miércoles, 23 de julio de 2014

DE CÓMO NOS BAÑÁBAMOS



Ya está aquí el calor otro año más. Se ha resistido un poco pero al final ya están aquí los alcaparrones sirviendo de tapa en nuestras mesas y en las terrazas de nuestro pueblo. Los alcaparrones, el ponche de melocotón y los helados del “Chache” eran por aquellos tiempos tres exquisiteces muy propias del verano y sobre todo en la feria.
Todos los torrecampeños estábamos deseosos de que llegase la feria por muchas razones que ya he contado en otras entradas en este blog, pero rebobinando la cámara de mis recuerdos había una cosa a la que todos los chiquillos le teníamos verdadero pavor y es cuando llegaba la hora del baño. Para situar a algunos en el tiempo les diré que he trasladado los recuerdos que voy a relatar a cuando yo tenía seis o siete años, es decir sesenta años atrás.
Nuestros primeros baños recuerdo que nuestras madres nos metían en una palangana con agua traída de la fuente más cercana, y se ensañaban con nosotros restregándonos un estropajo que no era otra cosa que restos de una soga untada con jabón hecho con sosa y aceite usado de mil frituras, y nos refregaban con ello la piel por todas las zonas corporales hasta pasar del color blanco al rosado de forma inmediata por donde aquella áspera esponja como si fuese lija nos acariciaba. Era un calvario.
Pasados los años cuando éramos un poco más mayores buscábamos las albercas para bañarnos. Así recuerdo aquellas albercas que servían para regar las hortalizas situadas a las afueras de nuestro pueblo y otras más lejanas que no quiero identificar por aquello de no tener que utilizar apodo alguno. Por las siestas, cuando el hortelano descansaba, nosotros los chiquillos de mi grupo íbamos a zambullirnos en aquellas balsas donde nos sumergíamos atentos siempre a que el dueño se pudiera presentar en cualquier momento. Normalmente el agua de aquellas albercas nos rebasaba en altura a todos, así que teníamos que hacerlo con mucho cuidado cogidos al pretil. Nos bañábamos totalmente desnudos, es decir en bolas, por lo que algunos ya presumían o presumíamos de ciertas destacadas dotes que por lo general quedaban menguadas de inmediato al contacto con la frialdad del agua. Un día, de forma inesperada se presentó el hortelano y se quedó con la ropa de dos de mis compañeros bañistas; todos salimos corriendo en tropel con la ropa en nuestras manos menos estos que para no entrar en el pueblo desnudos se ocultaron en una zanja lejos de las iras del furibundo dueño de la alberca hasta que avisamos a sus madres. El hortelano aquél era un hombre muy avispado y muy adelantado por cierto en el merchandising y en los negocios ya que más tarde nos cobraba dos reales por cada baño.             
Así eran aquellos nuestros baños en mi niñez puesto que en las casas no había agua corriente. Pasado el tiempo una vez que quedó instalado este bien primordial con el rechazo de buena parte de los mayores, ya que para ellos el agua corriente servia solo para presumir ante los demás vecinos, llegaron las duchas a las casas. Estas personas mayores al final doblegaron y sucumbieron ante el avance del progreso, pero se negaron muchos a instalar duchas ya que decían que este invento no traería nada bueno. Y así fue como de aquellos baños en las albercas pasamos al de las duchas.
Más tarde, recuerdo la piscina de la calle Quebradizas, donde al principio y no quiero estar equivocado, existían dos turnos para el baño, el de las mujeres y el de los hombres.
No digo de irse de veraneo nadie y bañarse en la playa porque entonces la playa más cercana estaba a dos o tres horas más lejos que ahora, por aquello de las vías de comunicación existentes antes comparadas con las actuales, y naturalmente porque el veraneo para la mayor parte de los de mi generación eran los trabajos propios de la parva en la era.  
¡Qué tiempos!  Aquellos veranos de guapas mujeres luciendo vestidos estampados de amplios vuelos con moñas en el pelo cuando llegaba la feria, nuestra feria de entonces donde se presumía una sola vez al año del refrescante placer de beber cerveza porque para eso estábamos en fiestas. Cerveza servida en velador y bajo palio.   
Bajo palio la tomaré este año también en la Feria de Día. Que la vayan enfriando.  

