lunes, 19 de julio de 2021

DIAS DE SIEGA Y BARCINA.

 


El flamear de la canícula me distorsionaba la visión. Parecía como si  estuviese viendo a través de la llama de una vela.  En el tajo se oye el “ras, ras,” que producen las hoces al cercenar las cañas de trigo. Se habla poco mientras se siega. No hay rivalidad a la hora de atar, y menos entre padre e hijo, y aunque tuviese cinco años más nunca lograría estar a su altura, pues mi padre al igual que lo fue el suyo, es un portento con la hoz. “Ata bien y siega bajo, aunque te cueste trabajo” Dependiendo de la necesidad de paja para los animales así se dejaba la altura del rastrojo. “Nene, los haces pesan este año y creo que tendremos algunas fanegas más de lo que yo le calculo”, me decía mi padre en los cortos descansos mientras disfrutábamos de la pobre sombra que generaba una pila de haces haciendo pared, y es entonces cuando venía a mi memoria aquella jarra de cerveza que tal vez ya pudiera con mis catorce años beber por primera vez en la feria y no el agua del botijo que disfrutábamos, agua de pozo, caliente a la temperatura ambiente, con tan alto contenido en cal que taponaba los poros del búcaro pintándolos de blanco.

Llevamos varios días segando en la campiña. Ayer, al mediodía  a la hora de comer nos refugiamos en el cortijillo y comimos cocido con todos sus ingredientes. Después, era imposible pernoctar dentro, pues entre los vapores del puchero más la temperatura que reinaba en el habitáculo además de las moscas de la cuadra, tuvimos que salirnos afuera para refugiarnos en la sombra de una pared. A propósito de moscas, las había cojoneras revueltas entre las bestias, aquellas que cuando era más chico las solíamos coger en un bote para luego abrirlo en el patio de butacas del Cine Risán. ¡Que cabrones éramos!

Hoy, almorzaremos ensaladilla al más puro estilo torrecampeño, en la que el ajo, el aceite, el tomate, además del agua, navegarán en el dornillo, pero esta vez, comeremos en el tajo a la sombra de los haces. “Echa aceite y moja, me dirá mi padre”. En el descanso de la siesta, él, se cubre la cara con el sombrero de paja. Yo intento dormir pero no puedo. En un majano cercano toma el sol un lagarto verde que habrá salido extrañado por el silencio que ahora impera en la campiña que ahora sestea, y paralizado, observa patidifuso el cambio habido en el paisaje de su entorno, el del trigal, al de la rastrojera. Ahora, su horizonte los hemos ampliado. Unas matas de grama pintan de verde un pequeño rodal del rastrojo cerca de donde estoy acostado. Observo como una planta de correhuela está enroscada en una de las cañas secas de la siembra cercenada ahora por la hoz a la altura del rastrojo.

Avanzada la tarde. Los terrones ya llevan algunas horas haciendo sombra y es cuando pide el cuerpo dar de mano. De cintura para arriba me refresco y me aseo con agua que he sacado con una cuba del pozo. El sol se va escondiendo entre los maullidos mortuorios de los mochuelos al tiempo que las penumbras abrazan a las colinas y valles de la campiña. Después de una frugal cena, donde el aceite y el pan son los protagonistas, el dormir en el rastrojo bajo las estrellas y el oír a mi padre contándome historias enriquecedoras llenas de buenos consejos, que como un albañil, ladrillo tras ladrillo, me servirían para forjarme como hombre, así, con tan buenos asesoramientos, amén del cansancio, no tardaba en quedarme dormido.

Decían los viejos que si el sol fuese jornalero no madrugaría tanto. Al clarear el día voy al Berrueco a comprar pan en el horno que allí existía. Voy con la mula, pero primero he de ir a por agua al Pozo Rico. La siega ya la tenemos vencida y los últimos días mi padre quiere festejar el arremate con agua de un pozo de fama. Más tarde supe de que su nombre real es Pozo el Risco porque hay unas piedras donde se encuentra. Ya en El Berrueco, paso por la puerta de un cortijo que hace las veces de tienda donde sentado en un poyete, un hombre bebe una gaseosa. Para ponerme los dientes largos suelta un eructo que casi llega a espantar a mi mula. No quise gastar más que lo que me costó en el horno los dos panes que compré, pero aquella gaseosa que no quise comprar  la recordaré siempre.  

