viernes, 11 de marzo de 2016

PRESENTACIÓN DEL CARTEL DE LA SEMANA SANTA 2016






Presentación
del
Cartel de la Semana Santa
de
Torredelcampo (Jaén)
2016





Antero Villar Rosa
13 febrero 2016





Alguien dijo:

La sinceridad es el abrazo de la verdad.







La tarde se iba extinguiendo de forma precipitada sobre el Gólgota mientras que el cielo cosía con pespuntes de oro negro jirones grises de nublos desbocados. 
La voz de Jesús clamó por última vez desde la Cruz.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
E inclinando la cabeza expiró.
Y se pasó de la penumbra a las tinieblas cuando el cielo terminó de tejer el lúgubre manto negro que fabricó, para envolverlo todo con la oscuridad más absoluta.

Dos milenios después, en la tarde noche de Jueves Santo,
 en un pueblo andaluz llamado Torredelcampo, 
entre dormidos trigales y olivos pintados de amarillo pálido,
 caminan los cortijeros. 
Ella, subida en una mula torda, aferra al niño de cuatro años protegiéndolo de los bamboleos de la bestia. 
Él, va delante conduciendo al animal por blandas veredas, y caminos con charcos donde la luna se peina. 

Autoridades religiosas.
Autoridades locales.
Sra. Doña Manuela Parras Peragón, Concejala de Cultura,  hoy la autora del cartel que vamos a presentar.
Sres. Presidentes de todas las Cofradías, y distintos  miembros de cada una de las Juntas de Gobierno, y Grupos Parroquiales.
Amigos cofrades todos.
Queridos paisanos.
Señoras y Señores, muy buenas noches.

En primer lugar dar las gracias a Dolores Moral Castillo, vice-hermana mayor de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, por sus bellas palabras con las que me ha introducido en este acto. Gracias de todo corazón.

Recibir demostraciones de confianza y de amistad en mi pueblo no cabe duda de que siempre me resulta muy gratificante, de manera muy especial como esta vez que tengo que subirme a este escenario en el que algunos creerán de que ya estoy familiarizado.  No, con absoluta sinceridad les tengo que decir de que hoy estoy tan intranquilo o más como aquella primera vez, todo, porque desde siempre he presumido de ser una persona muy responsable, llegando a aunarse esta faceta destacada de mi vida con el agradecimiento a las personas que van depositando en mi su confianza y a las que nunca quise ni quiero defraudar. En el caso que hoy nos ocupa vaya pues mi gratitud por la invitación a este acto, a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y a Manuela Parras Peragón que es la autora del cartel que con mucho gusto tendré el honor de presentar más adelante, porque ahora antes de nada quiero esbozar con unas cortas reflexiones mezcladas con algunas añoranzas lo que supone para mí la Semana Santa, ya que sería una incongruencia por mi parte no envolver este acto con el misticismo y la religiosidad que requiere, sin pretender en ningún caso el querer  restarle la relevancia y la magnificencia –nunca lo lograría- al Pregón que se escuchará en este escenario dentro de unos días.

La Semana Santa no es un hecho puntual que sólo ha de servir para conmemorar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Semana Santa es hoy, mañana y todo el resto del año. Es pues un tiempo de reflexión, de meditación, y de perdón, pero sobre todo de amor fraterno que debe perdurar en nosotros con el fin de que nuestros corazones se conmuevan ante los sufrimientos de muchos hermanos nuestros. Es tiempo de cargar las pilas, pero de esas que duran y duran para que logremos ser siempre solidarios, no solamente con los que padecen alrededor nuestro sino también con aquellos más distantes; sirva de ejemplo los que viven en países a tres horas de vuelo del nuestro y otros más alejados que sufren la peor de todas las plagas: la guerra y el hambre. El drama de ese niño muerto ahogado en una playa que nos mostró un día la televisión y las redes sociales, llegaron a  conmovernos a todos esa vez sin ser Semana Santa, por eso quisiera que las llamas de nuestra solidaridad no ardan sólo en estas fechas sino que de manera votiva perduren siempre en nosotros.  
Estas desdichas desgraciadamente se suceden a diario, y nuestros corazones al ver a otros niños muertos como aquél primero, parecen haberse acostumbrado ante la tragedia de miles de refugiados que huyen de la muerte buscando otra esperanza de vida, pero desgraciadamente parte de nuestro mundo parece vivir ajeno a estas desdichas.
Son pocos los que se preguntan dónde estarán esos diez mil niños desaparecidos por esta sinrazón. Cuando miro a mis nietos tan inocentes, pido a Dios para que ellos no vivan nunca una situación semejante.
Decía el Papa Francisco en la última Jornada Mundial por la Paz:
La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quién está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión.
Asimismo conviene recordar sus palabras sobre el Año Jubilar de la Misericordia en el que estamos inmersos:
Es mi vivo deseo que el pueblo de Dios reflexione sobre las obras de misericordia,  corporales y espirituales.

Hermosas palabras las del Santo Padre que nos hacen meditar.
    
