sábado, 12 de octubre de 2019

EN LA MANIFESTACIÓN POR EL BAJO PRECIO DEL ACEITE.




(Mi primer acto como embajador local, que cuento en despacho y que envío vía valija diplomática)

Tal y como describo casi al principio de mi libro “Cuando la guerra acabe”, los árboles del Paseo del Prado están ya adquiriendo los colores propios de la estación otoñal; el color amarillo se dejaba notar en algunas de las hojas de las ramas de los plátanos de Indias y de las acacias del paseo.

El autobús que me llevaba hasta Cibeles a pesar de utilizar el carril-bus lo hacía muy lentamente. Todos los carriles estaban ocupados por filas interminables de autobuses que se dirigían a la manifestación, lo que impedía una circulación fluida. Desde mi ventanilla iba adelantando a muchos de ellos que claramente identificaban el origen de su procedencia con pancartas y letreros. Allí pude ver a los de Arjona, algunos con ramos de olivo. Otros de Sierra Magina,  y un sinfín más de Andalucía, pero los más, de nuestra provincia, de pueblos algunos muy alejados de la capital.   

Llegado a Cibeles contacté con un amigo que venía en uno de los dos autobuses salidos de nuestro pueblo. Me dijo que estaban en la Glorieta de Atocha, por lo que calculé que ese aproximadamente kilómetro de distancia hasta el final del trayecto duraría al menos veinte minutos. Después de tomarme un café volví hasta el edificio de Correos, hoy convertido en el Ayuntamiento de Madrid y allí me aposenté delante de uno de sus muros viendo como los autobuses  que venían a la manifestación se despojaban frente a mí de toda aquella marea de gentes que sin preguntar seguían a los que les habían precedido.   

Durante el tiempo que estuve esperando muchos de aquellos  no dudaban en preguntarme donde había un bar para achicar aguas con el fin de remediar su acuciante necesidad fisiológica. La próstata maldita, mascullé para mis adentros.

Y allí estuve viendo como aquellas buenas gentes venidas de mi tierra, tenían todos hoy un común denominador, el protestar por los bajos precios del aceite muy por debajo del umbral de rentabilidad, precios que abocan a la ruina de las familias productoras y a las personas que viven del olivar.

Sentí orgullo al ver a la gente de mi pueblo en Madrid para un acto como este. Después de los saludos, en la calle Montalbán se enarbolaron las pancartas y nos unimos a la riada ingente de personas que por la calle Alfonso XII iban clamando una solución, que en este momento todos dan por seguro se va a recrudecer ante las medidas arancelarias que el presidente estadounidense va a imponer. USA abusa, leí en una de las pancartas.

No sé si conseguiremos algo, pero una cosa dejamos clara, el escenificar con nuestra protesta a la opinión pública la grave crisis que atraviesa el sector del aceite, y la de exigir al Gobierno central que defienda los intereses de tantas y tantas familias que viven del sector olivarero, y que esta queja la trasladen a Bruselas, y cómo no, al mismísimo Trump. Faltaría más.

Y la manifestación después de oír a varios oradores en una tribuna ante el Ministerio de Agricultura, se disolvió como empezó, pacíficamente.  A algunos de los nuestros los encaminé hasta el mejor sitio donde se degustan los bocadillos de calamares en Madrid, muy cerca de allí por cierto.

Espero que pronto el mercado del aceite se estabilice, y los precios vuelvan a estar en consonancia al menos de principio con el del coste de producción. Hay muchas familias de mi pueblo esperando que esto suceda, y sobre todo mucha gente temiendo no poder ganar un jornal. El hombre del campo desde siempre ha estado sufriendo, como aquellos de mis tiempos, curtidos todos por lluvias vientos y soles, y siguen ahora sus hijos y nietos  estando ahí de nuevo al pie del cañón, aguantando. ¡Hasta cuándo!    

PALABRAS EN MI NOMBRAMIENTO COMO EMBAJADOR LOCAL




En el magnífico pregón de las fiestas del barrio de San Miguel, que ofreció hace unos días Paqui Alcántara, dijo al comienzo de su alocución: La gratitud es la memoria del corazón.
Y yo, con ese corazón en la mano, te doy las gracias Paqui por haber desmenuzado aquí hoy mi vida, de forma tan elocuente y expresiva, reseñando y profundizando en todos los pasajes de mi historia. Estoy seguro de que al comentar algunas de mis duras etapas vividas aquí en mi pueblo, un cierto halo de tristeza te habrá invadido, al recordar, tal vez a tus padres o a tus abuelos, que de seguro vivieron también en primera persona en aquellos escenarios que a mí me tocó vivir.
Yo, quiero regalarte por tus palabras hacía mí, esta otra frase de Lionel Hampton que dice:
La gratitud se da cuando la memoria se almacena en el corazón, y no en la mente.
Pero yo voy a más, dado que esta gratitud la quiero almacenar en los dos sitios, en mi corazón, y en mi afortunadamente hasta hoy, impoluta memoria.
Muchas gracias.


Señora alcaldesa doña Francisca Medina Teba, señora concejala de bienestar social y nuevas tecnologías, doña Francisca Alcántara Godino, señora concejala de cultura doña Maria Jesús Rodriguez Pegalajar, restantes miembros de la corporación municipal, autoridades, a todos los aquí presentes y aquellos que nos escuchan a través de los medios, señoras y señores, muy buenas noches.

