miércoles, 18 de mayo de 2022

SEMBLANZAS DE AQUELLA MI PRIMERA ESCUELA


 

SEMBLANZAS DE AQUELLA MI PRIMERA ESCUELA Y LA EMIGRACIÓN.

 

Pasaje de mi libro: Cuando los olivos lloran.

 

Año 1954

Pasados unos días, después de la reanudación de las clases por el paréntesis de la Navidad, durante el recreo, trajeron en un camión al colegio unos bidones de cartón de aproximadamente veinticinco quilos cada uno de ellos con un rotulado en el que se veía unas manos entrelazadas y al fondo la bandera de barras y estrellas, la misma bandera que aparecía en las películas del oeste americano. Aquello que estaban descargando no era otra cosa que leche en polvo que a partir del día siguiente de la recepción de la mercancía, la señora que tenía vivienda en el grupo escolar y que cuidaba de la limpieza, sería la encargada de calentar el agua para posteriormente añadir en ella en justa proporción parte del contenido de aquellos envases cilíndricos con tapadera de metal cubiertos y protegidos en su interior con un saco de papel parafinado.

Para Antonio acostumbrado al sabor de la leche de su cabra, aquella otra que la señora repartía en el patio del colegio le hacía vomitar. No sólo era el sabor, sino también el olor, ambos le eran insoportables. Lo que sí le gustaba era la porción de queso que se degustaba por la tarde. Don Jacinto le mandaba muchos días a él, y a su amigo Andrés, a su casa a por las raciones, pues la custodia del queso correspondía a los maestros. El envase era metálico de color amarillo de aproximadamente unos cinco quilos, teniéndose que emplear abrelatas para su abertura. Dentro de él venían ya cortadas en porciones separadas en capas por  papel también parafinado aquél queso de color calabaza, que a media tarde era una merienda muy apetitosa, junto con el pan que cada uno llevaba de su casa.  

Los días eran ya más largos, y atrás quedó ya enero. Los temporales habían remitido, y el campo, ahora, estaba vestido todo de verde salpicado por el blanco rosado de los almendros en flor y el despuntar amarillento de las flores como los jaramagos y el de las abulagas presagio de que la primavera no se haría esperar mucho. 

Genaro, aquella mañana llegó más tarde de costumbre al colegio, por este motivo pidió permiso en la puerta de la clase a don Jacinto para entrar. Una vez dentro, en vez de dirigirse a su pupitre se acercó hasta el maestro y con la cabeza mirando al suelo exclamó:

         -Don Jacinto, vengo a despedirme de usted y de todos. Esta noche me marcho con mi familia en el correo a Bilbao. Le traigo los libros que usted me prestó, no así las cartillas porque las he gastado escribiendo. Como podrá comprobar, he cuidado mucho la enciclopedia...

         Genaro al decir esto último rompió a llorar, mientras que en la clase no se oía ni una mosca.

         Antonio que estaba en el pupitre más cercano al maestro notó como le brillaban los ojos al profesor de una manera muy especial. Éste, con una mano, muy suavemente, levantó la cabeza del alumno que seguía mirando al suelo.

         Don Jacinto rompió el silencio sepulcral que tal vez por primera vez inundara el aula.

         -Voy a sentir que te marches Genaro, pero no te voy a dejar ir si antes no me prometes de que vas seguir aplicándote en tu nueva escuela de Bilbao. Espero también que hagas siempre caso de tu maestro, y sobre todo pórtate con él lo mismo que lo has hecho conmigo. ¡Ah! Y no hables mucho con tus compañeros, porque si no...¡Anda! Déjame que te dé el último pescozón.

La nobleza y la bondad del maestro salieron a flote cuando cogió del cuello al alumno, lo acercó hasta él, y lo besó en la frente. A continuación le dio su ficha escolar para que la entregara en su nuevo colegio mientras que Genaro se restregaba las lágrimas con el puño. El silencio que se había hecho en la clase quedó perturbado cuando se levantaron todos a una orden dada por don Jacinto para decirle adiós a Genaro. Éste cuando se marchó, desde el patio, volvió a mirar de nuevo a su escuela, y encontró al maestro que seguía observándolo a través de los cristales mientras se alejaba. 

Antonio y todos sus amigos bajaron a la estación del pueblo a despedir a Genaro. Luís, el hijo del factor conocía al jefe de estación y entraron dentro de la misma. Había sólo un empleado sentado en una ventanilla expendiendo billetes. Atendía éste a dos soldados que demandaron viaje para Sevilla, y que cada vez que hablaban a través del hueco de la ventanilla las borlas de sus gorros oscilaban de un lado para otro. Pasados unos minutos sonó el teléfono, y el jefe de estación después de atender la llamada, salió de inmediato al andén y tocó repetidas veces una campana de metal amarillo que colgaba del muro de la pared, anunciando que el tren ya había salido de la estación más próxima.

Genaro ya había llegado. La maleta de madera que le hizo el carpintero estaba recién barnizada y su brillo contrastaba con los remaches de metal en las esquinas, desentonando además con el resto del equipaje que no era más que varias cajas de cartón amarradas con cuerdas. Todo venía a lomos del burro de un vecino. La explanada de la estación se llenó de gente. El empleado de correos con el libro de entrega de la correspondencia en la mano hacía guardia frente a una saca de correo que esperaba de inmediato entregar a sus compañeros ambulantes. 

La familia de Genaro estaba toda agrupada rodeada por familiares y conocidos que habían ido a despedirlos, entre ellos, varias mujeres de luto riguroso con pañuelos negros en la cabeza que no paraban de llorar y de abrazar a los que se iban.

Genaro cuando vio a Antonio salió de inmediato a su encuentro y se buscó algo en el bolsillo del pantalón.

         -¡Toma, Antonio! Te doy a ti todas mis bolas, no quiero llevármelas, ellas al fin y al cabo no iban a encontrar tierra tan buena para jugar como esta de nuestro pueblo. ¡Mira, ésta es cristalina! No te la juegues ya que te traerá suerte.

Cuando terminó de decir esto último rompió a llorar y se abrazó a Antonio que tampoco pudo contener las lágrimas. Después, entrecortadamente pudo balbucir:

-No sé cuándo vendré, pero yo quisiera regresar algún día... aunque fuera muerto.

A continuación se despidió del resto de sus amigos.

El jefe de estación esta vez con la gorra puesta y la bandera roja bajo el brazo tocó de nuevo la campana de la estación anunciando  la inminente llegada del tren. El enorme reloj que descansaba sobre una peana de hierro pintada de verde que colgaba de la pared de la estación marcaba las ocho y cuarenta y cinco minutos de la tarde-noche. 