La Semana Santa es un tiempo para eso, para recapacitar y meditar. Es también un tiempo de oración y de recogimiento en un mundo tan convulso como el que vivimos, tan falto de fe donde abundan tantos descreídos, aunque de estos últimos permítanme que les diga que tengo serias dudas sobre su escepticismo. A propósito de esto leí una vez que la oración es un impulso del corazón, una mirada sencilla al cielo, un grito de reconocimiento y de amor, y esto del impulso del corazón me hizo meditar sobre el dicho popular que dice que todo agnóstico deja de serlo en cuanto el comandante de vuelo dice: señoras y señores, nos estrellamos.
Sí, sí, en esos momentos de angustia estoy casi seguro de que no habría nadie al que no se le escapara un: ¡Ay Dios mío! Y si es torrecampeño un ¡Santa Ana bendita! Pero para fe...

Fe, la de la familia cortijera,
 ahora caminan deprisa,
 tanto, que casi trotando va la bestia.
 Llora el sembrado,
 en cada hoja de trigo hay una perla.
 El aire, regala al niño el dulce olor de la hierba.
 Al llegar a un altozano ya se oyen las trompetas.
 ¿Por donde irá la procesión?
 Se pregunta y se responde la cortijera.
 Estoy por asegurar de que irá por la Carretera.
 El marido no dice nada,
 ni tampoco el niño,
 que con las sombras de los olivos juega.
            
Queridas amigas y amigos, tengo que confesar que siempre me crié huérfano de túnicas, capirotes y varales pero nunca me faltó la religiosidad y el recogimiento propio en estas fechas que me supieron inculcar mis padres y mis abuelos.
Como el niño de los cortijeros que dentro de poco verá en la procesión a nuestra imagen más sagrada, guardará en su memoria para siempre esa primera vez como yo mantengo viva en la mía el rostro del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz. La expresión serena de su semblante, más la sangre en el costado y rodillas, me produjo desde el primer momento un sentimiento difícil de describir alimentado por las manifestaciones de mujeres con pañuelos negros en la cabeza y las manos entrelazadas que rezaban en una esquina moviendo los labios al paso de la imagen.  Siempre me he sentido impactado, embelesado y conmovido, como se sentiría Él ante mi tierna mirada, la mirada de este que les habla cuando era niño. 

Recuerdo que no tenía que preguntar cuanto faltaba para que llegara la Semana Santa, pues la trompeta de aquel hombre que ensayaba desde el patio de su casa al tiempo de acostarme, me advertía de que ya estaba próxima. El trajín en los hornos elaborando nuestras madres magdalenas y aquellas galletas rizadas además de roscos, apuntaba a que el Domingo de Ramos ya estaba próximo y que pronto iba a sostener entre mis manos antes de que mi abuelo la colgase en el balcón, una palma de color amarillento que emanaba un olor de ese que penetra se queda y vive siempre en ti; no sé por qué ese aroma  me sabe a  la tierra fresca volcada por la vertedera del arado, pero el detalle que mejor conservo era el canto de las golondrinas en el balcón de mis padres, puesto que sus gorjeos encadenados con su  tan característico final me sigue recordando hoy cuando las oigo a las madrugadas del Viernes Santo en el silencio de las calles lejanas a la procesión, que parecían alertar a los perezosos de que Nuestro Padre Jesús estaba procesionando. Recuerdo en esas madrugadas el olor a las infusiones de manzanilla, y al aguardiente que desprendían aquellas tabernas de mostrador de mármol de color blanco desgastado por su uso, donde en ellas afilaban sus gargantas los prodigiosos en el cante de saetas. Todo esto me retrotrae en estas fechas.  Recuerdos religiosos mezclados también con sabores y olores, por eso no quiero pasar por alto y rememorar nuestro plato típico por antonomasia en el tiempo de cuaresma cual era y supongo será siendo, el encebollao de bacalao.

Pero dejo por unos momentos aparcados los recuerdos, la procesión del Jueves Santo, y a la familia cortijera que con el único objeto de ver y rezar en la procesión se dirige a nuestro pueblo.
Ahora me toca hablar del motivo principal por el que estamos aquí esta noche que es el de presentar el Cartel de la Semana Santa de este año 2016; cartel cuya autora es Manuela Parras Peragón, mujer que doy por seguro todos conocerán, pero quiero disertar un poco sobre la vida de ella porque habrá matices dentro del amplio historial que desarrolla tanto en el plano profesional como humano, que muchos doy por seguro desconozcan.

