jueves, 10 de febrero de 2022

APRENSION Y DEPRESIÓN.

 

APRENSION Y DEPRESIÓN

Diálogo de dos torrecampeñas antes de la pandemia.

Una.

-La persona de la que hablas, dicen, que desde que le ocurrió aquella desgracia apenas sale a la calle, pues comentan que desde ese momento dejó de comunicarse con  los vecinos, incluso hasta con la familia, y por lo que cuentan y esto es lo más grave, anda más que distraído, vamos, que “sametio” en aprensión y no quiere el hombre “depechar”.

Otra.

-¡María, hay que ver, con lo “palpetero” que era! Un sobrino suyo me dijo que está muy triste, que rompe a llorar por menos de “ná”, y es más, me aseguró que de seguir así no tardará en fregar la cuchara.

Según la RAE, aprensión significa: Escrúpulo, recelo de ponerse en contacto con otra persona, o con algo que le pueda venir contagio. En cambio, depresión figura como: Síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos.

Estas dos enfermedades, tanto la aprensión, como la depresión, encontraron un buen caldo de cultivo con la llegada del coronavirus. El parón de la interacción social, es decir la falta de relacionarnos en los dos años que llevamos de pandemia, además del enclaustramiento, han provocado y  están provocando que nuestra salud mental se esté deteriorando, así pues,  el insomnio, la ansiedad motivada por la incertidumbre, además del   pánico en ocasiones, y sobre todo el miedo al contagio, contribuyen a que a una mayoría, yo diría que silenciosa de nuestra sociedad, les esté ocurriendo lo que a la persona que hacen referencia las tertulianas del principio.

Es muy triste lo que nos está sucediendo y ansiamos que de una vez por todas esto acabe. Hemos visto que después de cada ola nos decían los entendidos virólogos que  ya se veía la luz al final del túnel, pero como si tratase de una película de ciencia ficción, pareciera como si este maldito virus estuviese teledirigido, como si alguien apretase un botón para que el bicho mute una y otra vez con más virulencia si cabe cuando creíamos que lo habíamos vencido llevándonos como viene sucediendo siempre al punto de partida del comienzo de esta crisis sanitaria que vivimos.   

No debemos caer ni en la aprensión, y lo que es más grave en la depresión a pesar de las circunstancias que estamos viviendo. Debemos procurar airear nuestras penas y nuestros conflictos compartiéndolos, esos sentimientos dañinos que nos corroen, que surgen a veces de manera espontánea y que nos arrastran a situaciones anómalas, tales como a aislarnos de los amigos, y lo que es más grave y les está ocurriendo a mucha gente mayor, hasta con la familia más cercana.

Escribo esto porque no encuentro a nadie que me aconseje de este hartazgo que vivo, y no encontrando quién lo haga, he recurrido a ese otro yo, a darme ánimos yo mismo aunque no los necesite tanto como aquellos que se puedan encontrar como el pobre hombre que refieren las dos mujeres en el coloquio del principio, porque hasta ahí no llego, ni quisiera llegar.

Lo que a mí me pasa es lo mismo que te está pasando a ti, que tengo hambre de besos y abrazos, de juntarme con mi familia, con los amigos, con los vecinos sin aprensión al contagio. Tengo hambre de estar con mis nietos sin una mascarilla para que me reintegren todo el saldo a mi favor por tantos besos que no he recibido en estos dos últimos años. Tengo hambre de ir a mi pueblo y oír el sonido explosivo de los cohetes en cualquiera de nuestras fiestas, hambre de nuestras procesiones, de celebrar nuestra romería, de ver a nuestra banda de música por las calles, de nuestra feria, hambre… de que volvamos a ser como fuimos.

Sí, amigos, tengo hambre de volver a la normalidad, aunque cuando esto llegue sé que será una normalidad con muchas cicatrices, las mías, como las de las gran mayoría siguen sangrando. Mientras tanto, un consejo: seamos precavidos sin llegar a ser aprensivos.

LOS BANCOS Y LAS PERSONAS MAYORES.

 

LOS BANCOS Y LAS PERSONAS MAYORES.

José con noventa y dos años se dirige al banco donde desde siempre tiene sus ahorros. No acostumbra a ello ya que su hija es la encargada de ir al menos una vez al mes a la sucursal para disponer de efectivo, así como poner la libreta al día y comprobar los cargos e ingresos realizados, pero hoy está  hospitalizada, y él necesita dinero para atender sus necesidades.

 En el patio de la oficina una señora que entra al mismo tiempo que él le manda identificarse en una máquina habilitada para ello a lo que la buena mujer viendo el desconcierto del anciano le ayuda marcando su DNI, además de si es o no  cliente y la sección en la que desea ser atendido. La máquina una vez introducidos estos datos vomita un papel con letras y números y José todo sorprendido da las gracias a aquella amable señora  a la que siguiendo sus consejos se sienta a esperar delante de una pantalla a que aparezcan los mismos guarismos y letras que le asignó el extraño aparato. Mientras aguarda su turno observa a un puñado de empleados en minúsculos habitáculos separados unos de otros por cristaleras opacas atendiendo a clientes.

Todo ha cambiado se dice para sus adentros. Intenta desde su posición identificar a alguno de los que trabajan dentro de aquellos extraños receptáculos sin resultado positivo. No conoce a ninguno, ni ha habido un cruce de miradas entre él y ellos, atentos todos  a la pantalla que hay en cada una de sus mesas. Mientras espera, recuerda a muchos de los antiguos empleados de esa sucursal que se dirigían a él por su nombre y que aunque estuviesen ocupados levantaban una mano indicándole con un gesto que de momento iba a ser atendido, y cómo no,  a aquél director que le ayudó a salir de aquél bache con el que llegó a confraternizar en aquellos tiempos cuando la confianza estaba por encima de las garantías, ahora, cuentan, que si no tienes no te prestan dinero, lo que a su corto entender le llena de dudas.

