miércoles, 7 de enero de 2015

EL "ARREMATE" NAVIDEÑO

Se acabó la Navidad otro año más, la fiesta de Año Nuevo y también la de Reyes. Es hora de recoger el árbol, las luces, las bolas y todos los adornos navideños y llevarlos al trastero hasta el año siguiente. Hoy cuando esto escribo es el día en el que han despertado los niños con la ilusión de encontrar los juguetes a pié de cama o en el salón. Ilusión que sólo les durará unas horas, después abandonaran ese juguete de plástico para distraerse con el que desde primera hora todos los días vienen jugando, utilizando para ello los pulgares de sus manos; me refiero a los de tecnología punta como la tableta y el smartphone.  
Atrás quedó también otro año más el sorteo de Navidad y el del Niño, donde la ilusión de los mayores quedó truncada otra vez, para volver la siguiente Navidad a jugar de nuevo, a pesar de que ahora se prometa que este año ha sido el último.
Ahora, se volverá a la rutina diaria. Se acabaron los días de vacaciones para aquellos pocos afortunados que en Navidad descansaron, y volverá el centro de Madrid a recobrar la tranquilidad que no la calma, pues aunque apretados ahora en los días navideños se podía al fin y al cabo andar por sus calles viendo las sonrisas dibujadas en los rostros de los pequeños sorprendidos por tantas luces y tanto colorido. Pronto estarán aquí los del “manisfestródomo” los de atajar la calle que no pase nadie que cantábamos los chiquillos de nuestro pueblo, y te tendrás que dar la vuelta para no verte envuelto de seguro en la revuelta. Veo a Madrid desde lejos cubierto con una boina negra de polución. No quiere llover y las heladas se suceden unas con otras haciendo bueno aquello que decía aquél de mis tiempos los días de frío como ahora: ¡Que se fastidien los ricos, que ahora todos tenemos frigorífico!  
Es la hora de apurar los restos de estos días de excesos. Siempre queda alguna botella con tres dedos de vino; la que descorchaste y ya no te acuerdas en qué comida la abriste. Han sido tantas. Estoy por asegurar que en todas las neveras queda aún algún que otro langostino, que aunque hayan perdido la vistosidad y el colorido del día que se compraron, habrá que dar buena cuenta de ellos. La niña mayor dirá que no quiere pues están un poco secos y hasta su olor no es bueno. La madre en cambio le reprimirá y los reservará para el abuelo; el que nunca se queja y siempre anda diciendo que en sus tiempos no los podía comer. Hace días apuró un resto de almejas, -lo que otros llaman chirlas- que llevaban chuchurridas varios días en un rincón del frigorífico y recordó mientras las chupaba más que las comía lo que siempre le repetía a la abuela: <<No me pongas almejas, pues me engañas a mi y también al perro>>
Son estos días después de Navidad los del arremate pero ya sin pandereta ni villacincos. Pero siempre quedará algo en las casas que no podremos nunca apurar y que durará una larga temporada, me estoy refiriendo a los mantecados y polvorones. Estos, ni el abuelo quiere meterles mano pues aunque dice que están muy ricos, pero como los que la abuela hacía en el horno de la calle ni punto de comparación. El, siempre están diciendo que los mantecados aquellos y las galletas rizadas que solía comer en navidad cuando era joven sabían a Nochebuena y a botella de anís rizada, aquella que se frotaba para hacer ruido con el rabo de una cuchara y con la que se pedía el aguinaldo con el cantar tan nuestro que decía: Si no me das el aguinaldo, al niño le voy a pedir...  
Los coros de nuestro pueblo entre ellos el de la Asociación Cultural Celedonio Cozar, y también el Duo Arpes, se vienen encargando de recordarnos año tras año letras y tonos de las navidades de aquella época. Mi más sincera enhorabuena a todos ellos por conservar esos viejos y añejos villancicos, algunos con entonaciones tan dulces que parecen canciones de cuna.         
Salgo a dar un paseo y observo como en los contenedores se amontonan las cajas que albergaban los juguetes con los que los niños se han despertado. Verdaderas montañas de cartón están esperando la llegada de los basureros. Si cuando fui pequeño hubiese encontrado una de las muchas cajas de cartón que veo amontonadas, de seguro le hubiese echo un agujero y atado una cuerda y me hubiese imaginado que era un coche o un camión. La imaginación estaba hermanada en mi época con la ilusión. Cómo nos llenaba de ilusión aquella cestica de caramelos que recibíamos como regalo de reyes, o los calcetines, o la bufanda a la que se la conocía por tapabocas; y no me cansaré de decirlo, no se podía ser más felices con tan poco. Los niños de ahora cuando tenga mi edad no sé qué dirán. A saber.   


sábado, 6 de diciembre de 2014

LA SANIDAD DE AHORA. LA SANIDAD DE ENTONCES.


