sábado, 6 de febrero de 2021

CUANDO LA TORMENTA PASE.


Martes, 26 de enero de 2021

Acabo de levantarme. Observo a través de mi ventana la calle mojada y un cielo encapotado. Aún quedan en algunos sitios vestigios de la nevada; son los restos de los grandes montículos de hielo  que las palas mecánicas fabricaron, pintados ahora por el paso de los días de un gris-estaño que lentamente se  va convirtiendo en  sucias regueras.  Una suave y húmeda brisa mueve el cristal de la ventanilla del cielo empañado de nublos al tiempo que un  rayo  de sol mortecino se cuela por esa abierta rendija y parece saludarme mostrándome un cielo azul que se oculta  casi al instante arropado por el algodón de las nubes que viajan muy rápidas.

Aunque el cielo me haya mostrado temeroso un  retazo  de su bóveda  azul que me invita al optimismo, las noticias sobre la marcha del coronavirus que han difundido hoy los medios al tiempo que desayunaba, pronosticaban un horizonte tan negro y tormentoso como el de la fotografía. En cambio, hoy será para mi otro día más como el de ayer. Otro día más de encierro, mi encierro, de cárcel sin carcelero, de pasillo de muros sin horizonte donde mis pasos al caminar siguen chocando una y otra vez contra la puerta de mi celda. Trato de darme ánimo cuando pienso que disfruto del tercer grado pues puedo salir al exterior, y también que no soy el único recluso, ya que hay miles, millones de presos longevos, cautivos todos por este maldito bicho extrovertido y dicharachero al que lo que más le gusta es presentar su tarjeta de visita en las reuniones, celebraciones, y fiestas, y  esto último, me da pié para acordarme de tantos y tantos festejos como en nuestro pueblo llevamos abortados por la pandemia.

Todos, supongo, tenemos mucha hambre de fiestas, y es lógico que ansiemos celebrar nuestras tradiciones, como también de comunicarnos, de abrazarnos, de besarnos, de volver a la normalidad, por poner un ejemplo, el entrar a nuestra iglesia y que a pesar de que el banco esté completo de feligreses, ellos, apretujados, te hagan un hueco  sin temor al contagio de este virus que nos invade. Esto será un signo inequívoco de que la pandemia ya terminó.

Será entonces cuando podamos celebrar nuestra Semana Santa y darle rienda suelta a nuestro fervor religioso dejándolo vagar en libertad por nuestras calles contemplando nuestros pasos procesionales, oyendo como se rompe el silencio con algún que otro escalofrío de emoción cuando las saetas rasguen el aire embriagado  por el olor a incienso y a nardos. La religiosidad de los creyentes siempre es la misma, pero muy diferente a la actual, ya que otro año más en Semana Santa deberemos recluirnos en nuestros hogares convertidos muchos de ellos por el covid19 en minúsculas parroquias.

Cuando la tormenta acabe celebraremos nuestra romería y con ello se terminará el silencio en el cerro, esa sepulcral extraña y duradera mudez donde las flores habrán llorado nuestra ausencia durante varias primaveras. ¡Qué hambre tenemos de honrar a Santa Ana ese primer domingo de mayo! Se liquidará ese silencio con el estallido de todos los cohetes que no fueron explosionados durante los años que duró la pandemia, junto con los vivas y piropos almacenados  en nuestros corazones durante tanto tiempo: halagos que brotarán de nuestras gargantas y que el viento arrastrará junto con la música, y nubes de pétalos, todo, en honor de nuestra Patrona Santa Ana y nuestra Virgen Niña, al tiempo que la campana de nuestra ermita echará humo de tanto tañer.  Será entonces cuando podamos ver a la familia Alcántara-Cano lucir sus cetros y sus vistosos trajes, ansiosos ellos, que no cansados, porque habrá llegado ése día tan esperado. Ellos, habrán sido los primeros Hermanos Trillizos habidos en la historia de la Cofradía. ¡Animo Paco, y Ana Mari, no desfallezcáis! Me pregunto, si cuando eso llegue, nuestro cerro estará preparado para soportar el peso de tanta gente. No creo que tengan que apuntalarlo, pero estoy seguro de que allí no cabrá un alfiler, porque no faltará nadie, ni ése que acostumbra a irse de puente, pues no creo que tenga “guevos” por decencia y compostura esta vez de ausentarse.

Cuando la tormenta acabe celebraremos nuestra feria en nuestro recién inaugurado ferial, donde sin que nos lo pidan nuestros nietos, los montaremos hasta tres veces más que las acostumbradas en las atracciones por ayudar al gremio feriante tan denostado por la pandemia y del que tantas familias viven de este trabajo en nuestro pueblo. Sí, cuando llegue esa feria tan esperada saldremos en tromba a divertirnos, a pasarlo bien sentados en una terraza tomándonos una cerveza si es que tenemos suerte de encontrar una mesa. He dicho una cerveza, que sean tres, o las que vengan bien, todo sea por celebrar que el bicho ya no esté entre nosotros y por echarle también una mano a los hosteleros  a regularizar sus balances de pérdidas. Faltaría más, aunque… faltar, faltar, sí que faltarán muchos, son los que nos dijeron adiós por el coronavirus, la gran mayoría personas mayores, aquellos que se pasearon en nuestra plaza, se enamoraron allí,  y disfrutaron de nuestra feria en su niñez y adolescencia, tan diferente aquella a las ferias actuales. El año que celebremos la feria por primera vez después de la pandemia, en recuerdo a todos ellos, debería nuestro ayuntamiento traer a la animadora a nuestra plaza, al igual que en aquellos tiempos como homenaje póstumo a estas personas. Yo, si hace falta, pongo el botijo de agua fresca para que alguien pregone: ¡A gorda la ”barrigá”!  

Cuando la tormenta del virus pase, celebraremos todas nuestras fiestas, la de las Migas y Chiscos por San Antón, el Carnaval, San José, San Isidro, La Feria del Barrio de San Juan, la de la Virgen del Carmen en la Fuente Nueva, la de San Miguel,  el Otoño Socio Cultural de la Personas Mayores, y la otra, y la otra fiesta más, y aquella que se me ha olvidado, y la otra…

Torrecampeños/as, lo mejor, mientras la tormenta dure es buscar buen refugio, y pensar que ya nos queda menos para celebrar todas las fiestas reseñadas. Pensemos de manera positiva. Cuidaros.

 

¿ESTAMOS EN GUERRA?

