martes, 25 de agosto de 2020

HIGOS

 


HIGOS

En las quebradas, en los regajos, y en los olivares de terrenos abruptos se solían plantar higueras, abundando esta planta bíblica en las zonas más cercanas a nuestro pueblo. No había viña que a la sombra de la higuera los meses de estío no cobijase bajo su frescor el hato del dueño y a alguna caballería durante las tórridas siestas. También proliferaban mucho en los corrales de las casas: Higuera breval, una o dos en el corral, dice el refrán.

Los higos en la posguerra aliviaron el estómago de muchas personas en nuestro pueblo. Quienes eran poseedores en aquél tiempo de algunas higueras, durante el mes de agosto cuando el higo suele estar en plena sazón, solían satisfacer parte de su apetito comiendo este fruto, así el panaseite con unos higos, era y será, para algunos entre los que me encuentro, un manjar, que además de proporcionar placer a mis glándulas gustativas me vale para rebobinar la máquina de mi memoria y recordar escenas de aquellos tiempos. También los higos solían servirse de postre supliendo a otras frutas en beneficio de la necesitada economía familiar.

En aquella época, para que algunos avispados no birlasen este fruto, si el dueño tenía chiquillos, eran estos los encargados de vigilar las higueras y al mismo tiempo ahuyentar a los pájaros para que no picoteasen los higos. En estos casos  a la hora de regresar a casa eran ellos los encargados de recolectarlos para el disfrute familiar. Viene a mi memoria aquellas pequeñas cestas elaboradas con varetas que servían en estos casos para acarrear los  higos, y como tapadera se colocaban unas hojas de la higuera lo que adornaba su presentación.

La variedad más extendida por aquella época era el higo negro conocido en nuestro pueblo como goén. He leído que a  esta clase de higos se le denomina Cuello de dama negra, destacando estos por el  muy acentuado y dulce sabor de su  pulpa, lo mismo que el verdal que también  abundaban muchas higueras de esta gama.

Un año, después de caer las primeras lluvias otoñales, “haciendo suelos” en un paraje de nuestro pueblo muy conocido por mí, un tío mío a la hora de comer me mandó hasta una cañada cercana, casi oculta esta del bregar de la gente y  por la que entre la intrincada profundidad de su vertiente algunos veranos llegaba a discurrir un hilillo de agua. El objeto del mandado era ver si una higuera que allí se guarecía tenía frutos. Teniendo en cuenta que estábamos en los primeros días de octubre creía que me estaba tomando el pelo, pero mi sorpresa fue cuando llegado al lugar vi a la higuera que  estando casi desnuda de hojas, sus ramas mostraban orgullosas sus frutos en plena sazón. Eran estos higos verdales, achatados, que derramaban miel por los orificios de la parte inferior al cabo  lo que en botánica se le conoce como ostiolo, siendo  estas pequeñas aberturas de un rojo bermellón muy intenso destacando este color escarlata con los del verde profundo de los higos. Llevo casi seis décadas sin asomarme por ese paraje y no sé si vivirá aún esa higuera de frutos tardíos. La higuera que sí sobrevive y que creo será la más longeva de nuestro pueblo es la que está próxima a los Puentecillos, donde antes instalaban el ferial, a la que yo hace años la bauticé con el nombre de Higuera Comunitaria, ya que desde el amanecer hasta bien entrada la mañana, años atrás, era un continuo deambular de gentes con bolsas y cañas para beneficiarse de  sus frutos.   

Quería hacer mención al pan de higo que se obtenía con  higos puestos al sol y luego triturados. A esta masa compacta se le podía añadir algunos ingredientes como aguardiente, matalahúga y ajonjolí. Si alguno de mis lectores ha comido pan de higo con alguna bellota dentro, estoy por asegurar que rondará mi edad.

Mientras esto escribo, he despertado a mi apetito que me pide degustar algunos higos. Mañana iré a la frutería y compraré una docena a sabiendas que nunca tendrán el sabor, la textura, y hasta el olor de los de mi pueblo, sobre todo los que producen las higueras de alguien al que estimo llamado Antonio; los de éste, me recuerdan a aquella higuera tardía que descubrí en una oculta cañada  mientras trabajaba en mi pubertad.   


LA ÚLTIMA CARTA DE MI ABUELO

  

LA ÚLTIMA CARTA DE MI ABUELO.

La despedida. Pintura de Juan Lucena.

Es tan humano su contenido que no he podido reducir el texto.

(Basada en una historia real que escuché, y  recreada a mi manera)

Mi nombre es Juan Manuel, tengo doce años y vivo en un barrio muy humilde de Madrid bastante alejado del centro. Voy al colegio donde hago el último curso de educación primaria. Bueno, he dicho que voy al colegio, aunque no es cierto del todo porque no asisto a él desde que comenzó lo del coronavirus. Mi padre murió de cáncer cuando yo tenía cinco años. De él recuerdo muy poco, vagamente que me llevaba a un parquecito cercano a mi casa y me montaba en un columpio. Yo le pongo cara en mi mente debido a las múltiples fotografías que inundan mi modesto hogar que mi madre se encarga de adornar con flores, sobre todo una muy grande que reposa en el salón.

