lunes, 12 de diciembre de 2022

MIS DOS PUEBLOS.

 

Mi humilde contribución al 37 Otoño Sociocultural para Mayores, 2022

Torredelcampo, años 50

Aquél pueblo de tapias y corrales, de viejos tejados curvados, de calles que morían entre trigales abrileños y rastrojos calcinados, de eternos temporales donde el viento aullaba en las cámaras dibujando sombras bamboleantes en sus muros y atrojes,  y donde por la noche, el ruido de alguna teja al estrellarse contra el suelo de la calle hacía espantar a los gatos y despertar a los niños lactantes.

Aquél pueblo de calles intransitables, de barrizales traqueteados por el paso de las bestias donde en los hoyos de las herraduras bebían los gorriones, los niños jugaban al “marro”  y hasta la luna se peinaba en el pequeño espejo redondo de su agua.

Aquél pueblo de ataúdes blancos llevados en angarillas, de lutos perpetuos, de novias enclaustradas vestidas de negro, de radios mudos, donde hasta la cal por ser blanca era castigada cuando moría el abuelo.

Aquél pueblo de casa de socorro de vendas, grapas, y alcohol, de despachos locales en los que se tramitaba la beneficencia por triplicado adhiriendo a los impresos los timbres correspondientes, y de ambulancias cuyas sirenas era el claxon del taxi que el enfermo tenía de pagar.     

Aquél pueblo de contados festejos, donde aquellos pulidos mármoles de los veladores de las tabernas nunca llegaron a mancharse con algo que le gustase al perro. 

Aquél pueblo de ajuares bordados en bastidores con los caros hilos multicolores de la paciencia labrados por primorosas casamenteras mientras esperaban la carta con la licencia del novio; todas aquellas cartas, me constan, llegaron a su destino, tan solo se perdió aquella que aquél no escribió.

Así era mi pueblo en los años cincuenta.

Hoy, Torredelcampo, es un pueblo moderno, de amplias avenidas, de recoletas plazoletas con cantarinas fuentes, con espacios para el recreo y paisajes pintorescos. Un pueblo acogedor que gusta de celebrar de manera participativa sus incontables fiestas. Así veo yo ahora a mi pueblo, y así vi y viví en aquél otro que relato.

Si alguien me pregunta que con cuál de los dos pueblos descritos me quedo, diré que con este que ahora disfrutamos, aunque traería si pudiera a aquellas gentes que habitaron en el primero, gentes de honor y de palabra, valores pocos practicados por una buena parte de la sociedad actual. A esas buenas gentes, algún día, alguien las verá en el metaverso dando lecciones de nobleza y rectitud. Que no tarde eso en llegar pues hay gente muy necesitada.  

HISTORIA TENEBROSA.

 


Relato para contar en estas fechas.

Esta historia que voy a relatar no es un cuento inventado, es el testimonio de un hombre que desde hace mucho tiempo ya no está entre nosotros y que a no ser porque en vida fue una persona  seria y formal, yo, ni cualquiera,  hubiese dado por válida esta historia, pero he de admitir que dada su reconocida sensatez, más el grave tono de voz empleado cuando me lo contó acompañado por sus continuas miradas para ver si en mi observaba cualquier atisbo de incredulidad, he de confesar que di por cierto aquello que hoy voy a revelar ocultando la identificación de esta persona ni el paraje donde me dijo ocurrió, pero  eso sí, recreando las situaciones acorde con los escenarios de cuando acaeció este suceso y que según él fue a finales de los años cuarenta.

Esto me contó:

Era tiempo otoñal y la simienza estaba ya muy avanzada cuando le tocó a este hombre ir a la campiña a sembrar la finca de un amigo de su padre que estaba convaleciente de una enfermedad. El dueño de la finca gozaba de una posición económica en aquellos tiempos más que aceptable, (en torrecampeño, un veguero) y agradeció el favor de que se prestase el hijo de su amigo a irse a su cortijillo a pernoctar al menos cinco o seis días para realizar la siembra, y más cuando el protagonista en cuestión llevaba casado tan solo unos meses.

Al alba, una madrugada del mes de octubre se personó en casa del amo de la finca, quién sacó de la cuadra una yunta de mulas y una borrica. Aparejó los animales. Una de las mulas la cargó con el arado, el “ubio”, el “injero”, las colleras, y la “arrieta” donde dentro de ella iban el “bitobí” y el cebero; en la otra mula cargó el grano para sembrar y la cebada para el pienso de los animales. La borrica donde iría él montado llevaba el serón albergando el pan y demás viandas que le había preparado con mucho cariño su flamante esposa.