 Escuché más de una vez a mi madre decir que su abuelo, aquél que quedara ciego en la mitad de su vida, estuvo en la Guerra de Cuba. Estoy por asegurar que los padres o los abuelos de este bisabuelo mío sufrirían lo suyo también en la Guerra de la Independencia. Mis padres y mis abuelos padecieron durante tres años las peor de las guerras, la Guerra Civil Española que tanto dolor causó. Repasando la cronología de las guerras en España, no ha habido –corríjanme si me equivoco- ninguna generación que no haya conocido una o más guerras, y es que la guerra, la peor de las desgracias, está ligada a la humanidad desde que existimos.

Alardeaba yo sobre que aquellos que nacimos al poco de terminar la guerra civil nos íbamos a escapar de contienda alguna y que solo recordaríamos las adversidades y penurias de la posguerra, pero no, el destino nos tenía reservado en los últimos años de nuestras vidas esto que estamos viviendo desde hace aproximadamente un año, y que según pronostican los entendidos, no tiene visos de desaparecer de un día para otro. Me estoy refiriendo a esta pandemia que estamos sufriendo, al coronavirus, o al covid19 como se le identificó a este enemigo invisible que habita desde el mes de marzo del pasado año entre nosotros habiendo sembrado desde entonces la muerte y el dolor en decenas de miles de hogares españoles, como asimismo en otros países y continentes. Esto que estamos viviendo es una guerra muy diferente a todas las habidas: La Guerra del Coronavirus.

En todas las guerras, los contrincantes miden sus fuerzas antes de las batallas y casi siempre antes de las confrontaciones mandan emisarios con el fin de encontrar fórmulas para lograr la paz. Este enemigo no admite diálogo alguno, y es más, si intentas acercarte a él te proporciona sin que lo notes una carga vírica que te puede conducir a la muerte, a ti, y a todo aquél que pueda haber estado después en contacto contigo, ya que se reproduce muy fácilmente, y así, de esta manera, este ejército asesino e invisible al multiplicarse, cuenta cada vez con más número de soldados cuya misión es matar.

Hoy, cuando esto escribo, la tercera ola de la pandemia alcanza cifras de contagios y de muertos muy preocupantes. El ejército invisible del maldito bicho se ha hecho más numeroso porque durante un cierto tiempo hemos bajado la guardia ya que muchos de los flancos de nuestras huestes defensivas, en vez de continuar con la lucha, se replegaron, puede que por cansancio o por querer disfrutar de una normalidad engañosa como se ha demostrado. Ahora, estamos sufriendo este tremendo error.

¿Estamos en guerra? Así título este artículo que quiero esclarecer. En todas las guerras hay enemigos y contrincantes, en esta, el enemigo es el bicho, y los contrincantes somos todos los humanos. En todas las guerras se suelen aplicar si es necesario el estado de alarma, y el toque de queda como en estos momentos tenemos establecido. En todas las guerras hay soldados que luchan en la primera línea de fuego, en esta, en las trincheras, está todo el personal sanitario del que disponemos, al que le sigue toda una red de logística, producción y aprovisionamiento, para avituallar al mayor número de soldados que haya tenido nunca ningún ejército, y al que se les ha dado instrucciones de combatir al enemigo con el arma más eficaz con la que hasta ahora contamos, esto es, la de estar enclaustrados dentro de nuestros hogares sin llegar a poder relacionarnos nada más que lo imprescindible con aquellos que no formen parte del núcleo familiar, la mejor manera de combatir a este criminal asesino hasta que nos vacunen.

En todas las guerras siempre hay desertores y traidores. En esta no podían faltar tampoco. En esta ocasión son los negacionistas aquellos que niegan la realidad de esta pandemia, y también los que, alardeando de valientes, mezclándose en fiestas, bailes, y concentraciones, demuestran con su actitud ser unos cobardes desobedeciendo las órdenes y protocolos establecidos favoreciendo con ello al enemigo. A estos,  los llevaba yo durante días, a fregar el suelo de cualquiera de las muchas UCI saturadas de enfermos por el covid para que tomaran conciencia. 

En esta guerra no podemos defendernos con la aviación,  caballería, ni artillería, ni tampoco con nuestra armada. Ahora, somos todos soldados de infantería que dentro de nuestras casas llevando a cabo una disciplina castrense, obedeciendo las normas establecidas, la mejor arma para combatir al bicho, y saliendo al exterior solo lo justo, lograremos doblegar a esta canallesca y microscópica tropa hasta que la vacuna nos inmunice, porque, querámoslo o no, estamos en guerra.

A veces, pienso, que este bicho parece estar teledirigido. Hace poco, al mismo tiempo que se estaban poniendo las primeras vacunas en el Reino Unido, como queriendo reaccionar el bicho ante ello, llegó a mutar, siendo el poder de transmisión de esta nueva cepa mucho más diligente y expansiva en los contagios. Esta nueva rama es la que parece habita ya entre nosotros y la que está elevando la curva de contagios. Algún día, la humanidad sabrá cómo se desarrolló este virus, si fue fruto de la casualidad, o tal vez fabricado. ¿…?      

Ánimo, torrecampeños/as, solo nos queda superar este pico. A medida que avancen los niveles de vacunación podremos ir viendo el final de la luz del túnel. La primavera está también queriendo asomar, y yo con ella a nuestro pueblo.

miércoles, 20 de enero de 2021

VIVIR LA NAVIDAD EN UN HOSPITAL.

 

VIVIR LA NAVIDAD EN UN HOSPITAL.

Una neblina envuelven las anochecidas céntricas calles madrileñas. Algunas diminutas partículas de lluvia chocan contra los cristales de mi coche. El rojo de un semáforo me impide avanzar. A través de la ventanilla, a mi derecha,  pixelado por las gotas, se reflejan los destellos de colores de las luces navideñas en el cristal, y  observo aunque difuminado el edificio del Hospital de la Princesa en la calle Diego de León. Contemplo la luz que irradian muchas de las ventanas donde en cada una de  este viejo mastodonte sé que se estará viviendo la Navidad de forma distinta a lo que muchos de los pacientes y acompañantes deberían tener programado fechas atrás.

Entre la espesa circulación de las primeras horas de la tarde-noche continúo conduciendo y pienso en lo triste que debe de ser vivir unas navidades en un centro hospitalario. Si es duro en cualquier fecha del año, en estas tan entrañables será mucho más doloroso, agravado todo ello por los recuerdos familiares y la sobredosis de nostalgia que eso conlleva. Yo he vivido etapas de paciente y acompañante en hospitales ¿quién a mi edad no?, y cuando ello ha ocurrido, desde la ventana, observaba  a veces el devenir de la gente y el tránsito de vehículos teniendo la aparente convicción de que el dolor de los que allí estábamos seria ajeno a los que dentro de unas horas llegarían a estar en sus hogares disfrutando del calor de la familia. Hoy, pienso que alguno repararía en esto lo mismo que ahora  lo estoy haciendo yo.

