sábado, 18 de enero de 2020

RICOS Y POBRES


                                            (Foto de J.M. Suárez)

La foto de cabecera de este escrito es tan conmovedora que me ha hecho recordar cuando estudiando marketing bancario me tocó profundizar y analizar la Pirámide de  Abraham  H. Maslow, psicólogo estadounidense que murió en 1970 que entre sus muchas frases célebres recuerdo la siguiente: La satisfacción de una necesidad crea otra,  expresión esta que el profesor que impartía la clase nos recalcaba una y otra vez como claro exponente a desarrollar por cada uno de nosotros de cara al cliente en nuestro puesto de trabajo. La teoría de la pirámide afirma que las acciones del ser humano nacen de una motivación innata a cubrir nuestras necesidades, las cuales se ordenan jerárquicamente dependiendo de la importancia que tenga para nuestro bienestar.

No voy a desmenuzar las cinco partes de que consta dicha pirámide, pero si voy a ahondar en alguna de ellas sobre todo en la primera donde se sustenta la base de la figura geométrica que abarca la mayor porción de ella en la que se encuentran las necesidades fisiológicas o básicas de todo ser humano, como son entre otras la más primordial, la alimentación. La foto que muestro es tan expresiva que desvela quién  es la persona que está en la base de la pirámide, y quienes ya han conseguido escalar las siguientes necesidades como: la de seguridad y protección, la de afiliación y afecto, la de reconocimiento y estima, y tal vez la última la de autorrealización.

Y ahí está el pobre hombre de la foto corriendo al paso de la calesa mendigando con su gorra una limosna, de seguro para comida, mientras que los ocupantes del coche de caballos parecen ignorarlo. Es despreciable el ver como estos “caballeros” parecen absortos a la súplica del desgraciado. Puede que esta foto esté realizada hará al menos un siglo cuando la mayor parte de la población estaba estacionada en la base de la pirámide cuyo objetivo  era poder llenar día a día su estómago. Hoy, aunque debo de admitir que quedan algunos de estos últimos, la mayor parte de nuestra sociedad, aquí en nuestro país,  estamos estancados una buena parte en el segundo escalón, porque teniendo segura la alimentación, el ser humano busca el siguiente peldaño  que es el de la seguridad; la seguridad a un empleo, la de un hogar, además de la de tener recursos disponibles para afrontar cualquier contingencia.

El ser humano lucha para conseguir llegar a la cúspide de la pirámide que cito, y ahondando en la cita de Maslow: La satisfacción de una necesidad crea otra, vemos cómo las personas que van satisfaciendo necesidades en cuanto logran una, quieren tener otra. Por poner un ejemplo, aquellos que viven en un barrio humilde cambian de inmediato si su economía se lo permite a urbanizaciones lujosas queriendo con ello ganar el autorreconocimiento, la confianza, y el respeto de los que los rodean. Somos así por naturaleza.

Vivimos hoy en un mundo globalizado por las últimas tecnologías puestas al alcance del hombre en las que un puñado de ricos manejan la economía del planeta. No llegan a treinta las personas  que poseen el 50% de toda la riqueza del mundo. Son los multimillonarios, los que luchan entre ellos por aparecer ocupando un puesto cada vez más relevante en la revista Forbes, pero para mí, estos, son seres despreciables, porque yo a quienes admiro son a  los ricos de corazón, aquellos que van ayudando a cuantas personas necesitadas encuentran en su camino. En nuestro pueblo, afortunadamente no hay ninguno de los del grupo primero, ni falta que nos hace, pero sí de los que están dispuestos  desde la plataforma donde prestan su servicio a la sociedad, y otros de manera voluntaria y altruista, a favorecer a los más necesitados. Aparece en mi mente la imagen de uno de estos últimos. Me reservo dar su nombre, aunque sé que él, cuando esto lea no se sentirá identificado porque su humildad se lo ha de impedir. Estas personas para mí son las que llegan a alcanzar la cúspide de la pirámide, porque aparte de beneficiar a las gentes que favorecen, percibirán con sus buenas acciones el gozo de la  autorrealización, de ello estoy seguro.