A intervalos, la pantalla a la que no le quita ojo va emitiendo con un extraño sonido números indicando la sala a la que debe dirigirse el cliente agraciado. Pasado un buen rato y viendo que su turno nunca llega y aprovechando que uno de los empleados ha quedado libre se dirige a él. Le explica que quiere sacar dinero y este le mira un tanto extrañado para decirle que el negociado de caja cerró a las once de la mañana, que opere con su tarjeta desde el cajero que está en la calle. El empleado ve al hombre un tanto confundido por lo que muy cortésmente le ofrece que tome asiento. José obedece y sentado con sus dos manos apoyadas en su bastón observa al joven empleado que viste de manera elegante. Entre ellos hay el siguiente diálogo:  

         -Señor José, he mirado los productos que consume y veo que no dispone de tarjeta. Si usted quiere le puedo solicitar una de débito, y otra de crédito. Es muy sencillo, con ellas a través de un pin puede disponer de efectivo en toda la red de sucursales de nuestro Banco, e incluso en los de la competencia. Si dispone de un Pc o de un Smartphone, en online, podrá pagar sus recibos, hacer transferencias y saber su saldo en todo momento, siempre mediante una clave, todo,  a través de Internet, ya que entrando en Gooble…

         -Mire, joven. Yo no entiendo nada de lo que usted me dice, comprenda que soy mayor, y no estoy preparado para ese vocabulario. Yo lo que quiero es doscientos euros…

         -Ya le he dicho señor José, que la caja está cerrada. Venga usted mañana, además, si es esa la cantidad que quiere disponer, no quiero adelantarle… en fin, pásese mañana.

Y aquél señor de avanzada edad ni siquiera dice adiós, se despide del empleado con una mirada intensa y prolongada que de seguro taladraría la conciencia del representante bancario. Después,  en silencio, abandona la sucursal con paso lento y vacilante mientras lo ve todo borroso producto de las lágrimas que han aflorado en sus ojos motivado por la ira contenida y la impotencia.

La triste situación vivida por el protagonista de este relato es una más de las muchas que sufren una buena parte de este colectivo que casi roza los  diez millones, todas personas mayores, una gran mayoría de ellas sin conocimientos para practicar con las tecnologías existentes y que además recelan de ellas debido a su inexperiencia. La exclusión financiera de este sector se ve agravada además por el cierre de más del cincuenta por ciento de sucursales bancarias en los últimos años y el despido de miles de empleados. Esto ha supuesto que en muchas poblaciones pequeñas al día de hoy no dispongan como antes de ninguna entidad financiera ni tampoco de cajero, otra puñalada más a la España vaciada.

Yo he sido bancario, que no banquero, y sé lo que es estar sometido a tensiones buscando siempre la rentabilidad para mi empresa, pero me consta que el beneficio de los bancos se ha incrementado de manera  muy sustancial dado que el margen financiero al día de hoy es  muy considerable al no estar remunerado el pasivo, es decir, los depósitos, contribuyendo a esto la disminución de los costes laborales por la disminución de las plantillas, alimentado a su vez por el cobro de comisiones entre las que destaco las del mantenimiento de muchas de las cuentas.

Para que escenas como la que reproduzco no lleguen a suceder, entiendo que  no sería demasiado pedirles a los señores banqueros tengan un poco de dignidad para las personas mayores, habilitando  en cada oficina un puesto de trabajo, un empleado que aparte de realizar otros menesteres, se encargue de atender y  formar en lo más básico a este colectivo sénior al que tanto les debe la sociedad, y asimismo, las entidades financieras, -si lo sabré yo- porque no creo que con ello  llegaran a alterarse mucho sus ya abultadas cuentas de resultados.

Porque tú que eres persona mayor te lo mereces, porque te esperamos a cualquier hora para atenderte, formarte, e informarte.

Eslogan, que colocaría en los ventanales de muchos bancos.

Quisiera que mis ruegos se hiciesen realidad. Yo, con tal de echar una mano prestaría mis cortos conocimientos de manera altruista. Que me llamen, estoy dispuesto.   

lunes, 27 de diciembre de 2021

LOS ENTIERROS Y LOS LUTOS CUANDO ERA NIÑO.


 Foto de: Eugene Smith.

 De cómo eran en mi niñez los ceremoniales de la muerte, los entierros, y los lutos en nuestro pueblo. Todos los personajes son fruto de mi imaginación, no así los ritos y costumbres.

Por lo dilatado de esta narración la he divido en tres partes para hacerla más amena.


                                 PARTE I

 EL FALLECIMIENTO.

 Antonio, siendo niño, se dirige acompañado de sus padres, desde el cortijo donde vive hasta el pueblo, porque un tío de su progenitor estaba muy enfermo.

Al asomar a la esquina de la calle donde vivía el enfermo  el padre de Antonio, advirtió de que su tío debía de estar muy grave dado que en la puerta había un nutrido grupo de gente. Al entrar a la casa cesaron los murmullos que mantenían las personas en ese momento. Sus primas abrazaron a sus padres y a él le dieron un beso.

         -Pasad a la habitación. Mi madre está con él. Nosotras lo vemos muy mal, y el médico ha dicho que llamemos al cura.

Los tres pasaron a la habitación. Su tía Hortensia se levantó al verlos y se dio por saludada cuando con un gesto indicó silencio señalando hacia el lecho donde se encontraba el moribundo. Ambrosio, estaba acostado en una cama de hierro con adornos dorados. Su cabeza reposaba reclinada  sobre dos almohadas mientras que su cuerpo lo cubría una sábana. En la cabecera estaba la llave de la luz que pendía de un  cordón que bajaba pared abajo desde el techo y asomaba al final de un cuadro de marco grande  protegido por un cristal ya picado por el tiempo   guardando la imagen de un santo con una calavera a los pies. 

El tío de Juan respiraba de forma fatigosa. En una de las veces abrió los ojos y vio a su sobrino que estaba de pié frente a él y le hizo un gesto con la mano para que se acercase.

         -Juan, siempre te he querido como al hijo que Dios no me quiso dar -dijo con voz entrecortada, e hizo una pausa para luego agregar -Ya ha llegado mi hora. Sé que voy a morir. Luego tosió.

         -No te fatigues tío -dijo el padre de Antonio al tiempo que cogió su mano y la apretó contra la suya.

         Pasados unos segundos llamó a Ramona.

         -Ramona... no me equivoqué contigo. Eres una mujer digna de un hombre como Juan. ¿Y Antonio?

         -Está aquí tío, detrás de mí.

         -Escucha, Antonio. Respeta a tus padres siempre, y sé honrado como tu padre lo es y lo fue tu abuelo al que dentro de poco yo veré.     

         Antonio observó mirando a su padre que algo le brillaba en los ojos, y no era otra cosa que las lágrimas que ya le afloraban. Juan le dio un beso en la frente y al momento abandonaron la habitación.