viernes, 18 de julio de 2014

ESTAMPAS MADRILEÑAS ACTUALES


Una bocanada de aire fresco me acaricia al salir de casa. La dulce música que produce el agua de la fuente de piedra hexagonal que anida bajo mi balcón me da los buenos días con sus refrescantes y cantarines sonidos. La fuente, construida por artesanos picapedreros de aquellos de antaño de martillo y cincel, la hemos visto más de una vez en películas en blanco y negro donde de seguro bebieron en ella actores y directores de renombrada fama que la llevaron un día al celuloide. Sus murmullos en las noches calurosas de verano teniendo el balcón abierto decrece mi falta de sueño, y la vigilia da paso a un profundo sopor estimulado por tan relajantes sonidos.
Como todas las mañanas estoy deseoso de leer el periódico y tomar el primer café. En la acera un joven de rodillas casi a gritos pide limosna para un bocadillo entonando para ello un peculiar angustioso y cansino soniquete que martillea mi cerebro hasta horas después. Hay días que no quiero que el café me sepa más amargo –aunque casi nunca le echo azúcar- y le dejo algo en el cestillo. Algunos, me dijeron que este individuo pertenece a un clan de pedigüeños. No lo sé, habrá quienes hagan negocio con el limosneo, pero estoy seguro de que este pobre indigente no tendrá ninguna cuenta en Gibraltar o en las Caimán.
Después del café me encamino hasta el supermercado. A veces, o mejor dicho casi todos los días hago los “mandaos” que me ordena mi mujer. Me viene bien esto, tanto es así que procuro que se me olvide algo para así tener que volver otra vez. En la puerta del establecimiento un africano, -no digo de color porque todos tenemos una tonalidad en nuestra piel, ni tampoco quiero emplear la palabra negro por aquello de que muchos me tachen de racista- vende La Farola muy atento a la puerta para prestar cualquier ayuda y ganarse una propina.
Más tarde cojo el metro. Antes de entrar, un gitano casi seguro con domicilio en La Cañada Real, me ofrece una bolsa de ajos por un euro. Mientras vocea la mercancía mira a la gitana distante de él que desde su atalaya le alertará de la llegada de la policía para salir huyendo. 
Pasadas algunas estaciones un joven solicita la atención de los viajeros. Cuenta que está sin trabajo, tiene dos hijos, uno de ellos enfermo. Su mujer padece una enfermedad incurable, y pide que se le socorra con unas monedas para poder comprar algo tan básico como una barra de pan. La mayoría de los del vagón dirigen la mirada al suelo cuando el pobre desgraciado pasa un taleguillo. Una guiri –no uso esta palabra de forma despectiva- que acaricia una maleta entre los pies con la colgadura del código de barras y letras del destino colocadas en la recepción de equipajes del aeropuerto de embarque, mira extrañada, saca su monedero y le da una ayuda.
Dos estaciones más adelante entra en el vagón una mujer con rasgos y atuendos transilvanos solicitando a voces la atención de todos. Pide una limosna en un español aprendido en un cartón para ayudar a su familia. La turista extranjera parece muy sorprendida pero nuevamente se le ablanda el corazón y contribuye al socorro de la desamparada. ¡Que estará pensando de nuestro país! Me pregunto. La indigente le obsequia con un paquete de pañuelos de papel que la extranjera rechaza.
Salgo a la calle. El soberbio edificio de la AET, la Agencia Tributaria donde tú yo y aquél, menos aquellos que todos sabemos contribuimos a su sostenimiento, me saluda. Me encamino por una travesía cercana al regio edificio poblada de acacias que dan sombra a los que deambulamos por ella. Unos gorrillas discuten entre ellos. Según me voy acercando al grupo todos ellos negros de tez casi azulada rodean a otro que por lo que parece trata de hacerle competencia en el negocio del aparcamiento. El macho dominante de la manada le da voces y le amenaza agitando el dedo índice de su mano de un lado para otro. El infeliz no dice nada, tiene agachada la cabeza mientras que los demás también le conminan. Seguro estoy que este pobre desdichado aún tiene el salitre de la brisa del Estrecho pegada en su piel, o las heridas lacerantes y sangrantes de la alambrada de la valla en sus manos. Los dejo discutiendo.
Llego a mi destino. En el hall de la clínica donde me realizarán unas prueba médicas unas señoras muy emperifolladas sentadas ante una mesa petitoria de no sé qué ONG me invitan a que me acerque y contribuya con su causa. ¡Que España! Todo el mundo pidiendo. Recuerdo aquellos años de la posguerra donde para pedir había que enseñar el muñón de un brazo o de una pierna, porque por haber había muchos más muñones, los del alma por tantas heridas sufridas en aquella guerra, pero estos estaban prohibidos enseñarlos y menos revelarlos. Recuerdo a aquellos desgraciados cuando llegaban a nuestro pueblo contando crímenes y sucesos dantescos que leían de un impreso de colores que luego vendían a real o a perra gorda.    
De regreso a mi casa utilizo de nuevo el metro donde al poco, en el vagón, un grupo musical de nariz afilada y curva, de ojos achinados y tez oscura, allende del Machu Picchu interpretan muy acertadamente con flauta andina y otros instrumentos musicales, Los sonidos del silencio. Después interpretan El condor pasa, que no se si pasa, o pasó, porque lo único que vi pasar es el platillo y observo que casi todo el mundo en esta ocasión contribuye. Algunos hasta les aplauden.
Antes de subir a casa abro mi buzón y me encuentro el recibo de la contribución de mi vivienda. Otros pidiendo me digo, aunque estos lo hacen de forma muy educada. Te dan un plazo para hacerlo, y si no lo haces te penalizan, y no sé por cuantas cosas más te pueden llegar a empapelar si no pagas.
Pedir... pedir... pedir... Busco sinónimos en el diccionario para esta palabra y encuentro todos estos: solicitar, requerir, demandar, pretender, exigir, reivindicar, reclamar, suplicar, implorar, rogar, rezar, postular, mendigar, pordiosear, y algunos más.  Entre todos ellos escojo el de rezar. Si, porque quiero rezar para que escenas como estas vividas por mí lleguen a desaparecer  y no veamos en el metro, o en nuestras calles y plazas a gentes así como las que he descrito, pero por ahora como dice Serrat en una de sus canciones: Que mientras estamos hablando, más y más pobres siguen llegando.   
Disculpe el señor, es el título de esta canción. Pues eso, a mi entender deberían de pedirnos disculpas los culpables de haber llegado a la situación de la España actual. Pero no lo hacen, ni lo harán, porque no sirven para pedir, con lo barato que resulta pedir, en este caso... pedir perdón.