Hace apenas unos días, estando yo haciendo unas de las obligaciones diarias allí en mi tierra adoptiva de las muchas que tenemos los jubilados, en este caso uno de los “mandaos”, durante mi trayecto, en la calle, sonó mi móvil. Correspondía a un teléfono fuera de mi agenda  que estoy seguro de que cuando esto  ocurre, todos mostramos  un cierto recelo y desconfianza. Cuando abrí la llamada, la voz me tranquilizó. Era una voz de mujer que no conocía, una voz sosegada, serena y profunda, cuyo timbre armónico  siendo la primera vez que lo oía me transmitió seguridad.
Era la voz de  Francisca Alcántara Godino (Paqui, como así  gusta que la nombre) anunciándome que había sido seleccionado para recibir el título de Embajador Local de Torredelcampo en unos de los actos programados dentro de los muchos a celebrar en este mes de octubre y que han dado en llamar: Otoño Socio Cultural de las Personas Mayores, y para mayor sorpresa seria esta la primera vez que el Excelentísimo Ayuntamiento de Torredelcampo  otorgaba tal distinción.
Pasados los primeros momentos de sorpresa, esta dio paso en mí a un desconcierto e incertidumbre vacilante. Desconcierto por la confusión, e incertidumbre porque sigo pensando, y no es falsa modestia, que tal vez otros,    torrecampeños o torrecampeñas, pudieran ser más acreedores que yo para ostentar este regio galardón que hoy se me va a conceder, dado que yo, como he repetido  en otras ocasiones, en mi pared no  cuelga ningún título académico que me haga merecedor de ejercitar el cargo como el que hoy se me acredita, el de  desempeñar nada más y nada menos de diplomático, representando a la tierra que más quiero y venero, al pueblo donde vi la primera luz y que a pesar de llevar ausente de él cincuenta y dos años  no he llegado nunca a  desprenderme en ningún momento de ese cordón umbilical que me ha unido siempre con esta mi tierra.
Hechas estas salvedades durante mi diálogo con Paqui Alcántara, terminé aceptando el nombramiento  porque comprendí que era un honor para mí, además de un orgullo llevar este título que hoy se me concede,  puesto que renunciar a él hubiese sido una afrenta no sólo a nuestra máxima institución local, sino a mi pueblo.

Mucha responsabilidad es esta para mí la de ser embajador, ya que por estos poderes que hoy se me confieren, seré a partir de este momento el diplomático de más alto nivel que represente a Torredelcampo fuera de nuestro territorio, y quiero anunciar que para evitar costes al consistorio, mi casa allí en la Comunidad de Madrid se transformará a partir de este momento en la embajada torrecampeña, quedando a disposición de todos los torrecampeños y torrecampeñas que residan en la capital y en sus pueblos, como también, a los que transiten o pernocten, para desde esa minúscula parte de territorio torrecampeño, mi hogar hoy transformado en embajada, solucionarles todos los problemas que se les planteen cuando visiten mi tierra adoptiva.
Allí en esa embajada, la casa de todos los torrecampeños, aprovecharé al mismo tiempo que vayan a solucionar cualquier problema, para pedirles que me hablen de nuestro pueblo, lo mismo que yo hacía recién llegado a Madrid,  yéndome a la estación de Atocha los domingos a esperar el correo para ver si llegaba alguien del pueblo y me contara cosas de aquí. Eran otros tiempos.
Estoy convencido, de que cuando se enteren de la apertura de esta embajada aquellos hijos, o tal vez los nietos de los muchos que se fueron un día de nuestro pueblo y ya no volvieron,  la visitarán,  y querrán que les describa cómo era el pueblo de sus antepasados cuando emigraron.
Con mucho gusto les diré:
Era aquél, un pueblo blanco de cal y de verde campiña en los meses en que las siembras aún no encañadas se mecían y se despeinaban al compás de la brisa de la sierra próxima. Era un pueblo atravesado por un arroyo que nacía en las montañas; de aguas claras y cristalinas, con hierbas aromáticas en sus riberas donde pululaban y aleteaban pajarillos saltando entre los juncos, juncia y  zarzas que lo jalonaban, para luego perderse entre  valles y colinas cuajadas de olivos y  siembras.

Otros de aquellos, me dirán que su abuelo les contó que cuando salió del pueblo lo hizo en tren, y yo les apostillaré:

Cuando yo lo hice, tardé casi doce horas en llegar  en aquél lento y largo convoy  a Madrid, que en cada estación y apeadero iba recogiendo viajeros. Noche aquella de insomnio, con los pasillos atestados de gentes apretujadas y sin calefacción, con ruidos de martillos en cada parada golpeando las ruedas para detectar por el sonido si alguna había aumentado de temperatura. Voces de los que vendían tortas en algunas estaciones como Alcázar de San Juan mientras la gente dormitaba. Olor a humanidad y a zotal. Magrebíes, militares, expediciones de emigrantes rumbo a Europa y un sinfín más de viajeros.     Aquella serpiente interminable de vagones encabezada por una jadeante locomotora  llegó por fin a la estación de Atocha resoplando, como pidiendo perdón con ello por su retraso  y se despojó al momento de toda aquella abigarrada  carga humana, portadores todos de maletas de madera o cartón y paquetes amarrados con cuerdas, mezclándose aquella ingente muchedumbre con los mozos de equipaje y los carros de los ambulantes de correos mientras por megafonía no paraban de anunciar la llegada del tren denominado ómnibus, procedente de Andalucía, todo ello bajo aquella enorme bóveda de la estación, hoy jardín con plantas tropicales.
Con este éxodo, empezó lo que hoy han dado en llamar la España Vaciada, y que tratan de corregir.

