miércoles, 20 de enero de 2021

VIVIR LA NAVIDAD EN UN HOSPITAL.

 

VIVIR LA NAVIDAD EN UN HOSPITAL.

Una neblina envuelven las anochecidas céntricas calles madrileñas. Algunas diminutas partículas de lluvia chocan contra los cristales de mi coche. El rojo de un semáforo me impide avanzar. A través de la ventanilla, a mi derecha,  pixelado por las gotas, se reflejan los destellos de colores de las luces navideñas en el cristal, y  observo aunque difuminado el edificio del Hospital de la Princesa en la calle Diego de León. Contemplo la luz que irradian muchas de las ventanas donde en cada una de  este viejo mastodonte sé que se estará viviendo la Navidad de forma distinta a lo que muchos de los pacientes y acompañantes deberían tener programado fechas atrás.

Entre la espesa circulación de las primeras horas de la tarde-noche continúo conduciendo y pienso en lo triste que debe de ser vivir unas navidades en un centro hospitalario. Si es duro en cualquier fecha del año, en estas tan entrañables será mucho más doloroso, agravado todo ello por los recuerdos familiares y la sobredosis de nostalgia que eso conlleva. Yo he vivido etapas de paciente y acompañante en hospitales ¿quién a mi edad no?, y cuando ello ha ocurrido, desde la ventana, observaba  a veces el devenir de la gente y el tránsito de vehículos teniendo la aparente convicción de que el dolor de los que allí estábamos seria ajeno a los que dentro de unas horas llegarían a estar en sus hogares disfrutando del calor de la familia. Hoy, pienso que alguno repararía en esto lo mismo que ahora  lo estoy haciendo yo.

Pensando en todo ello, más adelante, casi escondido entre la bruma, como un gigantesco ovni, aparece iluminado el Piruli al que contemplo de soslayo mientras  maniobro para dejar el carril libre y darle paso a una aullante ambulancia a la que veo entrar rauda al poco de adelantarme, en el complejo hospitalario Gregorio Marañón. Nunca quisiera volver a entrar  de nuevo en la sala de espera de urgencias de este hospital, pues si aquella vez sin haber pandemia las ambulancias se sucedían cual si hubiese una guerra, me la imagino cómo estará en estos momentos.

Enfilo la Avenida del Mediterráneo con dirección a casa. Paso por encima de la M-30 que a estas horas es un espectáculo  su contemplación ya que todos sus carriles incluidos los de las vías de servicio están taponados de vehículos con circulación lenta. Al menos seis carriles con un sinfín de luces blancas contrastan con las luces rojas de otros tantos  carriles que marchan en dirección contraria.

Retomo mis primitivos pensamientos y de nuevo penetro en cualquier supuesto hospital en el que no faltará nunca ese paciente solitario huérfano del grato calor humano de la familia, aquél que nunca llegará a percibir  postrado en su lecho la calma afectiva de una caricia,  la de la voz cariñosa del hijo, o la del familiar acompañante. Lástima.

Las cigüeñas que en las proximidades del rio Jarama se refugian al calor de las luces que alumbran la autopista de la A3, me vuelven a la realidad. En cada farola en las proximidades del rio hay una o dos de estas zancudas aves. Antes emigraban, ahora llevan años que no lo hacen.  Según cuentan desde que los niños dejaron de venir de Paris. El cambio climático, tal vez. Todo está cambiando.

Estoy llegando a casa. El Hospital del Sureste aparece iluminado en un altozano cuando dejo la autopista.  Este es el de mis primeros auxilios. Podía contar de él muchas cosas, pero el motivo principal que me ha llevado hoy a escribir acerca de los hospitales es porque quiero que este escrito sirva de aliento a la gente que por circunstancias viven estos días tan entrañables dentro de un centro hospitalario, bien como pacientes o como acompañantes, y de manera muy especial a todos los de nuestro pueblo que pasan en estos momentos por esta situación. Ánimo a todos ellos, todo es cuestión de esperar.

La palabra “esperar” es hoy el vocablo más utilizado. Esperar a que termine la pandemia. Esperar a que el  enfermo se recupere. Esperar a  encontrar trabajo. Esperar para poder abrazar a nuestros seres queridos. Esperar para vivir nuestra romería, nuestra Semana Santa, y nuestra feria Sí, todo será cuestión de esperar. Yo sigo esperando que termine de una vez este año al que ya le quedan pocas horas para poder volver a nuestro pueblo, pero de momento como ahí decimos: Sigue la corta en el olivar.

Felicitación:

A ti que te he entretenido con mis escritos durante este último año, a ti también, al que tal vez te haya aburrido o desencantado con algunos artículos de los que este caduco septuagenario plasma en este portal, a todos, pero sobre todo a toda la buena gente de mi pueblo os deseo de todo corazón un venturoso y Feliz Año Nuevo.

martes, 19 de enero de 2021

ALCAPARRONES CON LA NIEVE



 

ALCAPARRONES CON LA NIEVE.

Alguien dijo: La nieve es un intento de Dios para hacer que el sucio mundo  que habitamos parezca limpio.

A media tarde, a través de mi ventana, vi como caían los primeros copos de nieve mientras reparaba en la gente que transitaba en la calle  presurosa y alborozada dado que este fenómeno meteorológico es muy poco frecuente aquí en  mi tierra adoptiva madrileña. Cuando el manto negro de la noche envolvió a la ciudad, esta, ya estaba arropada con una gruesa sábana de algodón blanco, y en la calle, ahora desierta, muy de tarde en tarde solo transitaba algún que otro arriesgado conductor que en ocasiones dejaba las huellas en diagonal de los neumáticos  en el inmaculado y níveo suelo, propio en este caso por la desobediencia del vehículo al patinar sobre el peligroso y helado pavimento.   

Antes de acostarme observé como la nieve caía con más intensidad. Miré al lechoso cielo que derramaba un sinfín de copos que bailaban en el aire un vals  silencioso antes de abrazarse y solidificarse apretujados después de su caída. Traté de seguir hasta el suelo a más de uno si conseguirlo al mezclarse con otros, lo mismo que ocurre cuando se entrevera la gente  en una estación de metro a las siete de la mañana. Después, sacudí la nieve de los tallos del jazmín torrecampeño que año tras año sobrevive en mi terraza, y me pregunté si resistirá. Creo que sí, es un buen guerrero, pues ha soportado dos danas, una de ellas de pedrisco además de esta pandemia que estamos sufriendo. Esto último no creo que le llegue a afectar, pues vive enclaustrado, y su dueño siguiendo sus consejos, sale muy poco al exterior. Como debe ser.       

