jueves, 10 de abril de 2014

LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ





Muchos de mis libros por problemas de espacio descansan acostados en pequeños montones en las estanterías de modo que cuando quiero escoger uno, en mi desesperación por encontrarlo los demás pierden la simetría y el orden que a mi me agrada que guarden. Me gustan que reposen unos encima de otros y no de pié, pues así sus personajes, aquellos que habitan dentro de sus páginas, presumo, que descansaran durmiendo hasta que de vez en cuando, como ahora, al querer encontrar un determinado título llego por este motivo a espabilar a todos los protagonistas de cada una de las historias que anidan entre sus páginas. Mi nieto cuando quiere que le lea un cuento, antes de ello, con sus frágiles nudillos golpea tres veces la portada del libro, dice, para que se despierten los animales del bosque, los gnomos y todos los personajes de la historia que quiera que le lea. Esto lo ha aprendido en el colegio, y eso me gusta ya que la fantasía debe florecer y progresar mientras la inocencia dure, al tiempo que el amor a la lectura se va fortaleciendo.  
         Hoy, al querer encontrar una obra que andaba buscando, rodó sin querer una copia del primer libro que siendo niño tuve en mis manos, nada más y nada menos que la Enciclopedia Álvarez, el libro que me ayudó en la escuela a adquirir los conocimientos básicos que se impartían en aquella época.  Recuerdo que mis hijas me hicieron este regalo hace años un día del padre, ¡qué buen regalo! Este libro al que he vuelto a hojear me ha servido una vez más para avivar recuerdos de mi escuela, de mis compañeros de colegio, de mis maestros, entre ellos al que recordé en una entrada en este blog, llamado don Jacinto, y que hoy quiero hacer extensivo mis recuerdos a otros más como: don Enrique, don Vicente, y don Gaspar, sin olvidarme de don José Rama. Decía en mi anterior que don Jacinto me hizo amar el colegio, pero me faltó decir que don José Rama fue uno de los mejores transmisores de la enseñanza que yo tuve. Lo hizo utilizando una sola herramienta para inculcar la pedagogía: la Enciclopedia Álvarez.
         Con este libro de texto clasificado en: primero, segundo y tercer grado, recibimos la enseñanza todos los de mi generación. Era el libro que heredábamos de nuestros hermanos mayores y que esperábamos con impaciencia a que nos llegara el turno a los más pequeños. Con él se educarían en mis tiempos personajes que llegarían a triunfar en todos los campos de nuestra sociedad tanto en el plano cultural, científico, económico o en cualquiera de las ramas que hubiesen enfocado su carrera, y me atrevo a decir de que muchos de ellos, aún nos seguirán aportando a pesar de su edad la sabiduría y la experiencia adquirida por el paso de los años.
         La Enciclopedia Álvarez, dirán algunos que magnificaba los valores políticos de la época, además de ensalzar los patrióticos y religiosos, pero yo no quiero entrar en este terreno tan escabroso que los tiempos y los que mandan en cada tiempo se sirven de alterar trastocar y confundir a sus conveniencias. Pero lo que nunca podrán cambiar serán los resultados de los problemas aritméticos, ni tampoco poner en duda que los romanos estuvieron en España, ni que el verbo es parte de la oración, ni que el río Guadalquivir desemboca en el Atlántico. No, nada de esto podrán cambiar, tan solo aquello que les conviene a los que dictan las leyes en cada momento. Luego, con el paso del tiempo vendrán otros que alteraran, con, o sin razón, los acontecimientos escritos, pero aunque sea repetitivo nunca podrán modificar el producto de los problemas como este que he escogido al azar de la Enciclopedia Alvarez:
         Has comprado un libro de 18 pesetas; una pelota de 7 y un abrigo de 385 ¿Cuántas pesetas has gastado?  
         Fácil verdad. Naturalmente que hoy al cabo de más de sesenta años este problema que a más de uno se nos atragantaría en su día me ha planteado una nueva incógnita que he resuelto rápidamente, y es que este ejercicio aritmético me ha hecho descubrir el por qué mi padre no llegó nunca a tener abrigo, pues ganaba 15 pesetas (tres duros) de jornal, y el abrigo costaba 385 pesetas, ni tampoco yo pelota si esta costaba siete.
         Las lecciones de la Enciclopedia Álvarez había que memorizarlas, y desgranar todas sus palabras de carrerilla cuando el maestro preguntaba. Era así como se estudiaba entonces, ejercitando la memoria, si se comprendía o no el contenido de la lección eso era indiferente.
         En mis tiempos no había leyes educativas como la ESO o la tan famosa y cacareada LOMSE, ni íbamos a la escuela arrastrando un carrito para llevar tantos libros como los niños de hoy; llevábamos nuestra Enciclopedia Álvarez, nuestro cuaderno de Rubio, la pluma de palillero, la pizarra y el pizarrín para escribir en ella y un lápiz de madera de cedro que emanaba un olor muy peculiar, como la tinta de aquellos tinteros incrustados en el pupitre donde mojábamos la pluma de metal para el dictado. Aún guardo aquellos olores de mi escuela de antaño. La Enciclopedia Álvarez ha destapado hoy cuando esto escribo, el frasco de tan buenas esencias que aún conservo.  
        


sábado, 15 de marzo de 2014

LA PRIMAVERA, LAS GOLONDRINAS Y OTROS PÁJAROS.