Y de esta manera por la embajada de Torredelcampo, irán pasando gentes que vendrán sólo por pisar territorio torrecampeño, y por poder ver la bandera de su pueblo ondeando en mi balcón. Tal vez algunos de estos me dirán que de pequeños fueron a la aceituna a un cortijo, y yo le refrescaré la memoria diciéndole lo siguiente:

Recordarás como yo, hace sesenta años,  al amanecer, nuestras calles se envolvían con los sonidos que producían las caballerías al golpear con las herraduras el suelo, originando un discreto y relajante rumor. Sus ecos y acordes en las frías madrugadas quedaban suspendidos  entre el vaho del relente, casi meciéndose entre la bruma de los gélidos amaneceres aceituneros; después, estos sonidos se iban diluyendo perezosamente a medida que se alejaban los animales. Algunas mulas iban ataviadas con campanillas y en su bambolear al caminar, el grato y placentero tintineo de los refulgentes metales se mezclaban cada mañana con las voces de los aceituneros que partían para los tajos, los rebuznos de los borricos, el ladrar de los perros y los silbidos de sus amos.

Cada amanecer la luz del alba parecía dotar a las gentes de nuestro pueblo de la energía suficiente para una nueva y dura jornada de trabajo. Luego, como ríos caudalosos al principio, arroyos y regueros después, mujeres, hombres y niños se perdían por entre la espesura de los olivares para recoger el fruto en un andar por caminos infinitos y veredas fabricadas por albarcas y alpargatas de lona. 

Y el pueblo entonces quedaba solitario y sordo, con un silencio callado, alterado nada más que por el del tañer de las campanas de la iglesia dando las horarias, y el del ruido también de algún que otro chiquillo jugando solo en la calle porque su amigo con ocho años estaba ya ganando un exiguo, mezquino y miserable “jornal de niño” en la aceituna.

Seguiré diciéndole que ahora las gentes naturalmente no van a los tajos andando. Cada mañana después de sufrir el efecto embudo a la salida del pueblo, las hileras de vehículos que los transportan junto con los remolques se pierden todos por entre la amplia red de carriles que serpentean por todo nuestro extenso término, y  que desde la lejanía parecen dibujar estos senderos en el paisaje un laberinto de arterias y venas superficiales que sirven para dotar al olivar de accesos fáciles para los trabajos.

Y después, y en esto no ha cambiado nuestro pueblo en tiempo de recolección de aceituna, sigue quedándose solitario. Sus prolongados silencios se asemejan engañosamente a las mañanas domingueras donde nadie tiene prisa por levantarse, así, hasta poco antes de morir la tarde en el que el pueblo vuelve a recobrar su pulso cuando las gentes regresan y la aceituna en el molino llega a transformarse antes de ser aceite en un vale.

Y así, supongo será el devenir diario de esta embajada. No faltará quién me pida que le hable de nuestra romería. Y al hablar de nuestra romería, en ese pedacito de tierra madrileña, pero por derecho  torrecampeña , un nudo en la garganta ahogarán todas las palabras que en ese instante quisiera decirle a quien me pregunte, porque recordaré a nuestro querido amigo Manuel Galán Sabalete, persona que nos dejó hace muy poco tiempo y quién un día aquí, en este escenario me impuso esta medalla que luzco con orgullo en mi solapa, la medalla de nuestra Patrona Santa Ana.
Le regalo a él este breve recuerdo de antaño que aquí pronuncié y que alguien muy especial, muy querida y venerada por los torrecampeños y torrecampeñas le hará llegar hasta allí adonde ahora more en un rincón del Cielo:

A él van estas palabras;

Soy del campo, soy de pueblo, soy viento aceitunero,
viento de sierra y espliego, de verde olivar y de espigas añoradas, pueblo blanco, pueblo mío, pueblo  de parvas olvidadas, soy, aceituna en diciembre cuando la cubre la escarcha, y tallo de romero en mayo, en el trono de mi santa.

Soy del campo, soy labriego, nunca trovador ni poeta,
si  mudos sentimientos  expreso, en un papel con mi letra,
es pasión de un torrecampeño que vive lejos, en otra tierra, soy, arrogante jornalero de camisa de lienzo en brega, que con albarcas y alpargatas, hizo caminos y veredas.

