sábado, 19 de septiembre de 2020

PASAJES DE AQUÉL MADRID DE LOS AÑOS SESENTA

 Ahora, cuando algún joven se marcha lejos de nuestro pueblo a trabajar a alguna ciudad, bien porque lo hubieran destinado como funcionario o porque hubiese encontrado en ella un trabajo estable, lo primero que suele hacer es en una primera avanzadilla  visitar la ciudad de destino para buscar un piso alquilado o bien utilizando su red de amistades una vivienda compartida con personas afines. Me parece estupendo, pero antes, en los años sesenta la cosa era diferente.

Entonces, la maleta de madera o de cartón delataba en Madrid al venido de provincias. Lléveme a una pensión, (pensión que la mayoría de la veces era provisional hasta encontrar una “patrona” más asequible) era la frase más repetida a los taxistas que en la estación de Atocha esperaban a los trenes que venidos de Andalucía descargaban su abigarrada carga humana repletos de gentes buscando un futuro mejor. Había que estar muy atentos ante tantos carteristas, timadores, y descuideros que pululaban por los andenes y en el hall de la estación, donde estos sinvergüenzas se valían de la ingenuidad de los pueblerinos robándolos o timándolos.

La picaresca del taxista dando vueltas por varias manzanas hasta llegar a la pensión para aumentar el contador de la carrera, era otra forma de aprovecharse del recién llegado. En la calle de Atocha y sus aledañas, así como en el barrio de Tirso de Molina y Antón Martín, abundaban las pensiones. En la fachada de todas ellas un cartel de porcelana blanco con letras de color negro anunciaban el establecimiento como este que cito a modo de ejemplo: Casa de Huéspedes Amparo. Piso tercero. Sólo huéspedes estables. Las persianas alicantinas de tablillas de color verde en los balcones y ventanas,  destacaban sobre el sucio de las fachadas de estos barrios antiguos que hacían añorar a viajeros nostálgicos, al pueblo blanco andaluz que dejaron atrás.

Algunas de estas pensiones disponían de toda una planta del edificio con pisos comunicados. Los precios variaban dependiendo si la habitación era individual, o compartida con  dos o más inquilinos que incluía además una ducha gratis a la semana y a cinco duros las restantes.  Aquellas casas de huéspedes solían oler a cocido muchos días, inundando con el olor a berza la escalera comunitaria para por la noche el caldo del mismo transformarse en una sopa olorosa de fideos con hierbabuena. A la hora de la cena, en el comedor, allí se podía ver entre otros a aquél que fuera oficial de notaria ya jubilado desde hace años que no tenía más familia que la amistad con la “señá” Amparo dueña de la pensión. Al sereno, gallego este, que uniformado salía disparado nada más terminar la cena a realizar su ronda. Al viajante cántabro de conservas de pescado, al matrimonio valenciano rentistas de pisos que siempre hablaban entre ellos sobre el trabajo que les costaba cobrarles el alquiler a sus arrendatarios. Allí estaba también el viejo actor de teatro de papeles irrelevantes venido a menos, que decían que debía no sé cuantos meses a la señá Amparo y que le recitaba el Tenorio de Zorrilla a la chica que con cofia y mandil blanco servía las mesas, y tantos personajes extraños que acompañados por las vinagreras y el salero cenábamos solos cada uno en nuestras mesas mirándonos unos a otros de soslayo. Qué tristeza envuelve a todo mí ser cuando ahora observo a alguien cenando solo. 

El periódico Ya en la sección de ofertas de trabajo dedicaba todos los días varias páginas ofreciendo empleos, la mayoría de ellos solicitando mano de obra para la construcción y también de las más variopintas profesiones, ayudando al recién llegado a buscar un puesto de trabajo de manera rápida.

La vida en aquél Madrid de los años sesenta, de camisas blancas de tergal, prenda muy de moda en los hombres, de autobuses atestados, donde en las horas puntas la gente iba hacinada en ellos pareciendo querer derramarse los viajeros sobre el asfalto dado que las puertas permanecían abiertas durante su recorrido. El  rancio y espeso olor de entonces del metro donde la gente andaba deprisa y a veces corriendo por sus intrincadas galerías desde primeras horas de la madrugada en busca de su puesto de trabajo. Los letreros en los vagones: Prohibido escupir, y Asiento destinado a caballeros mutilados, siguen perdurando en mi memoria como todo lo narrado, recuerdos que colecciono en mi mente en un álbum de estampas viejas desgastadas por el paso de los años, todas ellas en blanco y negro de un tiempo pasado en  aquél Madrid de los años sesenta.  

Bueno, os dejo, pues tengo que escribir a mi novia y también a mis padres para contarles cosas como estas que hoy os he contado.

