jueves, 29 de octubre de 2020

YA LLEGA LA FERIA

 

¡Ya llega la feria! Venga, que ya están aquí las casetas del turrón; los primeros feriantes anunciadores de nuestras fiestas ya han llegado con su goloso pero duro y pétreo Primitivo Picó, envuelto todo con el aroma a  tabla de carpintería. Ya está aquí también el del Chupetón de la Tonta, con su espeso bigote, más poblado su penacho que el año anterior. Las escopetas si el año pasado las tenía amañadas para el lado izquierdo este año las tendrá preparadas al lado contrario, así que habrá que estar atentos para derribar el palillo.

Los conejos en los corrales presagian su triste destino como los presos de la milla verde. Sus pellejos colgarán al sol esperando a la gitana que se los llevará al trueque de unas agujas de coser mientras las avispas y moscas dan buena cuenta de ellos. Al igual que en el cine Callao de Madrid, cuelgan carteles de pintura en los balcones de la plaza con los protagonistas, anunciando la película que se proyectará en el cine Paseo. ¡Vamos que llega la feria! 

En las eras no hay descanso, se trilla, se ablenta y se envasa con mucha ansiedad el grano contando las fanegas a golpe de cuartilla, cada cuatro, una fanega. Los sacos de grano se amontonan en los alrededores del almacén de trigo esperando ser pesados mientras personas mayores hacen guardia custodiándolos. Las mujeres ya han comprado los melocotones para el ponche. Hay en las azoteas vasijas al sol rebosantes de pajón donde maduran las alcaparras y alcaparrones, mientras que los “blanqueores”  siguen encalando las casas de sol a sol.

¡Ya ha llegado la feria! Cohetes, música, procesión, y campanas al vuelo. Hay un olor penetrante a tierra mojada producido por Juan Diego que riega en Los Jardinillos mientras los chiquillos gritan ¡Juan Diego riega y aquí no llega! Los dompedros y boneteros agradecen el refresco mientras los peces de colores se confunden con los azulejos de la fuente. En la plaza hay carrera de cintas. Antes, en los Puentecillos ha habido concurso de tiro al plato. Como todos los años el premio ha sido para el de Rependa. Los de las “voladoras” descamisados ellos, de torsos achicharrados por incontables ferias,  ponen a punto las barcas contando los sacos de arena que les servirán de contrapeso. El retratista con el caballito de cartón ya ha llegado a la posada.

¡Venga que ha llegado la feria! ¡Qué rica la cerveza tomada en jarrilla! ¡Simón, dadnos un saquillo de patatas fritas! ¡Que rica  tomada bajo palio en el Testarazo, o en casa de Bernardo! ¡Lástima que sea nada más que de feria en feria! Hay guapas mujeres luciendo moñas en el pelo y vestidos de estreno. Los jazmines en los patios cada atardecer, donan su cosecha en pos de su belleza.  La plaza está a rebosar. ¡A gorda la barrigá! Así pregonan el agua para el que quiera saciar su sed en porrón. Otros se refrescan con los helados el Chache ¡Que ricos! Hay música en la plaza… ¡Coño, la animadora…! ¡Música…! ¡Chunda, chunda, pom, pom, pom! Pero… ¡Jo…! ¡Vaya, me había quedado dormido! ¡Que sueño más dulce! Pero sigue el chunda, chunda, y el  pom, pom pom…

Esta música persiste enlatada en mi subconsciente martilleando mi cerebro hasta después de mi regreso a Madrid. Es la que otro año más, estoy seguro, “disfrutaré” sin ser partícipe a escasa distancia de los del botellón. Otro año más ellos, los jóvenes, estarán divirtiéndose a su manera. Esta es otra feria, la feria de ahora que alguien escribirá  dentro de muchos años contando esto del botellón y los más, el color de los paraguas playeros y la paella del chiringuito. Pero yo a pesar de todo, seguiré volviendo como ave migratoria cada feria a mi pueblo, ellos se lo pierden.


MI VISITA A LA ERMITA EN NOCHEBUENA.

 

(Es difícil estando en Madrid visitar la ermita la misma Noche Buena, pero como soñar es gratis, lo haré hoy, pocos días antes de Navidad, imaginándome en mi sueño que estoy viviendo la realidad en esa noche, utilizando para ello la fantasía que nos sobra a los abuelos en estas fechas tan entrañables.

Mi visita la haré al morir la tarde para poder ver desde el cerro entre nublos bermellones el encendido del crepúsculo, y de cómo lentamente estos, irán siendo devorados por las sombras de la noche. Después, internado en la ermita disfrutaré del silencio que produce la paz en ese sagrado lugar. Allí estaré hasta después de que mi mente que no mis labios haya estado un buen rato en comunicación con Ellas a través de la oración. ¡Qué silencio disfrutaré!,… es tanto el que reinará dentro  que creeré percibir hasta el sonido de mi alma, alimentada y reconfortada esta por el espíritu navideño en esta noche de amor y de paz. 