Y así, entre charlas y recuerdos  además de las obligaciones propias de un embajador, me dará tiempo todavía para seguir soñando, aunque sea estando despierto, como estos sueños otoñales que escribí hace tan solo unos días, sueños que publiqué pero que hoy quiero regalaros a todas las personas que habéis acudido a este acto en este día de otoño:

Quiero soñar que estoy despierto y caminar estando en mi pueblo por intrincadas cañadas de álamos amarillos, y percibir las caricias de húmedas bocanadas de viento otoñal.
Quiero soñar que estoy despierto y llegar a poder dormir en aquél cortijo de chimenea y candil, de pajar como alcoba, y oír en noches oscuras el lamento de los mochuelos mezclado con el del ulular del viento.
Quiero soñar que estoy despierto y llegar a ser grano de trigo en la simienza, ser tierra que lo arrope con la vertedera del arado, y agua otoñal que empape los surcos fabricados en aquellas exiguas besanas.
Quiero soñar que estoy despierto y elaborar sueños de niño con miedos a leyendas ancestrales, miedo a la palmeta de aquél aprendiz de maestro, a la leche en polvo de aquél colegio, y miedo a no encontrar jornal en aquella plaza.
Quiero soñar que estoy despierto porque quiero ser flor otoñal en aquél añorado jardín de mi infancia, y poder contemplar los pétalos aterciopelados de sus rosas después de que la lluvia acunara en ellos gotas de plata cristalina.
Quiero soñar que estoy despierto y llegar a encontrar en los campos de mi pueblo a la Flor del Año para contar los granos de su fruto y así valorar la cosecha de cereal venidera, pero ni por asomo quisiera tropezarme con la flor de la mandrágora, planta que siempre he respetado por sus leyendas recelosas, ya que cuentan que donde mora, hasta las olivas, medrosas ellas, llegan a abrazarse en noches oscuras y tenebrosas.
Quiero soñar que estoy despierto y respirar el aroma de la tierra mojada, el del hinojo de los caminos, el del polvo hecho barro de aquella era, y el de aquél inconfundible olor a lapicero de cedro de mi escuela mezclado con el tufo a humanidad en una tarde gris, fría, y otoñal.
Quiero soñar que estoy despierto y poder oír el casi desaparecido canto de la perdiz retumbando al alba en las cañadas y en los valles, y también percibir el dulce murmullo de los pajarillos aleteando en regajos salpicados de higueras, nogueras, y zarzas mientras buscan a esa hormiga de ala que vuela libremente, y no a aquella prisionera en la trampa de una “costilla”.
Quiero soñar que estoy despierto y encontrarme en aquella huerta donde me bañaba en mi infancia. Observo en mi sueño que no navega en la alberca aquél barquito de papel, y sí hojas mustias del manzano y del melocotonero cercano que siguen durmiéndose a los acordes del agua cayendo en la poza.
Quiero soñar que estoy despierto y adentrarme en el bosque de La Bañizuela, porque quiero ser madreselva trepadora por el tronco de un quejigo, y desde allí, contemplar las llamaradas de los colores del zumaque y los variados tonos de la sierra que se viste con el color de la lumbre en este tiempo de otoño.
Quiero soñar que estoy despierto, pero duermo sin querer despertar. Disfruto de un sueño profundo soñando con paisajes y pasajes vividos en nuestra tierra, y es que reconozco que me gusta soñar que estoy en mi pueblo.

Queridos amigas y amigos, en mi poder las credenciales que se me otorgan, y seguro de recibir en pocos días el placet de la autoridad competente madrileña, la embajada de Torredelcampo queda inaugurada con el permiso de la corporación local, por lo que a partir de este momento este humilde embajador se pone a disposición de todos los torrecampeños y torrecampeñas allí en la Comunidad de Madrid.
Yo espero y deseo que las relaciones entre Torredelcampo y Madrid sean siempre amistosas, pero si por cualquier circunstancia llegaran algún día a tensarse, y después de agotadas todas las vías diplomáticas, confio que no lleguen al extremo  tal, que nuestra alcaldesa llegue a tener que llamarme a consultas.
Doy las gracias, cómo no, a ella, a nuestra alcaldesa Francisca Medina Teba, a la concejala de bienestar social y nuevas tecnologías, Francisca Alcántara Godino, y a todos los miembros de la Corporación del Ayuntamiento de Torredelcampo por este título que se me concede.
Estad seguros de que voy a representar y defender los intereses del pueblo de Torredelcampo aportando para ello todo mi esfuerzo, además de la dedicación y entrega necesaria para desempeñar con honor el título que hoy se me otorga. Os prometo que os tendré siempre al corriente a través de mis despachos vía valija diplomática.
Por último decir, que de lo único que me beneficiaré de este cargo, si me lo permitís, será el de utilizar la valija diplomática referida. Valija que me servirá para llevarme a Madrid lo mejor que produce nuestra tierra,  aceite, y cómo no, el cariño de mi pueblo, y el de todos vosotros que estáis hoy aquí, pero claro, tantos afectos y muestras de cariño recibidos, estoy seguro, no cabrán en esa valija por muy grande que ella sea.
Muchas gracias a todos por haberme acompañado en este acto. Gracias de todo corazón.





