sábado, 27 de junio de 2020

MI PRIMERA COMUNIÓN



En aquella escuela de don Jacinto, los jueves era norma de obligado cumplimiento asistir a la  clase de catecismo que impartía el prior en la parroquia. Mi abuelo me compró en la papelería el catecismo, un pequeño librito de la doctrina cristiana que no tardé en aprenderme de memoria y del que quiero recordar forzando mucho mi retentiva que en su portada aparecía  dibujado el Niño Jesús junto con una oveja.  Don Federico impartía las clases deambulando por el centro de la nave y al azar nos iba examinando a los chiquillos que ese año íbamos a hacer la Primera Comunión con preguntas sacadas del catecismo. Preguntas como esta: ¿Cómo nos hacemos cristianos? Y la respuesta: Nos hacemos cristianos por el Santo Bautismo. Don Federico, a los asistentes, nos obsequiaba con un vale amarillo con puntos que íbamos coleccionando hasta obtener la cantidad que te daba derecho a uno de los juguetes que guardaba en la sacristía en un armario de rejillas. El coro de voces infantiles rezando el Credo, o el Padre Nuestro, retumbaban en el templo y ponían fin a la clase de catequesis.  
El ir a la capital a comprar el traje blanco de comunión y los zapatos del mismo color resultaba ser todo un acontecimiento.  A mí me privaron de ir puesto que me sirvió el  mismo traje que llevó mi hermano cuando hizo su primera comunión dos años antes, y también sus zapatos. Lo que sí recuerdo es ir a Jaén al estudio del fotógrafo Linares Reina a hacerme la consabida foto.
El librito de comunión revestido de nácar con sus broches dorados junto con el rosario y los guantes eran complementos que no podían faltar. Yo utilicé sin rechistar  también los de mi hermano. Lo único que tenía que ser diferente eran las estampitas de recordatorio que se encargaban en la imprenta y que seguramente para aminorar gastos no llegarían a treinta ejemplares.
La mañana del domingo de mi primera comunión, recuerdo un ajetreo en mi casa muy diferente al de cualquier otro día. Vecinas y familiares se afanaban en colaborar con mi madre en todo lo que fuera posible. Una tía mía trataba con zumo de limón de doblegarme sin llegar a conseguirlo mi anárquico flequillo y me recordaba una y otra vez que no tomara nada antes de recibir a Dios.
Celebrado el acto religioso en la parroquia nos encaminamos a mi casa donde mi madre tenía preparado un chocolate y unas magdalenas. Don Jacinto, mi maestro, recuerdo verlo sentado a mi lado en la única mesa establecida para el corto aforo de aquél pobre y exiguo ágape. Las  blancas y olorosas azucenas que adornaban aquella humilde mesa, parecieron revestirme en esos instantes del candor y de la pureza propia de un niño, atributos estos que al recordar esos momentos tan gratos vividos por mí, me han servido a lo largo de mi vida para alimentar mi alma.
Hoy, como aquél niño, debo también confesarme. Y es que aquél día no estuvo a mi lado mi padre. Durante toda su vida, y más en los últimos años se reprochaba una y otra vez no haber podido acompañarme. La siega muy adelantada de la cebada en la campiña pernoctando en un cortijo se lo impidió. Yo lo consolaba con la respuesta del catecismo al tercer mandamiento. ¿Peca quién trabaja en los días de fiesta? Respuesta: Peca quien trabaja sin licencia o necesidad.
Así fue mi primera comunión. Recuerdo que recogí doce pesetas, el equivalente a ocho céntimos de hoy, y me sobraron estampas de las que he referido que servían para obsequiar a quienes tuvieron el detalle de darme unas monedas.
Hoy… hoy, todo es muy diferente, el ritual sacramental sigue vivo e inalterable, pero me pregunto ¿qué recordarán los niños de hoy dentro de sesenta años del día de su primera comunión? Seguro que con tanto, no serán tan felices como yo con tan poco.

