lunes, 21 de marzo de 2011

LOS ENTIERROS Y LOS LUTOS EN MI NIÑEZ

Tener que tocar un tema como este me entristece, ya que hablar de la muerte a cualquiera le sobrecoge y a mi el primero, pero a pesar de ello quiero repasar de cómo eran los entierros y lutos en nuestro pueblo cuando yo era niño.
En los albores de mi infancia recuerdo la cantidad de entierros de niños que había. Era casi a diario, la mayoría lactantes que morían ante el más mínimo problema infeccioso o por cualquier otra enfermedad o epidemia. Me resultaba muy triste ver aquellos diminutos ataúdes blancos con pinceladas de purpurina dorada en sus bordes portados en unas angarillas hasta la puerta de la iglesia y desde allí al cementerio.    
Los entierros se establecían por categorías. Los de una capa eran despedidos desde la puerta de la iglesia sin más dispendios. Los de dos capas, dos curas vestidos con capas pluviales acompañaban al cadáver hasta medio camino del cementerio, y los de tres capas para los más pudientes eran tres los sacerdotes que acompañaban al féretro hasta el camposanto con todos los honores pompa y boato.
Era costumbre que al acompañamiento del cadáver hasta la puerta de la iglesia y después al cementerio sólo asistiesen los hombres. Las mujeres permanecían en casa del difunto rezando hasta que los dolientes regresaban. También durante el velatorio los hombres estaban separados de las mujeres. A estos ya entrada la madrugada se les tenía una atención con ellos ofreciéndoles alguna copa de anís.
El primero en aparecer en el domicilio del difunto era un personaje muy conocido en nuestro pueblo. Me refiero a Juan González, al que de forma cariñosa se le conocía como “Ito”, (de Juanito). Éste a la hora del entierro tampoco faltaba.
Al frente del cortejo fúnebre marchaba siempre el monaguillo vistiendo faldones rojos y roquetes blancos de encaje portando un varal con un cristo dorado adornado con un cilindro de tela negro. El sochantre caminaba al lado del sacerdote llevando el hisopo de metal metido dentro del recipiente del agua bendita. El séquito religioso acompañaba al cadáver desde su casa hasta las escalinatas de la iglesia desde donde se ofrecía unas cortas exequias formando parte de las mismas un responso en latín. Cuando el féretro era rociado con agua bendita la muchedumbre acompañaba al cadáver hasta El Llanete, donde se daba el pésame a los dolientes mientras que los más allegados se dirigían al cementerio a darle sepultura.
Era práctica habitual tal vez por respeto no comer en casa del difunto durante el tiempo que éste permanecía en la casa de cuerpo presente, si acaso una tila, un caldo, o poco más, aunque hubo un tiempo que motivados muchos por el "cumplimenteo", sobre todo cuando había por medio una novia o un novio, se estableció la costumbre que tanto los caldos y cafés en el velatorio y después del entierro la comida los sirviesen personal especializado en las artes gastronómicas, -lo que ahora llamamos catering-.  Un lujo.
Y después el luto. Los lutos se establecían también por categorías. Así pues, dependiendo de la edad del difunto y del grado de parentesco, el luto podía ser riguroso, o medio-luto. En ambos casos para salir a la calle era costumbre en las mujeres cubrirse la cabeza con un pañuelo negro anudado al cuello, y por encima de los hombros arroparse en todos tiempos con una media-manta de lana negra con flecos en los bordes que era sostenida un ala de ella con una mano, y con la otra para taparse la cara de la nariz para abajo, pero en los lutos rigurosos las mujeres aprovechaban para salir a la calle solo a deshoras y en caso de muy extrema necesidad
Así pues, era muy común ver siempre a las mujeres vestidas de negro, mientras que en los hombres se observaba el luto en la chaqueta, la cual ostentaba un galón negro de unos diez centímetros cosido dándole la vuelta a la manga. Otros en cambio llevaban una chalina negra al cuello.
Mientras duraba al menos el medio luto se establecía una especie de cuaresma o penitencia entre los habitantes de la casa hasta tal punto de que las salidas quedaban restringidas a sólo lo imprescindible, como también era norma de obligado cumplimiento el no acudir a las fiestas o lugares públicos de diversión como a bodas, bautizos, o cualquier otro tipo de acontecimientos. Asimismo el blanqueo de la casa o de la fachada quedaban pospuestos hasta la fecha en que se pasaba al medio luto que era pasados al menos dos o tres años. En las casas donde había radio se quitaba de la vista de las posibles visitas llevándola a la cámara donde estaba el granero o cubriéndola con un paño negro. Al paso de las procesiones o festejos la casa se cerraba incluidas todas las puertas ventanas y balcones, dando señal de que los deudos del difunto no estaban para celebraciones.
Lutos aquellos, de ropas teñidas de negro, de aquella España de medio-luto, de luto negro, que algunos la verían en technicolor pero yo por desgracia la viví siempre en blanco y negro.


viernes, 4 de marzo de 2011

LOS CORRENDEROS

         
        