Manuela nace aquí en nuestro pueblo en el año 1958 en el seno de una familia de campesinos. De cinco hermanos ella fue el segundo por orden de nacimiento.
De 1970 a 1977 estudia Bachillerato de letras en el Instituto de Educación Secundaria Miguel Sánchez López. Terminada su formación secundaría estudia en Sevilla en la facultad de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría. En 1983 se licencia en la especialidad de escultura.
Ése mismo año se gradúa en Artes Aplicadas en la especialidad de Cerámica, en la Escuela de Artes y Oficios del Pabellón de Chile en Sevilla. Allí descubre el tapiz. Durante su estancia en Sevilla asiste a varios cursos de arte textil y desde 1980 a 1990 se dedica a la investigación y desarrollo del tapiz contemporáneo.
En 1980 precisamente un Domingo de Ramos se casa con Manuel, el que fuera su compañero de instituto. Ese mismo año entra a trabajar como profesora de Modelado en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Jaén. Estando en estado de gestación obtiene por concurso oposición esta plaza, en la asignatura de Modelado.
Desde 1985 es Jefa del Departamento de Volumen en la Escuela de Arte José Nogué de Jaén
En 1988 nace su primera hija Maria y un año más tarde su hijo David.
El bagaje artístico y cultural de Manuela Parras Peragón a lo largo de su carrera es un amplio abanico de trabajos realizados que exhibe tanto en exposiciones colectivas como individuales. Las veces que participa de forma agrupada junto con otros artistas exhibiendo sus obras en diversos puntos de nuestra geografía, se acercan a la treintena.
De manera individual también expone en muchas ocasiones, cabe destacar en el año 1983 cuando participa en la Exposición de Tapices y Escultura en la Galería de Arte Arce`s en Madrid.
(Te pido perdón por no asistir. Nadie me avisó. Lo siento)
Sus obras escultóricas son innumerables, entre las que destaco una realizada en el año 2004 de cuatro querubines para el paso del Cristo de la Vera-Cruz, y la de cien esculturas de la interpretación del exvoto “Orante con Túnica” para el VI Foro de Diálogo España-Italia encargadas por el Museo Provincial de Bellas Artes y la Delegación de Gobierno de Jaén.
En cuanto a monumentos entre otros, ahí está para nuestro goce y deleite en los Jardinillos el Monumento conmemorativo del II Centenario del Nombramiento de Torredelcampo como Villa, y el Proyecto y Realización de la Decoración de la fachada del Complejo Polideportivo “18 de febrero” de nuestro pueblo.
Asimismo ha realizado obras en diversas Instituciones Públicas.
Manuela Parras ha ido repartiendo su tiempo entre el trabajo de profesora, la familia y la investigación en el mundo de la escultura, buscando un lenguaje personal para poder expresarse a través de materiales tan diversos como el barro, la cera, la madera, el hierro, o el acero inoxidable, jugando con los colores y buscando las técnicas más adecuadas para hacer las esculturas con esos materiales usando las prácticas como el modelado, la construcción o ensamblaje, la fundición, la cerámica, el vaciado etcétera. Su lenguaje escultórico ha ido evolucionando, desde la figuración realista, hasta la síntesis, basada en el estudio del dibujo y el plano, aprovechando en todo momento las texturas y el color de los materiales escultóricos.
Pero dentro de la artista está la persona. Manuela posee a mi juicio la virtud de la tenacidad, don este que se aplica a las personas como ella que se esfuerzan hasta alcanzar el triunfo sobreponiéndose a todo tipo de adversidades. Por este motivo sus méritos le han sido reconocidos en varias ocasiones, y auguro que no le faltarán otras más.

En mi extinta vida laboral, en los últimos diez años que estuve como director de banco, a la hora de estudiar una operación de crédito o préstamo, antes de ver los documentos que el cliente me aportaba, yo primeramente estudiaba en la entrevista a la persona. Ése primer análisis de ella reforzaba o no el resultado de la operación dependiendo del concepto de la confianza que me hubiese inspirado esa primera toma de contacto. Pues bien, si Manuela sin conocerla de antemano hubiese pasado por mi despacho, estoy plenamente convencido de que la operación la hubiese aprobado, porque hubiese escrito en mi informe además de otras cualidades la palabra: confianza, factor este muy importante en mis tiempos de bancario a la hora de evaluar una operación de riesgo, y con esa seguridad que desprende ella, presumo de que el importe que fuese nunca lo hubiera tenido que contabilizar en contencioso.
Otro rasgo a destacar de ella es su corazón generoso. No sé si hago bien en airearlo, pero uno se entera de todo y estas cosas convienen no dejarlas en el tintero, pues sé, y muchos sabrán también, que de forma desinteresada Manuela contribuye siempre que puede donando trabajos sin obtener a cambio más que la satisfacción que le supone el hecho de colaborar con alguna asociación altruista o religiosa. 
Mujer intelectual, ha colaborado en revistas de su género y también en diversos libros. Forma parte del Club de Lectura Camino Viejo de nuestro pueblo del cual soy yo también partícipe, pero la distancia me castiga con no poder asistir las veces que yo quisiera

Señoras y señores, habiéndoles mostrado unas pinceladas de la vida de Manuela Parras Peragón, es hora de destapar su obra, pero ese honor no me cabe a mí, así es que solicito para hacerlo suban a este escenario don Pedro José Martínez Robles, Cura Párroco de Torredelcampo y el Presidente de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, don Manuel José Jiménez Alcántara.