Media hora después de haber pasado por El Berrueco llegó al cortijillo que este hombre conocía por haber estado una vez segando cerca de él. Después de meter el grano y el resto de los enseres bajo techo, ensambló el arado, unció la yunta y se dirigió a la tierra que iba a ser sembrada llevando al hombro un morral con la simiente y una azadilla que le ayudaría a señalar con unas cavadas los trechos donde desparramaría el grano. A continuación marcó la besana al fondo de la finca con trazos los más rectos posibles dado que  su forma geométrica era rectangular. Después de una hora de trabajo paró. Miró su reloj, era aproximadamente las dos de la tarde. Desunció a los animales y les echó un pienso en la “arrieta”, almorzó un panaseite que le supo a gloria y cavó los “cuchillos” de dos majanos en zona arada mientras los animales devoraban su alimento. ¡Qué lejos está el pueblo!, se dijo para sí, solo he podido trabajar una hora y son casi las tres de la tarde. Después de dos cortos recesos “revesos”, las sombras iban poblando poco a poco la campiña y optó por dar de mano. Un viento muy húmedo del “derecho” en cortas ráfagas le acariciaba la cara. Se encaminó al cortijillo, cogió una cuba de metal y a la borrica que la había dejado trabada en las inmediaciones de la era y se dirigió al cercano pozo para que abrevaran los tres animales. Era ya de noche cuando colocó la estaca que atrancaba por dentro la puerta de entrada del cortijillo. Había refrescado por lo que decidió encender el fuego en la chimenea con unos palos y ramas de olivo secas que estaban amontonadas en una de las alas de la pequeña cocina. Encendió un cigarro y bebió varios tragos de vino de una pequeña garrafa que su mujer le había proporcionado, gesto que le agradeció al tiempo de despedirse. Después de calentar una fiambrera que contenía “papas en caldo”, cenó el contenido de la misma, se fumó otro cigarro y se dispuso irse a dormir no antes de echarles un pienso a las bestias. El cortijillo disponía de dos habitaciones en la parte superior. Una de ellas tenía un catre con una saca de paja y en él se dispuso a dormir el tiempo que durara su trabajo arropado con una manta. Cuando sopló a la llama del candil, la oscuridad invadió la habitación, solo se dejaba ver a través de la rendija del ventanuco que daba al exterior una liviana e imperceptible claridad. No tardó en quedarse dormido. El runruneo monótono de los animales comiendo en los pesebres invitaba a ello además de que el día había sido agotador.

No llevaría más de una hora durmiendo cuando un fuerte golpe en el piso de abajo le despertó. Encendió el candil y bajo presuroso las escaleras. Los animales habían dejado de comer y estaban con las orejas tiesas, pero al verlo, pareció tranquilizarles pues optaron por agacharlas. La cuba de metal que estaba colgada en una de las estacas de la pared es de suponer que por la inclinación del palo se había caído al suelo y era lo que había originado el estruendo. Buscó otra estaca más segura donde colgó de nuevo la cuba y volvió a acostarse. Ahora, el viento aullaba en el exterior y golpeaba los viejos cuarterones de la ventana de la habitación.

No era receloso pero el incidente de la cuba más el ruido del viento le hacía dar vueltas y más vueltas en la saca de paja sin poder conciliar el sueño. De pronto, otro golpe esta vez más fuerte que el anterior se escuchó de nuevo en la planta baja. Encendió nuevamente el candil y bajó esta vez las escaleras lentamente como temiendo algo inesperado, y más cuando se percató de que las sombras de la pobre luz del candil al proyectarse en las paredes bailaban al compás de sus movimientos dibujando figuras fantasmagóricas. Llegado a la planta de abajo observó que los animales estaban  esta vez en un rincón de la cuadra apretujados y emitiendo resoplidos. De nuevo la misma cuba estaba en el suelo, y esto le extrañó dado que antes colocó el asa de ella al final de la estaca casi rozando la pared. Recogió el recipiente y optó por no dejarlo colgado en la estaca, sino que lo dejó en el suelo. Observó que todo lo demás estaba en orden y tranquilizó a los animales a los que les echó el último pienso de la noche. Después de esto se encaminó de nuevo a la habitación donde intentaría dormir. Antes de llegar a las escaleras le pareció atravesar un espacio congelado, pues un frio intenso se apoderó de él acompañado de una sensación de miedo que crecía cada vez más. Empezó a subir los peldaños con el candil en la mano y  quedó estático unos segundos al descubrir una sombra en el rellano próximo a la habitación. Era como la figura de una persona que parecía estar esperándolo. El corazón empezó a latirle fuertemente y hasta creyó oír sus palpitaciones. Aquellos segundos de incertidumbre fueron eternos para él. No lo pensó, en tropel, casi de un salto, volvió hasta la planta de abajo y precipitadamente abrió la puerta del cortijillo porque quería estar fuera de sus muros. Una ráfaga de viento pareció sacarle de su aturdimiento cuando decidió nuevamente entrar. Lo hizo para sacar a las bestias, y aparejar a la borrica donde en el serón de manera desordenada echó algunas de sus pertenencias, otras quedaron allí, aquellas que estaban en la habitación y cerca de las escaleras. A continuación, en una noche oscura de mucho viento puso rumbo al pueblo después de haber cerrado el cortijillo. 

