a consumar su propósito este acomodado y apoltronado hombre, pero el sonido de la lluvia, una de las melodías más relajantes que la naturaleza nos brinda, ahora, en el silencio de la noche, me traslada mientras intento conciliar el sueño a aquella calle de mi infancia.

Mi calle, en los albores de mi niñez, era más bien una amplia vereda donde los días de lluvia  llegaba a convertirse en un barrizal, acentuándose este con el tránsito de las bestias cuando al caminar dejaban en la blanda tierra el hoyo de sus pisadas que no tardaban en llenarse  con el agua llovida. Desde la puerta de mi casa podía contemplar las caprichosas regueras que el agua iba fabricando calle abajo, pequeños surcos nuevos que nos servirían a los chiquillos para jugar a las bolas. Una buena parte de la calle eran solares, algunos obrados solo la parte interior, a esto se le llamaba “medio cuerpo”.

Mientras trato de conciliar el sueño, la lluvia sigue regando mis recuerdos, que me llevan hasta la chimenea de mi casa donde mi padre al calor de la lumbre hacía pleita los días de lluvia. Algunas vecinas iban a por lumbre, y entonces recuerdo a mi padre rascar con unas tenazas al tronco que ardía y al momento le llenaba un badil con ascuas rojas para el brasero. Me gustaba contemplar como algunas gotas de lluvia se colaban chimenea abajo produciendo un plof, plof, junto con un humillo al morir estas en las brasas.

Cuando terminaba de llover, la calle volvía a tener vida. En mi ensoñación aparece un carro de la yesería El Olivo arrastrado por un borrico cargado con espuertas rebosantes de yeso ardiente recién molido, le recuerdo bajar la calle al trote del animal camino de una obra cercana. El mozo que lo conducía llevaba unos zahones para protegerse del calor de los capazos a la hora de descargar el yeso. Qué algarabía había alrededor de una obra, en la que toda la familia metía el hombro y donde se oían las voces de los albañiles reclamando: agua, cascos de teja, y menudillos. ¡Vamos! Decía el abuelo espoleando a sus nietos para que atendieran con premura la demanda de los artesanos constructores. El conductor del carro una vez descargado el ardiente material, de pié, montado en la tartana con las bridas del borrico en las manos, no tardaba en salir disparado para hacer otro porte. Siempre que veo a este hombre, al que saludo, me digo que su hermoso penacho de bigote con el que desde mucho tiempo atrás se acicala, parece estar embadurnado con aquél yeso.

La lluvia sigue cayendo en el toldo de mi balcón madrileño. Trato que Morfeo me socorra cuanto antes y sigo para ello con mis evocaciones en aquella  calle de mi niñez donde me veo jugando al “marro” con otros chiquillos, porque el agua caída ha venido bien para hincar el palo de punta afilada en el barro. Ya no tenemos que mearnos durante unos días para ablandar la tierra. Mientras jugamos, pasa voceando su producto el de la miel de caldera con su mulo enjaretado cargado con dos pellejos repletos de miel conteniendo el néctar de las abejas. Los odres donde lleva la mercancía son la piel de un animal y los lleva amarrados en su embocadura con una cuerda. Yo siempre he dado  en pensar en lo que hubiese sucedido si la cuerda hubiese cedido alguna vez.

Por aquel tiempo llegó a nuestro pueblo la tendencia de adornar los dormitorios con cuadros de alegorías religiosas, y no podía faltar en nuestras calles el vendedor como el de la foto que estoy por asegurar que haría su agosto. Cuadros que muchos de nosotros recordaremos haber visto en la habitación de nuestros padres o abuelos colgados en la cabecera de la cama ocultando parte del cordón que bajaba desde el techo hasta el interruptor de la luz,  o para identificarlo mejor, hasta una de aquellas llaves de pera.

Queridos amigos/as, el sueño me ha vencido y  he de  aparcar por ahora estas mis vivencias. La lluvia ha regado esta noche parte de aquellos recuerdos que he querido compartir contigo.

SEMBLANZAS DE AQUELLA MI PRIMERA ESCUELA


 

SEMBLANZAS DE AQUELLA MI PRIMERA ESCUELA Y LA EMIGRACIÓN.