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Después de destapar la obra:

Con el permiso de todos ustedes continuo para describirles la obra de arte que acabamos de contemplar que es la que se plasma en el cartel de la Semana Santa de Torredelcampo 2016

Descripción de la obra:
La obra representa la cabeza del Cristo de la Vera-Cruz. Alto relieve en madera policromada y dorada, realizada con la técnica de construcción y ensamblaje. Sus dimensiones son 91x 71cm. Policromado en colores reales, sobre un fondo blanco roto. El Cristo está tocado con una corona de espinas roja realizada en metal. De la cabeza surgen tres potencias doradas con pan de oro.
El lenguaje escultórico utilizado ha sido la simplificación y la síntesis, basada en un estudio riguroso del dibujo, con el que se ha interpretado la cabeza del Cristo con un estilo artístico personal.
La técnica volumétrica que ha empleado ha sido la de construcción, utilizando planchas de madera recortadas y ensambladas para conseguir la representación del relieve. Ha utilizado los recursos de superposición de planos y el calado para jugar con la luz, consiguiendo de esta forma los contrastes de claroscuro y dándole la máxima importancia al dibujo.
Manuela, para representar su obra ha elegido el Cristo, por que ha querido personificar la pasión, la muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el protagonista de todas las cofradías de Torredelcampo, y es a su vez la imagen titular de la cofradía encargada este año de crear el cartel y ofrecer el pregón. La artista ha querido también llamar la atención sobre la cabeza del Cristo por ser una de nuestras tallas más antiguas y con un gran valor artístico y cultural.
Ha preferido hacer un relieve para el cartel por ser esta una técnica con la que más disfruta, y por ser el lenguaje con el que se puede expresar con más soltura y confianza.
También ha elegido la madera por ser un material escultórico noble y para hacer una similitud con las imágenes religiosas policromadas del siglo XVII.
Los colores utilizados en el rostro y el cabello, recuerdan las encarnaduras de la imaginería vistos desde la perspectiva del siglo XXI.
El oro representa el poder de Dios, la gloria, la divinidad, la realeza.
El color rojo es el color de la sangre, el martirio, el sacrificio, espiritualmente representa la llama: la llama purificadora y la llama del Espíritu Santo.
El color blanco es el color que más abunda. Es el símbolo de la pureza y la alegría, la fiesta, y lo ha utilizado para representar la Pascua de la Resurrección. El Cristo que ha vencido a la muerte que nos redimió con la esperanza de una vida eterna a toda la humanidad. Luz, de luz. La expresividad de la liturgia en la noche de la Vigilia Pascual, la noche de alfa y omega, el principio y el fin. La bendición del fuego y la luz del cirio que da luz a otros cirios en la noche. Luz de luna llena en el cielo. La resurrección de Cristo es la verdad culminante de nuestra fe en el Señor.
La corona de espinas es una de las humillaciones que sufrió Jesucristo. Todos, a lo largo de nuestra vida experimentaremos alguna vez el dolor de nuestra corona. La artista ha querido plasmar en su obra ese tormento.
La representación de Cristo es reconocible por las potencias. Representan la memoria, el entendimiento y la voluntad. Gracias a las cuales Cristo pudo ser capaz de reunir la fortaleza física y psíquica necesaria para padecer la Pasión en su cuerpo y en su alma, lo que se han convertido en los verdaderos atributos de Jesucristo en su triple condición de profeta, sacerdote y rey.
Manuela Parras ha querido con esta obra que se representa en el cartel, homenajear a la cofradía más decana de todas las de nuestro pueblo, inspirándose para ello en la cabeza del Cristo, la única pieza primitiva de la imagen que fue restaurada entre 1940 y 1941.
La Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz y María Santísima de la Humildad da muestras de su existencia en el año 1634 según datos que obran en poder de la Cofradía. Asimismo según se desprende de un manuscrito del año 1752 que reposa en el Ayuntamiento de nuestro pueblo ya se menciona en él a la Cofradía donde entre otras cosas indica de que el Cristo se encontraba sobre el Altar de las Ánimas cubierto su cintura y paño de pureza con una faldilla de flecos y dos faroles de aceite siempre encendidos.
Cierro los ojos y trato de imaginarme en aquel tiempo lejano, a la procesión por la noche entre casas diseminadas alrededor de la iglesia, y la sombra de la Cruz que originarían las antorchas a su paso. Esplendoroso.  

Como esplendorosa es la imagen que nos ocupa creada por Manuela Parras que se refleja en el cartel de la Semana Santa de Torredelcampo 2016, el cual nos ha de servir además de recrearnos en su contenido artístico, entender de que se trata de una llamada de atención para la asistencia a los actos litúrgicos que se desarrollarán a todo lo largo de la Semana Santa en nuestro pueblo.
Queridas amigas y amigos, podía seguir hablándoles más tiempo de la obra y de la artista, pero debo mostrarles sin más dilación la procesión que verá el niño de la familia cortijera que por la noche entre trigales y olivos se dirigen a nuestro pueblo.

