viernes, 14 de febrero de 2014

LA NOCHE DE LOS CHISCOS


        Al poco del atardecer, cuando la pobre luz del sol de invierno se apaga y el frío envuelve a mi pueblo con las gélidas sábanas de enero, llegado la noche de San Antón las lumbres iluminan las calles con el fuego de las hogueras. Es esta una vieja tradición ancestral donde el fuego protagonista en la noche llega a convertirse en un rito mágico. Remontándonos en la noche de los tiempos esta celebración estoy por asegurar que tendría tendencias y tintes paganos en la creencia que con la quema en la hoguera de utensilios y enseres inservibles esta práctica servia para ahuyentar a los malos espíritus y proteger a los participantes de las enfermedades y de los malos augurios, aunque esta ceremonia tendría también como sigue teniendo hoy un claro denominador común, que es, el de servir de lazo de unión entre los vecinos.
Las luminarias de las hogueras de ahora en la noche previa al día de San Antón no relumbran como las de mis tiempos debido al grado de luminosidad en nuestras calles pues antes estaban alumbradas con unas pobres mortecinas bombillas, por eso aquellos chiscos de entonces refulgían con más resplandor proyectando las sombras de los participantes sobre los muros de las casas de una forma más espectral si cabe, y en el crepitar del fuego las pavesas encendidas se veían alzarse buscando el cielo en la noche confundiéndose  las chispas con el estrellado rutilante que pendía de la bóveda celeste.
Aquellas gentes de mis tiempos participábamos también de este ritual de los chiscos, pero lo hacíamos con muchas carencias entre la que destaco la falta de materia prima, es decir la leña. La leña era en todas las casas un elemento imprescindible que servía no sólo para calentarse alrededor de la lumbre sino para cocinar, -para aviar que decimos los torrecampeños- y naturalmente era un bien muy preciado que no podía ser derrochado de ahí que los chiquillos éramos los que nos encargábamos de la logística y del aprovisionamiento yendo hasta los olivares más próximos a por raíces de olivo y tallos de los que se amontonan durante la recolección de la aceituna, y no sólo de esto, sino que de las almazaras al descuido de los molineros birlábamos todos los ronderos que podíamos hasta el lugar de la fogata. A veces, también eran pasto de las llamas los que servían para limpiarse el barro del calzado y que en el portal de cada casa había uno a modo de felpudo. Nos lo llevábamos a hurtadillas, con el agravante de que si nos descubrían la paliza estaba asegurada, bien por el propietario o por nuestros padres si los perjudicados se chivaban.
Recuerdo que algunos vecinos generosos contribuían con alguna leña, pero lo más común era echar al fuego también algún trasto viejo como espuertas, capachos, sillas y algún que otro utensilio ya amortizado por el paso del tiempo, como aquellos castillejos que quedaron en desuso que servían para sostener de pie a los niños de muy corta edad. A propósito de estos castillejos que fueros desbancados por otros a los que en nuestro pueblo lo conocimos como taca-tá, he de añadir que en casa de mis padres teníamos uno que estaba siempre rodando prestado por las casas del vecindario así como las de algunos familiares y conocidos y que al final murió en la hoguera.  Con relación al castillejo quiero señalar porque estoy seguro que lo que voy a relatar a más de uno le sorprenderá, y es  que algunas madres que tenían una plebe y que por lo general estaban muy atareadas atendiendo a las labores del hogar, para que el niño dejase de llorar y se durmiera era costumbre mojarle el chupete una y otra vez en una infusión de cápsulas globulares  de adormideras,  así el niño quedaba casi al instante más que durmiendo, yo presumo que caía en un profundo sopor casi anestésico dentro del castillejo lo que permitía a la madre salir a hacer la compra o ir a lavar la ropa al arroyo sabiendo que la criatura tardaba en despertarse. Naturalmente esta práctica no generalizada pero si muy arraigada, era producto de la ignorancia puesto que no llegaban a sospechar el peligro que esta planta opiácea encerraba.
Pero volviendo a los chiscos de aquél ayer no quiero dejar en el tintero una tradición olvidada como la de los correnderos a los que ya dediqué una entrada en este blog, y es que alrededor del fuego las mujeres cantaban cogidas de la mano entonando soniquetes distintos en cada una de las coplas; algunas de ellas encerraban mensajes dirigidos al que rondaba. El chisco olía a tea, a ramón de olivo y al alpechín de los ronderos quemados mientras que el humo como un manto blanco se paseaba entre las tintineantes pobres y contadas luces de las embarrizadas calles.
Ahora, en la noche previa al día de San Antón, “la noche de los chiscos,” el aire arrastra el agradable y apetitoso olor que desprenden el gotear de las parrillas en las ascuas las esencias de las ricas viandas al asarse como: los chorizos, las morcillas y las chuletas. Todo un mundo de sabor a pueblo regado todo ello con vino y otros licores que quitan el frío y ponen a tono a los participantes que ya se ensayaban cuando estuve allí aquella noche para al poco tiempo también participar en “la noche de las migas”.
Así es mi pueblo. Un pueblo acogedor y divertido. Si no lo conoces ve a visitarlo, te encantará. Vayas cuando vayas, la fiesta está garantizada.
Perdón, se me olvidaba, se llama: Torredelcampo, pueblo olivarero de la provincia de Jaén, que si bueno es su aceite, mejor son sus gentes. Si lo buscas, búscalo con el nombre y el apellido todo junto, nada de separado, así lo han declarado hace unos días de forma oficiosa. Tal vez sea porque “se  parado” tiene un significado retorcido en estos tiempos de tanto paro, y es por lo que supongo que “todo junto” se escribe separado y “separado” todo junto.  No lo entiendo, como sabéis no soy hombre de letras.

