jueves, 13 de noviembre de 2014

OTRA VEZ LA ACEITUNA


Ya estamos inmersos en otra campaña de aceituna. La cosecha de este año es escasa pero a pesar de eso habrá que ir a visitar una por una todas las olivas de nuestro pueblo para recoger el poco fruto que cuelgan de sus ramas,  para ello, mucho antes se tendrán que poner a punto todas las herramientas además de la maquinaría y todo el utillaje que hoy en día se utiliza para la recolección. Recuerdo aquellos tiempos de fardeos de lienzo donde las esportillas y esportones de esparto eran instrumentos indispensables para la recolección de la aceituna donde la limpia, aquella rampa de alambres con su depósito de madera al que llamábamos torba era de alguna forma el único utensilio con la tecnología más avanzada en aquella época. Tiempos aquellos donde las escuelas quedaban semivacias de niños y de niñas porque iban a ganar un mísero jornal para ayudar a sus padres. Como aquél niño torrecampeño de mi edad que pongo de ejemplo.
         -¡Vamos José, despierta!
         La voz de la madre se dejó oír desde las escaleras de la casa en la fría madrugada aceitunera en un mes de diciembre de mediados de los años cincuenta.
        José, aquél niño de tan solo once años abandonó el colchón de hojas de maíz, arropó a su hermano menor que dormía con él y a otros más pequeños que lo hacían en otra cama. Bajó las escaleras lo más rápido que pudo. En la estancia donde prendía una lumbre se calzó unas alpargatas de lona blanca, de un cántaro vertió agua en una palangana y de ella con sus manos juntas las llenó una y otra vez del líquido y frío elemento y la estrelló contra su cara.
       -Anda, tómate el café por llamarlo de alguna manera pues es de cebada tostada; échale los picatostes que sopado está muy bueno. Tu padre en el cortijo a estas horas ya se estará comiendo las migas. Quince días lleva ya el pobre durmiendo en el suelo en una saca de paja.  
        El niño no dijo nada, se limitó a mirar a su madre que le estaba arreglando la talega. Esta continuó hablando.
         -Te he echado además de una raspa de bacalao, una alcachofa y un tomate. Ten cuidado con el bote del aceite, era el del jarabe de tu hermano el más pequeño de cuando estuvo malo. Lo pongo en vertical para que no se vuelque y no manche la talega. Te pongo también unos higos pasos; hoy no llevas salchichón ni agujetas, ayer fui a la tienda a comprar, y bueno... no me gustó el precio. ¡Anda hijo, vete, que no te esperen, y súbete la corredera del saquito hasta el cuello!
         Entre dos luces aquél chiquillo marchó hasta el punto de partida para el tajo. Allí esperó la llegada de todos los componentes de la cuadrilla de aceituneros, la mayoría hombres, mujeres y otros niños de su edad.
         Llegado al tajo la voz del manijero se dejó oír:
       -¡Niño, el esportón arriba de la oliva siempre!  Cuando saquen las mujeres y vacíen las espuertas y esté del todo lleno... ¡A la cabeza con él   a llevarlo hasta donde están los sacos!  ¡Vamos, que para luego es tarde!  ¡Niño, los salteos, que no quede ni una, y no vayas al chisco tanto!
        A medía jornada a la hora de comer el frío cortaba la cara. El chiquillo se dispuso a almorzar guarecido detrás del tronco de una oliva. El aceite del bote estaba helado y no pudo por este motivo comer el tan característico y apetitoso panaseite. Ni que decir tiene que había que ser muy valiente para mondar una naranja, así es que cortó un poco de pan y sació un poco el hambre con él y con los higos secos que su madre le había puesto en la talega.
         Poco antes de ponerse el sol, terminada la faena, como premio a tanto esfuerzo le esperaba una hora de camino andando con sus zapatillas de lona por veredas y caminos intransitables de barro. Aún así, aquél chiquillo antes de llegar al pueblo se internó por entre los olivares ya recolectados y con un saco de pita que llevaba siempre que le servia a veces de impermeable cuando llovía lo llenó de tallos de olivo de los pequeños montones que cada oliva albergaba después del vareo, y recogió además algunas raíces que el arado cercenó tiempo atrás y que andaban dispersas en las camadas. Con ello tendrían para calentarse él y su familia y también serviría para aviar su madre la comida. Una vez en casa, su jornada aún no había terminado pues después de asearse su madre le mandó ir hasta la fuente a por agua con un cántaro.
         A continuación, es de suponer, que aquél chiquillo iría a recoger su salario a la casa del dueño del olivar. Seguramente serian ocho duros, cuarenta pesetas, el equivalente a la cuarta parte de lo que hoy cuesta un café.
       Alguien pensará que esto es demagogia. Quién lo dude que lo pregunte a las personas de mi edad. Tal vez muchos lo recuerden, y si lo recuerdan será porque tal vez lo oyeron o lo llegaron a vivir en primera persona. Yo fui uno de ellos.
         Ahora, el trabajo sigue siendo muy duro en la recolección de la aceituna ¡Claro que sí! Me hago cargo, por poner un ejemplo lo fatigoso que es aguantar todo el día una máquina de varear, pero terminada la faena todo el mundo al coche y a casita. ¡Ah! Y antes del mediodía la servesilla con el aperitivo. Yo no estoy en contra de nada de esto, muy al contrario me alegro. Antes, a pesar de tantas fatigas y esfuerzos no se llegaba a llevar al molino por persona ni la cuarta parte de la que se recolecta ahora, y es que los tiempos cambian a mejor. Afortunadamente.
¡Feliz aceituna amigos!