DEBES DE IR AL PUEBLO EN VERANO



(Dedicado a mi pueblo en su 216 aniversario)

Tienes que ir para descubrir la paz y el sosiego que se mastica en el silencio pulcro de sus tórridas siestas, y después, al morir la tarde, perderte por  desordenadas callejuelas donde aún duermen miles de lunas viejas acunadas por  nanas  a niños calenturientos; nanas de entonces, nacidas desde abiertos balcones adornados de geranios, claveles y  verdes albahacas que recuerdan a aquellas ferias de eras y espigas.
Tienes que ir en el frescor de la noche a contemplar desde el monte el cielo empedrado de estrellas, y dejarte llevar por la calma y la quietud que la oscuridad lo envuelve; quietud solo perturbada por los sonoros e incesantes cantos de los grillos. Debes de ir  para ver como el globo grandilocuente de la luna al salir por Reguchillo se asoma arrastrándose perezosamente por sus afiladas piedras, y de cómo, poco a poco, su ambarina y luminosa imagen va disminuyendo de tamaño a medida que asciende al cielo, tal vez, herida la envoltura de la luna por alguna de las punzantes aristas de tan rocosa cúspide.
Tienes que ir al pueblo en el que naciste donde  encontrarás dormidos recuerdos de tu niñez. Busca aquella alberca  donde te bañabas desnudo a escondidas del hortelano, de agua tan fría que reducía sin proponértelo la parte más sensible de tu físico. Vive la magia del amanecer recorriendo senderos escarpados y alguna que otra cañada sombría sintiendo el rumor del agua bajando brava y cristalina como la del arroyo de Las Torrecillas, y embriágate con el aroma a pino y a mejorana mientras  buscas como cuando eras niño entre la juncia y la menta de sus riberas alguna rana que al verte saltará a la poza más cercana. Busca entre las higueras y las zarzamoras, frutos que el pavimento de tu ciudad nunca puede darte.
Seguro que te gustará perderte por el bosque humanizado de olivos que inunda el paisaje torrecampeño. Verás colinas, y llanuras de olivares donde el verde se hace menos verde en los atardeceres, cuando un sol perezoso por esconderse, pinta de rojos y anaranjados colores el horizonte y a su vez salpica en lomas y quebradas a incontables cortijos de labranza, vestigios ruinosos que siguen sufriendo su agonía desde hace más de setenta cosechas.
Deja que muera la noche sentado en animada charla en una terraza disfrutando de nuestra rica gastronomía mientras te dejas acariciar por el relente de la brisa serrana que en refrescantes bocanadas llega a inundar de frescura recoletas plazoletas y avenidas repletas de mesas y veladores; airecillo que llega siempre refrigerado después de haber besado a  los altos chopos del parque.
Vuelve a Torredelcampo en verano, y si tan pobre eres que no tienes ni tan siquiera pueblo, yo te regalo el mío con el permiso de todos los torrecampeños/as, porque no quiero que me digas aquello que te oí decir: ¡Qué desgracia es vivir sin tener pueblo en Madrid!





lunes, 1 de junio de 2020

NOVIOS



Al agonizar de cada tarde, un rumor de voces surgía entre la neblina que creaba el invierno y el vaho de aquella multitud que se congregaba en la plaza de mi pueblo. Las   espigadas y llamativas farolas derramaban débiles y mortecinos destellos que eran repartidos entre el apretado gentío de los paseantes. En verano, el mismo rumor se mezclaba con el olor a jazmines que desprendían las moñas que adornaban el pelo de las guapas y lozanas jóvenes, confundiéndose a veces este aroma con el del agridulce de las cañas frescas de las “majuletas con canute” que los chiquillos utilizaban para lanzar dardos que no eran otros que los huesos del fruto silvestre.

Vueltas y más vueltas plaza arriba y plaza abajo, mientras algunos lo hacíamos comiendo pipas o fumándonos un Ideal, pues eso de fumar era signo de modernidad y de estar ya a las puertas de lograr la emancipación. Tremendo error.