En aquél tiempo de mi juventud, cuando la recolección de la aceituna tocaba a su fin, las calles a primeras horas de la noche, se alegraban con los cantos de mujeres jóvenes jugando al correndero. Era el anuncio que la primavera estaba a un paso; presagio de ello cuando el estado anímico del mocerío se disparaba en un derroche de felicidad difícil de ocultar. A pesar de que la fiesta del carnaval estaba prohibida, por ese tiempo previo a la cuaresma, los correnderos  era la manera de celebrar esta fiesta a nuestro modo,  y era también el lugar para ver a la moza mientras se rondaba. Así se aprovechaba para contemplar a la que uno le tenia echado el ojo y comprobar si alguno de aquellos cantos carnavaleros que desgranaban las jóvenes, escondían de forma irónica despecho hacía el que rondaba, o por el contrario algún halago.
Cantaban cogidas de la mano y girando en corro. Recuerdo que en ocasiones paraban, daban unas palmadas y continuaban con la danza en círculo.
Algunas de las letras eran picantonas e irónicas, aunque también las había hirientes que mandaban consignas al pretendiente para que de alguna forma entendiera que no tenia nada que hacer, o por el contrario animarle si era corto, es decir tímido, para así allanarle el camino. Dicho en la jerga de aquél tiempo, para que se lanzara. Al terminar de cada canto, los que rondábamos solíamos corresponder con voces socarronas que dirigíamos al compañero del grupo a quién entendíamos por alusiones iba dedicada la copla de pique.
Recuerdo el griterío que formaban aquellos corros de mujeres pasándose de unas a otras un botijo al grito unánime de ¡Ay, ay, ay... y...!. Así, el botijo o  cántaro mochado era lanzado una y otra vez al aire hasta que moría estrellado en el suelo cuando la que tenía que recibirlo se le escapa de las manos. Entonces estallaba al unísono un grito mezcla de sorpresa y de desconcierto de las muchachas coreado por los que contemplábamos el espectáculo.
A veces, en el centro del correndero  era muy común ver encendido  una fogata “chico”, que servía para de alguna forma iluminar la calle.
Noches de ronda, de cánticos carnavaleros picantes y atrevidos, mezclados con el humo y los aromas que salían por las chimeneas creando una neblina que se expandía por las calles dibujando todo ello un ambiente difícil de describir. 
Los correnderos eran nuestro punto de encuentro. Nuestro botellón, pero sin botella que empezaba apenas el sol se escondía y duraba tan solo hasta la hora de la cena o hasta cuando sonaba el “Parte o Diario hablado de Radio Nacional”.    
Después, las calles permanecían en silencio quedando como testigos los cascotes del porrón o cántaro ejecutado y los rescoldos de la hoguera que al día siguiente barrerían las mujeres al limpiar la puerta de su casa. Era lo único que denotaba que allí había habido gente divirtiéndose. Nada de envases de plásticos, ni bolsas, ni vidrios, ni brik, ni latas, ni látex, ni nada, porque no teníamos nada...pero sin tener nada éramos felices. Muy felices, si señor. 
Sé que habrá alguien de mi edad o tal vez más mayores que recuerden algunas letras que se cantaban en los correnderos , con los tonos y soniquetes tan alegres y tan característicos. Animo a que lo transmitan a otros para goce y disfrute de futuras generaciones.   

miércoles, 9 de febrero de 2011

LA CASILLA DE MANUEL



Añadir título

Este relato es para leer la noche de Todos los Santos, ahora también llamada Halowey, y después, si alguien lo prefiere, irse a dormir a la casilla de Manuel. 

         Hace más de sesenta años en Torredelcampo...

Las campanas tocaban a muerto en el silencio de la noche, dang... un toque grave reposado y lento, para proseguir con otros dos toques un poco más rápidos: ding, dang, terminando con otro golpe del badajo contra el metal lo mismo que el primero... dang. Así toda la Noche de Difuntos.  El aire arrastraba este sonido por el pueblo y las sonoras y lentas campanadas eran mecidas y zarandeadas por fuertes ráfagas de aire, por lo que algunas veces sus acordes se oían más tenues cuando el viento a su capricho llevaba el sonido en otras direcciones. 

En casa de Manuel hacía rato que su madre había quitado la mesa después de la cena  la noche de Todos Los Santos, y ahora, toda la familia estaba sentada alrededor de la lumbre. El abuelo de Manuel extendía sus manos abiertas en dirección al fuego tratando de calentarse. Todavía no era invierno, pero las temperaturas habían bajado mucho en los últimos días, de modo que el calor que producía la lumbre era muy placentero. En la estancia se había hecho un silencio que solo era roto por el ruido que producían las campanas y el del aire al chocar en la chimenea originando por ello un silbido ronco que resbalaba  junto con algunas volutas de humo conducto abajo hasta llegar a la sala.

         Manuel rompió el prolongado silencio cuando preguntó a su abuelo. 

         – ¡Abuelo! Cuéntame lo que te pasó aquella vez en la viña. 

        – ¡No! Contestó rápido la madre de Manuel, para a continuación agregar: – que luego dices que el miedo no te deja dormir. Además ya te lo ha contado más de una vez, y más de dos.

         El padre de Manuel no dijo nada, y eso significaba que el abuelo podía contarlo.

         – ¡Anda abuelo, cuéntamelo otra vez!

         El abuelo miró a su nuera y a su hijo y no encontrando reparos a juzgar por la expresión de sus caras empezó a hablar dirigiendo sus palabras a todos, pero en especial al zagal. Éste se removió en la silla buscando acomodación mientras su mirada la fijó en un punto de las brasas del fuego y así estuvo durante todo el tiempo que su abuelo relataba lo que le acaeció.

         –Verás. Mi padre me decía que nunca me quedase a dormir en la viña. Yo también se lo tengo dicho al tuyo. Tu padre, al fin y al cabo me ha hecho caso, pero yo una vez, sólo una vez, me quedé a dormir en la casilla, -la casilla era una especie de cobertizo donde se albergaban los aperos de labranza y servía de refugio cuando llovía-fue un día hace muchos años, cuando cogimos las nueces. Estábamos yo y tu padre que está aquí con nosotros y lo puede atestiguar. Después de derribarlas del árbol y de quitarle las cáscaras, ya al atardecer, le dije a tu padre que se marchara con la burra al pueblo a llevar aquellas que ya estaban oreadas, y que al amanecer regresara para llevarnos el resto. Yo me quedaría guardando las demás para que nadie se las llevase, y eso que tenía siempre presente la advertencia de mi padre: <<No te quedes nunca a dormir en la viña, que en la viña por la noche nadie quita nada, pues ninguno se atreve a ir por miedo a algo que dicen que muchos han visto y que todos callan>>

         – ¿Pero qué es? Le preguntaba yo a mi padre, pero nunca soltaba prenda, hasta que en cierta ocasión y después de muchas súplicas, me dijo que en una casería hoy desaparecida cercana a la viña, se contaba que en épocas muy remotas solían traer a los reos desde la capital, sirviendo la casería como calabozo y mazmorra. También decían que a más de un preso le habían aplicado la pena máxima. Contaban, que los dueños de la citada casería aparecieron muertos una noche en circunstancias tan extrañas que nunca pudo averiguarse el origen de su muerte. Desde entonces, existe una leyenda en la que señalan que las almas de todos ellos andan vagando por esos parajes reclamando justicia. Todos estos comentarios se decían en el pueblo en voz baja, siendo las mujeres las que menos reparos tenían al hablar de ello. Las mujeres comentaban, que uno de los que murieron en la casería fue una niña. Yo no creía nunca en esas cosas hasta la noche que me quedé a dormir en la viña.

         El abuelo de Manuel seguía su relato mientras las campanas continuaban con su fúnebre y cansino sonido tocando a muerto.