Al día siguiente, cuando me asomé afuera, un silencio de camposanto envolvía el barrio. Nadie transitaba por las calles debido a la espesura de la nieve caída  que a esas horas aún continuaba cayendo. La carnicería, y la pastelería que están frente a mi casa permanecían cerradas. Vi luz en uno de los bares y supuse que estarían atendiendo a su clientela por la vereda fabricada de pasos en la nieve hasta llegar hasta allí. El chino haría su agosto  vendiendo pan, pues imaginé que la gente hoy no demandaría  refrescos ni los niños chucherías.

Después de una semana, hoy, las calles se asemejan a una ciudad sitiada que ha sufrido un bombardeo, como las que vemos en las películas. Montones de nieve sucia se acumulan a un lado y a otro de las calzadas y de las aceras. Placas de hielo levantadas del suelo se aglomeran en esos montículos y  parecen a trozos de tabiques como producto de ese supuesto bombardeo. Hay edificios protegidos con cinta policial para no pasar por el peligro de desprendimiento de hielo de los tejados y por los carámbanos que como cuchillos puntiagudos cuelgan de los edificios lo mismo que estalactitas amenazando con caer. La temperatura aquí donde resido, el termómetro ha llegado a marcar  menos 16º. El súper más cercano, cual si hubiese habido una catástrofe nuclear estaba desabastecido el día que fui, pues había estanterías de productos básicos como la leche totalmente desangeladas. Me acordé de esos sacrificados camioneros que durante días han estado en la carretera paralizados por la nieve. Mi máximo reconocimiento siempre a este colectivo.

En situaciones así, no me vendría mal acercarme hasta  nuestro pueblo donde ya florecen los lirios que nos ha mostrado Juan Real. ¡Qué belleza! Pero la nieve, mezclada con las restricciones por la pandemia no aconseja ir hasta allí, y creerme que lo siento, aunque pensándolo bien, siempre hay otra manera de viajar, y no solo con mis recuerdos, como muchas veces hago. Puedo llegar hasta allí a través de los sabores y hasta con los olores. Me explico.

Tengo la buena costumbre cuando estoy en el verano en nuestro pueblo, el encargarle a un profesional y verdadero artesano en el aderezo de los alcaparrones unas garrafas, y de ellas, siempre dejo una hasta llegado el invierno. El final del indulto a este recipiente le llegó hace unos días. Al abrirla, el olor característico del agua de los alcaparrones bañó mi cocina con la fragancia tan peculiar de este fruto, y dio pié este hecho para que cerrando mis ojos  llegara a trasladarme de inmediato hasta nuestro pueblo donde me vi sentado en una terraza disfrutando ante una cerveza y un plato de este fruto en animada charla con  unos amigos en el fresquito de cualquier noche veraniega.

Cuando mis glándulas gustativas saborearon esta exquisitez de fruto tan estival y tan nuestro, ello, me volvió a situar delante de una alcaparrera de las muchas que había asilvestradas en nuestro término, donde en mi ensoñación recordé la grata y placentera fragancia que emanan las flores de esta planta y hasta quise percibir el zumbido de las hacendosas abejas mientras sorbían su néctar.

Hoy, no al fresquito de la noche en una añorada terraza de nuestro pueblo estoy disfrutando de un plato de alcaparrones en mi casa acompañado de mi mujer y de un vino excelente que como consecuencia de sus efluvios, creo que ha sido él y no yo, el culpable de que escribiera hoy esto. Mientras lo hago, en la calle y en los tejados, sigue la nieve caída hace una semana sin derretirse como consecuencia de una temperatura tan gélida que araña la cara.

Al margen de esto, los medios de comunicación se hacen eco de que al bicho le gusta mucho nuestro pueblo y se quiere instalar allí. Dicen, que nuestro alcalde le ha negado el derecho de empadronamiento. Tú, debes de colaborar no permitiendo que entre en tu casa como okupa o se haga vecino tuyo.

Cuidaros mucho.

 


 

EL REGALO A MI NIETO EL DIA DE REYES.

 

EL REGALO A MI NIETO EL DÍA DE REYES.

Cuento.

 Una oliva le narra a mi nieto su historia. Es la cronología de cualquiera de los millones que figuran en el paisaje torrecampeño. Le cuenta además, la difícil situación que atraviesa hoy el olivar.

En la foto, mi nieto Daniel.                                         

Era verano y encontrándonos en el pueblo, a sus diez años, mi nieto Daniel ansiaba desde hacía mucho tiempo llegara el día en el que le mostrase el paisaje torrecampeño tan distinto al madrileño de su tierra natal, y cómo no, el olivar plantado por mí y su bisabuelo del que tanto le había hablado. Hoy, íbamos hasta él a cortarle las varetas. Habíamos madrugado para así disfrutar  de las refrescantes temperaturas mañaneras de los últimos días del mes de agosto.

 Desde que comenzó el viaje y desde la salida del pueblo, por el brillo de sus ojos deduje el entusiasmo que le producía ver todo el paisaje cubierto de olivares que se perdían a lo lejos entre una sucia neblina en el horizonte. Enfrascado en la contemplación de este bosque infinito, solo habló para decirme:

–Abuelo, es como el mar, en el que llega a perderse la vista en el horizonte viendo tanta agua, y aquí, son los olivos los que se juntan en la lejanía  con el cielo.

–Cierto. Alguien lo identificó como un mar de olivos  –le respondí con una sonrisa.

Llegado al olivar dejé el carril alquitranado y me adentré con mi 4x4 en él. Lo aparqué al resguardo del sol  que ya apuntaba a la sombra alargada  de una oliva, y siempre como es mi costumbre mirando a la salida. Después de un rato de trabajo, hicimos un alto para beber agua pues aún era pronto para el bocadillo. Daniel aprendió rápido, ya que al poco de ver como yo cercenaba las varetas de cada uno de los troncos, se atrevió a desvaretar una  y la verdad que lo hizo muy bien, para gozo de este abuelo. 

– Abuelo, ¡qué frondosa es esa oliva! –me dijo  señalando una de tres patas a la que nos dirigíamos a descansar.

– ¡Qué listo y observador eres! –le respondí para agregar después –Sí, es una gran oliva, además era la preferida de mi padre, tu bisabuelo, y quiero confesarte un secreto que debe de quedar entre los dos, y es que esta oliva habla, pero solo a los que llevamos la sangre del que la plantó. Es una oliva mágica, ya lo verás, pues el principal motivo de traerte hoy aquí ha sido para darte a conocer a ella. Ven, sentémonos cerca de su tronco y haz como yo, acaricia sus ramas para que ella nos identifique, y a ti, a partir de ahora.

