domingo, 9 de enero de 2011

OLORES Y RECUERDOS DE AQUELLAS TIENDAS ENTRAÑABLES

                                                 Antiguo mercado de abastos en la Plaza del Llanete
                   
                                       
         En mi pasear diario por esta mi ciudad adoptiva, he reparado en la cantidad de establecimientos cerrados que la crisis ha fabricado. El cartel de: cerrado, se traspasa, liquidación por cierre, o se alquila, son el epitafio de un sinfín de sueños y esperanzas rotos.  -Arturo Pérez Reverte, decía en un artículo que eran como la lista de bajas de una guerra-
Comercios abiertos algunos recientemente y que al poco han tenido que echar el cierre dejando abierta sólo la cuenta del préstamo en el banco. Todos estuvieron abiertos poco tiempo. La gran mayoría de ellos eran de venta de productos consumibles por una sociedad habituada al estado del malgastar y que ahora su bienestar reside en muchos casos en comprar exclusivamente aquello más necesario desechando lo banal y superfluo hasta mejores tiempos.      
Entre las telarañas de mis recuerdos vienen a mí las imágenes de aquellas tiendas de antaño de nuestro pueblo.
Cito para empezar aquellas tiendas diminutas de ultramarinos cálidas y personales que te trataban por tu nombre y no como en esos modernos y descomunales hangares de ahora, de pasillos   atestados de carros y gentes donde nadie se conoce ni se saluda, los conocidos como grandes superficies.
En nuestro pueblo existían muchas de aquellas entrañables tiendas con identidad propia donde había de todo y se olía a la turbia mezcolanza de aromas de los cientos de productos que albergaban. Las fragancias de todos ellos se expandían por el reducido perímetro de aquellas recoletas tiendas e incluso llegaba su olor hasta fuera de ellas. Tiendas adornadas con chorizos colgando a la altura del mostrador hermanados por salchichones, morcillas, piñas de plátanos y bacalaos entre otros dispuestos estos últimos para ser troceados al requerimiento del cliente por la guillotina o bacaladera, la cual siempre estaba junto al cerro de papel de estraza que servia para envolver y también para echar la cuenta el tendero.
El olor de las especias como el clavo, el azafrán, el pimentón, la canela, la pimienta, el orégano o los cominos entre otros, bañaban la tienda de sabores. Y qué decir del aroma del chocolate que vendían en tabletas y también por onzas. Y de aquél otro para tomar en taza que desmenuzaba en virutas antes de echarlo a la leche o al agua y que servido con picatostes crujientes fritos con aceite del nuestro estaba de muerte.
Sí, los olores no se olvidan, es más, te retrotraen y te devuelven sin querer recuerdos y escenas de tu vida que tenias olvidadas cubierto todo de papel ya amarillento y difuso por el tiempo.
Ya no quedan tiendas de aquellas de ultramarinos que describo donde en un ala del comercio reposaban arremangados sacos con azúcar de terrón, también de habichuelas, lentejas o garbanzos, con el cucharón metálico dispuesto para llevar su contenido hasta la báscula que en casi todos los establecimientos era de la marca: Mobba. En muchas de estas tiendas existía en el mostrador un dosificador de aceite de manivela similar al de las antiguas gasolineras pero de reducido tamaño que albergaba dos émbolos en sendos cilindros de cristal. Cuando le daban a la manivela vaciaba el contenido de uno de los cilindros en la botella que siempre traía el cliente al mismo tiempo que se llenaba el otro dispuesto para el siguiente. Asimismo en las puertas de acceso de algunos de estos establecimientos reposaban reclinadas en la pared cajas de arenques, de higos secos, o también de tomates; de aquellos tomates olorosos nada como los  transgénicos de hoy huérfanos de sol de los invernaderos  con el marchamo esculpido en un laboratorio.
Estoy seguro de que estos comercios de ultramarinos entraron en decadencia cuando el papel higiénico hizo su aparición. No recuerdo que vendieran en mis tiempos en estos establecimientos ningún producto de celulosa. Los rollos de la marca El Elefante, aquellos de textura áspera y granulosa a veces con imperfecciones traslúcidas, ¡que peligro!, suplieron entonces a los recortes de periódicos que se colgaban de un gancho en los escusados y que servían para higienizar los bajos sombríos de cada cual, pintando a veces de marrón sin querer, -otras queriendo-, los rostros de personajes de la época.  
Recuerdo también algún que otro comercio de textiles con sus estanterías a rebosar de paños de infinidad de colores que de alguna manera insonorizaban el recinto. Algunos empleados demostraban una habilidad extrema en cortar aquellas telas ya que lo hacían con una precisión impecable y rectilínea. El ruido de la tela al rasgar por las tijeras era como el apretón de manos en cualquier trato de los de entonces, dando por hecho el tendero que el cliente no se podía echar atrás. Aquellas tiendas de tejidos olían al aroma cálido de ropa recién planchada. Tiendas como la de Simón, la de Manolo Damas, la de Guirao o la de Carazo, eran tiendas de renombre. Estas tiendas de tejidos desaparecieron cuando en otras empezaron a vender trajes y vestidos confeccionados.    
Recuerdo aquella otra tienda de colonias donde algunos perfumes los vendían a granel. Aquí te bañabas gratis con su aroma nada más entrar empapando la ropa que llevaras puesta con su recia fragancia. De empleado en la misma estaba Antonio Garrido, aquél hombre tan afectuoso hoy desaparecido.
Otro establecimiento muy entrañable para mí era la tienda de Tomás Albacete, me llamaba la atención lo ordenado sin ordenador que lo tenía todo entre aquella selva de cajitas de cartón con la huella impresa por su uso que contenían: clavos, puntas, alcayatas o tornillos.  Los tintes Iberia se vendían aquí también además de otros complementos para el hogar y la cocina. Quiero recordar entre las virutas de mis recuerdos el olor a trementina de aquella añorada tienda. 
 Ahora, todo lo de aquellas tiendas están en un supermercado, pero nunca estarán aquellos olores, ni el consejo del tendero: llévatelo, el de hoy es inmejorable. Esto último me recuerda al gran maestro de aquél antiguo marketing, y que ya quisieran usar para sí muchos de los técnicos de ventas de hoy. Me estoy refiriendo al que de forma cariñosa se le conoce en nuestro pueblo como: Manolo “El Bilbao”.
Sirvan estas líneas como homenaje a todos aquellos comercios y comerciantes.

