martes, 24 de septiembre de 2024

QUEMA DE RASTROJOS.

 

El mes de agosto iba muriendo entre calores de rastrojos calcinados, las sombras de atardeceres cada día más prematuros y amaneceres por el contrario más perezosos. En las eras reinaba la calma después del agobio de semanas atrás. En ellas quedaban algunos pequeños montones de paja, granzas y gárbulas, vestigios de parvas consumadas de los que algunos cabreros darían cuenta. El último grano de trigo ya se encontraba encerrado en el almacén del Servicio Nacional del Trigo junto con millones de granos, y sus dueños por estas fechas habían cobrado de manera anticipada el importe de la cosecha.

En este tiempo, hablo de finales de los cincuenta, los trabajos agrícolas sufrían un paréntesis por lo que la gente del campo aprovechaba este periodo para sacar el “mulear”, arreglar algún que otro chortal en sus tierras que consistía en cavar una zanja y rellenarla de piedras para que durante los temporales de invierno el agua fluyera entre ellas, y los más, el preparar los barbechos antes de la simienza.

Para la Virgen de Agosto recuerdo que ya se podían quemar los rastrojos pues todos los cortijillos de la campiña, aquellos que habían estado habitados, ahora, estaban solitarios y el silencio imperaba en ellos. Lejos quedó el agradable olor a los pucheros y “carneretes”, que se percibían durante la briega de la recolección de los cereales, y en algunos de estos, dejó de oírse el sonido alegre del cacarear de las gallinas que ahora ya no disfrutaban de la libertad que el cortijillo les otorgó, sin tapias ni alambreras en todo el vasto paisaje campiñés, vueltas todas ahora a su antiguo redil prisioneras en un corral. La señora campiña con vestido amarillo rastrojal y pinceladas de ocre barbechado, disfrutaba de la tranquilidad del paisaje del agosto agonizante.

Al morir la tarde el rojo crepúsculo del horizonte se confundía con el del fuego de los rastrojos. Era al anochecer la hora más propicia para quemarlos, si bien, antes, si en las lindes había otro rastrojo se tenía que realizar un cortafuegos para que no prendiese en el del vecino. La paleta de colores del crepúsculo pareciera querer competir con la de los fuegos en la tarde-noche. Era esto un espectáculo realmente bello, difícil de describir, ancestral y un tanto esotérico, por lo que el fuego representaba y representa para muchas creencias, la destrucción de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo.

Bandadas de perdices desorientadas volaban buscando otro rastrojal donde seguir alimentándose con las espigas indultadas por los segadores. Después, la tierra vestida de luto esperaba la llegada de la yunta para roturar con el arado el duro terreno ayudado con una piedra en las manceras.

Este intervalo de trabajos esporádicos para aquellos que poseían tierras de propiedad o arrendadas contrastaba con aquellos que esperaban día tras día dar un jornal. Como solución era irse a la vendimia y ganar unas perrillas. Pasados los años, los nietos de aquellos jornaleros vuelven a irse a la vendimia francesa. Me avergüenzo de ello, aunque ahora se vayan desde la estación de Jaén en el AVE y no en aquel tren de vapor, claro que, luego los franceses como todos los años vienen en oleadas buscando trabajo en la recolección de la aceituna para compensar según los expertos en economía nuestra balanza de pagos. Sarcasmo con la mejor intención.  En fin, yo quería hablar de la quema de rastrojos y he prendido mecha sin querer en uno de los rastrojales del cacique. Apago este fuego con las lágrimas de todos aquellos que por necesidad tuvieron que salir a trabajar a otro país. Lástima que después de pasado tanto tiempo aún perdure.  


   

      

    

 

 

 

    

ANDANDO POR AQUELLA VIEJA VEREDA.

 

Hoy he querido buscar aquella vieja vereda, aquella que yo recuerdo llena de polvo y de piedras. Aquélla que atravesaba rastrojos antes de llegar a la era, poblada de cardos secos, de vilanos que eran libres y volaban por las siestas, y de hormigas afanosas que almacenaban cosechas, cuando remolinos de paja presagiaban tormenta, con un sol abrasador días antes de la feria. Entonces no dormía el pueblo ni siquiera por la siesta, ni aquellos gorriones escondidos entre las tejas.