Después, he salido al atrio de la ermita cuando es noche cerrada. Sigo con mi ensoñación y veo desde allí el centelleo de las luces de mi pueblo a mis pies, y el titilar de las estrellas en la techumbre del cielo en la fría noche navideña, en la que un gajo de luna en forma de daga curvada, pende arrecida en el firmamento desarropada de su sábana amarilla que le arrastra por su áureo y decadente halo pajizo.

Pero mi mejor sueño esa noche será ver desde la lonja de la ermita a mi pueblo difuso  entre la espesura de la niebla, o entre las brumas de continuas cortinas de lluvia, y así poder oler la paz del monte empapado de agua, y de  regreso,  quisiera reparar como el viento entre la oscuras sombras, zarandea a los árboles, a las nogueras y a los olivos, solitarios ellos en el Llano de Santa Ana, mientras que los pinos del cerro entonan en la oscura noche extraños silbidos en su bambolear, que interpretaré como villancicos serranos. 

Ya en el pueblo, observo un trasiego inusitado de gentes y vehículos, y es que dentro de poco será la hora de la cena, y las familias ya se preparan para reunirse. Hijos que cenan en casa de los padres, padres que cenarán en casa de sus hijos, y así, abuelos y nietos, todos juntos unos y otros, se disponen a celebrar la Noche Buena.

No quiero despertar de este sueño sin antes haber paseado por las calles de mi  pueblo cuyas preciosas luces navideñas con sus coloridos y dibujos alegóricos sirven como estimulante a todos los torrecampeños/as para alimentar su estado de ánimo con la alegría, la felicidad y cómo no, la nostalgia de muchos como yo al recordar aquella nuestra niñez licenciada.

Un fuerte petardo explosiona cerca de mí y me devuelve a la realidad. Esto no estaba previsto.   

Queridos amigos y amigas, después de haber visitado la noche de Nochebuena en la ermita de nuestro pueblo  a la Madre de Dios y a su Abuela, y haber paseado por nuestro pueblo, aunque en sueños, creerme que me siento muy reconfortado.      

Con estas ensoñaciones navideñas tan nuestras, que de haber podido estar ahí las hubiese hecho realidad, aprovecho para desearos desde la distancia a todos los torrecampeños y torrecampeñas  una, ¡Feliz Navidad!

miércoles, 28 de octubre de 2020

LA CARRETERA


 

Mi reconocimiento y gratitud a toda la gente de la carretera, y en especial a los camioneros, engranaje esencial  para nuestro bienestar demostrado en esta pandemia.

Llueve y está mojada la carretera, qué largo es el camino que larga espera, así empieza la canción de Julio Iglesias titulada La Carretera. Hoy, escuchando la letra tan evocadora de esta canción, mi imaginación ha volado en el tiempo recordando pasajes y vivencias de tantos viajes como habré hecho a lo largo de cincuenta y dos años a nuestro pueblo.

Recién llegado a Madrid tenía dos posibilidades de viajar hasta Torredelcampo, una era en tren, con  salida a las 11,45 de la noche y llegada a las nueve de la mañana. La otra manera de viajar hasta allí era en autobús, en La Pava, cuyos garajes estaban en el barrio de Delicias, en la calle Palos de Moguer. Puntuales siempre a la hora de la salida pero informales con la hora de llegada puesto que a partir de la localidad de Ocaña se terminaba la  autovía existente transformándose la Nacional IV a partir de este punto en carretera de una sola dirección, por lo que  había que armarse de paciencia ya que en el mejor de los casos las seis o más horas de viaje estaban siempre aseguradas.

Pero había otra manera de desplazarse que descubrí con el tiempo y que os cuento. En los aledaños de la estación de Atocha había un bar que dicho sea de paso su estampa desde fuera no invitaba a pasar. Era un cuchitril mugriento con los fogones ennegrecidos y una plancha con costras de rancias grasas en la que casi siempre andaban chamuscándose algún chorizo, morcilla o alguna que otra salchicha para atender el apetito de una clientela poco exigente, casi siempre viajeros que pululaban por las inmediaciones de la estación con un estómago poco sibarita y un tanto menos escrupuloso. Y allí en su interior, entre el humo del tabaco y el de los fogones nada más acomodarme en la barra  con el bolso en la mano porque en suelo no se podía dejar por la cantidad de desperdicios existentes, no tardaba en acercarse cojeando un hombre con aspecto de indigente que de soslayo me preguntaba el destino de mi viaje. Con la taza de café en mi mano y de forma muy discreta le respondía que quería ir a Torredelcampo. 