sábado, 8 de enero de 2011

UN DIA EN LA VENDIMIA.

                                                               Año 1917. Vendimiadores de Arganda




Dedicado a todos aquellos sacrificados y abnegados hombres del campo de nuestro pueblo, trabajadores como el personaje que describo.

Año 1968

Recuerdo que estaba aún sin hacer la mili y más tieso que la mojama, es decir, sin un duro en el bolsillo. Era tiempo de vendimia. Creo que fue para la Virgen del Pilar cuando aproveché dos días de asueto en Correos para ir a vendimiar y ganar unas perrillas empujado también por la curiosidad de saber de este trabajo. Fue cuando conocí a Gervasio, Liborio, y Melitón que acostumbraban todos los años a venir a vendimiar desde un pueblo de Cuenca. ¡Vaya cuarteto de nombres, incluido el mío! 

Era una mañana fría de otoño, puesto que íbamos con ropa de abrigo. Fuimos al tajo subidos en el remolque de un tractor (el futuro más que presente) detrás, partieron también dos carros tirados por caballerías (el pasado).

Atrás quedó el pueblo madrileño que  parecía desde lejos despertarse bajo una casi desdibujada y difusa niebla azul sintiendo subido en aquél remolque como el relente me calaba hasta los huesos y la escarcha mañanera mojaba mi cara. Luego, cuando llegamos al tajo, el sol afortunadamente ya empezaba a  pintar de amarillo las hojas más altas de las pámpanas  de las cepas mientras que el canto de los pajarillos, resonaban en algunas alamedas próximas. 

El encargado me agregó de compañero a Gervasio, mientras que Liborio y Melitón, ya formaban pareja desde que comenzó la vendimia.

Melitón era un hombre de mediana edad, no muy alto con barba de al menos quince días. Lucía una boina capada con rodales de mugre relucientes y algún que otro agujero. El pantalón asimismo era casi del mismo perfil que la boina y puedo presumir que una vez quitado se hubiera podido mantener en vertical por la mucha suciedad acumulada. No hago mención a sus otras prendas de vestir que estaban en consonancia con el pantalón, aunque quiero destacar que calzaba unas albarcas de goma con peales por donde asomaban las uñas enlutadas de los dedos gordos de sus pies que al ras del suelo podían confundirse con el caparazón de cualquier hermoso mejillón. No exagero. Asimismo despedía una fragancia que invitaba al vómito.

Liborio en cambio era un hombre casi de la misma edad que el anterior, alto y enjuto, que en nada se parecía a Melitón, ya que su atuendo era normal y no existía en él a simple vista nada que se le pudiera reprochar. En cuanto a Gervasio era de mi misma edad. Antes de iniciar la faena Liborio ya me lo advirtió.

         -Es muy guarro, mire usted. Yo voy de pareja con él porque cualquiera no podría. Vive en nuestro pueblo con su mujer en una cueva.