La procesión discurría por la Carretera –hoy Avenida de la Constitución-. Una gran muchedumbre iba delante de la misma, hasta el punto de que sin haber llegado aún la primera imagen a la altura de la Plaza del Llanete, el enorme gentío ya subía la calle de San Sebastián. Mezclados entre tanta aglomeración, un hombre empujaba a un carro voceando “avellanas y cobollos calenticos”.
Delante de toda la procesión marcha el Cristo de la Vera-Cruz. Su madero está incrustado en un pequeño trono adornado de claveles rojos y es llevado a hombros por costaleros con horquilla y almohadilla. Los golpes dados por el capataz con la palma de la mano en las andas mandando parar y continuar, resuenan como trallazos por encima de cualquier otro ruido. Los cofrades encargados de poner orden en la procesión, con un cetro en la mano van deprisa arriba y abajo de la calle dando instrucciones y poniendo orden en las hileras serpenteantes de gente que alumbran a nuestras veneradas imágenes.
Soldados romanos con lanza de hojalata al hombro y casco con rejilla para ocultar su rostro desfilan a sueldo. Otros con el mismo uniforme y salario más remunerado tocan trompetas y tambores aturdiendo durante toda la procesión los oídos de las autoridades locales próximas que arropan con su presencia al trono del Cristo de la Vera-Cruz. Mujeres con mantilla empuñando cetros y rosarios distraen a su paso a la multitud porque es tal su derroche de belleza y hermosura que alejan a quienes las miran por unos instantes del sentimiento religioso propio del momento.
La palma de San Juan se bambolea mientras su talla izada a hombros camina detrás del Cristo.
No hay nazarenos o mejor dicho “san juanitas” en la procesión que describo, las túnicas y capirotes vendrían algunos años después. En la época que narro, la crisis de costaleros voluntarios coliga con otras crisis.
Delante de la Virgen marcha la banda de música municipal. Es la imagen de la Virgen de los Dolores la que cierra el desfile procesional. El cura párroco, don Federico Anguita y don Lucas caminan detrás mientras leen seguramente a intervalos alguna meditación sobre la Pasión; el manto de la Virgen les esconde a ellos de más visualización de la comitiva. La gente espera en la avenida antes mencionada el momento para que el maestro Pancorbo dé la orden al “papelero” a que los músicos escojan la partitura del Himno a Nuestro Padre Jesús, porque la procesión en la Carretera siempre parece dormirse a los acordes de esta marcha tan jiennense, tan nuestra y tan llena de sentimientos. Oyendo estos sonidos se tiene la sensación de que la música se llega a transformar en rezos.
Después, de los balcones se recogerán colchas y colgaduras, menos en aquellas calles que dentro de unas horas volverá de nuevo a pasar la Madre de Dios en la Procesión de la Soledad.

En las demás calles el silencio es el que reina. Por la Brea, la luz de una pobre bombilla pone vida a unas sombras que de manera sigilosa abren sin llave la puerta de entrada al pueblo. Después...

                                        En el pilar de la Puerta Jaén,
una mula torda  abreva.
Pasa la procesión, lenta, muy lenta,
 la mujer sostiene al niño en una esquina cualquiera.
 Madre, si la Virgen está aquí,
 con mi hermanita quién juega.
 La mujer no dice nada,
porque ella callada reza.
 En el espeso silencio se oyó otra vez al niño decir,
 al niño de la cortijera.
Pobrecita, estará solita en el Cielo,
¡Anda!, déjame ir a jugar,
a jugar esta noche allí  con ella.
 Desfila la procesión lenta, muy lenta.
 Cuando la Virgen pasa
 se va cerrando ventanas y en la calle nadie queda
 Era Jueves Santo,
 por caminos de trigales y olivos,
 la luna llora de pena
 contagiada por el llanto de la familia cortijera.
Llora también el sembrado,
en cada hoja de trigo había una perla.

  
Queridos amigas y amigos, he querido presentar este meritorio cartel de Manuela Parras Peragón de la mejor manera que se hacerlo, mezclando los sentimientos religiosos que brotan de él, con los recuerdo de un ayer; de aquellas Semanas Santas tan pobres tan pobres, que no teníamos artistas como Manuela para que nos confeccionara cartel alguno, aunque posiblemente algunos de los aquí presentes habrá fabricado uno en su mente a medida que iba relatando aquella Semana Santa de hace más de sesenta años. Si es así les doy las gracias.

Decía al principio: La sinceridad es el abrazo de la verdad. Con la más absoluta sencillez y naturalidad he querido hablarles esta noche; por eso confieso de que expresar una obra de arte con las palabras me ha resultado un tan difícil, porque he descubierto de que es el alma quién transmite a la persona que la contempla en muda conversación el sentimiento que percibe mientras examina la obra, quedando ahogadas cualquier otra expresión que no sea la que aparece en el rostro de quién la contempla.


Antes de abandonar este escenario creo que sería muy meritorio agradecer con un aplauso a los protagonistas principales de esta noche: El primero de ellos  nuestro Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, el segundo, Manuela Parras Peragón y el tercer protagonista, ustedes querido público que han estado en esta sala atendiendo a este que les habla.

Muchas gracias.