El viento frío del invierno se va lentamente empujado por aquellos otros mas templados. La suave brisa de los atardeceres pregona la nueva estación entrante de la primavera abrazando a mi pueblo con el agradable aroma a campo, a hierba segada, a tierra arada, incluso me parece percibir a veces la agria esencia que desprende la leña de olivo recién podada. En este tiempo, a la hora en la que el astro rey se despide del día, los olivares se envuelven entre sombras mientras que el humo de los chiscos ya agonizantes por la quema del ramón se derraman por las cañadas vistiendo los atardeceres al campo con un espeso halo de misterio.     
Atrás se ha quedado este lluvioso y crudo invierno de aguaceros, de brumas “meonas”, de fatigas y batallas aceituneras entre el barro. Pero volverá otro año más; dicen los expertos que con más virulencia aún, todo al parecer, como consecuencia entre otras cosas del calentamiento global del planeta.
Nada es como antes. Hecho de menos aquellas borrascas que anunciaba Mariano Medina con el puntero en la televisión, que duraban meses. Entonces el agua caía del cielo mansamente como la de una regadera, y así, la tierra, cual si fuese una esponja la iba empapando lentamente sin escupirla. Ahora ocurre que rápidamente se desliza por su superficie formando arroyuelos que arrastran la tierra de labor, y estos a su vez se convierten en profundos torrentes que remolcan todo a su paso hasta encontrar el arroyo, originando por ello grandes destrozos en los olivares mientras que el paisaje se va transformando con profundas cicatrices que no son otras que las hendeduras de los aluviones. Algo debe de estar pasando que no llego a entender, pero de lo que si estoy convencido es de que la mano del hombre está por medio. Ahora, a algunas borrascas la llaman ciclogénesis explosivas, y así, entre isobaras, bajas presiones, frente cálido, frente frío, y tantos anticiclones situados siempre por las Azores, estoy deseando este año que vuelvan cuanto antes las oscuras golondrinas de Bécquer.
Sí, estoy deseando volver a oír otro año más los trinos de las golondrinas, esos gorjeos dulces y alegres que nos anuncian la primavera. Aquí, en mi lugar de residencia madrileña ya llevo varias semanas oyendo la bella flauta del mirlo que año tras año fiel a su cita en un parquecillo cercano me tiene acostumbrado, de modo que su bella sinfonía me alegra el despertar y llegado el atardecer también acostumbra a despedirse con sus alegres canturreos.      
Me imagino que el campo de nuestro pueblo en estos días cara a la primavera el sonido más característico será el de los millares de chamarines o verderones que pueblan nuestros olivares alegrando nuestros campos con sus dulces sonidos, nada comparado con los graznidos tan desagradables que producen los estorninos, esos pájaros negros que tanto proliferan en nuestro pueblo que se reúnen en grupos formando bandadas y que pululan por nuestros tejados silbando de forma descarada soltando deposiciones tan negras como las aceitunas que embuchan y que para más detalles son extremadamente corrosivas. Pájaros negros, pájaros de mal agüero que diezman nuestros olivares y para colmo nos salpican con sus excrementos.
La vida cotidiana también está llena de pájaros, de otros pájaros de rapiña que los medios de comunicación difunden a diario. Al principio esto llegó a ser noticia, pero hoy lamentablemente nos hemos acostumbrado a los graznidos diarios de estos buitres carroñeros, que todos, absolutamente todos antes de ser encerrados en sus jaulas dicen ser pajarillos inocentes. De lo que sí estoy seguro es que salvo rara avis, estos “pájaros” que entrecomillo son todas especies protegidas.
Por eso quiero desdeñar a tantas aves carroñeras y quedarme con las golondrinas, las de las azuladas plumas que como siempre en primavera y hasta el otoño, estarán entre nosotros revoloteando por entre los atrojes, entre las cajas de medir fanegas, como dice la letra de la canción de Manolo García: Rosa de Alejandria.
Y es que la primavera está al caer, pues veo en los jardines las flores rosadas de los melocotoneros, los rosales apuntando nuevos y tiernos retallos y en los arriates los lirios ya encendidos. Cualquier día veré de nuevo a las oscuras golondrinas. No tardarán en llegar.