         Hizo una pequeña pausa y prosiguió.

         –El caso es que llegada la noche me acosté empleando como cama una saca llena de paja que tenía en la casilla. Quise dormir dentro, pues aunque era todavía verano, ya se notaba el relente por las noches. Era una noche oscura, sin luna.  Una vez acostado pensé que aquél ruido que llegué a percibir seria el crujir de las ramas de las nogueras al mecerse por el viento, o tal vez el de las carrascas que había en las lindes, pero no,  aquellos susurros cada vez más audibles parecían como lamentos. Eran como gritos de alguien llorando. No le hice caso e intenté dormirme. Pero aquello que parecieran gemidos eran cada vez más perceptibles. Me incorporé. No podían ser las ramas de la noguera ni tampoco las de las carrascas, ya que no hacia viento que las pudieran mover. 

         El abuelo hacía pequeñas pausas como esta vez, para mirar a los reunidos comprobando su grado de interés en su relato. Todos estaban absortos, en especial su nieto. Viendo el grado de atención prestada prosiguió: 

         – ¿Qué podía ser aquello? Me preguntaba.  De pronto, por el camino de la linde vi una luz muy pobre y bamboleante, y unas sombras que iban avanzando, pues aunque no habían entrado por la vereda dentro de la viña, iban a pasar por el camino principal a pocos metros de donde me encontraba. Se iban acercando. Eran cuatro o cinco bultos. Los vi desde el agujero de la ventanilla de la cabaña. La puerta ya la había cerrado yo metiendo un palo dentro del orificio de la pared haciendo retranca.  El primero de ellos llevaba un farol en la mano, y le daba la mano a una niña de unos siete años. Todos iban con ropas que pertenecían a otra época, casi como las que visten los frailes franciscanos. La niña lloraba y entre sus sollozos pude entender algo así como: ¿Dónde está mi mamá? Yo tenía un nudo en la garganta y me quedé helado. Quería moverme pero no podía. Había algo dentro de mí que me atenazaba, que no era otra cosa que el miedo. Quería hablar pero era imposible. Ya los tenía muy cerca pero los de la extraña procesión no repararon en la cabaña, de modo que esto tranquilizó algo mi estado de ánimo demasiado sobresaltado. Entonces tragué saliva y di una voz. No sé lo que pude balbucir. Creo que dije: ¡Quien anda ahí! Pero ninguno de aquella extraña hilera de personas o lo que fuese se dio por enterado siguiendo  su camino. Ya no pude dormir en todo el resto de la noche, y allí estuve en la cabaña hasta que llegó tu padre por la mañana temprano, y menos mal que llegó. 

         El abuelo de Manuel terminó el relato y miró a los reunidos esperando una sonrisa de alguno pero no fue así, ya que al parecer estaban muy enfrascados en su leyenda. 

  –Eso fue todo lo que me pasó. Hizo una pausa y a continuación agregó dirigiéndose a su nieto: – Para que te sirva de lección, tú, cuando veas que los rayos del sol le dicen adiós a las ramas más altas de las nogueras, no te quedes en la viña y regresa al pueblo rápido.

 Dijo esto último en clara advertencia al zagal.

         Se hizo otro silencio. El padre de Manuel intervino.

         –Padre, siempre te he dicho que aquello no lo viviste, sino que lo soñaste. A veces sueña uno cosas que se confunden con la realidad.

         – ¿Sueño? Siempre me dices lo mismo. Aquello no fue un sueño, ni estaba bebido esa noche. A mí, en los años que tengo nadie me ha visto borracho.

         – ¡Vamos Manuel, a la cama, que ya es hora de acostar! – Interpeló la madre a Manuel.

         –Si, pero cuando se suba el abuelo a su habitación.

         – ¡Ves como no es bueno que el abuelo te cuente esas cosas! –Replicó la madre. 

         Nada más echarse en la cama Manuel adoptó una posición casi fetal como buscando protección dado el miedo que tenía, y trataba de dormirse así acurrucado y casi con el embozo cubriéndole la totalidad de la cabeza pensando en la historia que le había contado su abuelo, mientras que las campanas de la iglesia seguían tocando a muerto como era costumbre en Torredelcampo la noche de Todos los Santos: dang... ding dang... dang. 

         Pasaron muchos años y ahora Manuel, aquél chaval, era el dueño de la viña. A pesar del tiempo aún permanecían erguidas y vigorosas las nogueras. La cabaña de aperos se conservaba todavía en pié, aunque algunos años le ponía algunas tejas nuevas y pintaba de cal la pared de la entrada y la de un lateral. El resto era terrizo cavado en un desnivel de un terraplén en una linde. Todo lo conservaba igual que cuando vivían sus padres y su abuelo, ya desaparecidos. Lo único que había cambiado era el paisaje del entorno, proliferando cerca de la viña algunas edificaciones de recreo de gentes del pueblo y otras venidas de la capital. 

         Manuel iba a la viña muy asiduamente y venía observando últimamente como un nuevo vecino lindero había construido una vivienda a unos cientos de metros de su propiedad. Sólo había hablado con él una vez, y atribuyó por su acento que no era de la comarca. La casa la había levantado en poco tiempo pero no por eso habían reparado en gastos a juzgar por lo sólida de su construcción, además de lo grande y majestuosa, resaltando sobre todas las demás, teniendo incluso piscina y no pequeña según se observaba desde lejos. Él veía a esta familia trabajar en la casa hasta que la dejaron es de suponer completamente a su gusto, e interpretó  que pernoctaban por las noches ya que cuando él se iba al ponerse el sol, ellos quedaban allí, y cuando volvía al día siguiente el coche de los vecinos seguía estacionado en el mismo sitio. 

         Pasado un tiempo llegó un día que dejó de verlos ni tampoco el coche, y pensó que tal vez estuvieran fuera de vacaciones o por alguna otra razón, pero su zozobra fue en aumento a medida que transcurría el tiempo y no veía señal de vida de sus nuevos vecinos. Fue entonces cuando después de varios meses decidió preguntar a otro vecino que asimismo tenía un chalet cercano. Era éste un hombre culto. Según los comentarios había sido en su vida laboral profesor en una universidad, y al quedarse viudo compró una parcela y construyó una vivienda donde pasaba solo largas temporadas en aquella su pequeña finca cercana a la sierra.