martes, 6 de mayo de 2014

SOY DEL CAMPO




SOY DEL CAMPO

    A cualquier hombre del campo, y en especial a aquellos que se fueron.

Soy del campo, soy de un pueblo, soy arado que no ara,
soy, de Torredelcampo,  pueblo de mil besanas,
de gentes que la camisa escurren, después de cada jornada,
soy, de un pueblo trabajador, sus credenciales me amparan,  
torrecampeño es mi título, y quien lo firma, Santa Ana.

Soy del campo, soy de pueblo, soy viento aceitunero,
viento de sierra y espliego, de verde olivar y de espigas añoradas,
pueblo blanco, pueblo mío, pueblo  de parvas olvidadas,
soy, aceituna en diciembre cuando la cubre la escarcha,
y tallo de romero en mayo, en el trono de mi santa.

Soy del campo, soy labriego, nunca trovador ni poeta,
si  mudos sentimientos  expreso, en un papel con mi letra,
es pasión de un torrecampeño que vive lejos, en otra tierra,
soy, arrogante jornalero de camisa de lienzo en brega,
que con albarcas y alpargatas, hizo caminos y veredas

Soy del campo, soy romero, hoy, todos los son en mi tierra,
las yuntas vagan en las cuadras, y las azadas también huelgan,
y el olivar se cubre de silencios, porque el monte está de fiesta,
monte que huele a pino, a tomillo, a mastranzos y alhucema,
procesión hay en el cerro, procesión hay en la sierra.

Soy del campo, soy de un pueblo, y una ermita se venera,
en un camino empinado, empedrado de lunas viejas,
hay suspiros en sus recodos, y ansias por llegar a verlas,
a las que con su sagrado manto, desde lejos por mí velan,
Santa Ana y la Virgen Niña, la madre de Dios, y la abuela.

Soy del campo, soy de un pueblo, soy arado que no ara,
soy, de Torredelcampo,  pueblo de mil besanas,
de gentes que la camisa escurren, después de cada jornada,
soy, de un pueblo trabajador, sus credenciales me amparan,  
torrecampeño es mi título, y quien lo firma, Santa Ana.