    

martes, 14 de octubre de 2014

¿TE ACUERDAS DE...?


     Me gusta la gente que colecciona recuerdos. En conversaciones con ellos/as la pregunta más común que de inmediato sale a flote es: ¿te acuerdas de...?, para de inmediato poner a trabajar nuestra memoria y recordar pasajes de un tiempo que se nos fue. Alguien dijo que la memoria es el único paraíso donde nadie puede ser expulsado, y es muy cierto.
Hoy quiero recordar contigo querido torrecampeño/a, y me dirijo a ti que tienes mi edad o incluso si eres unas quintas mayor, o tal vez menor que yo. 
He empleado la palabra quinta término este muy utilizado en nuestro pueblo y eso me da pié para preguntarte... ¿te acuerdas cuando nos fuimos a la mili? Primero había que pasar por la prueba de la talla, o de medirse como decíamos en nuestro pueblo. Ser apto para el servicio militar era signo de no sufrir ninguna discapacidad y eso evidenciaba no solo estar capacitado para afrontar el periplo de la mili, sino el de ser una persona útil para poder hacer frente a cualquier clase de trabajo, circunstancia esta muy valorada erróneamente por la sociedad de aquél tiempo. Más tarde, el sorteo de los quintos, donde la palabra África estaba condenada. Los destinados al Sahara sabían que salvo raras circunstancias no volverían a la península hasta después de obtener la licencia. Recuerdo los tres meses de campamento donde recibíamos la instrucción, para después ser destinados a cualquiera de los cuarteles de nuestra geografía; y tú mientras tanto mujer torrecampeña esperando día a día las cartas de tu novio con la ilusión de que en alguna de ellas te anunciara el regreso con unos días de permiso. ¡Vamos! ¿No me digas que no te acuerdas?   
Cuando esto escribo es otoño y... ¿te acuerdas a lo que jugábamos en este tiempo cuando éramos niños? Para cada época teníamos un juego, así en los días antes y durante el Día de Todos los Santos nos íbamos a jugar a las eras del cementerio. Los chiquillos a maisa, al fútbol y a la peonza con aquél trompo de aguijón de metal, y las niñas a la comba y al diábolo. ¿Quién de nosotros no compró por ese tiempo un membrillo en el puesto de la plaza que estaba ubicado en la esquina de Correos y un puñado de castañas en algunos de los carros cerca del cementerio?
Tiempos aquellos otoñales cuando las casas se envolvían con el dulce y agradable aroma que emanaban los tomates triturados por la máquina de manivela antes de ser envasados en botellas de cristal. ¿Acaso a ti no te mandó nunca tu madre a la tienda de Bernardo o a la de Ana Maria a por corchos y polvos para la conserva del tomate?
Claro que te acuerdas, como recordarás también cuando tú como yo jugábamos en la calle a la pita y al palo, juego este más que peligroso por el riesgo que entrañaba el golpear con un palo largo a otro pequeño con las puntas afiladas y lanzarlo mientras más distante mejor. Tú que eras niña te dedicabas mientras tanto a jugar al corache en la calle con tus amigas al tiempo que tratarías de esquivar nuestros furibundos lanzamientos.
Seguro que recordarás también las majuletas con canute que vendían a últimos del verano en la plaza con una esportilla mientras paseábamos. ¿Quién no ha lanzado el hueso de la majuleta por el tubo de aquellas verdes cañas? ¿Acaso tú cuando eras niña no recibiste la caricia de uno de estos huesos?
¿Quién de los de nuestra edad no gritó en el cine desde el gallinero aquello de: ¡Que lo echen ya! ¿Acaso tú no silbabas cuando los protagonistas de la película se besaban, y gritabas aquello de: Picho, picho, picho? ¿Te acuerdas cuando a la salida del cine si la película era mala le decíamos a los que entraban a la segunda función que era un pisiaso o un lataso? Claro que recordarás todo esto.  
Ahora te pregunto a ti, a ti que eres ya abuela si no jugaste al correndero en tu calle y lanzaste al aire un cántaro mochado, o un botijo viejo a la que estaba a tu lado al grito lento de: Ay, ay, ay, iiiii...  ¿Verdad, que te cuerdas?   
 Supongo que a ti como a mi te gustaban leer los tebeos del Capitán Trueno, El Jabato, o Roberto Alcázar y Pedrín, mientras que los destinados a las niñas eran los llamados cuentos de hadas. La biblioteca de entonces era el quiosco de la plaza. ¿Acaso no fuiste a ese quiosco a cambiar alguna novela de Marcial Lafuente Estefanía, y tú como mujer alguna de Corin Tellado? ¿No fue allí en ese quiosco donde compramos aquél primer cigarro creyendo que con fumar éramos más mayores? ¿No eran de la marca Ideales?... Seguro que sí.  Recuerdos, recuerdos, recuerdos...
¡Qué tiempos aquellos! Alguien dijo que recordar es poder disfrutar de la vida dos veces. Hoy he querido poner a prueba tu memoria, y evocar una pequeña porción de añoranzas para vivir nuevamente escenas de aquél ayer. Otro día, si tú me lo solicitas, volveré de nuevo a recordar más retazos de aquella época que nos tocó vivir para poder revivirla contigo otra vez.


