lunes, 6 de marzo de 2023

LA TRANSFORMACIÓN DE NUESTROS PAISAJES.

 

Un viento adormilado mece débilmente las ramas de los álamos desnudos que dormitan cerca de nuestra ermita mientras esperan a que el pintor de la primavera los coloree con el verde intenso del “panpatos”. Huele a monte, pero a monte torrecampeño.  A veces me pregunto por qué este olor es tan característico y tan distinto al de otros. Tal vez sea el exceso de amor a esta tierra que hasta en esto la distingo de las demás, me digo. He dejado mi coche bajo los álamos descritos y junto con mi mujer bajamos con cuidado para no resbalar por la rampa de nuestra ermita sembrada por “bolicas” caducas, la simiente de los árboles llamados en botánica cinamomos, y esto me hace recordar cuando en los años sesenta aquí en Madrid,  la policía a caballo corría abriéndose paso en las manifestaciones de los del metal entonces prohibidas, y estos se defendían arrojando en el suelo bolas de cojinetes, lo que hacía caer al caballo y al jinete. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, me digo mientras ando con cuidado rampa abajo.

Dentro de la ermita creo que es el espeso silencio reinante el que hace crujir la madera de los bancos. Ya no huele como antes al tufillo místico que desprendía la cera de las velas que alumbraban a nuestras imágenes sagradas. Todo sea para que aquél incendio descrito en el libro “Memoria rescatada de la Cofradia Santa Ana” de Juan Moral Gadeo y Francisco Pérez Martos, no se vuelva a repetir. Mis oraciones quedan flotando en la ermita. Es temprano y Santa Ana no habrá llegado aún, ya se sabe, hasta que se toma el café en el Cielo no regresa a este su santuario, pero estoy seguro que  recogerá mis plegarias y las tendrá muy en cuenta como siempre hace.

Desde la lonja de la ermita contemplo el paisaje. La mañana es fría y Jabalcuz se arropa con la bruma, que más parece que lo hace con los jirones de una sucia sábana gris. El humo espeso producido por una hoguera a lo lejos quiere competir con la neblina que envuelven las cúspides de las montañas sin conseguirlo pues al poco de elevarse cae internándose por las cañadas próximas desde donde nace. Imposible el contar los chalet que desde aquí diviso. Le llaman chiringuitos. Algunas edificaciones lo serán, pero todo el paisaje es ya una muy extensa urbanización rayando muchas construcciones en la excentricidad, eso me cuentan. Traslado mi vista hacía la campiña la que en este tiempo cuando era niño era un mosaico de colores en el que predominaba el verde de los sembrados salpicado por los pardos y rojizos de los barbechos. ¡Cuánto ha cambiado nuestro paisaje!   

Me marcho, no quiero demorar más la partida hasta mi residencia madrileña. Mi viejo automóvil me espera cargado con el equipaje y algunas de las ricas viandas de esta nuestra tierra. Es mi costumbre antes de mi regreso, el visitar a nuestra Patrona. Uno de los almendros cercano a la ermita muestra orgulloso sus primeras flores. Lástima, vendrán de seguro más fríos, y lo peor, heladas. Ojalá me equivoque.

Antes de montarme en mi coche observo el pinar del cerro Miguelico. En el interior de su espesura rugen varias motos con un sonido ensordecedor. No sé si habrá carriles autorizados para que circulen  por entre el intrincado del bosque de pinos, pero este ruido infernal no contribuirá al normal desarrollo del ecosistema. Pinos estos que fueron plantados a finales de los sesenta estando yo en la mili. Recuerdo que antes, el paisaje del cerro estaba compuesto por encinas dispersas, carrascas, abulagas, y plantas olorosas como el tomillo, además de otras especies autóctonas.

Circulo hasta el pueblo detrás de un camión bañera cargado con otra   dentellada más dada al monte. En mi desaliento recapacito y pienso que todos hemos contribuido y seguimos colaborando de alguna manera a la transformación de nuestro paisaje. Para darme ánimo empleo una frase muy cinéfila, aquella de Rick (Humphrey Bogart) a Elsa (Ingrid Bergman) en la película Casablanca: Siempre nos quedará Paris, y yo digo: Siempre nos quedará el Bosque de la Bañizuela.

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