miércoles, 18 de mayo de 2022

CUANDO LA LLUVIA RIEGA MIS RECUERDOS.


 

CUANDO LA LLUVIA RIEGA MIS RECUERDOS.

Es madrugada.  El suave golpeo de la lluvia sobre el toldo del balcón de mi dormitorio me ha despertado. Anoche se me olvidó izarlo, ¡me cachis!, aunque debo de admitir que el gratificante sonido de la lluvia me reconforta, y sobre  todo me relaja, no tanto como a aquél ilustrado torrecampeño al que siendo yo niño le oí decir: ¡Qué ganas tengo de comerme un cocido en la cama oyendo las canales! No sé si llegaría a consumar su propósito este acomodado y apoltronado hombre, pero el sonido de la lluvia, una de las melodías más relajantes que la naturaleza nos brinda, ahora, en el silencio de la noche, me traslada mientras intento conciliar el sueño a aquella calle de mi infancia.

Mi calle, en los albores de mi niñez, era más bien una amplia vereda donde los días de lluvia  llegaba a convertirse en un barrizal, acentuándose este con el tránsito de las bestias cuando al caminar dejaban en la blanda tierra el hoyo de sus pisadas que no tardaban en llenarse  con el agua llovida. Desde la puerta de mi casa podía contemplar las caprichosas regueras que el agua iba fabricando calle abajo, pequeños surcos nuevos que nos servirían a los chiquillos para jugar a las bolas. Una buena parte de la calle eran solares, algunos obrados solo la parte interior, a esto se le llamaba “medio cuerpo”.

Mientras trato de conciliar el sueño, la lluvia sigue regando mis recuerdos, que me llevan hasta la chimenea de mi casa donde mi padre al calor de la lumbre hacía pleita los días de lluvia. Algunas vecinas iban a por lumbre, y entonces recuerdo a mi padre rascar con unas tenazas al tronco que ardía y al momento le llenaba un badil con ascuas rojas para el brasero. Me gustaba contemplar como algunas gotas de lluvia se colaban chimenea abajo produciendo un plof, plof, junto con un humillo al morir estas en las brasas.

Cuando terminaba de llover, la calle volvía a tener vida. En mi ensoñación aparece un carro de la yesería El Olivo arrastrado por un borrico cargado con espuertas rebosantes de yeso ardiente recién molido, le recuerdo bajar la calle al trote del animal camino de una obra cercana. El mozo que lo conducía llevaba unos zahones para protegerse del calor de los capazos a la hora de descargar el yeso. Qué algarabía había alrededor de una obra, en la que toda la familia metía el hombro y donde se oían las voces de los albañiles reclamando: agua, cascos de teja, y menudillos. ¡Vamos! Decía el abuelo espoleando a sus nietos para que atendieran con premura la demanda de los artesanos constructores. El conductor del carro una vez descargado el ardiente material, de pié, montado en la tartana con las bridas del borrico en las manos, no tardaba en salir disparado para hacer otro porte. Siempre que veo a este hombre, al que saludo, me digo que su hermoso penacho de bigote con el que desde mucho tiempo atrás se acicala, parece estar embadurnado con aquél yeso.

La lluvia sigue cayendo en el toldo de mi balcón madrileño. Trato que Morfeo me socorra cuanto antes y sigo para ello con mis evocaciones en aquella  calle de mi niñez donde me veo jugando al “marro” con otros chiquillos, porque el agua caída ha venido bien para hincar el palo de punta afilada en el barro. Ya no tenemos que mearnos durante unos días para ablandar la tierra. Mientras jugamos, pasa voceando su producto el de la miel de caldera con su mulo enjaretado cargado con dos pellejos repletos de miel conteniendo el néctar de las abejas. Los odres donde lleva la mercancía son la piel de un animal y los lleva amarrados en su embocadura con una cuerda. Yo siempre he dado  en pensar en lo que hubiese sucedido si la cuerda hubiese cedido alguna vez.

Por aquel tiempo llegó a nuestro pueblo la tendencia de adornar los dormitorios con cuadros de alegorías religiosas, y no podía faltar en nuestras calles el vendedor como el de la foto que estoy por asegurar que haría su agosto. Cuadros que muchos de nosotros recordaremos haber visto en la habitación de nuestros padres o abuelos colgados en la cabecera de la cama ocultando parte del cordón que bajaba desde el techo hasta el interruptor de la luz,  o para identificarlo mejor, hasta una de aquellas llaves de pera.

Queridos amigos/as, el sueño me ha vencido y  he de  aparcar por ahora estas mis vivencias. La lluvia ha regado esta noche parte de aquellos recuerdos que he querido compartir contigo.

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