 

Pasaje de mi libro: Cuando los olivos lloran.

 

Año 1954

Pasados unos días, después de la reanudación de las clases por el paréntesis de la Navidad, durante el recreo, trajeron en un camión al colegio unos bidones de cartón de aproximadamente veinticinco quilos cada uno de ellos con un rotulado en el que se veía unas manos entrelazadas y al fondo la bandera de barras y estrellas, la misma bandera que aparecía en las películas del oeste americano. Aquello que estaban descargando no era otra cosa que leche en polvo que a partir del día siguiente de la recepción de la mercancía, la señora que tenía vivienda en el grupo escolar y que cuidaba de la limpieza, sería la encargada de calentar el agua para posteriormente añadir en ella en justa proporción parte del contenido de aquellos envases cilíndricos con tapadera de metal cubiertos y protegidos en su interior con un saco de papel parafinado.

Para Antonio acostumbrado al sabor de la leche de su cabra, aquella otra que la señora repartía en el patio del colegio le hacía vomitar. No sólo era el sabor, sino también el olor, ambos le eran insoportables. Lo que sí le gustaba era la porción de queso que se degustaba por la tarde. Don Jacinto le mandaba muchos días a él, y a su amigo Andrés, a su casa a por las raciones, pues la custodia del queso correspondía a los maestros. El envase era metálico de color amarillo de aproximadamente unos cinco quilos, teniéndose que emplear abrelatas para su abertura. Dentro de él venían ya cortadas en porciones separadas en capas por  papel también parafinado aquél queso de color calabaza, que a media tarde era una merienda muy apetitosa, junto con el pan que cada uno llevaba de su casa.  

Los días eran ya más largos, y atrás quedó ya enero. Los temporales habían remitido, y el campo, ahora, estaba vestido todo de verde salpicado por el blanco rosado de los almendros en flor y el despuntar amarillento de las flores como los jaramagos y el de las abulagas presagio de que la primavera no se haría esperar mucho. 

Genaro, aquella mañana llegó más tarde de costumbre al colegio, por este motivo pidió permiso en la puerta de la clase a don Jacinto para entrar. Una vez dentro, en vez de dirigirse a su pupitre se acercó hasta el maestro y con la cabeza mirando al suelo exclamó:

         -Don Jacinto, vengo a despedirme de usted y de todos. Esta noche me marcho con mi familia en el correo a Bilbao. Le traigo los libros que usted me prestó, no así las cartillas porque las he gastado escribiendo. Como podrá comprobar, he cuidado mucho la enciclopedia...

         Genaro al decir esto último rompió a llorar, mientras que en la clase no se oía ni una mosca.

         Antonio que estaba en el pupitre más cercano al maestro notó como le brillaban los ojos al profesor de una manera muy especial. Éste, con una mano, muy suavemente, levantó la cabeza del alumno que seguía mirando al suelo.

         Don Jacinto rompió el silencio sepulcral que tal vez por primera vez inundara el aula.

         -Voy a sentir que te marches Genaro, pero no te voy a dejar ir si antes no me prometes de que vas seguir aplicándote en tu nueva escuela de Bilbao. Espero también que hagas siempre caso de tu maestro, y sobre todo pórtate con él lo mismo que lo has hecho conmigo. ¡Ah! Y no hables mucho con tus compañeros, porque si no...¡Anda! Déjame que te dé el último pescozón.

La nobleza y la bondad del maestro salieron a flote cuando cogió del cuello al alumno, lo acercó hasta él, y lo besó en la frente. A continuación le dio su ficha escolar para que la entregara en su nuevo colegio mientras que Genaro se restregaba las lágrimas con el puño. El silencio que se había hecho en la clase quedó perturbado cuando se levantaron todos a una orden dada por don Jacinto para decirle adiós a Genaro. Éste cuando se marchó, desde el patio, volvió a mirar de nuevo a su escuela, y encontró al maestro que seguía observándolo a través de los cristales mientras se alejaba. 