<< !Mírala! ¿La has visto? Creo que te ha mirado. ¡Ve y le dices algo, hombre!>>   <<Ahora no, lo haré a la vuelta siguiente, o mejor cuando vengamos de tomar unos vasos de vino en el Testarazo, o en el bar del “Lipertor”>>  Este era por lo general el más común de los diálogos entre amigos. Y así, iban pasando los días, las semanas y los meses, hasta que superada la timidez, el muchacho, en una de aquellas vueltas se acercaba a ella que como todas las mozas marchaban cogidas del bracete. Si al aproximarse, esta no lo rehuía yéndose al centro del grupo, la cosa no pintaba mal. <<Ya se ha “lansao”>> Decían los amigos al ver al amigo dialogar con la pretendida de manera amigable, presagio este inequívoco de que la cuadrilla a partir de ahora quedaría mermada.

Así era el primer cortejo. Luego, el acompañarla hasta la esquina de su calle significaba ante los ojos de los demás que se habían prometido. Pero la prueba de fuego era el hablar con el padre y pedirle permiso para poder ver a su hija en la puerta de la casa. Nervios, sudores, palabras silabeadas, y frases inadecuadas hasta romper el maldito hielo y recibir por parte del padre la autorización para poder hablar  con su hija a un paso de la puerta de entrada. Y allí, entre el escalón de la calle y la retranca como testigo se formulaban entre ambos día tras día promesas de amor y planes para crear un hogar en un futuro que al menos tardaría cinco o seis años. Durante esta primera etapa de noviazgo, la novia debía de estar acostumbrada al silbido suave y musical con el que el novio se identificaba cuando llegaba.  

Al cabo de un tiempo, amortizado el año o más de hablar con la novia en la puerta, etapa esta que servía para demostrar que se iba con buenas intenciones, el novio estaba obligado nuevamente a hablar con los padres para que le concedieran su consentimiento y poder entrar dentro de la casa con el fin de evitar los crudos inviernos hablando en la puerta de la calle. Después, sentados uno al lado del otro con las sillas alineadas a la pared se hablaba con la novia de manera sigilosa con la boca puesta en el oído de ella  siempre bajo la vigilancia perpetua de la suegra. En invierno sentarse en la mesa camilla al calor del brasero tenía como condicionante el mantener las manos de los novios siempre visibles a los ojos de la siempre atenta carabina. Y así iban pasando los años, y también la mili del novio pues siempre al poco del regreso del cuartel, ya licenciado, la pedida de la novia no se hacía esperar.

En este acto de pedida, después de obsequiar a la novia con el consabido oro, se fijaba el día de la boda, o como se decía en el pueblo, el día de la “velación”, mientras que el vino, la cerveza y los aperitivos circulaban por la casa en claro gesto de atención con la familia del novio.

Entretanto, en la plaza de nuestro pueblo de nuevo surgiría una nueva promesa de amor. Una de tantas que sirvieron para forjar el destino de muchas generaciones.

Ahora, en los anocheceres azulados, la plaza desnuda de gente se acuesta temprano arropada con un envolvente silencio de cuna. Bajo su suelo, yacen esculpidos miles de juramentos de amor tallados con el cincel de infinitas e inmortales pisadas, siempre bajo la atenta mirada de los desorbitados y escrutadores ojos del campanario de la iglesia.

GORRIONES EN LA PANDEMIA



17 de abril de 2020, en mi cumpleaños.

Cuento los días, cuento las horas, hasta cuento los pasos desde un extremo a otro de mi vivienda; son treinta y cinco, y vuelta a empezar, diez, veinte, cincuenta, tropecientas vueltas al día, tantas  como daba en la trilla en aquellas eras de mi querido y ahora más que añorado pueblo.