Ja, ja, ja,… Ya quisiera yo volver al Madrid de entonces, donde para comunicarme con mi novia y con mi familia lo más común era escribirles una carta. ¿Cuántas cosas como estas que hoy os he contado les explicaría yo a ellos a través de aquellas cartas diarias?

LAS CASAS DE NUESTROS MAYORES

 


No hay calle en nuestro pueblo que no tenga, una, dos, o más casas viejas cerradas. Algunas, mantienen un cartel de “Se vende” ya descolorido por el paso del tiempo, mientras que el polvo en sus puertas y ventanas, así como  la falta de cal o pintura en sus fachadas, denotan   un abandono más que palpable.

Fueron algunas de ellas las casas donde vivieron nuestros padres y abuelos, las mismas en las que vinimos al mundo muchos de los que ya andamos echando cosas en la maleta para cuando nos llamen. Casas estas llenas de vida hace setenta, ochenta o más años y que hoy estamos dejando morir no solo su estructura, sino la historia familiar que encierran cada una de ellas.

Fueron viviendas construidas sin permisos ni licencias, ni dibujadas por delineantes o arquitectos, pues la idea sobre el diseño la ponía el dueño al albañil en base a sus necesidades, y este, utilizando la materia prima existente para la construcción en aquellos tiempos que eran piedras, ripios, y yeso, edificaba la casa. ¿Cuántas viviendas fueron construidas con el yeso elaborado en Los Hornillos? La herida profunda en la pequeña colina sigue siendo testigo palpable del barrenado habido hace años en sus entrañas. La llegada novedosa del cemento conocido al principio en nuestro pueblo como “porla” (de Portland) sustituyó al yeso. Recuerdo las casas de quienes “emporlaban” la planta baja sustituyendo al tradicional empedrado con yeso derretido, ser visitadas por un rosario de gentes, sobre todo mujeres, que iban a comprobar lo “lisico” que quedaba el suelo, lo que ayudaba a la hora de barrerlo y de fregarlo.    

Ahí siguen estando esas casas, algunas ruinosas que fueron en su día reflejos de alegrías incontables y cómo no, de infinitas tristezas que anidarán todavía en  sus viejos muros esperando que alguien vaya a despertar a estos sentimientos, aunque para muchos, presumo, que todo lo que hay dentro de  ellas sea ya memoria perdida.

Casas de pajar en la cámara, con piquera que desembocaba en los pesebres. De graneros tabicados donde reposaba la cebada para las bestias y otras semillas cosechadas. Cámaras algunas que todavía albergarán utensilios de labranza como horcas, “viergos” y zarandas que colgarán en sus paredes o en alguna viga de madera. Desvanes estos, donde en sus rincones, entre las telarañas, seguro que reposarán viejas cántaras de metal y ánforas repletas, no de aceite, pero sí de recuerdos. Todo este bagaje de utensilios estoy seguro que echarán de menos al niño que subía temeroso durante la cena a por un melón por encargo de su padre, y que estando allí huía aterrado por las figuras aleatorias que dibujaban las sombras en la pared cuando algún objeto colgante se bamboleaba ante la menor brisa de aire.    

Habitaciones las de estas viejas y desvencijadas casas donde seguirá  estando en alguna de ellas todavía la veterana cama de los abuelos, aquella de hierro con relucientes perinolas doradas, y que ahora,  motivado por la herrumbre, ya no se verá reflejado en su metal el cuadro de grandes dimensiones con la foto en blanco y negro de los antepasados de ellos, fotografía que estará  más que difuminada por el paso del tiempo a pesar de seguir guarecida en un cristal, hoy presumiblemente deslucido con picaduras irisadas que seguirá donde siempre,  colgado en la pared haciendo guardia a la vieja cómoda.

 Hogares los que describo que quisieran seguir manteniendo el olor a viejas lumbres de palos de olivos que crepitaban en el fuego en el invierno entre el murmullo de los hervores de su savia que se derramaba por el liso corte producido por el hacha. Muros y paredes los de estas casas hoy  agonizantes que fueron empapados hace años por espesos y rancios sabores a morcillas y chorizos en aquellas matanzas añoradas, y que hoy olerán a humedad y a aire viciado. Casas estas, muchas de ellas bañadas hace tiempo a las puertas del otoño por el aroma a matalahúga, mezclándose  a veces este olor con el de los tomates de la huerta que eran triturados para la conserva.