Y el trigo que mi padre y yo sembramos aquél año, el que antes de lanzar él al aire la primera simiente, miró al cielo y dijo “En nombre sea de Dios”, quedó presto para llevar los ases a la era, pero no a la del cortijillo, sino que ese año fue transportado hasta las eras del pueblo en un camión, que había que verlo en su recorrido dando bandazos producidos por los desniveles del terreno en el rastrojo, sorteando zanjas y torrentes secos hasta salir al carril, lo que todo ello entrañaba muchísimo riesgo. El enorme volumen de la mies resistía los vaivenes y el traqueteo por palos muy largos puntiagudos que rodeaban todo el perímetro de la caja de carga del vehículo.  Recuerdo el calor reinante del mes de julio que mezclado con el que producía la temperatura que emanaba el motor del camión y  junto con el fuego que despedía el metal de sus chapas, hacía que dentro del compartimiento de la cabina fuese un infierno.  Aquél aguerrido conductor, el que lamento no recordar su nombre, sé que fue uno de los hermanos Mozas. Sirva este escrito para homenajear a estos hombres que duermen en el anonimato, los que barcinaban las mieses hasta las eras de nuestro pueblo con sus camiones jugándose su patrimonio y sus vidas. 

Queridos amigos, todo esto que cuento lo hago en primera persona porque lo viví “estudiando” en la Universidad del Campo, época aquella en la que aún no habían inventado el  botellón. Agradezco a su inventor el retraso en patentarlo.


viernes, 14 de mayo de 2021

MI GRATO SUEÑO EN SEMANA SANTA


 


(Foto de Gabriel Martínez en Amigos de Torredelcampo)

En mi sueño, aparece el olivar que vuelve otro año más a estar de luto. En el silencio sepulcral que  impera la noche del Jueves Santo, una luna  llena a la que le falta una rebanada, arropa con un desgastado sudario plateado a olivares y derruidos cortijos. Una huérfana y astuta perdiz, insomne, entre dos terrones, vigila las sombras de las olivas que se van moviendo al paso lento del  farol que cuelga en el cielo. Rompe este sepulcral silencio el llanto de algunas aceitunas olvidadas por descuidados y apresurados aceituneros cuando bocanadas desganadas de viento mecen las ramas de las olivas.

En los intervalos en los que la luna se cuela por las ventanas de los nublos, aprovecha el mochuelo para salir por entre las piedras amontonadas del derruido cortijo para emitir aflautados y lastimeros aullidos que sobrecogen. Escombros y muros con historia los de estos cortijos que apenas pueden sostenerse y que otro año más aguzan su oído esperando a que el viento les regale el sonido de tambores y trompetas que a veces desde el pueblo volaban hasta allí para el gozo de los chiquillos cortijeros.

En la ladera de un camino solitario, un vetusto y desaliñado almendro de tronco negruzco, muestra su cosecha de tiernas allozas esperando el regreso otro año más  de aquellos niños anémicos que las birlaban mientras hacían la rabona (*). 

En el pueblo, el silencio es más espeso aún que el del campo. Extraña noche la del Jueves Santo sin la procesión del atardecer. Las calles solitarias sin penitentes parecen querer revivir los rezos de antiguas procesiones concediendo a las farolas un halo de mística bruma.  Otro año más están los balcones sin colchas y colgaduras que los engalanen y nadie lanzará desde ellos al aire una saeta. En la tranquilidad de la avanzada noche se oyen sollozos que salen desde una ventana, es el llanto  de una niña cofrade que llora desconsolada porque su túnica otra vez más reposa sin planchar en un cajón oliendo a alcanfor y no a cera e incienso.

Se acerca la madrugada. La plaza está solitaria porque nadie espera a que se abran de par en par las puertas del templo. No sonará la marcha real a la salida de Nuestro Padre Jesús, pero el Cirineo sigue ayudándole día tras día a llevar la Cruz. Lleva años, siglos, haciendo este trabajo y nunca se cansa. Me apunto a reemplazarle cuando él me diga. Todos dicen que llevamos nuestra cruz a cuestas, pero la de Cristo es la más  pesada, aun así, quisiera estar  de los primeros en esa lista.

En la frescura de la madrugada, una golondrina que acaba de llegar de su largo viaje se mece en un cable anunciando con sus gorjeos la estrenada estación. Por el Camino Viejo sube el pintor de la primavera que de un amarillo intenso pintará con otra mano más a las abulagas que en manchas desperdigadas pueblan el monte dotándolo de coloridos contrastes.