                                                             Antero Villar Rosa.
                        Escrito: el primer domingo de mayo de 2014 distante, y durante la romería.



jueves, 10 de abril de 2014

LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ





Muchos de mis libros por problemas de espacio descansan acostados en pequeños montones en las estanterías de modo que cuando quiero escoger uno, en mi desesperación por encontrarlo los demás pierden la simetría y el orden que a mi me agrada que guarden. Me gustan que reposen unos encima de otros y no de pié, pues así sus personajes, aquellos que habitan dentro de sus páginas, presumo, que descansaran durmiendo hasta que de vez en cuando, como ahora, al querer encontrar un determinado título llego por este motivo a espabilar a todos los protagonistas de cada una de las historias que anidan entre sus páginas. Mi nieto cuando quiere que le lea un cuento, antes de ello, con sus frágiles nudillos golpea tres veces la portada del libro, dice, para que se despierten los animales del bosque, los gnomos y todos los personajes de la historia que quiera que le lea. Esto lo ha aprendido en el colegio, y eso me gusta ya que la fantasía debe florecer y progresar mientras la inocencia dure, al tiempo que el amor a la lectura se va fortaleciendo.  
         Hoy, al querer encontrar una obra que andaba buscando, rodó sin querer una copia del primer libro que siendo niño tuve en mis manos, nada más y nada menos que la Enciclopedia Álvarez, el libro que me ayudó en la escuela a adquirir los conocimientos básicos que se impartían en aquella época.  Recuerdo que mis hijas me hicieron este regalo hace años un día del padre, ¡qué buen regalo! Este libro al que he vuelto a hojear me ha servido una vez más para avivar recuerdos de mi escuela, de mis compañeros de colegio, de mis maestros, entre ellos al que recordé en una entrada en este blog, llamado don Jacinto, y que hoy quiero hacer extensivo mis recuerdos a otros más como: don Enrique, don Vicente, y don Gaspar, sin olvidarme de don José Rama. Decía en mi anterior que don Jacinto me hizo amar el colegio, pero me faltó decir que don José Rama fue uno de los mejores transmisores de la enseñanza que yo tuve. Lo hizo utilizando una sola herramienta para inculcar la pedagogía: la Enciclopedia Álvarez.
         Con este libro de texto clasificado en: primero, segundo y tercer grado, recibimos la enseñanza todos los de mi generación. Era el libro que heredábamos de nuestros hermanos mayores y que esperábamos con impaciencia a que nos llegara el turno a los más pequeños. Con él se educarían en mis tiempos personajes que llegarían a triunfar en todos los campos de nuestra sociedad tanto en el plano cultural, científico, económico o en cualquiera de las ramas que hubiesen enfocado su carrera, y me atrevo a decir de que muchos de ellos, aún nos seguirán aportando a pesar de su edad la sabiduría y la experiencia adquirida por el paso de los años.
         La Enciclopedia Álvarez, dirán algunos que magnificaba los valores políticos de la época, además de ensalzar los patrióticos y religiosos, pero yo no quiero entrar en este terreno tan escabroso que los tiempos y los que mandan en cada tiempo se sirven de alterar trastocar y confundir a sus conveniencias. Pero lo que nunca podrán cambiar serán los resultados de los problemas aritméticos, ni tampoco poner en duda que los romanos estuvieron en España, ni que el verbo es parte de la oración, ni que el río Guadalquivir desemboca en el Atlántico. No, nada de esto podrán cambiar, tan solo aquello que les conviene a los que dictan las leyes en cada momento. Luego, con el paso del tiempo vendrán otros que alteraran, con, o sin razón, los acontecimientos escritos, pero aunque sea repetitivo nunca podrán modificar el producto de los problemas como este que he escogido al azar de la Enciclopedia Alvarez:
         Has comprado un libro de 18 pesetas; una pelota de 7 y un abrigo de 385 ¿Cuántas pesetas has gastado?  
         Fácil verdad. Naturalmente que hoy al cabo de más de sesenta años este problema que a más de uno se nos atragantaría en su día me ha planteado una nueva incógnita que he resuelto rápidamente, y es que este ejercicio aritmético me ha hecho descubrir el por qué mi padre no llegó nunca a tener abrigo, pues ganaba 15 pesetas (tres duros) de jornal, y el abrigo costaba 385 pesetas, ni tampoco yo pelota si esta costaba siete.
         Las lecciones de la Enciclopedia Álvarez había que memorizarlas, y desgranar todas sus palabras de carrerilla cuando el maestro preguntaba. Era así como se estudiaba entonces, ejercitando la memoria, si se comprendía o no el contenido de la lección eso era indiferente.
         En mis tiempos no había leyes educativas como la ESO o la tan famosa y cacareada LOMSE, ni íbamos a la escuela arrastrando un carrito para llevar tantos libros como los niños de hoy; llevábamos nuestra Enciclopedia Álvarez, nuestro cuaderno de Rubio, la pluma de palillero, la pizarra y el pizarrín para escribir en ella y un lápiz de madera de cedro que emanaba un olor muy peculiar, como la tinta de aquellos tinteros incrustados en el pupitre donde mojábamos la pluma de metal para el dictado. Aún guardo aquellos olores de mi escuela de antaño. La Enciclopedia Álvarez ha destapado hoy cuando esto escribo, el frasco de tan buenas esencias que aún conservo.  
        