Desde que mi padre murió, mi abuelo Antonio que vive desde siempre con nosotros ha sido  mi fortaleza protectora, mi refugio, mi consejero, y también mi confidente, además del principal baluarte en el plano económico  familiar contribuyendo con su pensión a la mezquina paga asignada a mi madre por viudedad.    

Era sábado, catorce de marzo. La noche anterior mi abuelo no quiso cenar y se fue a la cama antes de lo acostumbrado. De madrugada le oí toser, y a mi madre entrar y salir de su habitación obligándole en voz baja a tomar alguna pastilla. Cuando me levanté, mi abuelo seguía peor, la tos había aumentado y la fiebre casi rozaba los treinta y nueve grados. <<No te preocupes hijo, esto es un resfriado más, me dijo>>   Una mirada cómplice con mi madre premonitoria de que podía ser el coronavirus y no un simple resfriado, hizo que esta se alejara de la habitación de mi abuelo y marcase el número de urgencias. Inmediatamente después, siguiendo el protocolo de recomendaciones de los del otro lado del teléfono, yo ya no pude entrar en su habitación. Por la tarde sonó el timbre de la casa y dos enfermeros vestidos de blanco con un traje lo más parecido al de un buzo vinieron y se lo llevaron al hospital. Nada de abrazos y acompañamiento. Yo estaba en un extremo del pasillo cuando desde el umbral de la puerta antes de irse se giró, me miró fijamente durante unos instantes y por la expresión de su rostro intuí que quería esconder la preocupación que le embargaba. Desde la calle antes de entrar en la ambulancia percibió que le estaría observando desde la ventana y esta vez me envió un beso con la mano al tiempo que le oí gritar un sonoro y efusivo adiós agitando su mano, lo que fragmentó mi frágil estado emocional, pues rompí a llorar de forma desconsolada a escondidas de mi madre. Esta fue la última vez que vi a mi querido abuelo.

Al día siguiente nos confirmaron lo que sospechábamos y temíamos, que mi abuelo había contraído el coronavirus. Durante los dos días siguientes  comunicamos con él a través de un teléfono de una enfermera llamada Pilar, que decía él que era un ángel. Luego, cuando entró en la UCI, fueron las llamadas diarias desde el hospital al móvil de mi madre dándonos a conocer cada vez más su gravoso estado, teléfono que dejó de atender ella a raíz de que en unas pruebas posteriores que nos hicieron había dado positivo y sintiéndose mal recomendaron su ingreso en el mismo hospital donde estaba mi abuelo. Así que me quedé solo en casa confinado. Al ser menor de edad me visitaron los asistentes sociales recomendándome ingresar en no sé qué institución de menores pero me negué a ello rotundamente. Desistieron cuando una tía mía que vivía en un barrio al otro extremo de la ciudad dijo encargarse ella  de atenderme, en hacerme las compras y sobre todo estar al tanto de mí.

Del teléfono ahora esperaba a diario dos llamadas, la de mi madre que hablaba con ella y la de la encargada de comunicarme la situación de mi abuelo. Pasados tres días, de madrugada, recibí la noticia. La persona que estaba al otro lado del teléfono al oír mi voz aún infantil recomendó que se pusiera mi madre u otra persona mayor. Le dije que era su nieto y que estaba solo, pero  preparado para lo peor. Me derrumbé al saber la noticia, y en mi dormitorio lloré sin consuelo alguno. En mi aflicción que aún me dura, constantemente venían a mi memoria escenas de mí vivir con él. Los viajes constantes a su pueblo andaluz que ansiábamos siempre. Las de veces que estando yo enfermo lo sentía de madrugada entrar una y otra vez en mi habitación con mucho sigilo. El dinero que me daba a escondidas de mi madre para satisfacer mis precarios caprichos,  y muchos más detalles, todo ello  aumentaban mi congoja, y lo peor, la constante preocupación porque que a mi madre le ocurriera lo mismo. 

Pero afortunadamente mi madre a la que le dieron la triste noticia estando en el hospital, volvió a casa a los pocos días de fallecer mi abuelo, si no restablecida del todo, al menos convaleciente.  Seguíamos confinados a la espera de que nos avisasen para enterrar su cuerpo que lo llevaron al Palacio de Hielo,  convertido en morgue. Al cabo de tres semanas pudimos darle sepultura. Yo asistí junto con mi madre a su entierro donde un sacerdote en el mismo cementerio rezó unas cortas exequias por su alma. Mi abuelo reposa en un nicho provisional hasta que más adelante cumpliendo su promesa llevemos sus restos a su tierra añorada donde descansarán para siempre.

