miércoles, 25 de noviembre de 2020

EL CUADRO DE NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO

 

Puede que fuese en el año cincuenta y cinco o cincuenta y seis, pero qué importa que yo tuviese en aquél tiempo siete, que ocho años, lo cierto es que en nuestra memoria  todos  coleccionamos recuerdos y escenas vividas que sin  pretenderlo, a veces,  de manera involuntaria se proyectan en nuestra mente porque en su día quedaron grabadas y guardadas en el desván donde atesoramos nuestras evocaciones como la que paso a relatar.

Sé que estaba jugando en la calle, lo hacía en compañía de mi amigo Joaquín mientras mi madre y la suya hablaban en animada charla a pocos metros de nosotros cuando desde la esquina de la calle del Camino de la Estación un hombre nos llamó a voces solicitando que fuésemos hasta él. Lo hicimos acompañados de nuestras madres. Al llegar,  vimos recostados en un poste de la luz que había en la esquina citada, varios bultos embalados en papel de envolver todos ellos muy bien abrochados con cuerda de bramante. Aquél señor que nos requirió,  por su indumentaria era fácilmente identificable con cualquier viajante, pues el traje y la corbata que vestía era el propio de estos señores que en mis tiempos iban visitando los comercios. No eran las horas de la llegada del correo, por lo que deduje más adelante que  aquél forastero arribaría a nuestro pueblo en los coches de Ureña, cuya parada estaba entonces frente al hotel.  

Aquél señor del traje y corbata se dirigió a nuestras madres para pedirles permiso para que les ayudásemos a llevar parte de aquellos bultos hasta la iglesia de nuestro pueblo a cambio de una propina. Nuestras madres no pusieron reparos por lo que el viajante cogió el envoltorio más voluminoso que a juzgar por la desenvoltura que lo aprehendió supuse que era el que menos pesaba, Joaquín, mi amigo, el que le seguía por orden de dimensión, pues era unos años mayor que yo, y en mi caso el que parecía más liviano de los tres paquetes, pero a pesar de tocarme a mí el que pareciera el de menos  volumen, creo que me endilgaron el más pesado ya que las cuerdas de aquél paquete se hundían en la tierna carne de mis manos puesto que a intervalos tenía que parar para descansar, así hasta llegar a la sacristía de la iglesia.

Dos reales en una moneda de aquellas de agujero,  le dio a mi amigo Joaquín, y a mí solo un real en tres monedas, dos perras gordas y una perrilla por llevar uno de aquellos paquetes que según le dijo el tacaño viajante o comerciante a Don Federico, contenían el cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, el que cuelga en los muros de nuestra parroquia. 

A lo largo de mi dilatada vida he vivido situaciones de peligro de las que siempre he salido airoso, y cuando ello me ha sucedido, la imagen del Perpetuo Socorro ha aparecido siempre en mi mente situándome delante de ella en nuestra iglesia en el sitio donde ha reposado muchos años, casi al final de la nave parroquial y próxima a la puerta de la sacristía. Ahora, desde hace un tiempo se encuentra  no muy distante de la también venerada imagen de la Virgen de los Dolores y la del Cristo yacente del Santo Entierro.

En mi alcoba, cuelga un pequeño icono de la Virgen María que por su estilo bizantino se asemeja a la del Perpetuo Socorro, regalo de la familia bielorrusa de la niña que durante muchos veranos años la tuvimos acogida en nuestro hogar. Estando visitando yo y mi esposa ese país al poco de la caída del muro, pernoctando en casa de los padres de esta niña, un día fuimos a por agua a una fuente que nacía en los márgenes del rio Dnieper, muy caudaloso por cierto,  donde allí a pocos metros de la citada fuente existía una pequeña edificación en forma de galería que pareciera adentrarse en el corazón de unas peñas. Su entrada estaba flanqueada por una verja de la que sobresalía una cadena oxidada al igual que su candado, lo que denotaba un abandono más que palpable. Detrás  de la reja aparecía  una puerta cerrada y desvencijada la que daba acceso  a la gruta, por lo que sintiéndome curioso  por saber que se escondía allí pregunté y me dijeron muy discretamente, casi entre dientes en su idioma, que dentro de aquella bóveda se veneraba a la Virgen María por la religión cristiana y no la ortodoxa que es la religión mayoritaria que se practica allí. Los abedules que pueblan todo ese país no podían faltar alrededor de aquella ermita. Era a principio del mes de mayo y estos árboles ya aparecían con las botonaduras de las primeras hojas a punto de eclosionar, por lo que la savia ya circulaba por sus ramas, y pude apreciar que perfiles de metal en forma de uve incrustados en sus troncos iban recogiendo la savia que se iba derramando gota a gota en  recipientes de plástico que colgaba del metal. Me dijeron que aquella esencia que derramaban los abedules cercanos a aquella gruta tenía poderes milagrosos.