Hogares estos donde nacieron niños que castigados sus padres a no tener libros de recetas de cocina, tuvieron  la fortuna de jugar sin juguetes en la calle hasta bien entrada la noche. Las voces de sus madres llamándolos a gritos para acostarse me parece haberlas oído hoy cuando entrando con sigilo en mi ensoñación a una casa como las que describo, me he encontrado en un puchero de barro estos recuerdos que comparto contigo, recuerdos todos de un pasado feliz vividos por mí en un pueblo llamado Torredelcampo, en el que aún me parece seguir jugando con mis amigos, aquellos  que en la calle pasábamos las horas,  Amaral.

martes, 25 de agosto de 2020

HIGOS

 


HIGOS

En las quebradas, en los regajos, y en los olivares de terrenos abruptos se solían plantar higueras, abundando esta planta bíblica en las zonas más cercanas a nuestro pueblo. No había viña que a la sombra de la higuera los meses de estío no cobijase bajo su frescor el hato del dueño y a alguna caballería durante las tórridas siestas. También proliferaban mucho en los corrales de las casas: Higuera breval, una o dos en el corral, dice el refrán.

Los higos en la posguerra aliviaron el estómago de muchas personas en nuestro pueblo. Quienes eran poseedores en aquél tiempo de algunas higueras, durante el mes de agosto cuando el higo suele estar en plena sazón, solían satisfacer parte de su apetito comiendo este fruto, así el panaseite con unos higos, era y será, para algunos entre los que me encuentro, un manjar, que además de proporcionar placer a mis glándulas gustativas me vale para rebobinar la máquina de mi memoria y recordar escenas de aquellos tiempos. También los higos solían servirse de postre supliendo a otras frutas en beneficio de la necesitada economía familiar.

En aquella época, para que algunos avispados no birlasen este fruto, si el dueño tenía chiquillos, eran estos los encargados de vigilar las higueras y al mismo tiempo ahuyentar a los pájaros para que no picoteasen los higos. En estos casos  a la hora de regresar a casa eran ellos los encargados de recolectarlos para el disfrute familiar. Viene a mi memoria aquellas pequeñas cestas elaboradas con varetas que servían en estos casos para acarrear los  higos, y como tapadera se colocaban unas hojas de la higuera lo que adornaba su presentación.

La variedad más extendida por aquella época era el higo negro conocido en nuestro pueblo como goén. He leído que a  esta clase de higos se le denomina Cuello de dama negra, destacando estos por el  muy acentuado y dulce sabor de su  pulpa, lo mismo que el verdal que también  abundaban muchas higueras de esta gama.

Un año, después de caer las primeras lluvias otoñales, “haciendo suelos” en un paraje de nuestro pueblo muy conocido por mí, un tío mío a la hora de comer me mandó hasta una cañada cercana, casi oculta esta del bregar de la gente y  por la que entre la intrincada profundidad de su vertiente algunos veranos llegaba a discurrir un hilillo de agua. El objeto del mandado era ver si una higuera que allí se guarecía tenía frutos. Teniendo en cuenta que estábamos en los primeros días de octubre creía que me estaba tomando el pelo, pero mi sorpresa fue cuando llegado al lugar vi a la higuera que  estando casi desnuda de hojas, sus ramas mostraban orgullosas sus frutos en plena sazón. Eran estos higos verdales, achatados, que derramaban miel por los orificios de la parte inferior al cabo  lo que en botánica se le conoce como ostiolo, siendo  estas pequeñas aberturas de un rojo bermellón muy intenso destacando este color escarlata con los del verde profundo de los higos. Llevo casi seis décadas sin asomarme por ese paraje y no sé si vivirá aún esa higuera de frutos tardíos. La higuera que sí sobrevive y que creo será la más longeva de nuestro pueblo es la que está próxima a los Puentecillos, donde antes instalaban el ferial, a la que yo hace años la bauticé con el nombre de Higuera Comunitaria, ya que desde el amanecer hasta bien entrada la mañana, años atrás, era un continuo deambular de gentes con bolsas y cañas para beneficiarse de  sus frutos.   

Quería hacer mención al pan de higo que se obtenía con  higos puestos al sol y luego triturados. A esta masa compacta se le podía añadir algunos ingredientes como aguardiente, matalahúga y ajonjolí. Si alguno de mis lectores ha comido pan de higo con alguna bellota dentro, estoy por asegurar que rondará mi edad.

Mientras esto escribo, he despertado a mi apetito que me pide degustar algunos higos. Mañana iré a la frutería y compraré una docena a sabiendas que nunca tendrán el sabor, la textura, y hasta el olor de los de mi pueblo, sobre todo los que producen las higueras de alguien al que estimo llamado Antonio; los de éste, me recuerdan a aquella higuera tardía que descubrí en una oculta cañada  mientras trabajaba en mi pubertad.   