Pensando en todo ello, más adelante, casi escondido entre la bruma, como un gigantesco ovni, aparece iluminado el Piruli al que contemplo de soslayo mientras  maniobro para dejar el carril libre y darle paso a una aullante ambulancia a la que veo entrar rauda al poco de adelantarme, en el complejo hospitalario Gregorio Marañón. Nunca quisiera volver a entrar  de nuevo en la sala de espera de urgencias de este hospital, pues si aquella vez sin haber pandemia las ambulancias se sucedían cual si hubiese una guerra, me la imagino cómo estará en estos momentos.

Enfilo la Avenida del Mediterráneo con dirección a casa. Paso por encima de la M-30 que a estas horas es un espectáculo  su contemplación ya que todos sus carriles incluidos los de las vías de servicio están taponados de vehículos con circulación lenta. Al menos seis carriles con un sinfín de luces blancas contrastan con las luces rojas de otros tantos  carriles que marchan en dirección contraria.

Retomo mis primitivos pensamientos y de nuevo penetro en cualquier supuesto hospital en el que no faltará nunca ese paciente solitario huérfano del grato calor humano de la familia, aquél que nunca llegará a percibir  postrado en su lecho la calma afectiva de una caricia,  la de la voz cariñosa del hijo, o la del familiar acompañante. Lástima.

Las cigüeñas que en las proximidades del rio Jarama se refugian al calor de las luces que alumbran la autopista de la A3, me vuelven a la realidad. En cada farola en las proximidades del rio hay una o dos de estas zancudas aves. Antes emigraban, ahora llevan años que no lo hacen.  Según cuentan desde que los niños dejaron de venir de Paris. El cambio climático, tal vez. Todo está cambiando.

Estoy llegando a casa. El Hospital del Sureste aparece iluminado en un altozano cuando dejo la autopista.  Este es el de mis primeros auxilios. Podía contar de él muchas cosas, pero el motivo principal que me ha llevado hoy a escribir acerca de los hospitales es porque quiero que este escrito sirva de aliento a la gente que por circunstancias viven estos días tan entrañables dentro de un centro hospitalario, bien como pacientes o como acompañantes, y de manera muy especial a todos los de nuestro pueblo que pasan en estos momentos por esta situación. Ánimo a todos ellos, todo es cuestión de esperar.

La palabra “esperar” es hoy el vocablo más utilizado. Esperar a que termine la pandemia. Esperar a que el  enfermo se recupere. Esperar a  encontrar trabajo. Esperar para poder abrazar a nuestros seres queridos. Esperar para vivir nuestra romería, nuestra Semana Santa, y nuestra feria Sí, todo será cuestión de esperar. Yo sigo esperando que termine de una vez este año al que ya le quedan pocas horas para poder volver a nuestro pueblo, pero de momento como ahí decimos: Sigue la corta en el olivar.

Felicitación:

A ti que te he entretenido con mis escritos durante este último año, a ti también, al que tal vez te haya aburrido o desencantado con algunos artículos de los que este caduco septuagenario plasma en este portal, a todos, pero sobre todo a toda la buena gente de mi pueblo os deseo de todo corazón un venturoso y Feliz Año Nuevo.

martes, 19 de enero de 2021

ALCAPARRONES CON LA NIEVE



 

ALCAPARRONES CON LA NIEVE.

Alguien dijo: La nieve es un intento de Dios para hacer que el sucio mundo  que habitamos parezca limpio.

A media tarde, a través de mi ventana, vi como caían los primeros copos de nieve mientras reparaba en la gente que transitaba en la calle  presurosa y alborozada dado que este fenómeno meteorológico es muy poco frecuente aquí en  mi tierra adoptiva madrileña. Cuando el manto negro de la noche envolvió a la ciudad, esta, ya estaba arropada con una gruesa sábana de algodón blanco, y en la calle, ahora desierta, muy de tarde en tarde solo transitaba algún que otro arriesgado conductor que en ocasiones dejaba las huellas en diagonal de los neumáticos  en el inmaculado y níveo suelo, propio en este caso por la desobediencia del vehículo al patinar sobre el peligroso y helado pavimento.   

Antes de acostarme observé como la nieve caía con más intensidad. Miré al lechoso cielo que derramaba un sinfín de copos que bailaban en el aire un vals  silencioso antes de abrazarse y solidificarse apretujados después de su caída. Traté de seguir hasta el suelo a más de uno si conseguirlo al mezclarse con otros, lo mismo que ocurre cuando se entrevera la gente  en una estación de metro a las siete de la mañana. Después, sacudí la nieve de los tallos del jazmín torrecampeño que año tras año sobrevive en mi terraza, y me pregunté si resistirá. Creo que sí, es un buen guerrero, pues ha soportado dos danas, una de ellas de pedrisco además de esta pandemia que estamos sufriendo. Esto último no creo que le llegue a afectar, pues vive enclaustrado, y su dueño siguiendo sus consejos, sale muy poco al exterior. Como debe ser.       

Al día siguiente, cuando me asomé afuera, un silencio de camposanto envolvía el barrio. Nadie transitaba por las calles debido a la espesura de la nieve caída  que a esas horas aún continuaba cayendo. La carnicería, y la pastelería que están frente a mi casa permanecían cerradas. Vi luz en uno de los bares y supuse que estarían atendiendo a su clientela por la vereda fabricada de pasos en la nieve hasta llegar hasta allí. El chino haría su agosto  vendiendo pan, pues imaginé que la gente hoy no demandaría  refrescos ni los niños chucherías.

Después de una semana, hoy, las calles se asemejan a una ciudad sitiada que ha sufrido un bombardeo, como las que vemos en las películas. Montones de nieve sucia se acumulan a un lado y a otro de las calzadas y de las aceras. Placas de hielo levantadas del suelo se aglomeran en esos montículos y  parecen a trozos de tabiques como producto de ese supuesto bombardeo. Hay edificios protegidos con cinta policial para no pasar por el peligro de desprendimiento de hielo de los tejados y por los carámbanos que como cuchillos puntiagudos cuelgan de los edificios lo mismo que estalactitas amenazando con caer. La temperatura aquí donde resido, el termómetro ha llegado a marcar  menos 16º. El súper más cercano, cual si hubiese habido una catástrofe nuclear estaba desabastecido el día que fui, pues había estanterías de productos básicos como la leche totalmente desangeladas. Me acordé de esos sacrificados camioneros que durante días han estado en la carretera paralizados por la nieve. Mi máximo reconocimiento siempre a este colectivo.

