sábado, 13 de mayo de 2023
lunes, 6 de marzo de 2023
LA TRANSFORMACIÓN DE NUESTROS PAISAJES.
Un viento adormilado mece débilmente las ramas de los álamos desnudos que dormitan cerca de nuestra ermita mientras esperan a que el pintor de la primavera los coloree con el verde intenso del “panpatos”. Huele a monte, pero a monte torrecampeño. A veces me pregunto por qué este olor es tan característico y tan distinto al de otros. Tal vez sea el exceso de amor a esta tierra que hasta en esto la distingo de las demás, me digo. He dejado mi coche bajo los álamos descritos y junto con mi mujer bajamos con cuidado para no resbalar por la rampa de nuestra ermita sembrada por “bolicas” caducas, la simiente de los árboles llamados en botánica cinamomos, y esto me hace recordar cuando en los años sesenta aquí en Madrid, la policía a caballo corría abriéndose paso en las manifestaciones de los del metal entonces prohibidas, y estos se defendían arrojando en el suelo bolas de cojinetes, lo que hacía caer al caballo y al jinete. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, me digo mientras ando con cuidado rampa abajo.
Dentro de la ermita
creo que es el espeso silencio reinante el que hace crujir la madera de los
bancos. Ya no huele como antes al tufillo místico que desprendía la cera de las
velas que alumbraban a nuestras imágenes sagradas. Todo sea para que aquél
incendio descrito en el libro “Memoria
rescatada de la Cofradia Santa Ana” de Juan Moral Gadeo y Francisco Pérez
Martos, no se vuelva a repetir. Mis oraciones quedan flotando en la ermita. Es
temprano y Santa Ana no habrá llegado aún, ya se sabe, hasta que se toma el
café en el Cielo no regresa a este su santuario, pero estoy seguro que recogerá mis plegarias y las tendrá muy en
cuenta como siempre hace.
Desde la lonja de la
ermita contemplo el paisaje. La mañana es fría y Jabalcuz se arropa con la
bruma, que más parece que lo hace con los jirones de una sucia sábana gris. El
humo espeso producido por una hoguera a lo lejos quiere competir con la neblina
que envuelven las cúspides de las montañas sin conseguirlo pues al poco de
elevarse cae internándose por las cañadas próximas desde donde nace. Imposible
el contar los chalet que desde aquí diviso. Le llaman chiringuitos. Algunas
edificaciones lo serán, pero todo el paisaje es ya una muy extensa urbanización
rayando muchas construcciones en la excentricidad, eso me cuentan. Traslado mi
vista hacía la campiña la que en este tiempo cuando era niño era un mosaico de
colores en el que predominaba el verde de los sembrados salpicado por los
pardos y rojizos de los barbechos. ¡Cuánto ha cambiado nuestro paisaje!
Me marcho, no quiero
demorar más la partida hasta mi residencia madrileña. Mi viejo automóvil me
espera cargado con el equipaje y algunas de las ricas viandas de esta nuestra
tierra. Es mi costumbre antes de mi regreso, el visitar a nuestra Patrona. Uno
de los almendros cercano a la ermita muestra orgulloso sus primeras flores.
Lástima, vendrán de seguro más fríos, y lo peor, heladas. Ojalá me equivoque.
Antes de montarme en mi
coche observo el pinar del cerro Miguelico. En el interior de su espesura rugen
varias motos con un sonido ensordecedor. No sé si habrá carriles autorizados
para que circulen por entre el intrincado
del bosque de pinos, pero este ruido infernal no contribuirá al normal
desarrollo del ecosistema. Pinos estos que fueron plantados a finales de los
sesenta estando yo en la mili. Recuerdo que antes, el paisaje del cerro estaba
compuesto por encinas dispersas, carrascas, abulagas, y plantas olorosas como
el tomillo, además de otras especies autóctonas.
Circulo hasta el pueblo
detrás de un camión bañera cargado con otra dentellada más dada al monte. En mi
desaliento recapacito y pienso que todos hemos contribuido y seguimos
colaborando de alguna manera a la transformación de nuestro paisaje. Para darme
ánimo empleo una frase muy cinéfila, aquella de Rick (Humphrey Bogart) a Elsa (Ingrid
Bergman) en la película Casablanca: Siempre
nos quedará Paris, y yo digo: Siempre nos quedará el Bosque de la
Bañizuela.
lunes, 12 de diciembre de 2022
MIS DOS PUEBLOS.