                                              Antero Villar Rosa
Torredelcampo, 13 de febrero de 2016


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viernes, 25 de diciembre de 2015

PASEANDO MI INSOMNIO






 
Foto de Julián Ruiz

PASEANDO MI INSOMNIO


Ando por las calles silenciosas de mi pueblo, por calles que antes fueron veredas viejas. Camino en la noche que es la mitad de la vida cuando mi vida es ya casi toda noche.

Es Noche Buena. Del estruendo al silencio, del bullicio a la calma. Ya se apagaron los cánticos de villancicos y murió el eco de la última puerta al cerrarse.

Duerme la calle cuando la gente no está. Camino por ellas paseando a mi alma. ¡Qué paz! ¡Que sosiego! ¡Qué silencio! Sólo se oyen mis pasos  y ladridos de perros vagabundos a lo lejos.

Entre la neblina con un beso blanco de escarcha, las luces mortecinas de los faroles barnizan a los adoquines con retazos de un mar de cristal, mientras que el frío manto de la bruma se balancea asustado cuando el reloj de iglesia desgrana cuatro sonoras y lentas campanadas en la gélida madrugada.

No me siento solo, presiento que calladamente desde alguna oscura ventana, tras de una cortina, ojos pocos discretos e insomnes me auscultan y hasta radiografiarán la frescura del marisco de mi extinta cena.           

Mañana será Navidad y los pájaros en los tejados se preguntarán dónde estárán los panaderos, los tractores, los remolques y las voces de los aceituneros. No habrá nadie en los Jardinillos, ni en la “chismosa” pregoneros, todos seguirán acostados, al menos hasta que se vaya el churrero.     

Lamento que se acabe mi vigilia, que se acabe mi paseo. Quiero ahora seguir despierto para soñar que aún estando lejos sigo caminando por las calles de mi pueblo. Dejo dormir a las calles mientras que yo, con estos gratos recuerdos, la noche de Noche Buena, de madrugada, mientras esto escribo, tengo que dejar de hacerlo porque me estoy quedando dormido.

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¡Feliz Navidad!  A todos, paz, amor, prosperidad y un venturoso año 2016 lleno de esperanza. 


jueves, 3 de diciembre de 2015

PUERTA DEL CAMPO, ROTONDA DE LA BREA.




Puerta del Campo, rotonda de La Brea.


La sábana de cristal en la fría madrugada cae en cascada rompiéndose en mil espejos que centellean al dispersarse.
Sopla el solano y una rebanada de luna en forma de cimitarra, pálida, casi blanquecina, con púa para colgar sombreros, despide a los aceituneros.
No miran a la fuente al pasar, le dan de lado a pesar de que derrama en forma de bendición su brisa húmeda sobre todos ellos.
Por el caminito de naranjos escarchados marchan en procesión. Miran al frente, al olivar, perdido el suyo entre la espesa selva de miles de olivares.
Rugen los motores de los vehículos, y los remolques pasan entonando su cansina música de percusión rompiendo el azul relente del alba.
A la izquierda la luna, a la derecha el viento, y a las espaldas el pueblo que se despierta envuelto en una olorosa bruma serrana. Al frente los difusos olivares.
Al caer la tarde las aceituneras al volver del tajo se peinan en el dorado espejo de la encendida cascada pintada por el sol agonizante de la tarde.
La noche cae sobre el campo. En el olivar cosechado, ahora desgreñado, lloran aceitunas olvidadas.
La Puerta del Campo duerme en la noche acunada por el gratificante sonido del agua al caer sobre el marmóreo pedregal blanco.
Un coche largo y negro rompe el silencio de la temprana madrugada. Al final del camino de naranjos, de repente, una luz emerge en la oscura noche alertando a los cipreses para que velen con sus cuchillos puntiagudos al aceitunero que llevan muerto. 
Por la tarde, el mismo coche negro vuelve a pasar por La Puerta del Campo. Esta vez va muy despacio. Un nutrido grupo de gentes, la mayoría de negro, van caminando a su paso mientras que las campanas de la torre del pueblo con golpes lentos y agónicos tañen a muerto.
Al rato, el mismo coche y el mismo séquito vuelven a bajar por el camino de naranjos. Tres son las veces que lo han paseado ante La Puerta del Campo al aceitunero muerto.
Son tres los lloros de cristal fino que al resbalar por la hueca jamba han entonado a su paso una música menos alegre que de costumbre. Con estas polifonías despide La Puerta del Campo al finado aceitunero.
Por el camino de naranjos me llevarán, y nos llevarán un día hasta donde los cipreses hacen guardia con sus cuchillos afilados mirando al cielo. 
Que el agua de la fuente que ha de decirnos adiós de La Puerta del Campo tarde muchos años en ser llovida.
Puerta del Campo de mi pueblo. Puerta del Campo de Torredelcampo.

domingo, 4 de octubre de 2015

LA OLIVA Y EL ACEITUNERO





La oliva y el aceitunero

En la pertinaz sequía. Principios de octubre 2015
Cualquier oliva sedienta de la campiña de mi pueblo.