En situaciones así, no me vendría mal acercarme hasta  nuestro pueblo donde ya florecen los lirios que nos ha mostrado Juan Real. ¡Qué belleza! Pero la nieve, mezclada con las restricciones por la pandemia no aconseja ir hasta allí, y creerme que lo siento, aunque pensándolo bien, siempre hay otra manera de viajar, y no solo con mis recuerdos, como muchas veces hago. Puedo llegar hasta allí a través de los sabores y hasta con los olores. Me explico.

Tengo la buena costumbre cuando estoy en el verano en nuestro pueblo, el encargarle a un profesional y verdadero artesano en el aderezo de los alcaparrones unas garrafas, y de ellas, siempre dejo una hasta llegado el invierno. El final del indulto a este recipiente le llegó hace unos días. Al abrirla, el olor característico del agua de los alcaparrones bañó mi cocina con la fragancia tan peculiar de este fruto, y dio pié este hecho para que cerrando mis ojos  llegara a trasladarme de inmediato hasta nuestro pueblo donde me vi sentado en una terraza disfrutando ante una cerveza y un plato de este fruto en animada charla con  unos amigos en el fresquito de cualquier noche veraniega.

Cuando mis glándulas gustativas saborearon esta exquisitez de fruto tan estival y tan nuestro, ello, me volvió a situar delante de una alcaparrera de las muchas que había asilvestradas en nuestro término, donde en mi ensoñación recordé la grata y placentera fragancia que emanan las flores de esta planta y hasta quise percibir el zumbido de las hacendosas abejas mientras sorbían su néctar.

Hoy, no al fresquito de la noche en una añorada terraza de nuestro pueblo estoy disfrutando de un plato de alcaparrones en mi casa acompañado de mi mujer y de un vino excelente que como consecuencia de sus efluvios, creo que ha sido él y no yo, el culpable de que escribiera hoy esto. Mientras lo hago, en la calle y en los tejados, sigue la nieve caída hace una semana sin derretirse como consecuencia de una temperatura tan gélida que araña la cara.

Al margen de esto, los medios de comunicación se hacen eco de que al bicho le gusta mucho nuestro pueblo y se quiere instalar allí. Dicen, que nuestro alcalde le ha negado el derecho de empadronamiento. Tú, debes de colaborar no permitiendo que entre en tu casa como okupa o se haga vecino tuyo.

Cuidaros mucho.

 


 

EL REGALO A MI NIETO EL DIA DE REYES.

 

EL REGALO A MI NIETO EL DÍA DE REYES.

Cuento.

 Una oliva le narra a mi nieto su historia. Es la cronología de cualquiera de los millones que figuran en el paisaje torrecampeño. Le cuenta además, la difícil situación que atraviesa hoy el olivar.

En la foto, mi nieto Daniel.                                         

Era verano y encontrándonos en el pueblo, a sus diez años, mi nieto Daniel ansiaba desde hacía mucho tiempo llegara el día en el que le mostrase el paisaje torrecampeño tan distinto al madrileño de su tierra natal, y cómo no, el olivar plantado por mí y su bisabuelo del que tanto le había hablado. Hoy, íbamos hasta él a cortarle las varetas. Habíamos madrugado para así disfrutar  de las refrescantes temperaturas mañaneras de los últimos días del mes de agosto.

 Desde que comenzó el viaje y desde la salida del pueblo, por el brillo de sus ojos deduje el entusiasmo que le producía ver todo el paisaje cubierto de olivares que se perdían a lo lejos entre una sucia neblina en el horizonte. Enfrascado en la contemplación de este bosque infinito, solo habló para decirme:

–Abuelo, es como el mar, en el que llega a perderse la vista en el horizonte viendo tanta agua, y aquí, son los olivos los que se juntan en la lejanía  con el cielo.

–Cierto. Alguien lo identificó como un mar de olivos  –le respondí con una sonrisa.

Llegado al olivar dejé el carril alquitranado y me adentré con mi 4x4 en él. Lo aparqué al resguardo del sol  que ya apuntaba a la sombra alargada  de una oliva, y siempre como es mi costumbre mirando a la salida. Después de un rato de trabajo, hicimos un alto para beber agua pues aún era pronto para el bocadillo. Daniel aprendió rápido, ya que al poco de ver como yo cercenaba las varetas de cada uno de los troncos, se atrevió a desvaretar una  y la verdad que lo hizo muy bien, para gozo de este abuelo. 

– Abuelo, ¡qué frondosa es esa oliva! –me dijo  señalando una de tres patas a la que nos dirigíamos a descansar.

– ¡Qué listo y observador eres! –le respondí para agregar después –Sí, es una gran oliva, además era la preferida de mi padre, tu bisabuelo, y quiero confesarte un secreto que debe de quedar entre los dos, y es que esta oliva habla, pero solo a los que llevamos la sangre del que la plantó. Es una oliva mágica, ya lo verás, pues el principal motivo de traerte hoy aquí ha sido para darte a conocer a ella. Ven, sentémonos cerca de su tronco y haz como yo, acaricia sus ramas para que ella nos identifique, y a ti, a partir de ahora.

Mi nieto me miró y por la expresión de su rostro deduje que le estaba gastando una broma. Al instante, después de que tomaros asiento junto a su tronco, recogí con mis dos manos unos tallos de una de las ramas de la exuberante oliva, y cuando observé que mi nieto también hacía lo propio dije:

–Señora oliva, este niño que ves aquí es mi nieto Daniel. Vive en Madrid y aunque distante, sé que vendrá a verte muy a menudo, lo mismo que yo lo vengo haciendo.  

Después de un corto silencio, una voz muy dulce, casi aterciopelada se oyó rompiendo la calma del olivar:

        – ¡Hola, Daniel!, –dijo la oliva.

        Mi nieto dio un respingo y buscó protección acercándose a mí abrazándome por la cintura.

        –No temas Daniel. Es una oliva mágica y con una memoria prodigiosa. Ella, como aquella primera vez conmigo, de seguro, te va contar su historia, escúchala, con ello aprenderás mucho.