Ayer sonó el timbre de mi casa. Abrí la puerta. Una mujer joven preguntó si yo era el nieto de Antonio, mi abuelo. Se identificó como Pilar, la enfermera que lo cuidó hasta que murió. Sentados en el salón, mi madre la bombardeó a preguntas, pero todos sus diálogos terminaban siempre invocando una y otra vez mi nombre con frases de mi abuelo hacía mí. Palabras que la enfermera estando mi abuelo aún consciente transcribió en un papel con la promesa de hacérmelo llegar y que ella de seguro las hilvanó enriqueciendo el texto a juzgar por su manera tan preciosa  en sus descripciones:

La carta que leyó la enfermera decía lo siguiente:

Querido nieto Juan Manuel:

Teniendo la certeza de que voy a morir quiero que durante toda tu vida tengas presentes estos mis últimos consejos:

Juanma –así acostumbró desde siempre a llamarme-, cuídate mucho de aquellas personas que en vez de repartir felicidad van sembrando odio y rencor; el mundo está cuajado de ellas. Las llegarás a identificar a medida que irán cicatrizando en ti las heridas que te hagan. Aquí, en este mundo que se te ofrece, cuando comiences a caminar por sí solo encontrarás tus cielos y tus infiernos. No te desanimes ante la adversidad, pero cuando ello ocurra solicita siempre el consejo de tu madre a quién deberás de querer y proteger. No la abandones nunca.

Yo soñaba siempre que el día que me muriese iba a estar acompañado por tu madre y por la dulce caricia de tus manos, pero Dios no lo ha querido. Me voy cuando más me vas a necesitar, ya que a falta de tu padre hubiese sido tu consejero para servir de puente entre tu madre y tú, sobre todo cuando llegues a esa etapa tan difícil de tu vida llamada pubertad tan llena de interrogantes donde el adolescente tiene la convicción de ser un incomprendido. Es, en ese período de tu vida cuando deberás de conducir tu conducta por los senderos rectos que yo y tu madre te hemos enseñado. Si un árbol crece torcido y no se corrige a tiempo se desarrollará con el tronco inclinado para siempre. El saber escoger a tus amigos te evitará de muchos problemas. Esto es fundamental.

 

Respeta siempre a las personas mayores; en ellos reposa y se apacienta la sensatez. Y si ellos no han estudiado y no están a tu altura en conocimientos, piensa que tal vez fue porque no pudieron, y no porque no quisieron. No te rías nunca de su ignorancia, pues sin estudiar, ellos, poseen el poso que la universidad de la vida les ha enseñado y a veces el significado de una frase pronunciada por estas personas mayores encierra tanta o más racionalidad que la expresada por cualquier filósofo. 

 

Quisiera decirte tantas cosas, pero no tengo tiempo pues la vida se me acaba. No llores hijo, tu abuelo Antonio va a emprender un viaje hasta donde se encuentra la abuela Juana, de modo que estaré siempre acompañado por ella, distinto viaje este  de aquél cuando me fui solo a Alemania. No pierdas la costumbre de ir a nuestro pueblo. Reza en la ermita como yo te enseñé. Adiós querido Juanma, desde el Cielo velaré siempre por ti y por mi hija, tu madre. Cuídala siempre.

 

Desde el principio de la lectura los sollozos de mi madre no sólo me contagiaron a mí, sino que la enfermera hubo de hacer varias pausas afligida también por el llanto. Después, del sobre que contenía la carta, sacó  algo y me lo dio. Reconocí de inmediato la medalla que siempre llevaba colgada en el cuello mi abuelo, la medalla de la Patrona de su pueblo que le regaló mi abuela cuando se fue a Alemania y que según la enfermera quiso que fuera para mí, medalla que desde ese mismo momento cuelga en mi cuello.

Pilar, la enfermera nos dijo que cuando murió, ella estaba de guardia y que no le abandonó ni un solo segundo. Su mano, manifestó, suplió a la mía, a la de su nieto Juan Manuel. Mi agradecimiento de por vida a esta gran mujer y a todo el personal sanitario.

Este fue el triste final de mi querido abuelo, la historia de su muerte habrá sido semejante a las de tantos otros que murieron en la soledad de un hospital por el coronavirus, sin el calor y el consuelo de la familia.  

Descansa en paz abuelo.

Que así sea, querido chaval. Este que escribe se une a tu dolor y al de tantos nietos que dijeron adiós a sus abuelos por culpa de la pandemia, como los niños de la pintura que ilustra este escrito. Verdaderamente no merecieron, ni siguen mereciendo morir así. Dramas como este lamentablemente se sucederán porque esto no ha acabado.