Mi nieto me miró y por la expresión de su rostro deduje que le estaba gastando una broma. Al instante, después de que tomaros asiento junto a su tronco, recogí con mis dos manos unos tallos de una de las ramas de la exuberante oliva, y cuando observé que mi nieto también hacía lo propio dije:

–Señora oliva, este niño que ves aquí es mi nieto Daniel. Vive en Madrid y aunque distante, sé que vendrá a verte muy a menudo, lo mismo que yo lo vengo haciendo.  

Después de un corto silencio, una voz muy dulce, casi aterciopelada se oyó rompiendo la calma del olivar:

        – ¡Hola, Daniel!, –dijo la oliva.

        Mi nieto dio un respingo y buscó protección acercándose a mí abrazándome por la cintura.

        –No temas Daniel. Es una oliva mágica y con una memoria prodigiosa. Ella, como aquella primera vez conmigo, de seguro, te va contar su historia, escúchala, con ello aprenderás mucho.

La oliva continuó:

Daniel, ¿quieres saber mi nombre? Mi nombre… Pero… ¿qué importa mi identidad?  Sé que mi progenitor, tu bisabuelo, aquel que me dio la vida hace  muchos años se llamaba Francisco, aunque todos  en el pueblo lo conocían cariñosamente como Frasquito. En un hoyo realizado a base de azadón de un metro cúbico hizo mi cuna ayudado por un niño, el que hoy es tu abuelo. Después, dos vástagos verdes con muchas yemas, escogidos de mis antepasados picuales fueron enterrados en aquél foso, y de ellos broté yo, con suerte  en una tierra muy rica en nutrientes y apta para mi desarrollo. Durante mi niñez, recuerdo a Frasquito llevarme agua en los meses de estío para calmar mi sed puesto que mis raíces aún no habían profundizado en la tierra para buscar el jugo necesario para mi sustento; sus caricias arañando la costra cuarteada días después del riego me hacían cosquillas mientras me arropaba con tierra mullida, así hasta que comencé a dar mis primeros frutos y hacerme mayor. Supe que había alcanzado mi mayoría de edad cuando dejaron de llamarme olivilla y empezaron a nombrarme oliva, lo mismo que a mis hermanas que viven a mí alrededor. Así que como oliva se me conoce, y he de decir que me gusta este término y no el de olivo, pues me tengo por una gran señora.

Mi nieto, ahora, parecía más calmado potenciada su calma por la voz melodiosa de la oliva que continuaba con su diálogo.

–Son muchas cosechas las que tengo en mi haber, mis anillos de crecimiento que contabilizo en mis troncos y que no mostraré hasta el día de mi muerte, delatan que soy una oliva veterana, pero aunque las estadísticas me auguren muchas más cosechas, enfermedades que antes no se conocían como la Verticilosis y la Xilella Fastidiosa, pueden acabar con mi vida vegetal en cualquier momento, motivo por el que quiero contarte querido Daniel, lo más importante de mi biografía para dejar constancia de lo  vivido por mí  con el fin de que puedan servir estas mis vivencias a futuras generaciones.

La oliva hizo una pausa para de inmediato proseguir:

–Daniel, mi querido niño,…  continuo diciéndote que me alegraba siempre ver a tu bisabuelo Frasquito  por el olivar, aunque lo que más me molestaba era cuando después de la recogida de la cosecha, este,  me cortaba el pelo, dado que tenía que decirle adiós a muchas de mis ramas, mis hijas; era cuando la afilada hacha de mi progenitor me dejaba semidesnuda de mucha de la espesura habida en mi follaje. Lloraba en el silencio de la noche sintiéndome desprotegida y desarropada, a veces  hasta con tiritera, motivada mi tristeza por las incontables ramas cercenadas por la poda, hasta el punto que echaba de menos a  la lechuza que acostumbraba a posarse en ellas, y que siempre cuando esto sucedía buscaba otro refugio. Pero aquél disgusto no era óbice para que entrara en desánimo, pues pensaba que en primavera debía de procurar esforzarme para generar nuevos y vigorosos vástagos que supliesen a los caducos amputados que arderían a pocos metros de mí, siempre temiendo que el viento cambiase y me chamuscara con sus llamas. Qué guapa me veía, pues aunque parezca ser arrogante y presuntuosa, yo era la oliva más frondosa del olivar, la oliva donde tu bisabuelo Frasquito ponía el hato siempre que venía a trabajar, y yo se lo agradecía procurando darle buena sombra durante sus descansos.

Me gustaba sentir los resoplidos de las bestias bajo mi copa en su bregar removiendo la tierra y enterrando con ello a las malas hierbas mientras que el arado dibujaba un sinfín  de surcos sinuosos en besanas siempre diseñadas por tu bisabuelo. El azadón de mi progenitor cavando mis pies alrededor de mi tronco completaba la primera vuelta de arado. Más tarde, durante el periodo de floración, volvía de nuevo  la segunda vuelta  a la  que se le conocía como bina, con lo que con este trabajo se completaba el ciclo anual de roturar la tierra. Cuando con el azadón Frasquito me tapaba el surco que el arado dejaba en la parte baja de mi tronco, la tierra quedaba uniforme, sin hierbajos, pobre de terrones y casi aplanada, preparada para recibir las últimas lluvias primaverales y soportar los calores del verano. Recuerdo en ocasiones la frescura de la correhuela  que emergía en el olivar después de la bina pintando de campanitas blancas la tierra mientras que los arrullos de las tórtolas mezclado con el canto de cuco  inundaban el olivar. Era precioso, y me siento orgullosa de que la cruz de mi tronco sirviera para que nidos construidos por tórtolas con los pelillos absorbentes de mis raíces, me distrajeran muchos años con la música de sus arrullos mientras duraba la incubación y la cría de los pichones.

A últimos del verano Frasquito nos agasajaba con serones repletos de estiércol transportados con las bestias hasta el olivar, estiércol que era esturreado bajo nuestras copas sirviendo de fertilizante que se transformaba en alimento muy vigorizante cuando el motor primaveral de la savia comenzaba a fluir por nuestros vasos leñosos. Por ese tiempo de verano cuando los días eran ya más cortos Frasquito me cortaba las varetas de mi tronco, varetas que me servían de alguna manera para protegerme del tórrido sol de la canícula del verano, y que una vez despojada de ellas llegaba a refrescarme ya que dejaba de alimentar a estas ramas parásitas que ya no me valían. Después, con las primeras lluvias otoñales, cuando el zorzal y el petirrojo venidos de lejos llegaban a mecerse en mis ramas y el canto de la perdiz retumbaba en las cañadas, Frasquito con un rastrillo allanaba el terreno a toda la circunferencia de mi copa para que cuando madurasen las aceitunas  y algunas cayesen al suelo, lo hicieran en tierra planchada, despojada de hojarasca y guijarros para facilitar su recogida.