-Tiene usted suerte amigo -me contestaba con mucho sigilo aquellas veces que no tenía que esperar- hay uno que es de Jaén  que le va a llevar hasta su pueblo. Está a la vuelta de esta calle en un Seat 1500 y al que solo le falta un viajero. Sígame usted distanciado a unos metros de mí y le llevo hasta donde está aparcado.

Todo esto lo hacía con mucha cautela ya que la policía secreta siempre merodeaba por allí pues era delito el hacerle la competencia a la Renfe, y este individuo según me contaron estaba fichado por reincidente.

Después de darle los cinco duros de rigor que reclamaba con descaro por su trabajo a aquél sujeto de mala catadura, frase que recuerdo de los tebeos de Roberto Alcazar y Pedrín, me internaba en el coche. A partir de aquella primera vez, casi siempre mis viajes para ver a mi familia y a la novia lo hacía utilizando este medio a últimas horas de la tarde, así que la mayoría de las veces   era noche cerrada al pasar por Aranjuez y ya  el silencio imperaba dentro del vehículo invitando a dar alguna que otra cabezada. Siempre eran taxistas que venidos desde la provincia a Madrid con alguna familia, aprovechaban para llevarse de regreso algún pasajero.

Kilómetros pasando pensando en ella, ¡qué noche que silencio, si ella supiera! Las luces de los coches que van pasando, el ruido de camiones acelerando. No hay gente por la calle y está lloviendo, los pueblos del camino ya están durmiendo. Los bares a estas horas están cerrando, hoteles de parejas siempre esperando.

La letra de la canción de Julio Iglesias vuelve a proyectar en mi memoria momentos de aquellos viajes. Uno de ellos, en pleno invierno, poco antes de llegar a Despeñaperros, una niebla muy espesa hizo  que nos detuviésemos de madrugada en un restaurante de carretera. Recuerdo que en el local había muchos camioneros que al igual que nosotros no se atrevían a penetrar en la enmarañada y serpenteante carretera que se prolongaba a partir de ahora durante kilómetros, de doble circulación, con curvas sinuosas,  cuestas pronunciadas, pendientes de tobogán, y además con una niebla muy densa y meona. Pasado un rato, uno de aquellos aguerridos camioneros, dijo que emprendía viaje. El conductor de mi vehículo mandó montarnos a todos en el coche ya que según él, aunque lentamente, el camión nos abriría camino siguiendo detrás de él hasta pasar Despeñaperros.

Y así fue como aquella noche cruzamos este famoso paso montañoso. Después, Antonio, el taxista, al llegar a La Carolina se desvió para llevar a una familia que nos acompañaba hasta una pedanía cerca de Úbeda, y para que la letra de la canción se haga cierta, nos detuvimos durante el trayecto para dar paso a un tren largo y lento que nos cruzó el paso.

Cuando llegamos a Torredelcampo, nuestro pueblo todavía dormía, esta vez al son de los acordes de la  relajante música de las canales.  

Os preguntareis quién era el taxista de aquella noche y os diré que se llamaba y se llama Antonio, al que no quiero identificarlo por el apodo. Este hombre hoy, de edad avanzada, conocía y conocerá al dedillo donde vivimos cada uno de los torrecampeños en Madrid, y  hablo en presente porque todavía está lúcido. Hace poco, al cabo de mucho tiempo le llamé. Quería saber de él, del hombre siempre servicial que antes de tener yo coche me llevaba al pueblo a ver a la novia y a la familia, y después en muchas ocasiones acompañado de mi esposa y de mis hijas siendo estas pequeñas. Cuando regresábamos, recuerdo que su maletero llegaba a convertirse en una  despensa de avíos que la familia nos proporcionaba. Siempre, y sin ningún reproche por su parte, había hueco para la garrafa de aceitunas y las cajas de aceite.

También cabían en su coche nuestros suspiros a la hora de dejar el pueblo, y esto, creerme,  pesaba más que todo el equipaje.

sábado, 19 de septiembre de 2020

PASAJES DE AQUÉL MADRID DE LOS AÑOS SESENTA

 Ahora, cuando algún joven se marcha lejos de nuestro pueblo a trabajar a alguna ciudad, bien porque lo hubieran destinado como funcionario o porque hubiese encontrado en ella un trabajo estable, lo primero que suele hacer es en una primera avanzadilla  visitar la ciudad de destino para buscar un piso alquilado o bien utilizando su red de amistades una vivienda compartida con personas afines. Me parece estupendo, pero antes, en los años sesenta la cosa era diferente.