En la ermita, la Abuela juega en la lonja con la Niña mientras que la claridad del nuevo día se deja ver detrás de la agreste silueta de Reguchillo. Santa Ana le reprende a su hija que como niña quiere subir hasta la espadaña a jugar con la campana. Para consolarla, nuestra Patrona le entreteje una corona de estrellas de las más brillantes del firmamento y la Niña agradecida se funde con su madre en un abrazo. En mi sueño, le digo a Santa Ana que se ha dejado olvidada en la bóveda celeste la estrella más brillante, la del lucero del alba -entiendo que este olvido es producto de sus muchos años-. Me siento reconfortado con la cálida y dulce sonrisa que nuestra Abuela me dedica, e inmediatamente recoge el lucero del cielo y se lo entrega a su hija. Al momento, la Virgen Niña se ve envuelta por las ráfagas del resplandor imperecedero que merece y ostenta desde siempre la Madre de Dios.

Fuera de mi ensoñación, en la madrugada del Viernes Santo, veo a la luna madrileña envuelta en un revoltijo de sabanas negras. Mal presagio, y es que la pandemia persiste.

Queridos amigos/as, como soñar no cuesta nada, desde mi tierra adoptiva, en Semana Santa, he recorrido los campos de nuestro pueblo,  sus calles, y cómo no,  he visitado el lugar más sagrado de todos los torrecampeños/as, nuestra ermita. Tenía que hacerlo.

(*) Rabona: Faltar a clase

EL ALMOCAFRE.


 EL ALMOCAFRE.