A veces, me resulta indignante oír en los medios de comunicación a tertulianos y leer a columnistas en determinados diarios de tirada nacional argumentando críticas muy duras sobre nuestra sanidad nacional. Yo estoy de acuerdo de que todo lo bueno se puede mejorar, pero de ahí a presentar un panorama desolador en lo concerniente a la sanidad actual es muy cuestionable.
La mayoría de estos críticos nacieron al amparo de una tarjeta sanitaria y su opinión casi siempre no es la suya sino de quiénes les mandan y les dirigen siguiendo consignas del ideal del medio donde trabajan, dándome igual del grupo político al que pertenezcan. Al final, de forma descarada todos barren en pos de lo que les manda su amo que es el que les paga.
He dicho anteriormente que la mayoría de estos críticos nacieron al amparo de una tarjeta sanitaria y es verdad; nacieron cuando la Seguridad Social ya funcionaba en España, cuando ya existían los médicos de cabecera, cuando no había que pagar nada por lo medicamentos, cuando en el ambulatorio más cercano a tu domicilio había siempre un médico de urgencias, cuando la ambulancia tardaba cinco minutos en llegar al domicilio del enfermo, cuando ya existían hospitales con especialistas de todas las ramas de la medicina con la cirugía más avanzada, y un largo etcétera más de derechos ganados poco a poco por aquellos que como yo nacimos cuando todo lo que he indicado no existía. ¿Pero de lo mencionado no teníais nada? Dirán los más incrédulos. Nada, por eso quiero refrescarles la memoria a muchos, y para ello me voy a trasladar a nuestro pueblo hasta los años cincuenta.  
En nuestro pueblo ante cualquier emergencia cuando yo era niño sólo disponíamos de la Casa de Socorro que si mal no recuerdo estaba ubicada en los años que ya he señalado en la calle Tomillar. Creo recordar que sólo se abría para atender casos de necesidad, como lesiones o contusiones por accidente que eran solucionadas con unas grapas y otras curas de vendajes y esparadrapo, ya que cuando las circunstancias lo requerían la familia llamaba al taxista para llevar al accidentado o al enfermo hasta el Hospital de San Juan de Dios de Jaén, entonces atendido por Hermanas de la Caridad que dicho sea de paso hacían una labor encomiable. Después, la familia tenía que ir al Ayuntamiento a solucionar los papeles de la Beneficencia que casi siempre eran aceptados, so pena de que el solicitante disfrutase de un nivel económico elevado recomendándoles a estos entonces la sanidad privada.
El no gozar de buena salud no tan sólo era una desgracia por el sufrimiento del enfermo, sino que en el plano económico podía llevarse los ahorros de toda una familia, puesto que la precariedad y la masificación de los que se acogían a la Beneficencia hacía que la familia optase por el “médico por los dineros” -como en nuestro pueblo se decía y aún se sigue utilizando esta expresión-, con tal de salvar la vida del familiar.
Se preguntarán algunos también si en nuestro pueblo no había médicos; efectivamente los había pero privados, al igual que practicantes, hoy llamados ATS. A ambos, había que pagarles cuando realizaban cualquier función propia de su competencia. Asimismo los medicamentos eran costeados por los enfermos.
Había un médico en nuestro pueblo que era en aquél tiempo nuestro 061 de hoy, o nuestro Samur, el hombre que a cualquier hora estaba dispuesto para atender a un enfermo, con un corazón grande y generoso ya que se le olvidaba cobrar a las personas necesitadas y entonces eran muchas; me estoy refiriendo a don Manuel Pulgar, al que busco su imagen en mi memoria y me aparece con su pequeño maletín donde llevaba su instrumental caminando a paso ligero muchas veces con dirección al domicilio donde le requerían. Un abnegado de su profesión y un buen hombre, así fue don Manuel Pulgar al que me alegro recordar hoy pues hablando de la sanidad de entonces en nuestro pueblo no podía olvidar dedicarle unas líneas en su recuerdo.
Hace tiempo, a principios de los años noventa visité junto con mi mujer y un grupo de amigos un país que no quiero mencionar porque de inmediato algunos de los afines a los que allí gobiernan pudiera sin pretenderlo herir su susceptibilidad. Allí, y lo tengo grabado en un video, la directora del hospital de una población de más de doscientos mil habitantes nos pidió que le enviásemos todas las medicinas que pudiéramos, entre todo cosas tan primarias como jeringuillas. Vi a gente de los que me acompañaban llorar en aquél hospital de planta baja con el techo de uralita donde las analíticas las hacían manualmente utilizando guarismos. Esto que comento es a modo de comparación con lo que es nuestra sanidad.
Hoy la media de esperanza de vida en España es la más alta de Europa estando en 82,5 años. Yo quisiera como tú también que la medicina fuera totalmente gratis como antes lo fue y nada de copago, pero habrá muchos que estén de acuerdo conmigo de que la barra libre trajo como consecuencia el despilfarro, y como resultado de ello en muchos hogares existían “mini-farmacias” que luego la mayoría de los medicamentos iban al cesto de la basura. Ahora, por culpa de muchos abusos como estos y también por los innombrables gobernantes que hacen cola para entrar en la cárcel, estamos en un periodo de recortes que espero pronto sean restituidos.
Pero lo que si quiero dejar claro es que en España disfrutamos de una sanidad que es para estar orgullosos, con defectos que habrá que mejorar no cabe duda, pero que tal y como está el panorama hoy parece que esto va para largo. Tal vez lo mejor es decir: Virgencita que me quede como estoy.              