Volviendo al cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de nuestra parroquia me gustaría saber la fecha en el que está inventariado. Un día se lo preguntaré a nuestro párroco Don Pedro, solo por asegurarme de que los bultos que llevamos  mi amigo Joaquín y yo contenían la tan venerada imagen junto con sus ornamentos dorados del contorno del cuadro.

Joaquín Mena, mi amigo de la infancia, años más tarde emigró a Bilbao y no ha vuelto a nuestro pueblo nada más que en contadas ocasiones, pero sé que la vida siempre le ha sonreído, y yo, la verdad, tampoco me he podido quejar.   

La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.

Antero Villar Rosa

 

 

 

 

ESTELAS DEL PASADO

 


Año 1956

Es media mañana. Los ecos del que vendía las tortas de la confitería que a veces se mezclaban  con el de los churros –tallos calientes- ya se han apagado. Llego a la plaza y me acerco hasta el quiosco del Torero donde un grupo de niños de mi edad hojean tebeos. Me cuesta una perra gorda leer el último ejemplar salido del Capitán Trueno.

Nunca se me dio muy bien saltar los baluartes o “pinetes” que adornaban los muros que circundaban una parte de la plaza, en cambio a Pablo Villar y a su hermano Keko, los hijos del empleado del Banco Central, el del bigote,  son unos acróbatas, pues van saltando junto con otros chavales cada uno de los chirimbolos sin importarles el peligro que ello conlleva.

Es domingo. La gente se agolpa en uno de los laterales de la plaza para ver a unos novios que se dirigen a la iglesia para casarse. Delante, va la novia del brazo del padrino, detrás, lo hace el novio y la madrina, a los que les siguen todo un séquito de gente de las dos familias mientras las campanas redoblan a fiesta por ser domingo.

Hay músicos uniformados con sus instrumentos que se mezclan entre el bullicio de la plaza y van poco a poco dirigiéndose  hacía un espacio establecido donde todos los domingos ofrecen un concierto. Ya sentados frente a sus atriles esperan la indicación del maestro Pedro Benito Pancorbo para iniciar la función. Juanito González, el Ito va indicando a la gente con los dedos y poniéndose rígido, que son dos las personas fallecidas hoy en el pueblo. Después, se sitúa cerca del maestro de música, y  allí permanecerá con una trompetica de juguete en las manos hasta que suene la última partitura. El pasodoble Amparito Roca,  así como El Gato Montés, son muy aplaudidos por la concurrencia. El color negro de la vestimenta de las mujeres mayores y el de los galones del mismo color que lucen muchos hombres en las mangas de las chaquetas de “ballico”, más las  chalinas del mismo color que cuelgan en sus cuellos, se confunden ahora con la gama de colores vivos que visten los chiquillos que han salido del cine de la función de la mañana y se mezclan entre el gentío.

En una pared cercana a la confitería, la cartelera del cine Risán anuncia para el matiné una de tantas películas del oeste de Bob Steele, en torrecampeño,  Boteles, y para la noche, Scaramouche, de Stewart Granges. Merodeo junto con algunos amigos por los aledaños del cine para ver si podemos conseguir un prospecto de esta película. De nuevo las campanas de la iglesia voltean a la salida de los recién casados. Ahora, los novios del “bracete” se dirigen a la casa donde se celebrará el refresco junto con los invitados a la ceremonia.

De regreso a casa me paro en el herradero donde Eduardo y su hijo Pedro, ayudado por otro empleado, tratan de herrar a un mulo cerril al que por seguridad para evitar alguna coz le tienen amarradas las patas. Me gustaba ver con la maestría que clavaba los clavos en los cascos de las caballerías Eduardo, y como con aquél instrumento cortante sacaba virutas  de las pezuñas del animal hasta reducirlas antes de ponerles las herraduras.