El tren apareció saliendo del túnel próximo a la estación resoplando y jadeando entre una nube de vapor. A medida que se aproximaba los resoplidos iban siendo más pausados hasta que se paró totalmente soltando esta vez un fuerte chorro de vapor blanco por ambos costados entre un chirrido de hierros. 

Toda la familia de Genaro subió al tren y se perdieron dentro del mismo mezclados con el resto de los viajeros, entre ellos los dos soldados.       La gente desde el andén se aproximaba a las ventanillas para decirles adiós. Antonio no llegó a divisar a Genaro, sólo el padre de éste bajó el cristal de la ventanilla y su pañuelo blanco diciendo adiós se mezcló con el de otros pañuelos y gritos de ¡Que escribas cuando llegues! 

Hasta que el tren se perdió en la oscura noche, Antonio permaneció impávido mirando aquella máquina que día tras día se llevaba dentro de sus entrañas a la buena gente de su pueblo. Así permaneció un tiempo hasta que las luces rojas del vagón de cola se difuminaron entre las sombras de la noche mientras pensaba que a él también podía tocarle cualquier día. Trató de apartar de su mente esto último al tiempo que metió las manos en sus bolsillos y apretó con ellas las bolas que le había regalado su amigo.

 

UCRANIA EN NUESTROS CORAZONES.


 

UCRANIA EN NUESTROS CORAZONES.

14 marzo 2022

Cuando esto escribo anochece por estos lares madrileños. Una lluvia muy fina, casi pulverizada, se mece perezosa antes chocar contra los cristales de los coches y autobuses que en una procesión de luces amarillas y rojas se pierden por el hueco de una parte de la avenida que observo desde mi ventana.

Ya será de noche en Ucrania. En la ciudad asediada de Mariúpol, a estas horas no se verá ni un alma por sus calles. Sus habitantes estarán en los sótanos y refugios al resguardo de las bombas sin agua y alimentos. Mi imaginación a la que acompaña mi espíritu me lleva hasta allí. No es ficción las escenas que las televisiones nos ofrecen y que sobrecogen en las que vemos edificios destruidos por las bombas, y otros en llamas. Calles y parques donde hace unos días jugaban niños, ahora, muestran algún que otro cadáver tendido en el suelo. Me pregunto qué habrá sido de   aquellos pajarillos que de seguro pululaban de árbol en árbol alegrando el ambiente con su piar y  sus trinos en aquellos lugares de esparcimiento. De seguro que habrán huido a otros espacios lejos del estruendo de los misiles y del humo negruzco con olor a muerte y destrucción. Ellos gozarán de la libertad nutriéndose de lo que la naturaleza les brinda, en cambio, los niños que jugaban en esos parques llorarán abrazados a sus madres sin apenas alimentos, malviviendo en húmedos sótanos, preguntando por sus padres que luchan por la independencia de su nación y por su libertad. También preguntarán por su abuela enferma en la cama que el abuelo se quedó a cuidarla. ¡Qué será de ellos! ¿Estarán entre los escombros? Tal vez el edificio donde viven no haya sido bombardeado, pero ambos necesitan medicación. ¡Dios mío, cuanto sufrimiento! 

Y mientras tanto, el tirano y dictador ruso sigue masacrando al pueblo ucraniano. Dicen que luchan contra el capitalismo, aunque para capitalistas él y  todos sus amigos oligarcas con yates de cientos de millones de euros anclados en los puertos occidentales. No sé si conseguirá sus objetivos, aunque tal vez lo que logre será engalanar con las fotografías de soldados muertos los árboles y las farolas de alguna larga avenida como aquella que yo vi en mi visita a una de sus “provincias” al poco de caer el muro. Eran caídos en su gran guerra patria. Lo llevan en la sangre.

Es la hora de cenar, pero desde que veo en la televisión estas escenas tan desgraciadas, pensando en esta pobre gente, las lágrimas suelen resbalar por mi rostro durante la comida. No lo puedo remediar. Esto le digo a mi mujer cuando me lo reprime, pero es que la imagen de mis hijas y mis nietos sustituye por momentos a las de estas criaturas. Tal vez sea un sentimental, pero esto que está pasando me preocupa mucho. Lo siento. 

Amigos torrecampeños/as, ayudemos cada uno como podamos a esta gente que tanto está sufriendo. Seamos solidarios como siempre ha sido nuestro pueblo.

jueves, 10 de febrero de 2022

LOS NIÑOS CORTIJEROS, SU CHOTILLO, Y EL SEÑORITO.

 

LOS NIÑOS CORTIJEROS, SU CHOTILLO, Y EL SEÑORITO.

Año, 1953

Juanito… ¿Vendrán esta noche los Reyes Magos a nuestro cortijo? –preguntó la niña a su hermanito al tiempo de acostarse.

            -No, nunca lo hacen. Ellos, a pesar de ser magos, no nos tienen localizados, pues según le oí decir a Bartolo el aperaor,  que siendo él niño intentaron los Reyes venir cuando vivía aquí otra familia, pero  entre tantos caminos y veredas se perdieron entre los olivares y desde entonces no han vuelto más. Ellos, solo van al pueblo. En casa de nuestros abuelos siempre dejan algo.

            -Sí, un jersey o una bufanda, pero nunca una muñeca como a otras niñas –replicó la hermanita.

Juanito, antes de contestar a su hermana apagó con un soplo el candil que iluminaba la habitación y se acurrucó en su jergón de paja instalado  en el suelo  que hacía de cama. Su hermana ya lo había hecho antes en otro. El ascua de la mecha del candil, como la lumbre de un cigarro, iluminó por unos instantes la pobre estancia. Luego, cuando desapareció el rojo de la brasa de la “torcia”, la ridícula claridad de una pobre luna casi moribunda llegó a filtrarse por el hueco de una mezquina abertura en la pared taponada por un cristal que valía como ventana.

 Al poco se escuchó a Juanito responder a su hermana:

            -¡Anda, ni a mí un balón de reglamento, o una espada! Nunca en mis ocho años, he tenido juguete alguno, ni tú Ana tampoco teniendo un año menos, pero lo que no entiendo es que en la calle de la abuela hay un niño que disfruta de muchos. Dicen que sus padres tienen mucho dinero, y doy en pensar que por qué los Reyes no quieren a los niños pobres como somos nosotros.

            -Nosotros no somos pobres, pues aquél hombre que vimos en el pueblo pidiendo de casa en casa al que le acompañaba su hijo de nuestra edad descalzo, aquellos si eran pobres. La abuela les dio un trozo de pan. En otras casas le decían: perdone usted por Dios hermano. A mí me dio mucha pena –respondió la niña a su hermano.

La voz de su madre desde la habitación contigua invitándoles a callarse y a intentar dormirse, interrumpió la conversación de los chiquillos que al poco quedaron dormidos.