LA ÚLTIMA CARTA DE MI ABUELO

  

LA ÚLTIMA CARTA DE MI ABUELO.

La despedida. Pintura de Juan Lucena.

Es tan humano su contenido que no he podido reducir el texto.

(Basada en una historia real que escuché, y  recreada a mi manera)

Mi nombre es Juan Manuel, tengo doce años y vivo en un barrio muy humilde de Madrid bastante alejado del centro. Voy al colegio donde hago el último curso de educación primaria. Bueno, he dicho que voy al colegio, aunque no es cierto del todo porque no asisto a él desde que comenzó lo del coronavirus. Mi padre murió de cáncer cuando yo tenía cinco años. De él recuerdo muy poco, vagamente que me llevaba a un parquecito cercano a mi casa y me montaba en un columpio. Yo le pongo cara en mi mente debido a las múltiples fotografías que inundan mi modesto hogar que mi madre se encarga de adornar con flores, sobre todo una muy grande que reposa en el salón.

Desde que mi padre murió, mi abuelo Antonio que vive desde siempre con nosotros ha sido  mi fortaleza protectora, mi refugio, mi consejero, y también mi confidente, además del principal baluarte en el plano económico  familiar contribuyendo con su pensión a la mezquina paga asignada a mi madre por viudedad.    

Era sábado, catorce de marzo. La noche anterior mi abuelo no quiso cenar y se fue a la cama antes de lo acostumbrado. De madrugada le oí toser, y a mi madre entrar y salir de su habitación obligándole en voz baja a tomar alguna pastilla. Cuando me levanté, mi abuelo seguía peor, la tos había aumentado y la fiebre casi rozaba los treinta y nueve grados. <<No te preocupes hijo, esto es un resfriado más, me dijo>>   Una mirada cómplice con mi madre premonitoria de que podía ser el coronavirus y no un simple resfriado, hizo que esta se alejara de la habitación de mi abuelo y marcase el número de urgencias. Inmediatamente después, siguiendo el protocolo de recomendaciones de los del otro lado del teléfono, yo ya no pude entrar en su habitación. Por la tarde sonó el timbre de la casa y dos enfermeros vestidos de blanco con un traje lo más parecido al de un buzo vinieron y se lo llevaron al hospital. Nada de abrazos y acompañamiento. Yo estaba en un extremo del pasillo cuando desde el umbral de la puerta antes de irse se giró, me miró fijamente durante unos instantes y por la expresión de su rostro intuí que quería esconder la preocupación que le embargaba. Desde la calle antes de entrar en la ambulancia percibió que le estaría observando desde la ventana y esta vez me envió un beso con la mano al tiempo que le oí gritar un sonoro y efusivo adiós agitando su mano, lo que fragmentó mi frágil estado emocional, pues rompí a llorar de forma desconsolada a escondidas de mi madre. Esta fue la última vez que vi a mi querido abuelo.

Al día siguiente nos confirmaron lo que sospechábamos y temíamos, que mi abuelo había contraído el coronavirus. Durante los dos días siguientes  comunicamos con él a través de un teléfono de una enfermera llamada Pilar, que decía él que era un ángel. Luego, cuando entró en la UCI, fueron las llamadas diarias desde el hospital al móvil de mi madre dándonos a conocer cada vez más su gravoso estado, teléfono que dejó de atender ella a raíz de que en unas pruebas posteriores que nos hicieron había dado positivo y sintiéndose mal recomendaron su ingreso en el mismo hospital donde estaba mi abuelo. Así que me quedé solo en casa confinado. Al ser menor de edad me visitaron los asistentes sociales recomendándome ingresar en no sé qué institución de menores pero me negué a ello rotundamente. Desistieron cuando una tía mía que vivía en un barrio al otro extremo de la ciudad dijo encargarse ella  de atenderme, en hacerme las compras y sobre todo estar al tanto de mí.

Del teléfono ahora esperaba a diario dos llamadas, la de mi madre que hablaba con ella y la de la encargada de comunicarme la situación de mi abuelo. Pasados tres días, de madrugada, recibí la noticia. La persona que estaba al otro lado del teléfono al oír mi voz aún infantil recomendó que se pusiera mi madre u otra persona mayor. Le dije que era su nieto y que estaba solo, pero  preparado para lo peor. Me derrumbé al saber la noticia, y en mi dormitorio lloré sin consuelo alguno. En mi aflicción que aún me dura, constantemente venían a mi memoria escenas de mí vivir con él. Los viajes constantes a su pueblo andaluz que ansiábamos siempre. Las de veces que estando yo enfermo lo sentía de madrugada entrar una y otra vez en mi habitación con mucho sigilo. El dinero que me daba a escondidas de mi madre para satisfacer mis precarios caprichos,  y muchos más detalles, todo ello  aumentaban mi congoja, y lo peor, la constante preocupación porque que a mi madre le ocurriera lo mismo. 