En los meses de marzo y abril, el almocafre, o “almocafe” como a este instrumento se le conocía en nuestro pueblo, era la herramienta que servía para en el tiempo descrito, escardar los sembrados de las malas hierbas. Dentro del intenso color verde de la campiña mientras se efectuaba este trabajo, resaltaba en el sembrado el blanco de las camisas de los esforzados hombres del campo que encorvados iban con el almocafre aniquilando a las hierbas parásitas de la siembra.
Encorvados, con el brazo de la mano izquierda descansando sobre la entrepierna del mismo remo, era esta la postura correcta que servía para amortiguar el peso del cuerpo y al mismo tiempo darle juego al muelle de la cintura, al mismo tiempo que con la otra mano se sostenía el almocafre que con su picacho de metal iba aporcando el sembrado y liberándolo de las plantas inútiles que habiéndose hospedado en el cultivo, si no se exterminaban llegarían a terminar por asfixiarlo.
Me gustaba este trabajo porque daba tiempo mientras se realizaba a distraerme con las conversaciones de las personas mayores, unos, contando cosas de la guerra, otros soñando con vivir algún día con la misma calidad de vida que las de aquellos países que los emigrantes a su vuelta no paraban de elogiar, pero lo que más me gustaba escuchar eran las anécdotas y vivencias que estas personas contaban. Eran pues estos hombres, sobre todo aquellos que ya pintaban canas, una enciclopedia, y yo, una esponja que me nutria con su sabiduría y conocimientos que me valieron muchos de ellos para desarrollarme en aquél mundo que se me ofrecía a mis quince años.
Una de las anécdotas que yo recuerdo mientras ejercía el trabajo de la “la labra”, -así se le llamaba al trabajo de escardar-, me la contó un hombre realizando este trabajo en plena campiña pernoctando por las noches en un cortijo. Aquél hombre de estatura mediana, corpulento y de cejas muy pobladas se le conocía en nuestro pueblo como Salmerón, no sé si era apodo o apellido, y si memoria no me falla, vivía por La Rinconada o en la Carrera Baja, y para más señas tenía en aquél tiempo un caballo blanco al que cuidaba con esmero. Esta historia se las obsequié en su día a José Alcántara y a Juan Moral que la plasmaron en su libro: “Anécdotas, chascarrillos y otras historias de mesa camilla”, hecho que les agradecí. Libro este muy interesante cuajado de cosas curiosas que acontecieron en nuestro pueblo, y que aprovecho para recomendar su lectura.
Contaba el tal Salmerón, que siendo manijero de una cuadrilla de “pijalandrones” en Mingo López, “Mingalopes”, estando de vará, le robaron el pan de higo de su mochila que su mujer le había echado. Como ninguno de los mozalbetes dijo haberlo hurtado, aquél hombre le sugirió a su peón de confianza que inspeccionase con sigilo las defecaciones de sus compañeros, pues las semillas de los higos son muy delatoras y era la única manera de encontrar al culpable. Y así fue como aquél hombre descubrió al ladrón de pan de higo. Eran aquellos otros tiempos, tiempos en los que los garbanzos en los cortijos nadando en el tinajón se servían en la cena dando borbotones para que los avispados y tragones perdiesen el tiempo soplándole a la cuchara y no diesen así tantos viajes al recipiente donde se aposentaba el potaje, en detrimento de aquellos otros comedidos.
<<¡Niño, daleate pa otro lao en cuantico puedas!>> <<Búscate otro trabajo que no sea el del campo, mira que se pasan muchas fatigas y encima no somos bien miraos en ningún sitio>>, <<Si el trabajo del campo fuese bueno, ya nos lo habrían robado los ricos, y serian ellos los que estuviesen aquí en el tajo, y no los desgraciaos como nosotros>> Frases y consejos como estos los oía yo una y otra vez mientras que con el almocafre iba cercenando las malas hierbas de la siembra, tales como: “granillo oveja, jamalgos, amapoles, nerdos, ballico, paillas y otras,” pero sobre todo la hierba más perjudicial para el sembrado eran las avenas locas, planta que se confundía con las del trigo y la cebada; sólo para los entendidos era identificable porque sus hojas eran un poco más anchas y además tenían pelillos o filamentos. Aquellos que siendo jóvenes sabían distinguir a esta mala hierba, se hacían acreedores de un título que otorgaba la confianza de quienes los contrataban, y créanme que yo obtuve esa diplomatura. Esta planta una vez arrancada no se podía sacudir para quitarle la tierra de su cepellón, sino que se iba amontonando o echándolas en los majanos, pues su simiente que viajaba junto con las raíces, según contaban los más veteranos, valía para varios años.
Y así, en aquella campiña verde en los meses de marzo y abril me iba curtiendo a mis quince años en este menester al tiempo que las hormonas de la pubertad bullían en mi interior, y por este motivo, mis pensamientos solo lo ocupaban mis ya tempraneros escarceos amorosos. El Dúo Dinámico, con su canción: Quince años tiene mi amor, me invitaba a ello.
Aquél tiempo, como el del almocafre, ya es agua pasada. Hoy, he querido hablar de esta herramienta, que como otras muchas, anidarán en muchas cámaras entre el polvo y la herrumbre como la de la foto, cuando deberían de estar expuestas en una sala-museo en nuestro pueblo para que las nuevas generaciones y las futuras, puedan saber para qué se empleaban todas estas herramientas y demás aperos antes de la mecanización de la agricultura. Animo a nuestro Ayuntamiento a llevarlo a cabo antes de que desaparezcan.

QUISIERA ESTAR ALLÍ.

 

QUISIERA ESTAR ALLÍ.

Quisiera estar allí, pero sin estar estaré para acompañar al monte en su tristeza, y al mismo tiempo consolar a los pinos, que dicen, lloran abrazados cuando el viento agita su dolor. Me han dicho que las piedras milenarias de nuestra muralla ciclópea guardan luto silencioso, luto que se mezclará con otros duelos viejos sufridos a lo largo de su historia. Piedras mudas que no quieren manifestar el por qué hoy de su dolor a pesar de los ruegos incesantes del espíritu del Idolillo que salido de la cueva, durante la noche, le pregunta extrañado a la muralla por tanto silencio como impera hoy en el cerro. 

Quisiera estar allí, pero sin estar estaré para sentir la serena y olorosa brisa de la sierra mezclada con los gratificantes perfumes primaverales que envuelven nuestro cerro sagrado el primer domingo de mayo. 