Frías mañanas invernales aquellas en tiempo de recolección cuando algunas veces la escarcha pintaba de blanco todas mis hojas e incluso la tierra parecía estar nevada, entonces, el olivar era visitado por más gente. Mujeres y niños sin importarles el frio, recogían las aceitunas maduras caídas en el suelo mientras que los hombres golpeaban mis ramas para que yo soltara los frutos que aún colgaban y que a consecuencia de los golpes mansamente caían en una lona. Debo de ser sincera, me lastimaban aquellos porrazos para desprenderme de las aceitunas, pues eso entrañaba a que muchos de mis tallos cayeran mutilados revueltos entre tantas aceitunas, pero lo tenía asumido, así pues, eran daños colaterales  que conllevaba la recolección. Con el transporte de las aceitunas envasadas en sacos de pita a la almazara a lomos de animales para transformarse en aceite, se terminaba el trabajo de todo un año.     

Después de más de cuarenta cosechas Frasquito, mi progenitor, dejó de visitarme y eso me entristeció, pero afortunadamente le sucedió su hijo, hoy tu abuelo, aquél que desde  niño  le acompañaba y al que educó  la manera tan profesional y cariñosa de tratarme, a mí, al igual que a mis hermanas, a pesar de que algunos años siempre motivados por fenómenos climáticos solíamos parir menos aceitunas. Lamenté que tu abuelo emigrara a otras tierras, pero siempre que volvía y sigue volviendo al pueblo me dedica una visita, detalle que le agradezco.

        El ruido de las ramas al agitarse como consecuencia de una ráfaga de aire detuvo momentáneamente el diálogo de la oliva. Después continuó:

–Querido Daniel, he de decirte que la situación actual del olivar es hoy muy diferente. La transformación habida en la agricultura a lo largo de los años, de todo ello, el balance que puedo hacer es positivo, aunque con algunos matices que reseñaré. Este año, el último de mi vida vegetal cuelga en mis ramas una cosecha importante. Las lluvias otoñales  cambiarán pronto el paisaje del olivar. El color parduzco del liquen seco bajo la superficie de mi copa  que ves ahora se irá transformando poco a poco debido a la humedad a su natural color verde sucio característico que me ayuda a proteger la cubierta vegetal del suelo. El invierno espero que sea muy lluvioso por lo que atesoraré el jugo necesario para una primavera prometedora y cómo no, para el caluroso verano.

Todo fue cambiando poco a poco a lo largo del tiempo. La afilada hacha para la poda fue sustituida hace muchos años por la ruidosa motosierra, y las ramas  de la poda son ahora trituradas o mejor dicho picadas por maquinaria especial para este fin, quedándose en el suelo  el serrín y demás residuos  como materia orgánica protegiendo  con ello la erosión y la humedad del terreno.  La yunta de Frasquito dejó de arar el olivar, y también el tractor que durante muchos años sustituyó a los animales. Se acabó el arar y el remover la tierra cavando los pies de los olivos, y he de señalar que con esta medida la tierra guarda más la humedad para mi sustento, y sobre todo está ayudando mucho a paralizar la erosión.  Echo de menos el estiércol, aunque todos los años distribuyen bajo mi copa abono granulado, pero no es nada comparable con el sabor y la riqueza en  nutrientes de aquellas putrefactas boñigas. El herbicida, un producto que nunca utilizó mi primer progenitor, lo utilizan mis cuidadores solo en el ruedo de cada una de las olivas que formamos mi familia, no así en las calles en las que  dejan crecer la hierba hasta que llegado un momento la desbrozadora da buena cuenta de ella quedando los despojos como abono, otra manera esta de ayudar al abonado y a la paralización de la erosión. La recolección con vibradoras y maquinarias más sofisticadas para derribar el fruto han contribuido a un menor sacrificio de tallos, puesto que las piquetas solo la utilizan para apurar algunas aceitunas que se niegan a caer en  mallas enormes que cubren además de los ruedos, las calles. La recolección ahora empieza en fechas más adelantadas que muchos años atrás, consiguiendo con ello una mayor calidad del aceite obtenido. 

He de decirte que desde siempre he sido y sigo siendo muy observadora, y me entristezco con los comentarios tan preocupantes que oigo últimamente de mis cuidadores, quienes auguran el final del olivar tradicional motivado por el bajo precio del aceite, puesto que no pueden competir con el del cultivo intensivo agravado asimismo por políticas impuestas por la Comunidad Europea en las que se deja importar aceite de otros países cuando aquí somos excedentarios, además de que desde tiempos de tu bisabuelo Frasquito, la agricultura ha sido siempre, y continúa siendo, la cenicienta de España, todo ello hace que yo me encuentre muy angustiada, hasta el punto que temo que mis cuidadores me abandonen. Malos tiempos para nosotras las olivas y para los agricultores que nos cuidan. Yo espero que cuando nuevamente nos veamos, la situación haya cambiado, y el menosprecio hacía la riqueza obtenida de nuestro fruto, el aceite, se vea valorado, ensalzado,  y honrado para que  siga estando presente en todas las mesas.

Nada más querido Daniel, se despide de ti esta humilde oliva con el sabor agridulce del futuro tan incierto que se nos ofrece, para todas las olivas, y la gente que vive del olivar tradicional.

        Mi nieto, ahora, hizo un movimiento tratando con ello de ver de dónde provenía la voz que hablaba sin conseguirlo, momento que aprovechó la oliva para despedirse.

Adiós, querido Daniel, espero verte pronto por aquí otra vez.

Después de que la oliva hablara se hizo un corto silencio que fue roto cuando le dije a mi nieto: 

–Daniel, como has podido escuchar, esta oliva no es una oliva cualquiera. Me han dicho que sus hermanas en asamblea recientemente la han elegido líder para que  fuera ella su representante, la voz de todas las olivas, por lo que ahora en el silencio de la noche se le ha escuchado decir:

<<Amigas, ante la situación tan grave que estamos atravesando, yo alzo mi voz para que desde mi olivar me oigáis no solo vosotras, las olivas de mi comarca, sino en general todas aquellas de nuestra Andalucía. Quiero que os mostréis orgullosas y arrogantes, bizarras y altaneras, nunca serviles ni desvalidas. Que no os vean desfallecer; tan solo,  cuando los grillos os acunen por la noche, entonces, contar a la luna vuestra desgracia, que ella alumbrará vuestras sombras con su farol amarillo, pero hablarle con mucho sigilo cuando el aire se haya calladoOlivas de Jaén, árboles centenarios, cuántas ramas de la paz han enarbolado en vuestro nombre quienes no os regaron con su sudor. Sí, mostraros orgullosas, arrogantes, bizarras, y altaneras para que nos os traten como a viejas madames, como aquellas que viven en las ciudades en barrios miserables, donde las gatas en los tejados pregonan por las noches su encendido celo. Lástima de  olivas de mi Andalucía con sus troncos plagados de cicatrices y hendeduras acumuladas por cada uno de sus centenares partos. Pobres olivas, siempre embaucadas por cortesanos y celestinas, pero nunca traicionadas por aquellos que se esfuerzan por alimentarnos día a día con su sudor logrando mantenernos frescas y lozanas para que cada primavera quedemos preñadas de frutos…>>>