sábado, 15 de marzo de 2014

LA PRIMAVERA, LAS GOLONDRINAS Y OTROS PÁJAROS.

El viento frío del invierno se va lentamente empujado por aquellos otros mas templados. La suave brisa de los atardeceres pregona la nueva estación entrante de la primavera abrazando a mi pueblo con el agradable aroma a campo, a hierba segada, a tierra arada, incluso me parece percibir a veces la agria esencia que desprende la leña de olivo recién podada. En este tiempo, a la hora en la que el astro rey se despide del día, los olivares se envuelven entre sombras mientras que el humo de los chiscos ya agonizantes por la quema del ramón se derraman por las cañadas vistiendo los atardeceres al campo con un espeso halo de misterio.     
Atrás se ha quedado este lluvioso y crudo invierno de aguaceros, de brumas “meonas”, de fatigas y batallas aceituneras entre el barro. Pero volverá otro año más; dicen los expertos que con más virulencia aún, todo al parecer, como consecuencia entre otras cosas del calentamiento global del planeta.
Nada es como antes. Hecho de menos aquellas borrascas que anunciaba Mariano Medina con el puntero en la televisión, que duraban meses. Entonces el agua caía del cielo mansamente como la de una regadera, y así, la tierra, cual si fuese una esponja la iba empapando lentamente sin escupirla. Ahora ocurre que rápidamente se desliza por su superficie formando arroyuelos que arrastran la tierra de labor, y estos a su vez se convierten en profundos torrentes que remolcan todo a su paso hasta encontrar el arroyo, originando por ello grandes destrozos en los olivares mientras que el paisaje se va transformando con profundas cicatrices que no son otras que las hendeduras de los aluviones. Algo debe de estar pasando que no llego a entender, pero de lo que si estoy convencido es de que la mano del hombre está por medio. Ahora, a algunas borrascas la llaman ciclogénesis explosivas, y así, entre isobaras, bajas presiones, frente cálido, frente frío, y tantos anticiclones situados siempre por las Azores, estoy deseando este año que vuelvan cuanto antes las oscuras golondrinas de Bécquer.
Sí, estoy deseando volver a oír otro año más los trinos de las golondrinas, esos gorjeos dulces y alegres que nos anuncian la primavera. Aquí, en mi lugar de residencia madrileña ya llevo varias semanas oyendo la bella flauta del mirlo que año tras año fiel a su cita en un parquecillo cercano me tiene acostumbrado, de modo que su bella sinfonía me alegra el despertar y llegado el atardecer también acostumbra a despedirse con sus alegres canturreos.      
Me imagino que el campo de nuestro pueblo en estos días cara a la primavera el sonido más característico será el de los millares de chamarines o verderones que pueblan nuestros olivares alegrando nuestros campos con sus dulces sonidos, nada comparado con los graznidos tan desagradables que producen los estorninos, esos pájaros negros que tanto proliferan en nuestro pueblo que se reúnen en grupos formando bandadas y que pululan por nuestros tejados silbando de forma descarada soltando deposiciones tan negras como las aceitunas que embuchan y que para más detalles son extremadamente corrosivas. Pájaros negros, pájaros de mal agüero que diezman nuestros olivares y para colmo nos salpican con sus excrementos.
La vida cotidiana también está llena de pájaros, de otros pájaros de rapiña que los medios de comunicación difunden a diario. Al principio esto llegó a ser noticia, pero hoy lamentablemente nos hemos acostumbrado a los graznidos diarios de estos buitres carroñeros, que todos, absolutamente todos antes de ser encerrados en sus jaulas dicen ser pajarillos inocentes. De lo que sí estoy seguro es que salvo rara avis, estos “pájaros” que entrecomillo son todas especies protegidas.
Por eso quiero desdeñar a tantas aves carroñeras y quedarme con las golondrinas, las de las azuladas plumas que como siempre en primavera y hasta el otoño, estarán entre nosotros revoloteando por entre los atrojes, entre las cajas de medir fanegas, como dice la letra de la canción de Manolo García: Rosa de Alejandria.
Y es que la primavera está al caer, pues veo en los jardines las flores rosadas de los melocotoneros, los rosales apuntando nuevos y tiernos retallos y en los arriates los lirios ya encendidos. Cualquier día veré de nuevo a las oscuras golondrinas. No tardarán en llegar.