Antonio y todos sus amigos bajaron a la estación del pueblo a despedir a Genaro. Luís, el hijo del factor conocía al jefe de estación y entraron dentro de la misma. Había sólo un empleado sentado en una ventanilla expendiendo billetes. Atendía éste a dos soldados que demandaron viaje para Sevilla, y que cada vez que hablaban a través del hueco de la ventanilla las borlas de sus gorros oscilaban de un lado para otro. Pasados unos minutos sonó el teléfono, y el jefe de estación después de atender la llamada, salió de inmediato al andén y tocó repetidas veces una campana de metal amarillo que colgaba del muro de la pared, anunciando que el tren ya había salido de la estación más próxima.

Genaro ya había llegado. La maleta de madera que le hizo el carpintero estaba recién barnizada y su brillo contrastaba con los remaches de metal en las esquinas, desentonando además con el resto del equipaje que no era más que varias cajas de cartón amarradas con cuerdas. Todo venía a lomos del burro de un vecino. La explanada de la estación se llenó de gente. El empleado de correos con el libro de entrega de la correspondencia en la mano hacía guardia frente a una saca de correo que esperaba de inmediato entregar a sus compañeros ambulantes. 

La familia de Genaro estaba toda agrupada rodeada por familiares y conocidos que habían ido a despedirlos, entre ellos, varias mujeres de luto riguroso con pañuelos negros en la cabeza que no paraban de llorar y de abrazar a los que se iban.

Genaro cuando vio a Antonio salió de inmediato a su encuentro y se buscó algo en el bolsillo del pantalón.

         -¡Toma, Antonio! Te doy a ti todas mis bolas, no quiero llevármelas, ellas al fin y al cabo no iban a encontrar tierra tan buena para jugar como esta de nuestro pueblo. ¡Mira, ésta es cristalina! No te la juegues ya que te traerá suerte.

Cuando terminó de decir esto último rompió a llorar y se abrazó a Antonio que tampoco pudo contener las lágrimas. Después, entrecortadamente pudo balbucir:

-No sé cuándo vendré, pero yo quisiera regresar algún día... aunque fuera muerto.

A continuación se despidió del resto de sus amigos.

El jefe de estación esta vez con la gorra puesta y la bandera roja bajo el brazo tocó de nuevo la campana de la estación anunciando  la inminente llegada del tren. El enorme reloj que descansaba sobre una peana de hierro pintada de verde que colgaba de la pared de la estación marcaba las ocho y cuarenta y cinco minutos de la tarde-noche. 

El tren apareció saliendo del túnel próximo a la estación resoplando y jadeando entre una nube de vapor. A medida que se aproximaba los resoplidos iban siendo más pausados hasta que se paró totalmente soltando esta vez un fuerte chorro de vapor blanco por ambos costados entre un chirrido de hierros. 

Toda la familia de Genaro subió al tren y se perdieron dentro del mismo mezclados con el resto de los viajeros, entre ellos los dos soldados.       La gente desde el andén se aproximaba a las ventanillas para decirles adiós. Antonio no llegó a divisar a Genaro, sólo el padre de éste bajó el cristal de la ventanilla y su pañuelo blanco diciendo adiós se mezcló con el de otros pañuelos y gritos de ¡Que escribas cuando llegues! 

Hasta que el tren se perdió en la oscura noche, Antonio permaneció impávido mirando aquella máquina que día tras día se llevaba dentro de sus entrañas a la buena gente de su pueblo. Así permaneció un tiempo hasta que las luces rojas del vagón de cola se difuminaron entre las sombras de la noche mientras pensaba que a él también podía tocarle cualquier día. Trató de apartar de su mente esto último al tiempo que metió las manos en sus bolsillos y apretó con ellas las bolas que le había regalado su amigo.

 

UCRANIA EN NUESTROS CORAZONES.


 

UCRANIA EN NUESTROS CORAZONES.

14 marzo 2022

Cuando esto escribo anochece por estos lares madrileños. Una lluvia muy fina, casi pulverizada, se mece perezosa antes chocar contra los cristales de los coches y autobuses que en una procesión de luces amarillas y rojas se pierden por el hueco de una parte de la avenida que observo desde mi ventana.