Sobre las cinco de la mañana este hombre llamó en la puerta del dueño de la finca. Este, todo extrañado le preguntó:

         -¿Qué ha pasado?... ¿Te has puesto malo?

         -Yo en su cortijillo no puedo estar -fue su escueta contestación.

         -¡Ah, ya!... no me digas nada. Yo sé el motivo. Te pido por favor que esto quede entre nosotros. Di que te has puesto enfermo. Ya hablaremos.

Quince años después.    

El dueño de la tierra y el protagonista de esta historia coincidieron muchas veces en el pueblo pero ninguno se atrevió a formular conversación sobre este asunto, hasta que un día  quince años después estando los dos solos en Los Jardinillos, hubo esta conversación entre ambos:

         -¿Te acuerdas aquella vez que te fuiste a mi cortijillo a sembrar?

         -Sí señor. Nunca lo olvidaré.

         -Eres un hombre formal, igual que tu padre, mi amigo. Aquella madrugada te rogué que dijeras a quién te preguntase  que te habías venido porque estabas enfermo y silenciaste que el motivo fuera otro. Quiero que sepas que desde aquella noche nadie durmió más en el cortijillo. Después de aquello lo cerré y ahora cuentan que su estado es ruinoso. Te aseguro que yo nunca creía en esas cosas que aquella noche de seguro te sucederían, pero hoy  quiero confesarte lo siguiente:

-Yo tenía un hermano dos años mayor que yo el cual no estaba bien de la cabeza y que murió en el año 1921 a la edad de veinte. La gente del pueblo le daba de lado, y asimismo él a la gente. Donde más a gusto estaba era en el cortijillo. Más de una vez al echarlo de menos se le encontró allí. Los veranos solía ir mi madre y se llevaba a las gallinas. Un día que se había quedado solo le cortó la cabeza a todas y encontramos el suelo y las paredes ensangrentadas, había sangre por todas partes Después de esto, mis padres pensaron internarlo en un manicomio, pero mis tíos y el resto de la familia influyeron para que no lo ingresaran porque aquello sería una afrenta para todos. Pero si algo tenía de bueno era que le gustaba trabajar, no habiendo ningún trabajo que se le resistiera.

El hombre hizo una pausa y continuó.

-Un día en el cortijillo, estando segando dejó de hacerlo porque un fuerte dolor de vientre se lo impidió. Mi madre le hizo una infusión de manzanilla pero el dolor continuaba. Más tarde, la fiebre hizo su aparición. Por la noche la calentura aumentó y tenía además vómitos continuos. Mis padres y yo pensamos que lo mejor era llevárnoslo al pueblo. Cuando se lo dijimos, cogió un cuchillo y nos amenazó a los tres guardándose el arma entre las mantas con la que se arropaba para mitigar la tiritera que la fiebre le ocasionaba. Mi padre aparejó a una de las bestias y puso rumbo al pueblo para buscar a un médico o alguna medicina que le aliviara. De madrugada  regresó con dos o tres medicamentos. El médico le dijo que se prepara para lo peor, pues los síntomas eran los mismos que los del dolor del miserere, y que daba igual que lo hubiesen traído o no al pueblo, pues no había remedio para él, como así fue. Mi hermano murió al día siguiente, y entre dos sacas de paja amarrado a ellas con una soga lo trajimos al pueblo entre los sollozos de mi madre.

Ahora, este hombre hizo una pausa más larga que la anterior, miró a su interlocutor y soltó lo siguiente:

-A mi hermano lo enterramos en el camposanto, pero mi hermano se quedó a vivir en el cortijillo. No te digo más. Ni quiero que me cuentes detalles de lo que te pasó aquella noche. Adiós.

Queridos amigos/as,

En estas fechas, estamos olvidando las raíces de nuestras tradiciones, despreciándolas para dar paso a esta “modernidad” llamada Halloween donde la gente se disfraza de monstruos, brujas, o qué se yo, adornando además las casas con calabazas terroríficas. Gilipolleces. Nada como aquellas leyendas que nos contaban nuestros mayores la noche de Todos los Santos mientras las campanas tocaban a muerto y sus tristes y lentos tañidos se colaban por las rendijas de las ventanas y chimeneas. 