 A la mañana siguiente, los gritos sobresaltados de sus padres   llamándolos, despertaron a ambos. No era la voz conminatoria de todos los días de su madre obligándoles a levantarse, sino que esta vez, el tono de las voces tanto la de su madre como la de su padre, una y otra, transmitían euforia. Cuando bajaron a medio vestir a la planta baja del cortijo, su padre tenía entre sus brazos un cabritillo que la cabra había parido durante la noche. El animal era de color canela con algunas manchas blancas en su testuz y emitía pequeños balidos. Los ojos desorbitados de los chiquillos demostraban asombro y felicidad.

            -¡Qué bonito es! –dijo Juanito.

            -Lo han traído los Reyes Magos –aseguró la madre.

            -No puede ser, lo ha parido la cabra –replicó Ana corrigiendo a su progenitora que no supo que responder ante la mirada inquisitoria de los dos chiquillos y el rostro desconcertado de su marido.

            -Le llamaremos Chotillo –indicó Juanito rompiendo el silencio habido a la manifestación de su hermanita a su madre.

            -¿Podremos jugar con él? –preguntó Juanito.

            -Dentro de unos días, podréis hacerlo, ahora lo llevaré junto con su madre –respondió el padre de los niños.

Y fue a partir de entonces como los dos chiquillos cada día después de desayunar gracias a la cabra, una taza de leche sopada con picatostes, se dedicaban a jugar con Chotillo. Juanito había abandonado aquello con lo que jugaba a diario, la rueda, la “roera”, que no era otra cosa que el aro de la base de un cubo de zinc viejo  que guiaba rodándola valiéndose de  un alambre al que su padre dio forma para poder conducirla por las explanadas de las eras que circundaban el cortijo. Su hermana asimismo dejaba arropado en su jergón algo a lo que llamaba muñeco, que no era  más que un trapo forrado de paja que su madre como pudo le cosió y le dio alguna forma.

El cabritillo les seguía a donde quieran que fuesen los niños. Había que verlos correr y el choto detrás de ellos brincando mientras que la madre del animal pastaba en los terraplenes del cortijo. Los niños se habían encariñado tanto con el choto que sus padres para no turbar su felicidad no llegaron a adelantarles nunca nada de lo que llegaría a suceder.

Al cabo de tres meses, un día, mientras Juanito y Ana jugaban con Chotillo, el coche del amo de la finca aparcó como era costumbre siempre que visitaba su propiedad  en la llanura habida en la puerta del cortijo. Los niños ajenos a la visita no le prestaron atención y siguieron divirtiéndose con el animal con el que habían creado una simbiosis de ternura y cariño inigualables.   

            -¡Engracia! ¡Engracia! –la voz del amo del cortijo llamando a la madre de los chiquillos se dejó oír.

Esta salió presurosa a la puerta secándose las manos en un mandil anudado a su cintura.

            -¡Mande usted, don Luis! ¿Cómo está doña Adela? Pero, no se quede usted en la puerta y pase adentro.

El dueño de la hacienda pasó al cortijo. Varios pucheros hervían de forma lenta en la lumbre de la espaciosa chimenea. El vapor de los mismos muy aderezado se dejaba notar en la estancia.

            -Verás Engracia, doña Adela lleva unos días resfriada, y he pensado que un poco de leche de la cabra le vendría bien.

            -Sí, don Luis. Esta mañana la he ordeñado. Deme la lechera que trae usted y se lleva toda la que hay –le respondió Engracia alargando su mano  hacia el recipiente que el dueño del cortijo portaba.

Éste, mientras llenaba la mujer el envase  observó un conjunto de huevos que estaban depositados en un poyo de la cocina, y que Engracia los mantenía ahí hasta la llegada del “regovero”. El dinero de esto lo guardaba  hasta tener suficiente para comprar alguna ropa.

            -Digo, que ahora por lo que veo ponen mucho las gallinas –dijo el hacendado señalando los huevos.

            -Como siempre, don Luis. Los tengo hechos un montón porque hoy espero al “regovero”, pero ahora mismo le preparo una docena. Ya verá como a doña Adela le van a gustar. No hay nada mejor que la leche y los huevos para  restablecerse.

            -Gracias Engracia, te lo agradezco. Hoy lo que también me voy a llevar es el choto. Mañana domingo quiero ir con mis amigos a celebrar una comilona en la casería de la sierra.

La madre de los niños que estaba echando los huevos en una pequeña cesta dejó de hacerlo. Se volvió pálida hacia el amo sin saber qué decir.  Luego balbuceó:

-Don Luis, usted es el dueño de todo… Pobres niños míos…qué disgusto.

            Sí, los he visto jugando con él, tranquila que no les pasará nada. ¡A propósito! Otro día les traeré unas tabletas de chocolate. Los veo muy desnutridos.

Una vez en el exterior, el dueño del cortijo introdujo los huevos y la leche dentro del coche y de un bolsillo de su pelliza de solapas de lana de borrego, extrajo un cordel y se dirigió hasta donde estaban los chiquillos.  

            ¡Hola niños! ¡Venga, sujetar al animal para que les pueda atar las patas!

Estos obedecieron sin saber cuál serían las intenciones del dueño del cortijo. El animal al verse amarrado comenzó a balar de manera incesante. Su mirada dirigida a los chiquillos parecía lastimosa como suplicando la ayuda de estos. Chotillo quedó colgado del cordel con la cabeza arrastrando por el suelo mientras que don Luis iba caminando con él hacía su coche. Juanito y Ana no salían de su asombro. Una patada en la cabeza del animal paró de momento los balidos angustiosos del cabrito.

Los niños al ver el maltrato dado al animal salieron corriendo y se abrazaron llorando a las piernas del hacendado.

            -No le pegue usted a mi chotillo. ¡No se lo lleve! ¿Para qué lo quiere? Él, es nuestro único amigo –suplicaban una y otra vez. 

El señorito, impasible a la rogativa de los niños abrió el maletero y de un golpe seco lo depositó en él cerrándolo a continuación.

            -Dentro de poco la cabra parirá otro, no os preocupéis… Ja, ja, ja. Adiós.

Los dos hermanitos se abrazaron llorando sin consuelo mirando el coche que se llevaba a Chotillo, mientras que Engracia, la madre de estos, lloraba también desde hacía rato dentro del cortijo. Esta vez no quiso despedirse del dueño del cortijo.

Juanito a sus cortos años reflexionando después sobre lo ocurrido se acordó cuando una noche, uno de los peones le preguntó, qué es lo que él quería ser de mayor, a lo que contestó que ser señorito, lo que provocó las carcajadas de todos los concurrentes menos la de su padre que le dedicó una mirada áspera y reprobatoria que no llegó a entender hasta el día de hoy.