Mi humilde contribución al 37 Otoño Sociocultural para Mayores, 2022
Torredelcampo, años 50
Aquél pueblo de tapias
y corrales, de viejos tejados curvados, de calles que morían entre trigales
abrileños y rastrojos calcinados, de eternos temporales donde el viento aullaba
en las cámaras dibujando sombras bamboleantes en sus muros y atrojes, y donde por la noche, el ruido de alguna teja
al estrellarse contra el suelo de la calle hacía espantar a los gatos y
despertar a los niños lactantes.
Aquél pueblo de calles intransitables,
de barrizales traqueteados por el paso de las bestias donde en los hoyos de las
herraduras bebían los gorriones, los niños jugaban al “marro” y hasta la luna se peinaba en el pequeño espejo
redondo de su agua.
Aquél pueblo de ataúdes
blancos llevados en angarillas, de lutos perpetuos, de novias enclaustradas
vestidas de negro, de radios mudos, donde hasta la cal por ser blanca era
castigada cuando moría el abuelo.
Aquél pueblo de casa de
socorro de vendas, grapas, y alcohol, de despachos locales en los que se
tramitaba la beneficencia por triplicado adhiriendo a los impresos los timbres
correspondientes, y de ambulancias cuyas sirenas era el claxon del taxi que el
enfermo tenía de pagar.
Aquél pueblo de
contados festejos, donde aquellos pulidos mármoles de los veladores de las
tabernas nunca llegaron a mancharse con algo que le gustase al perro.
Aquél pueblo de ajuares
bordados en bastidores con los caros hilos multicolores de la paciencia labrados
por primorosas casamenteras mientras esperaban la carta con la licencia del
novio; todas aquellas cartas, me constan, llegaron a su destino, tan solo se
perdió aquella que aquél no escribió.
Así era mi pueblo en
los años cincuenta.
Hoy, Torredelcampo, es
un pueblo moderno, de amplias avenidas, de recoletas plazoletas con cantarinas
fuentes, con espacios para el recreo y paisajes pintorescos. Un pueblo acogedor
que gusta de celebrar de manera participativa sus incontables fiestas. Así veo
yo ahora a mi pueblo, y así vi y viví en aquél otro que relato.
Si alguien me pregunta
que con cuál de los dos pueblos descritos me quedo, diré que con este que ahora
disfrutamos, aunque traería si pudiera a aquellas gentes que habitaron en el
primero, gentes de honor y de palabra, valores pocos practicados por una buena
parte de la sociedad actual. A esas buenas gentes, algún día, alguien las verá
en el metaverso dando lecciones de nobleza y rectitud. Que no tarde eso en
llegar pues hay gente muy necesitada.
HISTORIA TENEBROSA.
Relato
para contar en estas fechas.
Esta historia que voy a
relatar no es un cuento inventado, es el testimonio de un hombre que desde hace
mucho tiempo ya no está entre nosotros y que a no ser porque en vida fue una
persona seria y formal, yo, ni
cualquiera, hubiese dado por válida esta
historia, pero he de admitir que dada su reconocida sensatez, más el grave tono
de voz empleado cuando me lo contó acompañado por sus continuas miradas para
ver si en mi observaba cualquier atisbo de incredulidad, he de confesar que di
por cierto aquello que hoy voy a revelar ocultando la identificación de esta
persona ni el paraje donde me dijo ocurrió, pero eso sí, recreando las situaciones acorde con
los escenarios de cuando acaeció este suceso y que según él fue a finales de
los años cuarenta.
Esto me contó:
Era tiempo otoñal y la
simienza estaba ya muy avanzada cuando le tocó a este hombre ir a la campiña a
sembrar la finca de un amigo de su padre que estaba convaleciente de una
enfermedad. El dueño de la finca gozaba de una posición económica en aquellos
tiempos más que aceptable, (en torrecampeño, un veguero) y agradeció el favor
de que se prestase el hijo de su amigo a irse a su cortijillo a pernoctar al
menos cinco o seis días para realizar la siembra, y más cuando el protagonista
en cuestión llevaba casado tan solo unos meses.