¡Feliz Día de  Todos los Santos!

Antero Villar Rosa  

Pd. Lo de las calabazas tuvo la culpa un torrecampeño que emigró a los Estados Unidos. A sus nietos les enseñó a hacer  faroles con melones, con dibujos de escaleras, el sol, la luna, y hasta la estrellas. Lo de Rosalía… ahora, está causando furor…

¡Que no! Que esta Rosalía es otra, que esta no va a misa…me dicen. En fin,  no me entero, cosa de los años.  

 

 

  

ABUELAS DE AQUÉL AYER.

 


Con todo mi cariño, a todas las abuelas torrecampeñas.

La foto es tan expresiva que lo dice todo. Ahí está la abuela sosteniendo a su nieto dormido mientras atiende sus obligaciones en la cocina. Viendo esto, me vais a permitir que abra la puerta de mi memoria con la llave de mi corazón para radiografiar una pequeñísima parte del pasado de estas mujeres como la que aparece en la fotografía poseedoras de valiosos tesoros, entre ellos: la ternura, la sabiduría, y el sacrificio, valores estos que lamentablemente una buena parte de la sociedad actual ha rechazado heredar.

Me imagino la infancia que tuvo esta mujer, la que iría al colegio solo lo justo hasta aprender a leer silabeando las palabras y a escribir su nombre junto a un garabato en un papel, la que dormiría en un colchón de farfolla acompañada de una o varias hermanas, la que a la hora de comer metería la cuchara en un único recipiente junto con las del resto de  la familia, la que iría a por agua a la fuente, la que antes de cumplir los diez años ya era jornalera en la aceituna, la que desde pequeña le enseñaron a arrancar matas de garbanzos y matalahúga y ayudar en la era a sus padres, la que aprendió a hilvanar y a zurcir remiendos, la que para lavar la ropa tenía que ir al arroyo, la que desde la ventanilla del tren vio por primera vez el mar aquella vez que se fue a vendimiar a Francia, la que con mucho esfuerzo llegó a tener un papel que le hacía propietaria de un techo, la que sacó adelante junto a su marido a sus hijos dándoles a todos una cultura que ella no pudo tener, la que trabajó durante toda su vida sin horas, sin vacaciones, y sin dar de alta en la seguridad social, y entre otras cosas, y esta es la más importante, la que respetó a sus padres y abuelos a los que asistió hasta su muerte.

Abuelas como las de la fotografía que lo dieron todo por la familia mientras han sido útiles, transmisoras de sabiduría y experiencia además de dar sabios consejos, apoyo emocional, e incluso económico para mantener a la familia unida.

Lamentablemente, para una parte de la sociedad actual las personas mayores son una carga, una resta de libertades a su ocio, a su vida fácil, llegando a veces hasta coartar sus devaneos amorosos. Un problema asimismo para las relaciones familiares que nunca habrán sido tan espinosas desde quiera que la abuela ya no pudo ayudar y ahora tiene que ser ayudada.

Mientras tanto, a estas abuelas, en su soledad, la más infame de todas las compañías, les quedarán todavía cariño por repartir, lo que ya no les quedarán es el cariño económico porque lo fueron repartiendo ayudando con sus ahorros a los hijos y nietos cuando estaban en apuros, y morirán esperando cada noche el beso de buenas noches de sus hijos, o sus llamadas, pero ellos estarán tan ocupados que  no tendrán tiempo ni para esto.

Una persona madrileña a la que yo le tenía mucho aprecio me dijo un día: Antero, la soledad es mala, pero la soledad en compañía es mucho peor. Se me saltaron las lágrimas.

Las personas mayores merecen vivir una vejez placentera, rodeadas del respeto y cariño de sus familiares evitando a toda costa su aislamiento. Ellos, nos demostrarán su agradecimiento con un gesto, o con una gratificante pero muda mirada cuando perciban la dulce caricia de una mano y la pausada voz de quién les hable empleando un tono acaramelado, casi acunado. Son pequeños detalles que a ellos les gusta.

ROGATIVAS A SANTA ANA PARA QUE LLUEVA.

 

Noche de insomnio. No creáis que me haya despertado el dulce repiqueteo del agua de la lluvia en la ventana de mi dormitorio, ya quisiera yo. No, son los años los que provocan que el timbre de mi despertador ande dislocado. Imposible de reparar, me dijo un día el galeno, que no el relojero. En estas ando yo, y en mi desvelo, esta madrugada, he querido dejar volar mi imaginación y llegar hasta la ermita de nuestro pueblo y adentrarme en ese lugar sagrado con todo el sigilo posible para no despertar a nuestra Patrona y sobre todo a la Niña. Allí, antes del alba, en la debilitada penumbra de la ermita han quedado flotando en el aire mis oraciones para cuando despierten junto con el centelleo de una vela eléctrica. También les he suplicado que atiendan mis rogativas, estas que hago públicas para que la lluvia riegue nuestros campos: 

Santa Ana bendita:

No quiero ver los olivos sedientos de mi pueblo abrasados por la calma de tantas siestas pasadas, de tantas noches tórridas, donde hasta la luna me han dicho, siendo otoño, sigue pidiendo agua  para poder dormirse. 