lunes, 30 de septiembre de 2019

CONFESIONES


Hace mucho tiempo… ¿cuánto? No quiero echar cuentas, digamos que hace un puñado de años que dejé aquél tiempo donde no tenía tiempo para nada, siempre con el corazón a todo gas, con el sonido del teléfono multiplicando mis latidos y robándome el sosiego, con la adrenalina fabricada a diario en cantidades industriales motivado por el agobio y el estrés del trabajo; préstamos, créditos, balances, productos, objetivos,  ¡ay que no llego!, ¡ay que me falta tiempo!, y en esa vorágine de horas regaladas, de parte de mi vida robada a los míos en pos de una cuenta de resultados de la que no era propietario, yo soñaba siempre con la tranquilidad placentera de mi pueblo, y eso serenaba mi estado de ánimo.
En situaciones así, anhelaba que llegara el día que pudiera tranquilamente recoger todos mis recuerdos de mi infancia y pubertad que dejé  en ese mí querido pueblo, Torredelcampo, repartida aquella niñez por callejuelas de lunas empedradas, y calles de barro y charcos que casi siempre desembocaban en trigales y olivos.  Anhelaba caminar de nuevo en su amplio término por sus infinitas veredas  de  albarcas y alpargatas, y por aquellos  parajes de suaves colinas salpicadas de olivos y sembrados acariciados por la brisa de la sierra, vigía esta de un paisaje que se perdía entre las brumas difusas de los inviernos y las flamas de tórridos veranos, y poder, llegado ese día, fabricar con las palabras todas las estampas vividas por mí, en mi niñez y en mi pubertad en aquellos difíciles pero dulces años afincados en nuestra querida tierra, vividos entre la  ternura de mis seres queridos y las aventuras y  juegos que compartí con mis amigos de la infancia.
Ese día llegó,  y una vez que logré poder adaptarme a mi nueva vida,-confieso que me costó- no quise caer en la soledad y en el aislamiento y cambié los números del debe y del haber por las letras, buscando refugio en aquella afición que desde siempre había estado  dormitando en mi ser, que no era otra que la escritura.
Escribí al comienzo de mi jubilación cosas insustanciales con el solo fin de alimentar mis sentimientos, entre otras,  algunas cartas que tendría que haber escrito a alguno de mis jerarcas durante mi vida laboral, y que aún hoy sin haberlas llegado a franquear, me  siguen sirviendo de terapia cuando las releo. Y nos la mandé en su debido tiempo porque debo de confesar que  anduve receloso ya que en una ocasión tratando de mejorar el acondicionamiento de una oficina formulé una queja al departamento correspondiente. La carta, la adorné ajustándome a la verdad con toda clase de pormenores, pero redactada con mi modo tan peculiar y tan minucioso en la descripción de todos los detalles,  algunos acompañados de breves pinceladas de sarcasmo e ironía.  Hubo una filtración y mi misiva se repartió como fuego en un rastrojo por todas las sucursales, no sólo de Madrid, sino  del resto de España.  Tuve muchos disgustos por ello, y he de confesar que fueron a por mí, pero tal vez mi expediente impoluto frenó los deseos de una celebridad bancaria que dormitaba en el panteón de hombres ilustres de aquella siniestra torre ubicada en el Manhattan madrileño.
 Así pues,  después de  aquél experimento con las letras, mermaron mis ansias  de seguir escribiendo, y en mis comunicaciones con mis superiores a partir de entonces procuré ser parco en palabras sin llegar al excentricismo, pues no llegué nunca a anteponer en las despedidas  “Es gracia que espera obtener del recto proceder de V.I., cuya vida guarde Dios muchos años”, al más viejo y rancio estilo burócrata de tiempos atrás, cosa que le hubiera gustado a más de un carca financiero conocido por mí, como aquél de cuyo nombre no quiero acordarme que le gustaba colgar  su nombre en letras doradas en la puerta de su despacho.
Muchos sabéis que llevo escritos tres libros: Cuando los olivos lloran, Cal negra y Cuando la guerra acabe, pero siempre, en el interludio de cada una de mis obras yo seguía y sigo escribiendo recuerdos y reflexiones todas de mi pueblo, relatos que estoy compartiendo desde hace tiempo en este portal de: “Amigos de Torredelcampo”, historias que no las hago mías, pues salieron de mi pueblo taladradas en mi memoria y a mi pueblo las devuelvo y las dono a todos los torrecampeños/as merecedores de conocer las costumbres y la manera de vivir de una época pasada. ¿Cuánto daríamos muchos por conocer de forma pormenorizada nuestro pueblo, sus gentes y sus tradiciones, de  dos siglos atrás?
Nada más amigos, hoy ya sabéis algo más de mí. Escribir ya lo he dicho en otras ocasiones, es como desnudarse delante de todos ¡Jo… ¡ Con los años, hasta estoy perdiendo el pudor.