Pronto vendrás a verme y como siempre te daré mi sangre.
Sé que me mimas, que me quieres, que tu sudor me embriaga.
Peinaré mis cabellos en el reflejo escarchado de la luna gélida
antes de que tú vengas casi escondiéndote en la noche.
Al alba te esperaré y te entregaré todo lo que tengo,
pero no me pidas más, esta vez no, pues mi tormento me ahoga.
Pondrás sábanas bajo mi cuerpo desnudo y pisarás sobre ellas,
sábanas negras que se llenarán de lágrimas secas enjutas y arrugadas.
Sentiré las vibraciones de tus caricias sin llegar a estremecerme,
mientras que tú, te fundirás con mi pena queriendo apagar mi sed.
Verás mis brazos estirados suplicándole al cielo que llore de una vez,
que derrame agua sobre mi reseco tronco, sobre las grietas de mi fosa,
al tiempo que tú  en un abrazo de mortaja
mojarás  mis labios sedientos con la tinta de estas letras.



                                           Antero Villar Rosa

domingo, 16 de agosto de 2015

QUE LLUEVA DE UNA VEZ EN MI PUEBLO



Que llueva de una vez en mi pueblo.
Que se mojen los caminos.
Que el polvo se haga barro.
Que el trueno despierte al olivar de la larga y tediosa siesta.
Que el botijo del cielo estalle en mil chubascos.
Que el dios de la lluvia taladre con sus dedos a los nublos.
Que las hormigas corran a los hormigueros.
Que un vientecillo fresco anestesie el canto de las cigarras.
Que gruesas gotas retumben en el seco cutis del olivar.
Que se agiten los cardos para que alumbren vilanos.
Que los vencejos en el cielo hagan la primera cata.
Que las grietas dejen de mostrar las profundas venas de las olivas.
Que en la gris y plomiza tarde regrese la gente del campo.
Que los caminos se enciendan con la luces de los coches.
Que vuelva aquél olor a parva mojada en la era.
Que huela a hinojo mojado y a olivo recién duchado.   
Que el olivar no se atragante para que no beban los torrentes.
Que llueva de una vez en mi pueblo, que llueva en el campo.
Que lluevan jornales en Torredelcampo.
Que llueva, pero que llueva, agua virgen extra.






viernes, 12 de junio de 2015

HORTALIZAS Y TAMBIÉN MELONES.