Está demostrado aquello que alguien dijo: No sirve de mucho la riqueza en los bolsillos, cuando hay pobreza en el corazón.

(¿…?)Porque supe de algo parecido a esta historia siendo niño y lo he recreado a mi manera.

 

MI PASEO EN LA TARDE DE NOCHEBUENA.

 

MI PASEO EN LA TARDE DE NOCHEBUENA.

La tarde de Nochebuena un silencio que es cómplice con la bruma envuelven a los olivos del Llano de Santa Ana. Hace unas horas, una lluvia muy tamizada, como cernida por un espeso harnero ha regado el olivar. La planta empapada de agua agradece la ducha y lo demuestra sosteniendo en forma de perlas cristalinas en cada una de sus hojas  una gota de agua que llega a columpiarse antes de regar el suelo cuando alguna desganada bocanada de aire les invita a hacerlo.

 

No veo a nadie en el cerro. Los nogales se desperezan estirando sus desnudas y plateadas ramas; algunas hojas se resisten a caer sobre la verde hierba tal vez soñando con seguir arropando una vez más con su refrescante sombra a quienes de comida campestre, meses atrás, se han refugiado del tórrido sol bajo sus copas. 

 

La neblina se hace más espesa cuando me voy aproximando a La Bañizuela. El zumaque de las lindes dejó de prestar su encendido colorido al paisaje y de él solo quedan los matices marrones de sus agostados penachos. Los cipreses, de la misma quinta supongo que aquellos que se erigen al cielo en el camposanto, me saludan al pasar. No encuentro ninguna respuesta razonable cuando se me eriza el vello muchas veces como hoy en este lugar. Un rezo mental a la venerada Virgen del Carmen en su solitaria y cerrada capilla me distrae de otros pensamientos. Aparto con las manos la hiedra vieja que desde siempre su misión ha sido bloquear el camino a los viandantes. Era menos espesa cuando los chiquillos nos adornábamos con sus ramas la cabeza en la romería atentos siempre a aquél guarda de los pelos blancos.

 

Un pajarillo con un piar como un chasquido sale raudo de un olivo y se adentra en el Monumento Natural de La Bañizuela.  Ahí, en este bosquecillo estará más seguro para pasar la noche. El color marrón de las hojas caducas de los quejigos se distinguen entre el verde follaje de las plantas perennes, entre otras, el de las encinas que pueblan este nuestro protegido bosque.

 

La tarde muere con una tristeza impropia de la tarde de Nochebuena y me aventuro a regresar. Entre unos riscos observo el verde intenso de unas matas de lirios que pronto florecerán. De esto, Juan Real se encargará de comunicárnoslo cuando se encienda la luz azul del primero de ellos.

 

En el camino de regreso, un escaramujo cargado de frutos rojos relucientes muestra orgulloso su cosecha mientras que las de otros años se sostienen aún descoloridas y putrefactas en sus espinosas ramas. Observo en los ribazos del camino y en algunos lisos del terreno musgo de un verde intenso que se refresca con la brisa húmeda de esta tarde y me recuerda a aquellos nacimientos que adornaban algunas casas en mi niñez. El olor intenso y especial de la pintura de aquellas figuritas lo tengo marcado y a buen recaudo en el desván de mi memoria.

 

Casi anocheciendo llego a la ermita ¡Qué silencio!  ¡Qué paz invade mi espíritu! Abro con sigilo la puerta.  Sus goznes rechinan y retumban dentro del santuario profanando el silencio reinante. Me acomodo en unos de sus bancos y me dirijo a nuestra Patrona en oración contemplativa. ¿Por qué de esta pandemia? ¿Por qué de este sufrimiento? Me pregunto y le pregunto siendo esta mi principal rogativa. Me reconforta saber que el manto de Santa Ana me cobija allí por muy lejos que me encuentre y se encuentre cualquier torrecampeño/a, pues es tan alargado que llega hasta los más recónditos lugares del mundo.

 

Cuando salgo de la ermita ya es de noche. Algunas luces de los chalés y chiringuitos de la sierra tintinean entre una lluvia meona y la espesa bruma. En muchos de ellos prepararán dentro de poco la mesa para la cena de Nochebuena. Giro mi mirada hacia la campiña y no observo luz alguna en ningún cortijo. Hace más de sesenta años, a estas horas, estaría yo a punto de cenar potaje con la cuadrilla para después en el pajar como premio por ser una noche tan especial, a escondidas, trataría de engullir un mantecado  “ogaiso” –no había otros-  que mi madre me habría regalado.

 

Regreso al pueblo por el Camino Viejo. Los cipreses del camino ya son adultos y  forman la guardia pretoriana de nuestra Patrona indicando con sus puntas afiladas el Cielo donde Ellas moran.

 

Ya en el pueblo las luces que adornan sus calles y el tránsito de la gente preparándose para pasar la Nochebuena me hacen volver a la realidad, pues este paseo es irreal estando como me encuentro en mi residencia madrileña.

 

Queridos amigos, paseos como estos estando lejos los hago muy a menudo, tantos, que creo tener hechas veredas en el aire de nuestro pueblo.

 

APRENSION Y DEPRESIÓN.

 

APRENSION Y DEPRESIÓN

Diálogo de dos torrecampeñas antes de la pandemia.

Una.

-La persona de la que hablas, dicen, que desde que le ocurrió aquella desgracia apenas sale a la calle, pues comentan que desde ese momento dejó de comunicarse con  los vecinos, incluso hasta con la familia, y por lo que cuentan y esto es lo más grave, anda más que distraído, vamos, que “sametio” en aprensión y no quiere el hombre “depechar”.

Otra.

-¡María, hay que ver, con lo “palpetero” que era! Un sobrino suyo me dijo que está muy triste, que rompe a llorar por menos de “ná”, y es más, me aseguró que de seguir así no tardará en fregar la cuchara.

Según la RAE, aprensión significa: Escrúpulo, recelo de ponerse en contacto con otra persona, o con algo que le pueda venir contagio. En cambio, depresión figura como: Síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos.

Estas dos enfermedades, tanto la aprensión, como la depresión, encontraron un buen caldo de cultivo con la llegada del coronavirus. El parón de la interacción social, es decir la falta de relacionarnos en los dos años que llevamos de pandemia, además del enclaustramiento, han provocado y  están provocando que nuestra salud mental se esté deteriorando, así pues,  el insomnio, la ansiedad motivada por la incertidumbre, además del   pánico en ocasiones, y sobre todo el miedo al contagio, contribuyen a que a una mayoría, yo diría que silenciosa de nuestra sociedad, les esté ocurriendo lo que a la persona que hacen referencia las tertulianas del principio.