En definitiva, ojalá nunca lleguemos a ver imágenes como la de la foto, ni ninguna que se le asemeje. Hagamos pues entre todos, un mundo más justo porque querámoslo o no, navegamos en el mismo barco.  

Termino con una cita para que nos sirva de consuelo: Siempre imaginamos a los demás mucho más felices de lo que son en realidad. (Montesquieu)

Antero Villar Rosa

miércoles, 11 de diciembre de 2019

RECUERDOS GRISES ESCRITOS CON TINTA NEGRA




Escrito el 10 de diciembre, Dia Internacional de los Derechos Humanos
Dos viejos están sentados al sol en la puerta de su casa. Sus sillas de anea se asientan sobre la blanda tierra de la calle. Ella, toda vestida de negro teje con largas agujas una prenda de lana mientras mira de soslayo a quienes pasan por la calle sin que interfiera esto su labor. Tan solo  a intervalos para en el arte de urdir la prenda para ajustarse el pañuelo negro que le cubre la cabeza, o para ahuyentar a alguna pesada mosca. El abuelo con un pantalón remendado con varios parches donde la tela nueva se distingue del paño de la primitiva, saca de un bolsillo de su más que raída chaqueta una petaca de cuero y un librito de papel, y con mucha parsimonia se dispone a liar un cigarrillo. El brillo del cuero de la petaca refulge con el sol de media mañana y desaparece con las chispas que produce el pedernal al ser restregado con un instrumento que el viejo frota hasta conseguir encender la yesca que luego aviva con varios soplos.  Al poco, después de sostener el cigarrillo con sus amarillos dedos  achicharrados por la nicotina de tanto fumar,  algunas volutas de humo salidas de los pulmones del anciano se desperdigan calle abajo.
Un mendigo treintañero al que la falta una pierna va de casa en casa ayudado por unas muletas pidiendo limosna. La tela de la pernera libre de carne y hueso la sostiene con una cuerda en su cintura, la que le sirve a su vez de cinturón. Le acompaña una niña descalza y harapienta que sostiene una lata donde al andar suenan algunas monedas de poco valor. Van de casa en casa.
-¡Ave María Purísima! Una ayuda, por caridad -va suplicando el desgraciado.
-Perdone usted por Dios -se oye desde el interior de algunas estancias sin que sus dueños se dignen en salir.
 Unos niños que jugaban en la calle dejan de hacerlo y curiosos ellos, siguen al forastero indigente y a la niña. Cuando llegan los pedigüeños a la altura donde toman el sol aquellos viejos, el abuelo le pregunta sobre la pierna que le falta, y este le dice que la perdió en la guerra, aunque antes de responder ha mirado a un lado y a otro de la calle con temor a que alguien le pudiera estar oyendo. El anciano le ofrece un cigarrillo, y después de liarlo se lo da  encendido al pordiosero que fuma sosteniéndose ahora, no sobre sus muletas, y sí en los muros de la casa. La mujer que ha dejado las agujas y la lana encima de la silla, se adentra en la casa y aparece con un pan en la mano y se lo da al desgraciado mientras esta enjuga sus lágrimas. El abuelo trata de consolar al lisiado diciéndole que el galón negro que luce en su chaqueta y el luto de su mujer es por un hijo que murió en el frente, así que él también fue perdedor, lo mismo que su padre también lo fue en otro tiempo, en la guerra de Cuba, le dice. La niña desgreñada a la que ahora le cuelga un moco, ayuda a meter el pan en unas alforjas que lleva en bandolera su lisiado padre. Ambos dicen adiós después de dar las gracias.
¡Lástima! ¡Cuántas desgracias fabrican las guerras!, masculla para sus adentros el anciano, que le dice a su mujer si en el pueblo del indigente so será merecedor por su desgracia para regentar un estanco como viene siendo lo habitual para con muchos.
Los niños antes de llegar al final de la calle dejan de seguir a los pordioseros y prestan ahora toda su atención en el trapero que con una cesta en los brazos lleva globos, paloduz, “mistones”, y “revolantines” entre otras chucherías. Muchos de ellos desearían tener una bombilla fundida para intercambiar su metal por cualquier baratija.
Un hombre marcha por la calle acompañado por una pareja de la Guardia Civil. Los niños ajenos a ello siguen al trapero que vocea hasta desgañitarse anunciándose. Entre tricornios y fusiles lo llevan a este hombre  porque lo han encontrado en los olivares rebuscando aceituna sin que el organismo competente haya dado la orden aún para comenzar la rebusca.
         -Francisca, echa un ojito a mi casa que la dejo abierta, que voy a comprar un poco de aguarrás “aca” Tomás Albacete, que es “pa mi “mario” para darle unas friegas en la cintura cuando venga del campo –le dice una vecina a la mujer enlutada que sigue tejiendo lana al sol.
         -“Decudia”, ve tranquila -le responde esta.
La calle huele a cocido que roncará en alguna lumbre mientras que las gallinas se oyen cacarear en los corrales. Es mediodía y los albañiles pronto darán de mano. La familia del rebuscador de aceituna merodea preocupada cerca de la casa cuartel que aparece al fondo de la calle.
Así era la vida de mi calle, como la de cualquier otra calle de mi pueblo en los años cincuenta.