jueves, 13 de noviembre de 2014

OTRA VEZ LA ACEITUNA


Ya estamos inmersos en otra campaña de aceituna. La cosecha de este año es escasa pero a pesar de eso habrá que ir a visitar una por una todas las olivas de nuestro pueblo para recoger el poco fruto que cuelgan de sus ramas,  para ello, mucho antes se tendrán que poner a punto todas las herramientas además de la maquinaría y todo el utillaje que hoy en día se utiliza para la recolección. Recuerdo aquellos tiempos de fardeos de lienzo donde las esportillas y esportones de esparto eran instrumentos indispensables para la recolección de la aceituna donde la limpia, aquella rampa de alambres con su depósito de madera al que llamábamos torba era de alguna forma el único utensilio con la tecnología más avanzada en aquella época. Tiempos aquellos donde las escuelas quedaban semivacias de niños y de niñas porque iban a ganar un mísero jornal para ayudar a sus padres. Como aquél niño torrecampeño de mi edad que pongo de ejemplo.
         -¡Vamos José, despierta!
         La voz de la madre se dejó oír desde las escaleras de la casa en la fría madrugada aceitunera en un mes de diciembre de mediados de los años cincuenta.
        José, aquél niño de tan solo once años abandonó el colchón de hojas de maíz, arropó a su hermano menor que dormía con él y a otros más pequeños que lo hacían en otra cama. Bajó las escaleras lo más rápido que pudo. En la estancia donde prendía una lumbre se calzó unas alpargatas de lona blanca, de un cántaro vertió agua en una palangana y de ella con sus manos juntas las llenó una y otra vez del líquido y frío elemento y la estrelló contra su cara.
       -Anda, tómate el café por llamarlo de alguna manera pues es de cebada tostada; échale los picatostes que sopado está muy bueno. Tu padre en el cortijo a estas horas ya se estará comiendo las migas. Quince días lleva ya el pobre durmiendo en el suelo en una saca de paja.  
        El niño no dijo nada, se limitó a mirar a su madre que le estaba arreglando la talega. Esta continuó hablando.
         -Te he echado además de una raspa de bacalao, una alcachofa y un tomate. Ten cuidado con el bote del aceite, era el del jarabe de tu hermano el más pequeño de cuando estuvo malo. Lo pongo en vertical para que no se vuelque y no manche la talega. Te pongo también unos higos pasos; hoy no llevas salchichón ni agujetas, ayer fui a la tienda a comprar, y bueno... no me gustó el precio. ¡Anda hijo, vete, que no te esperen, y súbete la corredera del saquito hasta el cuello!
         Entre dos luces aquél chiquillo marchó hasta el punto de partida para el tajo. Allí esperó la llegada de todos los componentes de la cuadrilla de aceituneros, la mayoría hombres, mujeres y otros niños de su edad.