Vuelvo a la plaza por la tarde, lo hago junto con algunos de los amigos del barrio. Dos borrachos van hablando entre ellos dando bandazos de un lado a otro de la avenida. A veces tienen que parar y sujetarse en algunos de los árboles de “bolicas” (en botánica cinamomos) del Camino de la Estación. Uno de mis amigos, Bastián, q.e.p.d., les reprende a voces con gritos de ¡paloma, paloma! que significaba en mis tiempos: borracho, a lo que no tardamos en sumarnos los demás. Uno de los beodos nos dice que nos da una peseta si dejamos de llamarlos paloma. Mi amigo, el agitador, coge la peseta e intenta quedársela para él, pero su hermano Diego Rubio de manera terminante le ordena repartir el botín entre los cuatro que formamos el grupo en el que también se encuentra Juanito Peragón, que asimismo nos dejó hace muchos años. Tocamos a real. Ya tenemos para ayudar a la entrada del cine a la primera función. ¡Qué golfos y gamberros éramos!

La fuente o mejor dicho Los Caños que estaban mirando siempre al Camino de la Estación caen cada uno de los chorros en su desagüe. Es extraño que no haya nadie como es habitual llenando cántaros. El agua se pierde en el abrevadero donde un hombre da de beber a una yunta de mulas. Juan Diego riega los boneteros de Los Jardinillos y algunas incipientes macollas de dompedros que antes de la feria abrirán sus flores al atardecer de cada tarde. Mañana este conocido empleado del ayuntamiento llevará en un carrillo de mano dos recipientes de aluminio llenos de agua a los colegios del Caminillo para la leche en polvo que tomamos todos los días.

En los banco de la plaza y en los poyetes hay algunas personas en animada charla. Un hombre subido en su caballería pasa por la puerta de La Peña donde hay tertulianos bajo un toldo color amarillento que se sostiene con puntales de metal anclados en la plaza. Están sentados alrededor de veladores a un lado a otro de la calle. La mula, al pasar por el pasillo entre ellos, suelta una buena ración de olorosas boñigas (en torrecampeño cajoneras) que van desperdigándose al paso lento de su caminar. Uno de los tertulianos que luce un traje adornado con un pañuelo blanco en el bolsillo de la chaqueta se levanta e increpa con voces destempladas al de la caballería. Este, vuelve con gesto serio la cabeza hacía el que vocifera pero no dice nada. Cuando deja de hacerlo y mira para la calle Las Cruces lo hace con una sonrisa que le llega de oreja a oreja. Un orondo municipal que se encuentra sentado en una silla en la puerta del ayuntamiento se levanta y se encamina para ver qué sucede. Al levantarse muestra el ancho cinturón de su uniforme escondido antes cuando estaba sentado por su abultada barriga. Al poco vuelve a su silla y de forma parsimoniosa lía un cigarrillo.  

Tengo un puñado de prospectos de cine para jugar a las bolas en las inmediaciones del cine, o cambiar los repetidos. Mis amigos y yo nos dirigimos hasta allí. Al cabo de un rato de estar jugando un chiquillo grita de manera desaforada que van a salir los bautizos de la iglesia. Todos los chiquillos que estábamos jugando salimos corriendo en tromba. Cuando sale la madrina con el primer niño en brazos envuelto en su faldón, todos los chavales a una sola voz gritamos “!arroña, arroña, arroña!”. El padrino ya preparado echa mano a sus bolsillos y lanza al aire varios puñados de monedas, todas perras gordas y perrillas que entre empujones y alguna pelea que otra vamos recogiendo. Al padrino que no lo haga, oirá a coro “!engorruñio, engorruñio!”.

Estoy contento, el dinero para ir al cine, lo tengo asegurado, pero he de pedir permiso a mis padres para la primera función. Mis padres acceden a cambio de que al día siguiente después del colegio debo de ir a la fuente a por dos cántaros de agua.

Empujones, codazos y algún que otro golpe para entrar en el gallinero. Mientras gritamos <<que lo echen ya>, una espesa niebla reina en el cine por el humo del tabaco. El Nodo se ve difuso y Joaquín desde la sala de proyección tiene que mandar a voces que se abran las ventanas del gallinero.

Cuando salgo del cine los “mosicos y mosicas” que daban vueltas y más vueltas en la plaza ya se marcharon. Algunos de ellos/as se habrán enamorado hoy.  Años más tarde  -creo que prematuramente-, cuando las hormonas de la pubertad de manera inexorable se agitaron en mí ser, yo, como tantos otros, también utilicé las viejas y heredadas técnicas de la seducción dando vueltas en nuestra plaza. Claro que aquello, como todo lo que narro en este escrito, eran otros tiempos

Antero Villar Rosa

jueves, 29 de octubre de 2020

YA LLEGA LA FERIA

 

¡Ya llega la feria! Venga, que ya están aquí las casetas del turrón; los primeros feriantes anunciadores de nuestras fiestas ya han llegado con su goloso pero duro y pétreo Primitivo Picó, envuelto todo con el aroma a  tabla de carpintería. Ya está aquí también el del Chupetón de la Tonta, con su espeso bigote, más poblado su penacho que el año anterior. Las escopetas si el año pasado las tenía amañadas para el lado izquierdo este año las tendrá preparadas al lado contrario, así que habrá que estar atentos para derribar el palillo.