Antonio nunca había visto a un moribundo, y la verdad que le enterneció y le sobrecogió al ver al tío de su padre dando los últimos estertores, jadeando, con el pecho subiéndole y bajando, haciendo un hoyo la sábana a la altura del abdomen cada vez que respiraba con aquella fatiga, y como testigo aquél cuadro del santo con la calavera que a él le pareció macabro.

Por la esquina de la calle sonó una campanilla. Era el cura don Eleuterio que venía acompañado de un monaguillo a llevarle el Santísimo Sacramento a Ambrosio. Don Eleuterio venía cubierto por el paño de hombros, envolviendo con el mismo el portaviático. Mucha gente al oír la campanilla se hincaba de rodillas a su paso. Antonio también lo hizo.

         Don Eleuterio entró en la habitación del enfermo, y pasados unos minutos salió de la misma y habló a Trinidad, la prima de su padre cogiendo su mano.

         -Tenéis un santo... tenéis un santo.

         No había pasado media hora cuando unos gritos aterradores estremecieron a Antonio. Los que estaban en la calle entraron deprisa en la casa.

         -Ambrosio acaba de morir -dijo un vecino.

Antonio entró a la casa y vio a las primas de su padre gritando de forma que él nunca había visto gritar a nadie.   Otros familiares se abrazaban entre si sollozando queriendo demostrar todos ante los demás la pérdida sufrida.

Una vecina llegó pasados unos minutos con una olla con tila con el fin de tranquilizar a la familia.

Hortensia la tía de su padre se le oyó decir entre los gemidos y gritos cuando una de las vecinas intentó darle una taza de tila.

         -Por esta boca, refiriéndose a la suya, no entra ni agua. Así que no os empeñéis.

Otra vecina muy dispuesta que parecía bastante tranquila solicitó a una de las primas de Juan la mortaja para amortajar al difunto.

Antonio observaba todos los detalles escondido detrás de un mueble con jofaina situado en un rincón en la habitación del difunto sin que nadie se hubiera percatado hasta ahora de su presencia. Miraba al cadáver que había quedado visible para él desde su posición oculto a veces por las primas de su padre que continuamente entraban y salían del aposento colmando al difunto de besos. Ambrosio el Ronco estaba con la boca abierta y con los ojos abiertos de par en par como mirando a un punto fijo. Su rostro había adquirido ya la palidez y el brillo céreo de la muerte.

La vecina que era muy dispuesta llegó a la habitación con un traje negro y calcetines del mismo color además de una camisa blanca. Antonio hubiese querido salir de su escondite ya que se daba cuenta que ese no era sitio para él y temía ganarse un pescozón de alguien si era descubierto, así que optó por seguir allí. Vio como le ponían la camisa y los pantalones al difunto, y de cómo le cerraban los ojos. La chaqueta fue lo más difícil, ya que el vientre se le había inflamado contribuyendo además que el traje era viejo y confeccionado a la medida del difunto posiblemente varias décadas atrás, pero la vecina, echó manos de tijeras y le dio un corte a la chaqueta por la parte de atrás en vertical y la dividió por dos, la única forma de que la chaqueta le abrochara.  Al intentar cerrarle la boca no pudieron, por lo que le tuvieron que anudar un pañuelo desde la barbilla hasta la nuca, quedando el lazo del mismo en lo alto de su cabeza.

Otra de las vecinas, dijo que ya había avisado a la modista para que le hiciera la almohadilla para el ataúd, como también a la iglesia para que tocase la agonía.

En un descuido cuando más gente había en la habitación,  Antonio salió del escondite y se confundió con los demás de forma disimulada.

 

                                  PARTE II

 EL VELATORIO Y EL LUTO.    

Samuel el carpintero no tardó en llegar. Éste era el que hacía los ataúdes. Como en un acto reflejo o costumbre, al llegar, se alisó los cabellos muy poblados pintados la mayoría de blanco y peinados para atrás al mismo tiempo que se ajustó las gafas para a continuación dirigirse a Hortensia y a sus hijas estrechando su mano con un lacónico: -lo siento.        

-Debéis de tener resignación, ya que a todos nos llegará nuestra hora como le ha llegado al pobre Ambrosio. –agregó Samuel.

-Samuel, lo que yo quiero para mi pobre marido que en gloria esté es una caja que no sea muy cara, eso sí, que sea decente. Así que lo dejo en tus manos. Que vaya mi sobrino y alguien que le ayude a traerla.

         -¡Y el entierro! ¿De cuantas capas va a ser?

         -De una capa, Samuel... de una capa.

Dicho esto comenzaron otra vez los gritos. Estos siguieron sucediéndose a medida que algunos de los allegados y familiares de Ambrosio llegaban a la casa.

La madre de Antonio que llevaba un buen rato buscándolo le dijo que esa noche tenía que cenar y dormir en casa de Pedro el Aliñao, amigo de su padre, que tenía un hijo de su edad, pues no se iba a quedar en casa de su abuela Francisca a dormir solo. Antonio casi lo agradeció ya que eso de dormir solo después de haber visto al difunto le horrorizaba.

Las campanas empezaron a tocar la agonía de Ambrosio y los golpes lentos del badajo contra el metal llegaron hasta los más recónditos rincones del pueblo anunciando la muerte del desdichado.         

Los vecinos empezaron a traer sillas de sus casas en un gesto solidario de ayuda hacía la familia para cuando llegara la gente a la vela. El vecino colindante  dispuso su casa para albergar a los hombres ya que era costumbre los hombres estar en un lado y las mujeres en otro.

El difunto Ambrosio fue introducido en un humilde ataúd de madera sin ningún detalle de gubia u otro signo de ostentación que descansaba en la planta baja de la casa. La cabeza dentro del ataúd reposaba en una almohadilla negra con los filos dorados rellena de borra que había cosido la modista. La vecina que llevaba la voz cantante en todo y que era muy voluntariosa trajo dos taleguillos negros con sal gorda que introdujo en el ataúd encima de su vientre con el fin de retrasar su necrosis dada la temperatura reinante del mes de julio. También colgó en el techo una cinta de aproximadamente un metro que caía en vertical embadurnada en miel para atrapar a las moscas. Igualmente metió un poco de algodón en la boca del cadáver y taponó asimismo los conductos respiratorios.