sábado, 27 de septiembre de 2014

LOS MOLESTOS VECINOS DEL ÁTICO

A mi compañero Silvestre, aquél que era el responsable en la oficina del negociado de cartera, llevaba sin verlo desde el día que me jubilé. Él, quedó ejerciendo su trabajo que ya no era el mismo que el que solía llevar cuando el banco era banco. Tiempo atrás quedó arrumbada aquella hermética caja metálica donde solía custodiar todas las letras que la sucursal día tras día debía de negociar. La caja repleta de pagarés quedaba depositada a diario en el armario metálico dentro de la cámara acorazada para preservarla de robos e incendios. No puedo recordarlo sin aquella caja gris cerca de él. Las últimas tecnologías y los cambios de la operatividad de los sistemas financieros habían dado al traste con la palabra efecto y protesto, y por tanto cuando yo me fui se encargaba de tramitar las solicitudes de préstamo.
Mi compañero se jubiló unos años después de que yo también lo hiciera. Silver, como cariñosamente le llamábamos después de recordarme pasajes y aventuras de nuestro batallar en el trabajo, me confesó  que últimamente no era del todo feliz. Me dijo que vivía en un edificio de diez alturas en una conocida y céntrica calle de Madrid y que el motivo de su preocupación no era otro que el comportamiento de los vecinos de la planta del ático los cuales les estaban haciendo la vida imposible, no sólo a él, sino a todos los integrantes del inmueble. Los molestos vecinos según me manifestó eran todos unos arrogantes que despreciaban a los demás porque decían pertenecer a una casta diferente más rica y emprendedora. A los vecinos del primero, la mayoría de ellos andaluces los catalogaban de vagos sin tener en cuenta de que eran estos los que efectuaban las reformas en los áticos; reformas algunas innecesarias que eran sufragadas con el dinero de todos contribuyendo con ello a aumentar la diferencia entre las diferentes viviendas del inmueble. Todos los presidentes de la comunidad año tras año habían transigido en todas y cada una de sus reivindicaciones con tal de silenciar sus despropósitos; así que derrama tras derrama eran pagadas a tocateja por todos y cada uno de los propietarios sin que ninguno rechistara.  
Mi amigo Silver me dijo también que ahora pretenden no pagar la comunidad y formar ellos otra ajena a la que rige los estatutos debidamente legalizados. Durante toda la vida la comunidad, me dice, ha sido demasiado condescendiente en todo para con ellos. Como anécdota me cuenta de que al término de cada reunión, allí, en la sala de reuniones, por tal de halagar a estos vecinos que tanto protestan, se ofrecía un vino espumoso y unas rodajas de una grasienta chacina de la que dice no recordar el nombre de cómo se la conoce, y también a la ancianas presentes  se les agasajaba con un vaso de leche mezclado con unos polvos extraños con sabor a chocolate, porque al parecer una parte de estos presuntuosos vecinos poseían factorías donde elaboran estos brebajes y comistrajos por los que sienten muy orgullosos e identificados ya que dicen formar esto parte de su idiosincrasia.   
Lo peor de todo según me contó Silver es que para mantener los molestos vecinos su estatus de ricos, la comunidad le avaló todas sus deudas, de ahí que ahora no sólo no quieren pagar la cuota que les pertenece, sino que encima deben los vecinos de afrontar con todas las obligaciones adquiridas por estos elementos caso de que formaran otra comunidad. Por otra parte me cuenta, y esto lo considero muy grave, que tiempo atrás siendo presidente uno de los del ático, se quedó con buena parte del dinero que era de todos. Interpuesta la demanda correspondiente por malversación de fondos lo sorprendente del caso es que la gran mayoría de los del ático lo siguen arropando y defendiendo, esgrimiendo de que se trata de un señor de avanzada edad muy honorable.
Mi compañero me dejó muy confuso con todo ello. Antes de despedirse de mí también me dijo que a pesar de pretender no pagar la cuota de comunidad que le corresponden, quieren seguir utilizando los servicios comunitarios además de los mancomunitarios de los que el edificio donde viven forma parte con otros bloques limítrofes.
Despido a mi imaginario compañero Silvestre y le digo adiós al tiempo que dejo de leer la prensa la cual ha tenido la culpa de que yo me invente hoy esta historia. ¿Será tal vez por alguna noticia parecida y aparecida en el periódico que acabo de leer?  No lo sé... los titulares solo hablan de un tal Pujol (leo Pujol con jota de Jaén)...faltaría Mas ¡Joder, con el honorable Jorge y la chusma de independentistas!    

                       