 

 

jueves, 23 de julio de 2020

REQUIÉN POR UN CORTIJO


RÉQUIEN POR UN CORTIJO.
A ellos, a la generación  a la que tanto les debe esta sociedad, y sobre todo, a los que formando parte de ella han muerto en mi pueblo por coronavirus.
En su memoria.
Hay un cortijo en mi pueblo donde el hambre yace amortajada con harapos negros.
Hay ventanas por las que entran raquíticas palomas  que se posan antes de morir en estacas donde antes colgaban talegas  con pan duro.
Hay una mancha en la pared donde pendía un viejo candil que alumbró el parto de una niña analfabeta.
Hay una chimenea donde con lumbres de estiércol seco, roncaban pucheros en los que bailaban al son de la música de sus hervores, contados y desamparados garbanzos.
Hay un pajar en el que llueve donde los muleros ya no  juegan a las cartas las tardes de tormenta.
Hay grietas en sus muros por donde en noches de plenilunio emergen murciélagos que escalan hasta la luna para amamantarse de ella.   
Hay en el suelo muelles oxidados del somier donde la cortijera dormía soñando con bañarse en el mar que nunca conoció.
Hay una cuadra donde los cascotes reposan en los pesebres sirviendo de pienso a las telarañas.
Hay un aljibe donde en su profundidad beben agua vieja  jornaleros muertos.
Hay una teja inclinada que perfora la pared de una ruinosa habitación donde ahora solo mean las lagartijas.
Hay piedras en el pavimento que dejaron de  brillar por el suave roce de las albarcas.
Hay una alacena arrumbada donde nunca albergó en sus estanterías algo que le gustase al perro.
Hay una destartalada puerta en el suelo con clavos corroídos por la herrumbre que soportó los silbidos del viento  de más de mil temporales.
Hay cientos, miles de olivos a su alrededor que pertenecen al dueño del cortijo a quien no conocen, ya  que nunca les agasajó con una caricia de azadón.   
Hay plantas  parásitas sin escardar  en los muros del cortijo esperando a que el niño cortijero la desmoche con su   heredado y desgastado almocafre de desdichas.
Hay días donde la luna quiere seguir acostada en el sudoroso jergón donde murió el abuelo.
Hay noches que se oyen lamentos, pero son el alma de desgarrados fandangos cantados por finados jornaleros que ansían  volver a vivir otra vez en aquel cortijo.

SANITARIOS DE ENTONCES


SANITARIOS DE ENTONCES
Bartolillo era un niño escuchimizado de aspecto enfermizo, con rodales blancos en la cara lo que aumentaba su deprimente estado canijo. A veces, un vecino de la calle le traía del campo  bulbos del color de las zanahorias llamados gamones para que se frotara con ellos en los rodales que tanto afeaban su rostro. Bartolillo,  debido a su endeblez, nunca buscaba pelea pues siempre se plegaba sumiso a las órdenes de cualquiera de los amigos de la calle, ni que decir, de los cabecillas que dominaban el grupo.
Aquél día Bartolillo no salió a jugar como acostumbraba. El grupo de niños que correteaban en la calle dejaron de hacerlo cuando vieron a don Manuel Pulgar, el médico, todo muy diligente asomando por lo alto de la calle con su maletín. El servicial y bondadoso galeno pasó delante de los niños con su vestimenta habitual de traje y corbata y se internó unos metros más adelante en la casa de Bartolillo donde habían requerido sus servicios.  La madre del niño toda apurada le contó al médico que su hijo a raíz de que vomitara la cena la noche anterior, la fiebre y la tos se habían apoderado de él. Don Manuel auscultó a Bartolillo con su estetoscopio y después de explorarle otras partes de su ligero y delgado cuerpo, diagnóstico que el niño padecía bronquitis aguda, nada grave por el momento según aseguró a la mujer. Le recetó además de una pastilla de okal cada ocho horas, dos inyecciones diarias durante dos semanas, y sobre todo tomar mucho líquido, aunque lo más importante para su pronta recuperación era conveniente una dieta rica en proteínas para aumentar las débiles defensas de la criatura. Todo esto se lo explicaba don Manuel  a la madre del niño mientras se lavaba las manos en una jofaina “safa” que estaba preparada mucho antes de su visita junto con una pastilla de jabón a estrenar y una inmaculada toalla.