Anica, la Rezaora, llegó a la casa y todas las mujeres que estaban en ella empezaron a  rezar el rosario hecho este que calmó de momento los chillidos, lloros, y lamentos.

Pedro el Aliñao se llevó para su casa a Antonio, y esa noche durmió con el hijo de éste que se llamaba José, pero que cariñosamente todos le llamaban Josillo. Antonio conocía a Josillo de haber ido con su padre a casa de su abuela en algunas ocasiones y haber jugado con este el tiempo que duraba la visita. Antonio le contó con todo detalle a Josillo lo vivido por él ese día. Ninguno de los dos pudo dormir hasta casi entrada la madrugada. Los padres de Antonio estuvieron velando al tío Ambrosio, el Ronco, toda la noche. Juan, en la casa que el vecino habilitó para los hombres, y Ramona, en la casa del difunto con las mujeres.

Pasada la medianoche en el velatorio de hombres era costumbre tomar unas copas de aguardiente que servían en todo caso para mantener despiertos a los concurrentes, de modo que la vecina que era muy servicial se presentó con una botella de anís que la tía de Juan había mandado comprar, pues aunque pobres querían tener un detalle con los asistentes. Juan, el padre de Antonio se hizo cargo de la botella e iba ofreciendo el licor en una ridícula copa de cristal en la que todos bebían.

En casa del difunto habían encendido una lumbre en el corral donde encima de una trébedes tenían colocado un caldero de cobre un poco más pequeño de los que usaban para la matanza lleno de agua para preparar el tinte para el luto. La tía de Juan había dicho que tanto ella como sus dos hijas el luto seria riguroso, de modo que a partir de ese momento todas sus prendas serian teñidas de negro con tinte de la marca Iberia, dijo, a ser posible.

Para salir a la calle era costumbre en las mujeres cubrirse la cabeza con un pañuelo anudado al cuello, y por encima de los hombros arroparse en todos tiempos con una media-manta de lana negra con flecos en los bordes, que era sostenida un ala de ella con una mano y con la otra para taparse la cara de la nariz para abajo, pero sólo en los lutos rigurosos se salía a la calle en caso de muy extrema necesidad y a deshoras.  También el blanqueo de la fachada de la casa quedaba pospuesto hasta la fecha en que se pasaba al medio luto, que era transcurrido al menos dos o tres años. En las casas donde había radio esta se quitaba de la vista de las posibles visitas llevándola a la cámara donde estaba el granero o cubriéndola con un paño negro.

Ramona salió con su suegra de madrugada a preparar el luto para Juan. En una chaqueta cosió un galón negro de unos diez centímetros de ancho dando la vuelta a la manga, que era el luto que iba a llevar por su tío además de una chalina del mismo color. En cuanto a su suegra no tuvo que preparar nada ya que Francisca desde la muerte de su marido lo llevaba de por vida.

Después de desayunar en casa de su amigo Josillo, Antonio se dirigió de nuevo a casa del difunto a ver a sus padres. Su madre al verlo salió a su encuentro para decirle que no pasara, ya que el difunto estaba muy desfigurado y que tal vez después podía darle miedo.

         -Quédate sentado en una silla en el portal y no pases adentro. Le ordenó.

Antonio obedeció a su madre y se sentó en una silla desde donde sólo podía observar puesto de pié un trozo de ataúd por donde asomaban los calcetines negros del fallecido. La cinta impregnada de miel que colgaba del techo estaba ya casi llena de moscas que habían sido atrapadas en ella. Algunas intentaban zafarse agitando sus alas sin conseguirlo ya que con su aleteo conseguían embadurnarse aún más. A veces, en la sala, se hacía un silencio y sólo se oía entonces el revoloteo incesante de las moscas atrapadas en la trampa.

Alguien avisó a la familia que don Eleuterio, el cura párroco, venía acompañado por el sochantre.

Don Eleuterio el párroco llegó esta vez vestido solo con la sotana y el bonete de cuatro picos en la cabeza. En sus manos portaba un libro con los bordes de las hojas pintados de color púrpura asomando por la parte inferior un cordón de la misma tonalidad que le servía de guía en la lectura. Todos los presentes se pusieron en pie y callaron sus conversaciones. A continuación, don Eleuterio comenzó con acento grave a cantar un responso en latín aplicando el tono gregoriano y cuando éste hacía un paréntesis, contestaba el sochantre con  voz ronca como si tuviese en la boca algún escupitajo. El responso fue cantado a coro entre don Eleuterio y el sochantre, de manera que don Eleuterio decía una frase y el sochantre replicaba con otra. Inmediatamente después se rezó a coro un Padrenuestro. A continuación, el párroco y su ayudante se despidieron dándoles el pésame a los dolientes recordándoles que el entierro seria a las cinco de la tarde.  

Hortensia la tía de Juan, había dicho que por su boca no entraría nada mientras que su marido estuviese de cuerpo presente y así fue. Sus hijas siguieron su ejemplo y tampoco tomaron nada hasta después del entierro.                                 

 

PARTE III

 EL ENTIERRO.

 Poco antes de las cinco empezaron a doblar a muerto las campanas. Nada más empezar a tocar, las hijas del difunto y su mujer, empezaron a dar de nuevo gritos y alaridos. Por lo alto de la calle apareció primero Gabrielito el Cohete anunciando el séquito parroquial que venía a enterrar a Ambrosio. Gabrielito el Cohete era un minusválido con un retraso mental muy acusado que no faltaba en los entierros y fiestas, y que como siempre iba en cabeza de la comitiva. Detrás venía don Eleuterio con sobrepelliz y estola, nada de capa pluvial, pues esta vestidura se usaba sólo en los entierros de más rango. Al frente del séquito venía un monaguillo que vestía faldones rojos y roquetes blancos de encaje el cual portaba un varal con un cristo dorado adornado con un cilindro de tela negro. El sochantre llevaba el hisopo de metal metido dentro del recipiente del agua bendita que no paraba de sonar mientras caminaba. Samuel el carpintero que aparecía en el grupo se adelantó a ellos para llegar antes a la casa del fallecido.

Cuando Samuel entró en la casa, esta vez los gritos fueron desgarradores, y hubo que sujetar a las hijas del difunto para que Samuel el carpintero pudiera cerrar el féretro. Cada golpe que daba a los clavos tapando el ataúd era coreado por gritos y sollozos.  Luego, la comitiva solo de hombres se dirigió calle arriba para dar sepultura a Ambrosio. Las mujeres se quedaron en la casa del difunto rezando ya que así lo establecía la costumbre.