         Llegado al tajo la voz del manijero se dejó oír:
       -¡Niño, el esportón arriba de la oliva siempre!  Cuando saquen las mujeres y vacíen las espuertas y esté del todo lleno... ¡A la cabeza con él   a llevarlo hasta donde están los sacos!  ¡Vamos, que para luego es tarde!  ¡Niño, los salteos, que no quede ni una, y no vayas al chisco tanto!
        A medía jornada a la hora de comer el frío cortaba la cara. El chiquillo se dispuso a almorzar guarecido detrás del tronco de una oliva. El aceite del bote estaba helado y no pudo por este motivo comer el tan característico y apetitoso panaseite. Ni que decir tiene que había que ser muy valiente para mondar una naranja, así es que cortó un poco de pan y sació un poco el hambre con él y con los higos secos que su madre le había puesto en la talega.
         Poco antes de ponerse el sol, terminada la faena, como premio a tanto esfuerzo le esperaba una hora de camino andando con sus zapatillas de lona por veredas y caminos intransitables de barro. Aún así, aquél chiquillo antes de llegar al pueblo se internó por entre los olivares ya recolectados y con un saco de pita que llevaba siempre que le servia a veces de impermeable cuando llovía lo llenó de tallos de olivo de los pequeños montones que cada oliva albergaba después del vareo, y recogió además algunas raíces que el arado cercenó tiempo atrás y que andaban dispersas en las camadas. Con ello tendrían para calentarse él y su familia y también serviría para aviar su madre la comida. Una vez en casa, su jornada aún no había terminado pues después de asearse su madre le mandó ir hasta la fuente a por agua con un cántaro.
         A continuación, es de suponer, que aquél chiquillo iría a recoger su salario a la casa del dueño del olivar. Seguramente serian ocho duros, cuarenta pesetas, el equivalente a la cuarta parte de lo que hoy cuesta un café.
       Alguien pensará que esto es demagogia. Quién lo dude que lo pregunte a las personas de mi edad. Tal vez muchos lo recuerden, y si lo recuerdan será porque tal vez lo oyeron o lo llegaron a vivir en primera persona. Yo fui uno de ellos.
         Ahora, el trabajo sigue siendo muy duro en la recolección de la aceituna ¡Claro que sí! Me hago cargo, por poner un ejemplo lo fatigoso que es aguantar todo el día una máquina de varear, pero terminada la faena todo el mundo al coche y a casita. ¡Ah! Y antes del mediodía la servesilla con el aperitivo. Yo no estoy en contra de nada de esto, muy al contrario me alegro. Antes, a pesar de tantas fatigas y esfuerzos no se llegaba a llevar al molino por persona ni la cuarta parte de la que se recolecta ahora, y es que los tiempos cambian a mejor. Afortunadamente.
¡Feliz aceituna amigos!

    

martes, 14 de octubre de 2014

¿TE ACUERDAS DE...?