Entonces, la maleta de madera o de cartón delataba en Madrid al venido de provincias. Lléveme a una pensión, (pensión que la mayoría de la veces era provisional hasta encontrar una “patrona” más asequible) era la frase más repetida a los taxistas que en la estación de Atocha esperaban a los trenes que venidos de Andalucía descargaban su abigarrada carga humana repletos de gentes buscando un futuro mejor. Había que estar muy atentos ante tantos carteristas, timadores, y descuideros que pululaban por los andenes y en el hall de la estación, donde estos sinvergüenzas se valían de la ingenuidad de los pueblerinos robándolos o timándolos.

La picaresca del taxista dando vueltas por varias manzanas hasta llegar a la pensión para aumentar el contador de la carrera, era otra forma de aprovecharse del recién llegado. En la calle de Atocha y sus aledañas, así como en el barrio de Tirso de Molina y Antón Martín, abundaban las pensiones. En la fachada de todas ellas un cartel de porcelana blanco con letras de color negro anunciaban el establecimiento como este que cito a modo de ejemplo: Casa de Huéspedes Amparo. Piso tercero. Sólo huéspedes estables. Las persianas alicantinas de tablillas de color verde en los balcones y ventanas,  destacaban sobre el sucio de las fachadas de estos barrios antiguos que hacían añorar a viajeros nostálgicos, al pueblo blanco andaluz que dejaron atrás.

Algunas de estas pensiones disponían de toda una planta del edificio con pisos comunicados. Los precios variaban dependiendo si la habitación era individual, o compartida con  dos o más inquilinos que incluía además una ducha gratis a la semana y a cinco duros las restantes.  Aquellas casas de huéspedes solían oler a cocido muchos días, inundando con el olor a berza la escalera comunitaria para por la noche el caldo del mismo transformarse en una sopa olorosa de fideos con hierbabuena. A la hora de la cena, en el comedor, allí se podía ver entre otros a aquél que fuera oficial de notaria ya jubilado desde hace años que no tenía más familia que la amistad con la “señá” Amparo dueña de la pensión. Al sereno, gallego este, que uniformado salía disparado nada más terminar la cena a realizar su ronda. Al viajante cántabro de conservas de pescado, al matrimonio valenciano rentistas de pisos que siempre hablaban entre ellos sobre el trabajo que les costaba cobrarles el alquiler a sus arrendatarios. Allí estaba también el viejo actor de teatro de papeles irrelevantes venido a menos, que decían que debía no sé cuantos meses a la señá Amparo y que le recitaba el Tenorio de Zorrilla a la chica que con cofia y mandil blanco servía las mesas, y tantos personajes extraños que acompañados por las vinagreras y el salero cenábamos solos cada uno en nuestras mesas mirándonos unos a otros de soslayo. Qué tristeza envuelve a todo mí ser cuando ahora observo a alguien cenando solo. 

El periódico Ya en la sección de ofertas de trabajo dedicaba todos los días varias páginas ofreciendo empleos, la mayoría de ellos solicitando mano de obra para la construcción y también de las más variopintas profesiones, ayudando al recién llegado a buscar un puesto de trabajo de manera rápida.

La vida en aquél Madrid de los años sesenta, de camisas blancas de tergal, prenda muy de moda en los hombres, de autobuses atestados, donde en las horas puntas la gente iba hacinada en ellos pareciendo querer derramarse los viajeros sobre el asfalto dado que las puertas permanecían abiertas durante su recorrido. El  rancio y espeso olor de entonces del metro donde la gente andaba deprisa y a veces corriendo por sus intrincadas galerías desde primeras horas de la madrugada en busca de su puesto de trabajo. Los letreros en los vagones: Prohibido escupir, y Asiento destinado a caballeros mutilados, siguen perdurando en mi memoria como todo lo narrado, recuerdos que colecciono en mi mente en un álbum de estampas viejas desgastadas por el paso de los años, todas ellas en blanco y negro de un tiempo pasado en  aquél Madrid de los años sesenta.  

Bueno, os dejo, pues tengo que escribir a mi novia y también a mis padres para contarles cosas como estas que hoy os he contado.

Ja, ja, ja,… Ya quisiera yo volver al Madrid de entonces, donde para comunicarme con mi novia y con mi familia lo más común era escribirles una carta. ¿Cuántas cosas como estas que hoy os he contado les explicaría yo a ellos a través de aquellas cartas diarias?

LAS CASAS DE NUESTROS MAYORES

 


No hay calle en nuestro pueblo que no tenga, una, dos, o más casas viejas cerradas. Algunas, mantienen un cartel de “Se vende” ya descolorido por el paso del tiempo, mientras que el polvo en sus puertas y ventanas, así como  la falta de cal o pintura en sus fachadas, denotan   un abandono más que palpable.