El tío de Juan debía de ser una persona muy querida por todo el pueblo ya que a medida que el cadáver se acercaba hasta la iglesia por todas las calles aparecían grupos de hombres, mientras que muchas mujeres se encaminaban hasta la casa del finado para expresar sus condolencias a las mujeres de la familia.

Antonio se unió a la comitiva observando como todos trataban de llevar sobre sus hombros al tío de su padre. Uno de los portadores le comentó a otro en voz baja:

         -La caja es de listones sobrepuestos, como los de un burladero de una plaza de toros. ¡Pobre Ambrosio!

         Subido en la escalinata de la iglesia, don Eleuterio roció con el hisopo agua bendita sobre el ataúd al tiempo que despedían al cadáver con otro responso en latín.

Los entierros se establecían por categorías. Los de una capa como era este eran despedidos desde la puerta de la iglesia sin más dispendios. Los de dos capas, los dos curas vestidos con capas pluviales acompañaban al cadáver hasta medio camino, y los de tres capas para los más pudientes era escoltado el féretro por tres sacerdotes  hasta el cementerio con todos los honores pompa y boato.

Josillo, buscó a Antonio y ambos se encaminaron con un pequeño grupo de personas hasta el cementerio para dar sepultura al difunto. El resto quedó en la puerta de la iglesia dando el pésame a los dolientes.

Llegado el reducido séquito al cementerio, el sepulturero tenía un nicho preparado a media altura. Los portadores del ataúd empujaron el féretro por la cavidad produciendo cada vez que le empujaban un siniestro y ronco sonido dentro de la bóveda.

Un albañil ayudado por otro que amasaba yeso en una artesa, fue tapando el nicho formando una pared de mampostería con piedras y ripios.

Mientras los albañiles realizaban su trabajo, Antonio y Josillo se dieron una vuelta por el cementerio y se ayudaron uno a otro a asomarse al muro donde estaba el osario donde pudieron contemplar calaveras y otros huesos amontonados en un anárquico desorden que asomaban entre restos de ataúdes ya carcomidos cardos borriqueros y jaramagos. 

Cuando llegaron nuevamente a donde estaban los albañiles, estos ya estaban acabando. La última piedra tapó el último rayo de luz que se suponía alumbraría el nicho. Luego, la oscuridad y el silencio invadieron la bóveda. 

Al día siguiente marcharon todos incluida su abuela Francisca de nuevo al cortijo, no sin antes pasar por casa de Hortensia, la viuda y tía política de su padre.  Ramona le dio dos billetes de cinco pesetas para ayuda de los gastos del luto. Esta era una costumbre muy arraigada, la de ayudar unas veces con dinero y otras con prendas de vestir a los dolientes. Hortensia también les anunció la fecha de la misa de difuntos habíendo avisado a la   mujer que se dedicaba a anunciar de casa en casa el día y la hora del funeral.

 

                                     FIN

 

 

 

 

 

 


sábado, 2 de octubre de 2021

LA CAMPIÑA, HORIZONTE CERCANO


 


Dolía el silencio que imperaba en la lejana campiña. Un sol mañanero agosteño se recostaba en todas las múltiples colinas y altozanos calentando con su estufa veraniega a aquél cambiado y extraño paisaje tan distinto de aquél otro que yo guardaba en mi memoria. Sentado en el poyete de un casi derruido cortijillo miraba a ese horizonte de olivares que llegaban a perderse en la lejanía besando en su recorrido antes de llegar a Sierra Morena al vecino cortijo de Mingo López y al cercano pueblo de Arjona. Por un momento pensé en lo reconfortante que sería para aquellos hombres que les dieron vida al cortijo después de una dura jornada, el contemplar una puesta de sol desde allí donde estaba yo sentado, y los imaginé por un momento descansando en ese poyete desde lo más alto de la pronunciada colina donde estaba enclavado el cortijillo, el cual, con mucha dignidad se resistía a morir. Debió de ser este un cortijo muy singular dado que hasta tenía una pila para lavar la ropa. Una lagartija me miró extrañada y se internó de manera acelerada por entre la grieta de una de sus paredes. El redondel de la era, casi imperceptible, disfrazaba su círculo con algunas matas de alcaparreras salpicadas por detonados cartuchos de cazadores.

Un silencio monástico envolvía el paisaje al que extrañaba yo tanto. En mi memoria aquél otro tan distinto de cereal y barbechos, donde las lindes del minifundio competían con aquellas otras latifundistas formando dibujos de rectángulos y cuadrados como los remiendos en los pantalones de aquellos antiguos jornaleros. No vi ninguna linde entre la selva de olivares, ni aquellos montones de piedras fabricadas por los primeros colonos que roturaron estas tierras a los que dieron el nombre de majanos, yaciendo estas ahora enterradas en las “camadas” o calles del olivar que devoró sesenta años atrás al paisaje recordado por mí, a aquél de cereales y leguminosas. Solo en una colina puntiaguda y lejana, prevalecía el amarillo del rastrojo compitiendo con el del verde del olivar que todo lo invadía. Olivares que clamaban al cielo en un lamento silente que llorara agua sobre ellos para calmar su sed y así terminar de padecer su prolongada sequía.

Después de un buen rato expansionándonos en aquél grato lugar, el trio de torrecampeños del que yo formaba parte, seguimos nuestro recorrido descolgándonos por intrincadas cañadas, coronando lomas y bajando cuestas como en un carrusel, a veces, por carriles que el coche iba fabricando en olivares binados. Excepto las olivas, todo estaba agostado, hasta los carrizos de los “salaos” pintaban de amarillo. En una umbría cañada observé unas matas de juncos, seguro que tiempo atrás seria terreno apto para el melonar. Visitamos cortijillos en los que los muros, tejas y cascotes formaban un montón de escombros, y cortijos de renombre derruidos, uno hasta con aljibe, mostrando algunos de ellos enseres que adornaban estancias cuando fueron abandonados y que ahora amenazaban desplomarse en cualquier momento para formar parte del cúmulo de ripios que se apilaban en el suelo.  Casi todo esto, sin antes haberlo visitado, coincidía con lo que un día yo escribí:          

Hay un cortijo en mi pueblo donde el hambre yace amortajada con harapos negros.