viernes, 14 de febrero de 2014

LA NOCHE DE LOS CHISCOS


        Al poco del atardecer, cuando la pobre luz del sol de invierno se apaga y el frío envuelve a mi pueblo con las gélidas sábanas de enero, llegado la noche de San Antón las lumbres iluminan las calles con el fuego de las hogueras. Es esta una vieja tradición ancestral donde el fuego protagonista en la noche llega a convertirse en un rito mágico. Remontándonos en la noche de los tiempos esta celebración estoy por asegurar que tendría tendencias y tintes paganos en la creencia que con la quema en la hoguera de utensilios y enseres inservibles esta práctica servia para ahuyentar a los malos espíritus y proteger a los participantes de las enfermedades y de los malos augurios, aunque esta ceremonia tendría también como sigue teniendo hoy un claro denominador común, que es, el de servir de lazo de unión entre los vecinos.
Las luminarias de las hogueras de ahora en la noche previa al día de San Antón no relumbran como las de mis tiempos debido al grado de luminosidad en nuestras calles pues antes estaban alumbradas con unas pobres mortecinas bombillas, por eso aquellos chiscos de entonces refulgían con más resplandor proyectando las sombras de los participantes sobre los muros de las casas de una forma más espectral si cabe, y en el crepitar del fuego las pavesas encendidas se veían alzarse buscando el cielo en la noche confundiéndose  las chispas con el estrellado rutilante que pendía de la bóveda celeste.
Aquellas gentes de mis tiempos participábamos también de este ritual de los chiscos, pero lo hacíamos con muchas carencias entre la que destaco la falta de materia prima, es decir la leña. La leña era en todas las casas un elemento imprescindible que servía no sólo para calentarse alrededor de la lumbre sino para cocinar, -para aviar que decimos los torrecampeños- y naturalmente era un bien muy preciado que no podía ser derrochado de ahí que los chiquillos éramos los que nos encargábamos de la logística y del aprovisionamiento yendo hasta los olivares más próximos a por raíces de olivo y tallos de los que se amontonan durante la recolección de la aceituna, y no sólo de esto, sino que de las almazaras al descuido de los molineros birlábamos todos los ronderos que podíamos hasta el lugar de la fogata. A veces, también eran pasto de las llamas los que servían para limpiarse el barro del calzado y que en el portal de cada casa había uno a modo de felpudo. Nos lo llevábamos a hurtadillas, con el agravante de que si nos descubrían la paliza estaba asegurada, bien por el propietario o por nuestros padres si los perjudicados se chivaban.
Recuerdo que algunos vecinos generosos contribuían con alguna leña, pero lo más común era echar al fuego también algún trasto viejo como espuertas, capachos, sillas y algún que otro utensilio ya amortizado por el paso del tiempo, como aquellos castillejos que quedaron en desuso que servían para sostener de pie a los niños de muy corta edad. A propósito de estos castillejos que fueros desbancados por otros a los que en nuestro pueblo lo conocimos como taca-tá, he de añadir que en casa de mis padres teníamos uno que estaba siempre rodando prestado por las casas del vecindario así como las de algunos familiares y conocidos y que al final murió en la hoguera.  Con relación al castillejo quiero señalar porque estoy seguro que lo que voy a relatar a más de uno le sorprenderá, y es  que algunas madres que tenían una plebe y que por lo general estaban muy atareadas atendiendo a las labores del hogar, para que el niño dejase de llorar y se durmiera era costumbre mojarle el chupete una y otra vez en una infusión de cápsulas globulares  de adormideras,  así el niño quedaba casi al instante más que durmiendo, yo presumo que caía en un profundo sopor casi anestésico dentro del castillejo lo que permitía a la madre salir a hacer la compra o ir a lavar la ropa al arroyo sabiendo que la criatura tardaba en despertarse. Naturalmente esta práctica no generalizada pero si muy arraigada, era producto de la ignorancia puesto que no llegaban a sospechar el peligro que esta planta opiácea encerraba.
Pero volviendo a los chiscos de aquél ayer no quiero dejar en el tintero una tradición olvidada como la de los correnderos a los que ya dediqué una entrada en este blog, y es que alrededor del fuego las mujeres cantaban cogidas de la mano entonando soniquetes distintos en cada una de las coplas; algunas de ellas encerraban mensajes dirigidos al que rondaba. El chisco olía a tea, a ramón de olivo y al alpechín de los ronderos quemados mientras que el humo como un manto blanco se paseaba entre las tintineantes pobres y contadas luces de las embarrizadas calles.
Ahora, en la noche previa al día de San Antón, “la noche de los chiscos,” el aire arrastra el agradable y apetitoso olor que desprenden el gotear de las parrillas en las ascuas las esencias de las ricas viandas al asarse como: los chorizos, las morcillas y las chuletas. Todo un mundo de sabor a pueblo regado todo ello con vino y otros licores que quitan el frío y ponen a tono a los participantes que ya se ensayaban cuando estuve allí aquella noche para al poco tiempo también participar en “la noche de las migas”.
Así es mi pueblo. Un pueblo acogedor y divertido. Si no lo conoces ve a visitarlo, te encantará. Vayas cuando vayas, la fiesta está garantizada.
Perdón, se me olvidaba, se llama: Torredelcampo, pueblo olivarero de la provincia de Jaén, que si bueno es su aceite, mejor son sus gentes. Si lo buscas, búscalo con el nombre y el apellido todo junto, nada de separado, así lo han declarado hace unos días de forma oficiosa. Tal vez sea porque “se  parado” tiene un significado retorcido en estos tiempos de tanto paro, y es por lo que supongo que “todo junto” se escribe separado y “separado” todo junto.  No lo entiendo, como sabéis no soy hombre de letras.