Quisiera estar allí, pero sin estar estaré en la soledad de la ermita, para regalarle a nuestra Patrona, y a su Virgen Niña después de dos años de pregones mudos, este trocito de aquél, el de aquella romería que pregoné hace unos años donde recordaba lo solo que quedaba el monte después de que en procesión, todos, como era costumbre, acompañáramos a nuestra Patrona hasta la iglesia…

… y solo se quedó el cerro, sola se quedó la sierra. Por la noche retumbó el trueno, mientras que el agua regaba la tierra. Agua Virgen pura, agua de los mares, clamaban los romeros al morir la tarde. En la oscura noche, bebió con ansia el sembrado y saciaron su sed los olivos con el agua tan esperada en mayo. Agua de los cielos, no nos desampares, suplicaban los torrecampeños en la procesión a su Patrona. Y el aroma a monte recién duchado con gel de alhucema y mejorana, llegó a impregnar a la ermita, que solitaria estaba en la noche, porque en el cerro, no quedó ni un alma, ni un perro vagabundo, ni un rescoldo en las hogueras, tan solo una mujer, Dolores la Santanera. Se ve luz en su ventana, luz amarilla de una vela, asustada está la mujer, la que es vigía y centinela, le dan miedo los relámpagos, le dan miedo las tormentas, si Santa Ana estuviese allí, miedo ella no tuviera. 

Y el aire perfumado del monte mezclado con el de tierra mojada del olivar y la siembra, bajó raudo por el camino hasta llegar a la iglesia, donde tranquilas dormían la Madre de Dios y la Abuela.

Quisiera estar allí, pero sin estar estaré porque no quiero faltar a tu cita este primer domingo de mayo, una cita tan distinta de otros años, otra vez más huérfana de romeros en el monte, pero no de rezos y cánticos ante tu altar. Desde la distancia te imploro a Ti, y a nuestra Virgen Niña, que ruegues por tu pueblo aquejado e inmerso todavía en esta terrible pandemia. Abraza a todos los torrecampeños/as a los que llamó recientemente tu nieto nuestro Señor a su presencia, que estarán de seguro celebrando junto a Ti en el Cielo, de esa otra eterna romería. 

Siempre cobijado y reconfortado bajo el extenso manto de nuestra Patrona al que me abrigo y beso, os deseo desde la distancia una Feliz Romería con la prudencia que aconseja la situación que estamos atravesando.


miércoles, 10 de marzo de 2021

AQUELLOS HOMBRES DE HONOR.

 


Desde muy pequeño me inculcaron mis padres y mis abuelos a ser un hombre de bien, a comportarme rectamente dentro de la sociedad para no llegar nunca a perjudicar con mi conducta al prójimo, y así, lograr llegar algún día a merecer comentarios como: <<Fulano es un hombre de palabra>> Frase esta muy arraigada antes en nuestro pueblo, o esta otra, <<Su palabra es una escritura>>. Ambas expresiones acuñadas por nuestros antepasados  era el mejor caudal que una persona pudiera poseer, siendo la una y la otra, acepciones cuyo denominador común no es otra cosa más que el de poseer algo tan preciado como el honor.  Todo lo contrario de aquellos pocos a los que en nuestro pueblo se les conocía como <<escopeteaos>>  cuyo significado según “El habla torrecampeña” de José Alcántara, es el siguiente: Persona de malos principios, tiroteao, perseguido por la justicia. 

Recuerdo que estando en la mili,  después de hacer los tres meses de campamento, me destinaron a un regimiento en cuyo cuartel, al entrar a él, me sorprendió leer en uno de los muros la frase siguiente: Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios. Don Pedro Calderón de la Barca.

El honor, hermosa palabra tan menospreciada en los momentos actuales, y tan enaltecida por aquellos que nos sucedieron. Hoy, desgraciadamente impera el deshonor que es sinónimo de infamia, ultraje, e indignidad. Los últimos acontecimientos que estamos viviendo me están dando la razón. Sucesos  como los que difunden los medios, donde jaurías organizadas, quemando el mobiliario urbano a su paso, saqueando establecimientos, y atacando en forma de guerrillas urbanas organizadas a las fuerzas del orden público, es una buena prueba de que el deshonor, el vandalismo,  y el anarquismo, imperan en nuestra sociedad, esta vez,  y esto es lo más grave, auspiciado por algún que otro despojo político que los jalea, cuya única reivindicación es  la de la puesta en libertad de un delincuente condenado por la justicia. Los abuelos de muchos de estos energúmenos estoy seguro  que llegarían a correr delante de los “grises” demandando democracia sin asaltar establecimientos ni quemando todo a su paso, democracia de la que ahora afortunadamente gozamos, aunque para algunos de los que espolean a esta chusma, digan que no es plena.