Quiero ver el cielo cubierto de nubes negras, de nubes grises y plomizas, y a vencejos volando muy alto, casi bebiendo en esos nublos. 

Quiero que la brisa de las nubes arrastre remolinos de polvo, polvo de los caminos, polvo de los olivares y hasta el polvo de aquellas eras. 

Quiero ver cómo el viento de alguna borrasca mueva los cardos secos de los caminos y despierte a los vilanos elevándolos en su viaje sin retorno hasta el cielo infinito.  

Quiero oler a tierra mojada y llenar con su fragancia mis pulmones, y que ese olor reparador me transporte en el tiempo a otros tiempos vividos en mi pueblo. 

Quiero que las grietas del olivar se inunden con el agua caída, y curen y tapen las cicatrices profundas de nuestros campos sedientos. 

Quiero que una lluvia mansa, casi adormecida acaricie los tejados de nuestro pueblo en noches de canales y días de migas. 

Quiero ver a gentes corriendo por las calles, y algún paraguas volando, y a la gente del campo haciendo cola en las churrerías. 

Quiero, desde el cerro, ver a mi pueblo envuelto entre la bruma y la neblina, y no por el flamear infame de la canícula. 

Quiero que los pinceles de la lluvia restauren el color de los olivares, y borren el ocre pálido de muerte que la sequía les pintó. 

Quiero que llueva otra vez tras los cristales de aquella escuela de Machado en tardes pardas y frías. 

Quiero que lluevan jornales y agua virgen extra en mi pueblo. 

Sí, quiero que llueva dulcemente sobre los campos de mi pueblo, campos de mi niñez, campos con sed de trabajo, con sed de tanto..., campos de Torredelcampo. 

En romerías de mis tiempos pedíamos a nuestra Patrona y a la Madre de Dios, agua para nuestros campos con este cántico:

Agua Virgen pura, agua Virgen Madre, agua de los cielos, no nos desampares. 

Santa Ana bendita, atiende las plegarias de este humilde servidor que se unirán a las de todas las buenas gentes de tu pueblo, aquellos/as que con promesas y empeños, a ti siempre portadores, vamos los torrecampeños.   

Amén.

jueves, 19 de mayo de 2022

MI PUEBLO EN FEBRERO


 

Ya habrán emergido entre las cañas secas de la cosecha anterior los tiernos brotes del hinojo, indultados ahora, y ejecutados antaño con el filo de la navaja para el panaseite aceitunero.

Ya apuntarán las verdes allozas en los almendros de la Cuesta la Alberquilla, amnistiadas otro año más desde que aquél hombrecillo ansioso de recetas vitamínicas dejó de ir a por ellas para pregonarlas por las calles al grito de: “A real la “almorsá”.

Ya habrán florecido las abulagas en el Cerro Miguelico. Su bello y encendido color amarillo cada año resaltará más desde que aquellos que por una hogaza dejaron de cercenar sus leñosas ramas que servían de combustible para los hornos de pan.

Ya estarán los álamos cargados por el verde de sus semillas  que el viento transportará hacia lugares distantes. En otros tiempos el “pan pa tós”, así se les llamaba a las panochas de estas simientes, servían para distraer el hambre. <<En mi hambre mando yo>>, le dijo uno que tenía telarañas en el estómago a un rico. Seguro que sería mientras injería este “suculento” manjar.  

Ya se habrán despojado de la herrumbre y brillarán las puntas de metal de no más de diez almocafres en nuestro pueblo que estarán sirviendo para escardar los contados “roalillos” de habas con los que se distraerán algunas personas mayores. Antes, miles de almocafres le hacían cosquillas a doña campiña, que agradecida por el masaje, se acostaba relajada cada noche arropada por el sembrado. 

Ya habrá una vereda en cada esparraguera en el monte, como también en los muchos pedregales baldíos sin roturar donde el espárrago se prodiga en nuestro pueblo. La incesante procesión de visitantes no reparará en las salpicadas matas de gamones que en este tiempo presumirán de hojas nuevas y brillosas. Los pequeños bulbos de color rosado de estas plantas servían en mis tiempos para restregarlos como protector dermatológico en los rodales blancos que salían en la cara de los adolescentes.