viernes, 14 de febrero de 2014

LA NOCHE DE LOS CHISCOS


        Al poco del atardecer, cuando la pobre luz del sol de invierno se apaga y el frío envuelve a mi pueblo con las gélidas sábanas de enero, llegado la noche de San Antón las lumbres iluminan las calles con el fuego de las hogueras. Es esta una vieja tradición ancestral donde el fuego protagonista en la noche llega a convertirse en un rito mágico. Remontándonos en la noche de los tiempos esta celebración estoy por asegurar que tendría tendencias y tintes paganos en la creencia que con la quema en la hoguera de utensilios y enseres inservibles esta práctica servia para ahuyentar a los malos espíritus y proteger a los participantes de las enfermedades y de los malos augurios, aunque esta ceremonia tendría también como sigue teniendo hoy un claro denominador común, que es, el de servir de lazo de unión entre los vecinos.
Las luminarias de las hogueras de ahora en la noche previa al día de San Antón no relumbran como las de mis tiempos debido al grado de luminosidad en nuestras calles pues antes estaban alumbradas con unas pobres mortecinas bombillas, por eso aquellos chiscos de entonces refulgían con más resplandor proyectando las sombras de los participantes sobre los muros de las casas de una forma más espectral si cabe, y en el crepitar del fuego las pavesas encendidas se veían alzarse buscando el cielo en la noche confundiéndose  las chispas con el estrellado rutilante que pendía de la bóveda celeste.
Aquellas gentes de mis tiempos participábamos también de este ritual de los chiscos, pero lo hacíamos con muchas carencias entre la que destaco la falta de materia prima, es decir la leña. La leña era en todas las casas un elemento imprescindible que servía no sólo para calentarse alrededor de la lumbre sino para cocinar, -para aviar que decimos los torrecampeños- y naturalmente era un bien muy preciado que no podía ser derrochado de ahí que los chiquillos éramos los que nos encargábamos de la logística y del aprovisionamiento yendo hasta los olivares más próximos a por raíces de olivo y tallos de los que se amontonan durante la recolección de la aceituna, y no sólo de esto, sino que de las almazaras al descuido de los molineros birlábamos todos los ronderos que podíamos hasta el lugar de la fogata. A veces, también eran pasto de las llamas los que servían para limpiarse el barro del calzado y que en el portal de cada casa había uno a modo de felpudo. Nos lo llevábamos a hurtadillas, con el agravante de que si nos descubrían la paliza estaba asegurada, bien por el propietario o por nuestros padres si los perjudicados se chivaban.
Recuerdo que algunos vecinos generosos contribuían con alguna leña, pero lo más común era echar al fuego también algún trasto viejo como espuertas, capachos, sillas y algún que otro utensilio ya amortizado por el paso del tiempo, como aquellos castillejos que quedaron en desuso que servían para sostener de pie a los niños de muy corta edad. A propósito de estos castillejos que fueros desbancados por otros a los que en nuestro pueblo lo conocimos como taca-tá, he de añadir que en casa de mis padres teníamos uno que estaba siempre rodando prestado por las casas del vecindario así como las de algunos familiares y conocidos y que al final murió en la hoguera.  Con relación al castillejo quiero señalar porque estoy seguro que lo que voy a relatar a más de uno le sorprenderá, y es  que algunas madres que tenían una plebe y que por lo general estaban muy atareadas atendiendo a las labores del hogar, para que el niño dejase de llorar y se durmiera era costumbre mojarle el chupete una y otra vez en una infusión de cápsulas globulares  de adormideras,  así el niño quedaba casi al instante más que durmiendo, yo presumo que caía en un profundo sopor casi anestésico dentro del castillejo lo que permitía a la madre salir a hacer la compra o ir a lavar la ropa al arroyo sabiendo que la criatura tardaba en despertarse. Naturalmente esta práctica no generalizada pero si muy arraigada, era producto de la ignorancia puesto que no llegaban a sospechar el peligro que esta planta opiácea encerraba.
Pero volviendo a los chiscos de aquél ayer no quiero dejar en el tintero una tradición olvidada como la de los correnderos a los que ya dediqué una entrada en este blog, y es que alrededor del fuego las mujeres cantaban cogidas de la mano entonando soniquetes distintos en cada una de las coplas; algunas de ellas encerraban mensajes dirigidos al que rondaba. El chisco olía a tea, a ramón de olivo y al alpechín de los ronderos quemados mientras que el humo como un manto blanco se paseaba entre las tintineantes pobres y contadas luces de las embarrizadas calles.
Ahora, en la noche previa al día de San Antón, “la noche de los chiscos,” el aire arrastra el agradable y apetitoso olor que desprenden el gotear de las parrillas en las ascuas las esencias de las ricas viandas al asarse como: los chorizos, las morcillas y las chuletas. Todo un mundo de sabor a pueblo regado todo ello con vino y otros licores que quitan el frío y ponen a tono a los participantes que ya se ensayaban cuando estuve allí aquella noche para al poco tiempo también participar en “la noche de las migas”.
Así es mi pueblo. Un pueblo acogedor y divertido. Si no lo conoces ve a visitarlo, te encantará. Vayas cuando vayas, la fiesta está garantizada.
Perdón, se me olvidaba, se llama: Torredelcampo, pueblo olivarero de la provincia de Jaén, que si bueno es su aceite, mejor son sus gentes. Si lo buscas, búscalo con el nombre y el apellido todo junto, nada de separado, así lo han declarado hace unos días de forma oficiosa. Tal vez sea porque “se  parado” tiene un significado retorcido en estos tiempos de tanto paro, y es por lo que supongo que “todo junto” se escribe separado y “separado” todo junto.  No lo entiendo, como sabéis no soy hombre de letras.