Ya será de noche en Ucrania. En la ciudad asediada de Mariúpol, a estas horas no se verá ni un alma por sus calles. Sus habitantes estarán en los sótanos y refugios al resguardo de las bombas sin agua y alimentos. Mi imaginación a la que acompaña mi espíritu me lleva hasta allí. No es ficción las escenas que las televisiones nos ofrecen y que sobrecogen en las que vemos edificios destruidos por las bombas, y otros en llamas. Calles y parques donde hace unos días jugaban niños, ahora, muestran algún que otro cadáver tendido en el suelo. Me pregunto qué habrá sido de   aquellos pajarillos que de seguro pululaban de árbol en árbol alegrando el ambiente con su piar y  sus trinos en aquellos lugares de esparcimiento. De seguro que habrán huido a otros espacios lejos del estruendo de los misiles y del humo negruzco con olor a muerte y destrucción. Ellos gozarán de la libertad nutriéndose de lo que la naturaleza les brinda, en cambio, los niños que jugaban en esos parques llorarán abrazados a sus madres sin apenas alimentos, malviviendo en húmedos sótanos, preguntando por sus padres que luchan por la independencia de su nación y por su libertad. También preguntarán por su abuela enferma en la cama que el abuelo se quedó a cuidarla. ¡Qué será de ellos! ¿Estarán entre los escombros? Tal vez el edificio donde viven no haya sido bombardeado, pero ambos necesitan medicación. ¡Dios mío, cuanto sufrimiento! 

Y mientras tanto, el tirano y dictador ruso sigue masacrando al pueblo ucraniano. Dicen que luchan contra el capitalismo, aunque para capitalistas él y  todos sus amigos oligarcas con yates de cientos de millones de euros anclados en los puertos occidentales. No sé si conseguirá sus objetivos, aunque tal vez lo que logre será engalanar con las fotografías de soldados muertos los árboles y las farolas de alguna larga avenida como aquella que yo vi en mi visita a una de sus “provincias” al poco de caer el muro. Eran caídos en su gran guerra patria. Lo llevan en la sangre.

Es la hora de cenar, pero desde que veo en la televisión estas escenas tan desgraciadas, pensando en esta pobre gente, las lágrimas suelen resbalar por mi rostro durante la comida. No lo puedo remediar. Esto le digo a mi mujer cuando me lo reprime, pero es que la imagen de mis hijas y mis nietos sustituye por momentos a las de estas criaturas. Tal vez sea un sentimental, pero esto que está pasando me preocupa mucho. Lo siento. 

Amigos torrecampeños/as, ayudemos cada uno como podamos a esta gente que tanto está sufriendo. Seamos solidarios como siempre ha sido nuestro pueblo.

jueves, 10 de febrero de 2022

LOS NIÑOS CORTIJEROS, SU CHOTILLO, Y EL SEÑORITO.

 

LOS NIÑOS CORTIJEROS, SU CHOTILLO, Y EL SEÑORITO.

Año, 1953

Juanito… ¿Vendrán esta noche los Reyes Magos a nuestro cortijo? –preguntó la niña a su hermanito al tiempo de acostarse.

            -No, nunca lo hacen. Ellos, a pesar de ser magos, no nos tienen localizados, pues según le oí decir a Bartolo el aperaor,  que siendo él niño intentaron los Reyes venir cuando vivía aquí otra familia, pero  entre tantos caminos y veredas se perdieron entre los olivares y desde entonces no han vuelto más. Ellos, solo van al pueblo. En casa de nuestros abuelos siempre dejan algo.

            -Sí, un jersey o una bufanda, pero nunca una muñeca como a otras niñas –replicó la hermanita.

Juanito, antes de contestar a su hermana apagó con un soplo el candil que iluminaba la habitación y se acurrucó en su jergón de paja instalado  en el suelo  que hacía de cama. Su hermana ya lo había hecho antes en otro. El ascua de la mecha del candil, como la lumbre de un cigarro, iluminó por unos instantes la pobre estancia. Luego, cuando desapareció el rojo de la brasa de la “torcia”, la ridícula claridad de una pobre luna casi moribunda llegó a filtrarse por el hueco de una mezquina abertura en la pared taponada por un cristal que valía como ventana.

 Al poco se escuchó a Juanito responder a su hermana:

            -¡Anda, ni a mí un balón de reglamento, o una espada! Nunca en mis ocho años, he tenido juguete alguno, ni tú Ana tampoco teniendo un año menos, pero lo que no entiendo es que en la calle de la abuela hay un niño que disfruta de muchos. Dicen que sus padres tienen mucho dinero, y doy en pensar que por qué los Reyes no quieren a los niños pobres como somos nosotros.