Sombreros de paja, y en la era, vueltas y vueltas. Sueño con aquel camino que me llevaba hasta la trilla, mi caballico de la feria, donde más tarde se oía: cuatro cuartillas una fanega. En el pueblo, por calles casi desiertas, la voz de un niño rompía el silencio, el silencio de la siesta. Garbanzos tostaos vendía, llevando al brazo una espuerta. Otros, en cambio, tenían más suerte trabajando en las eras. En la tarde, el sol y la sombra juegan, menos aquellos niños que bebían leche en polvo en el patio de la escuela, de maestros de un solo traje, aquellos maestros de las letras con sangre entran.

Vereda de mis recuerdos enterrada en casas nuevas, vereda en la que siempre me acompañaba el silbido de una canción, no de la animadora, sino de aquello que llamaron twist y que sonó en el sesenta.

Qué tristeza siento hoy al ver tantas casas cerradas, tantas como hay, todas con puertas viejas, de tejados ondulantes a los que les faltan algunas tejas, casas donde jugaron sin juguetes aquellos niños de posguerra. Aquellas bulliciosas calles, hoy, aunque transiten gente, para mí que están desiertas.

Pueblo, que sigues dormido, llorando viejas vivencias.


 

 

 

COMO SI ESTUVIERA ALLÍ.

 

El astro rey se va hundiendo lentamente en el horizonte bañando de púrpura a los olivos. Pronto llegará el oscuro atardecer, pero el campo en primavera no se entristece cuando llega la noche. Un silencio bermellón envuelve el paisaje roto ahora por el último canto del  carbonero que con su característico “aguaquí, aguaquí” parece implorar al dios de la lluvia para que de nuevo el agua riegue los olivares.

Me gusta el silencio de los atardeceres estando en el campo. Echo de menos los cantos lastimeros de los mochuelos, aquellos que de niño me sobrecogían en aquella campiña infinita de trigales encañados en este tiempo abrileño; su música apenada murió al mismo tiempo que el canto retumbante de la perdiz en las cañadas y valles, armonizados a veces por la flauta del alcaraván. Duele el silencio en la tarde moribunda.

Observo como algunas bocanadas de un viento amortecido acarician las promesas en forma de pequeños racimos que emergen entre la hoja y el tallo de las ramas de las olivas, aquello que en nuestro pueblo le llamamos “trama” y que están a punto de eclosionar.  Hay ramas que debido a su peso, de forma sumisa y respetuosa se inclinan ante mi como en el ceremonial palaciego de un besamanos. Otras olivas, en cambio, aquellas que estaban agónicas por la sequía, muestran avergonzadas solo algún que otro raquítico ramillete que si florecen, parirán solo contadas aceitunas.

Un gazapillo sale huyendo a mi paso, al poco, se para bajo la copa de una oliva y no observando peligro en mí, roe tranquilamente una mata de fresca avena que fue indultada cuando la “cura”. Una luna en fase  creciente a la que le falta nada más que un mordisco para que esté llena, aparece en el cielo y pronto bañará de amarillo pálido el paisaje. El grato zumbido de una abeja me distrae, ¿cuándo descansaran? me pregunto. Aletea sobre las flores de un frondoso jaramago “jamargo” a quien desprecia. Tal vez esté confundida por las ondas de tantas tecnologías y no encuentre su colmena, o puede que ande buscando el néctar de una clavellina “pailla”, planta que adornaba las siembras en otros tiempos compitiendo con su rojo color con el de las amapolas y que presumo que por desgracia se encuentra en fase de extinción en nuestros campos debido a los fitosanitarios.       

Lo que más abunda en la tierra es el paisaje. (José Saramago) Yo lo contemplo admirando como el sol llega totalmente a sumergirse en un horizonte de sangre. 

Me marcho. Triste y solo queda el olivar inundado por un silencio que sobrecoge. Tal vez, dentro de unos días, este silencio se romperá  por el de la música de su floración, sonido solo percibido por ellas, nuestra planta más autóctona, además de bíblica, la oliva.