Es muy triste lo que nos está sucediendo y ansiamos que de una vez por todas esto acabe. Hemos visto que después de cada ola nos decían los entendidos virólogos que  ya se veía la luz al final del túnel, pero como si tratase de una película de ciencia ficción, pareciera como si este maldito virus estuviese teledirigido, como si alguien apretase un botón para que el bicho mute una y otra vez con más virulencia si cabe cuando creíamos que lo habíamos vencido llevándonos como viene sucediendo siempre al punto de partida del comienzo de esta crisis sanitaria que vivimos.   

No debemos caer ni en la aprensión, y lo que es más grave en la depresión a pesar de las circunstancias que estamos viviendo. Debemos procurar airear nuestras penas y nuestros conflictos compartiéndolos, esos sentimientos dañinos que nos corroen, que surgen a veces de manera espontánea y que nos arrastran a situaciones anómalas, tales como a aislarnos de los amigos, y lo que es más grave y les está ocurriendo a mucha gente mayor, hasta con la familia más cercana.

Escribo esto porque no encuentro a nadie que me aconseje de este hartazgo que vivo, y no encontrando quién lo haga, he recurrido a ese otro yo, a darme ánimos yo mismo aunque no los necesite tanto como aquellos que se puedan encontrar como el pobre hombre que refieren las dos mujeres en el coloquio del principio, porque hasta ahí no llego, ni quisiera llegar.

Lo que a mí me pasa es lo mismo que te está pasando a ti, que tengo hambre de besos y abrazos, de juntarme con mi familia, con los amigos, con los vecinos sin aprensión al contagio. Tengo hambre de estar con mis nietos sin una mascarilla para que me reintegren todo el saldo a mi favor por tantos besos que no he recibido en estos dos últimos años. Tengo hambre de ir a mi pueblo y oír el sonido explosivo de los cohetes en cualquiera de nuestras fiestas, hambre de nuestras procesiones, de celebrar nuestra romería, de ver a nuestra banda de música por las calles, de nuestra feria, hambre… de que volvamos a ser como fuimos.

Sí, amigos, tengo hambre de volver a la normalidad, aunque cuando esto llegue sé que será una normalidad con muchas cicatrices, las mías, como las de las gran mayoría siguen sangrando. Mientras tanto, un consejo: seamos precavidos sin llegar a ser aprensivos.

LOS BANCOS Y LAS PERSONAS MAYORES.

 

LOS BANCOS Y LAS PERSONAS MAYORES.

José con noventa y dos años se dirige al banco donde desde siempre tiene sus ahorros. No acostumbra a ello ya que su hija es la encargada de ir al menos una vez al mes a la sucursal para disponer de efectivo, así como poner la libreta al día y comprobar los cargos e ingresos realizados, pero hoy está  hospitalizada, y él necesita dinero para atender sus necesidades.

 En el patio de la oficina una señora que entra al mismo tiempo que él le manda identificarse en una máquina habilitada para ello a lo que la buena mujer viendo el desconcierto del anciano le ayuda marcando su DNI, además de si es o no  cliente y la sección en la que desea ser atendido. La máquina una vez introducidos estos datos vomita un papel con letras y números y José todo sorprendido da las gracias a aquella amable señora  a la que siguiendo sus consejos se sienta a esperar delante de una pantalla a que aparezcan los mismos guarismos y letras que le asignó el extraño aparato. Mientras aguarda su turno observa a un puñado de empleados en minúsculos habitáculos separados unos de otros por cristaleras opacas atendiendo a clientes.

Todo ha cambiado se dice para sus adentros. Intenta desde su posición identificar a alguno de los que trabajan dentro de aquellos extraños receptáculos sin resultado positivo. No conoce a ninguno, ni ha habido un cruce de miradas entre él y ellos, atentos todos  a la pantalla que hay en cada una de sus mesas. Mientras espera, recuerda a muchos de los antiguos empleados de esa sucursal que se dirigían a él por su nombre y que aunque estuviesen ocupados levantaban una mano indicándole con un gesto que de momento iba a ser atendido, y cómo no,  a aquél director que le ayudó a salir de aquél bache con el que llegó a confraternizar en aquellos tiempos cuando la confianza estaba por encima de las garantías, ahora, cuentan, que si no tienes no te prestan dinero, lo que a su corto entender le llena de dudas.

A intervalos, la pantalla a la que no le quita ojo va emitiendo con un extraño sonido números indicando la sala a la que debe dirigirse el cliente agraciado. Pasado un buen rato y viendo que su turno nunca llega y aprovechando que uno de los empleados ha quedado libre se dirige a él. Le explica que quiere sacar dinero y este le mira un tanto extrañado para decirle que el negociado de caja cerró a las once de la mañana, que opere con su tarjeta desde el cajero que está en la calle. El empleado ve al hombre un tanto confundido por lo que muy cortésmente le ofrece que tome asiento. José obedece y sentado con sus dos manos apoyadas en su bastón observa al joven empleado que viste de manera elegante. Entre ellos hay el siguiente diálogo:  

         -Señor José, he mirado los productos que consume y veo que no dispone de tarjeta. Si usted quiere le puedo solicitar una de débito, y otra de crédito. Es muy sencillo, con ellas a través de un pin puede disponer de efectivo en toda la red de sucursales de nuestro Banco, e incluso en los de la competencia. Si dispone de un Pc o de un Smartphone, en online, podrá pagar sus recibos, hacer transferencias y saber su saldo en todo momento, siempre mediante una clave, todo,  a través de Internet, ya que entrando en Gooble…

         -Mire, joven. Yo no entiendo nada de lo que usted me dice, comprenda que soy mayor, y no estoy preparado para ese vocabulario. Yo lo que quiero es doscientos euros…

         -Ya le he dicho señor José, que la caja está cerrada. Venga usted mañana, además, si es esa la cantidad que quiere disponer, no quiero adelantarle… en fin, pásese mañana.

Y aquél señor de avanzada edad ni siquiera dice adiós, se despide del empleado con una mirada intensa y prolongada que de seguro taladraría la conciencia del representante bancario. Después,  en silencio, abandona la sucursal con paso lento y vacilante mientras lo ve todo borroso producto de las lágrimas que han aflorado en sus ojos motivado por la ira contenida y la impotencia.

La triste situación vivida por el protagonista de este relato es una más de las muchas que sufren una buena parte de este colectivo que casi roza los  diez millones, todas personas mayores, una gran mayoría de ellas sin conocimientos para practicar con las tecnologías existentes y que además recelan de ellas debido a su inexperiencia. La exclusión financiera de este sector se ve agravada además por el cierre de más del cincuenta por ciento de sucursales bancarias en los últimos años y el despido de miles de empleados. Esto ha supuesto que en muchas poblaciones pequeñas al día de hoy no dispongan como antes de ninguna entidad financiera ni tampoco de cajero, otra puñalada más a la España vaciada.