            -Nosotros no somos pobres, pues aquél hombre que vimos en el pueblo pidiendo de casa en casa al que le acompañaba su hijo de nuestra edad descalzo, aquellos si eran pobres. La abuela les dio un trozo de pan. En otras casas le decían: perdone usted por Dios hermano. A mí me dio mucha pena –respondió la niña a su hermano.

La voz de su madre desde la habitación contigua invitándoles a callarse y a intentar dormirse, interrumpió la conversación de los chiquillos que al poco quedaron dormidos.

 A la mañana siguiente, los gritos sobresaltados de sus padres   llamándolos, despertaron a ambos. No era la voz conminatoria de todos los días de su madre obligándoles a levantarse, sino que esta vez, el tono de las voces tanto la de su madre como la de su padre, una y otra, transmitían euforia. Cuando bajaron a medio vestir a la planta baja del cortijo, su padre tenía entre sus brazos un cabritillo que la cabra había parido durante la noche. El animal era de color canela con algunas manchas blancas en su testuz y emitía pequeños balidos. Los ojos desorbitados de los chiquillos demostraban asombro y felicidad.

            -¡Qué bonito es! –dijo Juanito.

            -Lo han traído los Reyes Magos –aseguró la madre.

            -No puede ser, lo ha parido la cabra –replicó Ana corrigiendo a su progenitora que no supo que responder ante la mirada inquisitoria de los dos chiquillos y el rostro desconcertado de su marido.

            -Le llamaremos Chotillo –indicó Juanito rompiendo el silencio habido a la manifestación de su hermanita a su madre.

            -¿Podremos jugar con él? –preguntó Juanito.

            -Dentro de unos días, podréis hacerlo, ahora lo llevaré junto con su madre –respondió el padre de los niños.

Y fue a partir de entonces como los dos chiquillos cada día después de desayunar gracias a la cabra, una taza de leche sopada con picatostes, se dedicaban a jugar con Chotillo. Juanito había abandonado aquello con lo que jugaba a diario, la rueda, la “roera”, que no era otra cosa que el aro de la base de un cubo de zinc viejo  que guiaba rodándola valiéndose de  un alambre al que su padre dio forma para poder conducirla por las explanadas de las eras que circundaban el cortijo. Su hermana asimismo dejaba arropado en su jergón algo a lo que llamaba muñeco, que no era  más que un trapo forrado de paja que su madre como pudo le cosió y le dio alguna forma.

El cabritillo les seguía a donde quieran que fuesen los niños. Había que verlos correr y el choto detrás de ellos brincando mientras que la madre del animal pastaba en los terraplenes del cortijo. Los niños se habían encariñado tanto con el choto que sus padres para no turbar su felicidad no llegaron a adelantarles nunca nada de lo que llegaría a suceder.

Al cabo de tres meses, un día, mientras Juanito y Ana jugaban con Chotillo, el coche del amo de la finca aparcó como era costumbre siempre que visitaba su propiedad  en la llanura habida en la puerta del cortijo. Los niños ajenos a la visita no le prestaron atención y siguieron divirtiéndose con el animal con el que habían creado una simbiosis de ternura y cariño inigualables.   

            -¡Engracia! ¡Engracia! –la voz del amo del cortijo llamando a la madre de los chiquillos se dejó oír.

Esta salió presurosa a la puerta secándose las manos en un mandil anudado a su cintura.

            -¡Mande usted, don Luis! ¿Cómo está doña Adela? Pero, no se quede usted en la puerta y pase adentro.

El dueño de la hacienda pasó al cortijo. Varios pucheros hervían de forma lenta en la lumbre de la espaciosa chimenea. El vapor de los mismos muy aderezado se dejaba notar en la estancia.

            -Verás Engracia, doña Adela lleva unos días resfriada, y he pensado que un poco de leche de la cabra le vendría bien.

            -Sí, don Luis. Esta mañana la he ordeñado. Deme la lechera que trae usted y se lleva toda la que hay –le respondió Engracia alargando su mano  hacia el recipiente que el dueño del cortijo portaba.