         

sábado, 1 de febrero de 2014

SECRETO INCONFESABLE


Habrá quienes me consideren un hombre serio y cabal, además de familiar, hogareño, y no sé cuantas virtudes más que me he ganado por mi recto proceder a lo largo de mi dilata vida, pero hete aquí que nadie es perfecto, y yo, no iba a ser una excepción. 
Yo, al igual que el resto de los mortales tenemos siempre algo que esconder en nuestras vidas que tratamos de ocultar a toda costa. Hasta la gente más cristalina que nos rodea puede guardar un enigma inconfesable. A veces, me pregunto, qué es lo que nos arrastra a esconder ante los ojos de los demás aquello que consideramos un secreto que a toda costa ocultamos, para que ni oídos ni ojos ajenos puedan adentrarse en nuestras vidas privadas y logren por ello inmiscuirse de algún modo en aquello tan sagrado como es nuestra parcela de libertad, el mayor tesoro de todo ser humano. Debo confesar que mi secreto, el cual desvelaré más adelante, ha ejercido siempre en mí mientras ha permanecido oculto una evidente fascinación. Pero aunque tratemos de esconder nuestros secretos protegidos con tupidos y espesos velos de terciopelo, o guarecidos bajo los goznes de siete cámaras acorazadas, siempre llega el día fatídico que salen a la luz, y es entonces cuando descubren como hoy es mi caso aquello que durante mucho tiempo he querido preservar. Se trata de mi infidelidad. Sí amigos míos, la infidelidad; este es un vicio muy arraigado en mí desde mi más temprana edad que creció conmigo alimentado por las llamaradas pasionales de la pubertad, y aquello que creí desde el principio que seria un romance pasajero, se transformó en un idilio que persevera en mí con el mismo frenesí y erotismo si cabe que aquella que fue la primera vez.   
A lo largo de todo el tiempo he sabido mantener mi secreto contando con la seguridad que mi cautela me aconsejaba, siempre midiendo en todo momento mis pasos, procurando ser discreto y comedido amparado en la tranquilidad total de que la otra parte nunca llegaría a revelar nuestro idilio, pero yo, y no la “otra”, por culpa de un desliz fortuito motivado por mi pasión por la escritura ha originado un conflicto entre consortes,  todo, porque he dejado mi diario abierto en canal en mi mesa de escritorio, y esto último que estaba escribiendo en él,  es lo que ha producido el desenlace:
        

Esta vez, como casi siempre que voy al pueblo ardo en deseos de volverla a ver. Es algo que no puedo evitar. Estando allí la pasión me arrastra hasta estar a su lado. Ella, es unos años más joven que yo. Nació recién inaugurada mi pubertad. Otras de su edad lo hicieron al mismo tiempo, pero la exuberante lozanía y belleza de mi amada destacaba entre las demás consiguiendo que su hermosura llegara a cautivarme. Hoy he ido a verla de nuevo; vive un poco alejada del pueblo, así quedó establecido entre ambos desde el principio para que nuestro idilio pasase inadvertido ante los ojos de los demás, de modo y manera que nuestros apasionados encuentros fuesen lo más discretos posibles. Despeinada como la he visto esta vez, no por ello este hecho insignificante para mí le restaba belleza. Ella, coqueta donde las haya me lo ha hecho ver; para tranquilizarla le he dicho que le mandaré al mejor peluquero del pueblo para que le corte y le arregle ese largo pelo que con el viento se le desmelena. Desnuda y recién duchada por la regadera de este lluvioso y frío enero me ha parecido que los años no llegan a pasar por ella, de tal manera que me ha llegado a confesar que si la cuido como hasta ahora logrará permanecer siempre fecunda para darme cada año más y más renuevos, porque es su deseo retrasar a toda costa la etapa depresiva de la menopausia. Le he recordado cuando éramos jóvenes aquellas siestas al aire libre cuando cansado dormía junto a su tronco viendo como los pulgones le hacían cosquillas en su continuo y rápido ascender y descender por su vertical y erecto cuerpo. Hemos recordado también tiempos felices y me ha reprochado que no se acostumbra a que personas en las que confío la cuiden. Ella está habituada a mis caricias, a mis mimos y hasta a mis susurros, y le cuesta admitir...