Un ruido parecido a un trueno junto con el de un tropel de caballos  me hizo volver a la realidad. Todo había sido un sueño, interrumpido este por  los molestos e impresentables  vecinos del piso superior de mi vivienda que siguen con la práctica de arrastrar muebles junto con el repiqueteo de tacones durante las horas de descanso. Luego,  meditando el sueño, este que escribe, autor de esta fábula, no tuve por menos que unirme al manifiesto de esta oliva dedicándole estas palabras:

Señora oliva poco cortejada en estos tiempos, yo, admirador tuyo, fiel degustador desde siempre de tu rica esencia, con todo el respeto que me mereces y con el permiso de tu esposo, el olivo, al tiempo que me despido de ti, déjame abrazar tu tronco, pues sé que al sentir mi calor  envolverás con tus verdes ramas al jornalero que tú sabes fui una vez.  

Antero Villar Rosa

Pd. Queridos amigos, he alargado la narración para de alguna forma distraeros del confinamiento voluntario que como consecuencia del covid  estáis llevando a cabo  en nuestro pueblo. No sé si lo habré logrado. Cuidaros.

 


viernes, 25 de diciembre de 2020

SALVAR AL BAR DE TU BARRIO

 

Desde mi tierra adoptiva, en solidaridad con el sector hostelero,  torrecampeño, como asimismo con el pequeño comercio.

Cada uno tiene un bar habitual, bar en el que saben quién eres, no solo Pepe, el dueño del establecimiento, aquél que cada mañana cuando me ve entrar se apresura hacía la máquina del café para prepararme ese largo americano sin azúcar y que al tiempo de darme los buenos días me proporciona el periódico para leer, ese periódico que nadie ha mojado todavía con saliva para pasar página y que huele a tinta de imprenta. El bar de Pepe es un lugar donde también me conocen por mi nombre muchos parroquianos con los que a menudo entablo tertulia.

Suelo tomarme ese café sentado, y allí, a veces, pareciendo como que leo las noticias o algún artículo de algún columnista del diario, de soslayo me gusta estudiar aunque de forma discreta a la gente que entra y sale del establecimiento. Observo muchos días como hay clientes que le cuentan confidencias a Pepe, e intuyo que lo hacen porque necesitan una palabra amiga o algún consejo, como los que me dijeron les da a veces a los que negándoles la última copa aguantan en el bar hasta las tantas de la noche  refugiándose en la bebida, en estos casos son  aquellos que tienen miedo a marcharse y enfrentarse a la realidad en sus desestructurados hogares. En definitiva, Pepe es el desahogo de las penas y el confidente de muchos.

El bar de Pepe es ese lugar entrañable donde cuando hay partido te permite vociferar al árbitro y soltar algún que otro exabrupto cosa que no haces en tu casa. Lugar este donde te sientes seguro y en el que hasta conoces donde está la llave de la luz en el servicio, y en el que cuando entras a él te sorprendes de  las barbaridades y obscenidades nuevas con las que han vuelto a pintarrajear sus paredes  que el bueno de Pepe tratará de borrar como tantas veces, aunque luego se noten los refregones descoloridos de la pintura.

Hay muchos bares como el de Pepe que desde el mes de marzo notarán la falta a la hora del café a clientes como este que escribe porque dejamos de ir por culpa del maldito coronavirus. También echará de menos a aquél señor muy mayor, alto y enjuto, vestido siempre con traje a lo Arturo Fernández, con bastón de Antonio Gala y sombrero de Leonard Cohen, el que siempre al caminar lo hace sujeto por el brazo de su asistenta, sentándose ambos   después en un rincón del bar para desayunar y a los que Pepe, al tiempo de serviles los cafés, le facilita a este señor una servilleta con la que se abrocha el cuello para no mancharse a la hora de mojar en la taza su croissant.

Este bicho del coronavirus ha cambiado nuestros hábitos, sobre todo a las personas que por nuestra edad somos más vulnerables al covid, y no es porque en el bar de Pepe no se cumplan los protocolos establecidos, sino porque los mayores somos estadísticamente un potencial de riesgo. Ahora, el café lo tomo en casa, pero día tras día echo de menos esa tertulia con los amigos y sobre todo la gentileza de Pepe.

Sé que Pepe como todos los de su gremio lo están pasando muy mal, hasta el punto que los pocos ahorros que presumiblemente dispondrían ya los habrán gastado, viéndose muchos en la necesidad de haber tenido que pedir un préstamo al banco para hacer frente a los gastos fijos que tienen que soportar, tales como: autónomos, luz, agua, teléfono, alquiler, impuestos, y paro de contar.

Yo no quiero que el bar de Pepe eche el cierre, lo mismo que tú tampoco quieres que desaparezca ese que tú acostumbras a ir en nuestro pueblo, el mismo posiblemente que yo frecuento cuando allí estoy, ni tampoco quieres que eche el cierre el restaurante donde alguna vez que otra vas a comer con tu mujer.

He pensado que tal vez, si Pepe aceptara, le compraría un vale para veinte o treinta cafés para cuando esto del coronavirus pase. Si cunde el ejemplo contando que al menos serán doscientos o más clientes los que frecuentábamos su local de forma acostumbrada, les ayudaríamos a solventarle su situación hasta que pasen estos meses y vuelva todo a la normalidad con la vacuna.

Los bares, qué lugares, tan gratos para conversar. Así dice la letra de la canción de Gabinete Galigari.

El escenario de este escrito ha sido el de un bar, pero podía haber sido el de muchos comercios de nuestro pueblo que están en crisis también por la pandemia. Ayudémoslos. Seamos solidarios.

RECUERDOS DEL CAMINO DE LA ESTACIÓN.

 

Aquél año, habiéndose ya despedido las pocas atracciones de feria del descampado de lo que hoy es la calle Pintor Manuel Moral, los chiquillos teníamos que buscarnos otro entretenimiento y no el de merodear de día por entre los cachivaches y las casetas de turrón contemplando a veces como con nuestro griterío despertábamos a algún que otro feriante, como el que dormía en el suelo escondido bajo la sombra de los caballicos, el que cuando esto ocurría salía tras de nosotros vociferando por haberle alterado el sueño. Había pues que agenciarnos otra forma de entretenernos como era la de buscar nidos de tórtola en los olivares más próximos al pueblo.