         

sábado, 1 de febrero de 2014

SECRETO INCONFESABLE


Habrá quienes me consideren un hombre serio y cabal, además de familiar, hogareño, y no sé cuantas virtudes más que me he ganado por mi recto proceder a lo largo de mi dilata vida, pero hete aquí que nadie es perfecto, y yo, no iba a ser una excepción. 
Yo, al igual que el resto de los mortales tenemos siempre algo que esconder en nuestras vidas que tratamos de ocultar a toda costa. Hasta la gente más cristalina que nos rodea puede guardar un enigma inconfesable. A veces, me pregunto, qué es lo que nos arrastra a esconder ante los ojos de los demás aquello que consideramos un secreto que a toda costa ocultamos, para que ni oídos ni ojos ajenos puedan adentrarse en nuestras vidas privadas y logren por ello inmiscuirse de algún modo en aquello tan sagrado como es nuestra parcela de libertad, el mayor tesoro de todo ser humano. Debo confesar que mi secreto, el cual desvelaré más adelante, ha ejercido siempre en mí mientras ha permanecido oculto una evidente fascinación. Pero aunque tratemos de esconder nuestros secretos protegidos con tupidos y espesos velos de terciopelo, o guarecidos bajo los goznes de siete cámaras acorazadas, siempre llega el día fatídico que salen a la luz, y es entonces cuando descubren como hoy es mi caso aquello que durante mucho tiempo he querido preservar. Se trata de mi infidelidad. Sí amigos míos, la infidelidad; este es un vicio muy arraigado en mí desde mi más temprana edad que creció conmigo alimentado por las llamaradas pasionales de la pubertad, y aquello que creí desde el principio que seria un romance pasajero, se transformó en un idilio que persevera en mí con el mismo frenesí y erotismo si cabe que aquella que fue la primera vez.   
A lo largo de todo el tiempo he sabido mantener mi secreto contando con la seguridad que mi cautela me aconsejaba, siempre midiendo en todo momento mis pasos, procurando ser discreto y comedido amparado en la tranquilidad total de que la otra parte nunca llegaría a revelar nuestro idilio, pero yo, y no la “otra”, por culpa de un desliz fortuito motivado por mi pasión por la escritura ha originado un conflicto entre consortes,  todo, porque he dejado mi diario abierto en canal en mi mesa de escritorio, y esto último que estaba escribiendo en él,  es lo que ha producido el desenlace:
        

Esta vez, como casi siempre que voy al pueblo ardo en deseos de volverla a ver. Es algo que no puedo evitar. Estando allí la pasión me arrastra hasta estar a su lado. Ella, es unos años más joven que yo. Nació recién inaugurada mi pubertad. Otras de su edad lo hicieron al mismo tiempo, pero la exuberante lozanía y belleza de mi amada destacaba entre las demás consiguiendo que su hermosura llegara a cautivarme. Hoy he ido a verla de nuevo; vive un poco alejada del pueblo, así quedó establecido entre ambos desde el principio para que nuestro idilio pasase inadvertido ante los ojos de los demás, de modo y manera que nuestros apasionados encuentros fuesen lo más discretos posibles. Despeinada como la he visto esta vez, no por ello este hecho insignificante para mí le restaba belleza. Ella, coqueta donde las haya me lo ha hecho ver; para tranquilizarla le he dicho que le mandaré al mejor peluquero del pueblo para que le corte y le arregle ese largo pelo que con el viento se le desmelena. Desnuda y recién duchada por la regadera de este lluvioso y frío enero me ha parecido que los años no llegan a pasar por ella, de tal manera que me ha llegado a confesar que si la cuido como hasta ahora logrará permanecer siempre fecunda para darme cada año más y más renuevos, porque es su deseo retrasar a toda costa la etapa depresiva de la menopausia. Le he recordado cuando éramos jóvenes aquellas siestas al aire libre cuando cansado dormía junto a su tronco viendo como los pulgones le hacían cosquillas en su continuo y rápido ascender y descender por su vertical y erecto cuerpo. Hemos recordado también tiempos felices y me ha reprochado que no se acostumbra a que personas en las que confío la cuiden. Ella está habituada a mis caricias, a mis mimos y hasta a mis susurros, y le cuesta admitir...