         Manuel se aproximó hasta la casa donde el citado profesor hacia vida de ermitaño. Lo encontró leyendo un libro a la sombra de una parra muy tupida que había en la puerta. Manuel no había hablado nunca con él, sólo lo saludaba muchos días desde el coche por gestos levantando la mano a modo de saludo cuando se cruzaban ambos por el camino principal.

         – ¡Buenos días!

         – ¡Hola buenos días! –contestó el profesor.

         Un perro grande que estaba adormilado salió corriendo al encuentro de Manuel ladrando.

         – ¡Quieto! –Le recriminó su dueño para agregar: –Acérquese, no hace nada. Es un perro noble y bueno.

         –Mire, verá, prosiguió Manuel cuando el perro se hubo alejado. El caso es que venía a preguntar sobre si usted sabría algo de nuestros vecinos de al lado, ya que no los veo desde hace tiempo, y observo el estado lamentable de abandono de su finca.

         El profesor miró a Manuel al mismo tiempo que su rostro cambió de tener casi dibujada una sonrisa, a esbozar en su semblante un rictus de preocupación.

         – ¿Tiene usted mucha prisa? –le preguntó al mismo tiempo que señalaba una silla invitándole a sentarse.

         Manuel se sentó en la silla que le indicaba la cual estaba al otro extremo de la mesa-velador que utilizaba el profesor.

         –Bien. En primer lugar somos vecinos y no sabemos nuestros nombres. Yo me llamo Jorge ¿Y usted?

          El profesor hizo esta pregunta al mismo tiempo que extendió su mano hacia la de Manuel.

         –Yo Manuel–dijo este.

         –Bueno amigo mío. -Habló el profesor. -He de confesarle una cosa en referencia a nuestros vecinos objeto de su visita. Soy una persona que hasta hace muy poco era muy escéptico a los temas ocultos, pero después de lo que yo he visto y observado le puedo asegurar que he cambiado de opinión. No sé qué será, ni por qué se producen los extraños fenómenos que le indicaré, pero la realidad es que en este paraje pasa algo muy raro.

El profesor hizo una pausa, miró a Manuel y continuó.

–Me ha preguntado usted por los nuevos vecinos ¿verdad? Bueno pues se han ido, y me temo que ya no volverán, al menos para vivir en su nueva casa. ¿Qué por qué? Yo no tengo miedo, pero ellos sí, y por eso se han marchado. Se han marchado porque muchas noches los perros ladran a algo que ellos ven y que los seres humanos no percibimos, para después salir despavoridos buscando protección corriendo y aullando de forma lastimera. Yo he visto extrañas procesiones de sombras y luces tintineantes entre la bruma por las noches, muy parecido a lo que los gallegos llaman la Santa Compaña.  Por todo esto que yo he visto y ellos también, conseguí a través de mis contactos en Madrid para que vinieran estudiosos sobre la parapsicología, a indagar sobre estos hechos después de que los dueños me pidieran consejo. Al poco estuvieron aquí un grupo de personas experimentadas en estos temas y pasaron una noche en su casa. Recogieron spicofonias, e hicieron otros experimentos con una serie de artilugios que trajeron. El resultado fue positivo ya que las spicofonias fueron muy audibles pues en las mismas se escucharon voces y gritos aterradores. También filmaron extrañas sombras donde aparentemente no había nada, y observaron en el transcurso de la noche como las puertas se cerraban de golpe y otros objetos se ponían en movimiento desoyendo los parámetros más elementales de la física.

Los mismos investigadores posteriormente, hicieron un estudio de este paraje y determinaron que está situado en las lindes de un triángulo esotérico maldito formado por varios pueblos limítrofes al que nos encontramos, y que la casa que habían construido nuestros vecinos la habían edificado próxima a lo que fueron las ruinas de un antiguo caserío donde murieron en extrañas circunstancias toda una familia hace mucho tiempo. 

         Manuel no podía salir de su asombro. A continuación le explicó al profesor aquella historia que ya le contaba su abuelo y que coincidía en parte con los hechos narrados por el profesor. Éste quedó asimismo asombrado. Después se despidió, no sin antes demostrar su admiración hacia él, por pernoctar sobre todo por las noches, en tan lóbrego y tenebroso lugar. 

         De camino a casa, Manuel pensó en las viviendas dispersadas por todo el paraje. Posiblemente no hubiesen reparado aún en estos extraños fenómenos, y si así fuera lo mejor era callar. Callar por muchas razones ¿Cuántos habrán visto algo y callan?  Pensó. Sí, lo mejor era callar ya que estas cosas... Pero él tenía que contárselo al menos a su hija que estaba empeñada en construir una vivienda de recreo en la viña. Difícil situación. Muy difícil. 

         Pero la hija de Manuel no se amedrentó, y construyó pasado el tiempo una vivienda en la viña.

          Años más tarde...

         Una Noche de Difuntos, la hija de Manuel dormía en la vivienda que años atrás construyó en la viña. Unos golpes en la puerta la despertaron. No quiso molestar a su marido que dormía plácidamente. Miró por la ventana y se inquietó al reconocer a pesar de la negrura de la noche a su padre. ¿Qué querría dadas las horas que eran? Bajó las escaleras mientras su perro en el exterior ladraba de forma quejumbrosa. Nunca lo había oído aullar de la manera que lo hacía tan triste y lastimera.  Abrió la puerta pero no había nadie. Salió al exterior y comenzó a llamar a su padre a voces. Miró una y otra vez en todas direcciones sin resultado positivo. Sólo pudo distinguir algo alejada, una sombra entre la bruma de la noche que se unía a otras sombras, las cuales caminaban en hilera y en total silencio por el sendero del camino, ayudadas al parecer por una tintineante luz. Era sábado, e interpretó que presumiblemente fuesen algunos jóvenes de las edificaciones cercanas que regresaban disfrutando del fin de semana.  Llovía, pero a pesar de ello quiso dar la vuelta al edificio para cerciorarse sobre donde podía haberse metido su padre, pero sólo consiguió empaparse, sobre todo el pelo y la bata con la que se cubrió al tiempo de salir.

         Volvió de nueva a la cama. Su marido seguía durmiendo apaciblemente e intuyó que no había percibido nada que le hubiese hecho despertar. Al día siguiente trataría de aclarar lo sucedido, pensó. Después quedó nuevamente dormida.

          Su esposo la sacó del letargo, mientras el teléfono móvil no paraba de sonar. Con el teléfono en su mano no pudo por menos que exclamar un grito al recibir la noticia.