lunes, 22 de septiembre de 2014

LOS CONSEJOS DE UN ABUELO

Soy un viejo –me digo-. Me miro al espejo y veo mi rostro poblado de surcos sinuosos y torcidos, como si mi cara y sobre todo mi frente la hubiese arado un mal gañán. La mayoría de mis contados cabellos están pintados con la escarcha propia de los años, porque aquellos que ya no pasan por la criba de mi peine se fueron para siempre arrastrados como hojas secas por los vientos de tantos otoños vividos.
Me doy cuenta de que el tiempo pasa cuando aquél de mi edad que me servía a diario el café en la cafetería de costumbre se marchó un día para siempre, y aquél otro parroquiano que dejé de ver, como muchos de mi edad con quienes charlaba cuando se cruzaban conmigo en las calles de mi pueblo y que ya no me dirán adiós porque también se fueron.  
Pero yo no soy viejo aún; soy una persona que se va haciendo cada vez más mayor y que atiende por abuelo cuando pequeñas vocecitas así me llaman; son las voces candorosas e infantiles de mis nietos.
Hoy, quiero hablarles a estos pequeños retoños, y lo hago a través de un ordenador dibujando con las palabras mis sentimientos al mismo tiempo que quiero regalarles consejos que  son  los cosechados por mi experta paternidad aprendida con mis hijos, y naturalmente, la experiencia adquirida por los años que la vida me ha regalado.
Os quiero contar queridos nietos que la vida es solo un suspiro, y que cuando os queráis dar cuenta estaréis conjugando no el futuro sino el pasado de los verbos: <<Yo hubiera o hubiese hecho esto o aquello>>, me repito yo muchas veces, pero me doy cuenta de que nadie puede escapar de la senda que el destino a cada uno nos tiene reservado. No me arrepiento de ser como soy. Si volviera a nacer volvería a caminar por los mismos e intricados senderos por los que ha transcurrido mi vida, arrastrando con ello mis defectos y mis errores como también mis virtudes si es que tengo alguna.
Vuestra misión primordial en esta vida consistirá en ser todo lo felices que podáis. Si sois felices consigo mismos, la felicidad que os sobra podréis compartirla con otras personas a la que améis. Cuidaros mucho de aquellas que en vez de repartir felicidad van sembrando odio y rencor; el mundo está cuajado de ellas. Las llegareis a identificar a medida que irán cicatrizando en vosotros las heridas que os hagan. La experiencia es el mejor antídoto para preservaros de la mala gente. Aquí, en este mundo que se os ofrece, cuando comencéis a caminar por sí solos encontrareis vuestros cielos y vuestros infiernos. No os desaniméis ante la adversidad, pero cuando ello ocurra solicitar siempre el consejo de las personas en las que confiéis, por lo general las que os rodean y que os quieren.
Yo quisiera seguir aquí siempre y ser vuestro consejero y confidente y servir de puente entre vuestros padres y vosotros, sobre todo cuando lleguéis a esa etapa tan difícil de vuestra vida llamada pubertad tan llena de interrogantes donde el adolescente tiene la convicción de ser un incomprendido. Es, en ese período de vuestras vidas cuando deberéis de conducir vuestras conductas por los senderos rectos que os habrán enseñado vuestros padres. Si un árbol crece torcido y no se corrige a tiempo se desarrollará con el tronco inclinado para siempre. El saber escoger a vuestros amigos os evitará de muchos problemas. Esto es fundamental.
Sed honrados. La palabra honrado abarca un amplio espectro de virtudes, tales como: no engañar, no robar, no estafar ni tampoco mentir. Sed pues, buenas personas a pesar de que muchos a los buenos los califiquen de tontos; pensad que esos que se las dan de listos, son los que más cerca están de los sinvergüenzas.
Respetad siempre a vuestros mayores; en ellos reposa y se apacienta la sensatez. Y si ellos no han estudiado y no están a vuestra altura en conocimientos, pensad que tal vez fue porque no pudieron, y no porque no quisieron. No os riáis de su ignorancia, pues sin estudiar, ellos, poseen el poso que la universidad de la vida les ha enseñado y a veces el significado de una frase pronunciada por estas personas mayores encierra tanta o más racionalidad que la expresada por cualquier filósofo. 
Amad a la Naturaleza. Éste además de ser otro consejo es un deber, el de cuidar a nuestro planeta Tierra el cual os dejamos herido por los abusos efectuados por los de mi generación; a vosotros os toca paliar el daño que hemos causado.
Por último sabed queridos nietos que os lego el amor a un pueblo llamado Torredelcampo, el pueblo donde nació vuestro abuelo y en el que os anuncio que viviré para siempre cuando yo me muera. 
Estos son los consejos de vuestro abuelo Antero.
Besos. Os quiero.