Fueron algunas de ellas las casas donde vivieron nuestros padres y abuelos, las mismas en las que vinimos al mundo muchos de los que ya andamos echando cosas en la maleta para cuando nos llamen. Casas estas llenas de vida hace setenta, ochenta o más años y que hoy estamos dejando morir no solo su estructura, sino la historia familiar que encierran cada una de ellas.

Fueron viviendas construidas sin permisos ni licencias, ni dibujadas por delineantes o arquitectos, pues la idea sobre el diseño la ponía el dueño al albañil en base a sus necesidades, y este, utilizando la materia prima existente para la construcción en aquellos tiempos que eran piedras, ripios, y yeso, edificaba la casa. ¿Cuántas viviendas fueron construidas con el yeso elaborado en Los Hornillos? La herida profunda en la pequeña colina sigue siendo testigo palpable del barrenado habido hace años en sus entrañas. La llegada novedosa del cemento conocido al principio en nuestro pueblo como “porla” (de Portland) sustituyó al yeso. Recuerdo las casas de quienes “emporlaban” la planta baja sustituyendo al tradicional empedrado con yeso derretido, ser visitadas por un rosario de gentes, sobre todo mujeres, que iban a comprobar lo “lisico” que quedaba el suelo, lo que ayudaba a la hora de barrerlo y de fregarlo.    

Ahí siguen estando esas casas, algunas ruinosas que fueron en su día reflejos de alegrías incontables y cómo no, de infinitas tristezas que anidarán todavía en  sus viejos muros esperando que alguien vaya a despertar a estos sentimientos, aunque para muchos, presumo, que todo lo que hay dentro de  ellas sea ya memoria perdida.

Casas de pajar en la cámara, con piquera que desembocaba en los pesebres. De graneros tabicados donde reposaba la cebada para las bestias y otras semillas cosechadas. Cámaras algunas que todavía albergarán utensilios de labranza como horcas, “viergos” y zarandas que colgarán en sus paredes o en alguna viga de madera. Desvanes estos, donde en sus rincones, entre las telarañas, seguro que reposarán viejas cántaras de metal y ánforas repletas, no de aceite, pero sí de recuerdos. Todo este bagaje de utensilios estoy seguro que echarán de menos al niño que subía temeroso durante la cena a por un melón por encargo de su padre, y que estando allí huía aterrado por las figuras aleatorias que dibujaban las sombras en la pared cuando algún objeto colgante se bamboleaba ante la menor brisa de aire.    

Habitaciones las de estas viejas y desvencijadas casas donde seguirá  estando en alguna de ellas todavía la veterana cama de los abuelos, aquella de hierro con relucientes perinolas doradas, y que ahora,  motivado por la herrumbre, ya no se verá reflejado en su metal el cuadro de grandes dimensiones con la foto en blanco y negro de los antepasados de ellos, fotografía que estará  más que difuminada por el paso del tiempo a pesar de seguir guarecida en un cristal, hoy presumiblemente deslucido con picaduras irisadas que seguirá donde siempre,  colgado en la pared haciendo guardia a la vieja cómoda.

 Hogares los que describo que quisieran seguir manteniendo el olor a viejas lumbres de palos de olivos que crepitaban en el fuego en el invierno entre el murmullo de los hervores de su savia que se derramaba por el liso corte producido por el hacha. Muros y paredes los de estas casas hoy  agonizantes que fueron empapados hace años por espesos y rancios sabores a morcillas y chorizos en aquellas matanzas añoradas, y que hoy olerán a humedad y a aire viciado. Casas estas, muchas de ellas bañadas hace tiempo a las puertas del otoño por el aroma a matalahúga, mezclándose  a veces este olor con el de los tomates de la huerta que eran triturados para la conserva.

Hogares estos donde nacieron niños que castigados sus padres a no tener libros de recetas de cocina, tuvieron  la fortuna de jugar sin juguetes en la calle hasta bien entrada la noche. Las voces de sus madres llamándolos a gritos para acostarse me parece haberlas oído hoy cuando entrando con sigilo en mi ensoñación a una casa como las que describo, me he encontrado en un puchero de barro estos recuerdos que comparto contigo, recuerdos todos de un pasado feliz vividos por mí en un pueblo llamado Torredelcampo, en el que aún me parece seguir jugando con mis amigos, aquellos  que en la calle pasábamos las horas,  Amaral.

martes, 25 de agosto de 2020

HIGOS

 


HIGOS

En las quebradas, en los regajos, y en los olivares de terrenos abruptos se solían plantar higueras, abundando esta planta bíblica en las zonas más cercanas a nuestro pueblo. No había viña que a la sombra de la higuera los meses de estío no cobijase bajo su frescor el hato del dueño y a alguna caballería durante las tórridas siestas. También proliferaban mucho en los corrales de las casas: Higuera breval, una o dos en el corral, dice el refrán.