Pero afortunadamente mi madre a la que le dieron la triste noticia estando en el hospital, volvió a casa a los pocos días de fallecer mi abuelo, si no restablecida del todo, al menos convaleciente.  Seguíamos confinados a la espera de que nos avisasen para enterrar su cuerpo que lo llevaron al Palacio de Hielo,  convertido en morgue. Al cabo de tres semanas pudimos darle sepultura. Yo asistí junto con mi madre a su entierro donde un sacerdote en el mismo cementerio rezó unas cortas exequias por su alma. Mi abuelo reposa en un nicho provisional hasta que más adelante cumpliendo su promesa llevemos sus restos a su tierra añorada donde descansarán para siempre.

Ayer sonó el timbre de mi casa. Abrí la puerta. Una mujer joven preguntó si yo era el nieto de Antonio, mi abuelo. Se identificó como Pilar, la enfermera que lo cuidó hasta que murió. Sentados en el salón, mi madre la bombardeó a preguntas, pero todos sus diálogos terminaban siempre invocando una y otra vez mi nombre con frases de mi abuelo hacía mí. Palabras que la enfermera estando mi abuelo aún consciente transcribió en un papel con la promesa de hacérmelo llegar y que ella de seguro las hilvanó enriqueciendo el texto a juzgar por su manera tan preciosa  en sus descripciones:

La carta que leyó la enfermera decía lo siguiente:

Querido nieto Juan Manuel:

Teniendo la certeza de que voy a morir quiero que durante toda tu vida tengas presentes estos mis últimos consejos:

Juanma –así acostumbró desde siempre a llamarme-, cuídate mucho de aquellas personas que en vez de repartir felicidad van sembrando odio y rencor; el mundo está cuajado de ellas. Las llegarás a identificar a medida que irán cicatrizando en ti las heridas que te hagan. Aquí, en este mundo que se te ofrece, cuando comiences a caminar por sí solo encontrarás tus cielos y tus infiernos. No te desanimes ante la adversidad, pero cuando ello ocurra solicita siempre el consejo de tu madre a quién deberás de querer y proteger. No la abandones nunca.

Yo soñaba siempre que el día que me muriese iba a estar acompañado por tu madre y por la dulce caricia de tus manos, pero Dios no lo ha querido. Me voy cuando más me vas a necesitar, ya que a falta de tu padre hubiese sido tu consejero para servir de puente entre tu madre y tú, sobre todo cuando llegues a esa etapa tan difícil de tu vida llamada pubertad tan llena de interrogantes donde el adolescente tiene la convicción de ser un incomprendido. Es, en ese período de tu vida cuando deberás de conducir tu conducta por los senderos rectos que yo y tu madre te hemos enseñado. Si un árbol crece torcido y no se corrige a tiempo se desarrollará con el tronco inclinado para siempre. El saber escoger a tus amigos te evitará de muchos problemas. Esto es fundamental.

 

Respeta siempre a las personas mayores; en ellos reposa y se apacienta la sensatez. Y si ellos no han estudiado y no están a tu altura en conocimientos, piensa que tal vez fue porque no pudieron, y no porque no quisieron. No te rías nunca de su ignorancia, pues sin estudiar, ellos, poseen el poso que la universidad de la vida les ha enseñado y a veces el significado de una frase pronunciada por estas personas mayores encierra tanta o más racionalidad que la expresada por cualquier filósofo. 

 

Quisiera decirte tantas cosas, pero no tengo tiempo pues la vida se me acaba. No llores hijo, tu abuelo Antonio va a emprender un viaje hasta donde se encuentra la abuela Juana, de modo que estaré siempre acompañado por ella, distinto viaje este  de aquél cuando me fui solo a Alemania. No pierdas la costumbre de ir a nuestro pueblo. Reza en la ermita como yo te enseñé. Adiós querido Juanma, desde el Cielo velaré siempre por ti y por mi hija, tu madre. Cuídala siempre.

 

Desde el principio de la lectura los sollozos de mi madre no sólo me contagiaron a mí, sino que la enfermera hubo de hacer varias pausas afligida también por el llanto. Después, del sobre que contenía la carta, sacó  algo y me lo dio. Reconocí de inmediato la medalla que siempre llevaba colgada en el cuello mi abuelo, la medalla de la Patrona de su pueblo que le regaló mi abuela cuando se fue a Alemania y que según la enfermera quiso que fuera para mí, medalla que desde ese mismo momento cuelga en mi cuello.