domingo, 7 de septiembre de 2014

ADIÓS AL VERANO



Faltan pocos días para de nuevo decir adiós a otro verano más. Ya no se oye por las calles el ruido de las ruedas de las maletas; de esas maletas arrastradas por un asa a las que hemos dado en llamar utilizando el anglicismo: troler; ahora, reposarán un año más en lo alto de los armarios o en cualquier hueco de la casa hasta el año que viene, pues se acabaron las vacaciones.
En agosto, aquí en Madrid, cogen vacaciones hasta los carteristas. Pasear por el centro de la ciudad ha sido una gozada, y si lo hacías a primeras horas de un sábado del mes de agosto os aseguro que para aquellos que buscamos la tranquilidad, el sosiego se transformaba en recelo al contemplar céntricas calles casi desiertas de gentes y coches.
Ya en septiembre otra vez Madrid ha vuelto de nuevo al ajetreo cotidiano, a las prisas, a los atascos. Echaba en falta los autobuses de transporte escolar, y a los colegiales. Ahora, a estos, los veo caminar de nuevo en busca de los colegios arrastrando sus otros troler cargados de libros y material didáctico. Ya ha comenzado un nuevo curso y  muchos de estos escolares observo que van con cara de disgusto porque tal vez sus padres les hayan contagiado eso que ahora le llaman el síndrome post-vacacional.
En nuestro pueblo también pasará lo mismo aunque en menor medida. Aquellos que como yo añoran su tierra y que periódicamente disfrutan de cortas o largas estancias en Torredelcampo, estos, habrán dejado de pasear por sus calles y habrán vuelto de nuevo a sus cuarteles de invierno para echar de menos no cabe duda el dulce gozo de sentarse en algunas de las terrazas de nuestros bares disfrutando del fresquito de la noche con unas servesillas y unas buenas tapas los días que había suerte y se encontraba una mesa libre.
También habrán regresado aquellos que se fueron a la playa, como aquí también han vuelto. Ellos, y en mayor medida, ellas, se distinguen por su color de piel; por ese bronceado-gratinado que han ido adquiriendo muy lentamente fuera de las sombrillas playeras. El lucir este moreno de piel, hoy, es un signo de distinción que contrasta con la blancura de los que no han podido o no han querido –me inclino por los primeros- tostarse bajo el sol.   
Tiempos aquellos en los que las mujeres tenían que esconder el moreno; aquél moreno de rastrojo fruto de espigar detrás de los segadores, o el obtenido en la era, y no digamos del bronceado que adquirían arrancando matalauga. En aquellos tiempos de mi niñez la blancura en el rostro de la mujer significaba el pertenecer a un estatus social más aseñorado, y por el contrario tener la piel quemada por el sol era sinónimo de hacer vida en un cortijo y el de pertenecer a las clases más económicamente débiles.  No quiero que nadie me confunda y crea que añoro penurias pasadas, pero aquellos y aquellas de mi generación que pasaron por esto y que hoy pueden disfrutar de unos días de playa, -por cierto muy merecidos-, les digo que no sientan vergüenza por aquello que sufrimos. Muy al contrario deben de sentirse orgullosos, pues gracias a ellos y a ellas y a todos los de nuestra generación se consiguió el bienestar social que estamos disfrutando y que nadie nos regaló. Es más, les sugiero que se lo cuenten a sus nietos para que sus descendientes sepan lo que pasamos, y que utilicen para ello si quieren un dicho muy torrecampeño que dice: los dineros no vienen por la chimenea abajo.
En fin, que el verano se nos va otro año más y otra vez en este tiempo seguimos mirando al cielo esperando ver nubes negras que rieguen los sedientos campos torrecampeños, pues hasta aquí me llegan los lamentos de los olivares pidiendo agua deseosos todos de empaparse con la lluvia y con ella decirle adiós al verano. Sus sollozos creo percibirlos hasta en la vorágine de los atascos.    

                                                 

miércoles, 23 de julio de 2014

DE CÓMO NOS BAÑÁBAMOS