viernes, 6 de diciembre de 2019

LA PUERTA MARTOS

                                           
                                                                   Foto de José Arrebola

Creo que no seríamos nada sin nuestros recuerdos. Los recuerdos son emociones vividas asociadas unas veces al dolor, otras a la tristeza o a la felicidad como también a la nostalgia y a  muchos más enternecimientos que junto con los aromas perduran para siempre en nuestra memoria, pero todos sabemos que es imposible recordar todo lo vivido, aunque doy por probado que nuestra mente está capacitada para albergar algunos videos del pasado como el que más adelante proyectaré.
Contemplo la Puerta Martos recientemente transformada en un lugar precioso, donde el color verde prolifera entre trallazos de  variopintos y vivos matices en una zona de recreo para los niños, mezclándose todo entre las plantas y las esculturas de nuestro paisano José Galiano legadas por su primitivo propietario, contribuyendo el conjunto de todo ello a la relajación y al esparcimiento. Un lujo comparado con lo que era este lugar sesenta años atrás.
Activo la Cifesa de mis recuerdos, y en la proyección en blanco y negro de aquella película de la Puerta Martos de mis tiempos, me aparecen como primeras imágenes los muros de piedra del puente del arroyo a un lado y a otro de la carretera. De niño me gustaba contemplar las aguas que corrían bajo sus bóvedas; aguas que debían de sortear una infinidad de objetos desechados además de animales muertos que la gente arrojaba al arroyo sin ningún reparo porque creo que no estaba prohibido hacerlo, y allí reposaban, pudriéndose hasta cuando la “venia” de alguna tormenta los arrastraba.
Ahora, la máquina que proyecta estos recuerdos la dirijo cauce arriba del arroyo, y a pocos metros del puente referido en el lado derecho,  aparece un transformador de la luz, y casi colindante una casilla muy diminuta donde malvivía en condiciones infrahumanas el hombre del patín junto con su mujer –por no conocer su nombre omito dar el apodo-. Era este un hombre menudo, de tez oscura, que todos los días iba a la estación con su herramienta de trabajo, el patín, para transportar alguna maleta o bulto que le encargaran los viajeros que nos visitaban.
En el lado izquierdo esquina con Quebradizas estaba la fábrica de yeso de Gabriel Jiménez (El Olivo), hermano de mi abuela materna. Ahora, el video de mis recuerdos se detiene contemplando el camión del referido familiar que cayó vertiente abajo hasta el arroyo, y de cómo con sogas medio pueblo tirando de él lo izó hasta arriba. Por esa vertiente caía en cascada el pequeño arroyo que bajaba la calle Quebradizas aquellos años que los temporales se sucedían unos con otros.  
Siguiendo cauce arriba del arroyo la máquina retrospectiva de mis recuerdos me lleva a contemplar a una hilera de mujeres a un lado y otro del arroyo lavando la ropa en aquellas aguas limpias y cantarinas que después de chocar contra las peñas bajaban acariciando a uno y otro lado a espesas matas de juncos donde yo con sus tallos hacía mis barquitos que deslizaba arroyo abajo cuando iba a ayudarle a mi madre a llevar la canasta con la ropa. La máquina se detiene y enfoca hierbas olorosas como el poleo que jalonaban sus orillas, plantas que bebían en los remansos del arroyo y por donde entre sus matas saltaban las ranas.
Me voy otra vez al puente y desde allí dirijo el proyector de la máquina hacía el otro puente del  Camino de la Estación. Desde aquí y hasta llegar a él, las aguas del arroyo andan ya sucias y malolientes teñidas por el vaciado de elementos fecales que desembocan en el arroyo, lo que hace que en los meses de estío su olor sea más hediondo envuelto en el verano entre nubes de mosquitos. Sus ricos nutrientes alimentan a un sinfín de higueras y cañaverales que marcan el arroyo a un lado y a otro sirviendo para que mucha gente que no teniendo otro sitio para hacerlo, de forma disimulada entre la jungla de matorrales, se oculte para evacuar alejados siempre de las tapias de los corrales.
Me quedo mirando hacia donde está ahora la cafetería Platero y cerrando mis ojos veo un local donde alquilan bicicletas. Le doy dos reales al dueño que mira su reloj, y me dice que en media hora debo de devolverle la bici. No cabe duda que se la devolveré, como devuelvo a mi pueblo todos estos recuerdos que permanecerán para siempre enterrados en este hoy precioso y recién reformado lugar.
La vida nos es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla (García Márquez)
Disfruto contándote cómo fue la Puerta Martos en mis tiempos, pero me regocijo hoy mucho más contemplando su bella transformación. Doy las gracias a todas las personas que han contribuido para que esto sea una realidad y sirva para el goce y disfrute de todos los torrecampeños/as. Cuidemos y respetemos este lugar.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