Éste, mientras llenaba la mujer el envase  observó un conjunto de huevos que estaban depositados en un poyo de la cocina, y que Engracia los mantenía ahí hasta la llegada del “regovero”. El dinero de esto lo guardaba  hasta tener suficiente para comprar alguna ropa.

            -Digo, que ahora por lo que veo ponen mucho las gallinas –dijo el hacendado señalando los huevos.

            -Como siempre, don Luis. Los tengo hechos un montón porque hoy espero al “regovero”, pero ahora mismo le preparo una docena. Ya verá como a doña Adela le van a gustar. No hay nada mejor que la leche y los huevos para  restablecerse.

            -Gracias Engracia, te lo agradezco. Hoy lo que también me voy a llevar es el choto. Mañana domingo quiero ir con mis amigos a celebrar una comilona en la casería de la sierra.

La madre de los niños que estaba echando los huevos en una pequeña cesta dejó de hacerlo. Se volvió pálida hacia el amo sin saber qué decir.  Luego balbuceó:

-Don Luis, usted es el dueño de todo… Pobres niños míos…qué disgusto.

            Sí, los he visto jugando con él, tranquila que no les pasará nada. ¡A propósito! Otro día les traeré unas tabletas de chocolate. Los veo muy desnutridos.

Una vez en el exterior, el dueño del cortijo introdujo los huevos y la leche dentro del coche y de un bolsillo de su pelliza de solapas de lana de borrego, extrajo un cordel y se dirigió hasta donde estaban los chiquillos.  

            ¡Hola niños! ¡Venga, sujetar al animal para que les pueda atar las patas!

Estos obedecieron sin saber cuál serían las intenciones del dueño del cortijo. El animal al verse amarrado comenzó a balar de manera incesante. Su mirada dirigida a los chiquillos parecía lastimosa como suplicando la ayuda de estos. Chotillo quedó colgado del cordel con la cabeza arrastrando por el suelo mientras que don Luis iba caminando con él hacía su coche. Juanito y Ana no salían de su asombro. Una patada en la cabeza del animal paró de momento los balidos angustiosos del cabrito.

Los niños al ver el maltrato dado al animal salieron corriendo y se abrazaron llorando a las piernas del hacendado.

            -No le pegue usted a mi chotillo. ¡No se lo lleve! ¿Para qué lo quiere? Él, es nuestro único amigo –suplicaban una y otra vez. 

El señorito, impasible a la rogativa de los niños abrió el maletero y de un golpe seco lo depositó en él cerrándolo a continuación.

            -Dentro de poco la cabra parirá otro, no os preocupéis… Ja, ja, ja. Adiós.

Los dos hermanitos se abrazaron llorando sin consuelo mirando el coche que se llevaba a Chotillo, mientras que Engracia, la madre de estos, lloraba también desde hacía rato dentro del cortijo. Esta vez no quiso despedirse del dueño del cortijo.

Juanito a sus cortos años reflexionando después sobre lo ocurrido se acordó cuando una noche, uno de los peones le preguntó, qué es lo que él quería ser de mayor, a lo que contestó que ser señorito, lo que provocó las carcajadas de todos los concurrentes menos la de su padre que le dedicó una mirada áspera y reprobatoria que no llegó a entender hasta el día de hoy.

Está demostrado aquello que alguien dijo: No sirve de mucho la riqueza en los bolsillos, cuando hay pobreza en el corazón.

(¿…?)Porque supe de algo parecido a esta historia siendo niño y lo he recreado a mi manera.

 

MI PASEO EN LA TARDE DE NOCHEBUENA.

 

MI PASEO EN LA TARDE DE NOCHEBUENA.

La tarde de Nochebuena un silencio que es cómplice con la bruma envuelven a los olivos del Llano de Santa Ana. Hace unas horas, una lluvia muy tamizada, como cernida por un espeso harnero ha regado el olivar. La planta empapada de agua agradece la ducha y lo demuestra sosteniendo en forma de perlas cristalinas en cada una de sus hojas  una gota de agua que llega a columpiarse antes de regar el suelo cuando alguna desganada bocanada de aire les invita a hacerlo.