El ayudar a plantar las hortalizas cuando yo era pequeño era un trabajo que a mí y a todos los chiquillos nos gustaba. Recuerdo el olor que desprendían aquellas diminutas plantas de tomates que habían sido arrancadas de un semillero. Mi abuelo solía plantarlas a últimos del mes de abril. Lo hacía recostándolas en mitad de la ladera del surco por el que el agua del riego debía de circular y otras a estancarse. Las plantas al principio adolecían inclinándose sobre su nuevo lecho hasta que después del primer riego que debía de ser abundante parecían resucitar acomodadas en la esponjosa tierra colmada de nutrientes naturales con los que la huerta se abonaba.
Más tarde, cuando la planta se iba desarrollando me gustaba registrar sus tallos para ver cómo los pequeños tomates iban creciendo; por este motivo mi ropa quedaba manchada por el verdín amarillento de los olorosos y brillosos pelos glandulares de las matas por lo que el castigo después estaba asegurado pues estas manchas eran difíciles de quitar. 
Pasado el tiempo, antes de la feria, comenzaban las matas a dar frutos. Eran tomates con sabor a tomate, nada en comparación con los de ahora que no saben a nada; estos últimos, los que vemos en el los mercados son muy vistosos pero huérfanos de sabor y hasta de olor como consecuencia sin lugar a dudas del marchamo del laboratorio por el que fueron creados, y no como aquellos que yo recuerdo de nuestras huertas un poco arrugados por la parte del cabillo por donde se nutrían. Muchos eran de color casi rosado y de un sabor muy dulce y agradable además de ser todo pulpa y no  huecos ni llenos de agua como algunos de los de ahora.  Tomates que hacían las delicias de nuestro panaseite una vez restregados en el pan, y de nuestras ricas ensaladillas a nuestra manera torrecampeña.
Recuerdo también aquellos pepinos con la piel un poco amarillenta que al pelarlos la casa se inundaba con ese su olor tan característico. Aquellos a los que me refiero no llegaban a repetirse por mucho que comiéramos. En los gazpachos eran un ingrediente primordial muy diferentes su sabor de estos que nos venden de invernadero de piel verde-oscura.
Pero dejo la huerta con sus plantas de pimientos, berenjenas, calabazas y otras hortalizas regadas con el agua de la alberca, para dedicarle también un recuerdo a una planta de secano que se cosechaba mucho en nuestro pueblo y que para muchos agricultores llegado el verano después de la recolección de los cereales les servía su cultivo de distracción. Me voy a referir al melón.
Se solía sembrar cuando las temperaturas de la primavera lo aconsejaban, pero para últimos de abril ya debían de tener sus matas algunas hojas. Las semillas para la siembra solían emplearse las que se guardaban como simiente para futuras plantaciones cuando algún melón de los que se degustaba en la casa daba más que el aprobado. Por lo general se escogían siempre los de una de una variedad que ya desapareció en nuestro pueblo muy parecida a los de piel de sapo de hoy pero aquellos eran más redondos y de cáscara más gruesa. Les llamábamos de pepitapero y también romanicos. Eran melones de cámara y que llegado la Semana Santa algunos aún se conservaban.            
Días antes de la siembra la semilla se dejaba reposar en agua y así se dejaba caer en un hoyo no muy profundo que equivalía a una cavada echa con el azadón allanándose la tierra con las manos para que al brotar no encontrase la planta obstáculo alguno.
En las lindes se solía sembrar maíz rosetero de palomitas, o también otro que sus penachos servían para escobas.  También en las zonas más húmedas del terreno se solían plantar algunas plantas de girasol.   
El primer trabajo era la recaba del terreno cuando el perímetro de las matas era el de un sombrero de paja arropándolas con tierra esponjosa en la cruz de donde emergían sus tallos, los llamados látigos, que se arrastraban por el suelo mientras que sus flores amarillas fecundaban el fruto diminuto a los que de principio llamábamos bellotas. Las hojas formaban un entramado muy tupido lo que hacía que el fruto estuviese preservado por los inclementes rayos de sol. El olor de estas hojas era muy peculiar, y quedó grabado en mi pituitaria para siempre.
El fabricar la choza para guardarlos de los intrusos para cualquier niño de mi edad en aquellos tiempos era una ilusión que llegaba a consolidarse el día que se fraguaba esta a base de palos y de carrizos. El dormir bajo la bóveda celeste en aquellos veranos calurosos mientras mi padre me contaba muchas veces las penurias pasadas por él en la guerra al tiempo que las estrellas fugaces arañaban con sus estelas el firmamento no tardaba en llevarme hasta los brazos de Morfeo. Ahora, pensando en aquellos momentos, en noches de insomnio fruto de mi edad veo aquél cielo estrellado y me traslado hasta allí por lo que pensando en tan gratos recuerdos no tardo en conciliar el sueño.
Para septiembre, más concretamente para la feria de Jamilena, los melones ya habían alcanzado el grado suficiente de azúcares para ser cortados, y así se hacía por lo que después viaje tras viaje eran transportados dentro del serón con la mula de carga hasta las cámaras de las casas .
Los años que recolectábamos matalahuga solíamos enterrar algunos melones en las trojes donde se depositaba este grano, consiguiendo con ello que el melón adquiriera el sabor de esta planta que servía para obtener el anís.
Tiempos aquellos de tan añorados sabores y olores ya desaparecidos. ¿Volverán alguna vez? Lo dudo.

   

viernes, 15 de mayo de 2015

MEDALLA DE ORO DE LA VILLA DE TORREDELCAMPO


       Cuando yo era pequeño soñaba que me dieran aquél premio. Era una pelota de goma que don Federico, el cura párroco custodiaba en un armario de rejillas en la sacristía. Yo quería que esa pelota fuese para mí, y para ello puse mucho tesón aprendiéndome de memoria la historia sagrada y coleccionando vales con puntos que nos regalaban por asistir a la catequesis además de contestar a las preguntas que el prior nos hacía. Nunca pude jugar con aquella pelota porque otro tal vez con más méritos que yo resultó ser el ganador de aquél premio.
Desde aquella vez y durante toda mi vida no he luchado por premio alguno más que el de conseguir sacar a mi familia adelante con mi trabajo; meritorio trofeo el cual conseguí y del que no me canso de alardear y presumir. 
Os quiero informar de que el Ayuntamiento de Torredelcampo, mi pueblo, me ha nombrado para hacerme entrega de la Medalla de Oro de la Villa en su edición 2015, por lo que me siento muy orgulloso y honrado.
No quiero caer en el tópico tan utilizable en estos casos argumentando que no soy merecedor del mismo porque en cierto modo estaría desacreditando a la institución que me lo otorga y a las personas que la representan a las que por adelantado le muestro mi más sincero agradecimiento;  las que forman parte de la Corporación Municipal con su Presidenta a la cabeza y a todas las de los diversos grupos políticos que por unanimidad  consideraron que era merecedor de esta honrosa distinción.            
Gracias también a todos los torrecampeños y torrecampeñas, amigos y amigas que me apoyáis, pues sé que a vosotros os debo mi reconocimiento por el cariño que me mostrasteis en mi pregón romero, y quisiera desde aquí demostraros mi gratitud de forma diferente a la demostrada por aquél niño del principio que no quiso compartir aquella pelota conmigo. Yo si quiero repartir a trocitos este honroso premio que se me va a otorgar con todas las buenas gentes de mi pueblo, con todos esos buenos torrecampeños que como yo y como tú se sienten orgullosos de serlo.
Desde la sincera humildad que me caracteriza, os mando a todos mi reconocimiento y gratitud.      
Un abrazo desde la distancia.