Yo he sido bancario, que no banquero, y sé lo que es estar sometido a tensiones buscando siempre la rentabilidad para mi empresa, pero me consta que el beneficio de los bancos se ha incrementado de manera  muy sustancial dado que el margen financiero al día de hoy es  muy considerable al no estar remunerado el pasivo, es decir, los depósitos, contribuyendo a esto la disminución de los costes laborales por la disminución de las plantillas, alimentado a su vez por el cobro de comisiones entre las que destaco las del mantenimiento de muchas de las cuentas.

Para que escenas como la que reproduzco no lleguen a suceder, entiendo que  no sería demasiado pedirles a los señores banqueros tengan un poco de dignidad para las personas mayores, habilitando  en cada oficina un puesto de trabajo, un empleado que aparte de realizar otros menesteres, se encargue de atender y  formar en lo más básico a este colectivo sénior al que tanto les debe la sociedad, y asimismo, las entidades financieras, -si lo sabré yo- porque no creo que con ello  llegaran a alterarse mucho sus ya abultadas cuentas de resultados.

Porque tú que eres persona mayor te lo mereces, porque te esperamos a cualquier hora para atenderte, formarte, e informarte.

Eslogan, que colocaría en los ventanales de muchos bancos.

Quisiera que mis ruegos se hiciesen realidad. Yo, con tal de echar una mano prestaría mis cortos conocimientos de manera altruista. Que me llamen, estoy dispuesto.   

lunes, 27 de diciembre de 2021

LOS ENTIERROS Y LOS LUTOS CUANDO ERA NIÑO.


 Foto de: Eugene Smith.

 De cómo eran en mi niñez los ceremoniales de la muerte, los entierros, y los lutos en nuestro pueblo. Todos los personajes son fruto de mi imaginación, no así los ritos y costumbres.

Por lo dilatado de esta narración la he divido en tres partes para hacerla más amena.


                                 PARTE I

 EL FALLECIMIENTO.

 Antonio, siendo niño, se dirige acompañado de sus padres, desde el cortijo donde vive hasta el pueblo, porque un tío de su progenitor estaba muy enfermo.

Al asomar a la esquina de la calle donde vivía el enfermo  el padre de Antonio, advirtió de que su tío debía de estar muy grave dado que en la puerta había un nutrido grupo de gente. Al entrar a la casa cesaron los murmullos que mantenían las personas en ese momento. Sus primas abrazaron a sus padres y a él le dieron un beso.

         -Pasad a la habitación. Mi madre está con él. Nosotras lo vemos muy mal, y el médico ha dicho que llamemos al cura.

Los tres pasaron a la habitación. Su tía Hortensia se levantó al verlos y se dio por saludada cuando con un gesto indicó silencio señalando hacia el lecho donde se encontraba el moribundo. Ambrosio, estaba acostado en una cama de hierro con adornos dorados. Su cabeza reposaba reclinada  sobre dos almohadas mientras que su cuerpo lo cubría una sábana. En la cabecera estaba la llave de la luz que pendía de un  cordón que bajaba pared abajo desde el techo y asomaba al final de un cuadro de marco grande  protegido por un cristal ya picado por el tiempo   guardando la imagen de un santo con una calavera a los pies. 

El tío de Juan respiraba de forma fatigosa. En una de las veces abrió los ojos y vio a su sobrino que estaba de pié frente a él y le hizo un gesto con la mano para que se acercase.

         -Juan, siempre te he querido como al hijo que Dios no me quiso dar -dijo con voz entrecortada, e hizo una pausa para luego agregar -Ya ha llegado mi hora. Sé que voy a morir. Luego tosió.

         -No te fatigues tío -dijo el padre de Antonio al tiempo que cogió su mano y la apretó contra la suya.

         Pasados unos segundos llamó a Ramona.

         -Ramona... no me equivoqué contigo. Eres una mujer digna de un hombre como Juan. ¿Y Antonio?

         -Está aquí tío, detrás de mí.

         -Escucha, Antonio. Respeta a tus padres siempre, y sé honrado como tu padre lo es y lo fue tu abuelo al que dentro de poco yo veré.     

         Antonio observó mirando a su padre que algo le brillaba en los ojos, y no era otra cosa que las lágrimas que ya le afloraban. Juan le dio un beso en la frente y al momento abandonaron la habitación.

Antonio nunca había visto a un moribundo, y la verdad que le enterneció y le sobrecogió al ver al tío de su padre dando los últimos estertores, jadeando, con el pecho subiéndole y bajando, haciendo un hoyo la sábana a la altura del abdomen cada vez que respiraba con aquella fatiga, y como testigo aquél cuadro del santo con la calavera que a él le pareció macabro.

Por la esquina de la calle sonó una campanilla. Era el cura don Eleuterio que venía acompañado de un monaguillo a llevarle el Santísimo Sacramento a Ambrosio. Don Eleuterio venía cubierto por el paño de hombros, envolviendo con el mismo el portaviático. Mucha gente al oír la campanilla se hincaba de rodillas a su paso. Antonio también lo hizo.

         Don Eleuterio entró en la habitación del enfermo, y pasados unos minutos salió de la misma y habló a Trinidad, la prima de su padre cogiendo su mano.

         -Tenéis un santo... tenéis un santo.

         No había pasado media hora cuando unos gritos aterradores estremecieron a Antonio. Los que estaban en la calle entraron deprisa en la casa.

         -Ambrosio acaba de morir -dijo un vecino.

Antonio entró a la casa y vio a las primas de su padre gritando de forma que él nunca había visto gritar a nadie.   Otros familiares se abrazaban entre si sollozando queriendo demostrar todos ante los demás la pérdida sufrida.

Una vecina llegó pasados unos minutos con una olla con tila con el fin de tranquilizar a la familia.

Hortensia la tía de su padre se le oyó decir entre los gemidos y gritos cuando una de las vecinas intentó darle una taza de tila.

         -Por esta boca, refiriéndose a la suya, no entra ni agua. Así que no os empeñéis.

Otra vecina muy dispuesta que parecía bastante tranquila solicitó a una de las primas de Juan la mortaja para amortajar al difunto.

Antonio observaba todos los detalles escondido detrás de un mueble con jofaina situado en un rincón en la habitación del difunto sin que nadie se hubiera percatado hasta ahora de su presencia. Miraba al cadáver que había quedado visible para él desde su posición oculto a veces por las primas de su padre que continuamente entraban y salían del aposento colmando al difunto de besos. Ambrosio el Ronco estaba con la boca abierta y con los ojos abiertos de par en par como mirando a un punto fijo. Su rostro había adquirido ya la palidez y el brillo céreo de la muerte.