Los conejos en los corrales presagian su triste destino como los presos de la milla verde. Sus pellejos colgarán al sol esperando a la gitana que se los llevará al trueque de unas agujas de coser mientras las avispas y moscas dan buena cuenta de ellos. Al igual que en el cine Callao de Madrid, cuelgan carteles de pintura en los balcones de la plaza con los protagonistas, anunciando la película que se proyectará en el cine Paseo. ¡Vamos que llega la feria! 

En las eras no hay descanso, se trilla, se ablenta y se envasa con mucha ansiedad el grano contando las fanegas a golpe de cuartilla, cada cuatro, una fanega. Los sacos de grano se amontonan en los alrededores del almacén de trigo esperando ser pesados mientras personas mayores hacen guardia custodiándolos. Las mujeres ya han comprado los melocotones para el ponche. Hay en las azoteas vasijas al sol rebosantes de pajón donde maduran las alcaparras y alcaparrones, mientras que los “blanqueores”  siguen encalando las casas de sol a sol.

¡Ya ha llegado la feria! Cohetes, música, procesión, y campanas al vuelo. Hay un olor penetrante a tierra mojada producido por Juan Diego que riega en Los Jardinillos mientras los chiquillos gritan ¡Juan Diego riega y aquí no llega! Los dompedros y boneteros agradecen el refresco mientras los peces de colores se confunden con los azulejos de la fuente. En la plaza hay carrera de cintas. Antes, en los Puentecillos ha habido concurso de tiro al plato. Como todos los años el premio ha sido para el de Rependa. Los de las “voladoras” descamisados ellos, de torsos achicharrados por incontables ferias,  ponen a punto las barcas contando los sacos de arena que les servirán de contrapeso. El retratista con el caballito de cartón ya ha llegado a la posada.

¡Venga que ha llegado la feria! ¡Qué rica la cerveza tomada en jarrilla! ¡Simón, dadnos un saquillo de patatas fritas! ¡Que rica  tomada bajo palio en el Testarazo, o en casa de Bernardo! ¡Lástima que sea nada más que de feria en feria! Hay guapas mujeres luciendo moñas en el pelo y vestidos de estreno. Los jazmines en los patios cada atardecer, donan su cosecha en pos de su belleza.  La plaza está a rebosar. ¡A gorda la barrigá! Así pregonan el agua para el que quiera saciar su sed en porrón. Otros se refrescan con los helados el Chache ¡Que ricos! Hay música en la plaza… ¡Coño, la animadora…! ¡Música…! ¡Chunda, chunda, pom, pom, pom! Pero… ¡Jo…! ¡Vaya, me había quedado dormido! ¡Que sueño más dulce! Pero sigue el chunda, chunda, y el  pom, pom pom…

Esta música persiste enlatada en mi subconsciente martilleando mi cerebro hasta después de mi regreso a Madrid. Es la que otro año más, estoy seguro, “disfrutaré” sin ser partícipe a escasa distancia de los del botellón. Otro año más ellos, los jóvenes, estarán divirtiéndose a su manera. Esta es otra feria, la feria de ahora que alguien escribirá  dentro de muchos años contando esto del botellón y los más, el color de los paraguas playeros y la paella del chiringuito. Pero yo a pesar de todo, seguiré volviendo como ave migratoria cada feria a mi pueblo, ellos se lo pierden.


MI VISITA A LA ERMITA EN NOCHEBUENA.

 

(Es difícil estando en Madrid visitar la ermita la misma Noche Buena, pero como soñar es gratis, lo haré hoy, pocos días antes de Navidad, imaginándome en mi sueño que estoy viviendo la realidad en esa noche, utilizando para ello la fantasía que nos sobra a los abuelos en estas fechas tan entrañables.

Mi visita la haré al morir la tarde para poder ver desde el cerro entre nublos bermellones el encendido del crepúsculo, y de cómo lentamente estos, irán siendo devorados por las sombras de la noche. Después, internado en la ermita disfrutaré del silencio que produce la paz en ese sagrado lugar. Allí estaré hasta después de que mi mente que no mis labios haya estado un buen rato en comunicación con Ellas a través de la oración. ¡Qué silencio disfrutaré!,… es tanto el que reinará dentro  que creeré percibir hasta el sonido de mi alma, alimentada y reconfortada esta por el espíritu navideño en esta noche de amor y de paz. 