Al alba, una madrugada
del mes de octubre se personó en casa del amo de la finca, quién sacó de la
cuadra una yunta de mulas y una borrica. Aparejó los animales. Una de las mulas
la cargó con el arado, el “ubio”, el “injero”, las colleras, y la “arrieta”
donde dentro de ella iban el “bitobí” y el cebero; en la otra mula cargó el
grano para sembrar y la cebada para el pienso de los animales. La borrica donde
iría él montado llevaba el serón albergando el pan y demás viandas que le había
preparado con mucho cariño su flamante esposa.
Media hora después de
haber pasado por El Berrueco llegó al cortijillo que este hombre conocía por
haber estado una vez segando cerca de él. Después de meter el grano y el resto
de los enseres bajo techo, ensambló el arado, unció la yunta y se dirigió a la
tierra que iba a ser sembrada llevando al hombro un morral con la simiente y
una azadilla que le ayudaría a señalar con unas cavadas los trechos donde
desparramaría el grano. A continuación marcó la besana al fondo de la finca con
trazos los más rectos posibles dado que
su forma geométrica era rectangular. Después de una hora de trabajo
paró. Miró su reloj, era aproximadamente las dos de la tarde. Desunció a los
animales y les echó un pienso en la “arrieta”, almorzó un panaseite que le supo
a gloria y cavó los “cuchillos” de dos majanos en zona arada mientras los
animales devoraban su alimento. ¡Qué lejos está el pueblo!, se dijo para sí,
solo he podido trabajar una hora y son casi las tres de la tarde. Después de
dos cortos recesos “revesos”, las sombras iban poblando poco a poco la campiña
y optó por dar de mano. Un viento muy húmedo del “derecho” en cortas ráfagas le
acariciaba la cara. Se encaminó al cortijillo, cogió una cuba de metal y a la borrica
que la había dejado trabada en las inmediaciones de la era y se dirigió al
cercano pozo para que abrevaran los tres animales. Era ya de noche cuando
colocó la estaca que atrancaba por dentro la puerta de entrada del cortijillo.
Había refrescado por lo que decidió encender el fuego en la chimenea con unos
palos y ramas de olivo secas que estaban amontonadas en una de las alas de la
pequeña cocina. Encendió un cigarro y bebió varios tragos de vino de una
pequeña garrafa que su mujer le había proporcionado, gesto que le agradeció al
tiempo de despedirse. Después de calentar una fiambrera que contenía “papas en
caldo”, cenó el contenido de la misma, se fumó otro cigarro y se dispuso irse a
dormir no antes de echarles un pienso a las bestias. El cortijillo disponía de
dos habitaciones en la parte superior. Una de ellas tenía un catre con una saca
de paja y en él se dispuso a dormir el tiempo que durara su trabajo arropado
con una manta. Cuando sopló a la llama del candil, la oscuridad invadió la
habitación, solo se dejaba ver a través de la rendija del ventanuco que daba al
exterior una liviana e imperceptible claridad. No tardó en quedarse dormido. El
runruneo monótono de los animales comiendo en los pesebres invitaba a ello
además de que el día había sido agotador.
No llevaría más de una
hora durmiendo cuando un fuerte golpe en el piso de abajo le despertó. Encendió
el candil y bajo presuroso las escaleras. Los animales habían dejado de comer y
estaban con las orejas tiesas, pero al verlo, pareció tranquilizarles pues
optaron por agacharlas. La cuba de metal que estaba colgada en una de las
estacas de la pared es de suponer que por la inclinación del palo se había
caído al suelo y era lo que había originado el estruendo. Buscó otra estaca más
segura donde colgó de nuevo la cuba y volvió a acostarse. Ahora, el viento
aullaba en el exterior y golpeaba los viejos cuarterones de la ventana de la
habitación.