         Su marido angustiado le preguntó:

         – ¿Qué pasa?

         – Es... es... mi madre... dice... que mi padre ha muerto.

         La hija de Manuel  bajó de la cama rápidamente. Cogió la bata para abrigarse y comprobó que estaba mojada. Quedó perpleja unos instantes y recordó la pesadilla vivida por ella esa noche. Aquello que según recordaba le pareció un sueño, ahora dudaba que lo fuese ya que la bata que sostenía entre sus manos estaba humedecida. Pero..., no podía ser...  No podía haber sido real. Se preguntaba con la bata entre las manos.   

         Su esposo le ayudó a sacarla de dudas. Fue hacía ella para abrazarla, para a continuación exclamar:

         -¡Dios mío! ¡Pero si tienes el pelo chorreando!  

         Cuando salieron al exterior el perro estaba guarecido en su caseta emitiendo aullidos tristes y afligidos. El viento les pareció que mecía murmullos de personas no muy distantes, aunque puede que tal vez fuese el ruido que producían las grises y plateadas ramas de las nogueras al ser acunadas por el aire.    

                                     ********

 

¿Qué no saben ustedes donde está la viña de Manuel? Verán, está subiendo por el camino que va para... ¡Ése mismo que usted está pensando!   

Habrá quienes crean que esta historia es real,  en cambio otros pensarán que es producto de la imaginación de este que escribe, pero para sacarte de dudas te daré un consejo, y es que no te acerques por esos parajes después de ponerse el sol la Noche de Difuntos.

 


domingo, 30 de enero de 2011

LAS FUENTES DE NUESTRO PUEBLO



               
                                                         Antiguo Pilar de la Puerta Jaén


         Es ahora muy sencillo abrir un grifo y al instante disfrutar de un hermoso caudal de agua; lo hacemos a diario muchas veces sin llegar a valorar en ningún momento este don tan preciado puesto a nuestra disposición en nuestros hogares.
Hoy quiero recordar de cómo en nuestro pueblo la gente se las arreglaba antes de la instalación del agua corriente.
En primer lugar quiero empezar por recordar la cantadera, lugar siempre situado bajo el tiro de escaleras de cada casa donde a la frescura y al abrigo de la oscuridad reposaban los cántaros de cerámica que descansaban incrustados en cada uno de los círculos del armazón de madera de la cantarera, y no cantadera como nosotros la denominamos.
Dicen que algunos cantaores torrecampeños ensayaban sus gargantas en este recinto, y que de ahí puede que provenga esta nuestra manera de definir a este pequeño habitáculo.
Con los cántaros referidos se iba hasta la fuente más cercana a abastecerse; casi siempre este trabajo estaba destinado a la mujer, así que era muy común ver a las mujeres acarrear el agua cargando el cántaro en su cintura escondido entre sus curvas. Algunas se atrevían a llevar también un botijo o un cubo de cinc en la mano libre que no abrazaba el cántaro. Los chiquillos en cuanto podíamos lo hacíamos cargándonoslo en las espaldas sostenido por una de sus asas.
Allí, en el entorno de cada una de las fuentes mientras se esperaba turno las mujeres se ponían al corriente de todos los acontecimientos y chismes del pueblo. Era el wasap de aquella época.
En nuestro pueblo había tres fuentes con varios caños y abrevadero para las caballerías. Cito en primer lugar la fuente de La Puerta Jaén, la que por estar situada en una de las principales salidas al campo en ella abrevaban las bestias saciando su sed antes de partir al tajo y también a su regreso. Recuerdo la gran cantidad de sanguijuelas que anidaban en el pilón y de cómo los dueños de las caballerías se las quitaban abriéndoles la boca ya que se les adhería en la lengua. 
Otra fuente de renombre era la de la Fuente Nueva. En esta también existía abrevadero, como también colindante a la misma estaba el lavadero público. Pero la principal fuente por excelencia, la más popular, era  la que se le conocía por Los Caños, o la de la Esquina Redonda, ubicada donde  estaba la parada de taxis. También tenía abrevadero para el ganado. En esta fuente había que hacer largas colas para abastecerse, y ni que decir tiene si delante de ti le tocaba llenar los cántaros a alguno de los horneros, ya que estos iban siempre con un carro de tracción manual con al menos una docena de cántaros. Los alrededores de esta fuente estaban llenos de cascotes por las roturas accidentadas de muchas vasijas.
El término  fuente, era sustituido en nuestro pueblo en muchos casos por el de pilar y  daba a entender que estaban dotadas de varios caños como las tres que he descrito que eran las más importantes. A las de un solo caño se las llamaba cañillo. Uno de estos cañillos  estaba en la esquina de la calle Juanito Valderrama con la de San Francisco. Puede que hubiese alguno más como este último en otro barrio y que yo no recuerde.
Otra manera de proveerse de agua era de los pozos que había en muchas de las casas; sobre todo en las casas antiguas. Recuerdo que en muchas de ellas el pozo era compartido con los de la edificación lindante, ya que estaba situado en mitad de la pared del muro divisorio del patio entre ambas propiedades. Estos pozos en la época del verano eran los que mantenían el ponche de melocotón fresquito para la feria, como también el vino y algunas que otras frutas como la sandia y el melón.  
La instalación del agua corriente en nuestro pueblo fue una revolución. La profesión de fontanero surgió como algo nuevo y novedoso que significaba modernidad y prosperidad. Creo que este gremio reemplazó a los antiguos hojalateros. El fontanero del Ayuntamiento no daba abasto el hombre a tanta demanda queriendo todo el pueblo a la vez tener el agua en sus casas. Hubo calles como en la que yo vivía que se unieron todos los vecinos e hicieron las zanjas de instalación por su cuenta para así evitar la demora.
Alguien se preguntará cómo nos las arreglábamos para ducharnos antes de la instalación del agua corriente. Lo más común era echar mano de la regadera o de un bidón en el tejado en sitio soleado con la manguera colgando hasta el inodoro de granito de aquellos sin asiento, donde al menor descuido el jabón resbalaba y caía siempre pues eso, en el sitio que tú estás pensando. 
Dichos populares por aquél entonces como ¡Trepa el bidón! y ¡Enchufa la goma!, eran coreados a modo de saludo socarrón, por la gente joven, y menos joven, cuando se encontraban por la calle. Tiempos aquellos.  

martes, 25 de enero de 2011

VELADA LITERARIA






                                                       Muralla Ciclópea en el Cerro de Santa Ana
                                    
            Hace unos años, estando en nuestro pueblo fui invitado a una velada literaria en el Cerro.
          Esto fue lo que yo viví aquella noche de verano.