     Me gusta la gente que colecciona recuerdos. En conversaciones con ellos/as la pregunta más común que de inmediato sale a flote es: ¿te acuerdas de...?, para de inmediato poner a trabajar nuestra memoria y recordar pasajes de un tiempo que se nos fue. Alguien dijo que la memoria es el único paraíso donde nadie puede ser expulsado, y es muy cierto.
Hoy quiero recordar contigo querido torrecampeño/a, y me dirijo a ti que tienes mi edad o incluso si eres unas quintas mayor, o tal vez menor que yo. 
He empleado la palabra quinta término este muy utilizado en nuestro pueblo y eso me da pié para preguntarte... ¿te acuerdas cuando nos fuimos a la mili? Primero había que pasar por la prueba de la talla, o de medirse como decíamos en nuestro pueblo. Ser apto para el servicio militar era signo de no sufrir ninguna discapacidad y eso evidenciaba no solo estar capacitado para afrontar el periplo de la mili, sino el de ser una persona útil para poder hacer frente a cualquier clase de trabajo, circunstancia esta muy valorada erróneamente por la sociedad de aquél tiempo. Más tarde, el sorteo de los quintos, donde la palabra África estaba condenada. Los destinados al Sahara sabían que salvo raras circunstancias no volverían a la península hasta después de obtener la licencia. Recuerdo los tres meses de campamento donde recibíamos la instrucción, para después ser destinados a cualquiera de los cuarteles de nuestra geografía; y tú mientras tanto mujer torrecampeña esperando día a día las cartas de tu novio con la ilusión de que en alguna de ellas te anunciara el regreso con unos días de permiso. ¡Vamos! ¿No me digas que no te acuerdas?   
Cuando esto escribo es otoño y... ¿te acuerdas a lo que jugábamos en este tiempo cuando éramos niños? Para cada época teníamos un juego, así en los días antes y durante el Día de Todos los Santos nos íbamos a jugar a las eras del cementerio. Los chiquillos a maisa, al fútbol y a la peonza con aquél trompo de aguijón de metal, y las niñas a la comba y al diábolo. ¿Quién de nosotros no compró por ese tiempo un membrillo en el puesto de la plaza que estaba ubicado en la esquina de Correos y un puñado de castañas en algunos de los carros cerca del cementerio?
Tiempos aquellos otoñales cuando las casas se envolvían con el dulce y agradable aroma que emanaban los tomates triturados por la máquina de manivela antes de ser envasados en botellas de cristal. ¿Acaso a ti no te mandó nunca tu madre a la tienda de Bernardo o a la de Ana Maria a por corchos y polvos para la conserva del tomate?
Claro que te acuerdas, como recordarás también cuando tú como yo jugábamos en la calle a la pita y al palo, juego este más que peligroso por el riesgo que entrañaba el golpear con un palo largo a otro pequeño con las puntas afiladas y lanzarlo mientras más distante mejor. Tú que eras niña te dedicabas mientras tanto a jugar al corache en la calle con tus amigas al tiempo que tratarías de esquivar nuestros furibundos lanzamientos.
Seguro que recordarás también las majuletas con canute que vendían a últimos del verano en la plaza con una esportilla mientras paseábamos. ¿Quién no ha lanzado el hueso de la majuleta por el tubo de aquellas verdes cañas? ¿Acaso tú cuando eras niña no recibiste la caricia de uno de estos huesos?
¿Quién de los de nuestra edad no gritó en el cine desde el gallinero aquello de: ¡Que lo echen ya! ¿Acaso tú no silbabas cuando los protagonistas de la película se besaban, y gritabas aquello de: Picho, picho, picho? ¿Te acuerdas cuando a la salida del cine si la película era mala le decíamos a los que entraban a la segunda función que era un pisiaso o un lataso? Claro que recordarás todo esto.  
Ahora te pregunto a ti, a ti que eres ya abuela si no jugaste al correndero en tu calle y lanzaste al aire un cántaro mochado, o un botijo viejo a la que estaba a tu lado al grito lento de: Ay, ay, ay, iiiii...  ¿Verdad, que te cuerdas?   
 Supongo que a ti como a mi te gustaban leer los tebeos del Capitán Trueno, El Jabato, o Roberto Alcázar y Pedrín, mientras que los destinados a las niñas eran los llamados cuentos de hadas. La biblioteca de entonces era el quiosco de la plaza. ¿Acaso no fuiste a ese quiosco a cambiar alguna novela de Marcial Lafuente Estefanía, y tú como mujer alguna de Corin Tellado? ¿No fue allí en ese quiosco donde compramos aquél primer cigarro creyendo que con fumar éramos más mayores? ¿No eran de la marca Ideales?... Seguro que sí.  Recuerdos, recuerdos, recuerdos...
¡Qué tiempos aquellos! Alguien dijo que recordar es poder disfrutar de la vida dos veces. Hoy he querido poner a prueba tu memoria, y evocar una pequeña porción de añoranzas para vivir nuevamente escenas de aquél ayer. Otro día, si tú me lo solicitas, volveré de nuevo a recordar más retazos de aquella época que nos tocó vivir para poder revivirla contigo otra vez.