SER TIERRA EN MI TIERRA


                                              Foto de José Alcántara en Amigos de Torredelcampo
Cómo me gustaría haber sido tierra en mi tierra y haber podido con mis nutrientes sustentar en los ribazos de los caminos y en las laderas de los torrentes a los cardillos sin dueño, a los majuletos con canute,  a las allozas verdes, y  así detener con esportillas de esparto el hambre de aquellos años de penurias y privaciones.  

Cómo me gustaría haber sido tierra en mi tierra para haber fecundado los granos prestados para la siembra a aquellos desdichados agricultores, y lograr que olas de tersas espigas llegaran a meced el verde trigal, soñando que algún chubasco diera de beber el último vaso de agua a las cañas del sembrado antes de que maduraran las espigas preñadas de granos; granos  que se medirían después por fanegas, cuartillas, y celemines. 

Cómo me gustaría ser tierra en mi tierra y alfombrar de flores nuestra sierra y nuestro cerro. Ser tierra que alimente el tomillo oloroso. Ser tierra cobijada a la sombra de un pino y poder contar las agujas de sus hojas que lentamente van cayendo  al suelo ante la menor brisa serrana.  Ser tierra en La Bañizuela  y contemplar cómo se posan en las ramas de alguna carrasca pajarillos que  sin saberlo gozan en este gueto de una libertad regalada. 

Cómo me gustaría haber sido tierra en mi tierra y llegar a oír fandangos dormidos en besanas de aperaores y muleros, y escucharlos de noche en aquellos cortijos donde los jornaleros desgranaban sus pesares transformados en quejios flamencos, en lamentos que rasgaban el aire avivando los candiles,  con letras donde escondían su desconsuelo de amor y el de su penoso vivir.

Cómo me gustaría haber sido tierra en mi calle, y haberme dejado acariciar  por aquellos niños que jugaban   al marro en el blando barro. Tierra a la que herían hincando aquél palo de punta afilada entre las regueras de temporales incesantes salpicando sus mandilones con el lodo de los charcos,  mezclado a veces con el orín de las bestias que transitaban por entre aquellos perpetuos barrizales.

Cómo me gustaría ser tierra en mi tierra, aunque fuese  tierra herida por las dentelladas del afilado azadón que se hundía bajo los pies de aquellos olivos de amos holgazanes. De amos con pañuelos en los bolsillos de los trajes, de terratenientes que dormitaban en cafés de veladores privados entre tertulias burguesas, donde cuando callaba la palabra dinero sólo se oía el del lamer del cepillo del limpiabotas. 