Todo esto que describo lo hago desde mi atalaya madrileña, porque a veces, no pudiendo por la distancia, me gusta pasear por el campo, por el campo de mi pueblo.  


   

 

       

SANTA ANA ALCALDESA PERPETUA.

 

Por extraño que parezca, siendo un niño, yo tenía tres abuelas. Una de ellas se marchó en el atardecer temprano de su vida entre los sollozos y las lágrimas de  cristal de aquél chiquillo que fui yo. Otra, años más tarde sacó billete una noche con destino a la eternidad y se fue en aquél tren que nunca subió en vida confundida entre tantos emigrantes. Ambas abuelas supieron inculcarme el amor, el cariño, y la devoción, por aquella otra, la tercera, la más longeva de todas, la más venerada y reverenciada por mis ya nombradas abuelas, por sus padres, por los padres de sus padres y por todos sus ancestros, me estoy refiriendo aunque ya lo habéis adivinado a nuestra querida abuela Santa Ana, Patrona de Torredelcampo.

En la plaza de nuestro pueblo, con el resplandor de un  crepúsculo de amapolas que parecían competir con nublos grises de colgantes jirones donde los vencejos parecían beber de ellos, nuestro pueblo, representado por la máxima autoridad local así como la eclesiástica encarnada por el obispo de nuestra diócesis, y otras autoridades provinciales, proclamaron a nuestra Patrona Santa Ana, Alcaldesa Perpetua entre el volteo de campanas, música, himnos, además de cánticos en su honor y palabras que me llegaron al alma en las que el viento se encargó de arrastrar hasta mi tierra adoptiva ayudado por la tecnología.

Nunca, nadie, tan solo los de mi edad y algunos más jóvenes, habrán visto nuestra plaza tan concurrida. Y esto me hizo recordar durante la eucaristía aquellos domingos dormidos de mi niñez y adolescencia donde nuestra plaza rebosaba de mocerío en atardeceres de moñas y camisas blancas de tergal; manifestaciones aquellas de entonces sin autorización gubernamental y sin más pancartas que las miradas en las que al cruzarse en cada una de las vueltas nos dirigíamos los enamorados. Al evocar este recuerdo aproveché para dar las gracias a Santa Ana, por aquella novia que en esa plaza encontré y que sigue siendo el norte de mi vida, mi esposa.

Son tantas las cosas por las que te debo dar las gracias querida Santa Ana, que incluso te agradezco aquellos días de más dolor en los que estuve sumergido a lo largo de mi ya dilatada vida. Te agradezco hasta la tristeza y la huella que dejó en mí al despedirme de mis seres que hoy morarán contigo.

Nunca, ya lo he repetido, desde los tiempos narrados nuestra plaza albergó tanta gente. Después de tan solemne acto, nuestra Patrona procesionó por las calles de nuestro pueblo. Me cuentan que hasta el cielo lloró de emoción algunos minutos durante su recorrido.

Vuelvo la cabeza desde mi ordenador en el que escribo y allí están Ellas. Un cuadro de Santa Ana y la Virgen Niña adorna desde siempre mi despacho. Espero que asimismo nuestras sagradas imágenes cuelguen en el salón de plenos de nuestro consistorio para que iluminen las decisiones que deban tomar nuestros regidores actuales como también los que los precedan.


 

 

martes, 13 de febrero de 2024

CUANDO LLUEVE EN NUESTRO PUEBLO.


 

CUANDO LLUEVE EN NUESTRO PUEBLO.

Foto de Miguel Portero

Por Antero Villar Rosa

Escrito la tarde-noche del día 4 de enero.

Cae la lluvia sobre los tejados de mi pueblo. En los cristales de las ventanas, las gotas se abrazan unas con otras hasta formar  serpenteantes y rápidos regueros que se deslizan al otro lado del cristal empañado este último por el vaho.  En el calor de la tarde fría crepita el fuego en la chimenea. En la calle, la  gasa blanca de la neblina que todo lo envuelve no deja ver más allá de los tejados de la acera de enfrente. Miguelico y Cuesta Negra se esconden arropados con la bufanda de la niebla, mientras que la sucinta tarde de invierno va agonizando.