Mordisqueando una manzana de aquellas no muy voluminosas de color blanquecino que decían que eran del rio, salí de casa en busca de mis amigos. (Con relación a estas manzanas muy sabrosas que se cultivaban en las huertas del rio Guadalbullón, he de añadir que eran de temporada, las únicas que por aquél entonces se comercializaban durante el año, al menos en nuestro pueblo. Luego, en mi adolescencia, empezaron a llegar a los mercados en todos tiempos para asombro de los mayores, manzanas de la variedad golden, a las que en nuestro pueblo las bautizamos como peros), pero volvamos a la calle.

Al llegar al Camino de la Estación ya iba acompañado por mis amigos: Pepe Mena, y  Manuel Rubio, el Parejo. Paulino, el hijo del guardia civil Fernando que estaba jugando en la elevada explanada del cuartel donde ahora está el colegio Príncipe Felipe, quiso unirse a nosotros pero alegó que teníamos que esperarlo, así que para ello subimos una de las dos escalinatas de izquierda y derecha que daban acceso al cuartel y nos dispusimos a hacer tiempo cobijados bajo la sombra de uno de los dos árboles que adornaban la terraza, siempre, bajo la atenta mirada del bueno del guardia Ortega que hacía el servicio de puertas. A Paulino lo vimos salir de una de las viviendas en bajo ubicadas en el patio empedrado del interior del cuartel e inmediatamente nos dirigimos avenida abajo revueltos entre la gente que iban a esperar la llegada del tren correo.

Dejamos a nuestra izquierda las vagonetas de alquitranar del contratista Capiscol que sin ningún orden establecido reposaban entre hierbajos secos en el descampado de la “tiladora” término torrecampeño que identificaba el paraje, ya que en su día existió allí una destiladora-. Al fondo, a lo lejos, se divisaba el yugo y las flechas entre un paisaje de rastrojos barbechos y alguna que otra era. La casa de don Manuel Pulgar, el médico, se erigía distanciada de la avenida y se accedía a ella mediante un corto camino enlosado. Un anuncio de Nitrato de Chile colgaba en la edificación colindante propiedad de don Salvador el practicante y pareciera como que el caballo y el jinete que figuraban en el poster estuviesen siempre observando al taller mecánico existente en la acera de enfrente, como también a la casa de Juan Moral (el zorro) el padre de mi amigo Antonio Tomasico .

Dos vacas subían la avenida a marcha lenta  bajo la atenta mirada siempre de su amo en busca del abrevadero de Los Caños sembrando a su paso de blandas boñigas la calzada del Camino de la Estación. El chalé de Juanito Valderrama ejemplo de modernidad, sobresalía entre todos los inmuebles de alrededor arropado en uno de sus lados por la casa de Vicentito. La solitaria casa de Lola y Pablo, -los de las vacas-  le hacía de escolta al chalé en la esquina de enfrente casi siempre adornada esta por la ropa lavada puesta al sol que las mujeres tendían en  la hierba ahora seca en los solares linderos.

Al cruzar la carretera, en el margen derecho aparecían algunas edificaciones de reciente construcción situadas frente donde hoy está la gasolinera. El resto, casi todo era campo. Descendiendo con dirección a la estación, en el ala izquierda surgía un complejo amurallado a lo que se le conocía como El Saladero. Lo componía la vivienda de la familia Martínez, sus amplios jardines, el matadero de cerdos, las salas de despiece y elaboración de embutidos, además del establecimiento al público por el que se acedia desde el Camino de la Estación por una puerta que colindaba con una verja del referido jardín. Las veces que entré a comprar a este establecimiento acompañado por mi madre, recuerdo un pasillo largo y una sala con un mostrador de azulejos blancos, todo bañado por el aroma propio de las chacinas.

El molino de aceite de la Cooperativa Santa Ana  veía día tras día como algunas edificaciones en calles transversales de reciente diseño se iban aproximando a la almazara. Aún faltarían algunos años para que Pedro Pancorbo, el que fuera encargado de esta entidad, hoy jubilado, plantara los pinos dentro de su recinto. Pinos que algunos aún perduran y que estoy seguro habrán mecido a cientos de millares de pájaros que acostumbraban al anochecer buscar refugio entre sus ramas sin importarles a veces cuando el viento arreciaba en noches de invierno el ruido de su desoladora música de silbidos.

Dejado atrás El Saladero, aparecía un terreno que limitaba con un arroyuelo seco que provenía desde Los Puentecillos en el que sobresalía un manzano que para el mes de junio cuando las manzanas no eran más gordas que un madroño ya dábamos buena cuenta de ellas los chiquillos atentos siempre al dueño, manzanas a las que llamábamos perillos enanos, también existía un árbol pequeño que daba fuera de época moras muy sabrosas y que después de muchos años estoy por asegurar que no era otra cosa que frambuesas. La casa de reciente construcción de Antonio Perete aparecía solitaria alejada al otro extremo del arroyuelo en medio del campo antes de llegar a la estación.

Llegado a la estación, esperando la llegada del tren correo había un nutrido grupo de personas entre las que destacaban algunas madres que esperaban ansiosas la llegada del hijo que venía licenciado o con algunos días de permiso. No estaba bien visto en aquél tiempo que las novias fuesen a esperar al novio en la estación. Allí no faltaba Gregorio el peatón (El Patón) empleado de Correos que con su valija al hombro esperaba a que los ambulantes desde el vagón le entregaran la correspondencia. Tampoco faltaba Cabeso, el que fuera el pionero del transporte en patín. Este hombre vivía en una miserable casilla en condiciones infrahumanas lindando con la pared del molino de don Damián en la explanada del ferial donde jugaban al fútbol los equipos El Rayo Azul y El Calavera.

El jefe de la estación a golpe de campana anunció la pronta llegada del convoy que ya se sentía silbar a lo lejos. Mi amigo Manolo, El Parejo, se hizo de un alambre y fabricó con él algo parecido a unas gafas y lo depositó en uno de los raíles entre los gritos  de la gente que le alertaban del peligro ya que el tren se estaba aproximando.  Cuando el tren inició de nuevo la marcha y se internó en el túnel entre una humareda de vapor, Manolo recogió el alambre ahora aplastado del grosor de una hoja de papel y los cuatro amigos cruzamos la vía camino de los olivares del Caballico en busca de nidos de tórtola, nidos que después de descubrirlos los dejábamos para otro día volver y ver como crecían los pichones.

Nada más amigos. He querido dibujar con mis palabras una buena parte del Camino de la Estación, el que fue escenario de mi infancia.   