Pilar, la enfermera nos dijo que cuando murió, ella estaba de guardia y que no le abandonó ni un solo segundo. Su mano, manifestó, suplió a la mía, a la de su nieto Juan Manuel. Mi agradecimiento de por vida a esta gran mujer y a todo el personal sanitario.

Este fue el triste final de mi querido abuelo, la historia de su muerte habrá sido semejante a las de tantos otros que murieron en la soledad de un hospital por el coronavirus, sin el calor y el consuelo de la familia.  

Descansa en paz abuelo.

Que así sea, querido chaval. Este que escribe se une a tu dolor y al de tantos nietos que dijeron adiós a sus abuelos por culpa de la pandemia, como los niños de la pintura que ilustra este escrito. Verdaderamente no merecieron, ni siguen mereciendo morir así. Dramas como este lamentablemente se sucederán porque esto no ha acabado.

 

 

jueves, 23 de julio de 2020

REQUIÉN POR UN CORTIJO


RÉQUIEN POR UN CORTIJO.
A ellos, a la generación  a la que tanto les debe esta sociedad, y sobre todo, a los que formando parte de ella han muerto en mi pueblo por coronavirus.
En su memoria.
Hay un cortijo en mi pueblo donde el hambre yace amortajada con harapos negros.
Hay ventanas por las que entran raquíticas palomas  que se posan antes de morir en estacas donde antes colgaban talegas  con pan duro.
Hay una mancha en la pared donde pendía un viejo candil que alumbró el parto de una niña analfabeta.
Hay una chimenea donde con lumbres de estiércol seco, roncaban pucheros en los que bailaban al son de la música de sus hervores, contados y desamparados garbanzos.
Hay un pajar en el que llueve donde los muleros ya no  juegan a las cartas las tardes de tormenta.
Hay grietas en sus muros por donde en noches de plenilunio emergen murciélagos que escalan hasta la luna para amamantarse de ella.   
Hay en el suelo muelles oxidados del somier donde la cortijera dormía soñando con bañarse en el mar que nunca conoció.
Hay una cuadra donde los cascotes reposan en los pesebres sirviendo de pienso a las telarañas.
Hay un aljibe donde en su profundidad beben agua vieja  jornaleros muertos.
Hay una teja inclinada que perfora la pared de una ruinosa habitación donde ahora solo mean las lagartijas.
Hay piedras en el pavimento que dejaron de  brillar por el suave roce de las albarcas.
Hay una alacena arrumbada donde nunca albergó en sus estanterías algo que le gustase al perro.
Hay una destartalada puerta en el suelo con clavos corroídos por la herrumbre que soportó los silbidos del viento  de más de mil temporales.
Hay cientos, miles de olivos a su alrededor que pertenecen al dueño del cortijo a quien no conocen, ya  que nunca les agasajó con una caricia de azadón.   
Hay plantas  parásitas sin escardar  en los muros del cortijo esperando a que el niño cortijero la desmoche con su   heredado y desgastado almocafre de desdichas.
Hay días donde la luna quiere seguir acostada en el sudoroso jergón donde murió el abuelo.
Hay noches que se oyen lamentos, pero son el alma de desgarrados fandangos cantados por finados jornaleros que ansían  volver a vivir otra vez en aquel cortijo.