Llueve en el olivar sediento. La primera en beber será la hierba, el enemigo número uno de las gentes del campo. Ninguno de nuestros antepasados logró acabar con ella. Antes, siendo yo niño, legiones de almocafres en una guerra de guerrillas dispersas por todo nuestro término fracasaban año tras año después de exterminar a un sinfín de ellas. Hoy, ni con el veneno de los herbicidas logramos acabar con las malas hierbas, pues como la leyenda de la hidra, vuelven a renacer con más vigor si cabe.

Cae la lluvia con dulzura sobre los olivares en la temprana noche y me imagino que estoy en mi olivarillo viendo como el agua en pequeños y caprichosos arroyuelos llega a hasta penetrar en las profundas grietas que la sequía ha producido aunque sin llegar a lograr  que rebosen. La sequía ha sido atroz.

En el pueblo, el abuelo aviva el fuego de la chimenea al tiempo que las sombras producidas por las llamas se proyectan sobre las paredes. Antes, ha desmenuzado pan para mañana hacer migas mientras trataba de tranquilizar a su nieto preocupado él porque con la lluvia y la neblina los Reyes Magos no iban a poder localizar el pueblo la noche siguiente.

En tiempos de los abuelos de mi edad, los temporales serían los causantes de que sus majestades no se acordaran de los niños como yo. 

Así he visto esta vez a mi pueblo desde la distancia en la noche previa al día de Reyes. En algo habré acertado.

Que los Reyes Magos sean pródigos con todos vosotros.

   

   

 

 

sábado, 3 de febrero de 2024

MIGAS.


 


Aquel niño, con trece años, acostumbraba muchas noches antes de la cena leer alguna novela de Marcial Lafuente Estefanía bajo la pobre luz de un candil. Algunos hombres, en cambio, se entretenían jugando a las cartas con una baraja sobada y mugrienta al tiempo que otros chavales de la edad del anterior servían de espectadores en cada una de las partidas en las que lo más que arriesgaban los jugadores era un cigarrillo. Las mujeres que también formaban parte de la cuadrilla de aceituneros que habitaban desde hace muchos días el cortijo desmenuzaban el pan para las migas de la mañana siguiente entre risas y jolgorios, ahogando con el ruido de su algarabía el de los borbotones del enorme puchero que el cocinero atendía en el fuego de la chimenea.

Al poco, el vapor del potaje vertido en un tinajón se confundía con el del humo de la lumbre creando una espesa niebla en la sala. La circunferencia de personas en torno al recipiente que contenía el portaje no se hacía esperar, comenzando el desfile de cucharas atrapando en un ir y venir el caldo y a los abrasadores garbanzos del guiso. A la hora de retroceder con el cubierto repleto de condumio, aquel chaval no olvidaba nunca poner el pan bajo la cuchara para evitar el goteo.

El niño al que hago referencia era siempre unos de los primeros en irse a la cama. Una saca llena de paja tendida en el suelo de la habitación formando hilera con otras, le servía de lecho. La ropa con la que se vestía y trabajaba la aprovechaba como almohada, pero otros muchos dormían con ella por lo que entrada la noche el hedor a humanidad en aquella asfixiante y reducida habitación era insoportable, aderezado además con el de las flatulencias de algunos y el de los pestilentes calzados que reposaban al pie de cada camastro.

Si aquel niño era uno de los primeros en acostarse, también lo era para levantarse, porque después de asearse le gustaba  ayudar al cocinero en la elaboración de las migas y cómo no, enriqueciéndose con las historias que aquél hombre le contaba. El tufo de los ajos en el aceite hirviendo le despertaba el apetito mezclado al poco este olor con el del vaho que desprendía el pan empapado de agua y aceite. Vueltas y más vueltas a lo que de principio era una masa, aquello lentamente se iba desgranando hasta que el dulce crujir del pan al tostarse era la señal de que las migas estaban acabadas de cocer. Era entonces cuando la paleta de aquel hombre, brillante por la impregnación con el aceite reunía todo el contenido del recipiente aplastándolo hasta cuando pasados unos minutos asía la sartén por el cabo de la misma y la volteaba. Nunca se le derramaron. Tenía una habilidad reconocida por la cuadrilla, y cuando llegado el momento de volcarlas y las migas en una  sola pieza volaban por el aire se hacía silencio en el cortijo hasta sonado el plof al caer hechas un bloque en la sartén.