sábado, 27 de septiembre de 2014

LOS MOLESTOS VECINOS DEL ÁTICO

A mi compañero Silvestre, aquél que era el responsable en la oficina del negociado de cartera, llevaba sin verlo desde el día que me jubilé. Él, quedó ejerciendo su trabajo que ya no era el mismo que el que solía llevar cuando el banco era banco. Tiempo atrás quedó arrumbada aquella hermética caja metálica donde solía custodiar todas las letras que la sucursal día tras día debía de negociar. La caja repleta de pagarés quedaba depositada a diario en el armario metálico dentro de la cámara acorazada para preservarla de robos e incendios. No puedo recordarlo sin aquella caja gris cerca de él. Las últimas tecnologías y los cambios de la operatividad de los sistemas financieros habían dado al traste con la palabra efecto y protesto, y por tanto cuando yo me fui se encargaba de tramitar las solicitudes de préstamo.
Mi compañero se jubiló unos años después de que yo también lo hiciera. Silver, como cariñosamente le llamábamos después de recordarme pasajes y aventuras de nuestro batallar en el trabajo, me confesó  que últimamente no era del todo feliz. Me dijo que vivía en un edificio de diez alturas en una conocida y céntrica calle de Madrid y que el motivo de su preocupación no era otro que el comportamiento de los vecinos de la planta del ático los cuales les estaban haciendo la vida imposible, no sólo a él, sino a todos los integrantes del inmueble. Los molestos vecinos según me manifestó eran todos unos arrogantes que despreciaban a los demás porque decían pertenecer a una casta diferente más rica y emprendedora. A los vecinos del primero, la mayoría de ellos andaluces los catalogaban de vagos sin tener en cuenta de que eran estos los que efectuaban las reformas en los áticos; reformas algunas innecesarias que eran sufragadas con el dinero de todos contribuyendo con ello a aumentar la diferencia entre las diferentes viviendas del inmueble. Todos los presidentes de la comunidad año tras año habían transigido en todas y cada una de sus reivindicaciones con tal de silenciar sus despropósitos; así que derrama tras derrama eran pagadas a tocateja por todos y cada uno de los propietarios sin que ninguno rechistara.  
Mi amigo Silver me dijo también que ahora pretenden no pagar la comunidad y formar ellos otra ajena a la que rige los estatutos debidamente legalizados. Durante toda la vida la comunidad, me dice, ha sido demasiado condescendiente en todo para con ellos. Como anécdota me cuenta de que al término de cada reunión, allí, en la sala de reuniones, por tal de halagar a estos vecinos que tanto protestan, se ofrecía un vino espumoso y unas rodajas de una grasienta chacina de la que dice no recordar el nombre de cómo se la conoce, y también a la ancianas presentes  se les agasajaba con un vaso de leche mezclado con unos polvos extraños con sabor a chocolate, porque al parecer una parte de estos presuntuosos vecinos poseían factorías donde elaboran estos brebajes y comistrajos por los que sienten muy orgullosos e identificados ya que dicen formar esto parte de su idiosincrasia.   
Lo peor de todo según me contó Silver es que para mantener los molestos vecinos su estatus de ricos, la comunidad le avaló todas sus deudas, de ahí que ahora no sólo no quieren pagar la cuota que les pertenece, sino que encima deben los vecinos de afrontar con todas las obligaciones adquiridas por estos elementos caso de que formaran otra comunidad. Por otra parte me cuenta, y esto lo considero muy grave, que tiempo atrás siendo presidente uno de los del ático, se quedó con buena parte del dinero que era de todos. Interpuesta la demanda correspondiente por malversación de fondos lo sorprendente del caso es que la gran mayoría de los del ático lo siguen arropando y defendiendo, esgrimiendo de que se trata de un señor de avanzada edad muy honorable.
Mi compañero me dejó muy confuso con todo ello. Antes de despedirse de mí también me dijo que a pesar de pretender no pagar la cuota de comunidad que le corresponden, quieren seguir utilizando los servicios comunitarios además de los mancomunitarios de los que el edificio donde viven forma parte con otros bloques limítrofes.
Despido a mi imaginario compañero Silvestre y le digo adiós al tiempo que dejo de leer la prensa la cual ha tenido la culpa de que yo me invente hoy esta historia. ¿Será tal vez por alguna noticia parecida y aparecida en el periódico que acabo de leer?  No lo sé... los titulares solo hablan de un tal Pujol (leo Pujol con jota de Jaén)...faltaría Mas ¡Joder, con el honorable Jorge y la chusma de independentistas!    