La oliva continuó:

Daniel, ¿quieres saber mi nombre? Mi nombre… Pero… ¿qué importa mi identidad?  Sé que mi progenitor, tu bisabuelo, aquel que me dio la vida hace  muchos años se llamaba Francisco, aunque todos  en el pueblo lo conocían cariñosamente como Frasquito. En un hoyo realizado a base de azadón de un metro cúbico hizo mi cuna ayudado por un niño, el que hoy es tu abuelo. Después, dos vástagos verdes con muchas yemas, escogidos de mis antepasados picuales fueron enterrados en aquél foso, y de ellos broté yo, con suerte  en una tierra muy rica en nutrientes y apta para mi desarrollo. Durante mi niñez, recuerdo a Frasquito llevarme agua en los meses de estío para calmar mi sed puesto que mis raíces aún no habían profundizado en la tierra para buscar el jugo necesario para mi sustento; sus caricias arañando la costra cuarteada días después del riego me hacían cosquillas mientras me arropaba con tierra mullida, así hasta que comencé a dar mis primeros frutos y hacerme mayor. Supe que había alcanzado mi mayoría de edad cuando dejaron de llamarme olivilla y empezaron a nombrarme oliva, lo mismo que a mis hermanas que viven a mí alrededor. Así que como oliva se me conoce, y he de decir que me gusta este término y no el de olivo, pues me tengo por una gran señora.

Mi nieto, ahora, parecía más calmado potenciada su calma por la voz melodiosa de la oliva que continuaba con su diálogo.

–Son muchas cosechas las que tengo en mi haber, mis anillos de crecimiento que contabilizo en mis troncos y que no mostraré hasta el día de mi muerte, delatan que soy una oliva veterana, pero aunque las estadísticas me auguren muchas más cosechas, enfermedades que antes no se conocían como la Verticilosis y la Xilella Fastidiosa, pueden acabar con mi vida vegetal en cualquier momento, motivo por el que quiero contarte querido Daniel, lo más importante de mi biografía para dejar constancia de lo  vivido por mí  con el fin de que puedan servir estas mis vivencias a futuras generaciones.

La oliva hizo una pausa para de inmediato proseguir:

–Daniel, mi querido niño,…  continuo diciéndote que me alegraba siempre ver a tu bisabuelo Frasquito  por el olivar, aunque lo que más me molestaba era cuando después de la recogida de la cosecha, este,  me cortaba el pelo, dado que tenía que decirle adiós a muchas de mis ramas, mis hijas; era cuando la afilada hacha de mi progenitor me dejaba semidesnuda de mucha de la espesura habida en mi follaje. Lloraba en el silencio de la noche sintiéndome desprotegida y desarropada, a veces  hasta con tiritera, motivada mi tristeza por las incontables ramas cercenadas por la poda, hasta el punto que echaba de menos a  la lechuza que acostumbraba a posarse en ellas, y que siempre cuando esto sucedía buscaba otro refugio. Pero aquél disgusto no era óbice para que entrara en desánimo, pues pensaba que en primavera debía de procurar esforzarme para generar nuevos y vigorosos vástagos que supliesen a los caducos amputados que arderían a pocos metros de mí, siempre temiendo que el viento cambiase y me chamuscara con sus llamas. Qué guapa me veía, pues aunque parezca ser arrogante y presuntuosa, yo era la oliva más frondosa del olivar, la oliva donde tu bisabuelo Frasquito ponía el hato siempre que venía a trabajar, y yo se lo agradecía procurando darle buena sombra durante sus descansos.

Me gustaba sentir los resoplidos de las bestias bajo mi copa en su bregar removiendo la tierra y enterrando con ello a las malas hierbas mientras que el arado dibujaba un sinfín  de surcos sinuosos en besanas siempre diseñadas por tu bisabuelo. El azadón de mi progenitor cavando mis pies alrededor de mi tronco completaba la primera vuelta de arado. Más tarde, durante el periodo de floración, volvía de nuevo  la segunda vuelta  a la  que se le conocía como bina, con lo que con este trabajo se completaba el ciclo anual de roturar la tierra. Cuando con el azadón Frasquito me tapaba el surco que el arado dejaba en la parte baja de mi tronco, la tierra quedaba uniforme, sin hierbajos, pobre de terrones y casi aplanada, preparada para recibir las últimas lluvias primaverales y soportar los calores del verano. Recuerdo en ocasiones la frescura de la correhuela  que emergía en el olivar después de la bina pintando de campanitas blancas la tierra mientras que los arrullos de las tórtolas mezclado con el canto de cuco  inundaban el olivar. Era precioso, y me siento orgullosa de que la cruz de mi tronco sirviera para que nidos construidos por tórtolas con los pelillos absorbentes de mis raíces, me distrajeran muchos años con la música de sus arrullos mientras duraba la incubación y la cría de los pichones.

A últimos del verano Frasquito nos agasajaba con serones repletos de estiércol transportados con las bestias hasta el olivar, estiércol que era esturreado bajo nuestras copas sirviendo de fertilizante que se transformaba en alimento muy vigorizante cuando el motor primaveral de la savia comenzaba a fluir por nuestros vasos leñosos. Por ese tiempo de verano cuando los días eran ya más cortos Frasquito me cortaba las varetas de mi tronco, varetas que me servían de alguna manera para protegerme del tórrido sol de la canícula del verano, y que una vez despojada de ellas llegaba a refrescarme ya que dejaba de alimentar a estas ramas parásitas que ya no me valían. Después, con las primeras lluvias otoñales, cuando el zorzal y el petirrojo venidos de lejos llegaban a mecerse en mis ramas y el canto de la perdiz retumbaba en las cañadas, Frasquito con un rastrillo allanaba el terreno a toda la circunferencia de mi copa para que cuando madurasen las aceitunas  y algunas cayesen al suelo, lo hicieran en tierra planchada, despojada de hojarasca y guijarros para facilitar su recogida.

Frías mañanas invernales aquellas en tiempo de recolección cuando algunas veces la escarcha pintaba de blanco todas mis hojas e incluso la tierra parecía estar nevada, entonces, el olivar era visitado por más gente. Mujeres y niños sin importarles el frio, recogían las aceitunas maduras caídas en el suelo mientras que los hombres golpeaban mis ramas para que yo soltara los frutos que aún colgaban y que a consecuencia de los golpes mansamente caían en una lona. Debo de ser sincera, me lastimaban aquellos porrazos para desprenderme de las aceitunas, pues eso entrañaba a que muchos de mis tallos cayeran mutilados revueltos entre tantas aceitunas, pero lo tenía asumido, así pues, eran daños colaterales  que conllevaba la recolección. Con el transporte de las aceitunas envasadas en sacos de pita a la almazara a lomos de animales para transformarse en aceite, se terminaba el trabajo de todo un año.     