Hay ventanas por las que entran raquíticas palomas  que se posan antes de morir en estacas donde  colgaban talegas  con pan duro.

Hay una mancha en la pared donde pendía un viejo candil que alumbró el parto de una niña analfabeta.

Hay una chimenea donde con lumbres de estiércol seco, roncaban pucheros en los que bailaban al son de la música de sus hervores, contados y desamparados garbanzos.

Hay un pajar en el que llueve, donde los muleros ya no  juegan a las cartas las tardes de tormenta.

Hay grietas en sus muros por donde en noches de plenilunio emergen murciélagos que escalan hasta la luna para amamantarse de ella.   

Hay en el suelo muelles oxidados del somier donde la cortijera dormía soñando con bañarse en el mar que nunca conoció.

Hay una cuadra donde los cascotes reposan en los pesebres sirviendo de pienso a las telarañas.

Hay un aljibe donde en su profundidad beben agua vieja  jornaleros muertos.

Hay una teja inclinada que perfora la pared de una ruinosa habitación donde ahora solo mean las lagartijas.

Hay piedras en el pavimento que dejaron de  brillar por el suave roce de las albarcas.

Hay una alacena arrumbada donde nunca albergó en sus estanterías algo que le gustase al perro.

Hay una destartalada puerta en el suelo con clavos corroídos por la herrumbre que soportó los silbidos del viento  de más de mil temporales.

Hay cientos, miles de olivos a su alrededor que pertenecen al dueño del cortijo a quien no conocen, ya  que nunca les agasajó con una caricia de azadón.   

Hay plantas  parásitas sin escardar  en los muros del cortijo esperando a que el niño cortijero la desmoche con su   heredado y desgastado almocafre de desdichas.

Hay días donde la luna quiere seguir acostada en el sudoroso jergón donde murió el abuelo.

Hay noches que se oyen lamentos, pero son el alma de desgarrados fandangos cantados por finados jornaleros que ansían  volver a vivir otra vez en aquel cortijo.

 

De regreso, el coche de Juan Real roncaba subiendo por la falda Norte de Grajales, el monte que siendo viejo, sigue presumiendo de ser el más alto de la zona y en el que en su cúspide estaba el cortijo de Antonio el Jamilenuo, y fue allí, desde la atalaya de este picacho donde se fraguó la frase: <<Esto es ver mundo>>, aplicada a uno de una cuadrilla que estaba escardando y el hombre no había visto horizontes tan lejanos. Tengo recuerdos para escribir un libro del paraje de Grajales. José Alcántara, mi otro acompañante, antes de llegar al Berrueco, de su garganta brotó un fandango con letra hilvanada por él. Dos olés prolongados se desparramaron por las ventanillas del vehículo e invitaron a las cigarras a aplaudirle con su característico cántico.

 

Doy gracias a mis dos anfitriones que me hicieron muy feliz, llevándome a sitios, algunos, donde nunca hice veredas, allí casi hasta el final de las lindes de nuestro pueblo, el final de la campiña, horizonte no muy lejano.

 

Antero Villar Rosa

 

 

 

 

 

 

 

               

LA FUENTE NUEVA


 


La luna, al salir, se mira en el espejo de una alberca de la sierra, se perfuma con una mata de mejorana y corre veloz pendiente abajo para  pintar con su brillo plateado los tejados de nuestro pueblo. Como siempre, generosa ella, primero les regala a los de la Fuente Nueva una mano de pintura con un brillo tan especial que los demás tejados sienten celos cuando algunos gatos en noches de plenilunio corren a bañarse con esa otra más radiante luz de plata que llega a cambiarle su primitivo color negro por el azulado emitiendo por ello al verse tan engalanados, lamentos amorosos muy pasionales.

Mi junta de amigos, todos imberbes, cada noche, como los gatos que hago referencia, solíamos refugiarnos en El Macizo, todo modernidad en aquellos tiempos. ¡Ronda!, ¡Chiquitilla!, ¡Diez cartas! ¡A beber! ¡Ronda de caballos! ¡Yo, de reyes, así que habéis “palmao”! Jugábamos a las cartas, pero a lo que jugábamos era a ser hombres queriendo parecernos a ellos. En el trabajo sin tener edad ya lo demostrábamos a diario, y también como estas veces, bebiéndonos una botella de vino de barril, allí, en una de las habitaciones del bar referido entre el humo de los cigarros de la marca Ideales que previamente habíamos comprado en el quiosco del Vegeto, mientras que en la calle, el sonido de los caños de la fuente al derramarse, seguían cantando los mismos y repetidos fandangos que cuando era niño y Pedro Balbín nos mandaba en el recreo a beber agua.

Desde mi más tierna infancia la Fuente Nueva ha sido un barrio que me ha cautivado, mayormente por ser la puerta de la sierra,  la sierra de la que nuestros abuelos y personas mayores nos regalaban historias de bandoleros que servían para reforzar nuestras fantasías infantiles. Lo que no era fantasía era ir a ayudarle a mi madre a llevar la ropa lavada hasta nuestra casa desde el lavadero municipal que hacía pared con la fuente.         <<Ana María, qué le debo a usted>>, <Dame dos reales>>le contestaba esta mujer encargada del lavadero después de decirle mi madre las prendas que había lavado. Mi madre con una canasta en la cintura donde llevaba la piedra y una mano en otra canasta que era la más pesada a la que yo le ayudaba aferrado a una de sus asas, asa que se incrustaba en mis tiernas manos dibujando en la carne el molde de las varetas con las que fue construida, lo que resultaba ser para mí un tormento. La calle Quebradizas era testigo de ello, como así la enorme puerta de madera ya carcomida por el tiempo que servía de entrada a la Huerta el Patrón, y también su largo muro que enfilaba calle abajo y por el  que asomaba un frondoso celindo, que estoy seguro se empericaba para ver a las higueras y granados que emergían de los corrales de la acera de enfrente. Las flores de este celindo servían muchos años para engalanar la imagen de San Isidro al procesional el día del patrón de los agricultores. Más adelante, hasta llegar al puente, podrían dar fe de lo que digo si existieran, el molino de aceite, la herrería de Mozas, y la fábrica de yeso de El Olivo, y cómo no, las innumerables cagarrutas con las que estaba siempre sembrada la calle por ser paso de los rebaños hacia los pastos de la sierra, motivo este por el que hasta mucho tiempo atrás estuve en la creencia de que Cabraisas, como nosotros conocemos a esta calle, le viniera de ahí.