Bartolillo en cuanto oyó que todos los días tenían que ponerle dos inyecciones rompió a llorar. Don Manuel, antes de despedirse de la criatura le dijo que no estaba bien visto que los hombres lloraran y que las buenas viandas que a partir de ahora iba a disfrutar compensaría el dolor de los pinchazos.
Y así fue como a partir de aquél día, la visita del practicante se hizo habitual en casa de Bartolillo. La persona a la que se le encomendó la tarea de inyectarle al chiquillo era un practicante al que se le conocía cariñosamente como Manolito, hombre muy dicharachero y jovial que algunas veces solía dar un fuerte cachete en las posaderas antes de poner la inyección diciendo que ya estaba la aguja clavada, y cuando estabas descuidado ¡zasca!.  La madre de Bartolillo antes de la visita del sanitario ya tenía preparado el bote con alcohol y el paquete de algodón. Cuando llegó por primera vez,  de una cartera pequeña que llevaba bajo el brazo donde portaba los bártulos para su trabajo, sacó una pinza o tenacillas para sostener un pequeño recipiente metálico que inundó de alcohol y  después de introducir una aguja  le prendió fuego. La aguja permaneció hirviendo envuelta en una llama azul para su desinfección hasta que llegó a apagarse una vez consumido el líquido inflamable. Luego, después de conectarla a la jeringuilla pinchó con ella el tapón de goma del frasco que contenía el medicamento y extrajo el líquido para inyectarlo en el trasero de Bartolillo que aguantó estoicamente el pinchazo sin rechistar quedando como un héroe delante de unos cuantos chiquillos amigos suyos, “golilleros” ellos que no perdían detalle.
Los practicantes, al igual que los médicos dependían en aquellos tiempos de los honorarios que cobraban por realizar su trabajo. Así pues, el caer enfermo suponía a veces en enfermedades graves la merma de los ahorros de las familias al tener que comprar también los medicamentos. Pero la solidaridad mezclada con las costumbres torrecampeñas no se hicieron esperar, pues a partir de ese día la casa de Bartolillo era un puro devenir de vecinos y familiares entrando y saliendo interesándose por la salud del chiquillo. Nadie que iba a visitarlo llevaba las manos vacías. Latas de melocotón en almíbar, plátanos, dulces de la confitería, chocolate, galletas, y hasta tripas de salchichón fueron almacenándose en la alacena de la casa de Bartolillo que pronto se recuperó, aunque después de superar la bronquitis, don Manuel  le recomendó guardar un mes de reposo. Cuando Bartolillo quedó restablecido del todo, la despensa de su casa se había aliviado, como también habían disminuido el número de los animales del corral. A partir de entonces aquél raquítico chiquillo se transformó en un robusto chaval que por su fortaleza entre la chiquillería causaba respeto. Lo peor es que a partir de ese momento cuando jugaba al futbol motivado por su abultada barriguita,  siempre le tocaba de portero.
Queridos amigos/as, con esta historia he querido mostrar mi agradecimiento a los sanitarios que figuran en esta narración de los tiempos de mi niñez y adolescencia, sin olvidarme de  don José León, médico, y practicantes como don Miguel, don Salvador y  otro al que se le conocía como Pepe, ya mayor, que acostumbraba a llevar un clavel en la solapa y que un día suplió a Manolito a la hora de ponerle la inyección a Bartolillo, el niño de esta narración.
El  que esto escribe, en nombre de Bartolillo, y en el mío propio, queremos expresar nuestro reconocimiento y gratitud a todos ellos, y sé que sin pediros permiso, el pueblo de Torredelcampo, y en especial los de mi generación, también se unirán a esta pequeña muestra de agradecimiento.