Después, he salido al atrio de la ermita cuando es noche cerrada. Sigo con mi ensoñación y veo desde allí el centelleo de las luces de mi pueblo a mis pies, y el titilar de las estrellas en la techumbre del cielo en la fría noche navideña, en la que un gajo de luna en forma de daga curvada, pende arrecida en el firmamento desarropada de su sábana amarilla que le arrastra por su áureo y decadente halo pajizo.

Pero mi mejor sueño esa noche será ver desde la lonja de la ermita a mi pueblo difuso  entre la espesura de la niebla, o entre las brumas de continuas cortinas de lluvia, y así poder oler la paz del monte empapado de agua, y de  regreso,  quisiera reparar como el viento entre la oscuras sombras, zarandea a los árboles, a las nogueras y a los olivos, solitarios ellos en el Llano de Santa Ana, mientras que los pinos del cerro entonan en la oscura noche extraños silbidos en su bambolear, que interpretaré como villancicos serranos. 

Ya en el pueblo, observo un trasiego inusitado de gentes y vehículos, y es que dentro de poco será la hora de la cena, y las familias ya se preparan para reunirse. Hijos que cenan en casa de los padres, padres que cenarán en casa de sus hijos, y así, abuelos y nietos, todos juntos unos y otros, se disponen a celebrar la Noche Buena.

No quiero despertar de este sueño sin antes haber paseado por las calles de mi  pueblo cuyas preciosas luces navideñas con sus coloridos y dibujos alegóricos sirven como estimulante a todos los torrecampeños/as para alimentar su estado de ánimo con la alegría, la felicidad y cómo no, la nostalgia de muchos como yo al recordar aquella nuestra niñez licenciada.

Un fuerte petardo explosiona cerca de mí y me devuelve a la realidad. Esto no estaba previsto.   

Queridos amigos y amigas, después de haber visitado la noche de Nochebuena en la ermita de nuestro pueblo  a la Madre de Dios y a su Abuela, y haber paseado por nuestro pueblo, aunque en sueños, creerme que me siento muy reconfortado.      

Con estas ensoñaciones navideñas tan nuestras, que de haber podido estar ahí las hubiese hecho realidad, aprovecho para desearos desde la distancia a todos los torrecampeños y torrecampeñas  una, ¡Feliz Navidad!

miércoles, 28 de octubre de 2020

LA CARRETERA


 

Mi reconocimiento y gratitud a toda la gente de la carretera, y en especial a los camioneros, engranaje esencial  para nuestro bienestar demostrado en esta pandemia.

Llueve y está mojada la carretera, qué largo es el camino que larga espera, así empieza la canción de Julio Iglesias titulada La Carretera. Hoy, escuchando la letra tan evocadora de esta canción, mi imaginación ha volado en el tiempo recordando pasajes y vivencias de tantos viajes como habré hecho a lo largo de cincuenta y dos años a nuestro pueblo.

Recién llegado a Madrid tenía dos posibilidades de viajar hasta Torredelcampo, una era en tren, con  salida a las 11,45 de la noche y llegada a las nueve de la mañana. La otra manera de viajar hasta allí era en autobús, en La Pava, cuyos garajes estaban en el barrio de Delicias, en la calle Palos de Moguer. Puntuales siempre a la hora de la salida pero informales con la hora de llegada puesto que a partir de la localidad de Ocaña se terminaba la  autovía existente transformándose la Nacional IV a partir de este punto en carretera de una sola dirección, por lo que  había que armarse de paciencia ya que en el mejor de los casos las seis o más horas de viaje estaban siempre aseguradas.

Pero había otra manera de desplazarse que descubrí con el tiempo y que os cuento. En los aledaños de la estación de Atocha había un bar que dicho sea de paso su estampa desde fuera no invitaba a pasar. Era un cuchitril mugriento con los fogones ennegrecidos y una plancha con costras de rancias grasas en la que casi siempre andaban chamuscándose algún chorizo, morcilla o alguna que otra salchicha para atender el apetito de una clientela poco exigente, casi siempre viajeros que pululaban por las inmediaciones de la estación con un estómago poco sibarita y un tanto menos escrupuloso. Y allí en su interior, entre el humo del tabaco y el de los fogones nada más acomodarme en la barra  con el bolso en la mano porque en suelo no se podía dejar por la cantidad de desperdicios existentes, no tardaba en acercarse cojeando un hombre con aspecto de indigente que de soslayo me preguntaba el destino de mi viaje. Con la taza de café en mi mano y de forma muy discreta le respondía que quería ir a Torredelcampo. 