         Prado llano en la montaña mágica en la noche. Por entre los recovecos de las piedras arrugadas y desgastadas de la muralla ciclópea reposan cirios que dan luz como luciérnagas a poetas muertos. Hay fotos de ellos retorcidas en los repliegues de las rocas milenarias, como retorcidas fueron las vidas de muchos de los mismos.

         Como en un aquelarre pero sin fuego ni meigas, voces espontáneas prestan su voz a esos poetas muertos, rememorando poemas de amor, de muerte y de libertad. Sobra en la noche mágica la palabra guerra, de aquella guerra ¡Que no la nombren! Preguntar a la muralla cuantas guerras ha vivido y no os hablará de ninguna. Ni tampoco os hablará de destierros, ni de vencedores ni de vencidos. Abrir pues la muralla al corazón del amigo, al mirto y la hierbabuena, como dice el cantar.

         Prado de Santa Ana en la noche. La luna, totalmente encendida, quiere participar pintando de amarillo pálido de muerto el olivar y los pinos que se divisan a lo lejos ¿Por qué de muerto, sí los poetas están vivos? ¿No oyes sus voces? ¡Están hablando todos ellos!

         Pero antes de que los poetas hablaran han callado los grillos, al tiempo que el viento mejor acunaba que mecía, música que trasladaba a los reunidos a épocas pasadas, y les hacían redescubrir emociones ya vividas. Dulce armonía de violines, clarinetes y guitarras en la noche de luna llena, allí, en el Llano de Santa Ana, junto a la muralla ciclópea.

         Y aquél puñado de almas allí reunidas, prestaron su voz, y hablaron los poetas. Uno por uno, todos los líricos invocados fueron desfilando, y se escucharon en silencio poemas, que luego mansamente eran arrastrados por el viento cayendo en cascada por la pendiente montaña abajo como queriendo llegar antes de morir hasta el pueblo, porque pueblo fueron alguna vez.
         Cuando habló la voz prestada de García Lorca un jirón negro de una nubecilla casi anoréxica vistió de luto a la luna. 
         Prado llano, en la montaña mágica en la noche. Llano de Santa Ana.
 
Prado mortal de lunas y sangre bajo tierra. Prado de sangre vieja (Lorca)


domingo, 9 de enero de 2011

OLORES Y RECUERDOS DE AQUELLAS TIENDAS ENTRAÑABLES

                                                 Antiguo mercado de abastos en la Plaza del Llanete
                   
                                       
         En mi pasear diario por esta mi ciudad adoptiva, he reparado en la cantidad de establecimientos cerrados que la crisis ha fabricado. El cartel de: cerrado, se traspasa, liquidación por cierre, o se alquila, son el epitafio de un sinfín de sueños y esperanzas rotos.  -Arturo Pérez Reverte, decía en un artículo que eran como la lista de bajas de una guerra-
Comercios abiertos algunos recientemente y que al poco han tenido que echar el cierre dejando abierta sólo la cuenta del préstamo en el banco. Todos estuvieron abiertos poco tiempo. La gran mayoría de ellos eran de venta de productos consumibles por una sociedad habituada al estado del malgastar y que ahora su bienestar reside en muchos casos en comprar exclusivamente aquello más necesario desechando lo banal y superfluo hasta mejores tiempos.      
Entre las telarañas de mis recuerdos vienen a mí las imágenes de aquellas tiendas de antaño de nuestro pueblo.
Cito para empezar aquellas tiendas diminutas de ultramarinos cálidas y personales que te trataban por tu nombre y no como en esos modernos y descomunales hangares de ahora, de pasillos   atestados de carros y gentes donde nadie se conoce ni se saluda, los conocidos como grandes superficies.
En nuestro pueblo existían muchas de aquellas entrañables tiendas con identidad propia donde había de todo y se olía a la turbia mezcolanza de aromas de los cientos de productos que albergaban. Las fragancias de todos ellos se expandían por el reducido perímetro de aquellas recoletas tiendas e incluso llegaba su olor hasta fuera de ellas. Tiendas adornadas con chorizos colgando a la altura del mostrador hermanados por salchichones, morcillas, piñas de plátanos y bacalaos entre otros dispuestos estos últimos para ser troceados al requerimiento del cliente por la guillotina o bacaladera, la cual siempre estaba junto al cerro de papel de estraza que servia para envolver y también para echar la cuenta el tendero.
El olor de las especias como el clavo, el azafrán, el pimentón, la canela, la pimienta, el orégano o los cominos entre otros, bañaban la tienda de sabores. Y qué decir del aroma del chocolate que vendían en tabletas y también por onzas. Y de aquél otro para tomar en taza que desmenuzaba en virutas antes de echarlo a la leche o al agua y que servido con picatostes crujientes fritos con aceite del nuestro estaba de muerte.
Sí, los olores no se olvidan, es más, te retrotraen y te devuelven sin querer recuerdos y escenas de tu vida que tenias olvidadas cubierto todo de papel ya amarillento y difuso por el tiempo.
Ya no quedan tiendas de aquellas de ultramarinos que describo donde en un ala del comercio reposaban arremangados sacos con azúcar de terrón, también de habichuelas, lentejas o garbanzos, con el cucharón metálico dispuesto para llevar su contenido hasta la báscula que en casi todos los establecimientos era de la marca: Mobba. En muchas de estas tiendas existía en el mostrador un dosificador de aceite de manivela similar al de las antiguas gasolineras pero de reducido tamaño que albergaba dos émbolos en sendos cilindros de cristal. Cuando le daban a la manivela vaciaba el contenido de uno de los cilindros en la botella que siempre traía el cliente al mismo tiempo que se llenaba el otro dispuesto para el siguiente. Asimismo en las puertas de acceso de algunos de estos establecimientos reposaban reclinadas en la pared cajas de arenques, de higos secos, o también de tomates; de aquellos tomates olorosos nada como los  transgénicos de hoy huérfanos de sol de los invernaderos  con el marchamo esculpido en un laboratorio.
Estoy seguro de que estos comercios de ultramarinos entraron en decadencia cuando el papel higiénico hizo su aparición. No recuerdo que vendieran en mis tiempos en estos establecimientos ningún producto de celulosa. Los rollos de la marca El Elefante, aquellos de textura áspera y granulosa a veces con imperfecciones traslúcidas, ¡que peligro!, suplieron entonces a los recortes de periódicos que se colgaban de un gancho en los escusados y que servían para higienizar los bajos sombríos de cada cual, pintando a veces de marrón sin querer, -otras queriendo-, los rostros de personajes de la época.  
Recuerdo también algún que otro comercio de textiles con sus estanterías a rebosar de paños de infinidad de colores que de alguna manera insonorizaban el recinto. Algunos empleados demostraban una habilidad extrema en cortar aquellas telas ya que lo hacían con una precisión impecable y rectilínea. El ruido de la tela al rasgar por las tijeras era como el apretón de manos en cualquier trato de los de entonces, dando por hecho el tendero que el cliente no se podía echar atrás. Aquellas tiendas de tejidos olían al aroma cálido de ropa recién planchada. Tiendas como la de Simón, la de Manolo Damas, la de Guirao o la de Carazo, eran tiendas de renombre. Estas tiendas de tejidos desaparecieron cuando en otras empezaron a vender trajes y vestidos confeccionados.    
Recuerdo aquella otra tienda de colonias donde algunos perfumes los vendían a granel. Aquí te bañabas gratis con su aroma nada más entrar empapando la ropa que llevaras puesta con su recia fragancia. De empleado en la misma estaba Antonio Garrido, aquél hombre tan afectuoso hoy desaparecido.
Otro establecimiento muy entrañable para mí era la tienda de Tomás Albacete, me llamaba la atención lo ordenado sin ordenador que lo tenía todo entre aquella selva de cajitas de cartón con la huella impresa por su uso que contenían: clavos, puntas, alcayatas o tornillos.  Los tintes Iberia se vendían aquí también además de otros complementos para el hogar y la cocina. Quiero recordar entre las virutas de mis recuerdos el olor a trementina de aquella añorada tienda. 
 Ahora, todo lo de aquellas tiendas están en un supermercado, pero nunca estarán aquellos olores, ni el consejo del tendero: llévatelo, el de hoy es inmejorable. Esto último me recuerda al gran maestro de aquél antiguo marketing, y que ya quisieran usar para sí muchos de los técnicos de ventas de hoy. Me estoy refiriendo al que de forma cariñosa se le conoce en nuestro pueblo como: Manolo “El Bilbao”.
Sirvan estas líneas como homenaje a todos aquellos comercios y comerciantes.