         -¿En una cueva?

         -Sí señor, pero no es una cueva como la que usted se pueda imaginar. No señor. Dentro de ella se está muy bien, en el verano muy fresquito y en el invierno no se siente el frío. Tiene hasta habitaciones y por dentro es como una casa cualquiera, pero eso no quita para que no se lave. A continuación le increpó.

         -Melitón, ¿Cuándo fue la última vez que te lavaste?

         Melitón no tardó en contestar.

         -No me acuerdo... esa es la verdad. -ahora se dirigió a mí tratando con ello de cambiar de tema mientras sus compañeros reían su ocurrencia.

         -¡Tú!  ¡Hermoso! -apelativo cariñoso conquense- ¿Has estado alguna vez vendimiando?

         -No señor. Esta es la primera vez -le respondí.

         -Entonces apréndete esto -me dijo, mientras su rostro dibujaba una sonrisa -los racimos son muy tunantes y cuando presienten el filo de la navaja se esconden entre las hojas para que no lo veas. Por eso debes de llamarlos igual que yo lo hago, en voz baja y con cariño. Cada racimo que te dejes en la cepa olvidado, es como medio litro de vino que nadie se beberá y eso no está bien. No señor.  ¡Con lo rico que está!

La voz del encargado se oyó dando orden de comenzar la faena, y entonces vi como cortaba racimos aquél hombre. Encorvado él, haciendo con su cuerpo casi la misma figura que la navaja que portaba, Melitón, parecía como si efectivamente llamara como él decía a los racimos y estos le obedecieran, pues era como si sus manos tuviesen imán para atraerlos. Cortaba y cortaba racimos con una agilidad tremenda y los depositaba en el canasto con mucha delicadeza hasta tal punto que me reprimió diciéndome que dejara caer los racimos en la canasta con la suavidad que lo hacia él. Me dijo que lo hiciese como si los racimos fuesen de cristal. Pasados unos minutos ellos ya tenían llena una canasta cuando la nuestra no iba ni media. Liborio nos dijo que fuésemos nosotros los que las lleváramos al tractor, cosa que así hicimos hasta el final. 

Íbamos y veníamos llevando al remolque y a los carros unas tras otra, canastas y más canastas de uva tinta, de racimos apretados cortados de cepas argandeñas, viejas ellas, pero vigorosas, retorcidas y llenas de cicatrices que disimulaban sus añejas heridas con la tupida red de sarmientos color rojizo que las guarecían, mientras que sus hojas antes de morir por el ciclo otoñal habían cambiado de tonalidad vistiendo al paisaje de colores verdes, ocres, amarillos y púrpura como el vino que saldría de aquellas uvas. 

Así fuimos trabajando hasta que llegado el mediodía  se hizo un alto para reponer fuerzas. Entonces las botas de vino empezaron a correr de mano en mano; de manos llenas de arañazos, pegajosas por el mosto de las uvas, mientras que al mismo tiempo que se llenaba el estómago con alguna chacina y pan se trataba de ahuyentar a las moscas a manotazos. Yo, contemplaba a Melitón que comía a dos carrillos con la boca abierta mientras masticaba. Cada vez que bebía de la bota hacia un paréntesis al proceso de masticación para soltar un eructo que de inmediato Liborio no tardaba en reprimirle, lo mismo que cuando descargaba algunas de sus sonoras, repetitivas y fétidas flatulencias mientras vendimiaba.

         -Mañana lloverá. Las moscas están muy pesadas y el sol pica mucho. ¡Malditas moscas! –dijo Melitón.

         -Es mejor tener moscas que no tener algo peor a tu lado, que por respeto a que estamos comiendo no quiero añadir más -replicó Gervasio riendo.

         -Sí, es mucho mejor tener moscas -agregó Liborio.

        Yo quise ahondar en el tema y me explicaron que días atrás, antes de la comida, Melitón en un descuido aprovechó para hacer sus necesidades a un metro del rodal donde se iba a comer para tener así a las moscas entretenidas y no molestasen. Ahora me explicaba yo el por qué el resto de la cuadrilla le daba de lado a este hombre apartándose de él  comiendo todos lejos de donde lo hacíamos nosotros. 

A medida que caía la tarde el cansancio iba haciendo mella en muchos de nosotros menos en Melitón, que no daba muestra de desfallecimiento pues seguía con la cintura doblada y demostrando la misma energía cortando racimos que al principio. Sólo se erguía un poco cuando después de apurada una cepa iba a buscar otra, y  cuando a intervalos encendía un cigarrillo con un mechero de yesca de aquellos de ruedecilla dentada, entonces, se le veía envuelto casi de inmediato por volutas de humo azuladas; después, dejaba el cigarro adherido a la comisura de sus labios y esto le producía tos, pero el pitillo cuando esto sucedía seguía pegado como una lapa a él, así, hasta cuando sentía el calor de su lumbre. 