        El teléfono interrumpió la escritura y allí quedó mi diario encima de la mesa del escritorio hasta después de hacer un recado urgente en la calle. A mi regreso mi mujer me esperaba. Su cara reflejaba el disgusto originado por su indiscreción. Después del << ¿quién es ella?>> y otras retahílas que no llegué a entender, anduve confuso hasta que señaló mi diario. A continuación, la risa se apoderó de mí, mientras que mi mujer me miraba sorprendido. Tuve que rogarle que me dejara terminar de escribir aquello que interrumpí. Lo hice. No quise extenderme mucho para llegar al final cuanto antes.

... que otros hagan la labor que hasta hace poco venia yo realizando.
Esta vez como siempre, al despedirme de ella no la besé, sino que acaricié una de sus ramas. Después, al poco de andar unos pasos volví la vista para contemplarla nuevamente. Allí estaba la oliva, la más hermosa de todas las que componen el pequeño olivarillo que tengo; el que planté siendo yo casi un niño. Hoy al cabo de los años me he atrevido a confesar por escrito mis sentimientos hacía esta mi oliva preferida. Y allí la dejé, mojada por la lluvia fría del invierno mientras espera ya al “cortaor, el peluquero”, para que la deje lo más guapa y elegante posible hasta la llegada de la primavera que ya está próxima donde volverá nuevamente a ser fecundada y parirá no sólo un fruto sino cientos, miles tal vez, con tal de agasajarme y corresponder con ello a nuestro mutuo amor.

Aclarado este malentendido, el desasosiego ha dado paso a la calma, y aquella pasajera turbulencia vivida por mí, la he querido transmitir amigo lector a ti también, para confundirte de alguna manera. Seguro estoy que la revelación sobre mi vida privada expuesta por mí al principio te sorprendería, pero créeme que mi intención era tratar de desconcertarte. No sé si lo he logrado pero espero que la opinión que tenias de mí haya estado en todo momento lejos de toda sospecha. La de mi mujer está fuera de toda duda.

    

miércoles, 8 de enero de 2014

ADIÓS NAVIDAD, ADIÓS.