No quiero que me toque en esta vuelta pisar el nudo oscuro del parquet que está a mitad del recorrido, me digo, como una apuesta un tanto supersticiosa, que si la logro, me produce un vano placer, y si no, me siento como cuando miro el listado de la lotería en navidad, otra vez será. Así juego con este juego en mi enclaustramiento. A veces, salgo a respirar aire fresco a uno de mis balcones. Casi a mis pies, las banderas del consistorio de mi ciudad adoptiva ondean a media asta en señal de luto por los fallecidos por el coronavirus. La plaza está desierta. A intervalos veo pasar  autobuses vacíos que ni siquiera paran porque las marquesinas están libres de viajeros. Oigo el leve aleteo de contadas palomas cerca de una fuente. Antes, venían en bandadas mezcladas entre grupos de gorriones al reclamo del sustento que le proporcionaban la gente en su deambular, o de aquél hombre que acostumbraba a derramar pan desmigado, o también en busca de los gusanitos que se escapaban por entre las manos trémulas de los niños, y cómo no, de las de los roedores de pipas que solían sentarse en los bancos.

Ahora todo está limpio, no se ven papeles en el suelo de las calles, ni cáscaras de pipas, ni nada que puedan rebuscar para alimentarse, y echo de menos a los gorriones, ¿dónde estarán?, me pregunto. Después de llevar un rato en mi atalaya veo a una pareja dando saltitos en el suelo  para instantes después salir disparados tratando en su vuelo de perforar el viento. Estos, supongo, han preferido quedarse, pero el resto, sospecho que habrán emigrado en busca de alimentos fuera de la ciudad o a otras latitudes, lo mismo que hacían las gentes de nuestro pueblo en los años sesenta, aquellos que se fueron buscando un mejor porvenir, al igual que yo, que lo hice aprovechando una etapa en la que nuestro pueblo cansado de dar aceite daba carteros urbanos.  Pero no quiero salirme del tema porque quiero centrarme en los gorriones, en esa ave que llevará miles de años entre nosotros y que se está extinguiendo poco a poco, tal vez por el cambio climático, por las especies invasoras o las nuevas construcciones de edificios donde se emplean materiales para que en los tejados,  donde los gorriones se cobijan y anidan, no quede grieta alguna. El caso es que cada vez vemos menos, y esto de la pandemia contribuirá no cabe la menor duda a su lenta agonía.

Recuerdo que a último de mayo cuando las cebadas cerca de las tapias de nuestro pueblo estaban alimonadas, señal de que sus espigas estaban granadas, los gorriones invadían las siembras comiendo  los granos ya sazonados, y para ahuyentarlos, los agricultores se defendían poniendo cuerdas con cencerros colgando para que el niño o la mujer los espantaran moviendo el cordel. Lo que no recuerdo haber visto nunca es comer a dos gorriones en la misma espiga. Extrapolando este hecho a la vida real de hoy observo  que esto ocurre. Veremos lo que dura, de seguro hasta que la caña se tronche.

En los meses de verano en aquellos árboles centenarios de la Huerta los Toros se refugiaban miles de gorriones al anochecer produciendo un sonido ensordecedor por su continuo piar. Había uno de mi edad en nuestro pueblo que con su certero tirachinas todas las tardes en tiempos aquellos de pescuecillos cortos  se llevaba a su casa el equivalente a una fritá.

Dicen que la existencia del gorrión está ligada a la del ser humano, y prueba de ello es que en los pueblos abandonados por el hombre, los gorriones también lo hicieron. Ojalá que ellos al ver nuestras calles desiertas por culpa de la pandemia, no interpreten que nos hemos ido, aunque lamentablemente algunos si lo están haciendo, son aquellos que están muriendo por culpa del coronavirus. Qué lástima de los de mi generación, la generación del progreso. Que Dios los acoja en su seno y entren acompañados  con la agradable música del aval de nuestras plegarias. La mía, mi plegaria, viaja todos los días rauda con el viento hasta nuestra ermita, y hará cola en la lonja hasta que le toque el turno pues somos muchos los torrecampeños/as que en estos momentos tan difíciles imploramos a nuestra Patrona Santa Ana para que esto acabe.
Santa Ana bendita, que sea pronto.
Antero Villar Rosa

EL PARVULARIO DE PEDRO BALBIN



El parvulario sirve y servía en mis tiempos entre otras cosas para despertar el desarrollo emocional y educativo de los niños, aunque aquél parvulario al que asistimos los varones de mi generación era tan peculiar y dista tanto de los de ahora, que he querido recordar aquella mi primera escuela donde aprendí mis primeras letras y conviví con los primeros compañeros de clase, y cómo no, donde llegué a conocer a mi primer maestro.