        El teléfono interrumpió la escritura y allí quedó mi diario encima de la mesa del escritorio hasta después de hacer un recado urgente en la calle. A mi regreso mi mujer me esperaba. Su cara reflejaba el disgusto originado por su indiscreción. Después del << ¿quién es ella?>> y otras retahílas que no llegué a entender, anduve confuso hasta que señaló mi diario. A continuación, la risa se apoderó de mí, mientras que mi mujer me miraba sorprendido. Tuve que rogarle que me dejara terminar de escribir aquello que interrumpí. Lo hice. No quise extenderme mucho para llegar al final cuanto antes.

... que otros hagan la labor que hasta hace poco venia yo realizando.
Esta vez como siempre, al despedirme de ella no la besé, sino que acaricié una de sus ramas. Después, al poco de andar unos pasos volví la vista para contemplarla nuevamente. Allí estaba la oliva, la más hermosa de todas las que componen el pequeño olivarillo que tengo; el que planté siendo yo casi un niño. Hoy al cabo de los años me he atrevido a confesar por escrito mis sentimientos hacía esta mi oliva preferida. Y allí la dejé, mojada por la lluvia fría del invierno mientras espera ya al “cortaor, el peluquero”, para que la deje lo más guapa y elegante posible hasta la llegada de la primavera que ya está próxima donde volverá nuevamente a ser fecundada y parirá no sólo un fruto sino cientos, miles tal vez, con tal de agasajarme y corresponder con ello a nuestro mutuo amor.

Aclarado este malentendido, el desasosiego ha dado paso a la calma, y aquella pasajera turbulencia vivida por mí, la he querido transmitir amigo lector a ti también, para confundirte de alguna manera. Seguro estoy que la revelación sobre mi vida privada expuesta por mí al principio te sorprendería, pero créeme que mi intención era tratar de desconcertarte. No sé si lo he logrado pero espero que la opinión que tenias de mí haya estado en todo momento lejos de toda sospecha. La de mi mujer está fuera de toda duda.

    

miércoles, 8 de enero de 2014

ADIÓS NAVIDAD, ADIÓS.