SANITARIOS DE ENTONCES


SANITARIOS DE ENTONCES
Bartolillo era un niño escuchimizado de aspecto enfermizo, con rodales blancos en la cara lo que aumentaba su deprimente estado canijo. A veces, un vecino de la calle le traía del campo  bulbos del color de las zanahorias llamados gamones para que se frotara con ellos en los rodales que tanto afeaban su rostro. Bartolillo,  debido a su endeblez, nunca buscaba pelea pues siempre se plegaba sumiso a las órdenes de cualquiera de los amigos de la calle, ni que decir, de los cabecillas que dominaban el grupo.
Aquél día Bartolillo no salió a jugar como acostumbraba. El grupo de niños que correteaban en la calle dejaron de hacerlo cuando vieron a don Manuel Pulgar, el médico, todo muy diligente asomando por lo alto de la calle con su maletín. El servicial y bondadoso galeno pasó delante de los niños con su vestimenta habitual de traje y corbata y se internó unos metros más adelante en la casa de Bartolillo donde habían requerido sus servicios.  La madre del niño toda apurada le contó al médico que su hijo a raíz de que vomitara la cena la noche anterior, la fiebre y la tos se habían apoderado de él. Don Manuel auscultó a Bartolillo con su estetoscopio y después de explorarle otras partes de su ligero y delgado cuerpo, diagnóstico que el niño padecía bronquitis aguda, nada grave por el momento según aseguró a la mujer. Le recetó además de una pastilla de okal cada ocho horas, dos inyecciones diarias durante dos semanas, y sobre todo tomar mucho líquido, aunque lo más importante para su pronta recuperación era conveniente una dieta rica en proteínas para aumentar las débiles defensas de la criatura. Todo esto se lo explicaba don Manuel  a la madre del niño mientras se lavaba las manos en una jofaina “safa” que estaba preparada mucho antes de su visita junto con una pastilla de jabón a estrenar y una inmaculada toalla.
Bartolillo en cuanto oyó que todos los días tenían que ponerle dos inyecciones rompió a llorar. Don Manuel, antes de despedirse de la criatura le dijo que no estaba bien visto que los hombres lloraran y que las buenas viandas que a partir de ahora iba a disfrutar compensaría el dolor de los pinchazos.
Y así fue como a partir de aquél día, la visita del practicante se hizo habitual en casa de Bartolillo. La persona a la que se le encomendó la tarea de inyectarle al chiquillo era un practicante al que se le conocía cariñosamente como Manolito, hombre muy dicharachero y jovial que algunas veces solía dar un fuerte cachete en las posaderas antes de poner la inyección diciendo que ya estaba la aguja clavada, y cuando estabas descuidado ¡zasca!.  La madre de Bartolillo antes de la visita del sanitario ya tenía preparado el bote con alcohol y el paquete de algodón. Cuando llegó por primera vez,  de una cartera pequeña que llevaba bajo el brazo donde portaba los bártulos para su trabajo, sacó una pinza o tenacillas para sostener un pequeño recipiente metálico que inundó de alcohol y  después de introducir una aguja  le prendió fuego. La aguja permaneció hirviendo envuelta en una llama azul para su desinfección hasta que llegó a apagarse una vez consumido el líquido inflamable. Luego, después de conectarla a la jeringuilla pinchó con ella el tapón de goma del frasco que contenía el medicamento y extrajo el líquido para inyectarlo en el trasero de Bartolillo que aguantó estoicamente el pinchazo sin rechistar quedando como un héroe delante de unos cuantos chiquillos amigos suyos, “golilleros” ellos que no perdían detalle.
Los practicantes, al igual que los médicos dependían en aquellos tiempos de los honorarios que cobraban por realizar su trabajo. Así pues, el caer enfermo suponía a veces en enfermedades graves la merma de los ahorros de las familias al tener que comprar también los medicamentos. Pero la solidaridad mezclada con las costumbres torrecampeñas no se hicieron esperar, pues a partir de ese día la casa de Bartolillo era un puro devenir de vecinos y familiares entrando y saliendo interesándose por la salud del chiquillo. Nadie que iba a visitarlo llevaba las manos vacías. Latas de melocotón en almíbar, plátanos, dulces de la confitería, chocolate, galletas, y hasta tripas de salchichón fueron almacenándose en la alacena de la casa de Bartolillo que pronto se recuperó, aunque después de superar la bronquitis, don Manuel  le recomendó guardar un mes de reposo. Cuando Bartolillo quedó restablecido del todo, la despensa de su casa se había aliviado, como también habían disminuido el número de los animales del corral. A partir de entonces aquél raquítico chiquillo se transformó en un robusto chaval que por su fortaleza entre la chiquillería causaba respeto. Lo peor es que a partir de ese momento cuando jugaba al futbol motivado por su abultada barriguita,  siempre le tocaba de portero.
Queridos amigos/as, con esta historia he querido mostrar mi agradecimiento a los sanitarios que figuran en esta narración de los tiempos de mi niñez y adolescencia, sin olvidarme de  don José León, médico, y practicantes como don Miguel, don Salvador y  otro al que se le conocía como Pepe, ya mayor, que acostumbraba a llevar un clavel en la solapa y que un día suplió a Manolito a la hora de ponerle la inyección a Bartolillo, el niño de esta narración.
El  que esto escribe, en nombre de Bartolillo, y en el mío propio, queremos expresar nuestro reconocimiento y gratitud a todos ellos, y sé que sin pediros permiso, el pueblo de Torredelcampo, y en especial los de mi generación, también se unirán a esta pequeña muestra de agradecimiento.

PD. El hecho de señalar a algunos sanitarios sin el término “don”, no es un menosprecio hacía ellos, sino que para su fácil identificación uso la forma con la que cariñosamente se les conocía. Quisiera que en los comentarios que hagáis no identifiquéis a nadie con el apodo si lo tuviese. Gracias.