                       

lunes, 22 de septiembre de 2014

LOS CONSEJOS DE UN ABUELO

Soy un viejo –me digo-. Me miro al espejo y veo mi rostro poblado de surcos sinuosos y torcidos, como si mi cara y sobre todo mi frente la hubiese arado un mal gañán. La mayoría de mis contados cabellos están pintados con la escarcha propia de los años, porque aquellos que ya no pasan por la criba de mi peine se fueron para siempre arrastrados como hojas secas por los vientos de tantos otoños vividos.
Me doy cuenta de que el tiempo pasa cuando aquél de mi edad que me servía a diario el café en la cafetería de costumbre se marchó un día para siempre, y aquél otro parroquiano que dejé de ver, como muchos de mi edad con quienes charlaba cuando se cruzaban conmigo en las calles de mi pueblo y que ya no me dirán adiós porque también se fueron.  
Pero yo no soy viejo aún; soy una persona que se va haciendo cada vez más mayor y que atiende por abuelo cuando pequeñas vocecitas así me llaman; son las voces candorosas e infantiles de mis nietos.
Hoy, quiero hablarles a estos pequeños retoños, y lo hago a través de un ordenador dibujando con las palabras mis sentimientos al mismo tiempo que quiero regalarles consejos que  son  los cosechados por mi experta paternidad aprendida con mis hijos, y naturalmente, la experiencia adquirida por los años que la vida me ha regalado.
Os quiero contar queridos nietos que la vida es solo un suspiro, y que cuando os queráis dar cuenta estaréis conjugando no el futuro sino el pasado de los verbos: <<Yo hubiera o hubiese hecho esto o aquello>>, me repito yo muchas veces, pero me doy cuenta de que nadie puede escapar de la senda que el destino a cada uno nos tiene reservado. No me arrepiento de ser como soy. Si volviera a nacer volvería a caminar por los mismos e intricados senderos por los que ha transcurrido mi vida, arrastrando con ello mis defectos y mis errores como también mis virtudes si es que tengo alguna.
Vuestra misión primordial en esta vida consistirá en ser todo lo felices que podáis. Si sois felices consigo mismos, la felicidad que os sobra podréis compartirla con otras personas a la que améis. Cuidaros mucho de aquellas que en vez de repartir felicidad van sembrando odio y rencor; el mundo está cuajado de ellas. Las llegareis a identificar a medida que irán cicatrizando en vosotros las heridas que os hagan. La experiencia es el mejor antídoto para preservaros de la mala gente. Aquí, en este mundo que se os ofrece, cuando comencéis a caminar por sí solos encontrareis vuestros cielos y vuestros infiernos. No os desaniméis ante la adversidad, pero cuando ello ocurra solicitar siempre el consejo de las personas en las que confiéis, por lo general las que os rodean y que os quieren.
Yo quisiera seguir aquí siempre y ser vuestro consejero y confidente y servir de puente entre vuestros padres y vosotros, sobre todo cuando lleguéis a esa etapa tan difícil de vuestra vida llamada pubertad tan llena de interrogantes donde el adolescente tiene la convicción de ser un incomprendido. Es, en ese período de vuestras vidas cuando deberéis de conducir vuestras conductas por los senderos rectos que os habrán enseñado vuestros padres. Si un árbol crece torcido y no se corrige a tiempo se desarrollará con el tronco inclinado para siempre. El saber escoger a vuestros amigos os evitará de muchos problemas. Esto es fundamental.
Sed honrados. La palabra honrado abarca un amplio espectro de virtudes, tales como: no engañar, no robar, no estafar ni tampoco mentir. Sed pues, buenas personas a pesar de que muchos a los buenos los califiquen de tontos; pensad que esos que se las dan de listos, son los que más cerca están de los sinvergüenzas.
Respetad siempre a vuestros mayores; en ellos reposa y se apacienta la sensatez. Y si ellos no han estudiado y no están a vuestra altura en conocimientos, pensad que tal vez fue porque no pudieron, y no porque no quisieron. No os riáis de su ignorancia, pues sin estudiar, ellos, poseen el poso que la universidad de la vida les ha enseñado y a veces el significado de una frase pronunciada por estas personas mayores encierra tanta o más racionalidad que la expresada por cualquier filósofo. 
Amad a la Naturaleza. Éste además de ser otro consejo es un deber, el de cuidar a nuestro planeta Tierra el cual os dejamos herido por los abusos efectuados por los de mi generación; a vosotros os toca paliar el daño que hemos causado.
Por último sabed queridos nietos que os lego el amor a un pueblo llamado Torredelcampo, el pueblo donde nació vuestro abuelo y en el que os anuncio que viviré para siempre cuando yo me muera. 
Estos son los consejos de vuestro abuelo Antero.
Besos. Os quiero.