sábado, 8 de enero de 2011

UN DIA EN LA VENDIMIA.

                                                               Año 1917. Vendimiadores de Arganda




Dedicado a todos aquellos sacrificados y abnegados hombres del campo de nuestro pueblo, trabajadores como el personaje que describo.

Año 1968

Recuerdo que estaba aún sin hacer la mili y más tieso que la mojama, es decir, sin un duro en el bolsillo. Era tiempo de vendimia. Creo que fue para la Virgen del Pilar cuando aproveché dos días de asueto en Correos para ir a vendimiar y ganar unas perrillas empujado también por la curiosidad de saber de este trabajo. Fue cuando conocí a Gervasio, Liborio, y Melitón que acostumbraban todos los años a venir a vendimiar desde un pueblo de Cuenca. ¡Vaya cuarteto de nombres, incluido el mío! 

Era una mañana fría de otoño, puesto que íbamos con ropa de abrigo. Fuimos al tajo subidos en el remolque de un tractor (el futuro más que presente) detrás, partieron también dos carros tirados por caballerías (el pasado).

Atrás quedó el pueblo madrileño que  parecía desde lejos despertarse bajo una casi desdibujada y difusa niebla azul sintiendo subido en aquél remolque como el relente me calaba hasta los huesos y la escarcha mañanera mojaba mi cara. Luego, cuando llegamos al tajo, el sol afortunadamente ya empezaba a  pintar de amarillo las hojas más altas de las pámpanas  de las cepas mientras que el canto de los pajarillos, resonaban en algunas alamedas próximas. 

El encargado me agregó de compañero a Gervasio, mientras que Liborio y Melitón, ya formaban pareja desde que comenzó la vendimia.

Melitón era un hombre de mediana edad, no muy alto con barba de al menos quince días. Lucía una boina capada con rodales de mugre relucientes y algún que otro agujero. El pantalón asimismo era casi del mismo perfil que la boina y puedo presumir que una vez quitado se hubiera podido mantener en vertical por la mucha suciedad acumulada. No hago mención a sus otras prendas de vestir que estaban en consonancia con el pantalón, aunque quiero destacar que calzaba unas albarcas de goma con peales por donde asomaban las uñas enlutadas de los dedos gordos de sus pies que al ras del suelo podían confundirse con el caparazón de cualquier hermoso mejillón. No exagero. Asimismo despedía una fragancia que invitaba al vómito.

Liborio en cambio era un hombre casi de la misma edad que el anterior, alto y enjuto, que en nada se parecía a Melitón, ya que su atuendo era normal y no existía en él a simple vista nada que se le pudiera reprochar. En cuanto a Gervasio era de mi misma edad. Antes de iniciar la faena Liborio ya me lo advirtió.

         -Es muy guarro, mire usted. Yo voy de pareja con él porque cualquiera no podría. Vive en nuestro pueblo con su mujer en una cueva.

         -¿En una cueva?

         -Sí señor, pero no es una cueva como la que usted se pueda imaginar. No señor. Dentro de ella se está muy bien, en el verano muy fresquito y en el invierno no se siente el frío. Tiene hasta habitaciones y por dentro es como una casa cualquiera, pero eso no quita para que no se lave. A continuación le increpó.

         -Melitón, ¿Cuándo fue la última vez que te lavaste?

         Melitón no tardó en contestar.

         -No me acuerdo... esa es la verdad. -ahora se dirigió a mí tratando con ello de cambiar de tema mientras sus compañeros reían su ocurrencia.

         -¡Tú!  ¡Hermoso! -apelativo cariñoso conquense- ¿Has estado alguna vez vendimiando?

         -No señor. Esta es la primera vez -le respondí.

         -Entonces apréndete esto -me dijo, mientras su rostro dibujaba una sonrisa -los racimos son muy tunantes y cuando presienten el filo de la navaja se esconden entre las hojas para que no lo veas. Por eso debes de llamarlos igual que yo lo hago, en voz baja y con cariño. Cada racimo que te dejes en la cepa olvidado, es como medio litro de vino que nadie se beberá y eso no está bien. No señor.  ¡Con lo rico que está!