No era receloso pero el
incidente de la cuba más el ruido del viento le hacía dar vueltas y más vueltas
en la saca de paja sin poder conciliar el sueño. De pronto, otro golpe esta vez
más fuerte que el anterior se escuchó de nuevo en la planta baja. Encendió nuevamente el candil y bajó esta vez
las escaleras lentamente como temiendo algo inesperado, y más cuando se percató
de que las sombras de la pobre luz del candil al proyectarse en las paredes bailaban
al compás de sus movimientos dibujando figuras fantasmagóricas. Llegado a la
planta de abajo observó que los animales estaban esta vez en un rincón de la cuadra
apretujados y emitiendo resoplidos. De nuevo la misma cuba estaba en el suelo,
y esto le extrañó dado que antes colocó el asa de ella al final de la estaca
casi rozando la pared. Recogió el recipiente y optó por no dejarlo colgado en
la estaca, sino que lo dejó en el suelo. Observó que todo lo demás estaba en orden
y tranquilizó a los animales a los que les echó el último pienso de la noche. Después
de esto se encaminó de nuevo a la habitación donde intentaría dormir. Antes de
llegar a las escaleras le pareció atravesar un espacio congelado, pues un frio
intenso se apoderó de él acompañado de una sensación de miedo que crecía cada
vez más. Empezó a subir los peldaños con el candil en la mano y quedó estático unos segundos al descubrir una
sombra en el rellano próximo a la habitación. Era como la figura de una persona
que parecía estar esperándolo. El corazón empezó a latirle fuertemente y hasta creyó
oír sus palpitaciones. Aquellos segundos de incertidumbre fueron eternos para
él. No lo pensó, en tropel, casi de un salto, volvió hasta la planta de abajo y
precipitadamente abrió la puerta del cortijillo porque quería estar fuera de
sus muros. Una ráfaga de viento pareció sacarle de su aturdimiento cuando
decidió nuevamente entrar. Lo hizo para sacar a las bestias, y aparejar a la
borrica donde en el serón de manera desordenada echó algunas de sus
pertenencias, otras quedaron allí, aquellas que estaban en la habitación y
cerca de las escaleras. A continuación, en una noche oscura de mucho viento
puso rumbo al pueblo después de haber cerrado el cortijillo.
Sobre las cinco de la
mañana este hombre llamó en la puerta del dueño de la finca. Este, todo
extrañado le preguntó:
-¿Qué ha pasado?... ¿Te has puesto malo?
-Yo en su cortijillo no puedo estar -fue su escueta
contestación.
-¡Ah, ya!... no me digas nada. Yo sé el motivo. Te pido por
favor que esto quede entre nosotros. Di que te has puesto enfermo. Ya
hablaremos.
Quince años después.
El dueño de la tierra y
el protagonista de esta historia coincidieron muchas veces en el pueblo pero ninguno
se atrevió a formular conversación sobre este asunto, hasta que un día quince años después estando los dos solos en
Los Jardinillos, hubo esta conversación entre ambos:
-¿Te acuerdas aquella vez que te fuiste a mi cortijillo a
sembrar?
-Sí señor. Nunca lo olvidaré.
-Eres un hombre formal, igual que tu padre, mi amigo.
Aquella madrugada te rogué que dijeras a quién te preguntase que te habías venido porque estabas enfermo y
silenciaste que el motivo fuera otro. Quiero que sepas que desde aquella noche
nadie durmió más en el cortijillo. Después de aquello lo cerré y ahora cuentan
que su estado es ruinoso. Te aseguro que yo nunca creía en esas cosas que
aquella noche de seguro te sucederían, pero hoy
quiero confesarte lo siguiente:
-Yo
tenía un hermano dos años mayor que yo el cual no estaba bien de la cabeza y
que murió en el año 1921 a la edad de veinte. La gente del pueblo le daba de
lado, y asimismo él a la gente. Donde más a gusto estaba era en el cortijillo.
Más de una vez al echarlo de menos se le encontró allí. Los veranos solía ir mi
madre y se llevaba a las gallinas. Un día que se había quedado solo le cortó la
cabeza a todas y encontramos el suelo y las paredes ensangrentadas, había
sangre por todas partes Después de esto, mis padres pensaron internarlo en un
manicomio, pero mis tíos y el resto de la familia influyeron para que no lo
ingresaran porque aquello sería una afrenta para todos. Pero si algo tenía de
bueno era que le gustaba trabajar, no habiendo ningún trabajo que se le
resistiera.
El
hombre hizo una pausa y continuó.