Cómo me gustaría ser tierra en mi tierra cuando mis huesos se desmoronen, y viajar en un remolino de viento húmedo otoñal envuelto entre vilanos y  paja de aquellas eras de  mi pueblo. 

domingo, 17 de noviembre de 2019

DOLORES DE BARRIGA O RETORTIJONES.



Cuando a los niños en mis tiempos nos dolía la barriga, al día siguiente si persistía el dolor, lo más recurrente era que en ayunas te dieran a beber un par de vasos de agua de Carabaña. <<Dale una purga>> era lo que recomendaba la vecina más experimentada que ya casó a todos sus hijos y que solucionaba este problema  cuando estaban estreñidos. El agua de Carabaña venía envasada en botellas de cristal transparente de medio litro, envase que era empleado después para otros usos, entre ellos el de utilizarlo para que el cabrero a puerta de calle nos llenase de leche directamente la botella desde las ubres de las cabras, y también para medir la ración de vino del cabeza de familia.
Otra de las recomendaciones de aquella vecina para paliar el dolor de tripa sería la de emplear unas friegas con linimento del Tío del Bigote, aquél potingue oloroso que en el frasco aparecía un señor luciendo un enorme mostacho, y una frase: Linimento Sloam, Mata Dolores. Si al tercer día el niño no había evacuado, aquella buena vecina lo más seguro era que ella misma le obligara a la pobre criatura a abrir la boca para que tragara al menos dos cucharadas de aceite de ricino, por más que la abuela del chiquillo se opusiera por los malos recuerdos que esto le traía de un tiempo atrás, de cuando terminó la guerra, (…) y recomendaría mejor emplear una lavativa, de las que se empleaban entonces, con el depósito de agua colgando y la goma con su llave incorporada para abrir y cerrar a medida de la necesidad del usuario.
Y así, con estos remedios se solían aminorar muchos los dolores de tripa de mis tiempos, pero ninguna  de estas soluciones eran eficaces cuando entre los recodos y sinuosidades de los intestinos anidaba la solitaria, pero no voy a extenderme en esto último por lo desagradable que me resulta resucitar escenas tan repugnantes. Pasados los retortijones, y solucionado el problema de la evacuación, todo quedaba en una anécdota que invitaba a la hilaridad ante cualquier comentario, pero cuando el dolor de barriga se presentaba con vómitos y fiebres, sucedía que la familia no podía disimular su preocupación ante el temor de que esos dolores fueran los de la “pendi”, a los que en mis tiempos también llamaban “el dolor del miserere”, o cólico del miserere ya que quiénes lo sufrían si no se diagnosticaba a tiempo no tenían salvación muriendo a los pocos días entre fuertes dolores, fiebres, y vómitos.
Miserere,  que significa en latín, apiádate o ten piedad. Cierro mis ojos y me remonto siglos atrás cuando quiénes lo sufrían recibían la visita del sacerdote entre cánticos en latín implorando misericordia por el que iba a morir, lo que contribuiría a la desazón del agonizante.
La palabra más usada en nuestro pueblo cuando se sufrían retortijones de tripa era la de estar aterquinao, que en la  mayoría de los casos eran por los excesos de tantos y continuos potajes como se consumían en mis tiempos, pero por desgracia no se estaba aterquinao  por comer jamón de Jabugo o por consumir  angulas de Aguinaga, ni tampoco por comer lo que leí una vez en la carta de un restaurante: mar de arroz al toque de azafrán con hilos de mejillón, salpicado con sudor de olivas jiennenses (hubiese quedado mejor con sudor de olivas torrecampeñas) Cuando ahora te atiborras de estas exquisiteces lo más que te puede pasar es que te diagnostiquen gases.
Todo ha cambiado naturalmente a mejor, y es que las levaduras simbióticas, las bacterias, el dióxido de carbono, y hasta el metano que producen nuestros intestinos es de una calidad tal, que cuando salen al exterior llegan a confundirse  con los mejores perfumes, como  el  del parfum chanel nº 5 por poner un ejemplo. En fin, no es cuestión de invitarles a comprobarlo.   
               
   


sábado, 9 de noviembre de 2019

EL REGRESO DE UN LONGEVO EMIGRANTE.