Después de más de cuarenta cosechas Frasquito, mi progenitor, dejó de visitarme y eso me entristeció, pero afortunadamente le sucedió su hijo, hoy tu abuelo, aquél que desde  niño  le acompañaba y al que educó  la manera tan profesional y cariñosa de tratarme, a mí, al igual que a mis hermanas, a pesar de que algunos años siempre motivados por fenómenos climáticos solíamos parir menos aceitunas. Lamenté que tu abuelo emigrara a otras tierras, pero siempre que volvía y sigue volviendo al pueblo me dedica una visita, detalle que le agradezco.

        El ruido de las ramas al agitarse como consecuencia de una ráfaga de aire detuvo momentáneamente el diálogo de la oliva. Después continuó:

–Querido Daniel, he de decirte que la situación actual del olivar es hoy muy diferente. La transformación habida en la agricultura a lo largo de los años, de todo ello, el balance que puedo hacer es positivo, aunque con algunos matices que reseñaré. Este año, el último de mi vida vegetal cuelga en mis ramas una cosecha importante. Las lluvias otoñales  cambiarán pronto el paisaje del olivar. El color parduzco del liquen seco bajo la superficie de mi copa  que ves ahora se irá transformando poco a poco debido a la humedad a su natural color verde sucio característico que me ayuda a proteger la cubierta vegetal del suelo. El invierno espero que sea muy lluvioso por lo que atesoraré el jugo necesario para una primavera prometedora y cómo no, para el caluroso verano.

Todo fue cambiando poco a poco a lo largo del tiempo. La afilada hacha para la poda fue sustituida hace muchos años por la ruidosa motosierra, y las ramas  de la poda son ahora trituradas o mejor dicho picadas por maquinaria especial para este fin, quedándose en el suelo  el serrín y demás residuos  como materia orgánica protegiendo  con ello la erosión y la humedad del terreno.  La yunta de Frasquito dejó de arar el olivar, y también el tractor que durante muchos años sustituyó a los animales. Se acabó el arar y el remover la tierra cavando los pies de los olivos, y he de señalar que con esta medida la tierra guarda más la humedad para mi sustento, y sobre todo está ayudando mucho a paralizar la erosión.  Echo de menos el estiércol, aunque todos los años distribuyen bajo mi copa abono granulado, pero no es nada comparable con el sabor y la riqueza en  nutrientes de aquellas putrefactas boñigas. El herbicida, un producto que nunca utilizó mi primer progenitor, lo utilizan mis cuidadores solo en el ruedo de cada una de las olivas que formamos mi familia, no así en las calles en las que  dejan crecer la hierba hasta que llegado un momento la desbrozadora da buena cuenta de ella quedando los despojos como abono, otra manera esta de ayudar al abonado y a la paralización de la erosión. La recolección con vibradoras y maquinarias más sofisticadas para derribar el fruto han contribuido a un menor sacrificio de tallos, puesto que las piquetas solo la utilizan para apurar algunas aceitunas que se niegan a caer en  mallas enormes que cubren además de los ruedos, las calles. La recolección ahora empieza en fechas más adelantadas que muchos años atrás, consiguiendo con ello una mayor calidad del aceite obtenido. 

He de decirte que desde siempre he sido y sigo siendo muy observadora, y me entristezco con los comentarios tan preocupantes que oigo últimamente de mis cuidadores, quienes auguran el final del olivar tradicional motivado por el bajo precio del aceite, puesto que no pueden competir con el del cultivo intensivo agravado asimismo por políticas impuestas por la Comunidad Europea en las que se deja importar aceite de otros países cuando aquí somos excedentarios, además de que desde tiempos de tu bisabuelo Frasquito, la agricultura ha sido siempre, y continúa siendo, la cenicienta de España, todo ello hace que yo me encuentre muy angustiada, hasta el punto que temo que mis cuidadores me abandonen. Malos tiempos para nosotras las olivas y para los agricultores que nos cuidan. Yo espero que cuando nuevamente nos veamos, la situación haya cambiado, y el menosprecio hacía la riqueza obtenida de nuestro fruto, el aceite, se vea valorado, ensalzado,  y honrado para que  siga estando presente en todas las mesas.

Nada más querido Daniel, se despide de ti esta humilde oliva con el sabor agridulce del futuro tan incierto que se nos ofrece, para todas las olivas, y la gente que vive del olivar tradicional.

        Mi nieto, ahora, hizo un movimiento tratando con ello de ver de dónde provenía la voz que hablaba sin conseguirlo, momento que aprovechó la oliva para despedirse.

Adiós, querido Daniel, espero verte pronto por aquí otra vez.

Después de que la oliva hablara se hizo un corto silencio que fue roto cuando le dije a mi nieto: 

–Daniel, como has podido escuchar, esta oliva no es una oliva cualquiera. Me han dicho que sus hermanas en asamblea recientemente la han elegido líder para que  fuera ella su representante, la voz de todas las olivas, por lo que ahora en el silencio de la noche se le ha escuchado decir:

<<Amigas, ante la situación tan grave que estamos atravesando, yo alzo mi voz para que desde mi olivar me oigáis no solo vosotras, las olivas de mi comarca, sino en general todas aquellas de nuestra Andalucía. Quiero que os mostréis orgullosas y arrogantes, bizarras y altaneras, nunca serviles ni desvalidas. Que no os vean desfallecer; tan solo,  cuando los grillos os acunen por la noche, entonces, contar a la luna vuestra desgracia, que ella alumbrará vuestras sombras con su farol amarillo, pero hablarle con mucho sigilo cuando el aire se haya calladoOlivas de Jaén, árboles centenarios, cuántas ramas de la paz han enarbolado en vuestro nombre quienes no os regaron con su sudor. Sí, mostraros orgullosas, arrogantes, bizarras, y altaneras para que nos os traten como a viejas madames, como aquellas que viven en las ciudades en barrios miserables, donde las gatas en los tejados pregonan por las noches su encendido celo. Lástima de  olivas de mi Andalucía con sus troncos plagados de cicatrices y hendeduras acumuladas por cada uno de sus centenares partos. Pobres olivas, siempre embaucadas por cortesanos y celestinas, pero nunca traicionadas por aquellos que se esfuerzan por alimentarnos día a día con su sudor logrando mantenernos frescas y lozanas para que cada primavera quedemos preñadas de frutos…>>>

Un ruido parecido a un trueno junto con el de un tropel de caballos  me hizo volver a la realidad. Todo había sido un sueño, interrumpido este por  los molestos e impresentables  vecinos del piso superior de mi vivienda que siguen con la práctica de arrastrar muebles junto con el repiqueteo de tacones durante las horas de descanso. Luego,  meditando el sueño, este que escribe, autor de esta fábula, no tuve por menos que unirme al manifiesto de esta oliva dedicándole estas palabras:

Señora oliva poco cortejada en estos tiempos, yo, admirador tuyo, fiel degustador desde siempre de tu rica esencia, con todo el respeto que me mereces y con el permiso de tu esposo, el olivo, al tiempo que me despido de ti, déjame abrazar tu tronco, pues sé que al sentir mi calor  envolverás con tus verdes ramas al jornalero que tú sabes fui una vez.  