Los higos en la posguerra aliviaron el estómago de muchas personas en nuestro pueblo. Quienes eran poseedores en aquél tiempo de algunas higueras, durante el mes de agosto cuando el higo suele estar en plena sazón, solían satisfacer parte de su apetito comiendo este fruto, así el panaseite con unos higos, era y será, para algunos entre los que me encuentro, un manjar, que además de proporcionar placer a mis glándulas gustativas me vale para rebobinar la máquina de mi memoria y recordar escenas de aquellos tiempos. También los higos solían servirse de postre supliendo a otras frutas en beneficio de la necesitada economía familiar.

En aquella época, para que algunos avispados no birlasen este fruto, si el dueño tenía chiquillos, eran estos los encargados de vigilar las higueras y al mismo tiempo ahuyentar a los pájaros para que no picoteasen los higos. En estos casos  a la hora de regresar a casa eran ellos los encargados de recolectarlos para el disfrute familiar. Viene a mi memoria aquellas pequeñas cestas elaboradas con varetas que servían en estos casos para acarrear los  higos, y como tapadera se colocaban unas hojas de la higuera lo que adornaba su presentación.

La variedad más extendida por aquella época era el higo negro conocido en nuestro pueblo como goén. He leído que a  esta clase de higos se le denomina Cuello de dama negra, destacando estos por el  muy acentuado y dulce sabor de su  pulpa, lo mismo que el verdal que también  abundaban muchas higueras de esta gama.

Un año, después de caer las primeras lluvias otoñales, “haciendo suelos” en un paraje de nuestro pueblo muy conocido por mí, un tío mío a la hora de comer me mandó hasta una cañada cercana, casi oculta esta del bregar de la gente y  por la que entre la intrincada profundidad de su vertiente algunos veranos llegaba a discurrir un hilillo de agua. El objeto del mandado era ver si una higuera que allí se guarecía tenía frutos. Teniendo en cuenta que estábamos en los primeros días de octubre creía que me estaba tomando el pelo, pero mi sorpresa fue cuando llegado al lugar vi a la higuera que  estando casi desnuda de hojas, sus ramas mostraban orgullosas sus frutos en plena sazón. Eran estos higos verdales, achatados, que derramaban miel por los orificios de la parte inferior al cabo  lo que en botánica se le conoce como ostiolo, siendo  estas pequeñas aberturas de un rojo bermellón muy intenso destacando este color escarlata con los del verde profundo de los higos. Llevo casi seis décadas sin asomarme por ese paraje y no sé si vivirá aún esa higuera de frutos tardíos. La higuera que sí sobrevive y que creo será la más longeva de nuestro pueblo es la que está próxima a los Puentecillos, donde antes instalaban el ferial, a la que yo hace años la bauticé con el nombre de Higuera Comunitaria, ya que desde el amanecer hasta bien entrada la mañana, años atrás, era un continuo deambular de gentes con bolsas y cañas para beneficiarse de  sus frutos.   

Quería hacer mención al pan de higo que se obtenía con  higos puestos al sol y luego triturados. A esta masa compacta se le podía añadir algunos ingredientes como aguardiente, matalahúga y ajonjolí. Si alguno de mis lectores ha comido pan de higo con alguna bellota dentro, estoy por asegurar que rondará mi edad.

Mientras esto escribo, he despertado a mi apetito que me pide degustar algunos higos. Mañana iré a la frutería y compraré una docena a sabiendas que nunca tendrán el sabor, la textura, y hasta el olor de los de mi pueblo, sobre todo los que producen las higueras de alguien al que estimo llamado Antonio; los de éste, me recuerdan a aquella higuera tardía que descubrí en una oculta cañada  mientras trabajaba en mi pubertad.   


LA ÚLTIMA CARTA DE MI ABUELO

  

LA ÚLTIMA CARTA DE MI ABUELO.

La despedida. Pintura de Juan Lucena.

Es tan humano su contenido que no he podido reducir el texto.

(Basada en una historia real que escuché, y  recreada a mi manera)

Mi nombre es Juan Manuel, tengo doce años y vivo en un barrio muy humilde de Madrid bastante alejado del centro. Voy al colegio donde hago el último curso de educación primaria. Bueno, he dicho que voy al colegio, aunque no es cierto del todo porque no asisto a él desde que comenzó lo del coronavirus. Mi padre murió de cáncer cuando yo tenía cinco años. De él recuerdo muy poco, vagamente que me llevaba a un parquecito cercano a mi casa y me montaba en un columpio. Yo le pongo cara en mi mente debido a las múltiples fotografías que inundan mi modesto hogar que mi madre se encarga de adornar con flores, sobre todo una muy grande que reposa en el salón.