Con mi pizarra, el pizarrín, la cartilla y como vestimenta un mandilón, acompañado de mi madre llegué todo ilusionado aquél primer día hasta el final de la calle Las Cruces, a la Rinconá, a la casa de Pedro Balbín, donde éste ejercía la docencia. La casa,  empedrada sus bajos, estaba repleta de niños de mi edad y otros más mayores. Nada más entrar, en el recibidor, los bancos y sillas pequeñas alineadas a la pared inundaban la estancia repleta de niños gritando unos con otros. A la izquierda, la sala a la que en nuestro pueblo damos el nombre de despacho, igualmente estaba llena de niños vociferando entre ellos.  Más adentro, en el comedor,  en el habitáculo más espacioso, allí estaba Pedro Balbín sentado en un sillón de mimbre en cuyo respaldo descansaba una zalea de borrego. Estaba protegido por un semicírculo desnudo de chiquillería que parecía entronizarle además de servir para facilitar el acercamiento cuando tocaba aproximarse a “tomar la lección”.

Aquella ilusión de mi primer día de escuela se desvaneció en el momento en el que me despedí de mi madre, tomé asiento y vi como Pedro impartía la enseñanza. La eme con la a, ma. La eme con la u, mi.  ¿Qué has dicho, que la eme con la u es mí? ¡Cañete, que eres un cañete!  Y volvía de nuevo la cantinela repetidas veces con el chiquillo llorando, vociferándole aquello tan repetitivo en él de, “cañete”.   

Durante los siguientes días la zapatilla de mi madre me acompañó hasta la escuela de Pedro, hasta que poco a poco me fui acostumbrando a la alpargata de mi progenitora, y a los chasquidos de la palmeta de Pedro cuando alguno no obedecíamos sus órdenes; palmeta que pensábamos que echándonos sal y vinagre en la mano a la hora de recibir el azote la tabla se partía. Recuerdo el patio de la casa  donde íbamos los castigados, y el pozo divisorio entre los muros del vecino, y también la cámara donde entre la paja guardaba las serbas para que madurasen. El ver deambular por la casa a Cándida, su madre y a Puri, hermana de Pedro, servía a veces para apaciguar los encendidos ánimos del maestro, como también la copla de “Doce cascabeles lleva mi caballo” de Luis Mariano, y “El rey de la Carretera” de Juanito Valderrama, tranquilizaban asimismo su enojo cuando sonaban en el radio que descansaba en una repisa en uno de los muros del comedor, aunque su mejor bálsamo era el vino que a gollete bebía a escondidas mientras que nosotros en nuestra pequeña pizarra tratábamos de dibujar arañando con el pizarrín las letras que nos había puesto de tarea. Cuando nos salía mal la escritura escupíamos en el negro y alisado mineral y lo borrábamos frotándolo con un trapo que llevaba el tablero incorporado.

Lo mejor era cuando a media mañana salíamos en tropel al recreo que consistía en ir corriendo a beber agua a la Fuente Nueva, donde raro era el día que alguno no caía al pilar empujado por otro. Volvíamos de nuevo galopando, teniendo a veces que esquivar antes de entrar en la escuela el carro de Lorenzo que descansaba en la puerta del parvulario.