         

sábado, 1 de febrero de 2014

SECRETO INCONFESABLE


Habrá quienes me consideren un hombre serio y cabal, además de familiar, hogareño, y no sé cuantas virtudes más que me he ganado por mi recto proceder a lo largo de mi dilata vida, pero hete aquí que nadie es perfecto, y yo, no iba a ser una excepción. 
Yo, al igual que el resto de los mortales tenemos siempre algo que esconder en nuestras vidas que tratamos de ocultar a toda costa. Hasta la gente más cristalina que nos rodea puede guardar un enigma inconfesable. A veces, me pregunto, qué es lo que nos arrastra a esconder ante los ojos de los demás aquello que consideramos un secreto que a toda costa ocultamos, para que ni oídos ni ojos ajenos puedan adentrarse en nuestras vidas privadas y logren por ello inmiscuirse de algún modo en aquello tan sagrado como es nuestra parcela de libertad, el mayor tesoro de todo ser humano. Debo confesar que mi secreto, el cual desvelaré más adelante, ha ejercido siempre en mí mientras ha permanecido oculto una evidente fascinación. Pero aunque tratemos de esconder nuestros secretos protegidos con tupidos y espesos velos de terciopelo, o guarecidos bajo los goznes de siete cámaras acorazadas, siempre llega el día fatídico que salen a la luz, y es entonces cuando descubren como hoy es mi caso aquello que durante mucho tiempo he querido preservar. Se trata de mi infidelidad. Sí amigos míos, la infidelidad; este es un vicio muy arraigado en mí desde mi más temprana edad que creció conmigo alimentado por las llamaradas pasionales de la pubertad, y aquello que creí desde el principio que seria un romance pasajero, se transformó en un idilio que persevera en mí con el mismo frenesí y erotismo si cabe que aquella que fue la primera vez.   
A lo largo de todo el tiempo he sabido mantener mi secreto contando con la seguridad que mi cautela me aconsejaba, siempre midiendo en todo momento mis pasos, procurando ser discreto y comedido amparado en la tranquilidad total de que la otra parte nunca llegaría a revelar nuestro idilio, pero yo, y no la “otra”, por culpa de un desliz fortuito motivado por mi pasión por la escritura ha originado un conflicto entre consortes,  todo, porque he dejado mi diario abierto en canal en mi mesa de escritorio, y esto último que estaba escribiendo en él,  es lo que ha producido el desenlace:
        