Cansados por la ardua tarea regresamos al pueblo cuando la tarde agonizaba y el sol se ocultaba en el horizonte entre nubarrones grises encendidos de un rojo intenso por el fuego del crepúsculo. Luego, al caer la noche aquellos nómadas vendimiadores venidos de provincias y pueblos cercanos se mezclaban en las tabernas con los lugareños saboreando el rico vino argandeño viéndoseles a todos alegres y parlanchines. En mi deambular nocturno me encontré con mis compañeros de vendimia y casi me arrastraron a acompañarles, siendo Melitón el centro de todas las miradas en las tabernas y tascas a las que visitamos por su aspecto andrajoso e indecoroso, pero cuando se calentó un poco por los efluvios del vino le salió a flote ese poeta que todos dicen  llevamos dentro y con el vaso  en la mano dijo:

         -El que bebe se emborracha/ el que se emborracha duerme/ el que duerme no peca/ el que no peca va al cielo/ y puesto que al cielo vamos... ¡Bebamos!

         Y acto seguido extendió su mano con el vaso hacia el nuestro, y brindamos. Yo le dije que me repitiera el brindis ya que me gustó. Y no sólo ése, sino que se atrevió con algo más:

         -Un gato subió a una parra/ y la parra abajo vino/ y vino sobre nosotros/ y sobre nosotros... ¡Vino!

          Cuando me despedí de ellos, Melitón miró al cielo y luego dirigiéndose a mi dijo.

         -¡Hermoso! Mañana no iremos a vendimiar, así que esta noche duerme a pierna suelta.   

         -¿Va a llover? -le pregunté.

         -Tú lo has dicho hijo, y eso no será bueno para la uva ya que pierde grados. ¡Qué le vamos hacer! Dios es el que manda. 

Esa sería la última vez que vi a Melitón y a sus otros dos compañeros de vendimia. Melitón, brujo labriego no se equivocó ya que de madrugada en el silencio de la noche el agua repiqueteando contra los cristales de la ventana de mi habitación me despertó y repasé en silencio todo lo acontecido aquél día de vendimia mientras intentaba dormirme nuevamente. 

Hoy también he querido recordar aquél día de vendimia, y en especial a Melitón, al que con haberlo tratado un solo día le catalogué como un hombre abnegado paciente y laborioso, y sobre todo buena persona. ¿Cuántos como él habrán existido en nuestro pueblo?  Un hombre éste que le tocó vivir una etapa llena de penurias y de miserias y que sin habérselo preguntado sé que era feliz, muy feliz, y no tenía nada, tan solo presumía de aquella vieja y desgastada navaja con el extremo en forma de hoz con la que vendimiaba. Lástima que odiara tanto lavarse. Nadie es perfecto.

 


viernes, 7 de enero de 2011

YO HABLO TORRECAMPEÑO


        
A pesar de los años transcurridos viviendo fuera de mi tierra, siempre que he podido me he escapado a mi pueblo porque no he querido perder el contacto con sus gentes que son las mías, sus costumbres que son las mías, y su acento que es de todos, y no sólo el tono o caída sonora  alargada en el pronunciamiento al terminar muchas frases, es también su seseo, ése que nos hace tan característicos  y nos sirve de bandera para identificarnos en cualquier lugar. Tenemos además un léxico rico en palabras añejas legado de nuestros antepasados que tristemente están desapareciendo por el poco uso que se les da en la creencia que aquellos que lo utilizan son unos incultos. 

Este modo de hablar es nuestro, y lo debemos utilizar ahí en Torredelcampo. Por eso cuando me entero de que ha salido gente en su defensa –muy pocos hasta ahora- me uno a ellos desde aquí desde este mi Madrid, mi atalaya, desde donde siempre he querido contemplar a mi pueblo como cuando me fui, en su lengua y en sus usos, aunque he de confesar que  después de cincuenta y dos años viviendo fuera sin querer pretenderlo he llegado a contaminar algo mi acento y también mi hablar cosa que lamento. 

Hace tiempo escribí el relato que narro a continuación en defensa de nuestro vocabulario, y hoy, pasado un largo periodo vuelvo a recordarlo en  favor otra vez más de nuestro léxico torrecampeño tan denostado. 

CON EL PERMISO DE JOSÉ ALCÁNTARA BLANCA. 

Hace más de sesenta años, un día cualquiera, en una casa cualquiera de un pueblo llamado Torredelcampo. 