         
         Adiós a la Navidad otro año más. Atrás ha quedado esa maquinaria de derroche impuesta por la sociedad consumista que nos consume, y que aunque los del marketing quieran envolverla con papel couché y con lazos de terciopelo, la crisis sigue estando ahí y nos han hecho ver de nuevo una navidad iluminada de colores, sí, pero empañados todos ellos por el gris triste y pobre de la realidad en la que seguimos inmersos.
         Ir al centro de Madrid en estas fiestas es casi una obligación para todos los que estamos afincados por estos pagos, pero sincerándome, no tiene nada de placentero. Este año he visto un Madrid con menos luces pero con más gente. He visto los comercios a rebosar de productos manoseados por clientes que acarician el objeto que llama su atención para de inmediato desprenderse de ese sueño que no está al alcance de su frágil economía. En los grandes almacenes, las escaleras mecánicas echaban humo atestadas transportando su pesada y abigarrada carga humana, la mayoría, eran, éramos, meros observadores dispersos sin ninguna prisa por los intrincados y enmarañados pasillos de estos hangares envueltos por la suave y placentera melodía de los villancicos, interrumpida esta muy de tarde en tarde, por el alegre y dilatado sonido para el accionariado del comercio del piticlic de las cajas registradoras.
         Las calles del centro de Madrid eran un hervidero de gentes. No se podía caminar, y si lo hacías debías de hacerlo muy lentamente, casi con el mismo andar de pasos cortos de aquella muñeca de Famosa que le compré un día a una de mis hijas. Los indigentes de la calle Preciados aunque todos los años cambian como los protagonistas de Cortilandia, seguían estando ahí, pero cada vez más pobres, aunque uno de ellos parece ser que en algo ha mejorado su economía, ya que en vez de cartones para dormir, ahora lo hace encima de dos palés de madera con la cabeza colgando hacia el suelo mientras que la gente pasa a su lado sin prestarle atención alguna. He visto de nuevo a las mujeres con los bolsos colgados en bandolera acariciándolos con sus manos, tratando con ello de disuadir a los cientos de carteristas adiestrados en las mejores academias transilvanas y balcánicas. Estos pájaros especialistas en el trinque, hacen su agosto con la aprobación y consentimiento de nuestras torpes e inútiles leyes que no consideran delito los hurtos menores de cuatrocientos euros. Todo valía, en ese diciembre frío que impregnaba a la Navidad con el velo brumoso de la lluvia y de la niebla.
         Filas interminables de personas como todos los años hacían cola esperando turno para comprar lotería en las administraciones de renombre de la capital con el deseo de que les cambie la suerte. Otro año más que tendrán que invocar a la salud; al tiempo. Todos los vomitorios de la Plaza Mayor engullían y regurgitaban a gentes que entraban y salían de forma atropellada por todos sus vomitorios. El andar entre tantas casetas que vendían adornos navideños y entre tanto gentío era de todo imposible, por lo que terminé por salir cuanto antes de allí tratando esta vez de acercarme a alguno de los bares cercanos a la plaza para solicitar un bocadillo de calamares, muy típico de Madrid. Desistí, en esto no se notaba la crisis; increíble, todos estaban abarrotados. Al final terminé por volver a casa, no sin antes en zona más tranquila, en las inmediaciones de Atocha, en El Brillante, tomarme una cerveza con unos calamares, como aquellos que degustara Carlos Herrera, a los que les dedicó un artículo en XL Semanal. Un placer saborearlos tan crujientes. Me senté en el mencionado restaurante; mi mujer me advirtió de forma disimulada que en la mesa de al lado se hallaba un personaje de Sálvame de Telecinco. La ignoré, ella a mi no. Nuestras miradas se cruzaron y en un desafío entre ambos, me sentí ganador cuando ella doblegó la suya en un claro gesto de abatimiento. Tal vez esperaba que fuese a solicitarle un autógrafo. No he caído tan bajo, me dije.
         De regreso a casa, a las afueras de Madrid, circulando por la A3, volví la vista a la altura de la M50 y divisé las chabolas de la Cañada Real que como una bufanda ahogaba más que abrigaba al Madrid navideño.
Estas favelas vergonzantes pronto circundaran por completo la capital de España. De principio proliferaron por el Sur, y como una fila de hormigas en hilera se fueron extendiendo con dirección al Este, atravesando varias radiales, y ya miran con descaro al Norte, aunque vaticino que antes de llegar hasta allí, los que viven por esa zona privilegiada pondrán el grito en el cielo y se acabará de una vez el chabolismo en la Cañada Real, y con ello los clanes limosneros, y los del cobre, y los del mercadeo de la droga, y los de los niños adiestrados en el robo, todo, cuando les den una vivienda digna sin hipoteca que todos reclaman nada más llegar a España.  Es de noche y las luces de las lumbres titilan y centellean refulgiendo en las chapas que hacen de tejados en las chabolas. Algunas más sólidas de ladrillo, se distinguen entre la larga hilera de chamizos donde dicen sólo se aventuran a transitar aquellos que buscan escapar por unas horas de la angustia de este mundo comprando la maldita droga. Seguro que ahí, por esos andurriales el espíritu navideño pasará de largo. ¡Que mundo más cruel e injusto hemos fabricado!
         Días después de la Navidad y Año Nuevo, he esperado algún buen acontecimiento para poder celebrarlo con todos vosotros. Los periódicos que leo a diario no han reseñado en sus páginas ninguna noticia buena que sea digna de mención; todas me parecen malas, entre ellas una que invita al vómito, donde se da cuenta de que unos sesenta asesinos o más, recién salidos de la cárcel se han reunido en un antro, para más escarnio llamado Matadero, para festejar y recordarnos la muerte de más de trescientas personas, entre ellas muchos niños, y lo peor es que no se arrepienten ni piden perdón. Así es esta España, así son las felicitaciones que recibimos las gentes de bien. Por cosas como estas digo: adiós Navidad, adiós.
         Con el deseo de que se acaben las desigualdades sociales, prevalezca la justicia, y desaparezca la crisis, os deseo a todos un Feliz Año 2014 


domingo, 15 de diciembre de 2013

EMIGRANTES

        
       