CINES DE VERANO


CINES DE VERANO
Juego de manos, a la sombra de un cine de verano. No, no voy a mostrarles la letra de esta canción de Sabina que estoy seguro muchos conocemos y que al oírla hoy en el radio, la máquina de  mi memoria ha proyectado recuerdos de mi infancia y adolescencia inmortalizando aquellos cines de verano que disfrutamos los de mi generación.
Todo empezaba con el calor. Para San Isidro los cines de verano de nuestro pueblo ya estaban algunos acondicionados, con sus muros encalados, esto era primordial, por lo que los primeros días el olor gratificante a la cal era muy notorio. El cerco negro recién pintado  de la pantalla resaltaba sobre el blanco impoluto de la misma donde al anochecer, en la primera función, debido a la claridad aún reinante no se distinguían con nitidez a los personajes que salían en el Nodo. El olor a tierra fresca recién regada en el patio de sillas solo lo disfrutaban aquellos que no estaban en las escalinatas del gallinero donde la chiquillería soportábamos el calor de las losas de los asientos en nuestras posaderas; gradas caldeadas  por las chicharreras de incontables siestas por lo que para disimular el bochorno y no nos llegase a pasar lo del niño del chiste de Paco Gandía –el de los garbanzos en la plaza de toros-  con el fin de aliviarnos cuanto antes del sofoco  solíamos gritar a coro una y otra vez ¡Que lo echen ya!
Cada cine a primera hora de la mañana colgaba la cartelera anunciando la película en los muros de su local y en los aledaños de nuestra plaza en un lugar reservado. A veces, si la película era muy esperada, el pregonero del pueblo, o Juan Diego, en las esquinas de las calles, anunciaban a golpe de garganta el título del films y el cine donde se proyectaba. Una hora antes de la función, los altavoces a todo volumen instalados en la puerta de los cines inundaban con sus decibelios música de moda o la de alguna banda sonora como la de El Bueno, el Feo, y el Malo, de Ennio Morricone, esto último que cuento es de un tiempo  donde ya era yo  más que un aprendiz de mozo.
Cines de verano como El Rosales de  La Puerta Jaén frente al convento, el del Moyuelo donde está la plaza de abastos, y el del molino de aceite de don Justo en el Camino de la Estación, fueron los primeros cines de verano de nuestro pueblo. Cines los nombrados de mi niñez donde recuerdo haber visto Ama Rosa en el Rosales, La Herida Luminosa en el del molino ya mencionado y Quo Vadis en el Moyuelo.    
No cabe duda que el Cine Paseo fue el mejor cine de verano que disfrutamos en nuestro pueblo, pues los otros referidos estaban instalados en improvisados locales y corralones, como el de la familia Malo en su molino de aceite. El Cine Paseo junto con el del Valverde que llegó a llamarse: Risán, Eslava o Rialto, aquél que fue nuestro cine de invierno, disponía de un patio con gallinero incluido y fue un clásico dentro de los cines de verano de nuestro pueblo.
Adiós a aquellos cines de verano de tan entrañables recuerdos. Adiós a esa mezcla de sentimientos limpios vividos en mi niñez y adolescencia en aquellas noches calurosas donde algunos entraban con el botijo en la mano con el fin de refrescarse para ver películas entretenidas de géneros variados, del oeste, de risa, de romanos, de lágrimas, y de aventuras, todas ellas calificadas a la salida por los que salían a los que entraban a la segunda función, como peliculón, “pisiaso”, o “lataso”.
Aquellos cines de verano de mi pueblo, de placenteras noches estrelladas, donde a veces, alguna estrella fugaz o la luz intermitente de algún lejano avión distraían la mirada de la pantalla. Retales de recuerdos de mi niñez y de mi infancia que se bambolean entre el aroma de los dompedros de los arriates de algunos de estos cines donde todas las tardes esperaban ellos florecer a partir de oír el último de los tres sonoros timbrazos anunciando la proyección, para así poder ver estas bellas flores la película gratis. El clic, clic, clic, tan característico de la gente comiendo pipas quedaba apagado a veces cuando los protagonistas se besaban y los chiquillos desde el gallinero gritábamos aquello de: picho, picho, picho. Las brasas de los cigarrillos parpadeando en la semioscuridad y su humo buscando el cielo pasaban a veces por el haz de luz del proyector dibujando extrañas y enmarañadas nebulosas que llegaban asimismo a distraer a los espectadores.
Y mientras en la pantalla prendía fuego a Roma Nerón, contra la última fila del cine y en calcetines aprendimos tú y yo…Vuelve Sabina. ¡Cuántos recuerdos!
¡Qué pena que desaparecieran aquellos cines de verano!
Ya lo dije en otro escrito donde comentaba nuestros cines: Los cines de verano desaparecieron cuando aquél conocido pintor de techos de cines de verano se jubiló.