-Tiene usted suerte amigo -me contestaba con mucho sigilo aquellas veces que no tenía que esperar- hay uno que es de Jaén  que le va a llevar hasta su pueblo. Está a la vuelta de esta calle en un Seat 1500 y al que solo le falta un viajero. Sígame usted distanciado a unos metros de mí y le llevo hasta donde está aparcado.

Todo esto lo hacía con mucha cautela ya que la policía secreta siempre merodeaba por allí pues era delito el hacerle la competencia a la Renfe, y este individuo según me contaron estaba fichado por reincidente.

Después de darle los cinco duros de rigor que reclamaba con descaro por su trabajo a aquél sujeto de mala catadura, frase que recuerdo de los tebeos de Roberto Alcazar y Pedrín, me internaba en el coche. A partir de aquella primera vez, casi siempre mis viajes para ver a mi familia y a la novia lo hacía utilizando este medio a últimas horas de la tarde, así que la mayoría de las veces   era noche cerrada al pasar por Aranjuez y ya  el silencio imperaba dentro del vehículo invitando a dar alguna que otra cabezada. Siempre eran taxistas que venidos desde la provincia a Madrid con alguna familia, aprovechaban para llevarse de regreso algún pasajero.

Kilómetros pasando pensando en ella, ¡qué noche que silencio, si ella supiera! Las luces de los coches que van pasando, el ruido de camiones acelerando. No hay gente por la calle y está lloviendo, los pueblos del camino ya están durmiendo. Los bares a estas horas están cerrando, hoteles de parejas siempre esperando.

La letra de la canción de Julio Iglesias vuelve a proyectar en mi memoria momentos de aquellos viajes. Uno de ellos, en pleno invierno, poco antes de llegar a Despeñaperros, una niebla muy espesa hizo  que nos detuviésemos de madrugada en un restaurante de carretera. Recuerdo que en el local había muchos camioneros que al igual que nosotros no se atrevían a penetrar en la enmarañada y serpenteante carretera que se prolongaba a partir de ahora durante kilómetros, de doble circulación, con curvas sinuosas,  cuestas pronunciadas, pendientes de tobogán, y además con una niebla muy densa y meona. Pasado un rato, uno de aquellos aguerridos camioneros, dijo que emprendía viaje. El conductor de mi vehículo mandó montarnos a todos en el coche ya que según él, aunque lentamente, el camión nos abriría camino siguiendo detrás de él hasta pasar Despeñaperros.

Y así fue como aquella noche cruzamos este famoso paso montañoso. Después, Antonio, el taxista, al llegar a La Carolina se desvió para llevar a una familia que nos acompañaba hasta una pedanía cerca de Úbeda, y para que la letra de la canción se haga cierta, nos detuvimos durante el trayecto para dar paso a un tren largo y lento que nos cruzó el paso.

Cuando llegamos a Torredelcampo, nuestro pueblo todavía dormía, esta vez al son de los acordes de la  relajante música de las canales.  

Os preguntareis quién era el taxista de aquella noche y os diré que se llamaba y se llama Antonio, al que no quiero identificarlo por el apodo. Este hombre hoy, de edad avanzada, conocía y conocerá al dedillo donde vivimos cada uno de los torrecampeños en Madrid, y  hablo en presente porque todavía está lúcido. Hace poco, al cabo de mucho tiempo le llamé. Quería saber de él, del hombre siempre servicial que antes de tener yo coche me llevaba al pueblo a ver a la novia y a la familia, y después en muchas ocasiones acompañado de mi esposa y de mis hijas siendo estas pequeñas. Cuando regresábamos, recuerdo que su maletero llegaba a convertirse en una  despensa de avíos que la familia nos proporcionaba. Siempre, y sin ningún reproche por su parte, había hueco para la garrafa de aceitunas y las cajas de aceite.

También cabían en su coche nuestros suspiros a la hora de dejar el pueblo, y esto, creerme,  pesaba más que todo el equipaje.

sábado, 19 de septiembre de 2020

PASAJES DE AQUÉL MADRID DE LOS AÑOS SESENTA

 Ahora, cuando algún joven se marcha lejos de nuestro pueblo a trabajar a alguna ciudad, bien porque lo hubieran destinado como funcionario o porque hubiese encontrado en ella un trabajo estable, lo primero que suele hacer es en una primera avanzadilla  visitar la ciudad de destino para buscar un piso alquilado o bien utilizando su red de amistades una vivienda compartida con personas afines. Me parece estupendo, pero antes, en los años sesenta la cosa era diferente.