Desde que mi padre murió, mi abuelo Antonio que vive desde siempre con nosotros ha sido  mi fortaleza protectora, mi refugio, mi consejero, y también mi confidente, además del principal baluarte en el plano económico  familiar contribuyendo con su pensión a la mezquina paga asignada a mi madre por viudedad.    

Era sábado, catorce de marzo. La noche anterior mi abuelo no quiso cenar y se fue a la cama antes de lo acostumbrado. De madrugada le oí toser, y a mi madre entrar y salir de su habitación obligándole en voz baja a tomar alguna pastilla. Cuando me levanté, mi abuelo seguía peor, la tos había aumentado y la fiebre casi rozaba los treinta y nueve grados. <<No te preocupes hijo, esto es un resfriado más, me dijo>>   Una mirada cómplice con mi madre premonitoria de que podía ser el coronavirus y no un simple resfriado, hizo que esta se alejara de la habitación de mi abuelo y marcase el número de urgencias. Inmediatamente después, siguiendo el protocolo de recomendaciones de los del otro lado del teléfono, yo ya no pude entrar en su habitación. Por la tarde sonó el timbre de la casa y dos enfermeros vestidos de blanco con un traje lo más parecido al de un buzo vinieron y se lo llevaron al hospital. Nada de abrazos y acompañamiento. Yo estaba en un extremo del pasillo cuando desde el umbral de la puerta antes de irse se giró, me miró fijamente durante unos instantes y por la expresión de su rostro intuí que quería esconder la preocupación que le embargaba. Desde la calle antes de entrar en la ambulancia percibió que le estaría observando desde la ventana y esta vez me envió un beso con la mano al tiempo que le oí gritar un sonoro y efusivo adiós agitando su mano, lo que fragmentó mi frágil estado emocional, pues rompí a llorar de forma desconsolada a escondidas de mi madre. Esta fue la última vez que vi a mi querido abuelo.

Al día siguiente nos confirmaron lo que sospechábamos y temíamos, que mi abuelo había contraído el coronavirus. Durante los dos días siguientes  comunicamos con él a través de un teléfono de una enfermera llamada Pilar, que decía él que era un ángel. Luego, cuando entró en la UCI, fueron las llamadas diarias desde el hospital al móvil de mi madre dándonos a conocer cada vez más su gravoso estado, teléfono que dejó de atender ella a raíz de que en unas pruebas posteriores que nos hicieron había dado positivo y sintiéndose mal recomendaron su ingreso en el mismo hospital donde estaba mi abuelo. Así que me quedé solo en casa confinado. Al ser menor de edad me visitaron los asistentes sociales recomendándome ingresar en no sé qué institución de menores pero me negué a ello rotundamente. Desistieron cuando una tía mía que vivía en un barrio al otro extremo de la ciudad dijo encargarse ella  de atenderme, en hacerme las compras y sobre todo estar al tanto de mí.

Del teléfono ahora esperaba a diario dos llamadas, la de mi madre que hablaba con ella y la de la encargada de comunicarme la situación de mi abuelo. Pasados tres días, de madrugada, recibí la noticia. La persona que estaba al otro lado del teléfono al oír mi voz aún infantil recomendó que se pusiera mi madre u otra persona mayor. Le dije que era su nieto y que estaba solo, pero  preparado para lo peor. Me derrumbé al saber la noticia, y en mi dormitorio lloré sin consuelo alguno. En mi aflicción que aún me dura, constantemente venían a mi memoria escenas de mí vivir con él. Los viajes constantes a su pueblo andaluz que ansiábamos siempre. Las de veces que estando yo enfermo lo sentía de madrugada entrar una y otra vez en mi habitación con mucho sigilo. El dinero que me daba a escondidas de mi madre para satisfacer mis precarios caprichos,  y muchos más detalles, todo ello  aumentaban mi congoja, y lo peor, la constante preocupación porque que a mi madre le ocurriera lo mismo. 

Pero afortunadamente mi madre a la que le dieron la triste noticia estando en el hospital, volvió a casa a los pocos días de fallecer mi abuelo, si no restablecida del todo, al menos convaleciente.  Seguíamos confinados a la espera de que nos avisasen para enterrar su cuerpo que lo llevaron al Palacio de Hielo,  convertido en morgue. Al cabo de tres semanas pudimos darle sepultura. Yo asistí junto con mi madre a su entierro donde un sacerdote en el mismo cementerio rezó unas cortas exequias por su alma. Mi abuelo reposa en un nicho provisional hasta que más adelante cumpliendo su promesa llevemos sus restos a su tierra añorada donde descansarán para siempre.