         
         Adiós a la Navidad otro año más. Atrás ha quedado esa maquinaria de derroche impuesta por la sociedad consumista que nos consume, y que aunque los del marketing quieran envolverla con papel couché y con lazos de terciopelo, la crisis sigue estando ahí y nos han hecho ver de nuevo una navidad iluminada de colores, sí, pero empañados todos ellos por el gris triste y pobre de la realidad en la que seguimos inmersos.
         Ir al centro de Madrid en estas fiestas es casi una obligación para todos los que estamos afincados por estos pagos, pero sincerándome, no tiene nada de placentero. Este año he visto un Madrid con menos luces pero con más gente. He visto los comercios a rebosar de productos manoseados por clientes que acarician el objeto que llama su atención para de inmediato desprenderse de ese sueño que no está al alcance de su frágil economía. En los grandes almacenes, las escaleras mecánicas echaban humo atestadas transportando su pesada y abigarrada carga humana, la mayoría, eran, éramos, meros observadores dispersos sin ninguna prisa por los intrincados y enmarañados pasillos de estos hangares envueltos por la suave y placentera melodía de los villancicos, interrumpida esta muy de tarde en tarde, por el alegre y dilatado sonido para el accionariado del comercio del piticlic de las cajas registradoras.
         Las calles del centro de Madrid eran un hervidero de gentes. No se podía caminar, y si lo hacías debías de hacerlo muy lentamente, casi con el mismo andar de pasos cortos de aquella muñeca de Famosa que le compré un día a una de mis hijas. Los indigentes de la calle Preciados aunque todos los años cambian como los protagonistas de Cortilandia, seguían estando ahí, pero cada vez más pobres, aunque uno de ellos parece ser que en algo ha mejorado su economía, ya que en vez de cartones para dormir, ahora lo hace encima de dos palés de madera con la cabeza colgando hacia el suelo mientras que la gente pasa a su lado sin prestarle atención alguna. He visto de nuevo a las mujeres con los bolsos colgados en bandolera acariciándolos con sus manos, tratando con ello de disuadir a los cientos de carteristas adiestrados en las mejores academias transilvanas y balcánicas. Estos pájaros especialistas en el trinque, hacen su agosto con la aprobación y consentimiento de nuestras torpes e inútiles leyes que no consideran delito los hurtos menores de cuatrocientos euros. Todo valía, en ese diciembre frío que impregnaba a la Navidad con el velo brumoso de la lluvia y de la niebla.
         Filas interminables de personas como todos los años hacían cola esperando turno para comprar lotería en las administraciones de renombre de la capital con el deseo de que les cambie la suerte. Otro año más que tendrán que invocar a la salud; al tiempo. Todos los vomitorios de la Plaza Mayor engullían y regurgitaban a gentes que entraban y salían de forma atropellada por todos sus vomitorios. El andar entre tantas casetas que vendían adornos navideños y entre tanto gentío era de todo imposible, por lo que terminé por salir cuanto antes de allí tratando esta vez de acercarme a alguno de los bares cercanos a la plaza para solicitar un bocadillo de calamares, muy típico de Madrid. Desistí, en esto no se notaba la crisis; increíble, todos estaban abarrotados. Al final terminé por volver a casa, no sin antes en zona más tranquila, en las inmediaciones de Atocha, en El Brillante, tomarme una cerveza con unos calamares, como aquellos que degustara Carlos Herrera, a los que les dedicó un artículo en XL Semanal. Un placer saborearlos tan crujientes. Me senté en el mencionado restaurante; mi mujer me advirtió de forma disimulada que en la mesa de al lado se hallaba un personaje de Sálvame de Telecinco. La ignoré, ella a mi no. Nuestras miradas se cruzaron y en un desafío entre ambos, me sentí ganador cuando ella doblegó la suya en un claro gesto de abatimiento. Tal vez esperaba que fuese a solicitarle un autógrafo. No he caído tan bajo, me dije.
         De regreso a casa, a las afueras de Madrid, circulando por la A3, volví la vista a la altura de la M50 y divisé las chabolas de la Cañada Real que como una bufanda ahogaba más que abrigaba al Madrid navideño.
Estas favelas vergonzantes pronto circundaran por completo la capital de España. De principio proliferaron por el Sur, y como una fila de hormigas en hilera se fueron extendiendo con dirección al Este, atravesando varias radiales, y ya miran con descaro al Norte, aunque vaticino que antes de llegar hasta allí, los que viven por esa zona privilegiada pondrán el grito en el cielo y se acabará de una vez el chabolismo en la Cañada Real, y con ello los clanes limosneros, y los del cobre, y los del mercadeo de la droga, y los de los niños adiestrados en el robo, todo, cuando les den una vivienda digna sin hipoteca que todos reclaman nada más llegar a España.  Es de noche y las luces de las lumbres titilan y centellean refulgiendo en las chapas que hacen de tejados en las chabolas. Algunas más sólidas de ladrillo, se distinguen entre la larga hilera de chamizos donde dicen sólo se aventuran a transitar aquellos que buscan escapar por unas horas de la angustia de este mundo comprando la maldita droga. Seguro que ahí, por esos andurriales el espíritu navideño pasará de largo. ¡Que mundo más cruel e injusto hemos fabricado!
         Días después de la Navidad y Año Nuevo, he esperado algún buen acontecimiento para poder celebrarlo con todos vosotros. Los periódicos que leo a diario no han reseñado en sus páginas ninguna noticia buena que sea digna de mención; todas me parecen malas, entre ellas una que invita al vómito, donde se da cuenta de que unos sesenta asesinos o más, recién salidos de la cárcel se han reunido en un antro, para más escarnio llamado Matadero, para festejar y recordarnos la muerte de más de trescientas personas, entre ellas muchos niños, y lo peor es que no se arrepienten ni piden perdón. Así es esta España, así son las felicitaciones que recibimos las gentes de bien. Por cosas como estas digo: adiós Navidad, adiós.
         Con el deseo de que se acaben las desigualdades sociales, prevalezca la justicia, y desaparezca la crisis, os deseo a todos un Feliz Año 2014 


domingo, 15 de diciembre de 2013

EMIGRANTES

        
       