Retostadas, agrupadas en un solo montón con grietas profundas y humeantes, era sí como siempre aparecían  madrugada tras madrugada las migas elaboradas por aquél hombre para la cuadrilla de aceituneros. Entonces, comenzaba de nuevo el desfile de personas alrededor  de la sartén, esta vez aplastando el contenido de la cuchara sobre la pared metálica del recipiente. Migas que no contenían más ingredientes que pan, ajo, aceite, sal, y agua, y cómo no, el buen hacer de aquél cocinero.     

Queridos amigos/as, el sábado se celebra en nuestro pueblo “La noche de las migas”, disfrutar saboreando unos de los platos más característicos de nuestro pueblo. Mezclarle los ingredientes que queráis, pero no olvidar elaborarlas con el amor que nos enseñaron nuestros padres y abuelos y que el cocinero que he hecho referencia practicaba. 

Por último, deciros que el niño de este escrito, como muchos habéis imaginado, era yo. Por este motivo he enriquecido esta narración con matices y detalles de uno de los muchos escenarios en los que se desarrolló mi niñez.


 

LA TRISTEZA DE MUCHOS MAYORES.


 

Sentado, apoyando sus brazos cruzados sobre una mesa de raídas tablas  de cualquier bar cutre de los muchos que abundan en los suburbios de las grandes ciudades, este hombre de avanzada edad que figura en la pintura de este cuadro, parece estar absorto a todo lo que le rodea. Tal vez esté pensando en sus glorias marchitas y no contemplando el vaso de licor que  descansa en la mesa descrita como así a simple vista el pintor lo retrata. Su rostro surcado de profundas arrugas, aunado por su avanzada decrepitud, refleja una  tristeza muy evidente, tanto, que de manera no verbal parece pedir ayuda.

Si por algo me caracterizo es por mi capacidad en la observancia, y sincerándome, personas como estas las veo muy a menudo, bien  sentadas en un banco de cualquier parque, o tomando un café, solos, sin más compañía que sus recuerdos. A veces, me gustaría preguntarles sobre su vida y ahondar en el porqué de esa tristeza que no logran esconder ni aunque hubiesen estudiado arte escénico.

Sospecho que la muerte del cónyuge sea uno de los principales desencadenantes de la aflicción en estas personas, donde ese dolor se acentuará mucho más si la pareja ha estado fuertemente unida. En este caso el problema emocional se ha de unir al de los trámites y papeleos que esto lleva a cabo. Su incapacidad para resolverlos los harán sentirse unos inútiles e incompetentes.

Otro de los factores puede que sea la pérdida de la autoestima al creer no sentirse valorados por las personas que les rodean, agravado por el aislamiento social en el que pueden están sumergidos y más, si en sus vidas las relaciones familiares como ocurre en buena parte de los casos es de desatención y abandono.  La incomunicación de la sociedad actual, donde los amigos, familiares y vecinos se encuentran todos detrás de una pantalla, es otro agravante.

Ante tales componentes, la soledad, la peor y la más ingrata de las compañías entra de okupa en los hogares de estas personas. Hay quienes prefieren una soledad elegida, pero creo que estos serán los menos, porque estoy por asegurar que los que están en el grupo de la soledad no deseada serán mayoritarios. Dicen que existe otra clase de soledad, la compartida, esta sin duda ha de ser la más grave de todas. Pero no cabe duda de que cualquier muestra de afecto hacia estas personas pudiera ser el mejor de los reconstituyentes.

Espero y deseo que sean muy pocos los que en nuestro pueblo estén atravesando por circunstancias como las que describo. A los de mi grupo, a los que estamos disfrutando todavía de la juventud de la vejez porque sean de aproximadamente mi edad, a ellos, les auguro un futuro más  prometedor cuando estemos en la residencia de mayores de nuestro pueblo de próxima construcción, porque yo, como muchos ya sabéis, el día que me muera quiero vivir en mi pueblo. Que nadie me tache de exagerado, pero creo que será cuestión de ir preparando la instancia de ingreso para cuando eso llegue.