Una vecina que no puede disimular el sofoquín que le invade entra en la casa de Juana.

        -¡Mira maría! ¿Qué le ha pasao al Bartolillo?

        -Pasa, que aquí tienes al sorche. Ahora depué cuando se le pase el tabardillo le voy a dar yo la japuana que se merese -respondió Juana, la madre del niño.

        El chiquillo no paraba de llorar.

        -¡Vaya chinfarrá que sa hecho, y también tiene un chimbombo! –dijo la vecina, para agregar -¡Cállate hombre, que mira que berrinche tienes! pero, ¿cómo te las apañao?

        Gimoteando, el niño como pudo balbuceó.

        -Na... que taba yo en la faraera del puente de la carretera, y etando ya embalao se atrancó la sapatilla.  Entonses roé, pegué un guacharraso en el suelo y al caer me dí en la cabesa con un patuco y me he aporreao, y además me ha salio un burujón.

        -Pues el guacharraso ha tenio que ser muy gordo, pues menuda calabraura te has hecho. Eso no es un calamón cualquiera. 

        -¿Te duele? –le preguntó la madre.

        -Sí. Me dan muchos busonasos.

        Entra en escena otra vecina que como la anterior parece muy apurada.

        ¡Juana, desde lejos yo vide lo que pasó! Yo fui la primera en llegar y casi me aflato porque me dimuté al ver tanta sangre. Era como la degollaura de un borrego. Entonses apresié que tenía un lobino y una porraura. Según disen los que taban allí, es que el chiquillo abosinó, y al abosinar, pegó el cotalaso. Al pareser es que otavia no le ha pillao el berimbol a ese juego de la faraera. ¡Ay, todavía me dura el recotín!

        ¡Mira que foche y que satrón etá mi hijo con la venda que le he pueto! ¡Ponte tieso que ta hecho un corcuño, cojollos!  -dijo ahora la madre al tiempo que se dirigió a sus dos vecinas – Voy a entornar la puerta, que pronto vendrán la gente a golillear y no quiero que mi casa pareca un lavaero.

        -A esos malchimes lo que tienes que haser cuando vengan es empampanarlos atós a plan parejo. 

Este que escribe no quiso entrar en ese lote y entonces aproveché para ahuecar el ala. ¡Menudo carácter el de la vecina que dijo esto último y que para más señas era además bitroca!  

Un renacimiento de las pequeñas culturas locales devolverá a la humanidad esa rica multiplicidad de comportamiento y expresiones, que es algo que suele olvidarse, o más bien, que se evita recordar por las graves connotaciones morales que tiene.

Mario Vargas Llosa .

Cita que aparece en libro de José Alcántara: El habla torrecampeña. 

Hay regiones en España que se castiga por no usar la terminología que les legó sus antepasados – ejemplo de ello en toda la región catalana-  No estoy de acuerdo, como tampoco que expresiones tan nuestras utilizadas por nuestros padres y nuestros abuelos, tales como las que he narrado no se practiquen porque para muchos esto sea en nuestro pueblo  sinónimo de incultura. 

Aprovecho para deciros que todas estas palabras tan nuestras, están recopiladas en el libro de José Alcántara: El habla torrecampeña, que ha enriquecido en su tercera edición.                                 

 


 

jueves, 6 de enero de 2011

EL TREN


        