                                                                            Foto de la revista XL Semanal

 Ahí están, el abuelo y el niño, en una estación cualquiera o puede que en un puerto, llorando los dos, despidiendo a sus familiares allá por los años cincuenta. El abuelo de cara arrugada y curtida, compungida esta por el llanto parece tratar de contener la pena sin poder lograrlo. Una expresión de tristeza se refleja en su rostro aparentando aguantar la bola que se le formaría en el estómago antes del sollozo. En la foto, la entereza y fortaleza del adulto incontroladas por la emoción se perciben desmoronadas fomentadas tal vez por el llanto no escondido del niño.   
 He aquí la imagen de aquella España de mi niñez. La imagen del emigrante, de tantos y tantos emigrantes que abandonaron su tierra en pos de sueños necesitados sin más ambición que trabajar para conseguir alimentarse. El rencor a quienes les empujaron a emigrar nunca lo demostraron porque su única lucha era matar el hambre, y eso les distrajo de entrar en otras guerras que de antemano sabían perdidas.
Escenas como las de la fotografía yo las viví cuando era pequeño. Niños y abuelos como el que aparecen en esta foto las sitúo en la estación de nuestro pueblo entre un flamear de pañuelos diciendo adiós y los resoplidos del tren al iniciar la marcha mientras que nubes de vapor oliendo a carbonilla envolvían el andén. Recuerdo a un emigrante en una de las esquinas del Camino de la Estación dejando la maleta en el suelo volviendo una y otra vez a abrazar a su hijo de contados años y de su mujer que lo sostenía en brazos. El niño llorando estiraba los brazos pretendiendo irse con el padre. Mi corazón se contagió con su dolor y no pude aguantar mis lágrimas. Esta escena la conservo cincelada en mi memoria.
Han pasado casi sesenta años y seguramente aquél niño que estiraba los brazos hijo de aquél emigrante que con tan poca edad ya apuntaba a querer serlo de mayor, hoy, algunos de sus hijos o sus nietos le dirán adiós  desde la fila zigzagueante y serpenteante del control de embarque de cualquier aeropuerto para irse a trabajar lejos de España. Triste, muy triste todo ello.
Hubo un paréntesis en aquél éxodo de mi niñez. Duró un largo periodo de tiempo que nos permitió alcanzar un nivel de crecimiento y bienestar que no pudimos preservar, fundamentalmente por gestiones equivocadas, donde el egoísmo y la intransigencia además del descontrol se dieron la mano con la avaricia y la codicia para atesorar todo lo ajeno por muchos de nuestros gobernantes. Por culpa de todos ellos hoy España vuelve a exportar emigrantes; esta vez solicitan guerreros bien formados; gladiadores que como en la antigua Roma estén adiestrados en las mejores escuelas de lucha. Y para ello, para abastecer su demanda, ahí están nuestros universitarios, los nuevos emigrantes yéndose a países lejanos mientras que la tensión social existente en nuestro país por tantas y tantas tropelías se mantiene afortunadamente dentro de los cauces de la convivencia para bien de todos.
Yo espero y deseo que la situación actual en la que nos encontramos dure poco, y que todo se solucione dentro del marco de la sensatez con actuaciones pacificas, y que quienes nos gobiernan y nos gobiernen acierten en aplicar las medidas oportunas para que entre otras cosas España no sea como antes lo fue y lo es ahora, el almacén de mano de obra barata de Europa y de otros continentes más lejanos.
Ojalá que todos los jóvenes que ahora marchan regresen pronto a la tierra que les vio nacer. Que vuelvan a su pueblo, con los suyos, con sus gentes, y no sean como la mayoría de los que se fueron antaño en el tren de nuestro pueblo; muchos de ellos nunca más regresarían -ya lo he dicho en alguna entrada en este blog-. Otros, y de esto estoy muy seguro lo harán algún día para ocupar un pequeño y lúgubre habitáculo a la sombra de algunos de los árboles de delgada y puntiaguda silueta en el parque más silencioso de nuestro pueblo, aquél de recinto tapiado donde vivirán por días y años sin fin.
Es diciembre. Está amaneciendo. Desde mi ventana veo los coches aparcados cubiertos por una gélida gasa blanca que brilla centelleante con la última luz de las farolas. El magnolio que casi acaricia mi balcón mira su reloj esperando impaciente que salga el sol para calentarse y despojarse de su fría película blanquecina. Es domingo y mi calle a estas horas aún no se ha levantado, perezosa tal vez por el frío y la neblina.
El frío y el turrón siempre vuelven a casa por Navidad. Algunos emigrantes también. Ese es mi deseo.

                            ¡Feliz Navidad, amigos!

miércoles, 4 de diciembre de 2013

RUIDOS, SILENCIOS, OLORES, Y PAISAJES ACEITUNEROS



Cuando esto escribí, estaba en mi pueblo.