Si, esta gentuza, este ejército de delincuentes son una gran mayoría de ellos los de la patada en la puerta, los que “okupan” tu vivienda durante los días que estás en tu pueblo, o mientras estás haciendo la compra, y que una vez dentro tienen más derechos que el propietario, derecho hasta destrozar todo el mobiliario y enseres mientras viven a cuerpo de rey gozando de una “paguita”  disfrutando del porro y otros placeres sin trabajar.

Transcribo parte del escrito de  J.M. Jiménez Muñoz con relación a estos hechos:

Y algún día, ya lo veréis, seremos nosotros los alzados. Nosotros, los sumisos. Los callados. Los pagafantas. Los madrugadores. Los mansos. Los que queremos la paz. Los de las dificultades diarias. Los que sostenemos la Hacienda Pública. Los que no vivimos de enredar. Los que no vivimos de enfrentar. Los que somos los que somos gracias a nuestros mayores. Los del esfuerzo personal. Los silenciosos.

Nosotros tomaremos las calles algún día. Y entonces vosotros no seréis nada.

Queridos amigos/as, sabéis que disfruto escribiendo cosas de nuestro pueblo y no metiéndome en temas tan escabrosos como el de hoy, pero pensando en mis nietos, he creído conveniente hacerlo porque quiero para ellos un futuro mejor que el que  esta tropa  promete. En nuestro pueblo, a estos, se les llama, “tropín”.


 

 

sábado, 6 de febrero de 2021

CUANDO LA TORMENTA PASE.


Martes, 26 de enero de 2021

Acabo de levantarme. Observo a través de mi ventana la calle mojada y un cielo encapotado. Aún quedan en algunos sitios vestigios de la nevada; son los restos de los grandes montículos de hielo  que las palas mecánicas fabricaron, pintados ahora por el paso de los días de un gris-estaño que lentamente se  va convirtiendo en  sucias regueras.  Una suave y húmeda brisa mueve el cristal de la ventanilla del cielo empañado de nublos al tiempo que un  rayo  de sol mortecino se cuela por esa abierta rendija y parece saludarme mostrándome un cielo azul que se oculta  casi al instante arropado por el algodón de las nubes que viajan muy rápidas.

Aunque el cielo me haya mostrado temeroso un  retazo  de su bóveda  azul que me invita al optimismo, las noticias sobre la marcha del coronavirus que han difundido hoy los medios al tiempo que desayunaba, pronosticaban un horizonte tan negro y tormentoso como el de la fotografía. En cambio, hoy será para mi otro día más como el de ayer. Otro día más de encierro, mi encierro, de cárcel sin carcelero, de pasillo de muros sin horizonte donde mis pasos al caminar siguen chocando una y otra vez contra la puerta de mi celda. Trato de darme ánimo cuando pienso que disfruto del tercer grado pues puedo salir al exterior, y también que no soy el único recluso, ya que hay miles, millones de presos longevos, cautivos todos por este maldito bicho extrovertido y dicharachero al que lo que más le gusta es presentar su tarjeta de visita en las reuniones, celebraciones, y fiestas, y  esto último, me da pié para acordarme de tantos y tantos festejos como en nuestro pueblo llevamos abortados por la pandemia.

Todos, supongo, tenemos mucha hambre de fiestas, y es lógico que ansiemos celebrar nuestras tradiciones, como también de comunicarnos, de abrazarnos, de besarnos, de volver a la normalidad, por poner un ejemplo, el entrar a nuestra iglesia y que a pesar de que el banco esté completo de feligreses, ellos, apretujados, te hagan un hueco  sin temor al contagio de este virus que nos invade. Esto será un signo inequívoco de que la pandemia ya terminó.

Será entonces cuando podamos celebrar nuestra Semana Santa y darle rienda suelta a nuestro fervor religioso dejándolo vagar en libertad por nuestras calles contemplando nuestros pasos procesionales, oyendo como se rompe el silencio con algún que otro escalofrío de emoción cuando las saetas rasguen el aire embriagado  por el olor a incienso y a nardos. La religiosidad de los creyentes siempre es la misma, pero muy diferente a la actual, ya que otro año más en Semana Santa deberemos recluirnos en nuestros hogares convertidos muchos de ellos por el covid19 en minúsculas parroquias.