Quiero buscarte hoy en aquél jardín donde soñábamos futuras primaveras mientras veíamos como caía la lluvia a través del ventanal de aquella casa vieja y destartalada con olor a jazmines y brisas de la sierra cercana.

Recuerdo cuando te miraba mientras paseando contemplábamos aquel macizo de rosas de color naranja con los bordes de los pétalos rojos como el color de tus mejillas cuando te sonrojabas. Mirábamos extasiados aquellas flores que tanto te gustaban después de que la lluvia cesara, reparando como el agua se había hecho perlas en sus pétalos y resbalaban sin dejar rastro como gotas de mercurio por su aterciopeladas hojas para luego caer en la tierra mansamente, al tiempo que respirábamos el aire embriagado por el olor de aquellas flores mezclado con el suave aroma que emanaban las coníferas de los setos empapadas de agua primaveral.

Hoy he ido a buscarte a nuestro pueblo en aquél jardín y no te he encontrado. Estoy sentado mirando a través de otros cristales en el mismo sitio donde ya no está aquella casa, bebiendo sorbo a sorbo una taza de café, como la vida ya me bebí sin darme cuenta mientras no te estuve a mi lado. Llueve y veo pasar a la gente corriendo mientras pisan el lugar donde estaba aquél rosal y aquellas rosas que morirían un día cuando lapidaron de cemento aquello que fue nuestro pequeño oasis. Si aquél nuestro rosal existiera, me diría que perdió la cuenta de tantas primeras flores; una por cada más de sesenta primaveras pasadas que quedarían marchitas año tras año, esperando que tú las contemplases, y el rosal, soñando  con mi regreso.

He preguntado por ti y alguien me ha dado tu dirección. Créeme que me he alegrado mucho al saber que estás en la misma ciudad a la que yo deberé de visitar en breve, pues tan solo estoy esperando que me avisen para partir, y sabido donde estás, utilizaré todas mis influencias para adelantar el viaje. Sabes, me han hablado mucho y muy bien del sitio donde te encuentras. Me han dicho que es como otro Shangri-La, de aquella película que vimos juntos hace muchos años en el cine Risán titulada Horizontes Perdidos, ¿te acuerdas?, en donde siempre era primavera y no pasaba el tiempo, y sobre todo reinaba la paz y la felicidad. Bueno…, ya sabes cómo es la gente exagerando las cosas.

Presiento que tú me esperaste y que me seguirás esperando, pues no creo que ese vacío que te dejé llegara a ocuparlo nadie. Si es así, sepas que nunca más me separaré de ti, y viviremos juntos toda la eternidad paseando por bellos jardines como aquél de antaño.

Ahora, te escribo esta carta anunciándote mi pronta llegada. No te puedo decir el día que partiré, ya que me hace ilusión darte una sorpresa, ni el medio que utilizaré que deberá ser muy moderno ya que me han dicho que no puedo llevar equipaje. Escribo el sobre de esta carta con mano trémula, mezcla de la edad y la emoción:
Tu nombre.
Calle: El cielo.
Ciudad: La Eternidad.  
¡Hasta muy pronto amor mío!

domingo, 3 de noviembre de 2019

REBANADAS DE UNA VIDA


ÚLTIMAS REBANADAS DE UNA VIDA.

Yo aprendí a vivir nadando en la pobreza. En mi viajar, no encontré más caminos que senderos abruptos y escabrosos, siempre lejos de mí cuna de madera. ¿Pero tuve cuna? Ni eso creo que tuviera. Aunque sí pueblo, donde se asienta mi querida tierra.
Pronto pasaron los años, como un soplo, como una brisa fresca.

No conté los vientos, ni tantas lluvias y tormentas, conté sólo dos rosas, y viví siempre para ellas, buscando su felicidad,  que no mis soles, pero la prisa por encontrarles mejores edenes ahogó siempre mis ansias de su contemplación. Y malgasté mi vida y mi tiempo, pero ahorré mil sonrisas, lo único que hoy me queda, para gastarlas ahora en el otoño de mi vida, porque quiero que esa risa no prodigada en su debido momento, me la devuelva aquél tiempo para regalarlas  a tan tiernos retallos brotados de aquellas, mis dos rosas, mis nietos.