Antero Villar Rosa

Pd. Queridos amigos, he alargado la narración para de alguna forma distraeros del confinamiento voluntario que como consecuencia del covid  estáis llevando a cabo  en nuestro pueblo. No sé si lo habré logrado. Cuidaros.

 


viernes, 25 de diciembre de 2020

SALVAR AL BAR DE TU BARRIO

 

Desde mi tierra adoptiva, en solidaridad con el sector hostelero,  torrecampeño, como asimismo con el pequeño comercio.

Cada uno tiene un bar habitual, bar en el que saben quién eres, no solo Pepe, el dueño del establecimiento, aquél que cada mañana cuando me ve entrar se apresura hacía la máquina del café para prepararme ese largo americano sin azúcar y que al tiempo de darme los buenos días me proporciona el periódico para leer, ese periódico que nadie ha mojado todavía con saliva para pasar página y que huele a tinta de imprenta. El bar de Pepe es un lugar donde también me conocen por mi nombre muchos parroquianos con los que a menudo entablo tertulia.

Suelo tomarme ese café sentado, y allí, a veces, pareciendo como que leo las noticias o algún artículo de algún columnista del diario, de soslayo me gusta estudiar aunque de forma discreta a la gente que entra y sale del establecimiento. Observo muchos días como hay clientes que le cuentan confidencias a Pepe, e intuyo que lo hacen porque necesitan una palabra amiga o algún consejo, como los que me dijeron les da a veces a los que negándoles la última copa aguantan en el bar hasta las tantas de la noche  refugiándose en la bebida, en estos casos son  aquellos que tienen miedo a marcharse y enfrentarse a la realidad en sus desestructurados hogares. En definitiva, Pepe es el desahogo de las penas y el confidente de muchos.

El bar de Pepe es ese lugar entrañable donde cuando hay partido te permite vociferar al árbitro y soltar algún que otro exabrupto cosa que no haces en tu casa. Lugar este donde te sientes seguro y en el que hasta conoces donde está la llave de la luz en el servicio, y en el que cuando entras a él te sorprendes de  las barbaridades y obscenidades nuevas con las que han vuelto a pintarrajear sus paredes  que el bueno de Pepe tratará de borrar como tantas veces, aunque luego se noten los refregones descoloridos de la pintura.

Hay muchos bares como el de Pepe que desde el mes de marzo notarán la falta a la hora del café a clientes como este que escribe porque dejamos de ir por culpa del maldito coronavirus. También echará de menos a aquél señor muy mayor, alto y enjuto, vestido siempre con traje a lo Arturo Fernández, con bastón de Antonio Gala y sombrero de Leonard Cohen, el que siempre al caminar lo hace sujeto por el brazo de su asistenta, sentándose ambos   después en un rincón del bar para desayunar y a los que Pepe, al tiempo de serviles los cafés, le facilita a este señor una servilleta con la que se abrocha el cuello para no mancharse a la hora de mojar en la taza su croissant.

Este bicho del coronavirus ha cambiado nuestros hábitos, sobre todo a las personas que por nuestra edad somos más vulnerables al covid, y no es porque en el bar de Pepe no se cumplan los protocolos establecidos, sino porque los mayores somos estadísticamente un potencial de riesgo. Ahora, el café lo tomo en casa, pero día tras día echo de menos esa tertulia con los amigos y sobre todo la gentileza de Pepe.

Sé que Pepe como todos los de su gremio lo están pasando muy mal, hasta el punto que los pocos ahorros que presumiblemente dispondrían ya los habrán gastado, viéndose muchos en la necesidad de haber tenido que pedir un préstamo al banco para hacer frente a los gastos fijos que tienen que soportar, tales como: autónomos, luz, agua, teléfono, alquiler, impuestos, y paro de contar.

Yo no quiero que el bar de Pepe eche el cierre, lo mismo que tú tampoco quieres que desaparezca ese que tú acostumbras a ir en nuestro pueblo, el mismo posiblemente que yo frecuento cuando allí estoy, ni tampoco quieres que eche el cierre el restaurante donde alguna vez que otra vas a comer con tu mujer.

He pensado que tal vez, si Pepe aceptara, le compraría un vale para veinte o treinta cafés para cuando esto del coronavirus pase. Si cunde el ejemplo contando que al menos serán doscientos o más clientes los que frecuentábamos su local de forma acostumbrada, les ayudaríamos a solventarle su situación hasta que pasen estos meses y vuelva todo a la normalidad con la vacuna.

Los bares, qué lugares, tan gratos para conversar. Así dice la letra de la canción de Gabinete Galigari.

El escenario de este escrito ha sido el de un bar, pero podía haber sido el de muchos comercios de nuestro pueblo que están en crisis también por la pandemia. Ayudémoslos. Seamos solidarios.

RECUERDOS DEL CAMINO DE LA ESTACIÓN.

 

Aquél año, habiéndose ya despedido las pocas atracciones de feria del descampado de lo que hoy es la calle Pintor Manuel Moral, los chiquillos teníamos que buscarnos otro entretenimiento y no el de merodear de día por entre los cachivaches y las casetas de turrón contemplando a veces como con nuestro griterío despertábamos a algún que otro feriante, como el que dormía en el suelo escondido bajo la sombra de los caballicos, el que cuando esto ocurría salía tras de nosotros vociferando por haberle alterado el sueño. Había pues que agenciarnos otra forma de entretenernos como era la de buscar nidos de tórtola en los olivares más próximos al pueblo.