 

No veo a nadie en el cerro. Los nogales se desperezan estirando sus desnudas y plateadas ramas; algunas hojas se resisten a caer sobre la verde hierba tal vez soñando con seguir arropando una vez más con su refrescante sombra a quienes de comida campestre, meses atrás, se han refugiado del tórrido sol bajo sus copas. 

 

La neblina se hace más espesa cuando me voy aproximando a La Bañizuela. El zumaque de las lindes dejó de prestar su encendido colorido al paisaje y de él solo quedan los matices marrones de sus agostados penachos. Los cipreses, de la misma quinta supongo que aquellos que se erigen al cielo en el camposanto, me saludan al pasar. No encuentro ninguna respuesta razonable cuando se me eriza el vello muchas veces como hoy en este lugar. Un rezo mental a la venerada Virgen del Carmen en su solitaria y cerrada capilla me distrae de otros pensamientos. Aparto con las manos la hiedra vieja que desde siempre su misión ha sido bloquear el camino a los viandantes. Era menos espesa cuando los chiquillos nos adornábamos con sus ramas la cabeza en la romería atentos siempre a aquél guarda de los pelos blancos.

 

Un pajarillo con un piar como un chasquido sale raudo de un olivo y se adentra en el Monumento Natural de La Bañizuela.  Ahí, en este bosquecillo estará más seguro para pasar la noche. El color marrón de las hojas caducas de los quejigos se distinguen entre el verde follaje de las plantas perennes, entre otras, el de las encinas que pueblan este nuestro protegido bosque.

 

La tarde muere con una tristeza impropia de la tarde de Nochebuena y me aventuro a regresar. Entre unos riscos observo el verde intenso de unas matas de lirios que pronto florecerán. De esto, Juan Real se encargará de comunicárnoslo cuando se encienda la luz azul del primero de ellos.

 

En el camino de regreso, un escaramujo cargado de frutos rojos relucientes muestra orgulloso su cosecha mientras que las de otros años se sostienen aún descoloridas y putrefactas en sus espinosas ramas. Observo en los ribazos del camino y en algunos lisos del terreno musgo de un verde intenso que se refresca con la brisa húmeda de esta tarde y me recuerda a aquellos nacimientos que adornaban algunas casas en mi niñez. El olor intenso y especial de la pintura de aquellas figuritas lo tengo marcado y a buen recaudo en el desván de mi memoria.

 

Casi anocheciendo llego a la ermita ¡Qué silencio!  ¡Qué paz invade mi espíritu! Abro con sigilo la puerta.  Sus goznes rechinan y retumban dentro del santuario profanando el silencio reinante. Me acomodo en unos de sus bancos y me dirijo a nuestra Patrona en oración contemplativa. ¿Por qué de esta pandemia? ¿Por qué de este sufrimiento? Me pregunto y le pregunto siendo esta mi principal rogativa. Me reconforta saber que el manto de Santa Ana me cobija allí por muy lejos que me encuentre y se encuentre cualquier torrecampeño/a, pues es tan alargado que llega hasta los más recónditos lugares del mundo.

 

Cuando salgo de la ermita ya es de noche. Algunas luces de los chalés y chiringuitos de la sierra tintinean entre una lluvia meona y la espesa bruma. En muchos de ellos prepararán dentro de poco la mesa para la cena de Nochebuena. Giro mi mirada hacia la campiña y no observo luz alguna en ningún cortijo. Hace más de sesenta años, a estas horas, estaría yo a punto de cenar potaje con la cuadrilla para después en el pajar como premio por ser una noche tan especial, a escondidas, trataría de engullir un mantecado  “ogaiso” –no había otros-  que mi madre me habría regalado.

 

Regreso al pueblo por el Camino Viejo. Los cipreses del camino ya son adultos y  forman la guardia pretoriana de nuestra Patrona indicando con sus puntas afiladas el Cielo donde Ellas moran.

 

Ya en el pueblo las luces que adornan sus calles y el tránsito de la gente preparándose para pasar la Nochebuena me hacen volver a la realidad, pues este paseo es irreal estando como me encuentro en mi residencia madrileña.

 

Queridos amigos, paseos como estos estando lejos los hago muy a menudo, tantos, que creo tener hechas veredas en el aire de nuestro pueblo.