La voz del encargado se oyó dando orden de comenzar la faena, y entonces vi como cortaba racimos aquél hombre. Encorvado él, haciendo con su cuerpo casi la misma figura que la navaja que portaba, Melitón, parecía como si efectivamente llamara como él decía a los racimos y estos le obedecieran, pues era como si sus manos tuviesen imán para atraerlos. Cortaba y cortaba racimos con una agilidad tremenda y los depositaba en el canasto con mucha delicadeza hasta tal punto que me reprimió diciéndome que dejara caer los racimos en la canasta con la suavidad que lo hacia él. Me dijo que lo hiciese como si los racimos fuesen de cristal. Pasados unos minutos ellos ya tenían llena una canasta cuando la nuestra no iba ni media. Liborio nos dijo que fuésemos nosotros los que las lleváramos al tractor, cosa que así hicimos hasta el final. 

Íbamos y veníamos llevando al remolque y a los carros unas tras otra, canastas y más canastas de uva tinta, de racimos apretados cortados de cepas argandeñas, viejas ellas, pero vigorosas, retorcidas y llenas de cicatrices que disimulaban sus añejas heridas con la tupida red de sarmientos color rojizo que las guarecían, mientras que sus hojas antes de morir por el ciclo otoñal habían cambiado de tonalidad vistiendo al paisaje de colores verdes, ocres, amarillos y púrpura como el vino que saldría de aquellas uvas. 

Así fuimos trabajando hasta que llegado el mediodía  se hizo un alto para reponer fuerzas. Entonces las botas de vino empezaron a correr de mano en mano; de manos llenas de arañazos, pegajosas por el mosto de las uvas, mientras que al mismo tiempo que se llenaba el estómago con alguna chacina y pan se trataba de ahuyentar a las moscas a manotazos. Yo, contemplaba a Melitón que comía a dos carrillos con la boca abierta mientras masticaba. Cada vez que bebía de la bota hacia un paréntesis al proceso de masticación para soltar un eructo que de inmediato Liborio no tardaba en reprimirle, lo mismo que cuando descargaba algunas de sus sonoras, repetitivas y fétidas flatulencias mientras vendimiaba.

         -Mañana lloverá. Las moscas están muy pesadas y el sol pica mucho. ¡Malditas moscas! –dijo Melitón.

         -Es mejor tener moscas que no tener algo peor a tu lado, que por respeto a que estamos comiendo no quiero añadir más -replicó Gervasio riendo.

         -Sí, es mucho mejor tener moscas -agregó Liborio.

        Yo quise ahondar en el tema y me explicaron que días atrás, antes de la comida, Melitón en un descuido aprovechó para hacer sus necesidades a un metro del rodal donde se iba a comer para tener así a las moscas entretenidas y no molestasen. Ahora me explicaba yo el por qué el resto de la cuadrilla le daba de lado a este hombre apartándose de él  comiendo todos lejos de donde lo hacíamos nosotros. 

A medida que caía la tarde el cansancio iba haciendo mella en muchos de nosotros menos en Melitón, que no daba muestra de desfallecimiento pues seguía con la cintura doblada y demostrando la misma energía cortando racimos que al principio. Sólo se erguía un poco cuando después de apurada una cepa iba a buscar otra, y  cuando a intervalos encendía un cigarrillo con un mechero de yesca de aquellos de ruedecilla dentada, entonces, se le veía envuelto casi de inmediato por volutas de humo azuladas; después, dejaba el cigarro adherido a la comisura de sus labios y esto le producía tos, pero el pitillo cuando esto sucedía seguía pegado como una lapa a él, así, hasta cuando sentía el calor de su lumbre. 

Cansados por la ardua tarea regresamos al pueblo cuando la tarde agonizaba y el sol se ocultaba en el horizonte entre nubarrones grises encendidos de un rojo intenso por el fuego del crepúsculo. Luego, al caer la noche aquellos nómadas vendimiadores venidos de provincias y pueblos cercanos se mezclaban en las tabernas con los lugareños saboreando el rico vino argandeño viéndoseles a todos alegres y parlanchines. En mi deambular nocturno me encontré con mis compañeros de vendimia y casi me arrastraron a acompañarles, siendo Melitón el centro de todas las miradas en las tabernas y tascas a las que visitamos por su aspecto andrajoso e indecoroso, pero cuando se calentó un poco por los efluvios del vino le salió a flote ese poeta que todos dicen  llevamos dentro y con el vaso  en la mano dijo:

         -El que bebe se emborracha/ el que se emborracha duerme/ el que duerme no peca/ el que no peca va al cielo/ y puesto que al cielo vamos... ¡Bebamos!

         Y acto seguido extendió su mano con el vaso hacia el nuestro, y brindamos. Yo le dije que me repitiera el brindis ya que me gustó. Y no sólo ése, sino que se atrevió con algo más:

         -Un gato subió a una parra/ y la parra abajo vino/ y vino sobre nosotros/ y sobre nosotros... ¡Vino!

          Cuando me despedí de ellos, Melitón miró al cielo y luego dirigiéndose a mi dijo.

         -¡Hermoso! Mañana no iremos a vendimiar, así que esta noche duerme a pierna suelta.   

         -¿Va a llover? -le pregunté.

         -Tú lo has dicho hijo, y eso no será bueno para la uva ya que pierde grados. ¡Qué le vamos hacer! Dios es el que manda. 

Esa sería la última vez que vi a Melitón y a sus otros dos compañeros de vendimia. Melitón, brujo labriego no se equivocó ya que de madrugada en el silencio de la noche el agua repiqueteando contra los cristales de la ventana de mi habitación me despertó y repasé en silencio todo lo acontecido aquél día de vendimia mientras intentaba dormirme nuevamente. 

Hoy también he querido recordar aquél día de vendimia, y en especial a Melitón, al que con haberlo tratado un solo día le catalogué como un hombre abnegado paciente y laborioso, y sobre todo buena persona. ¿Cuántos como él habrán existido en nuestro pueblo?  Un hombre éste que le tocó vivir una etapa llena de penurias y de miserias y que sin habérselo preguntado sé que era feliz, muy feliz, y no tenía nada, tan solo presumía de aquella vieja y desgastada navaja con el extremo en forma de hoz con la que vendimiaba. Lástima que odiara tanto lavarse. Nadie es perfecto.