                                                                            Foto de la revista XL Semanal

 Ahí están, el abuelo y el niño, en una estación cualquiera o puede que en un puerto, llorando los dos, despidiendo a sus familiares allá por los años cincuenta. El abuelo de cara arrugada y curtida, compungida esta por el llanto parece tratar de contener la pena sin poder lograrlo. Una expresión de tristeza se refleja en su rostro aparentando aguantar la bola que se le formaría en el estómago antes del sollozo. En la foto, la entereza y fortaleza del adulto incontroladas por la emoción se perciben desmoronadas fomentadas tal vez por el llanto no escondido del niño.   
 He aquí la imagen de aquella España de mi niñez. La imagen del emigrante, de tantos y tantos emigrantes que abandonaron su tierra en pos de sueños necesitados sin más ambición que trabajar para conseguir alimentarse. El rencor a quienes les empujaron a emigrar nunca lo demostraron porque su única lucha era matar el hambre, y eso les distrajo de entrar en otras guerras que de antemano sabían perdidas.
Escenas como las de la fotografía yo las viví cuando era pequeño. Niños y abuelos como el que aparecen en esta foto las sitúo en la estación de nuestro pueblo entre un flamear de pañuelos diciendo adiós y los resoplidos del tren al iniciar la marcha mientras que nubes de vapor oliendo a carbonilla envolvían el andén. Recuerdo a un emigrante en una de las esquinas del Camino de la Estación dejando la maleta en el suelo volviendo una y otra vez a abrazar a su hijo de contados años y de su mujer que lo sostenía en brazos. El niño llorando estiraba los brazos pretendiendo irse con el padre. Mi corazón se contagió con su dolor y no pude aguantar mis lágrimas. Esta escena la conservo cincelada en mi memoria.
Han pasado casi sesenta años y seguramente aquél niño que estiraba los brazos hijo de aquél emigrante que con tan poca edad ya apuntaba a querer serlo de mayor, hoy, algunos de sus hijos o sus nietos le dirán adiós  desde la fila zigzagueante y serpenteante del control de embarque de cualquier aeropuerto para irse a trabajar lejos de España. Triste, muy triste todo ello.
Hubo un paréntesis en aquél éxodo de mi niñez. Duró un largo periodo de tiempo que nos permitió alcanzar un nivel de crecimiento y bienestar que no pudimos preservar, fundamentalmente por gestiones equivocadas, donde el egoísmo y la intransigencia además del descontrol se dieron la mano con la avaricia y la codicia para atesorar todo lo ajeno por muchos de nuestros gobernantes. Por culpa de todos ellos hoy España vuelve a exportar emigrantes; esta vez solicitan guerreros bien formados; gladiadores que como en la antigua Roma estén adiestrados en las mejores escuelas de lucha. Y para ello, para abastecer su demanda, ahí están nuestros universitarios, los nuevos emigrantes yéndose a países lejanos mientras que la tensión social existente en nuestro país por tantas y tantas tropelías se mantiene afortunadamente dentro de los cauces de la convivencia para bien de todos.
Yo espero y deseo que la situación actual en la que nos encontramos dure poco, y que todo se solucione dentro del marco de la sensatez con actuaciones pacificas, y que quienes nos gobiernan y nos gobiernen acierten en aplicar las medidas oportunas para que entre otras cosas España no sea como antes lo fue y lo es ahora, el almacén de mano de obra barata de Europa y de otros continentes más lejanos.
Ojalá que todos los jóvenes que ahora marchan regresen pronto a la tierra que les vio nacer. Que vuelvan a su pueblo, con los suyos, con sus gentes, y no sean como la mayoría de los que se fueron antaño en el tren de nuestro pueblo; muchos de ellos nunca más regresarían -ya lo he dicho en alguna entrada en este blog-. Otros, y de esto estoy muy seguro lo harán algún día para ocupar un pequeño y lúgubre habitáculo a la sombra de algunos de los árboles de delgada y puntiaguda silueta en el parque más silencioso de nuestro pueblo, aquél de recinto tapiado donde vivirán por días y años sin fin.
Es diciembre. Está amaneciendo. Desde mi ventana veo los coches aparcados cubiertos por una gélida gasa blanca que brilla centelleante con la última luz de las farolas. El magnolio que casi acaricia mi balcón mira su reloj esperando impaciente que salga el sol para calentarse y despojarse de su fría película blanquecina. Es domingo y mi calle a estas horas aún no se ha levantado, perezosa tal vez por el frío y la neblina.
El frío y el turrón siempre vuelven a casa por Navidad. Algunos emigrantes también. Ese es mi deseo.

                            ¡Feliz Navidad, amigos!

miércoles, 4 de diciembre de 2013

RUIDOS, SILENCIOS, OLORES, Y PAISAJES ACEITUNEROS



Cuando esto escribí, estaba en mi pueblo.