Ya está aquí el calor otro año más. Se ha resistido un poco pero al final ya están aquí los alcaparrones sirviendo de tapa en nuestras mesas y en las terrazas de nuestro pueblo. Los alcaparrones, el ponche de melocotón y los helados del “Chache” eran por aquellos tiempos tres exquisiteces muy propias del verano y sobre todo en la feria.
Todos los torrecampeños estábamos deseosos de que llegase la feria por muchas razones que ya he contado en otras entradas en este blog, pero rebobinando la cámara de mis recuerdos había una cosa a la que todos los chiquillos le teníamos verdadero pavor y es cuando llegaba la hora del baño. Para situar a algunos en el tiempo les diré que he trasladado los recuerdos que voy a relatar a cuando yo tenía seis o siete años, es decir sesenta años atrás.
Nuestros primeros baños recuerdo que nuestras madres nos metían en una palangana con agua traída de la fuente más cercana, y se ensañaban con nosotros restregándonos un estropajo que no era otra cosa que restos de una soga untada con jabón hecho con sosa y aceite usado de mil frituras, y nos refregaban con ello la piel por todas las zonas corporales hasta pasar del color blanco al rosado de forma inmediata por donde aquella áspera esponja como si fuese lija nos acariciaba. Era un calvario.
Pasados los años cuando éramos un poco más mayores buscábamos las albercas para bañarnos. Así recuerdo aquellas albercas que servían para regar las hortalizas situadas a las afueras de nuestro pueblo y otras más lejanas que no quiero identificar por aquello de no tener que utilizar apodo alguno. Por las siestas, cuando el hortelano descansaba, nosotros los chiquillos de mi grupo íbamos a zambullirnos en aquellas balsas donde nos sumergíamos atentos siempre a que el dueño se pudiera presentar en cualquier momento. Normalmente el agua de aquellas albercas nos rebasaba en altura a todos, así que teníamos que hacerlo con mucho cuidado cogidos al pretil. Nos bañábamos totalmente desnudos, es decir en bolas, por lo que algunos ya presumían o presumíamos de ciertas destacadas dotes que por lo general quedaban menguadas de inmediato al contacto con la frialdad del agua. Un día, de forma inesperada se presentó el hortelano y se quedó con la ropa de dos de mis compañeros bañistas; todos salimos corriendo en tropel con la ropa en nuestras manos menos estos que para no entrar en el pueblo desnudos se ocultaron en una zanja lejos de las iras del furibundo dueño de la alberca hasta que avisamos a sus madres. El hortelano aquél era un hombre muy avispado y muy adelantado por cierto en el merchandising y en los negocios ya que más tarde nos cobraba dos reales por cada baño.             
Así eran aquellos nuestros baños en mi niñez puesto que en las casas no había agua corriente. Pasado el tiempo una vez que quedó instalado este bien primordial con el rechazo de buena parte de los mayores, ya que para ellos el agua corriente servia solo para presumir ante los demás vecinos, llegaron las duchas a las casas. Estas personas mayores al final doblegaron y sucumbieron ante el avance del progreso, pero se negaron muchos a instalar duchas ya que decían que este invento no traería nada bueno. Y así fue como de aquellos baños en las albercas pasamos al de las duchas.
Más tarde, recuerdo la piscina de la calle Quebradizas, donde al principio y no quiero estar equivocado, existían dos turnos para el baño, el de las mujeres y el de los hombres.
No digo de irse de veraneo nadie y bañarse en la playa porque entonces la playa más cercana estaba a dos o tres horas más lejos que ahora, por aquello de las vías de comunicación existentes antes comparadas con las actuales, y naturalmente porque el veraneo para la mayor parte de los de mi generación eran los trabajos propios de la parva en la era.  
¡Qué tiempos!  Aquellos veranos de guapas mujeres luciendo vestidos estampados de amplios vuelos con moñas en el pelo cuando llegaba la feria, nuestra feria de entonces donde se presumía una sola vez al año del refrescante placer de beber cerveza porque para eso estábamos en fiestas. Cerveza servida en velador y bajo palio.   
Bajo palio la tomaré este año también en la Feria de Día. Que la vayan enfriando.  