-Un
día en el cortijillo, estando segando dejó de hacerlo porque un fuerte dolor de
vientre se lo impidió. Mi madre le hizo una infusión de manzanilla pero el
dolor continuaba. Más tarde, la fiebre hizo su aparición. Por la noche la calentura
aumentó y tenía además vómitos continuos. Mis padres y yo pensamos que lo mejor
era llevárnoslo al pueblo. Cuando se lo dijimos, cogió un cuchillo y nos
amenazó a los tres guardándose el arma entre las mantas con la que se arropaba
para mitigar la tiritera que la fiebre le ocasionaba. Mi padre aparejó a una de
las bestias y puso rumbo al pueblo para buscar a un médico o alguna medicina
que le aliviara. De madrugada regresó
con dos o tres medicamentos. El médico le dijo que se prepara para lo peor,
pues los síntomas eran los mismos que los del dolor del miserere, y que daba
igual que lo hubiesen traído o no al pueblo, pues no había remedio para él,
como así fue. Mi hermano murió al día siguiente, y entre dos sacas de paja amarrado
a ellas con una soga lo trajimos al pueblo entre los sollozos de mi madre.
Ahora,
este hombre hizo una pausa más larga que la anterior, miró a su interlocutor y
soltó lo siguiente:
-A
mi hermano lo enterramos en el camposanto, pero mi hermano se quedó a vivir en
el cortijillo. No te digo más. Ni quiero que me cuentes detalles de lo que te
pasó aquella noche. Adiós.
Queridos amigos/as,
En estas fechas, estamos
olvidando las raíces de nuestras tradiciones, despreciándolas para dar paso a
esta “modernidad” llamada Halloween donde la gente se disfraza de monstruos,
brujas, o qué se yo, adornando además las casas con calabazas terroríficas.
Gilipolleces. Nada como aquellas leyendas que nos contaban nuestros mayores la
noche de Todos los Santos mientras las campanas tocaban a muerto y sus tristes
y lentos tañidos se colaban por las rendijas de las ventanas y chimeneas.
¡Feliz Día de Todos los Santos!
Antero Villar Rosa
Pd. Lo de las calabazas
tuvo la culpa un torrecampeño que emigró a los Estados Unidos. A sus nietos les
enseñó a hacer faroles con melones, con
dibujos de escaleras, el sol, la luna, y hasta la estrellas. Lo de Rosalía…
ahora, está causando furor…
¡Que no! Que esta
Rosalía es otra, que esta no va a misa…me dicen. En fin, no me entero, cosa de los años.
ABUELAS DE AQUÉL AYER.
Con todo mi cariño, a todas las abuelas torrecampeñas.
La foto es tan
expresiva que lo dice todo. Ahí está la abuela sosteniendo a su nieto dormido
mientras atiende sus obligaciones en la cocina. Viendo esto, me vais a permitir
que abra la puerta de mi memoria con la llave de mi corazón para radiografiar
una pequeñísima parte del pasado de estas mujeres como la que aparece en la
fotografía poseedoras de valiosos tesoros, entre ellos: la ternura, la
sabiduría, y el sacrificio, valores estos que lamentablemente una buena parte
de la sociedad actual ha rechazado heredar.
Me imagino la infancia
que tuvo esta mujer, la que iría al colegio solo lo justo hasta aprender a leer
silabeando las palabras y a escribir su nombre junto a un garabato en un papel,
la que dormiría en un colchón de farfolla acompañada de una o varias hermanas,
la que a la hora de comer metería la cuchara en un único recipiente junto con las
del resto de la familia, la que iría a
por agua a la fuente, la que antes de cumplir los diez años ya era jornalera en
la aceituna, la que desde pequeña le enseñaron a arrancar matas de garbanzos y
matalahúga y ayudar en la era a sus padres, la que aprendió a hilvanar y a
zurcir remiendos, la que para lavar la ropa tenía que ir al arroyo, la que
desde la ventanilla del tren vio por primera vez el mar aquella vez que se fue
a vendimiar a Francia, la que con mucho esfuerzo llegó a tener un papel que le
hacía propietaria de un techo, la que sacó adelante junto a su marido a sus
hijos dándoles a todos una cultura que ella no pudo tener, la que trabajó
durante toda su vida sin horas, sin vacaciones, y sin dar de alta en la
seguridad social, y entre otras cosas, y esta es la más importante, la que
respetó a sus padres y abuelos a los que asistió hasta su muerte.