Pero sin querer, me he alejado del barrio al que vuelvo rápidamente porque quiero retratar con las palabras algunos flashes del pasado que tengo almacenados en mi memoria de aquella Fuente Nueva y de sus calles aledañas cuando mis amigos y yo solíamos rondar por allí. Juanito Peragón “Juan Mateo” que aparece en la fotografía, -el segundo de la izquierda agachado-, él y su padre, albañil este de reconocida fama, ayudaron a  transformar el barrio, pues construían una casa totalmente terminada en poco más de cuarenta días, “Los albañiles de los pobres”, así se les conocían. Al escribir el nombre de Juanito he mirado al cielo ya que nos dejó hará más de tres décadas este buen amigo de la infancia del que conservo muy buenos recuerdos.

Y fue así como de esta manera, poco a poco, las nuevas construcciones fueron devorando a las tierras próximas a la fuente, y el barrio creció de manera espectacular gracias a las divisas ganadas con mucho esfuerzo y sacrificio en países lejanos por aquellos emigrantes torrecampeños que ansiaban de manera primordial tener un hogar de su propiedad.

En nuestro pueblo existen calles que perdieron hace mucho tiempo ese rancio sabor a pueblo, -repasando, no encuentro otra razón más que la falta de comunicación entre los vecinos-. La Carrera Baja desde siempre ha sido y sigue siendo un ejemplo de todo lo contrario. La recuerdo por la noche en esos inviernos de eternos temporales donde las tintineantes luces que pendían de un lado a otro de la calle se mecían entre la bruma, adobada esta por el olor a las ricas morcillas que elaboraba Facundo, mezclándose este grato aroma con el de la turbia mescolanza del chocolate, especias, y otros olores que se desparramaban de la tienda de  ultramarinos de Dolores. A primeras horas de la mañana, el ruido de las escobas de las mujeres barriendo sus puertas se confundía con el gratificante, clic, clic, clic, salido de la barbería de Federico,-me dijo un día que a los acordes de sus tijeras más de un cliente quedó dormido en su sillón-. Los corrillos de tertulianos en la glorieta de la Fuente Nueva desde primeras horas daban vida a esta plazoleta poniéndose al día los unos a los otros de los últimos acontecimientos habidos en el pueblo. El paso de Nuestro Padre Jesús en Semana Santa al amanecer llegando al final de la Carrera Baja, era un privilegio poder contemplar a la tan sagrada y venerada imagen desde allí teniendo como fondo la sierra, ya que el lucero del alba refulgía en el cielo como caballo luminoso y pareciera aspirar querer aproximarse para ser cirio en la procesión.

No quiero olvidarme de la calle Las Parras, algo más angosta pero llena de luz y con mucho encanto donde los geranios en algunos de sus balcones han servido y sirven para alegrar al paseante.

Cuando el grupo de amigos regresábamos a nuestro barrio del Camino de la Estación, teníamos la costumbre de hacerlo por La Puentecilla, donde desde una determinada casa el olor a rebaño de cabras era muy notable. A veces, haces de ramón amontonado en la puerta servían para identificar la vivienda del cabrero.

Hoy he querido pasear mis recuerdos por un barrio con pueblo,  por el barrio de la Fuente Nueva que tiene el privilegio de venerar a la Virgen del Carmen por la que en su honor, cada año, se celebra una feria cada vez más afamada, todo, porque el barrio es una gran familia.

Amigos y amigas, espero os haya gustado este paseo en el que algunos episodios narrados sucedieron hace más de sesenta años, feria arriba, o feria abajo. Recuerdos todos de un barrio al que abrazo desde la distancia de manera muy efusiva.

Antero Villar Rosa

 

 

ATARDECERES EN TORREDELCAMPO


 

ATARDECERES EN TORREDELCAMPO.

Foto de: eltiempo.es

A lo largo de mi ya dilatada vida he contemplado muchas puestas de sol, a veces en lugares muy dispares de la geografía española, como también en otros países donde se me hizo de noche, pero ninguno de los  crepúsculos por mi contemplados se asemejan a los que podemos observar desde el marco incomparable de nuestro sagrado cerro.

A veces ocurre que los árboles no nos dejan ver el bosque, y es por lo que muchos de nosotros, en nuestro bregar diario, preocupados por lo que no tenemos, apenas llegamos a  valorar en su justa medida este inmemorial prodigio que la madre Naturaleza nos legó.  

No me extraña que los iberos escogieran para su necrópolis un lugar desde donde sus muertos pudiesen ver  puestas de sol como la de la fotografía. Es algo mágico, por ello, me inclino a pensar que tal vez eligieron este emplazamiento porque es aquí donde  al morir encontrarían las escaleras y el agujero por el que se sube al cielo envuelto todo ello en una fiesta de colores.

Dejo lo mágico y entro en el plano religioso para asegurar que esto ocurre porque el Cielo cada anochecer le regala a nuestra Patrona Santa Ana este colorido cuando abandona la ermita a la hora de irse a descansar a su morada, mientras que el sol le alumbra el camino con una encendida alfombra de color púrpura.

Desde otro punto de vista más poético, puede que el incendiado del cielo sea motivado por los rubores de millones de olivas, sonrojadas estas al tiempo de acostarse por las pecaminosas frases de amor de sus esposos los olivos poco  antes de que el astro rey apague la luz del dormitorio.

Este espectáculo tan maravilloso es parte de nuestro patrimonio, y es obligación fomentarlo para ofrecer como reclamo al visitante la observación de una puesta de sol desde El Mirador del Llano de Santa Ana, esta atalaya en la que los días de poca bruma, desde posiciones muy alejadas me saluda cuando regreso a nuestro pueblo, plataforma idónea para colocar un rótulo al estilo  hollywoodiense con el nombre de TORREDELCAMPO en grandes dimensiones, una de las maneras de vender este prodigio y promocionar a nuestro pueblo. No sé si dará resultado, pues llevo sin practicar el marketing desde mis tiempos de bancario.

Como alguien dijo: Yo vendo esta puesta de sol para así escribir un mejor amanecer. 

Antero Villar Rosa

 

 

 

 

 

EL DÍA A DÍA DE DOLORES

 


Dedicado a todas las personas mayores de nuestro pueblo el 1 de octubre, celebridad del día internacional de este colectivo del que yo formo parte.  