ESTAMPAS EN BLANCO Y NEGRO DE UN TIEMPO PASADO



(Hay días como el de hoy que mi estado de ánimo me invita a conocer al niño que fui)

Llueve. Por la chimenea se cuelan algunas gotas que caen en la lumbre produciendo un sonido bronco al hervor del agua en las ascuas. El niño que acaba de levantarse se ha lavado la cara en una palangana llenando sus manitas con agua y restregando esta sobre su rostro. Un puchero de barro con la tapadera a la que le falta un trozo lleva rato roncando en el fuego mientras que por el hueco roto fluye un chorro de vapor cuyo olor inconfundible a café de cebada tostada inunda la cocina de la casa. La abuela que molió en un aparato de mano el sucedáneo de café, recoge ahora con una escoba de palmito la hojarasca que se ha esparcido por la estancia a la hora de encender el fuego mientras que el niño observa entretenido como van cayendo gotas y más gotas de agua en la lumbre.  
Poco después, el padre que había estado echando un pienso a las bestias en la cuadra próxima a la cocina, corta pan en finas lonchas y se las da a su mujer que las deposita en una sartén con aceite hirviendo. El humillo característico a pan frito se mezcla con el del puchero y levanta el apetito del niño que no tarda en degustar dos picatostes sopados en un tazón repleto del negro brebaje. Son pobres, y por este motivo la leche no entra en su casa nada más que cuando alguno de ellos está enfermo.   
El niño con pantalón corto y un jersey o saquito de cadenetas que le tejió la abuela, se dispone a ir a la escuela, pero antes, se ha calzado unas botas de cuero que le hizo a medidas bastantes holgadas el año pasado el zapatero a las que  su madre acaba de limpiar y sacar brillo con un líquido rojo llamado dandy. La abuela mientras que el niño protesta, trata en vano con agua y un peine en doblegarle el anárquico flequillo que es lo único que mantiene en su rasurada cabeza donde se le observa alguna cicatriz como consecuencia de alguna pedrada o caída.
El niño sale corriendo a la escuela no muy distante, mientras que la madre desde la puerta observa como en su carrera hace paradas para esquivar el lodazal de la calle que a rodales es intransitable por el atascadero producido en el barro debido al transitar de las caballerías.
Sigue lloviendo, así lleva desde hace dos semanas. Los temporales se suceden mientras que el aire del “derecho” sigue emitiendo agudos silbidos chimenea abajo consiguiendo a veces que el humo recule hasta la sala; humo que agradecen algunas morcillas y chorizos que cuelgan en hilera sobre un palo horizontal al techo que las sostiene.
El padre del niño aprovechando que ha amainado la lluvia  saca  la mula de la cuadra y se dispone a ir a por agua a la fuente. Regresa con seis cántaros de barro sostenidos en unas aguaderas en los lomos del animal. Después de meter los cántaros en la cantarera introduce de nuevo la caballería en la cuadra. La mujer protesta a gritos cuando la mula a su paso por la casa camino del establo va soltando olorosas boñigas. La abuela trata de calmar los ánimos de su hija prestándose de inmediato a recoger los excrementos con un badil.
Un “eeehhhh” se oye más tarde desde la puerta de la calle, a lo que el padre del niño  responde desde dentro con un “iiiioooohhhh” más vociferante dando por identificado al del “eehh” y permitiéndole con ello la entrada. El visitante accede y a pesar de ver al dueño de la casa haciendo pleita al calor de la lumbre, le pregunta con una consabida frase torrecampeña para salir del paso << ¿Qué haaases?>>  <<Mira, aquí etoy>> le responde el que hace pleita con este otro dicho muy recurrente también y muy torrecampeño. Los dos son buenos amigos y ahora dentro de un rato apurarán  su escueta ración diaria de vino que al mediodía viene a ser nada más que un par de vasos, mientras disertan sobre su mala suerte y de las penurias pasadas en la guerra, desahogándose a veces porque  allí nadie les puede oír, con comentarios siempre contrarios al régimen político establecido.
Se oyen gritos de mujeres en la calle y todos de forma precipitada se dirigen al exterior. Tres casas más abajo, una niña de apenas un año acaba de morir. Llevaba enferma desde hace unos días con la gripe. A este brote contagioso en el pueblo le llaman La Campanera. Las vecinas se agolpan en la puerta de la finada, y dentro de la casa las mujeres y familiares de la fallecida siguen gritando hasta desgañitarse. A la niña muerta la acuestan en la cama vestida de blanco sobre una almohada reclinada.   
El niño ha regresado del colegio y observa junto con otros niños desde la ventana que da a la calle a la niña que yace sobre la almohada en el lecho de sus padres. Su cuerpo ahora lo protege una manta de cuadros, no así sus blancas manitas entrelazadas que reposan sobre el cobertor. La desmesurada blancura del rostro de la niña muerta sobrecoge a aquellos chiquillos que miran por la ventana y a los que alguien de malas maneras les ha ordenado marcharse.
A la hora de la comida en la casa del niño no hay más que caras largas. La tristeza se ha apoderado de la familia. La abuela no hace más que invitar al chiquillo una y otra vez a comer, a que meta la cuchara en una fuente de cerámica con filigranas azules, remendada y grapada por el “lañero”, repleta esta de garbanzos, pero al niño se le han quitado las ganas de comer después de ver a la niña muerta, e intenta contentar a la abuela diciéndole que se desquitará en el postre; postre que siempre es el mismo todos los días y que consiste en unas hojas de lechuga a trozos, sal, un poco de aceite, vinagre, y agua hasta llenar un reducido tinajón donde todos meterán como en la comida anterior la cuchara en una especie de carga y descarga continua. A este postre le llaman “ensalá”.
Sigue lloviendo y los chiquillos no salen a jugar a la calle. Debido a la incesante lluvia lleva un tiempo que no se oye la voz del trapero, ni el de la cal con sus borricos, ni tampoco el de la miel de caldera. Tan solo hoy se ha escuchado a la mujer que de casa en casa va anunciando la hora y el día de la misa de un difunto, y la de la “viasacra”.
Por la noche el padre del niño ha llevado leña a la casa de la lactante muerta, la necesitarán para calentarse los pocos dolientes que velen a la criatura difunta. El niño se ha acostado y se acurruca en su colchón de farfolla. La imagen de la niña  aparece en su mente de forma constante. Mañana vendrá el cura y el sochantre a por ella,  y se la llevarán para enterrarla dentro de una cajita pintada de blanco con los bordes de purpurina dorada. La llevarán hasta el cementerio en unas angarillas entre cuatro personas. El niño está acostumbrado a ver entierros de chiquillos que mueren casi a diario y teme que el siguiente sea él. La música de las canales y la sinfonía del aullar del aire en el exterior, hacen que el chaval, al rato de tan malas cavilaciones, caiga rendido en los brazos de Morfeo.
Mañana será otro día con más o menos detalles que merezcan ser contados. Otro, como muchos de aquellos en los años cincuenta vividos por mí en Torredelcampo, mi pueblo. Espero que nadie crea o pueda pensar que vivo anclado en el pasado y que no saboreo  el presente. Fui feliz viviendo momentos como los referidos, y muy feliz contándotelos a ti.