PD. El hecho de señalar a algunos sanitarios sin el término “don”, no es un menosprecio hacía ellos, sino que para su fácil identificación uso la forma con la que cariñosamente se les conocía. Quisiera que en los comentarios que hagáis no identifiquéis a nadie con el apodo si lo tuviese. Gracias.

CINES DE VERANO


CINES DE VERANO
Juego de manos, a la sombra de un cine de verano. No, no voy a mostrarles la letra de esta canción de Sabina que estoy seguro muchos conocemos y que al oírla hoy en el radio, la máquina de  mi memoria ha proyectado recuerdos de mi infancia y adolescencia inmortalizando aquellos cines de verano que disfrutamos los de mi generación.
Todo empezaba con el calor. Para San Isidro los cines de verano de nuestro pueblo ya estaban algunos acondicionados, con sus muros encalados, esto era primordial, por lo que los primeros días el olor gratificante a la cal era muy notorio. El cerco negro recién pintado  de la pantalla resaltaba sobre el blanco impoluto de la misma donde al anochecer, en la primera función, debido a la claridad aún reinante no se distinguían con nitidez a los personajes que salían en el Nodo. El olor a tierra fresca recién regada en el patio de sillas solo lo disfrutaban aquellos que no estaban en las escalinatas del gallinero donde la chiquillería soportábamos el calor de las losas de los asientos en nuestras posaderas; gradas caldeadas  por las chicharreras de incontables siestas por lo que para disimular el bochorno y no nos llegase a pasar lo del niño del chiste de Paco Gandía –el de los garbanzos en la plaza de toros-  con el fin de aliviarnos cuanto antes del sofoco  solíamos gritar a coro una y otra vez ¡Que lo echen ya!
Cada cine a primera hora de la mañana colgaba la cartelera anunciando la película en los muros de su local y en los aledaños de nuestra plaza en un lugar reservado. A veces, si la película era muy esperada, el pregonero del pueblo, o Juan Diego, en las esquinas de las calles, anunciaban a golpe de garganta el título del films y el cine donde se proyectaba. Una hora antes de la función, los altavoces a todo volumen instalados en la puerta de los cines inundaban con sus decibelios música de moda o la de alguna banda sonora como la de El Bueno, el Feo, y el Malo, de Ennio Morricone, esto último que cuento es de un tiempo  donde ya era yo  más que un aprendiz de mozo.
Cines de verano como El Rosales de  La Puerta Jaén frente al convento, el del Moyuelo donde está la plaza de abastos, y el del molino de aceite de don Justo en el Camino de la Estación, fueron los primeros cines de verano de nuestro pueblo. Cines los nombrados de mi niñez donde recuerdo haber visto Ama Rosa en el Rosales, La Herida Luminosa en el del molino ya mencionado y Quo Vadis en el Moyuelo.    
No cabe duda que el Cine Paseo fue el mejor cine de verano que disfrutamos en nuestro pueblo, pues los otros referidos estaban instalados en improvisados locales y corralones, como el de la familia Malo en su molino de aceite. El Cine Paseo junto con el del Valverde que llegó a llamarse: Risán, Eslava o Rialto, aquél que fue nuestro cine de invierno, disponía de un patio con gallinero incluido y fue un clásico dentro de los cines de verano de nuestro pueblo.
Adiós a aquellos cines de verano de tan entrañables recuerdos. Adiós a esa mezcla de sentimientos limpios vividos en mi niñez y adolescencia en aquellas noches calurosas donde algunos entraban con el botijo en la mano con el fin de refrescarse para ver películas entretenidas de géneros variados, del oeste, de risa, de romanos, de lágrimas, y de aventuras, todas ellas calificadas a la salida por los que salían a los que entraban a la segunda función, como peliculón, “pisiaso”, o “lataso”.
Aquellos cines de verano de mi pueblo, de placenteras noches estrelladas, donde a veces, alguna estrella fugaz o la luz intermitente de algún lejano avión distraían la mirada de la pantalla. Retales de recuerdos de mi niñez y de mi infancia que se bambolean entre el aroma de los dompedros de los arriates de algunos de estos cines donde todas las tardes esperaban ellos florecer a partir de oír el último de los tres sonoros timbrazos anunciando la proyección, para así poder ver estas bellas flores la película gratis. El clic, clic, clic, tan característico de la gente comiendo pipas quedaba apagado a veces cuando los protagonistas se besaban y los chiquillos desde el gallinero gritábamos aquello de: picho, picho, picho. Las brasas de los cigarrillos parpadeando en la semioscuridad y su humo buscando el cielo pasaban a veces por el haz de luz del proyector dibujando extrañas y enmarañadas nebulosas que llegaban asimismo a distraer a los espectadores.
Y mientras en la pantalla prendía fuego a Roma Nerón, contra la última fila del cine y en calcetines aprendimos tú y yo…Vuelve Sabina. ¡Cuántos recuerdos!
¡Qué pena que desaparecieran aquellos cines de verano!
Ya lo dije en otro escrito donde comentaba nuestros cines: Los cines de verano desaparecieron cuando aquél conocido pintor de techos de cines de verano se jubiló.

LA MURALLA CICLÓPEA


LA MURALLA CICLÓPEA

Cuando estoy en ese lugar noto algo muy especial difícil de describir y por lo tanto de escribir, es algo magnético y telúrico que envuelve mí ser. Es, como si  aquél sitio desprendiese una misteriosa energía que a veces llega a sobrecogerme, como si de las  piedras milenarias de la muralla ciclópea emergiese un poder etéreo irradiando todo el Llano de Santa Ana. Piedras las de estos restos de muralla que siguen mirando desde siempre a la cueva del Cerro Miguelico como queriendo rendirle pleitesía al Idolillo; a propósito, ¿dónde estará? la también llamada Venus Prehistórica. Miran estas rocas también a las tumbas iberas que fueron profanadas y que conocerían a sus autores, pero callaron como piedras que son.
Extraña sensación la que percibo estando allí, sobre todo las veces que he visitado el cerro por la noche, acompañado siempre por el respeto de mis creencias religiosas al estar cerca de un lugar de culto como es nuestra venerada ermita, notando en esas ocasiones que ese acatamiento por lo sagrado se mezcla con una extraña aprehensión espiritual y contemplativa motivada a su vez por no sé qué fenómeno o energía que creo percibir en el Llano de Santa Ana. No, no creáis, pues no quiero confundiros ya que hasta ahora soy muy escéptico de todo aquello que se salga de las leyes establecidas de la física y la lógica, pero… bueno, en definitiva, que aquél lugar es muy especial, al menos para mí, aunque hay algo que me desconcierta y por eso llego a preguntarme, ¿no experimentarán nada aquellos que confunden este lugar con una sala de fiestas y banquetes dejándolo todo cuando se marchan sembrado de basura? En fin, amigos…a lo que voy.

Hace un puñado de años, estando en nuestro pueblo, fui invitado a una velada literaria en la muralla ciclópea. Esto fue lo que yo viví aquella noche de verano.

         Prado llano en la montaña mágica en la noche. Por entre los recovecos de las piedras arrugadas y desgastadas de la muralla ciclópea reposan cirios que dan luz como luciérnagas a poetas muertos. Hay fotos de ellos retorcidas en los repliegues de las rocas milenarias, como retorcidas fueron las vidas de muchos de los mismos.

         Como en un aquelarre pero sin fuego ni meigas, voces espontáneas prestan su voz a esos poetas muertos, rememorando poemas de amor, de muerte y de libertad. Sobra en la noche mágica la palabra guerra, de aquella guerra ¡Que no la nombren! Preguntar a la muralla cuantas guerras ha vivido y no os hablará de ninguna. Ni tampoco os hablará de destierros, ni de vencedores ni de vencidos. Abrir pues la muralla al corazón del amigo, al mirto y la hierbabuena, como dice el cantar.