Al alba, siendo época de recolección de aceituna las calles de mi pueblo se despiertan todas al son del traqueteo de los remolques que se dirigen a los tajos. Para algunos, será este un ruido cansino y desagradable por su incesante golpeteo; para otros como yo, ese sonido se vuelve menos incómodo y molesto habida cuenta de que su alboroto anuncia la recogida de la aceituna, y eso significa que hay trabajo, y si estos sonidos se prolongan durante al menos dos o tres meses es señal inequívoca de que la cosecha es abundante.
Hace sesenta años también al amanecer nuestras calles se envolvían con los sonidos que producían las caballerías al golpear con las herraduras el suelo originando un discreto y relajante rumor. Sus ecos y acordes en las frías madrugadas quedaban suspendidos por momentos entre el vaho del relente, casi meciéndose entre la bruma de los gélidos amaneceres aceituneros; después, estos sonidos se iban diluyendo perezosamente a medida que se alejaban los animales. Algunas mulas iban ataviadas con campanillas y en su bambolear al caminar, el grato y placentero tintineo de los refulgentes metales se mezclaban cada mañana con las voces de los aceituneros que partían para los tajos, los rebuznos de los borricos, el ladrar de los perros y los silbidos de sus amos. Cada amanecer la luz del alba parecía dotar a las gentes de nuestro pueblo de la energía suficiente para una nueva y dura jornada de trabajo. Luego, como ríos caudalosos al principio, arroyos y regueros después, mujeres, hombres y niños se perdían por entre la espesura de los olivares para recoger el fruto en un andar por caminos infinitos y veredas fabricadas por albarcas y alpargatas de lona. 
Y el pueblo entonces quedaba solitario y sordo, con un silencio callado, alterado nada más que por el del tañer de las campanas de la iglesia dando las horarias, y el del ruido de algún que otro chiquillo jugando solo en la calle porque su amigo con ocho años estaba ya ganando un exiguo, mezquino y miserable “jornal de niño” en la aceituna.
Ahora, las gentes naturalmente no van a los tajos andando. Cada mañana después de sufrir el efecto embudo a la salida del pueblo, las hileras de vehículos que los transportan junto con los remolques se pierden todos por entre la amplia red de carriles que serpentean por todo nuestro extenso término. Desde la lejanía parecen dibujar estos senderos en el paisaje un laberinto de arterias y venas superficiales que sirven para dotar al olivar de accesos fáciles para los trabajos. Y después, como antaño, el pueblo sigue quedándose solitario. Sus prolongados silencios se asemejan engañosamente a las mañanas domingueras donde nadie tiene prisa por levantarse, así, hasta poco antes de morir la tarde en que el pueblo vuelve a recobrar su pulso cuando las gentes regresan y la aceituna en el molino llega a transformarse antes de ser aceite en un vale con nombre y quilos que algunos atesoran y coleccionan con un más que exacerbado egoísmo presumiendo con descaro de los guarismos insertos en el boleto. Nada es como antes, nada; ni tan siquiera aquellos olores de antaño en tiempo de recolección de aceituna. ¿Quién no recuerda los olores de nuestras calles en aquél tiempo que acabo de dibujar con las palabras? Nuestro pueblo olía a almazara, a molino, a aceituna. Llevo ese olor impregnado aún en mí pituitaria desde cuando era niño y sin pretender que alguien me considere un  chauvinista, todo ello me hace recordar entre otras cosas a la “jerga” que no eran otra cosa que sacos de pita donde se envasaba la aceituna y que a lomos de las caballerías se transportaba hasta el molino. A veces llegaban a chorrear estos sacos por el zumo de las aceitunas embriagando las casas después de ser vertidos en la rampa de las trojes en los molinos. Todo quedaba bañado por el olor agridulce de la aceituna: los fardos, las espuertas de pleita, la ropa, todo, incluso aquella rampa llamada limpia donde se limpiaba de ramas, hojas y de impurezas el fruto antes de ser envasado. Cuando era muy pequeño y mi padre me llevaba de “excursión” a la aceituna, me gustaba recibir las caricias de los golpes de aquellas aceitunas que se despeñaban limpia abajo. Después, cuando lo hice sin tener edad para ganar un jornal, comprendí que el recreo se me había terminado y aquellas leves caricias dejaron de ser ya perceptibles por mí.    
Salgo a la calle. No me gusta pasear por mi pueblo cuando no está la gente de mi pueblo. Un extraño sentimiento me invade difícil de definir. Las calles están semidesiertas. Algún coche que otro mientras paseo, de manera esporádica. irrumpe la quietud de la amplia avenida por la que deambulo. Muy a lo lejos se oye el piconero pregonando su negra mercancía. Al poco regreso a casa. A lo lejos diviso a la sierra envuelta toda ella con una blanquecina sábana de bruma. Hace mucho frío y los montes intentan arroparse con un sol lánguido amarillento y enfermizo. Supongo que llevan muchos años haciéndolo pero Jabalcuz ahí está, eterno, no envejece como lo hago yo. Hoy quisiera ser de nuevo niño para esperar el regreso de los aceituneros a su entrada al pueblo para cantarle aquello de:
Aceitunero de pio pio. Cuantas fanegas has recogio. Fanega y media, y el culo frío.
Mañana regreso a Madrid. También sé recordar cosas de mi pueblo desde allí. Os la seguiré contando.


domingo, 1 de diciembre de 2013

LOS SONOROS

        
     