 De pequeño yo solía subir con mis amigos al cerro. Muchas veces lo hacíamos  en las tardes calurosas de verano cuando el silencio de la siesta era alterado por la voz de aquellos que siendo de mi edad pregonaban su desgracia vendiendo “polos” o “tostaos”. Entonces nos encaminábamos por las huertas hasta la montaña a escondidas de nuestras madres. Ya en lo alto, después de asomarnos a la cueva entre las piedras que protegían su entrada nos sentábamos mirando al pueblo que se extendía al fondo, y con la mirada puesta en el horizonte relatábamos una y otra vez aquella vieja historia de que la cueva se comunicaba con la plaza del pueblo.
Desde allí se podía ver también el tren atravesar el valle con su penacho de humo alargado desde que asomaba más allá de Los  Hornillos hasta perderse por el puente de hierro de Los Arroyuelos una vez  pasado por la estación y el túnel. Los trenes que a esa hora circulaban eran en su mayoría mercancías. El mixto, el balastro, y el correo, así se les conocían, a los diferentes trenes que a diario pasaban por nuestro pueblo. El mixto transportaba el pescado entre otras cosas, el balastro, mercancías, y el correo a pasajeros. A ninguno de nosotros nos gustaba el tren. Aquella máquina era la que se llevaba muy lejos a tantos padres buscando una forma de vida mejor, y a muchos de nuestros amigos que ya no volvían.   
A pesar de todo muchas mañanas cuando no tenia escuela me gustaba ir a la estación a la hora que llegaba el tren correo. Las gentes que esperaban en la estación a esa hora lo hacían con alegría alborozo y la impaciencia propia de la pronta llegada del ser querido. Esa alegría e impaciencia se ponía más de manifiesto desde que el jefe de estación daba unos toques de campana anunciando la pronta llegada del tren. Algunos de los que esperaban no parecía importarle mucho todo ese ajetreo ya que estaban acostumbrados, entre ellos: el funcionario de correos encargado de recoger la correspondencia, también estaban los que se prestaban al transporte de equipajes y bultos desde la estación al pueblo a algún que otro viajante que se apeaba utilizando para ello un rudimentario patín de tres ruedas tirado de una cuerda. Recuerdo aún el ruido de las ruedas de estos patines al deslizarse desde la Esquina Redonda hasta la estación pendiente abajo y a su conductor conduciéndolo casi recostado a todo lo largo del mismo.
Cuando el mismo tren correo regresaba lo hacia a primeras horas de la tarde noche.  A mi no me gustaba ir porque la gente lloraba despidiéndose.  A esas horas yo desde la esquina de mi calle próxima al Camino de la Estación observaba el lento caminar de los que se marchaban del pueblo. Las maletas normalmente las hacían los carpinteros, así es que cuando veía una maleta nueva que se distinguía por el reluciente brillo del barniz  me decía que el drama estaba servido, pues otra familia era la que se marchaba.   
Aquél tren más conocido por el correo me llevó también a mí un día. Cuando monté en él pude apreciar que los asientos eran de skay, un lujo comparado con los antiguos asientos de listones barnizados.
Casi doce horas tardó aquél lento y largo convoy en llegar a Madrid que en cada estación y apeadero iba cogiendo viajeros. Noche de insomnio con los pasillos atestados de gentes apretujadas y sin calefacción. Ruidos de martillos en cada parada golpeando las ruedas para detectar por el sonido si alguna había aumentado de temperatura. Voces de los que vendían tortas en algunas estaciones como Alcázar de San Juan mientras la gente dormitaba. Olor a humanidad y a zotal. Magrebíes, militares, expediciones de emigrantes rumbo a Europa y un sinfín más de viajeros.     Aquella serpiente interminable de vagones encabezada por una jadeante locomotora  llegó por fin a la estación de Atocha resoplando como pidiendo perdón con ello por su retraso  y se despojó al momento de toda aquella abigarrada  carga humana portadores todos de maletas de madera o cartón y paquetes amarrados con cuerdas, mezclándose aquella ingente muchedumbre con los mozos de equipaje y los carros de los ambulantes de correos mientras por megafonía no paraban de anunciar la llegada del tren denominado ómnibus, procedente de Andalucía, todo ello bajo aquella enorme bóveda, hoy jardín con plantas tropicales la que sirviera en su día para rodar algunas escenas de la película Doctor Zhivago.






        

miércoles, 5 de enero de 2011

AÑORANZAS

          Yo nací en un pueblo de Andalucía, blanco de cal y de verde campiña, en los meses en que las siembras aún no encañadas se mecían y se despeinaban al compás de la brisa de la sierra próxima. Yo nací en un pueblo atravesado por un arroyo que nacía en las montañas; de aguas claras y cristalinas, con hierbas aromáticas en sus riberas donde pululaban y aleteaban pajarillos saltando entre los juncos, juncia y  zarzas que lo jalonaban, para luego perderse entre  valles y colinas cuajadas de olivos y  siembras. Yo nací en un pueblo guarecido en forma de herradura por montes tamizados de tomillo, espliego, madreselvas, retamas, encinas y bosquecillos de quejigos y otras plantas autóctonas.

         Sí, yo nací y me crié en este precioso pueblo que describo y  que tiene nombre: es Torredelcampo, y  que como he dicho en alguna otra ocasión, un día hace ya muchos años cansado éste de dar aceite, dio mano de obra barata que emigraba a las grandes ciudades y pueblos periféricos de las mismas. Yo fui uno de aquellos que se fueron un día, llevándose tan buenos recuerdos. Este sentimiento lo he transmitido a mis hijas desde siempre; recuerdo una vez que una de ellas me dijo sentirse muy afortunada ya que ella tenía pueblo y otras niñas de clase no.