Abuelas como las de la
fotografía que lo dieron todo por la familia mientras han sido útiles, transmisoras
de sabiduría y experiencia además de dar sabios consejos, apoyo emocional, e
incluso económico para mantener a la familia unida.
Lamentablemente, para
una parte de la sociedad actual las personas mayores son una carga, una resta
de libertades a su ocio, a su vida fácil, llegando a veces hasta coartar sus devaneos
amorosos. Un problema asimismo para las relaciones familiares que nunca habrán
sido tan espinosas desde quiera que la abuela ya no pudo ayudar y ahora tiene
que ser ayudada.
Mientras tanto, a estas
abuelas, en su soledad, la más infame de todas las compañías, les quedarán
todavía cariño por repartir, lo que ya no les quedarán es el cariño económico
porque lo fueron repartiendo ayudando con sus ahorros a los hijos y nietos
cuando estaban en apuros, y morirán esperando cada noche el beso de buenas
noches de sus hijos, o sus llamadas, pero ellos estarán tan ocupados que no tendrán tiempo ni para esto.
Una persona madrileña a
la que yo le tenía mucho aprecio me dijo un día: Antero, la soledad es mala,
pero la soledad en compañía es mucho peor. Se me saltaron las lágrimas.
Las personas mayores
merecen vivir una vejez placentera, rodeadas del respeto y cariño de sus
familiares evitando a toda costa su aislamiento. Ellos, nos demostrarán su
agradecimiento con un gesto, o con una gratificante pero muda mirada cuando
perciban la dulce caricia de una mano y la pausada voz de quién les hable empleando
un tono acaramelado, casi acunado. Son pequeños detalles que a ellos les gusta.
ROGATIVAS A SANTA ANA PARA QUE LLUEVA.
Noche de insomnio. No creáis que me haya despertado el dulce repiqueteo del agua de la lluvia en la ventana de mi dormitorio, ya quisiera yo. No, son los años los que provocan que el timbre de mi despertador ande dislocado. Imposible de reparar, me dijo un día el galeno, que no el relojero. En estas ando yo, y en mi desvelo, esta madrugada, he querido dejar volar mi imaginación y llegar hasta la ermita de nuestro pueblo y adentrarme en ese lugar sagrado con todo el sigilo posible para no despertar a nuestra Patrona y sobre todo a la Niña. Allí, antes del alba, en la debilitada penumbra de la ermita han quedado flotando en el aire mis oraciones para cuando despierten junto con el centelleo de una vela eléctrica. También les he suplicado que atiendan mis rogativas, estas que hago públicas para que la lluvia riegue nuestros campos:
Santa Ana bendita:
No quiero ver los olivos sedientos de mi pueblo abrasados por la calma de tantas siestas pasadas, de tantas noches tórridas, donde hasta la luna me han dicho, siendo otoño, sigue pidiendo agua para poder dormirse.
Quiero ver el cielo cubierto de nubes negras, de nubes grises y plomizas, y a vencejos volando muy alto, casi bebiendo en esos nublos.
Quiero que la brisa de las nubes arrastre remolinos de polvo, polvo de los caminos, polvo de los olivares y hasta el polvo de aquellas eras.
Quiero ver cómo el viento de alguna borrasca mueva los cardos secos de los caminos y despierte a los vilanos elevándolos en su viaje sin retorno hasta el cielo infinito.
Quiero oler a tierra mojada y llenar con su fragancia mis pulmones, y que ese olor reparador me transporte en el tiempo a otros tiempos vividos en mi pueblo.
Quiero que las grietas del olivar se inunden con el agua caída, y curen y tapen las cicatrices profundas de nuestros campos sedientos.
Quiero que una lluvia mansa, casi adormecida acaricie los tejados de nuestro pueblo en noches de canales y días de migas.
Quiero ver a gentes corriendo por las calles, y algún paraguas volando, y a
la gente del campo haciendo cola en las churrerías.