         Prado de Santa Ana en la noche. La luna, totalmente encendida, quiere participar pintando de amarillo pálido de muerto el olivar y los pinos que se divisan a lo lejos ¿Por qué de muerto, sí los poetas están vivos? ¿No oyes sus voces? ¡Están hablando todos ellos!

         Pero antes de que los poetas hablaran han callado los grillos, al tiempo que el viento mejor acunaba que mecía, música que trasladaba a los reunidos a épocas pasadas, y les hacían redescubrir emociones ya vividas. Dulce armonía de violines, clarinetes y guitarras en la noche de luna llena, allí, en el Llano de Santa Ana, junto a la muralla ciclópea.

         Y aquél puñado de almas allí reunidas, prestaron su voz, y hablaron los poetas. Uno por uno, todos los líricos invocados fueron desfilando, y se escucharon en silencio poemas que luego mansamente eran arrastrados por el viento cayendo en cascada por la pendiente montaña abajo, como queriendo llegar antes de morir hasta el pueblo, porque pueblo fueron alguna vez.

         Cuando habló la voz prestada de García Lorca un jirón negro de una nubecilla casi anoréxica vistió de luto a la luna. 

         Prado llano, en la montaña mágica en la noche. Llano de Santa Ana.

Prado mortal de lunas y sangre bajo tierra. Prado de sangre vieja (Lorca)

Hace unas noches, Sergio Albacete, magistral saxofonista de nuestro pueblo, al que le mando un abrazo,  junto con la guitarra de Pigmalión inundaron de música y de colorido el Llano de Santa Ana sirviendo como fondo de su escenario la muralla ciclópea. Un bello espectáculo según me han comentado y que aprovecho para felicitar a Sergio Albacete, a su compañero Pigmalión y a los patrocinadores de este evento, la Diputación de Jaén y al Ayuntamiento de nuestro pueblo por tan acertado lugar para un acto así.
Precioso marco también para representar algún día la Pasión Viviente en Semana Santa y darle a Torredelcampo un impulso a la popularidad. ¿Os imagináis? Yo lanzo la idea. El escenario está ahí, y los actores esperando. En nuestro pueblo hay muchos.



lunes, 29 de junio de 2020

UNA MUJER DE SU CASA.



Dedicado a ti, mujer torrecampeña.

Torredelcampo, a mediados de los años cincuenta.

En la puerta de la calle, a un costado del escalón de piedra  descansan dos haces de ramón recién podado. Están ahí desde que poco antes de morir la tarde llegaran desde un olivar a lomos de un borrico blanco. La abuela, después de desatar el ramal que apretaba uno de los haces se dirigió hasta el corral con dos largas ramas que depositó puestas en vertical en una pared lindera. Al momento, una cabra vieja con las ubres muy arrugadas se precipitó sobre los ramos para rumiar los verdes vástagos. Dentro de la vivienda surgió una voz de mujer reclamando a la anciana. Llegado esta al interior, su hija, que era la persona que había solicitado su presencia le dio instrucciones para que atendiera a un niño de poco más de un año que permanecía erguido en  un castillejo de madera. La criatura sin pañales, tan solo con un pequeño mandilón se había hecho sus necesidades y pateaba con las piernecitas sus excrementos revueltos con el orín en el piso de madera del utensilio o jaula que lo sostenía. La madre, atendía en la lumbre de la chimenea una sartén donde bullían patatas cortadas a trozos. A su lado, en un rincón, cerca del fuego, una niña de cuatro años con el pelo enmarañado sentada en una sillita, contemplaba ensimismada las pompas de los borbotones que producían los hervores de la comida en la sartén. Un niño en edad escolar que se cubría la cabeza con una raída boina para disimular las manchas blancas en su rasurada cabecita producto de la tiña, entró  en la estancia llorando advirtiendo a su madre de que su padre  otra noche más regresaba a casa borracho. El niño lloraba porque sus amigos de la calle se burlaban de su progenitor cuando lo veían andar con pasos vacilantes dando trompicones, llamándole una y otra vez a coro ¡paloma!, ¡paloma!, lamentando el chaval la humillación que sufría casi a diario por parte de los chiquillos de la calle, algunos de ellos ya “pijalandrones” lo que le impedía enfrentarse con ellos. 
 