domingo, 7 de septiembre de 2014

ADIÓS AL VERANO



Faltan pocos días para de nuevo decir adiós a otro verano más. Ya no se oye por las calles el ruido de las ruedas de las maletas; de esas maletas arrastradas por un asa a las que hemos dado en llamar utilizando el anglicismo: troler; ahora, reposarán un año más en lo alto de los armarios o en cualquier hueco de la casa hasta el año que viene, pues se acabaron las vacaciones.
En agosto, aquí en Madrid, cogen vacaciones hasta los carteristas. Pasear por el centro de la ciudad ha sido una gozada, y si lo hacías a primeras horas de un sábado del mes de agosto os aseguro que para aquellos que buscamos la tranquilidad, el sosiego se transformaba en recelo al contemplar céntricas calles casi desiertas de gentes y coches.
Ya en septiembre otra vez Madrid ha vuelto de nuevo al ajetreo cotidiano, a las prisas, a los atascos. Echaba en falta los autobuses de transporte escolar, y a los colegiales. Ahora, a estos, los veo caminar de nuevo en busca de los colegios arrastrando sus otros troler cargados de libros y material didáctico. Ya ha comenzado un nuevo curso y  muchos de estos escolares observo que van con cara de disgusto porque tal vez sus padres les hayan contagiado eso que ahora le llaman el síndrome post-vacacional.
En nuestro pueblo también pasará lo mismo aunque en menor medida. Aquellos que como yo añoran su tierra y que periódicamente disfrutan de cortas o largas estancias en Torredelcampo, estos, habrán dejado de pasear por sus calles y habrán vuelto de nuevo a sus cuarteles de invierno para echar de menos no cabe duda el dulce gozo de sentarse en algunas de las terrazas de nuestros bares disfrutando del fresquito de la noche con unas servesillas y unas buenas tapas los días que había suerte y se encontraba una mesa libre.
También habrán regresado aquellos que se fueron a la playa, como aquí también han vuelto. Ellos, y en mayor medida, ellas, se distinguen por su color de piel; por ese bronceado-gratinado que han ido adquiriendo muy lentamente fuera de las sombrillas playeras. El lucir este moreno de piel, hoy, es un signo de distinción que contrasta con la blancura de los que no han podido o no han querido –me inclino por los primeros- tostarse bajo el sol.   
Tiempos aquellos en los que las mujeres tenían que esconder el moreno; aquél moreno de rastrojo fruto de espigar detrás de los segadores, o el obtenido en la era, y no digamos del bronceado que adquirían arrancando matalauga. En aquellos tiempos de mi niñez la blancura en el rostro de la mujer significaba el pertenecer a un estatus social más aseñorado, y por el contrario tener la piel quemada por el sol era sinónimo de hacer vida en un cortijo y el de pertenecer a las clases más económicamente débiles.  No quiero que nadie me confunda y crea que añoro penurias pasadas, pero aquellos y aquellas de mi generación que pasaron por esto y que hoy pueden disfrutar de unos días de playa, -por cierto muy merecidos-, les digo que no sientan vergüenza por aquello que sufrimos. Muy al contrario deben de sentirse orgullosos, pues gracias a ellos y a ellas y a todos los de nuestra generación se consiguió el bienestar social que estamos disfrutando y que nadie nos regaló. Es más, les sugiero que se lo cuenten a sus nietos para que sus descendientes sepan lo que pasamos, y que utilicen para ello si quieren un dicho muy torrecampeño que dice: los dineros no vienen por la chimenea abajo.
En fin, que el verano se nos va otro año más y otra vez en este tiempo seguimos mirando al cielo esperando ver nubes negras que rieguen los sedientos campos torrecampeños, pues hasta aquí me llegan los lamentos de los olivares pidiendo agua deseosos todos de empaparse con la lluvia y con ella decirle adiós al verano. Sus sollozos creo percibirlos hasta en la vorágine de los atascos.