          Ahora, llegado el ocaso de mi vida laboral voy más asiduamente a él, y ya no veo aquellas aguas limpias del arroyo que sonaban al chocar contra las piedras y que daba vida a las huertas. Tan solo un hilillo desmayado y serpenteante acaricia el cemento en todo su recorrido por el pueblo. No veo el verde de aquella campiña porque el olivar la ha devorado, ni oigo la bella sinfonía que producía el arrullar de las tórtolas, mezcladas con el canto del cuco y otros pajarillos dentro del inmenso bosque de olivos; es seguro que habrán sucumbido o emigrado a otros lugares donde se puedan encontrar a salvo de tantos productos fitosanitarios. Ha cambiado el paisaje, el entorno y hasta los olores pues ya no huele a pan recién salido del horno ni a almazara. En definitiva he buscado a mi pueblo y no lo he encontrado, y yo me pregunto ¿Dónde estará aquél pueblo?

PIROPOS A SANTA ANA

                                    
A mi hija Ana Belén. Universitaria de Ciencias Ambientales (septiembre 2002)

QUIERO QUE VAYAS AL PUEBLO

Quiero que vayas y pises. Pises por donde yo he pisao.
Quiero que vayas y me digas, si es verdad lo que me han contao.
Que no se canta en las tabernas, y que está todo cambiao.
Pregunta por mis amigos a los que despedí llorando,
cuando el pueblo era chico y no cabíamos tantos,
por eso lo abandoné, siendo el campo tan ancho.

Nadie te conoce padre, nadie a los que he preguntado.
Ya he pisado sus calles, las mismas que me has hablado.
No hay claveles en los balcones, ni risas en el vecindario,
creo que te lo llevaste tú, y aún los andan buscando,
desde que  el pueblo era chico y  no cabíais tantos,
que no sé como te fuiste, siendo el campo tan ancho.

Quiero que vayas a la ermita por donde a mí me enseñaron,
que por las huertas hay un camino, donde oirás a los pájaros,
el agua por las acequias, y alguna rana cantando.
Las ramas de las higueras tendrás que irlas apartando,
y la brisa fresca de la huerta, te irá acompañando.
Porque quiero que tú pises. Pises, por donde yo he pisao.

Ya no hay ningún camino padre. Creo que se lo han llevado.
Tampoco he encontrado higueras, ni manzanos  ni granados,
ni tampoco he visto caer el agua sobre la alberca cantando,
y no he oído al ruiseñor, mientras la hembra está anidando.
Ahora todo son ruidos de máquinas, solares, zanjas y barro,
todo, porque el pueblo era chico, y lo están agrandando
que no sé como te fuiste, siendo el campo tan ancho.

Cuando llegues al Camino Viejo, pisa por donde yo he pisao,
las piedras oscuras y con brillo, que el caminar ha desgastao.
Pregunta si entre los trigos, crecen las amapolas por mayo,
y mientras lo vas haciendo, corta un tallo de mastranzos
que ese olor es de romeros, y a la Niña gusta tanto.
Y dime, si  Santa Ana está tan guapa, como el día que yo me fui,
un día, hace muchos años, cuando el pueblo era chico
y no cabíamos tantos.

Ya no puedo pisar padre las piedras que tú has pisado,
han puesto piedras nuevas, o las mismas las han cambiado.
Ya no canta el grillo entre los trigos, con la luz lo han asustado.
Pero Santa Ana padre, Ésa, no nos la han cambiado,
que hoy la he visto tan guapa, cuando a mi me ha susurrado,
que sufrió mucho aquel día , cuando la visitaste llorando.
Fué el día que tú te fuiste, y no fue porque el pueblo era chico,
fue  porque el pueblo era... de tan solo unos cuantos.

martes, 4 de enero de 2011

AMIGOS DE LA INFANCIA

                                    Año 1965 El autor de pié, el segundo de izuierda a derecha, con un grupo de amigos.



PEPE, EL   HIJO   DE   CARMELA
Uno de los que volvieron.