La vecina que era muy dispuesta llegó a la habitación con un traje negro y calcetines del mismo color además de una camisa blanca. Antonio hubiese querido salir de su escondite ya que se daba cuenta que ese no era sitio para él y temía ganarse un pescozón de alguien si era descubierto, así que optó por seguir allí. Vio como le ponían la camisa y los pantalones al difunto, y de cómo le cerraban los ojos. La chaqueta fue lo más difícil, ya que el vientre se le había inflamado contribuyendo además que el traje era viejo y confeccionado a la medida del difunto posiblemente varias décadas atrás, pero la vecina, echó manos de tijeras y le dio un corte a la chaqueta por la parte de atrás en vertical y la dividió por dos, la única forma de que la chaqueta le abrochara.  Al intentar cerrarle la boca no pudieron, por lo que le tuvieron que anudar un pañuelo desde la barbilla hasta la nuca, quedando el lazo del mismo en lo alto de su cabeza.

Otra de las vecinas, dijo que ya había avisado a la modista para que le hiciera la almohadilla para el ataúd, como también a la iglesia para que tocase la agonía.

En un descuido cuando más gente había en la habitación,  Antonio salió del escondite y se confundió con los demás de forma disimulada.

 

                                  PARTE II

 EL VELATORIO Y EL LUTO.    

Samuel el carpintero no tardó en llegar. Éste era el que hacía los ataúdes. Como en un acto reflejo o costumbre, al llegar, se alisó los cabellos muy poblados pintados la mayoría de blanco y peinados para atrás al mismo tiempo que se ajustó las gafas para a continuación dirigirse a Hortensia y a sus hijas estrechando su mano con un lacónico: -lo siento.        

-Debéis de tener resignación, ya que a todos nos llegará nuestra hora como le ha llegado al pobre Ambrosio. –agregó Samuel.

-Samuel, lo que yo quiero para mi pobre marido que en gloria esté es una caja que no sea muy cara, eso sí, que sea decente. Así que lo dejo en tus manos. Que vaya mi sobrino y alguien que le ayude a traerla.

         -¡Y el entierro! ¿De cuantas capas va a ser?

         -De una capa, Samuel... de una capa.

Dicho esto comenzaron otra vez los gritos. Estos siguieron sucediéndose a medida que algunos de los allegados y familiares de Ambrosio llegaban a la casa.

La madre de Antonio que llevaba un buen rato buscándolo le dijo que esa noche tenía que cenar y dormir en casa de Pedro el Aliñao, amigo de su padre, que tenía un hijo de su edad, pues no se iba a quedar en casa de su abuela Francisca a dormir solo. Antonio casi lo agradeció ya que eso de dormir solo después de haber visto al difunto le horrorizaba.

Las campanas empezaron a tocar la agonía de Ambrosio y los golpes lentos del badajo contra el metal llegaron hasta los más recónditos rincones del pueblo anunciando la muerte del desdichado.         

Los vecinos empezaron a traer sillas de sus casas en un gesto solidario de ayuda hacía la familia para cuando llegara la gente a la vela. El vecino colindante  dispuso su casa para albergar a los hombres ya que era costumbre los hombres estar en un lado y las mujeres en otro.

El difunto Ambrosio fue introducido en un humilde ataúd de madera sin ningún detalle de gubia u otro signo de ostentación que descansaba en la planta baja de la casa. La cabeza dentro del ataúd reposaba en una almohadilla negra con los filos dorados rellena de borra que había cosido la modista. La vecina que llevaba la voz cantante en todo y que era muy voluntariosa trajo dos taleguillos negros con sal gorda que introdujo en el ataúd encima de su vientre con el fin de retrasar su necrosis dada la temperatura reinante del mes de julio. También colgó en el techo una cinta de aproximadamente un metro que caía en vertical embadurnada en miel para atrapar a las moscas. Igualmente metió un poco de algodón en la boca del cadáver y taponó asimismo los conductos respiratorios.

Anica, la Rezaora, llegó a la casa y todas las mujeres que estaban en ella empezaron a  rezar el rosario hecho este que calmó de momento los chillidos, lloros, y lamentos.

Pedro el Aliñao se llevó para su casa a Antonio, y esa noche durmió con el hijo de éste que se llamaba José, pero que cariñosamente todos le llamaban Josillo. Antonio conocía a Josillo de haber ido con su padre a casa de su abuela en algunas ocasiones y haber jugado con este el tiempo que duraba la visita. Antonio le contó con todo detalle a Josillo lo vivido por él ese día. Ninguno de los dos pudo dormir hasta casi entrada la madrugada. Los padres de Antonio estuvieron velando al tío Ambrosio, el Ronco, toda la noche. Juan, en la casa que el vecino habilitó para los hombres, y Ramona, en la casa del difunto con las mujeres.

Pasada la medianoche en el velatorio de hombres era costumbre tomar unas copas de aguardiente que servían en todo caso para mantener despiertos a los concurrentes, de modo que la vecina que era muy servicial se presentó con una botella de anís que la tía de Juan había mandado comprar, pues aunque pobres querían tener un detalle con los asistentes. Juan, el padre de Antonio se hizo cargo de la botella e iba ofreciendo el licor en una ridícula copa de cristal en la que todos bebían.

En casa del difunto habían encendido una lumbre en el corral donde encima de una trébedes tenían colocado un caldero de cobre un poco más pequeño de los que usaban para la matanza lleno de agua para preparar el tinte para el luto. La tía de Juan había dicho que tanto ella como sus dos hijas el luto seria riguroso, de modo que a partir de ese momento todas sus prendas serian teñidas de negro con tinte de la marca Iberia, dijo, a ser posible.

Para salir a la calle era costumbre en las mujeres cubrirse la cabeza con un pañuelo anudado al cuello, y por encima de los hombros arroparse en todos tiempos con una media-manta de lana negra con flecos en los bordes, que era sostenida un ala de ella con una mano y con la otra para taparse la cara de la nariz para abajo, pero sólo en los lutos rigurosos se salía a la calle en caso de muy extrema necesidad y a deshoras.  También el blanqueo de la fachada de la casa quedaba pospuesto hasta la fecha en que se pasaba al medio luto, que era transcurrido al menos dos o tres años. En las casas donde había radio esta se quitaba de la vista de las posibles visitas llevándola a la cámara donde estaba el granero o cubriéndola con un paño negro.

Ramona salió con su suegra de madrugada a preparar el luto para Juan. En una chaqueta cosió un galón negro de unos diez centímetros de ancho dando la vuelta a la manga, que era el luto que iba a llevar por su tío además de una chalina del mismo color. En cuanto a su suegra no tuvo que preparar nada ya que Francisca desde la muerte de su marido lo llevaba de por vida.