Cuando la tormenta acabe celebraremos nuestra romería y con ello se terminará el silencio en el cerro, esa sepulcral extraña y duradera mudez donde las flores habrán llorado nuestra ausencia durante varias primaveras. ¡Qué hambre tenemos de honrar a Santa Ana ese primer domingo de mayo! Se liquidará ese silencio con el estallido de todos los cohetes que no fueron explosionados durante los años que duró la pandemia, junto con los vivas y piropos almacenados  en nuestros corazones durante tanto tiempo: halagos que brotarán de nuestras gargantas y que el viento arrastrará junto con la música, y nubes de pétalos, todo, en honor de nuestra Patrona Santa Ana y nuestra Virgen Niña, al tiempo que la campana de nuestra ermita echará humo de tanto tañer.  Será entonces cuando podamos ver a la familia Alcántara-Cano lucir sus cetros y sus vistosos trajes, ansiosos ellos, que no cansados, porque habrá llegado ése día tan esperado. Ellos, habrán sido los primeros Hermanos Trillizos habidos en la historia de la Cofradía. ¡Animo Paco, y Ana Mari, no desfallezcáis! Me pregunto, si cuando eso llegue, nuestro cerro estará preparado para soportar el peso de tanta gente. No creo que tengan que apuntalarlo, pero estoy seguro de que allí no cabrá un alfiler, porque no faltará nadie, ni ése que acostumbra a irse de puente, pues no creo que tenga “guevos” por decencia y compostura esta vez de ausentarse.

Cuando la tormenta acabe celebraremos nuestra feria en nuestro recién inaugurado ferial, donde sin que nos lo pidan nuestros nietos, los montaremos hasta tres veces más que las acostumbradas en las atracciones por ayudar al gremio feriante tan denostado por la pandemia y del que tantas familias viven de este trabajo en nuestro pueblo. Sí, cuando llegue esa feria tan esperada saldremos en tromba a divertirnos, a pasarlo bien sentados en una terraza tomándonos una cerveza si es que tenemos suerte de encontrar una mesa. He dicho una cerveza, que sean tres, o las que vengan bien, todo sea por celebrar que el bicho ya no esté entre nosotros y por echarle también una mano a los hosteleros  a regularizar sus balances de pérdidas. Faltaría más, aunque… faltar, faltar, sí que faltarán muchos, son los que nos dijeron adiós por el coronavirus, la gran mayoría personas mayores, aquellos que se pasearon en nuestra plaza, se enamoraron allí,  y disfrutaron de nuestra feria en su niñez y adolescencia, tan diferente aquella a las ferias actuales. El año que celebremos la feria por primera vez después de la pandemia, en recuerdo a todos ellos, debería nuestro ayuntamiento traer a la animadora a nuestra plaza, al igual que en aquellos tiempos como homenaje póstumo a estas personas. Yo, si hace falta, pongo el botijo de agua fresca para que alguien pregone: ¡A gorda la ”barrigá”!  

Cuando la tormenta del virus pase, celebraremos todas nuestras fiestas, la de las Migas y Chiscos por San Antón, el Carnaval, San José, San Isidro, La Feria del Barrio de San Juan, la de la Virgen del Carmen en la Fuente Nueva, la de San Miguel,  el Otoño Socio Cultural de la Personas Mayores, y la otra, y la otra fiesta más, y aquella que se me ha olvidado, y la otra…

Torrecampeños/as, lo mejor, mientras la tormenta dure es buscar buen refugio, y pensar que ya nos queda menos para celebrar todas las fiestas reseñadas. Pensemos de manera positiva. Cuidaros.

 

¿ESTAMOS EN GUERRA?

 Escuché más de una vez a mi madre decir que su abuelo, aquél que quedara ciego en la mitad de su vida, estuvo en la Guerra de Cuba. Estoy por asegurar que los padres o los abuelos de este bisabuelo mío sufrirían lo suyo también en la Guerra de la Independencia. Mis padres y mis abuelos padecieron durante tres años las peor de las guerras, la Guerra Civil Española que tanto dolor causó. Repasando la cronología de las guerras en España, no ha habido –corríjanme si me equivoco- ninguna generación que no haya conocido una o más guerras, y es que la guerra, la peor de las desgracias, está ligada a la humanidad desde que existimos.