Ayer sonó el timbre de mi casa. Abrí la puerta. Una mujer joven preguntó si yo era el nieto de Antonio, mi abuelo. Se identificó como Pilar, la enfermera que lo cuidó hasta que murió. Sentados en el salón, mi madre la bombardeó a preguntas, pero todos sus diálogos terminaban siempre invocando una y otra vez mi nombre con frases de mi abuelo hacía mí. Palabras que la enfermera estando mi abuelo aún consciente transcribió en un papel con la promesa de hacérmelo llegar y que ella de seguro las hilvanó enriqueciendo el texto a juzgar por su manera tan preciosa  en sus descripciones:

La carta que leyó la enfermera decía lo siguiente:

Querido nieto Juan Manuel:

Teniendo la certeza de que voy a morir quiero que durante toda tu vida tengas presentes estos mis últimos consejos:

Juanma –así acostumbró desde siempre a llamarme-, cuídate mucho de aquellas personas que en vez de repartir felicidad van sembrando odio y rencor; el mundo está cuajado de ellas. Las llegarás a identificar a medida que irán cicatrizando en ti las heridas que te hagan. Aquí, en este mundo que se te ofrece, cuando comiences a caminar por sí solo encontrarás tus cielos y tus infiernos. No te desanimes ante la adversidad, pero cuando ello ocurra solicita siempre el consejo de tu madre a quién deberás de querer y proteger. No la abandones nunca.

Yo soñaba siempre que el día que me muriese iba a estar acompañado por tu madre y por la dulce caricia de tus manos, pero Dios no lo ha querido. Me voy cuando más me vas a necesitar, ya que a falta de tu padre hubiese sido tu consejero para servir de puente entre tu madre y tú, sobre todo cuando llegues a esa etapa tan difícil de tu vida llamada pubertad tan llena de interrogantes donde el adolescente tiene la convicción de ser un incomprendido. Es, en ese período de tu vida cuando deberás de conducir tu conducta por los senderos rectos que yo y tu madre te hemos enseñado. Si un árbol crece torcido y no se corrige a tiempo se desarrollará con el tronco inclinado para siempre. El saber escoger a tus amigos te evitará de muchos problemas. Esto es fundamental.

 

Respeta siempre a las personas mayores; en ellos reposa y se apacienta la sensatez. Y si ellos no han estudiado y no están a tu altura en conocimientos, piensa que tal vez fue porque no pudieron, y no porque no quisieron. No te rías nunca de su ignorancia, pues sin estudiar, ellos, poseen el poso que la universidad de la vida les ha enseñado y a veces el significado de una frase pronunciada por estas personas mayores encierra tanta o más racionalidad que la expresada por cualquier filósofo. 

 

Quisiera decirte tantas cosas, pero no tengo tiempo pues la vida se me acaba. No llores hijo, tu abuelo Antonio va a emprender un viaje hasta donde se encuentra la abuela Juana, de modo que estaré siempre acompañado por ella, distinto viaje este  de aquél cuando me fui solo a Alemania. No pierdas la costumbre de ir a nuestro pueblo. Reza en la ermita como yo te enseñé. Adiós querido Juanma, desde el Cielo velaré siempre por ti y por mi hija, tu madre. Cuídala siempre.

 

Desde el principio de la lectura los sollozos de mi madre no sólo me contagiaron a mí, sino que la enfermera hubo de hacer varias pausas afligida también por el llanto. Después, del sobre que contenía la carta, sacó  algo y me lo dio. Reconocí de inmediato la medalla que siempre llevaba colgada en el cuello mi abuelo, la medalla de la Patrona de su pueblo que le regaló mi abuela cuando se fue a Alemania y que según la enfermera quiso que fuera para mí, medalla que desde ese mismo momento cuelga en mi cuello.

Pilar, la enfermera nos dijo que cuando murió, ella estaba de guardia y que no le abandonó ni un solo segundo. Su mano, manifestó, suplió a la mía, a la de su nieto Juan Manuel. Mi agradecimiento de por vida a esta gran mujer y a todo el personal sanitario.

Este fue el triste final de mi querido abuelo, la historia de su muerte habrá sido semejante a las de tantos otros que murieron en la soledad de un hospital por el coronavirus, sin el calor y el consuelo de la familia.  

Descansa en paz abuelo.

Que así sea, querido chaval. Este que escribe se une a tu dolor y al de tantos nietos que dijeron adiós a sus abuelos por culpa de la pandemia, como los niños de la pintura que ilustra este escrito. Verdaderamente no merecieron, ni siguen mereciendo morir así. Dramas como este lamentablemente se sucederán porque esto no ha acabado.