Después de desayunar en casa de su amigo Josillo, Antonio se dirigió de nuevo a casa del difunto a ver a sus padres. Su madre al verlo salió a su encuentro para decirle que no pasara, ya que el difunto estaba muy desfigurado y que tal vez después podía darle miedo.

         -Quédate sentado en una silla en el portal y no pases adentro. Le ordenó.

Antonio obedeció a su madre y se sentó en una silla desde donde sólo podía observar puesto de pié un trozo de ataúd por donde asomaban los calcetines negros del fallecido. La cinta impregnada de miel que colgaba del techo estaba ya casi llena de moscas que habían sido atrapadas en ella. Algunas intentaban zafarse agitando sus alas sin conseguirlo ya que con su aleteo conseguían embadurnarse aún más. A veces, en la sala, se hacía un silencio y sólo se oía entonces el revoloteo incesante de las moscas atrapadas en la trampa.

Alguien avisó a la familia que don Eleuterio, el cura párroco, venía acompañado por el sochantre.

Don Eleuterio el párroco llegó esta vez vestido solo con la sotana y el bonete de cuatro picos en la cabeza. En sus manos portaba un libro con los bordes de las hojas pintados de color púrpura asomando por la parte inferior un cordón de la misma tonalidad que le servía de guía en la lectura. Todos los presentes se pusieron en pie y callaron sus conversaciones. A continuación, don Eleuterio comenzó con acento grave a cantar un responso en latín aplicando el tono gregoriano y cuando éste hacía un paréntesis, contestaba el sochantre con  voz ronca como si tuviese en la boca algún escupitajo. El responso fue cantado a coro entre don Eleuterio y el sochantre, de manera que don Eleuterio decía una frase y el sochantre replicaba con otra. Inmediatamente después se rezó a coro un Padrenuestro. A continuación, el párroco y su ayudante se despidieron dándoles el pésame a los dolientes recordándoles que el entierro seria a las cinco de la tarde.  

Hortensia la tía de Juan, había dicho que por su boca no entraría nada mientras que su marido estuviese de cuerpo presente y así fue. Sus hijas siguieron su ejemplo y tampoco tomaron nada hasta después del entierro.                                 

 

PARTE III

 EL ENTIERRO.

 Poco antes de las cinco empezaron a doblar a muerto las campanas. Nada más empezar a tocar, las hijas del difunto y su mujer, empezaron a dar de nuevo gritos y alaridos. Por lo alto de la calle apareció primero Gabrielito el Cohete anunciando el séquito parroquial que venía a enterrar a Ambrosio. Gabrielito el Cohete era un minusválido con un retraso mental muy acusado que no faltaba en los entierros y fiestas, y que como siempre iba en cabeza de la comitiva. Detrás venía don Eleuterio con sobrepelliz y estola, nada de capa pluvial, pues esta vestidura se usaba sólo en los entierros de más rango. Al frente del séquito venía un monaguillo que vestía faldones rojos y roquetes blancos de encaje el cual portaba un varal con un cristo dorado adornado con un cilindro de tela negro. El sochantre llevaba el hisopo de metal metido dentro del recipiente del agua bendita que no paraba de sonar mientras caminaba. Samuel el carpintero que aparecía en el grupo se adelantó a ellos para llegar antes a la casa del fallecido.

Cuando Samuel entró en la casa, esta vez los gritos fueron desgarradores, y hubo que sujetar a las hijas del difunto para que Samuel el carpintero pudiera cerrar el féretro. Cada golpe que daba a los clavos tapando el ataúd era coreado por gritos y sollozos.  Luego, la comitiva solo de hombres se dirigió calle arriba para dar sepultura a Ambrosio. Las mujeres se quedaron en la casa del difunto rezando ya que así lo establecía la costumbre.

El tío de Juan debía de ser una persona muy querida por todo el pueblo ya que a medida que el cadáver se acercaba hasta la iglesia por todas las calles aparecían grupos de hombres, mientras que muchas mujeres se encaminaban hasta la casa del finado para expresar sus condolencias a las mujeres de la familia.

Antonio se unió a la comitiva observando como todos trataban de llevar sobre sus hombros al tío de su padre. Uno de los portadores le comentó a otro en voz baja:

         -La caja es de listones sobrepuestos, como los de un burladero de una plaza de toros. ¡Pobre Ambrosio!

         Subido en la escalinata de la iglesia, don Eleuterio roció con el hisopo agua bendita sobre el ataúd al tiempo que despedían al cadáver con otro responso en latín.

Los entierros se establecían por categorías. Los de una capa como era este eran despedidos desde la puerta de la iglesia sin más dispendios. Los de dos capas, los dos curas vestidos con capas pluviales acompañaban al cadáver hasta medio camino, y los de tres capas para los más pudientes era escoltado el féretro por tres sacerdotes  hasta el cementerio con todos los honores pompa y boato.

Josillo, buscó a Antonio y ambos se encaminaron con un pequeño grupo de personas hasta el cementerio para dar sepultura al difunto. El resto quedó en la puerta de la iglesia dando el pésame a los dolientes.

Llegado el reducido séquito al cementerio, el sepulturero tenía un nicho preparado a media altura. Los portadores del ataúd empujaron el féretro por la cavidad produciendo cada vez que le empujaban un siniestro y ronco sonido dentro de la bóveda.

Un albañil ayudado por otro que amasaba yeso en una artesa, fue tapando el nicho formando una pared de mampostería con piedras y ripios.

Mientras los albañiles realizaban su trabajo, Antonio y Josillo se dieron una vuelta por el cementerio y se ayudaron uno a otro a asomarse al muro donde estaba el osario donde pudieron contemplar calaveras y otros huesos amontonados en un anárquico desorden que asomaban entre restos de ataúdes ya carcomidos cardos borriqueros y jaramagos. 

Cuando llegaron nuevamente a donde estaban los albañiles, estos ya estaban acabando. La última piedra tapó el último rayo de luz que se suponía alumbraría el nicho. Luego, la oscuridad y el silencio invadieron la bóveda. 

Al día siguiente marcharon todos incluida su abuela Francisca de nuevo al cortijo, no sin antes pasar por casa de Hortensia, la viuda y tía política de su padre.  Ramona le dio dos billetes de cinco pesetas para ayuda de los gastos del luto. Esta era una costumbre muy arraigada, la de ayudar unas veces con dinero y otras con prendas de vestir a los dolientes. Hortensia también les anunció la fecha de la misa de difuntos habíendo avisado a la   mujer que se dedicaba a anunciar de casa en casa el día y la hora del funeral.

 

                                     FIN