SUEÑOS OTOÑALES




Quiero soñar que estoy despierto y caminar estando en mi pueblo por intrincadas cañadas de álamos amarillos,  y  percibir  las caricias de húmedas bocanadas de viento otoñal.

Quiero soñar que estoy despierto y llegar a poder dormir en aquél cortijo de chimenea y candil, de pajar como alcoba, y oír en noches oscuras el lamento de los mochuelos mezclado con el del ulular del viento. 

Quiero soñar que estoy despierto y llegar a ser grano de trigo en la simienza, ser tierra que lo arrope con la vertedera del arado, y  agua otoñal que empape los surcos fabricados en aquellas exiguas besanas.

Quiero soñar que estoy despierto y elaborar sueños de niño con miedos a leyendas ancestrales, miedo a la palmeta de aquél aprendiz de maestro, a la leche en polvo de aquél colegio, y miedo a no encontrar jornal en aquella plaza.    
Quiero soñar que estoy despierto porque quiero ser flor otoñal en  aquél añorado jardín de mi infancia, y poder contemplar los pétalos aterciopelados de sus rosas después de que la lluvia acunara en ellos gotas  de plata cristalina.

Quiero soñar que estoy despierto y llegar a encontrar en los campos de mi pueblo a la Flor del Año  para contar los granos de su fruto y así valorar la cosecha de cereal venidera, pero ni por asomo quisiera tropezarme con la flor de la mandrágora, planta que siempre he respetado por sus leyendas recelosas ya que cuentan que donde mora, hasta las olivas, medrosas ellas, llegan a abrazarse en noches oscuras y tenebrosas.  
  
Quiero soñar que estoy despierto y respirar el aroma de la tierra mojada, el del hinojo de los caminos, el del polvo hecho barro de aquella era, y el de aquél inconfundible olor a lapicero de cedro de mi escuela mezclado con el tufo a humanidad en una tarde gris, fría, y otoñal.    

Quiero soñar que estoy despierto y poder oír el casi desaparecido canto de la perdiz retumbando al alba en las cañadas y en los valles, y también percibir el dulce murmullo de los pajarillos aleteando en regajos salpicados de higueras, nogueras, y zarzas  mientras buscan a esa hormiga de ala que vuela libremente, y no a aquella prisionera en la trampa de una “costilla”.  

Quiero soñar que estoy despierto y encontrarme en aquella huerta donde me bañaba en mi infancia. Observo en mi sueño que no navega en la alberca aquél barquito de papel, y sí  hojas mustias del manzano y del melocotonero cercano que siguen durmiéndose a los acordes del agua cayendo en la poza.

Quiero soñar que estoy despierto y adentrarme en el bosque de La Bañizuela,  porque quiero ser madreselva trepadora por el tronco de un  quejigo, y desde allí, contemplar las llamaradas de los colores del zumaque y los variados tonos de la sierra que se viste con el color de la lumbre en este tiempo de otoño.

Quiero soñar que estoy despierto, pero duermo sin querer despertar. Disfruto de un sueño profundo soñando con paisajes y pasajes vividos en nuestra tierra, y es que reconozco que me gusta soñar que estoy en mi pueblo.

lunes, 2 de septiembre de 2019

A MANUEL GALÁN SABALETE, IN MEMORIAM.



Hoy Santa Ana no ha bajado a su ermita. Hoy se ha quedado en el Cielo. Vestida de luto está, lo dice su manto negro. De luto está la ermita, de luto se  ha vestido el cerro. Hasta la campana si tañe, lo hará tocando a muerto. Una moribunda rebanada de luna en la noche,  sirve como sudario al cielo. Se masca el dolor en las calles, en las calles de mi pueblo. Ha muerto un buen hombre, ha muerto un hombre bueno. Manuel Galán se llamaba,  el que ahora golpea las puertas del Cielo. Y Santa Ana le sale al paso a este buen torrecampeño, y exclama con voz rotunda, con voz rotunda a San Pedro, las palabras que siempre emplea cuando muere un torrecampeño: Déjale pasar San Pedro, que por su acento lo he conocido, que viene de Torredelcampo y tiene favor concedido. Y la Niña que está llorando, le dice al de las llaves, al de las llaves del Cielo: Éste es el que cuidaba de nosotras, allí en la ermita, allí en el cerro. El que nos ponía la mesa con bordados manteles blancos, con mucho amor, con mucho mimo, con mucho esmero. Mesa ungida con el mejor de los perfumes, con el perfume de Dios, que no es otro que el  incienso.  