Nos sentamos los dos frente a frente para poder taladrar así mucho mejor nuestros recuerdos. Llevaba sesenta y cinco años o más sin haber cruzado más de cuatro palabras con él; es decir toda mi vida, y ahora disfrutando del otoño en el que por la edad ambos estamos inmersos, nos encontrábamos en la cafetería del hotel de nuestro pueblo una tarde a la hora en la que la máquina del café dormía y el vino y la cerveza aún no se habían levantado de dormir la siesta.  Fue en esa hora muerta cuando al sol en el horizonte sólo le faltaba metro y medio para perderse por los confines del Caballico. Era tiempo otoñal, tiempo de simienzas olvidadas, de graneros vacíos, de celemines y cuartillas holgazanas que ahora descansan en los atrojes entre recuerdos y telarañas de un tiempo que se nos fue.  
A Francisco Armenteros, el músico, mi interlocutor, le recordé el barrio donde siendo pequeño yo lo tenía ubicado. No erré. Efectivamente él en su infancia jugaba en una calle distante y alejada de la mía, pero estoy seguro que habiendo vivido cerca de Quebradizas, muchas veces tendría que haber jugado con las bravas aguas del arroyuelo que bajaba por la inclinada calle como consecuencia de aquellos duros y largos temporales que obligaban a muchos a mear en la cuadra. Entonces, él jugaría en aquella reguera con algo que flotase a lo que le llamaría barco, y que se despeñaría al final de la calle por el precipicio existente en busca del arroyo al tiempo que la casilla del hombre del patín seria testigo de tantos e incontables naufragios.  
Quise hablar con Francisco para que me ampliase datos y recuerdos de su etapa en el conjunto musical: Los Sonoros, porque quería mostrarle la vieja estampa que guardo en mi memoria de verlos actuando subidos en el remolque de un tractor en la Puerta Martos. Sería en el sesenta y cinco cuando les escuché en el lugar ya reseñado aquella canción de Los Sirex: Si yo tuviera una escoba. Quiero soñar entre la bruma del tiempo y no equivocarme de que cuando  nacieron Los Sonoros sus componentes entre otros eran mi interlocutor Francisco Armenteros, su hermano José Antonio, también Antonio Pegalajar, y mi amigo de la infancia Manuel Rubio.
Quién de mi época en nuestro pueblo no recuerda a Los Sonoros interpretar canciones de Los Brincos, tales como Con un sorbito de champán, me dijistes adiós, y Mejor, entre otras muchas, también Los sonidos del silencio de Simon & Garfunkel, y cómo no, aquella de tan buenos recuerdos: Quiero una motocicleta de Los Bravos. Fueron Los Sonoros los que desplazaron de aquella feria de nuestros tiempos a la animadora y a la Orquesta Sahara; orquesta esta, que año tras año por su buen hacer nos deleitó con su música.
Me recuerda Francisco a otros que llegaron a formar también parte del grupo musical, entre los que se encontraban: Juan Real, Amador Pérez, Raimundo Moral, y también los desaparecidos: Manuel Alcántara, y Ortega, éste último el hijo del que fuera guardia civil.
El conjunto Los Sonoros nació al igual que lo hicieron otros en distintos pueblos y ciudades de nuestra querida España cuando la juventud de la que yo formaba parte nos dimos cuenta de que nuestro progenitores pertenecían a una generación arcaica de la que no queríamos formar parte, y nos aferramos a la música como la mejor caja de resonancia para cambiar todos los hábitos existentes. Esto supuso un cambio muy profundo en todo, casi radical, que se reflejaba hasta en nuestra manera de vestir. Fue todo aquello como una pequeña revolución que nos marcó a todos los jóvenes de aquella época, donde logramos por fin, entre otras muchas cosas que las máquinas de cortar el pelo en nuestro pueblo llegaran a oxidarse en las barberías para demostrar que las greñas el tupé y las patillas largas eran signos de modernismo.
Los Sonoros sirvieron como hilo transmisor de todo ese cambio profundo de tendencias en nuestro pueblo, siendo la televisión el instrumento receptor donde ellos se veían reflejados en programas como Escala en Hifi, tan de moda en la única cadena existente donde las canciones que interpretaban los cantantes y los grupos de aquellos tiempos en la pequeña pantalla rápidamente las escuchábamos con las voces y la música de ellos. Recuerdo con cariño a Los Sonoros grupo musical pionero en nuestro pueblo y  la voz tenue y melodiosa de mi amigo de la infancia, Manolo El Parejo; hoy se ha vuelto más ronca, curtida por los palos de la vida, y difiere de aquella tan acaramelada de cuando interpretaba a Adamo. Ahora le escucho mientras se ahonda con valentía en otros palos, los palos del flamenco con reconocido mérito. Su voz se ha vuelto más grave desgarrada y rota por el paso de los años, pero dotada con el timbre quejumbroso que la madurez y la experiencia le han otorgado. ¡Lástima que en aquellos tiempos no tuviese padrino!   
Sigo nutriéndome con la conversación de Francisco, Paco para los amigos, y yo quiero serlo a partir de hoy. Continuamos con nuestra charla mientras que ya avanzada la tarde sin oponernos a ello dejamos a que el sol en este tiempo de octubre al sumergirse en el horizonte entre rojas y encendidas llamaradas fuera pintando a las aceitunas poco a poco como acostumbra en esta época otoñal permutando su verde color por el de toda una gama de bermellones y granates.
Me recuerda Paco que Los Sonoros no sólo actuaban en nuestro pueblo, sino que iban a muchos otros de nuestra provincia, y se acuerda cuando en uno de ellos actuaron en un molino de aceite dentro de la troje disfrutando del olor penetrante del alpechín el cual empapó no sólo sus ropas sino todo su instrumental. También de cuando fueron a una pedanía, y que al llegar a ella se toparon con una procesión donde un reducido número de personas acompañaban a una imagen religiosa. Del grupo, dice que salió un señor muy enfadado y se dirigió a la furgoneta donde iban todos los del conjunto y les dijo: ¡A buenas horas llegáis! En la creencia de que el grupo musical tenia la obligación de acompañar con la música a la procesión.
Fue muy enriquecedor lo que aprendí de Paco en tan poco espacio de tiempo, y le emplazo si él quiere para de nuevo charlar y fortalecer con ello mi memoria con muchas de las vivencias de este músico profesional del clarinete de la Banda Municipal de Jaén, además de polifacético.
Cuando en la puerta del hotel nos despedimos estaba oscureciendo. Las luces de los coches en caravana en la amplia avenida me hicieron creer por momentos que se trataba de un arroyuelo de la M30 madrileña. El eco de las campanas de nuestro pueblo me sacó de mi corta duda.
De regreso a mi casa, estando en otoño, a esas horas en la época aquella que he recordado con Paco Armenteros, Torredelcampo se envolvía con una neblina de humos de lumbres con sabor a guisos. Cambiamos muchas cosas. Otras no deberíamos haberlo hecho.   