Ya, con toda seguridad, en este tiempo, se dejarán oír  los compases lastimeros de alguna corneta que después de rasgar el viento viajarán con él hasta morir en el olivar. Sueña el de la corneta, las hermandades, y hasta ese viento, con los perfumes propios de la Semana Santa que está próxima.

Ya llora otra vez el campo cuarteado por la sequía. Esta vez en febrero. El jilguero en la cañada intenta con sus trinos consolarlo pero de su flauta solo salen cortas y tristes estrofas al comprobar el colorín los cardillos moribundos en los terraplenes del “salao” por falta de lluvia. Este año no se podrá columpiar en los cardos para comer sus apetitosas simientes.   

Ya no hay niños que sustraigan al descuido un palo de olivo para un trompo, ni muchachas que en el “correndero” canten lo único que estaba permitido en mis tiempos cantar en carnaval: No me conoces, no me conoces…

No me conoces… llevando cincuenta y cuatro años fuera de Torredelcampo, quién me puede conocer, aunque… si he de ser sincero, creo que nunca me fui.

miércoles, 18 de mayo de 2022

PASEO AL ATARDECER.


 

PASEO AL ATARDECER.

La tarde agoniza mientras mi coche escala por un carril la pendiente de una descomunal colina de la campiña cuajada a ambos lados del camino por jóvenes olivos que sobreviven estoicos aguantando ciclos prolongados de sequias como los que venimos últimamente padeciendo. La superficie donde se sostienen, es una tierra que cansada un día de calmar el hambre de la posguerra con garbanzos y cereales que se cosechaban, ahora, llenan las estanterías de los supermercados con el oro líquido que producen, el aceite.  

Interrumpo el ascenso a mitad de la colina y aparco mi automóvil entre las olivas. Una brisa fresca que me sabe a hierba recién cortada se mece con destellos azufrados motivados por el polen de la flor del olivo llegando a inundar las cañadas y las sesgadas sombras de los olivares. A estas horas siendo yo un niño estaría pisando esta misma tierra por la que ahora camino. Busco el lugar aproximado donde estaría aquél pozo sin brocal donde al final de cada jornada nos refrescábamos de cintura para arriba en una cuba de cinc. No queda ni un vestigio, ningún rastro, de aquél que era mi pequeño oasis,  ni tampoco del cortijillo que nos servía de refugio. Camino hasta el lugar donde estaba este enclavado y tomo asiento cerca de una oliva, tal vez metros arriba o abajo de  donde estaría la cocinilla. A estas horas ya habríamos retirado las habichuelas de la lumbre a la espera de la cena. <<No han cocido bien, pero las comeremos machacadas con aceite y cebolla>>, esto diría mi padre en ocasiones así.

Desde mi posición, a lo lejos, veo reflejarse en las piedras del castillo de El Berrueco las últimas llamaradas del astro rey creando un atardecer de misterio y embrujo. Qué tranquilidad, qué paz  y sosiego empapa mi alma mientras me recreo en mis recuerdos. Por allá, al fondo, por la vereda de la cañada, vereda que ya no existe, iba el panadero a llevar el preciado sustento a los cortijos. Lo veía pasar por las mañanas con su carga en dos cajones de madera repletos de pan, uno a cada lado de la bestia donde iba montado.

La flauta de un fugitivo alcaraván al que hacía muchos años que no oía, se mezcla con el lastimero de un mochuelo y me distrae. Observo una mata de eneldo “nerdos” que emerge hacia el cielo debajo de un olivo buscando su cruz. Pienso que será pariente de alguno que sobreviviera en mis tiempos indultado por  este que escribe, mi hermano Juanito o mi padre, verdugos los tres del almocafre. Es hora de marcharme. ¡Hombre, el cascote de una teja! Un tesoro para mí, pues será una de aquellas de aquél cortijillo que en las noches de lluvia, el sonido de las gotas tamborileando en el tejado producían una música relajante que me invitaban en el pajar a seguir durmiendo con sueños de aquél inquieto adolescente que fui.

Salgo de aquél lugar de tan gratos recuerdos y pongo rumbo al pueblo cuando ya las sombras invaden el campo, tan solo, unas débiles llamaradas púrpura indican por donde el sol acaba de sumergirse. No me detengo en el pilar de La Muña, lugar donde se hacía un alto para que abrevaran las bestias y donde la gente del campo se hidrataba bebiendo su refrescante agua. El torreón de la cortijada, fiel vigía, sufriría al ver en aquellos tiempos a los mineros que horadaban la tierra buscando el mineral rojo como la sangre, en intrincadas galerías, justo detrás de la fuente.