Adiós amigo Manolo, desde la distancia te mando un abrazo, como aquellos que nos dábamos cuando nos veíamos en el pueblo. No sé cuánto medirá desde donde me encuentro hasta el Cielo, pero me he encomendado a Santa Ana y sé que Ella te lo hará llegar pues siempre cumple mis ruegos.

Hoy, Santa Ana no ha bajado a su ermita. Hoy, se ha quedado en el Cielo.


Habrá otras romerías, pero aunque nadie los vea, los cetros lucirán crespones negros en recuerdo de Manuel Galán Sabalete, estoy seguro de ello.
Comparto el dolor de una familia, y comparto el dolor que hoy sufre mi pueblo.  

Y SIN QUERER LLOVER




La tierra cruje al son de mis pisadas. Es un sonido ronco y áspero que producen los pequeños terrones al peso de mi cuerpo mientras camino por el sediento olivar. Algunos de estos terrones como si fuesen de azúcar se  desgranan, otros en cambio se hunden bajo mis pies buscando acomodo en la reseca tierra.

Observo como las angustiadas olivas estiran sus brazos al cielo  suplicando para que éste derrame el agua que calme la sed de varios prolongados meses de sequía. Las ramas, otros años, doblaban sus vástagos por el peso del fruto mostrando orgullosos el verde de sus relucientes aceitunas. Este año, todas las olivas de mi pequeño olivarillo casi desnudas de frutos esconden vergonzosas a algunas raquíticas y arrugadas promesas que se sostienen a duras penas colgadas de sus tallos como los pendientes en la oreja de una leprosa. A su vez, les dan escolta a estas arrugadas aceitunas, un nutrido grupo de frutos deformes del tamaño de enanas majuletas pintadas muy tempranamente de color violáceo que caerán muy pronto al suelo repudiadas por las orgullosas olivas.

Es media mañana y las cigarras han comenzado su cántico cansino y chirriante otro día más del mes de agosto. Hace un calor de rastrojo. Un remolino de polvo casi moribundo, eleva algunas hojas secas al cielo que vuelven a caer después de su corto viaje en carrusel. No se oye como en otros tiempos el arrullar de las tórtolas, ni el canto alegre de la perdiz, sólo un tractor a lo lejos emite gemidos de hierros quejumbrosos al compás del resoplar de su motor. Las olivas pintadas de un verde sucio, pimiento en vinagre, mezclan su tonalidad  con el amarillo achicharrado y predominante de los ribazos y de algunas colinas sin roturar, mezclándose este amarillo pálido de muerto con el verde indecoroso producido por la sequía  en los olivares. Estos son los colores predominantes del paisaje.

Mientras camino por el olivar observo la profundidad de las grietas que cuartean el suelo trazando en toda su superficie un desordenado sinfín de hondas cicatrices. Veo una pequeña mata de correhuela endeble y enfermiza que nace en las paredes de una de estas grietas. Es un milagro ver como sobrevive, y de cómo una sola campanita con su color blanco  inmaculado alegra mi vista y aviva mis recuerdos. Será descendiente de aquellas correhuelas que tejían y vestían el suelo del olivar siendo niño que yo recogía para alimentar a los conejos del corral de mi casa. Ya no hay correhuela, ni grama, ni carrizos, todo ha desaparecido, hasta el enorme chopo del olivar lindero con su charquito de agua siempre bajo su tronco donde abrevaban las bestias y donde don Antero Jiménez, nuestro poeta, iba a espantar, que no a cazar tórtolas.

Ya no grazna el grajo que habitaba en lo alto del mencionado chopo, ni veo chozas de meloneros, sólo olivas con sus hojas arqueadas en forma de teja por la sed con canijas varetas en sus troncones del tamaño de los espárragos roídas la mayoría por hambrientos conejos. Al pasar por una de estas olivas, la más apreciada por mí, donde solíamos poner mi padre y yo el hato, quiero percibir su lamento suplicándome que la ayude, pero no puedo hacer nada por ella, tan solo pedirle al Cielo que llore de una vez, que derrame agua sobre su reseco tronco y sobre las grietas de su fosa. Acaricio las ramas de esta oliva y quiero fundirme con ella lo mismo que con todas en un abrazo de mortaja. Como despedida, para refrescarla, de manera alegórica, no puedo hacer más que prometerle que mojaré sus labios sedientos con la tinta de estas letras.

Ya lo dijo don Antonio Machado:

¡Viejos olivos sedientos 
bajo el claro sol del día, 
olivares polvorientos 
del campo de Andalucía! 

Mi súplica se renueva otro año más:
¡Que llueva! Pero que llueva agua virgen extra sobre los campos sedientos de nuestro pueblo, campos de Torredelcampo.