Entonces, la maleta de madera o de cartón delataba en Madrid al venido de provincias. Lléveme a una pensión, (pensión que la mayoría de la veces era provisional hasta encontrar una “patrona” más asequible) era la frase más repetida a los taxistas que en la estación de Atocha esperaban a los trenes que venidos de Andalucía descargaban su abigarrada carga humana repletos de gentes buscando un futuro mejor. Había que estar muy atentos ante tantos carteristas, timadores, y descuideros que pululaban por los andenes y en el hall de la estación, donde estos sinvergüenzas se valían de la ingenuidad de los pueblerinos robándolos o timándolos.

La picaresca del taxista dando vueltas por varias manzanas hasta llegar a la pensión para aumentar el contador de la carrera, era otra forma de aprovecharse del recién llegado. En la calle de Atocha y sus aledañas, así como en el barrio de Tirso de Molina y Antón Martín, abundaban las pensiones. En la fachada de todas ellas un cartel de porcelana blanco con letras de color negro anunciaban el establecimiento como este que cito a modo de ejemplo: Casa de Huéspedes Amparo. Piso tercero. Sólo huéspedes estables. Las persianas alicantinas de tablillas de color verde en los balcones y ventanas,  destacaban sobre el sucio de las fachadas de estos barrios antiguos que hacían añorar a viajeros nostálgicos, al pueblo blanco andaluz que dejaron atrás.

Algunas de estas pensiones disponían de toda una planta del edificio con pisos comunicados. Los precios variaban dependiendo si la habitación era individual, o compartida con  dos o más inquilinos que incluía además una ducha gratis a la semana y a cinco duros las restantes.  Aquellas casas de huéspedes solían oler a cocido muchos días, inundando con el olor a berza la escalera comunitaria para por la noche el caldo del mismo transformarse en una sopa olorosa de fideos con hierbabuena. A la hora de la cena, en el comedor, allí se podía ver entre otros a aquél que fuera oficial de notaria ya jubilado desde hace años que no tenía más familia que la amistad con la “señá” Amparo dueña de la pensión. Al sereno, gallego este, que uniformado salía disparado nada más terminar la cena a realizar su ronda. Al viajante cántabro de conservas de pescado, al matrimonio valenciano rentistas de pisos que siempre hablaban entre ellos sobre el trabajo que les costaba cobrarles el alquiler a sus arrendatarios. Allí estaba también el viejo actor de teatro de papeles irrelevantes venido a menos, que decían que debía no sé cuantos meses a la señá Amparo y que le recitaba el Tenorio de Zorrilla a la chica que con cofia y mandil blanco servía las mesas, y tantos personajes extraños que acompañados por las vinagreras y el salero cenábamos solos cada uno en nuestras mesas mirándonos unos a otros de soslayo. Qué tristeza envuelve a todo mí ser cuando ahora observo a alguien cenando solo. 

El periódico Ya en la sección de ofertas de trabajo dedicaba todos los días varias páginas ofreciendo empleos, la mayoría de ellos solicitando mano de obra para la construcción y también de las más variopintas profesiones, ayudando al recién llegado a buscar un puesto de trabajo de manera rápida.

La vida en aquél Madrid de los años sesenta, de camisas blancas de tergal, prenda muy de moda en los hombres, de autobuses atestados, donde en las horas puntas la gente iba hacinada en ellos pareciendo querer derramarse los viajeros sobre el asfalto dado que las puertas permanecían abiertas durante su recorrido. El  rancio y espeso olor de entonces del metro donde la gente andaba deprisa y a veces corriendo por sus intrincadas galerías desde primeras horas de la madrugada en busca de su puesto de trabajo. Los letreros en los vagones: Prohibido escupir, y Asiento destinado a caballeros mutilados, siguen perdurando en mi memoria como todo lo narrado, recuerdos que colecciono en mi mente en un álbum de estampas viejas desgastadas por el paso de los años, todas ellas en blanco y negro de un tiempo pasado en  aquél Madrid de los años sesenta.  

Bueno, os dejo, pues tengo que escribir a mi novia y también a mis padres para contarles cosas como estas que hoy os he contado.

Ja, ja, ja,… Ya quisiera yo volver al Madrid de entonces, donde para comunicarme con mi novia y con mi familia lo más común era escribirles una carta. ¿Cuántas cosas como estas que hoy os he contado les explicaría yo a ellos a través de aquellas cartas diarias?