Llego al El Castil donde en la agónica tarde un vaho de misterio envuelve cual si fuese con una gasa brumosa a los derruidos cortijos acentuando las leyendas tétricas que cuentan pasan en estas semiderruidas edificaciones y sus parajes. No quiero entrar en detalles, pero lo cierto es que por nada del mundo me gustaría pasar una noche por estos andurriales.

La Muela y El Cerrillo de los Conejos me saludan, también lo hacen dos conejos que salen huyendo y se internan entre los carrizos del arroyo o “salao” al descubrir mi coche. Observo entre las sombras de la tarde-noche a la Casería el Miedo, y como siempre cuando por aquí paso, viene a mi memoria aquél niño que se llamaba José que murió en este cortijo. Es mi costumbre mirar al cielo y dedicarle mentalmente  una oración a esta pobre criatura con el que jugué más de una vez en mi niñez.

Al subir la cuesta de la Cañada de la Olla, el Cerro Alejo aparece en la hondonada. Era aquí donde yo con mis amigos veníamos a por correhuela para los conejos. Superada la pendiente, la Cruz de Mozas me recuerda que una vez siendo niño escuché sobre una historia trágica que ocurrió en este paraje en tiempos de mis bisabuelos. Mi interrogante se amplía por el paso de los años.

Una luna llena, recién parida, a la que ha dado a luz el Cerro los Morteros ayudado por Recuchillo, ilumina el paisaje nocturno. Más tarde, esta luna amarilla se transformará esta noche en roja por el efecto del eclipse lunar y bañará con el color de la sangre los paisajes y lugares que he descrito. Mi imaginación vuela hasta donde imaginariamente he estado y me detengo en la cortijada de El Castil, a la que el color purpúreo lunar habrá logrado crear un escenario más lúgubre y fantasmagórico. Creerme que me hubiese gustado ver esta preciosa, sin duda, panorámica.

MI PRIMERA ROMERIA.


 

MI PRIMERA ROMERIA.

A todos los de mi generación, y a los jóvenes de hoy, quienes  serán los precursores de nuestras tradiciones y del amor a nuestra Patrona Santa Ana y su Virgen Niña. 

Aquella romería de mi engañosa autonomía subí al cerro junto con mis amigos por el camino que me enseñó mi madre, porque viviendo en el barrio del Camino de la Estación el atajo por las huertas era el más corto y el más sombreado, pues por la estrecha vereda que cruzaba las parcelas de los hortelanos, las exuberantes y frondosas higueras junto con otros árboles frutales  no dejaban pasar a los rayos de sol en casi todo el trecho, creándose  por ello un ambiente muy fresco y agradable ayudado por el  de las refrescantes acequias y el de los chorros que caían en las cantarinas albercas, haciéndose cierto aquello que escribí un día para una de mis hijas. Esto le decía: 

Quiero que vayas a la ermita por donde a mí me enseñaron, que por las huertas hay un camino donde oirás los trinos de los pájaros, el agua por las acequias y alguna rana cantando, las ramas de las higueras tendrás que irlas apartando, y la brisa fresca de la huerta te irá acompañando, porque yo quiero que tú pises, pises por donde yo he pisado. 

Desde la Fuente Nueva, otro camino había que se juntaba con el ya descrito de las huertas por donde uno o más veneros mantenían frondosas a varias y apretadas matas de juncos; el arroyo había que saltarlo no de un salto, sino de peña en peña, y el Puente de Palo esqueleto desvencijado de madera, aquél que fuera mudo testigo del lavado de tantas lanas casaderas, de fardeos con sangre de aceitunas y de incontables sacos a los que nosotros llamamos jerga, quiso otro año más ser romero y llevar la cuenta, de todos los que subían a la ermita por el Camino Viejo pisando piedras viejas; piedras heridas por las herraduras de borricos, de mulos, caballos y otras bestias, entre balidos de corderos que presagiaban su muerte certera. 

Un borrico cerril, “entero”, que transportaba algunos enseres además de leña, vislumbró a una burra. En pleno celo estaría la hembra porque el animal hecho una fiera blandiendo su miembro reproductor necesitó al menos a cuatro personas para sujetar a aquella fiera que no paraba de enviarle desafíos amorosos con rebuznos a la borrica. ¿A quién se le ha perdido una navaja con las cachas negras? Vociferó uno de mis amigos entre las carcajadas de todos, y hasta las de un indigente pedigüeño que solicitaba limosna en el camino enseñando el muñón de una pierna.   