Antero Villar Rosa

Pd. Los apodos los menciono de forma cariñosa sin ninguna acritud, y sobre todo bañados con mi más profundo respeto.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

EL CUADRO DE NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO

 

Puede que fuese en el año cincuenta y cinco o cincuenta y seis, pero qué importa que yo tuviese en aquél tiempo siete, que ocho años, lo cierto es que en nuestra memoria  todos  coleccionamos recuerdos y escenas vividas que sin  pretenderlo, a veces,  de manera involuntaria se proyectan en nuestra mente porque en su día quedaron grabadas y guardadas en el desván donde atesoramos nuestras evocaciones como la que paso a relatar.

Sé que estaba jugando en la calle, lo hacía en compañía de mi amigo Joaquín mientras mi madre y la suya hablaban en animada charla a pocos metros de nosotros cuando desde la esquina de la calle del Camino de la Estación un hombre nos llamó a voces solicitando que fuésemos hasta él. Lo hicimos acompañados de nuestras madres. Al llegar,  vimos recostados en un poste de la luz que había en la esquina citada, varios bultos embalados en papel de envolver todos ellos muy bien abrochados con cuerda de bramante. Aquél señor que nos requirió,  por su indumentaria era fácilmente identificable con cualquier viajante, pues el traje y la corbata que vestía era el propio de estos señores que en mis tiempos iban visitando los comercios. No eran las horas de la llegada del correo, por lo que deduje más adelante que  aquél forastero arribaría a nuestro pueblo en los coches de Ureña, cuya parada estaba entonces frente al hotel.  

Aquél señor del traje y corbata se dirigió a nuestras madres para pedirles permiso para que les ayudásemos a llevar parte de aquellos bultos hasta la iglesia de nuestro pueblo a cambio de una propina. Nuestras madres no pusieron reparos por lo que el viajante cogió el envoltorio más voluminoso que a juzgar por la desenvoltura que lo aprehendió supuse que era el que menos pesaba, Joaquín, mi amigo, el que le seguía por orden de dimensión, pues era unos años mayor que yo, y en mi caso el que parecía más liviano de los tres paquetes, pero a pesar de tocarme a mí el que pareciera el de menos  volumen, creo que me endilgaron el más pesado ya que las cuerdas de aquél paquete se hundían en la tierna carne de mis manos puesto que a intervalos tenía que parar para descansar, así hasta llegar a la sacristía de la iglesia.

Dos reales en una moneda de aquellas de agujero,  le dio a mi amigo Joaquín, y a mí solo un real en tres monedas, dos perras gordas y una perrilla por llevar uno de aquellos paquetes que según le dijo el tacaño viajante o comerciante a Don Federico, contenían el cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, el que cuelga en los muros de nuestra parroquia. 

A lo largo de mi dilatada vida he vivido situaciones de peligro de las que siempre he salido airoso, y cuando ello me ha sucedido, la imagen del Perpetuo Socorro ha aparecido siempre en mi mente situándome delante de ella en nuestra iglesia en el sitio donde ha reposado muchos años, casi al final de la nave parroquial y próxima a la puerta de la sacristía. Ahora, desde hace un tiempo se encuentra  no muy distante de la también venerada imagen de la Virgen de los Dolores y la del Cristo yacente del Santo Entierro.

En mi alcoba, cuelga un pequeño icono de la Virgen María que por su estilo bizantino se asemeja a la del Perpetuo Socorro, regalo de la familia bielorrusa de la niña que durante muchos veranos años la tuvimos acogida en nuestro hogar. Estando visitando yo y mi esposa ese país al poco de la caída del muro, pernoctando en casa de los padres de esta niña, un día fuimos a por agua a una fuente que nacía en los márgenes del rio Dnieper, muy caudaloso por cierto,  donde allí a pocos metros de la citada fuente existía una pequeña edificación en forma de galería que pareciera adentrarse en el corazón de unas peñas. Su entrada estaba flanqueada por una verja de la que sobresalía una cadena oxidada al igual que su candado, lo que denotaba un abandono más que palpable. Detrás  de la reja aparecía  una puerta cerrada y desvencijada la que daba acceso  a la gruta, por lo que sintiéndome curioso  por saber que se escondía allí pregunté y me dijeron muy discretamente, casi entre dientes en su idioma, que dentro de aquella bóveda se veneraba a la Virgen María por la religión cristiana y no la ortodoxa que es la religión mayoritaria que se practica allí. Los abedules que pueblan todo ese país no podían faltar alrededor de aquella ermita. Era a principio del mes de mayo y estos árboles ya aparecían con las botonaduras de las primeras hojas a punto de eclosionar, por lo que la savia ya circulaba por sus ramas, y pude apreciar que perfiles de metal en forma de uve incrustados en sus troncos iban recogiendo la savia que se iba derramando gota a gota en  recipientes de plástico que colgaba del metal. Me dijeron que aquella esencia que derramaban los abedules cercanos a aquella gruta tenía poderes milagrosos.

Volviendo al cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de nuestra parroquia me gustaría saber la fecha en el que está inventariado. Un día se lo preguntaré a nuestro párroco Don Pedro, solo por asegurarme de que los bultos que llevamos  mi amigo Joaquín y yo contenían la tan venerada imagen junto con sus ornamentos dorados del contorno del cuadro.

Joaquín Mena, mi amigo de la infancia, años más tarde emigró a Bilbao y no ha vuelto a nuestro pueblo nada más que en contadas ocasiones, pero sé que la vida siempre le ha sonreído, y yo, la verdad, tampoco me he podido quejar.   

La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.

Antero Villar Rosa

 

 

 

 

ESTELAS DEL PASADO

 


Año 1956

Es media mañana. Los ecos del que vendía las tortas de la confitería que a veces se mezclaban  con el de los churros –tallos calientes- ya se han apagado. Llego a la plaza y me acerco hasta el quiosco del Torero donde un grupo de niños de mi edad hojean tebeos. Me cuesta una perra gorda leer el último ejemplar salido del Capitán Trueno.

Nunca se me dio muy bien saltar los baluartes o “pinetes” que adornaban los muros que circundaban una parte de la plaza, en cambio a Pablo Villar y a su hermano Keko, los hijos del empleado del Banco Central, el del bigote,  son unos acróbatas, pues van saltando junto con otros chavales cada uno de los chirimbolos sin importarles el peligro que ello conlleva.

Es domingo. La gente se agolpa en uno de los laterales de la plaza para ver a unos novios que se dirigen a la iglesia para casarse. Delante, va la novia del brazo del padrino, detrás, lo hace el novio y la madrina, a los que les siguen todo un séquito de gente de las dos familias mientras las campanas redoblan a fiesta por ser domingo.