Mordisqueando una manzana de aquellas no muy voluminosas de color blanquecino que decían que eran del rio, salí de casa en busca de mis amigos. (Con relación a estas manzanas muy sabrosas que se cultivaban en las huertas del rio Guadalbullón, he de añadir que eran de temporada, las únicas que por aquél entonces se comercializaban durante el año, al menos en nuestro pueblo. Luego, en mi adolescencia, empezaron a llegar a los mercados en todos tiempos para asombro de los mayores, manzanas de la variedad golden, a las que en nuestro pueblo las bautizamos como peros), pero volvamos a la calle.

Al llegar al Camino de la Estación ya iba acompañado por mis amigos: Pepe Mena, y  Manuel Rubio, el Parejo. Paulino, el hijo del guardia civil Fernando que estaba jugando en la elevada explanada del cuartel donde ahora está el colegio Príncipe Felipe, quiso unirse a nosotros pero alegó que teníamos que esperarlo, así que para ello subimos una de las dos escalinatas de izquierda y derecha que daban acceso al cuartel y nos dispusimos a hacer tiempo cobijados bajo la sombra de uno de los dos árboles que adornaban la terraza, siempre, bajo la atenta mirada del bueno del guardia Ortega que hacía el servicio de puertas. A Paulino lo vimos salir de una de las viviendas en bajo ubicadas en el patio empedrado del interior del cuartel e inmediatamente nos dirigimos avenida abajo revueltos entre la gente que iban a esperar la llegada del tren correo.

Dejamos a nuestra izquierda las vagonetas de alquitranar del contratista Capiscol que sin ningún orden establecido reposaban entre hierbajos secos en el descampado de la “tiladora” término torrecampeño que identificaba el paraje, ya que en su día existió allí una destiladora-. Al fondo, a lo lejos, se divisaba el yugo y las flechas entre un paisaje de rastrojos barbechos y alguna que otra era. La casa de don Manuel Pulgar, el médico, se erigía distanciada de la avenida y se accedía a ella mediante un corto camino enlosado. Un anuncio de Nitrato de Chile colgaba en la edificación colindante propiedad de don Salvador el practicante y pareciera como que el caballo y el jinete que figuraban en el poster estuviesen siempre observando al taller mecánico existente en la acera de enfrente, como también a la casa de Juan Moral (el zorro) el padre de mi amigo Antonio Tomasico .

Dos vacas subían la avenida a marcha lenta  bajo la atenta mirada siempre de su amo en busca del abrevadero de Los Caños sembrando a su paso de blandas boñigas la calzada del Camino de la Estación. El chalé de Juanito Valderrama ejemplo de modernidad, sobresalía entre todos los inmuebles de alrededor arropado en uno de sus lados por la casa de Vicentito. La solitaria casa de Lola y Pablo, -los de las vacas-  le hacía de escolta al chalé en la esquina de enfrente casi siempre adornada esta por la ropa lavada puesta al sol que las mujeres tendían en  la hierba ahora seca en los solares linderos.

Al cruzar la carretera, en el margen derecho aparecían algunas edificaciones de reciente construcción situadas frente donde hoy está la gasolinera. El resto, casi todo era campo. Descendiendo con dirección a la estación, en el ala izquierda surgía un complejo amurallado a lo que se le conocía como El Saladero. Lo componía la vivienda de la familia Martínez, sus amplios jardines, el matadero de cerdos, las salas de despiece y elaboración de embutidos, además del establecimiento al público por el que se acedia desde el Camino de la Estación por una puerta que colindaba con una verja del referido jardín. Las veces que entré a comprar a este establecimiento acompañado por mi madre, recuerdo un pasillo largo y una sala con un mostrador de azulejos blancos, todo bañado por el aroma propio de las chacinas.

El molino de aceite de la Cooperativa Santa Ana  veía día tras día como algunas edificaciones en calles transversales de reciente diseño se iban aproximando a la almazara. Aún faltarían algunos años para que Pedro Pancorbo, el que fuera encargado de esta entidad, hoy jubilado, plantara los pinos dentro de su recinto. Pinos que algunos aún perduran y que estoy seguro habrán mecido a cientos de millares de pájaros que acostumbraban al anochecer buscar refugio entre sus ramas sin importarles a veces cuando el viento arreciaba en noches de invierno el ruido de su desoladora música de silbidos.

Dejado atrás El Saladero, aparecía un terreno que limitaba con un arroyuelo seco que provenía desde Los Puentecillos en el que sobresalía un manzano que para el mes de junio cuando las manzanas no eran más gordas que un madroño ya dábamos buena cuenta de ellas los chiquillos atentos siempre al dueño, manzanas a las que llamábamos perillos enanos, también existía un árbol pequeño que daba fuera de época moras muy sabrosas y que después de muchos años estoy por asegurar que no era otra cosa que frambuesas. La casa de reciente construcción de Antonio Perete aparecía solitaria alejada al otro extremo del arroyuelo en medio del campo antes de llegar a la estación.

Llegado a la estación, esperando la llegada del tren correo había un nutrido grupo de personas entre las que destacaban algunas madres que esperaban ansiosas la llegada del hijo que venía licenciado o con algunos días de permiso. No estaba bien visto en aquél tiempo que las novias fuesen a esperar al novio en la estación. Allí no faltaba Gregorio el peatón (El Patón) empleado de Correos que con su valija al hombro esperaba a que los ambulantes desde el vagón le entregaran la correspondencia. Tampoco faltaba Cabeso, el que fuera el pionero del transporte en patín. Este hombre vivía en una miserable casilla en condiciones infrahumanas lindando con la pared del molino de don Damián en la explanada del ferial donde jugaban al fútbol los equipos El Rayo Azul y El Calavera.

El jefe de la estación a golpe de campana anunció la pronta llegada del convoy que ya se sentía silbar a lo lejos. Mi amigo Manolo, El Parejo, se hizo de un alambre y fabricó con él algo parecido a unas gafas y lo depositó en uno de los raíles entre los gritos  de la gente que le alertaban del peligro ya que el tren se estaba aproximando.  Cuando el tren inició de nuevo la marcha y se internó en el túnel entre una humareda de vapor, Manolo recogió el alambre ahora aplastado del grosor de una hoja de papel y los cuatro amigos cruzamos la vía camino de los olivares del Caballico en busca de nidos de tórtola, nidos que después de descubrirlos los dejábamos para otro día volver y ver como crecían los pichones.

Nada más amigos. He querido dibujar con mis palabras una buena parte del Camino de la Estación, el que fue escenario de mi infancia.   

Antero Villar Rosa

Pd. Los apodos los menciono de forma cariñosa sin ninguna acritud, y sobre todo bañados con mi más profundo respeto.