         Era de noche cuando le vi marcharse del pueblo a mi amigo Pepe. Lo hizo en un camión como vulgar mercancía, ni tan siquiera en el tren o en el autobús. No había para más. Él era mercadería joven que esperaba alguien lejos del pueblo comprar a mejor precio del que pagaban al alba en la plaza de aquí en aquél mercado excedente y siempre rebosante de jornaleros que iban a venderse, o mejor, alquilaban su desgracia a diario sin contratos ni papeles de por medio.
Mandaban otros tiempos; mandaban los que siempre mandan, aunque tristemente algunos no mandaban entonces ni en su hambre.
No sé si llovía o no esa noche, pero lo cierto es que algo húmedo nubló mi vista  cuando las luces de aquél camión conducido por un familiar suyo se perdieron en la noche confundiéndose entre el pobre brillo de las bombillas que colgaban oscilando en la calle; sus débiles destellos llegarían a multiplicarse estoy seguro en el agua del pilar de la Puerta Jaén  y provocarían un centelleo en el agua al compás del movimiento ondulante que produciría el chorro al caer en el abrevadero. Esas seguro, serian las últimas luces del pueblo que vio aquella noche mi amigo Pepe.   
Pasado el tiempo volvió harto de perder batallas más que de ganarlas, empapado de chirimiri y de beber “chiquitos” dejando allí entre sus buenos y malos recuerdos su “chapela” de “maqueto”. Me dijeron que su resabio indómito por tantas cornadas como la vida le dio lo demostró en los años aquellos de reuniones clandestinas en aquella otra tierra que no era la suya pegando y sujetando en los muros con nocturnidad escondido entre las sombras pasquines con la palabra libertad.
Cuando volvió lo hizo peinando canas y sin su acento torrecampeño, que estoy seguro de que sin querer se le cayó a la ría el día que llegó a Bilbao. Pero regresó a su tierra, la que se alegraría  el día que lo vio nacer  y que lloraría  cuando prematuramente se forjó hombre siendo niño  contemplándonos esta nuestra tierra, la suya y la mía, a él y a mí,  a los dos juntos, cuando jugábamos a ser mayores con nuestros juguetes que no eran otros que las herramientas. Éramos niños como salidos de la pluma de Dickens en aquellos años de leche en polvo y mandiles blancos almidonados mientras repartíamos la enseñanza de la escuela con la otra escuela en el aula infinita del campo aprendiendo a distinguir las avenas en el sembrado, y a trabajar padeciendo el picor de la parva y el frío aceitunero comprado en aquella plaza. Y más tarde para colmo nuestro Mathausen...  
Esto último me lo recordó un día cuando nos vimos en el pueblo,  cerca de donde una madrugada fuimos a buscar un jornal al tiempo que comparábamos ahora riendo nuestras prominentes y vergonzosas curvas abdominales. Le dije que aquello fue para mí la peor etapa de mi vida, y que siempre quise borrar  del disco duro de mi memoria, pero hoy he cambiado de opinión y quiero airear aquello porque a veces necesitamos y dicen que es bueno desahogar la oscuridad escondida que cada uno llevamos dentro; el sufrimiento, la desazón, la rabia contenida, las miserias y las tristezas pasadas.
Aquélla desdicha padecida  por ambos,  en aquél  execrable y maldito corralón,  donde tanto trabajamos en condiciones infrahumanas, sin horas, sin seguridad social, sin papeles, insuflando polvo de cemento que carcomía nuestros tiernos pulmones y que escupíamos mascullando improperios y maldiciones impropias a nuestra edad cuando nuestras manos sangraban por los pulpejos, lo mismo que sangraba el alma de nuestros padres cuando nos tenían  por este motivo hasta que partir el pan a la hora de comer porque éramos incapaces de hacerlo por las heridas.
Éramos niños y trabajábamos como hombres, pero soñar no costaba nada, y soñábamos abrazando la idea de un mundo mejor, departiendo y abrazando también a cuantas mujeres se atrevían a entrar en nuestros oasis de fantasías. Éramos como digo hombres siendo niños, los cuales fuimos condenados a no disfrutar de nuestra pubertad y adolescencia.
Hoy los medios de comunicación dan a veces la noticia de la explotación en el trabajo de los niños, y dicen que lo siguen haciendo en países muy alejados del nuestro. Pero esta nuestra historia no es muy lejana, y nos pasó a nosotros aquí, en nuestro pueblo. Por eso quiero hoy sacar a la luz sin vergüenza ni tapujos esa desgracia nuestra, que no sólo compartimos nosotros dos, sino tantos y tantos otros de nuestra edad, que aún vivirán muchos de ellos y pueden dar testimonio de lo que escribo.    Todo porque si el trabajo hubiese sido bueno, se hubiesen quedado con él los otros, aquellos a los que me he referido antes, los de siempre. Pero rehusaron de él, y nos lo dieron a nosotros.
Por eso me duele el alma cuando sale a la luz pública de que aún existen negreros como los de entonces. Más de doscientos millones de niños dicen que sufren hoy en día en el mundo la explotación en el trabajo. Niños a los que se les humillan, maltratan, alquilan y hasta los venden sin que nadie de los que mueven los hilos del poder y la riqueza mueva un músculo para reparar esta monstruosidad.
Después de lo narrado me siento más a gusto, y supongo que cuando este escrito llegue a sus manos dirá que me he quedado corto.
Habrá quién me pregunte, que quién es mi amigo Pepe. A quien lo haga le diré que es: José Mena Ángeles, pero para mí mi siempre será, Pepe, el hijo de Carmela.