El hombre entró en la casa y sin saludar a nadie se dirigió a la cuadra con pasos dubitativos producto de la melopea. Al poco, después de echar un pienso al borrico volvió a la sala donde estaba la familia. En la mesa dispuesta ya para la cena había un pequeño tinajón humeante con patatas cocidas nadando en un caldo poco espeso de color amarillento por algún aditivo colorante. Un pan, una servilleta para uso de todos, y unas cucharas esparcidas sobre un raído hule en el que apenas se distinguía por su uso el mapa de España, esperaban a los comensales para la cena. La esposa una vez que el beodo marido tomó asiento le hizo saber su mal comportamiento, empleando para ello un tono dulce, casi suplicatorio. Éste, se levantó de improviso con los ojos inyectados en odio, y sin mediar palabra alguna estando su esposa aún de pié, le asestó dos sonoras bofetadas lo que le hizo a la mujer perder el equilibrio cayendo  al suelo. El llanto de los chiquillos mayores contagió también al del castillejo asustado por las voces e improperios junto con blasfemias que su padre lanzaba por su boca. Los gritos arreciaron cuando el hombre se dirigió a un rincón donde reposaba la vara de almendro que empleaba para fustigar al borrico. La abuela, la madre de la agraviada, ayudaba ahora a levantar del suelo a su hija que le costaba trabajo erguirse dado que se encontraba en avanzado estado de gestación mientras la culpaba por haber reprochado al marido su conducta beoda, advirtiéndola una y otra vez que las mujeres habían nacido para no contrariar nunca a los hombres. Ahora, la protegía con su cuerpo al mismo tiempo que la levantaba del suelo ya que su yerno  amenazaba con golpear con la vara a su desdichada hija mientras éste no paraba de maldecir. Debido al alboroto, también el borrico desde la cuadra quiso participar, e inquieto por el tumulto, rebuznó varias veces contagiando a la cabra que bramó desde el corral balidos angustiosos junto con el revoleteo y el cacareo de las gallinas. La anciana trataba de calmar los ánimos invitando a su hija y a su yerno a sentarse a la mesa de la malograda cena. La desgraciada esposa fue la primera en sentarse después de acomodar a sus dos hijos que ahora parecían más calmados. El iracundo marido después de dirigir una mirada desafiante a su mujer volvió a dejar la vara donde estaba en un principio y en vez de sentarse a la mesa puso rumbo al piso superior para acostarse. A mitad de la escalera se paró, y moviendo  amenazante su dedo índice como una navaja albaceteña, ordenó a su desdichada esposa a que en cinco minutos estuviese en la cama. La abuela le dijo a su hija que obedeciese en todo a su marido y que tratara de tranquilizarle utilizando para ello las artes que deben de emplear las mujeres para con los hombres, en definitiva, ser todo lo sumisa posible.

Después de recoger al niño del castillejo, la mujer agraviada se sacó uno de sus pechos y de inmediato la criatura empezó a chupar con fruición el jugo materno de su infortunada madre que de inmediato marchó a la habitación conyugal con la criatura mientras que la abuela atendía a los otros dos niños. A la media hora, la calma y el silencio reinaban en la casa. La abuela se acostó en la habitación que estaba continua con el comedor junto con los chiquillos en una cama grande de hierro forjado engalanada con dos perinolas de metal dorado en el cabecero en cada uno de sus extremos. Allí,  mientras las criaturas dormían repasó la mala suerte de su hija con el marido que le había tocado. Lo vivido esa noche no era una cosa fortuita sino que  escenas como esta se venían repitiendo desde que se casó. Ella, queriendo proteger a su hija había intercedido a hurtadillas denunciando el caso a la autoridad local para que mediara en el conflicto, pero no encontró apoyo ninguno, al contrario, le pareció que se mofara de ella por la hilaridad que le produjo al edil al contarle algunos detalles del sufrimiento de su hija.
Alguien de su entorno podría pensar que ella, la abuela, defendía y estaba de parte del despiadado yerno, pero no, era su acusado sentido proteccionista como madre lo que le obligaba en contra de sus principios a servir de conciliadora, ya que temiendo por la vida de su hija intentaba por todos los medios no contrariar a su verdugo. Mañana, la víctima, estando embarazada, además de atender los deberes de la casa, tendría que ir al arroyo a lavar una canasta de ropa, y yo, -rumiaba la abuela intentando dormir-, ir a la tienda a por comida al “fiao” diciéndole al tendero que lo dejara apuntado en la libreta, mientras que  su yerno, el cobarde maltratador, dilapidaba el poco y escaso dinero de que disponían en borracheras.

Su hija era muy conocida en el pueblo y gozaba  como cualquier mujer honrada, de ser una “mujer de su casa”, frase esta de hondo calado en Torredelcampo, que significaba ser honesta, hacendosa, limpia, y sobre todo fiel a su marido, y ante esposos como el que le tocó a su hija, lamentaba que no existiera una ley para proteger a las mujeres de canallas y desalmados como lo era el marido de su hija.

Pensando en que algún día tendrían derecho las mujeres a no sufrir discriminación y violencia de cualquier tipo por los hombres,  la abuela soñó para sus nietos un mundo donde los derechos humanos fuesen igual para ambos sexos. Afortunadamente aquél sueño utópico por aquél entonces, algún día no muy lejano llegaría a realizarse.     

Sin enarbolar más bandera que la de dejar constancia de hechos así, he querido reflejar con esta historia ficticia, la desgraciada vida de alguna mártir mujer -que me consta que las hubo, y no pocas-, en la época que me tocó vivir en mi niñez.