Quiero, desde el cerro, ver a mi pueblo envuelto entre la bruma y la neblina, y no por el flamear infame de la canícula.
Quiero que los pinceles de la lluvia restauren el color de los olivares, y borren el ocre pálido de muerte que la sequía les pintó.
Quiero que llueva otra vez tras los cristales de aquella escuela de Machado en tardes pardas y frías.
Quiero que lluevan jornales y agua virgen extra en mi pueblo.
Sí, quiero que llueva dulcemente sobre los campos de mi pueblo, campos de mi niñez, campos con sed de trabajo, con sed de tanto..., campos de Torredelcampo.
En romerías de mis tiempos pedíamos a nuestra Patrona y a la Madre de Dios,
agua para nuestros campos con este cántico:
Agua Virgen pura, agua Virgen Madre, agua de los cielos, no nos desampares.
Santa Ana bendita, atiende las plegarias de este humilde servidor que se unirán
a las de todas las buenas gentes de tu pueblo, aquellos/as que con promesas y
empeños, a ti siempre portadores, vamos los torrecampeños.
Amén.
jueves, 19 de mayo de 2022
MI PUEBLO EN FEBRERO
Ya habrán emergido
entre las cañas secas de la cosecha anterior los tiernos brotes del hinojo,
indultados ahora, y ejecutados antaño con el filo de la navaja para el
panaseite aceitunero.
Ya apuntarán las verdes
allozas en los almendros de la Cuesta la Alberquilla, amnistiadas otro año más
desde que aquél hombrecillo ansioso de recetas vitamínicas dejó de ir a por
ellas para pregonarlas por las calles al grito de: “A real la “almorsá”.
Ya habrán florecido las
abulagas en el Cerro Miguelico. Su bello y encendido color amarillo cada año
resaltará más desde que aquellos que por una hogaza dejaron de cercenar sus leñosas
ramas que servían de combustible para los hornos de pan.
Ya estarán los álamos
cargados por el verde de sus semillas que el viento transportará hacia lugares
distantes. En otros tiempos el “pan pa tós”, así se les llamaba a las panochas
de estas simientes, servían para distraer el hambre. <<En mi hambre mando
yo>>, le dijo uno que tenía telarañas en el estómago a un rico. Seguro
que sería mientras injería este “suculento” manjar.
Ya se habrán despojado
de la herrumbre y brillarán las puntas de metal de no más de diez almocafres en
nuestro pueblo que estarán sirviendo para escardar los contados “roalillos” de
habas con los que se distraerán algunas personas mayores. Antes, miles de almocafres
le hacían cosquillas a doña campiña, que agradecida por el masaje, se acostaba
relajada cada noche arropada por el sembrado.
Ya habrá una vereda en
cada esparraguera en el monte, como también en los muchos pedregales baldíos
sin roturar donde el espárrago se prodiga en nuestro pueblo. La incesante
procesión de visitantes no reparará en las salpicadas matas de gamones que en
este tiempo presumirán de hojas nuevas y brillosas. Los pequeños bulbos de color
rosado de estas plantas servían en mis tiempos para restregarlos como protector
dermatológico en los rodales blancos que salían en la cara de los adolescentes.
Ya, con toda seguridad,
en este tiempo, se dejarán oír los
compases lastimeros de alguna corneta que después de rasgar el viento viajarán
con él hasta morir en el olivar. Sueña el de la corneta, las hermandades, y
hasta ese viento, con los perfumes propios de la Semana Santa que está próxima.
Ya llora otra vez el
campo cuarteado por la sequía. Esta vez en febrero. El jilguero en la cañada
intenta con sus trinos consolarlo pero de su flauta solo salen cortas y tristes
estrofas al comprobar el colorín los cardillos moribundos en los terraplenes
del “salao” por falta de lluvia. Este año no se podrá columpiar en los cardos
para comer sus apetitosas simientes.
Ya no hay niños que sustraigan
al descuido un palo de olivo para un trompo, ni muchachas que en el “correndero”
canten lo único que estaba permitido en mis tiempos cantar en carnaval: No me
conoces, no me conoces…
No me conoces… llevando
cincuenta y cuatro años fuera de Torredelcampo, quién me puede conocer, aunque…
si he de ser sincero, creo que nunca me fui.