Alli, en la escuela de Pedro fue donde aprendí mis primeras letras: mi mama me ama, yo amo a mi mama, la tela de lino. Eran frases de aquella mi primera libreta. Pedro, era un hombre discapacitado, al que para subsistir le autorizaron la apertura de este parvulario por el que pasamos toda una generación. No recuerdo cantar nada más que “Vamos niños al sagrario”, pero sólo cuando alguien le avisaba de la inminente visita de las personas que tutelaban el parvulario, cuando estas se iban aproximando  calle arriba.
Tenía que dedicarle unas líneas a esta persona que nos dejó hace muchos años, al hombre que  enseñó las primeras letras a toda una generación. Gracias por la enseñanza que recibí de Pedro Balbín, hombre popular y dicharachero que supo dejar huella  en nuestro pueblo. Su legado figura en el recuerdo de muchos como yo, y a partir de hoy, estas líneas servirán para que nuestros descendientes sepan que existió un maestro de parvulario llamado Pedro Balbín. 

Yo me despido de él pidiéndole perdón porque  fui uno de los que entre la paja de su cámara, a hurtadillas, birlábamos y nos comíamos sus serbas sazonadas.

viernes, 8 de mayo de 2020

SILENCIO EN EL CERRO



SILENCIO EN EL CERRO.

Foto de Manuel de la Plata

Dicen, que es tal el silencio en el monte, que hasta se llega a percibir el susurro de las flores hablando entre ellas. Incluso se llega a apreciar el llanto de las amapolas; aquellas que brotaron temprano para anunciar la romería, y que ahora, en su tristeza, humedecen con sus llantos los vestidos rojos con los que se engalanaron. Comentan que sus lágrimas llegan a confundirse  con el de las perlas del rocío mañanero. 

Dicen, que el agua de la fuente de la Bañizuela no suena cantarina porque a los cipreses que allí hacen guardia les han dicho, que por mucho que estiren su afilado cuchillo al cielo, no verán este año la procesión camino de la Erilla, ni sentirán la dulce caricia de los pétalos de rosas  que el viento les  suele transportar pendiente abajo desde los muros de aquella casa del camino envueltos siempre entre música y vivas de los romeros.

Cuentan también que la tristeza invade el monte por la noche. Una luna pobre de luz, casi moribunda, dicen que pinta de color pajizo a los pinos que  ante los compases del viento emiten sin querer extraños silbidos ahuyentando a veces a su vecina la lechuza. Cuando esto ocurre  se la suele ver levantar el vuelo precipitadamente cruzando un claro del pinar entre un mar de plumas blancas, mientras que el cuco, cuco él, anda guarecido en una encina a la espera  de que la luna apague su agonizante farol y la aurora despierte al astro rey para empezar con su característico concierto, pero esta vez, dadas las circunstancias, lo hará con sordina. 

Sola estará la ermita. Un silencio sepulcral invadirá el sagrado lugar. La noche del sábado el resplandor de las fogatas no brillarán en sus muros, ni el aire arrastrará los sonidos de los altavoces de los cachivaches, ni el de los romeros desperdigados por el monte,  y no se mecerá el humo de las candelas por el Llano de Santa Ana, esa neblina aderezada con el sabor de las brasas mezclada con la música de sevillanas rocieras y de algún fandango desperdigado, sabores únicos torrecampeños.  

Solo estará el cerro el domingo. No habrá cohetes ni vivas a Santa Ana, ni misa rociera. No habrá cetros refulgentes, ni hermanos ni cofrades luciendo sus bandas distintivas, y no se verán a las guapas mujeres torrecampeñas vestidas de faralaes. La campana de la ermita no volteará cantarina ella anunciando la salida de nuestra Patrona y la Virgen Niña, y sus andas, desnudas de hombros sudorosos descansarán en cualquier lugar echando de menos a tantos y tantos costaleros que soñaban esperanzados  que llegara el primer domingo de mayo. 