Esta vez, como casi siempre que voy al pueblo ardo en deseos de volverla a ver. Es algo que no puedo evitar. Estando allí la pasión me arrastra hasta estar a su lado. Ella, es unos años más joven que yo. Nació recién inaugurada mi pubertad. Otras de su edad lo hicieron al mismo tiempo, pero la exuberante lozanía y belleza de mi amada destacaba entre las demás consiguiendo que su hermosura llegara a cautivarme. Hoy he ido a verla de nuevo; vive un poco alejada del pueblo, así quedó establecido entre ambos desde el principio para que nuestro idilio pasase inadvertido ante los ojos de los demás, de modo y manera que nuestros apasionados encuentros fuesen lo más discretos posibles. Despeinada como la he visto esta vez, no por ello este hecho insignificante para mí le restaba belleza. Ella, coqueta donde las haya me lo ha hecho ver; para tranquilizarla le he dicho que le mandaré al mejor peluquero del pueblo para que le corte y le arregle ese largo pelo que con el viento se le desmelena. Desnuda y recién duchada por la regadera de este lluvioso y frío enero me ha parecido que los años no llegan a pasar por ella, de tal manera que me ha llegado a confesar que si la cuido como hasta ahora logrará permanecer siempre fecunda para darme cada año más y más renuevos, porque es su deseo retrasar a toda costa la etapa depresiva de la menopausia. Le he recordado cuando éramos jóvenes aquellas siestas al aire libre cuando cansado dormía junto a su tronco viendo como los pulgones le hacían cosquillas en su continuo y rápido ascender y descender por su vertical y erecto cuerpo. Hemos recordado también tiempos felices y me ha reprochado que no se acostumbra a que personas en las que confío la cuiden. Ella está habituada a mis caricias, a mis mimos y hasta a mis susurros, y le cuesta admitir...

        El teléfono interrumpió la escritura y allí quedó mi diario encima de la mesa del escritorio hasta después de hacer un recado urgente en la calle. A mi regreso mi mujer me esperaba. Su cara reflejaba el disgusto originado por su indiscreción. Después del << ¿quién es ella?>> y otras retahílas que no llegué a entender, anduve confuso hasta que señaló mi diario. A continuación, la risa se apoderó de mí, mientras que mi mujer me miraba sorprendido. Tuve que rogarle que me dejara terminar de escribir aquello que interrumpí. Lo hice. No quise extenderme mucho para llegar al final cuanto antes.

... que otros hagan la labor que hasta hace poco venia yo realizando.
Esta vez como siempre, al despedirme de ella no la besé, sino que acaricié una de sus ramas. Después, al poco de andar unos pasos volví la vista para contemplarla nuevamente. Allí estaba la oliva, la más hermosa de todas las que componen el pequeño olivarillo que tengo; el que planté siendo yo casi un niño. Hoy al cabo de los años me he atrevido a confesar por escrito mis sentimientos hacía esta mi oliva preferida. Y allí la dejé, mojada por la lluvia fría del invierno mientras espera ya al “cortaor, el peluquero”, para que la deje lo más guapa y elegante posible hasta la llegada de la primavera que ya está próxima donde volverá nuevamente a ser fecundada y parirá no sólo un fruto sino cientos, miles tal vez, con tal de agasajarme y corresponder con ello a nuestro mutuo amor.

Aclarado este malentendido, el desasosiego ha dado paso a la calma, y aquella pasajera turbulencia vivida por mí, la he querido transmitir amigo lector a ti también, para confundirte de alguna manera. Seguro estoy que la revelación sobre mi vida privada expuesta por mí al principio te sorprendería, pero créeme que mi intención era tratar de desconcertarte. No sé si lo he logrado pero espero que la opinión que tenias de mí haya estado en todo momento lejos de toda sospecha. La de mi mujer está fuera de toda duda.