LAS CASAS DE NUESTROS MAYORES

 


No hay calle en nuestro pueblo que no tenga, una, dos, o más casas viejas cerradas. Algunas, mantienen un cartel de “Se vende” ya descolorido por el paso del tiempo, mientras que el polvo en sus puertas y ventanas, así como  la falta de cal o pintura en sus fachadas, denotan   un abandono más que palpable.

Fueron algunas de ellas las casas donde vivieron nuestros padres y abuelos, las mismas en las que vinimos al mundo muchos de los que ya andamos echando cosas en la maleta para cuando nos llamen. Casas estas llenas de vida hace setenta, ochenta o más años y que hoy estamos dejando morir no solo su estructura, sino la historia familiar que encierran cada una de ellas.

Fueron viviendas construidas sin permisos ni licencias, ni dibujadas por delineantes o arquitectos, pues la idea sobre el diseño la ponía el dueño al albañil en base a sus necesidades, y este, utilizando la materia prima existente para la construcción en aquellos tiempos que eran piedras, ripios, y yeso, edificaba la casa. ¿Cuántas viviendas fueron construidas con el yeso elaborado en Los Hornillos? La herida profunda en la pequeña colina sigue siendo testigo palpable del barrenado habido hace años en sus entrañas. La llegada novedosa del cemento conocido al principio en nuestro pueblo como “porla” (de Portland) sustituyó al yeso. Recuerdo las casas de quienes “emporlaban” la planta baja sustituyendo al tradicional empedrado con yeso derretido, ser visitadas por un rosario de gentes, sobre todo mujeres, que iban a comprobar lo “lisico” que quedaba el suelo, lo que ayudaba a la hora de barrerlo y de fregarlo.    

Ahí siguen estando esas casas, algunas ruinosas que fueron en su día reflejos de alegrías incontables y cómo no, de infinitas tristezas que anidarán todavía en  sus viejos muros esperando que alguien vaya a despertar a estos sentimientos, aunque para muchos, presumo, que todo lo que hay dentro de  ellas sea ya memoria perdida.

Casas de pajar en la cámara, con piquera que desembocaba en los pesebres. De graneros tabicados donde reposaba la cebada para las bestias y otras semillas cosechadas. Cámaras algunas que todavía albergarán utensilios de labranza como horcas, “viergos” y zarandas que colgarán en sus paredes o en alguna viga de madera. Desvanes estos, donde en sus rincones, entre las telarañas, seguro que reposarán viejas cántaras de metal y ánforas repletas, no de aceite, pero sí de recuerdos. Todo este bagaje de utensilios estoy seguro que echarán de menos al niño que subía temeroso durante la cena a por un melón por encargo de su padre, y que estando allí huía aterrado por las figuras aleatorias que dibujaban las sombras en la pared cuando algún objeto colgante se bamboleaba ante la menor brisa de aire.    

Habitaciones las de estas viejas y desvencijadas casas donde seguirá  estando en alguna de ellas todavía la veterana cama de los abuelos, aquella de hierro con relucientes perinolas doradas, y que ahora,  motivado por la herrumbre, ya no se verá reflejado en su metal el cuadro de grandes dimensiones con la foto en blanco y negro de los antepasados de ellos, fotografía que estará  más que difuminada por el paso del tiempo a pesar de seguir guarecida en un cristal, hoy presumiblemente deslucido con picaduras irisadas que seguirá donde siempre,  colgado en la pared haciendo guardia a la vieja cómoda.

 Hogares los que describo que quisieran seguir manteniendo el olor a viejas lumbres de palos de olivos que crepitaban en el fuego en el invierno entre el murmullo de los hervores de su savia que se derramaba por el liso corte producido por el hacha. Muros y paredes los de estas casas hoy  agonizantes que fueron empapados hace años por espesos y rancios sabores a morcillas y chorizos en aquellas matanzas añoradas, y que hoy olerán a humedad y a aire viciado. Casas estas, muchas de ellas bañadas hace tiempo a las puertas del otoño por el aroma a matalahúga, mezclándose  a veces este olor con el de los tomates de la huerta que eran triturados para la conserva.

Hogares estos donde nacieron niños que castigados sus padres a no tener libros de recetas de cocina, tuvieron  la fortuna de jugar sin juguetes en la calle hasta bien entrada la noche. Las voces de sus madres llamándolos a gritos para acostarse me parece haberlas oído hoy cuando entrando con sigilo en mi ensoñación a una casa como las que describo, me he encontrado en un puchero de barro estos recuerdos que comparto contigo, recuerdos todos de un pasado feliz vividos por mí en un pueblo llamado Torredelcampo, en el que aún me parece seguir jugando con mis amigos, aquellos  que en la calle pasábamos las horas,  Amaral.