No, no hay romería en el cerro, pero sí en los corazones de todos los torrecampeños/as, que por culpa de la pandemia lo celebraremos en nuestras casas, en nuestro confinamiento, sin la  dulce y agradable presencia de nuestros familiares más queridos para no propagar el maldito virus. Desde la lejanía disfrutaré viendo los balcones de nuestro pueblo engalanados con la imagen de nuestra venerada Patrona, y atronarán en muchas calles el himno de Santa Ana: Envuelta entre perfumes purísimos de sierra, está la blanca ermita…

Y yo, hostigaré a mi pensamiento, porque montado en él, subiré por el Camino Viejo con el recuerdo de aquella primera vez:
Por la empinada cuesta, una niña iba descalza. ¿Es verdad que voy a ver a mi madre?, la niña, más que preguntar, imploraba.
Verás a la Reina del Cielo, camina, que poco falta. ¿Es aquí donde ella vive, en esta casa tan blanca? Aquí vive nuestra Madre, junto con la abuela Santa Ana,.. .al alba...olía a cera en la ermita, mientras la niña lloraba.

No hay romería, dicen las flores, pero  el pintor del cielo vestirá de colores nuestro cerro y perfumará el manto de nuestro monte.
A pesar de tanta angustia, tanta tristeza y tanta oscuridad como estamos padeciendo, siguen naciendo las flores en el cerro. Flores a porfía. Flores para Ellas.
¡Viva Santa Ana! ¡Viva la Virgen Niña! ¡Viva la Abuela!



miércoles, 8 de abril de 2020

REVIVE LA SEMANA SANTA.



No habrá procesiones, pero sí Semana Santa. Las circunstancias tan difíciles que atravesamos hacen, que la procesión vaya por dentro en cada uno de nosotros. Leí una vez una frase que quiero compartir con vosotros: La Paz de Dios es el refugio perfecto para circunstancias imperfectas. Refugiémonos pues en esa paz en estos días, la paz que ahora estamos viviendo en cada uno de nuestros hogares durante nuestro largo enclaustramiento por culpa del coronavirus, y refugiémonos también en los recuerdos que tengamos de esas Semanas Santas que hemos vivido en nuestro pueblo.  Así pues, si quieres, te invito a acompañarme a revivir algunas escenas, muchas de ellas envueltas entre la niebla de añejos tiempos, rebuscadas entre el polvo del desván  donde se aposentan  en mi mente, y permíteme que  con tu permiso te muestre algunas instantáneas dibujadas con mi pluma. 
Recuerdo que…
Al poco de comenzar la cuaresma empezaba el concurso de saetas en la radio, en aquella EAJ61 Radio Jaén, donde los cantaores torrecampeños siempre sacaban buenas notas.  Era este el preludio de  la Semana Santa, y también cuando  nuestras madres se daban prisa para elaborar  en las panaderías aquellas magdalenas y  galletas onduladas tan ricas, las  que cuando el hornero introducía su pala de madera con la punta achicharrada y las sacaba del horno, no sólo bañaba con su grato olor su establecimiento, sino que llegaba a inundar la calle.

La tarde de Jueves Santo, la primera procesión. Mantengo viva en mi memoria la primera estampa que guardo del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz siendo niño. La expresión serena de su semblante, más la sangre en el costado y rodillas, me produjo desde el primer momento que guardo en mi memoria, un sentimiento difícil de describir, alimentado por las manifestaciones de mujeres con pañuelos negros en la cabeza y las manos entrelazadas que rezaban en una esquina moviendo los labios al paso de la imagen.  Siempre me he sentido impactado, embelesado y conmovido, como se sentiría Él ante mi tierna mirada, la mirada de este que escribe cuando era niño. 

Pero a los chiquillos los que más nos atraía era el oír la trompeta de sonido afilado de aquél soldao romano de cara tan arrugada como su corneta, y a los  de lanza, penacho, y casco de hojalata con visera de rejilla oscilante que les servían para ocultar su identidad, como hubiesen querido ocultar su rostro también algunos costaleros a sueldo que con su horquilla en la mano deseaban llegar con la imagen a la iglesia cuanto antes para festejar su salario. Detrás de la imagen descrita le seguía la de San Juan caminando al dulce bamboleo de su palma. La Virgen de los Dolores cerraba el séquito procesional escoltada por don Federico y don Lucas que a intervalos iban leyendo alguna meditación sobre la Pasión. Por la Carretera la banda de música a las órdenes del maestro Pancorbo interpretaba el Himno a Nuestro Padre Jesús y a sus bellos acordes la procesión parecía dormirse. Quién no llegaba a dormirse nunca era Juan González, el Ito, caminando siempre a pocos metros de la banda de música.