Hay músicos uniformados con sus instrumentos que se mezclan entre el bullicio de la plaza y van poco a poco dirigiéndose  hacía un espacio establecido donde todos los domingos ofrecen un concierto. Ya sentados frente a sus atriles esperan la indicación del maestro Pedro Benito Pancorbo para iniciar la función. Juanito González, el Ito va indicando a la gente con los dedos y poniéndose rígido, que son dos las personas fallecidas hoy en el pueblo. Después, se sitúa cerca del maestro de música, y  allí permanecerá con una trompetica de juguete en las manos hasta que suene la última partitura. El pasodoble Amparito Roca,  así como El Gato Montés, son muy aplaudidos por la concurrencia. El color negro de la vestimenta de las mujeres mayores y el de los galones del mismo color que lucen muchos hombres en las mangas de las chaquetas de “ballico”, más las  chalinas del mismo color que cuelgan en sus cuellos, se confunden ahora con la gama de colores vivos que visten los chiquillos que han salido del cine de la función de la mañana y se mezclan entre el gentío.

En una pared cercana a la confitería, la cartelera del cine Risán anuncia para el matiné una de tantas películas del oeste de Bob Steele, en torrecampeño,  Boteles, y para la noche, Scaramouche, de Stewart Granges. Merodeo junto con algunos amigos por los aledaños del cine para ver si podemos conseguir un prospecto de esta película. De nuevo las campanas de la iglesia voltean a la salida de los recién casados. Ahora, los novios del “bracete” se dirigen a la casa donde se celebrará el refresco junto con los invitados a la ceremonia.

De regreso a casa me paro en el herradero donde Eduardo y su hijo Pedro, ayudado por otro empleado, tratan de herrar a un mulo cerril al que por seguridad para evitar alguna coz le tienen amarradas las patas. Me gustaba ver con la maestría que clavaba los clavos en los cascos de las caballerías Eduardo, y como con aquél instrumento cortante sacaba virutas  de las pezuñas del animal hasta reducirlas antes de ponerles las herraduras.

Vuelvo a la plaza por la tarde, lo hago junto con algunos de los amigos del barrio. Dos borrachos van hablando entre ellos dando bandazos de un lado a otro de la avenida. A veces tienen que parar y sujetarse en algunos de los árboles de “bolicas” (en botánica cinamomos) del Camino de la Estación. Uno de mis amigos, Bastián, q.e.p.d., les reprende a voces con gritos de ¡paloma, paloma! que significaba en mis tiempos: borracho, a lo que no tardamos en sumarnos los demás. Uno de los beodos nos dice que nos da una peseta si dejamos de llamarlos paloma. Mi amigo, el agitador, coge la peseta e intenta quedársela para él, pero su hermano Diego Rubio de manera terminante le ordena repartir el botín entre los cuatro que formamos el grupo en el que también se encuentra Juanito Peragón, que asimismo nos dejó hace muchos años. Tocamos a real. Ya tenemos para ayudar a la entrada del cine a la primera función. ¡Qué golfos y gamberros éramos!

La fuente o mejor dicho Los Caños que estaban mirando siempre al Camino de la Estación caen cada uno de los chorros en su desagüe. Es extraño que no haya nadie como es habitual llenando cántaros. El agua se pierde en el abrevadero donde un hombre da de beber a una yunta de mulas. Juan Diego riega los boneteros de Los Jardinillos y algunas incipientes macollas de dompedros que antes de la feria abrirán sus flores al atardecer de cada tarde. Mañana este conocido empleado del ayuntamiento llevará en un carrillo de mano dos recipientes de aluminio llenos de agua a los colegios del Caminillo para la leche en polvo que tomamos todos los días.

En los banco de la plaza y en los poyetes hay algunas personas en animada charla. Un hombre subido en su caballería pasa por la puerta de La Peña donde hay tertulianos bajo un toldo color amarillento que se sostiene con puntales de metal anclados en la plaza. Están sentados alrededor de veladores a un lado a otro de la calle. La mula, al pasar por el pasillo entre ellos, suelta una buena ración de olorosas boñigas (en torrecampeño cajoneras) que van desperdigándose al paso lento de su caminar. Uno de los tertulianos que luce un traje adornado con un pañuelo blanco en el bolsillo de la chaqueta se levanta e increpa con voces destempladas al de la caballería. Este, vuelve con gesto serio la cabeza hacía el que vocifera pero no dice nada. Cuando deja de hacerlo y mira para la calle Las Cruces lo hace con una sonrisa que le llega de oreja a oreja. Un orondo municipal que se encuentra sentado en una silla en la puerta del ayuntamiento se levanta y se encamina para ver qué sucede. Al levantarse muestra el ancho cinturón de su uniforme escondido antes cuando estaba sentado por su abultada barriga. Al poco vuelve a su silla y de forma parsimoniosa lía un cigarrillo.  

Tengo un puñado de prospectos de cine para jugar a las bolas en las inmediaciones del cine, o cambiar los repetidos. Mis amigos y yo nos dirigimos hasta allí. Al cabo de un rato de estar jugando un chiquillo grita de manera desaforada que van a salir los bautizos de la iglesia. Todos los chiquillos que estábamos jugando salimos corriendo en tromba. Cuando sale la madrina con el primer niño en brazos envuelto en su faldón, todos los chavales a una sola voz gritamos “!arroña, arroña, arroña!”. El padrino ya preparado echa mano a sus bolsillos y lanza al aire varios puñados de monedas, todas perras gordas y perrillas que entre empujones y alguna pelea que otra vamos recogiendo. Al padrino que no lo haga, oirá a coro “!engorruñio, engorruñio!”.

Estoy contento, el dinero para ir al cine, lo tengo asegurado, pero he de pedir permiso a mis padres para la primera función. Mis padres acceden a cambio de que al día siguiente después del colegio debo de ir a la fuente a por dos cántaros de agua.

Empujones, codazos y algún que otro golpe para entrar en el gallinero. Mientras gritamos <<que lo echen ya>, una espesa niebla reina en el cine por el humo del tabaco. El Nodo se ve difuso y Joaquín desde la sala de proyección tiene que mandar a voces que se abran las ventanas del gallinero.

Cuando salgo del cine los “mosicos y mosicas” que daban vueltas y más vueltas en la plaza ya se marcharon. Algunos de ellos/as se habrán enamorado hoy.  Años más tarde  -creo que prematuramente-, cuando las hormonas de la pubertad de manera inexorable se agitaron en mí ser, yo, como tantos otros, también utilicé las viejas y heredadas técnicas de la seducción dando vueltas en nuestra plaza. Claro que aquello, como todo lo que narro en este escrito, eran otros tiempos

Antero Villar Rosa