domingo, 3 de noviembre de 2013

EL CANDIL


Estoy completamente seguro de que muchos jóvenes de hoy no saben lo que es un candil, y si lo saben no lo han utilizado. Otros, los de la generación de mi padre dirán que este instrumento en desuso hoy, fue un utensilio primordial en todas las casas llegando a albergar cada hogar no solo uno sino dos o más candiles.
El candil que yo conocí era un aparato de metal con un recipiente  lleno de aceite  con una mecha empapada ardía por absorción sirviendo la llama para alumbrar. A la mecha se la conocía como torcía, y al humo que desprendía al apagarlo, pabilo. Al ser nuestro pueblo por excelencia olivarero, ni que decir tiene que la materia prima estaba asegurada, y el hecho de que el aceite era y sigue siéndolo de la mejor calidad los destellos luminosos que produciría su llama serian de un fulgor tal, que me imagino que en tiempos más remotos alegraría a muchas suegras durante las horas en las que el novio hablaba por la noche con la hija en su casa. A propósito, uno que tiene buena memoria recuerda una coplilla picante que canturreaba un amigo extremeño que decía:
El candil se va a apagar, y mi madre no está aquí. Yo no digo que te vayas, pero, para no hacer “na”, ¿qué es lo que pintas tú aquí?  
No sé el año exacto en el que la luz eléctrica llegó a nuestro pueblo. He hecho averiguaciones a través de Internet y en nuestra provincia parece ser que dieron prioridad de principio a las poblaciones con mayor número de habitantes, y al pueblo nuestro como a otros de igual o parecida población no llegó la electricidad hasta principios del siglo pasado. Naturalmente que este invento se iría introduciendo poco a poco en los hogares; primeramente en aquellos donde el bolsillo era más holgado, llegando posteriormente de manera gradual a instalarse en el resto de las viviendas. Muy parecido a lo que yo viví y podemos contar los de mi edad con inventos como el radio, o la televisión.  De lo que si me acuerdo es de aquellas primitivas instalaciones eléctricas en las casas de cordones trenzados sujetos a la pared con diminutas jícaras, y que por el peso debido a las sucesivas capas de cal llegaban a curvarse. También recuerdo aquellos interruptores con el pellizco de madera.
Estoy seguro de que al principio el enganchar la luz, término este muy utilizado en nuestro pueblo seria muy costoso y digo esto porque en mi niñez conservo en mi memoria una casa con un agujero en el techo que servia para alumbrar el piso de arriba pasando el cordón y la bombilla desde el piso de abajo por el boquete. Era una manera de economizar.
Pero volviendo al candil de mis tiempos, éste, por lo general siempre estaba colgado en la repisa de la chimenea o en la pared, y en este caso con un cartón entre ambos para mitigar las manchas en el muro. Casi a todos ellos se les veía un palote que asomaba por el recipiente y que servia para avivar la torcía, y en su defecto, otras, hacía las veces para este menester la horquilla del moño de la abuela. El candil en mi niñez solo se usaba cuando había un corte de energía, y raro era el día que no había un apagón. En los cortijos naturalmente el candil era el utensilio que servia para alumbrarse.
Un taxista madrileño ya jubilado que vive en mi barrio me contó que antes de ejercer como tal, fue camionero allá por los años cincuenta y que en cierta ocasión llevando un cargamento de bidones de aceite vacíos cuyo destino era Martos, su ayudante hombre libertino y calavera que sabía de una casa a las afueras de nuestro pueblo en donde mujeres de dudosa reputación servían copas de aguardiente, –no quiero extenderme más-, quisieron tomar una copichuela y al entrar al pueblo la carga de bidones era  tan voluminosa  que llegaron a chocar los envases con el tendido eléctrico originando un chisporreteo tal, que los cables quedaron muchos en el suelo por lo que el pueblo quedó a oscuras.
          Le pregunté:
         -¿Llegasteis a ejecutar la faena? Es decir... a tomar la copa de aguardiente.
         -Si, a la luz de un candil –me respondió.
         Muy romántico, sí señor.
       Cuando le veo le digo que nuestro Ayuntamiento tiene una factura pendiente de cobro desde aquella fecha tan lejana correspondiente a los daños y perjuicios causados.
         El me contesta:
         -Que no se entere el alcalde de que soy yo el deudor.
         -Alcaldesa, ahora alcaldesa -le corrijo.
         -Bueno, pues habla con ella para que anulen esa factura, porque entiendo que no fue delito que por saciar mi incontinencia, la de tomar una copa de aguardiente, me reclamen una deuda que yo no la hacía pendiente.  
        -Se lo diré. Descuida, pero sin rima. Faltaría más.