Delante de todo iba una enorme muchedumbre, la mayoría gente joven  paseando anunciando el paso de la procesión por las calles engalanadas con colgaduras en los balcones. Un hombre con un carro mezclado entre el gentío iba pregonando “arvellanas calenticas”, y desde allí, por el murmullo del vocerío no llegaban a percibirse los golpes dados con las palmas de la mano por los capataces en las andas que sonaban como trallazos en el silencio profundo de la procesión.

La procesión de la Soledad, la procesión del silencio, la procesión muda y callada en la que sólo se oía en el sigilo de la adentrada noche los pasos racheados de los anderos, aderezado todo ello en   un ambiente místico muy especial.  

El canto de las golondrinas en los balcones, sus gorjeos encadenados con su  tan característico final, me sigue recordando hoy cuando las oigo, a las madrugadas del Viernes Santo en el silencio de las calles lejanas a la procesión, queriendo alertar a los perezosos dormilones de que Nuestro Padre Jesús estaba procesionando. Recuerdo en esas madrugadas el olor a las infusiones de manzanilla, y al aguardiente que desprendían aquellas tabernas de mostrador de mármol de color blanco desgastado por su uso. Y cómo no destacar en la madrugá, las saetas nacidas de tan buenas y afinadas gargantas torrecampeñas. Los “sanjuanitas” y los soldaos romanos a caballo ponían un tinte simbólico y regio  a la procesión. Pero el mejor detalle para mi desde siempre ha sido el de la mujeres torrecampeñas ataviadas con mantilla que empuñando cetros y rosarios  iban distrayendo a su paso a la multitud, porque era tal su derroche de belleza y hermosura –hoy la nueva generación es todavía más guapa- que por unos instantes llegaban a alejar a quienes las miraban del sentimiento religioso propio del momento.

El Viernes Santo por la tarde, el Santo Entierro, estación de penitencia y recogimiento. Hombres con trajes negros escoltaban como guardia pretoriana a la imagen de Cristo yacente entre hileras de cirios encendidos y tintineantes, que parecían querer romper con sus destellos el oscuro manto de la noche.

El sábado de Gloria a las doce de la mañana el repique de campanas anunciaba la Resurrección de Jesús. Recuerdo que era costumbre ir a la iglesia a por agua bendita para rociar los rincones de las casas, costumbre esta ancestral hoy no llevada a la práctica.

Las cofradías desde mi niñez siguen representando a generaciones de torrecampeños, y se nos ofrecen hoy más fortalecidas con un presente muy esplendoroso, habiendo surgido en nuestro pueblo al día de hoy otras nuevas  que junto con las hermandades han de servir para transmitir la devoción y tradiciones  puestas en práctica en cada Semana Santa.

Este año como dije al principio, no habrá procesiones pero sí Semana Santa. No veremos a las procesiones descritas, ni el bambolear de las palmas en la procesión del Domingo de Ramos, ni a la imagen del Señor con su borriquita, pero sí se harán sentir otras palmas, aquellas que llegan al alma, la de los balcones a la ocho de la tarde. No veremos tampoco en la mañana del Domingo de Resurrección al Resucitado procesionando por nuestras calles entre el agradable sonido del volteo de campanas y revuelo de palomas. Lástima que no podamos tampoco después de las procesiones sentarnos a tomar en alguna terraza una cerveza con los amigos.

No habrá procesiones. La procesión la llevamos por dentro ahora cada uno de nosotros. Cuando esto termine volveremos a abrazarnos. Yo os mando desde la distancia uno muy fuerte envuelto entre plegarias para que la vacuna la descubran cuanto antes y esto acabe.

Termino con una frase de Michael Conrad que hacía de sargento de policía en la serie Canción triste de Hill Street y que algunos recordareis: Tengan cuidado ahí fuera.
No salgáis nada más que para lo imprescindible. Cuidaros.