Al alba, siendo época de recolección de aceituna las calles de mi pueblo se despiertan todas al son del traqueteo de los remolques que se dirigen a los tajos. Para algunos, será este un ruido cansino y desagradable por su incesante golpeteo; para otros como yo, ese sonido se vuelve menos incómodo y molesto habida cuenta de que su alboroto anuncia la recogida de la aceituna, y eso significa que hay trabajo, y si estos sonidos se prolongan durante al menos dos o tres meses es señal inequívoca de que la cosecha es abundante.
Hace sesenta años también al amanecer nuestras calles se envolvían con los sonidos que producían las caballerías al golpear con las herraduras el suelo originando un discreto y relajante rumor. Sus ecos y acordes en las frías madrugadas quedaban suspendidos por momentos entre el vaho del relente, casi meciéndose entre la bruma de los gélidos amaneceres aceituneros; después, estos sonidos se iban diluyendo perezosamente a medida que se alejaban los animales. Algunas mulas iban ataviadas con campanillas y en su bambolear al caminar, el grato y placentero tintineo de los refulgentes metales se mezclaban cada mañana con las voces de los aceituneros que partían para los tajos, los rebuznos de los borricos, el ladrar de los perros y los silbidos de sus amos. Cada amanecer la luz del alba parecía dotar a las gentes de nuestro pueblo de la energía suficiente para una nueva y dura jornada de trabajo. Luego, como ríos caudalosos al principio, arroyos y regueros después, mujeres, hombres y niños se perdían por entre la espesura de los olivares para recoger el fruto en un andar por caminos infinitos y veredas fabricadas por albarcas y alpargatas de lona. 
Y el pueblo entonces quedaba solitario y sordo, con un silencio callado, alterado nada más que por el del tañer de las campanas de la iglesia dando las horarias, y el del ruido de algún que otro chiquillo jugando solo en la calle porque su amigo con ocho años estaba ya ganando un exiguo, mezquino y miserable “jornal de niño” en la aceituna.
Ahora, las gentes naturalmente no van a los tajos andando. Cada mañana después de sufrir el efecto embudo a la salida del pueblo, las hileras de vehículos que los transportan junto con los remolques se pierden todos por entre la amplia red de carriles que serpentean por todo nuestro extenso término. Desde la lejanía parecen dibujar estos senderos en el paisaje un laberinto de arterias y venas superficiales que sirven para dotar al olivar de accesos fáciles para los trabajos. Y después, como antaño, el pueblo sigue quedándose solitario. Sus prolongados silencios se asemejan engañosamente a las mañanas domingueras donde nadie tiene prisa por levantarse, así, hasta poco antes de morir la tarde en que el pueblo vuelve a recobrar su pulso cuando las gentes regresan y la aceituna en el molino llega a transformarse antes de ser aceite en un vale con nombre y quilos que algunos atesoran y coleccionan con un más que exacerbado egoísmo presumiendo con descaro de los guarismos insertos en el boleto. Nada es como antes, nada; ni tan siquiera aquellos olores de antaño en tiempo de recolección de aceituna. ¿Quién no recuerda los olores de nuestras calles en aquél tiempo que acabo de dibujar con las palabras? Nuestro pueblo olía a almazara, a molino, a aceituna. Llevo ese olor impregnado aún en mí pituitaria desde cuando era niño y sin pretender que alguien me considere un  chauvinista, todo ello me hace recordar entre otras cosas a la “jerga” que no eran otra cosa que sacos de pita donde se envasaba la aceituna y que a lomos de las caballerías se transportaba hasta el molino. A veces llegaban a chorrear estos sacos por el zumo de las aceitunas embriagando las casas después de ser vertidos en la rampa de las trojes en los molinos. Todo quedaba bañado por el olor agridulce de la aceituna: los fardos, las espuertas de pleita, la ropa, todo, incluso aquella rampa llamada limpia donde se limpiaba de ramas, hojas y de impurezas el fruto antes de ser envasado. Cuando era muy pequeño y mi padre me llevaba de “excursión” a la aceituna, me gustaba recibir las caricias de los golpes de aquellas aceitunas que se despeñaban limpia abajo. Después, cuando lo hice sin tener edad para ganar un jornal, comprendí que el recreo se me había terminado y aquellas leves caricias dejaron de ser ya perceptibles por mí.    
Salgo a la calle. No me gusta pasear por mi pueblo cuando no está la gente de mi pueblo. Un extraño sentimiento me invade difícil de definir. Las calles están semidesiertas. Algún coche que otro mientras paseo, de manera esporádica. irrumpe la quietud de la amplia avenida por la que deambulo. Muy a lo lejos se oye el piconero pregonando su negra mercancía. Al poco regreso a casa. A lo lejos diviso a la sierra envuelta toda ella con una blanquecina sábana de bruma. Hace mucho frío y los montes intentan arroparse con un sol lánguido amarillento y enfermizo. Supongo que llevan muchos años haciéndolo pero Jabalcuz ahí está, eterno, no envejece como lo hago yo. Hoy quisiera ser de nuevo niño para esperar el regreso de los aceituneros a su entrada al pueblo para cantarle aquello de:
Aceitunero de pio pio. Cuantas fanegas has recogio. Fanega y media, y el culo frío.
Mañana regreso a Madrid. También sé recordar cosas de mi pueblo desde allí. Os la seguiré contando.