viernes, 18 de julio de 2014

ESTAMPAS MADRILEÑAS ACTUALES


Una bocanada de aire fresco me acaricia al salir de casa. La dulce música que produce el agua de la fuente de piedra hexagonal que anida bajo mi balcón me da los buenos días con sus refrescantes y cantarines sonidos. La fuente, construida por artesanos picapedreros de aquellos de antaño de martillo y cincel, la hemos visto más de una vez en películas en blanco y negro donde de seguro bebieron en ella actores y directores de renombrada fama que la llevaron un día al celuloide. Sus murmullos en las noches calurosas de verano teniendo el balcón abierto decrece mi falta de sueño, y la vigilia da paso a un profundo sopor estimulado por tan relajantes sonidos.
Como todas las mañanas estoy deseoso de leer el periódico y tomar el primer café. En la acera un joven de rodillas casi a gritos pide limosna para un bocadillo entonando para ello un peculiar angustioso y cansino soniquete que martillea mi cerebro hasta horas después. Hay días que no quiero que el café me sepa más amargo –aunque casi nunca le echo azúcar- y le dejo algo en el cestillo. Algunos, me dijeron que este individuo pertenece a un clan de pedigüeños. No lo sé, habrá quienes hagan negocio con el limosneo, pero estoy seguro de que este pobre indigente no tendrá ninguna cuenta en Gibraltar o en las Caimán.
Después del café me encamino hasta el supermercado. A veces, o mejor dicho casi todos los días hago los “mandaos” que me ordena mi mujer. Me viene bien esto, tanto es así que procuro que se me olvide algo para así tener que volver otra vez. En la puerta del establecimiento un africano, -no digo de color porque todos tenemos una tonalidad en nuestra piel, ni tampoco quiero emplear la palabra negro por aquello de que muchos me tachen de racista- vende La Farola muy atento a la puerta para prestar cualquier ayuda y ganarse una propina.
Más tarde cojo el metro. Antes de entrar, un gitano casi seguro con domicilio en La Cañada Real, me ofrece una bolsa de ajos por un euro. Mientras vocea la mercancía mira a la gitana distante de él que desde su atalaya le alertará de la llegada de la policía para salir huyendo. 
Pasadas algunas estaciones un joven solicita la atención de los viajeros. Cuenta que está sin trabajo, tiene dos hijos, uno de ellos enfermo. Su mujer padece una enfermedad incurable, y pide que se le socorra con unas monedas para poder comprar algo tan básico como una barra de pan. La mayoría de los del vagón dirigen la mirada al suelo cuando el pobre desgraciado pasa un taleguillo. Una guiri –no uso esta palabra de forma despectiva- que acaricia una maleta entre los pies con la colgadura del código de barras y letras del destino colocadas en la recepción de equipajes del aeropuerto de embarque, mira extrañada, saca su monedero y le da una ayuda.
Dos estaciones más adelante entra en el vagón una mujer con rasgos y atuendos transilvanos solicitando a voces la atención de todos. Pide una limosna en un español aprendido en un cartón para ayudar a su familia. La turista extranjera parece muy sorprendida pero nuevamente se le ablanda el corazón y contribuye al socorro de la desamparada. ¡Que estará pensando de nuestro país! Me pregunto. La indigente le obsequia con un paquete de pañuelos de papel que la extranjera rechaza.