Y nosotros, aquella panda de barbilampiños, la mayoría con pantalón corto porque el largo la edad no lo admitiera, subimos el camino casi corriendo, como en una escalera, no de una en una, sino de dos en dos, sin poner los pies siquiera en aquellas piedras bañadas por miles de soles y escarchas viejas. Uno de la pandilla llevaba una bota al hombro y otro algo parecido a una vela. La bota iba hasta el gollete con mezcla de vino y gaseosa; gasapón que así se le llamaba a lo light de aquella época, y no quisimos patentar este método porque hoy mordería nuestras conciencias, puesto que sin pretenderlo inventamos el botellón, ése de tanta polémica; y no vaya nadie a pensar que nuestra romería se convirtió en juerga, porque lo que llevaba el otro, aquello que se confundía con una vela envuelto en papel de estraza, no era más que una fina tripa de salchichón de sospechosa carne grasienta, por lo que con estos ingredientes, lo de habernos podido colocar, huelga.

Recuerdo que a seis reales salimos, es decir, a una cincuenta, y no entró en el lote sombrero alguno porque valían a diez pesetas. 

El monte era una atracción para cualquier chaval de aquella época, después de pasar a la ermita monte arriba nos encaminamos hasta el sitio donde está la cueva. Y allí, junto a su entrada, alrededor de sus piedras había chiquillos de mi edad y un señor explicando una leyenda, la que todos hemos oído contar, no una vez, tropecientas, de que la cueva se comunicaba con la plaza, una fábula que muchos todavía creen ser cierta. 

Visita obligada era internarnos en el bosquecillo de la Bañizuela, donde dentro de tan espesa vegetación creímos estar en la selva. En nuestro desconocimiento porque nadie nos lo advirtiera, tronchamos tallos de plantas para hacer coronas y adornar nuestras cabezas. Error, grave error, si hoy reparar pudiera, aunque ya nos lo advirtió un guarda con carabina y pelo blanco para más señas; bebiendo agua estábamos, por cierto bastante fresca, en la fuente donde seguro bebieron los primeros precursores de esta fiesta. El guarda nos reprimió con voces altisonantes, y palabras muy groseras, supongo que sus gritos llegarían hasta el arroyo e incluso hasta más allá de Cuesta Negra, tanto es así que desde la casería salió un señor bastante alto con sombrero de fieltro y buena apariencia y mandó callar al guarda, que sin rechistar obedeció de inmediato, como si el del sombrero su amo fuera, y doy gracias a aquél hombre que salió en nuestra defensa.

Los cipreses que hacen guardia a la casería de la Bañizuela fueron testigos de lo que hoy cuento, pues algunos de mis amigos cuando vieron al guarda lleno de ira, en un momento dado descolgar su escopeta, dijeron más tarde que lo mojado del pantalón era agua de la fuente, y no fruto de su incontinencia. Y a raíz de este incidente se disolvió la sociedad, se liquidó el gasapón además del salchichón, y se terminó la fiesta. 

Después, en la procesión, entre cohetes, música, y vivas, un grupo de varones portando botas de vino, algunos de ellos entrados en años, ya ebrios, en un recodo del camino al paso de nuestra veneradas imágenes cantaban empleando el soniquete de una de nuestras canciones romeras: “Señora Santa Ana, a esto no hay razón, que los ricos coman y los pobres no… Ave, Ave, Ave, María, Ave, Ave, la romería...

Un señor trajeado que portaba un cetro les recriminó diciéndoles que pararan de cantar, pues esa no era la letra de la copla romera. Una de las autoridades, le señaló a este que no les hiciera caso con un claro gesto como que los que cantaban estaban bebidos.

El maestro de la banda de música Pedro Benito Pancorbo, aprovechó para interpretar el himno a nuestra Patrona, del que es autor, pero esta vez como si los músicos estuviesen de acuerdo, me pareció que sus acordes iban más cargados de decibelios para ahogar el cántico de los borrachos, que optaron por dispersarse en el monte al igual que hicimos nosotros entre una infinidad de “charnaques”, -chiringuitos de “fardeos”- instalados por las familias romeras para resguardarse del sol, al paso que íbamos saboreando el humo de los guisos, y por entre los animales que pastaban a su libre albedrio. Un trozo de “cañadul” comprado en los aledaños de la ermita, endulzó después mis glándulas salivares. Otros compraron un pito de cerámica. También, ya en el pueblo repartimos una lechuga, una “ensalá”, hurtada a un hortelano en las huertas, había que saborear el botín. Cosas de chiquillos. 

Pongo el FIN a esta película de Cifesa, a la que no he querido proyectar al principio el NODO para no hacerla más larga.

Todo esto que cuento, está filmado en mi memoria en blanco y negro desde hace al menos sesenta y tres años, pero hoy, con tantas tecnologías, cada una de estas escenas las puedes tú querido lector/a, revertir dotándolas de los colores vivos que la naturaleza ha proporcionado al marco incomparable de nuestro cerro sagrado donde tienen su morada la Madre de Dios y su Abuela. 

 ¡FELIZ ROMERIA!