Alardeaba yo sobre que aquellos que nacimos al poco de terminar la guerra civil nos íbamos a escapar de contienda alguna y que solo recordaríamos las adversidades y penurias de la posguerra, pero no, el destino nos tenía reservado en los últimos años de nuestras vidas esto que estamos viviendo desde hace aproximadamente un año, y que según pronostican los entendidos, no tiene visos de desaparecer de un día para otro. Me estoy refiriendo a esta pandemia que estamos sufriendo, al coronavirus, o al covid19 como se le identificó a este enemigo invisible que habita desde el mes de marzo del pasado año entre nosotros habiendo sembrado desde entonces la muerte y el dolor en decenas de miles de hogares españoles, como asimismo en otros países y continentes. Esto que estamos viviendo es una guerra muy diferente a todas las habidas: La Guerra del Coronavirus.

En todas las guerras, los contrincantes miden sus fuerzas antes de las batallas y casi siempre antes de las confrontaciones mandan emisarios con el fin de encontrar fórmulas para lograr la paz. Este enemigo no admite diálogo alguno, y es más, si intentas acercarte a él te proporciona sin que lo notes una carga vírica que te puede conducir a la muerte, a ti, y a todo aquél que pueda haber estado después en contacto contigo, ya que se reproduce muy fácilmente, y así, de esta manera, este ejército asesino e invisible al multiplicarse, cuenta cada vez con más número de soldados cuya misión es matar.

Hoy, cuando esto escribo, la tercera ola de la pandemia alcanza cifras de contagios y de muertos muy preocupantes. El ejército invisible del maldito bicho se ha hecho más numeroso porque durante un cierto tiempo hemos bajado la guardia ya que muchos de los flancos de nuestras huestes defensivas, en vez de continuar con la lucha, se replegaron, puede que por cansancio o por querer disfrutar de una normalidad engañosa como se ha demostrado. Ahora, estamos sufriendo este tremendo error.

¿Estamos en guerra? Así título este artículo que quiero esclarecer. En todas las guerras hay enemigos y contrincantes, en esta, el enemigo es el bicho, y los contrincantes somos todos los humanos. En todas las guerras se suelen aplicar si es necesario el estado de alarma, y el toque de queda como en estos momentos tenemos establecido. En todas las guerras hay soldados que luchan en la primera línea de fuego, en esta, en las trincheras, está todo el personal sanitario del que disponemos, al que le sigue toda una red de logística, producción y aprovisionamiento, para avituallar al mayor número de soldados que haya tenido nunca ningún ejército, y al que se les ha dado instrucciones de combatir al enemigo con el arma más eficaz con la que hasta ahora contamos, esto es, la de estar enclaustrados dentro de nuestros hogares sin llegar a poder relacionarnos nada más que lo imprescindible con aquellos que no formen parte del núcleo familiar, la mejor manera de combatir a este criminal asesino hasta que nos vacunen.

En todas las guerras siempre hay desertores y traidores. En esta no podían faltar tampoco. En esta ocasión son los negacionistas aquellos que niegan la realidad de esta pandemia, y también los que, alardeando de valientes, mezclándose en fiestas, bailes, y concentraciones, demuestran con su actitud ser unos cobardes desobedeciendo las órdenes y protocolos establecidos favoreciendo con ello al enemigo. A estos,  los llevaba yo durante días, a fregar el suelo de cualquiera de las muchas UCI saturadas de enfermos por el covid para que tomaran conciencia. 

En esta guerra no podemos defendernos con la aviación,  caballería, ni artillería, ni tampoco con nuestra armada. Ahora, somos todos soldados de infantería que dentro de nuestras casas llevando a cabo una disciplina castrense, obedeciendo las normas establecidas, la mejor arma para combatir al bicho, y saliendo al exterior solo lo justo, lograremos doblegar a esta canallesca y microscópica tropa hasta que la vacuna nos inmunice, porque, querámoslo o no, estamos en guerra.

A veces, pienso, que este bicho parece estar teledirigido. Hace poco, al mismo tiempo que se estaban poniendo las primeras vacunas en el Reino Unido, como queriendo reaccionar el bicho ante ello, llegó a mutar, siendo el poder de transmisión de esta nueva cepa mucho más diligente y expansiva en los contagios. Esta nueva rama es la que parece habita ya entre nosotros y la que está elevando la curva de contagios. Algún día, la humanidad sabrá cómo se desarrolló este virus, si fue fruto de la casualidad, o tal vez fabricado. ¿…?      

Ánimo, torrecampeños/as, solo nos queda superar este pico. A medida que avancen los niveles de vacunación podremos ir viendo el final de la luz del túnel. La primavera está también queriendo asomar, y yo con ella a nuestro pueblo.