Salgo a la calle. El soberbio edificio de la AET, la Agencia Tributaria donde tú yo y aquél, menos aquellos que todos sabemos contribuimos a su sostenimiento, me saluda. Me encamino por una travesía cercana al regio edificio poblada de acacias que dan sombra a los que deambulamos por ella. Unos gorrillas discuten entre ellos. Según me voy acercando al grupo todos ellos negros de tez casi azulada rodean a otro que por lo que parece trata de hacerle competencia en el negocio del aparcamiento. El macho dominante de la manada le da voces y le amenaza agitando el dedo índice de su mano de un lado para otro. El infeliz no dice nada, tiene agachada la cabeza mientras que los demás también le conminan. Seguro estoy que este pobre desdichado aún tiene el salitre de la brisa del Estrecho pegada en su piel, o las heridas lacerantes y sangrantes de la alambrada de la valla en sus manos. Los dejo discutiendo.
Llego a mi destino. En el hall de la clínica donde me realizarán unas prueba médicas unas señoras muy emperifolladas sentadas ante una mesa petitoria de no sé qué ONG me invitan a que me acerque y contribuya con su causa. ¡Que España! Todo el mundo pidiendo. Recuerdo aquellos años de la posguerra donde para pedir había que enseñar el muñón de un brazo o de una pierna, porque por haber había muchos más muñones, los del alma por tantas heridas sufridas en aquella guerra, pero estos estaban prohibidos enseñarlos y menos revelarlos. Recuerdo a aquellos desgraciados cuando llegaban a nuestro pueblo contando crímenes y sucesos dantescos que leían de un impreso de colores que luego vendían a real o a perra gorda.    
De regreso a mi casa utilizo de nuevo el metro donde al poco, en el vagón, un grupo musical de nariz afilada y curva, de ojos achinados y tez oscura, allende del Machu Picchu interpretan muy acertadamente con flauta andina y otros instrumentos musicales, Los sonidos del silencio. Después interpretan El condor pasa, que no se si pasa, o pasó, porque lo único que vi pasar es el platillo y observo que casi todo el mundo en esta ocasión contribuye. Algunos hasta les aplauden.
Antes de subir a casa abro mi buzón y me encuentro el recibo de la contribución de mi vivienda. Otros pidiendo me digo, aunque estos lo hacen de forma muy educada. Te dan un plazo para hacerlo, y si no lo haces te penalizan, y no sé por cuantas cosas más te pueden llegar a empapelar si no pagas.
Pedir... pedir... pedir... Busco sinónimos en el diccionario para esta palabra y encuentro todos estos: solicitar, requerir, demandar, pretender, exigir, reivindicar, reclamar, suplicar, implorar, rogar, rezar, postular, mendigar, pordiosear, y algunos más.  Entre todos ellos escojo el de rezar. Si, porque quiero rezar para que escenas como estas vividas por mí lleguen a desaparecer  y no veamos en el metro, o en nuestras calles y plazas a gentes así como las que he descrito, pero por ahora como dice Serrat en una de sus canciones: Que mientras estamos hablando, más y más pobres siguen llegando.   
Disculpe el señor, es el título de esta canción. Pues eso, a mi entender deberían de pedirnos disculpas los culpables de haber llegado a la situación de la España actual. Pero no lo hacen, ni lo harán, porque no sirven para pedir, con lo barato que resulta pedir, en este caso... pedir perdón.