 

El personaje de esta historia es ficticio. Cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. 

 

Son las siete de la mañana. Dolores lleva despierta desde las cinco dando vueltas en la cama sin encontrar una postura que le calme el dolor de su artrosis o “dolemas”, vocablo con el que identifica a su sufrimiento. Se levanta y mira por la ventana de su habitación. Se alegra porque está lloviendo. Brilla la lluvia a través de la anaranjada luz de la farola próxima a su casa y se distrae viéndola dispersarse dentro de un haz cónico luminoso como el rociador de una ducha entre un suave balanceo de gotas acristaladas mecidas por el viento hasta llegar al suelo.  

 

Otro día más como el de ayer, dice para sus adentros mientras se viste. Hace frio, el propio de mediados de noviembre. Se cuelga al cuello el cordón de tele-asistencia, se asea y baja hasta la planta baja. Una vez allí se cubre las espaldas con un chal y penetra hasta el fondo del patio de la casa regresando con un brazado de delgados palos de olivo. Rasca con unas tenazas de avivar el fuego el grueso tronco de la lumbre del día anterior que restaba por arder y al momento saltan rojas ascuas sobre el suelo limpio de cenizas entre una nube de chispas que se pierden centelleando chimenea arriba. Al poco, la luz del recién inaugurado fuego se proyecta sobre la figura de Dolores iluminando a vaivenes su agraciado rostro que a sus ochenta y cinco años sigue reteniendo todavía parte de aquel donaire del que presumía en su juventud. Permanece junto al fuego con las palmas de las manos extendidas hacia las llamas mientras organiza sus pensamientos. 

 

Otro día más sin tener a su lado al hombre que la hizo feliz, aquél que fuera su esposo, padre ejemplar, y buena persona, muy querido y valorado en el pueblo, cualidades todas almibaradas con la ternura que emanaba cuando estaba junto a su nieto. Ya hace más de cinco años que vive sola porque así lo quiere ella, pero desde que su marido falleció nunca se ha sentido aislada, ni familiar, ni socialmente.  

 

Dolores, sigue contemplando la lumbre ensimismada en sus pensamientos buscando recuerdos felices vividos junto a su marido sin reparar que poco a poco la luz del amanecer se va filtrando a través de la cortina de la estancia anunciando el nuevo día. Ahora, como todos los días, abrirá la puerta de su casa, manera de advertir a los buenos vecinos de la calle que ya está activa. Después, mientras desayuna pan tostado regado con aceite, beberá sorbo a sorbo un vaso de leche aprovechando en uno de esos tragos ingerir la medicación para sus patologías. La llamada de su hija no se hará esperar interesándose por ella. Hoy es domingo, el día más feliz de la semana para Dolores, pues hoy se reunirán para comer, así que debe de darse prisa en adecentar la casa que la tiene siempre como los chorros del oro, pues su mayor hobby es la limpieza, pero los días así, como ella dice, solo reparará en aquello que siempre ven las suegras.

  

Sigue lloviendo. Ya se lo anticipó su nieto ayer –Abuela que mañana va a llover y será un buen día para comer migas-, por esto reposa el pan desmenuzado en la cocina desde la noche anterior. Su yerno es el encargado de la logística, al menos dos veces al mes le hace la compra, pero a menudo debe de ir ella a comprar aquello que se olvidó. Cuando la pandemia acabe, no le importará para distraerse ir todos los días al mercado, aunque los yogures sigan estando en pack de cuatro, y no en unidades como ella quisiera para dar más viajes.   

 

A la hora del almuerzo le agradará recibir agasajos, resaltando lo ricas y deliciosas que resultaron las migas, pero ni punto de comparación con las que hacía el abuelo, repetirá ella. Su hija, después de la sobremesa, le ayudará a poner en orden la cocina, y al rato volverá a quedar sola nuevamente. Será entonces cuando repasará los momentos vividos, lo mejor, la sonrisa de su nieto al hurgar detrás del retrato de su abuelo y recoger como todos los domingos veinte euros que ella le deja. -No te los doy yo, te los da el abuelo- le repetirá como siempre. Por la tarde se arreglará para ir a misa, no le gusta presumir, pero quiere que la gente a su paso diga –qué señora más elegante-. A la salida, charlará con su amiga y se pondrán al día de todo el cotilleo del pueblo destacando en sus conversaciones los fallecimientos habidos últimamente, pero a Dolores, aunque ya es mayor, lo de morirse por ahora no le quita el sueño mientras digan de ella que es muy “fuguilla” y que está “acartoná”, palabras torrecampeñas que significan que es muy activa y que goza de buena salud, cosas que son ciertas.  

 

Otra noche más cerrará la puerta de su casa y después de tomarse un vaso de leche y unas galletas, esperará la llamada de su hija deseándole buenas noches. La noche es lo que más teme, es donde la soledad se aúna con sus recuerdos consiguiendo que más de una lágrima resbale por su rostro, aunque esta soledad que sufre sea una soledad elegida, pues no quiso cuando su marido falleció irse a casa de su hija, –No quiero ser un estorbo a vuestra felicidad- alegó. Comentan, y esto la sosiega, que, si la soledad es mala, la soledad en compañía es mucho peor.  

 

Sabe que cualquier día tendrá que recurrir a los Servicios Sociales para que les echen una mano en las tareas domésticas dado que su hija trabaja, o tal vez ingresará en el Centro de Día para Mayores, pero, aunque esto le da tranquilidad, Dolores lo que quiere es que la pandemia acabe cuanto antes para integrarse en algunas de las actividades que el Área de Bienestar Social del Ayuntamiento pondrá de nuevo en funcionamiento.   

 

En la habitación, antes de acostarse quiso mirar por la ventana. Se valió de una mano para limpiar en un trozo del cristal de uno de los postigos el vaho consiguiendo que una gota de agua, fruto de la condensación, resbalase velozmente hasta llegar al junquillo. Afuera, las luces de las farolas se dejaban abrazar por una espesa niebla anaranjada además de por el silencio y la desnudez de la calle. A lo lejos, un perro ladrando con aullidos lastimeros sobrecogía.   

 

Cuando Dolores se durmió, este que escribe, con mucho sigilo, se acercó hasta su cama y la besó en la frente. Mi madre desde el cielo me lo agradeció. 

 

Antero Villar Rosa