lunes, 2 de septiembre de 2019

A MANUEL GALÁN SABALETE, IN MEMORIAM.



Hoy Santa Ana no ha bajado a su ermita. Hoy se ha quedado en el Cielo. Vestida de luto está, lo dice su manto negro. De luto está la ermita, de luto se  ha vestido el cerro. Hasta la campana si tañe, lo hará tocando a muerto. Una moribunda rebanada de luna en la noche,  sirve como sudario al cielo. Se masca el dolor en las calles, en las calles de mi pueblo. Ha muerto un buen hombre, ha muerto un hombre bueno. Manuel Galán se llamaba,  el que ahora golpea las puertas del Cielo. Y Santa Ana le sale al paso a este buen torrecampeño, y exclama con voz rotunda, con voz rotunda a San Pedro, las palabras que siempre emplea cuando muere un torrecampeño: Déjale pasar San Pedro, que por su acento lo he conocido, que viene de Torredelcampo y tiene favor concedido. Y la Niña que está llorando, le dice al de las llaves, al de las llaves del Cielo: Éste es el que cuidaba de nosotras, allí en la ermita, allí en el cerro. El que nos ponía la mesa con bordados manteles blancos, con mucho amor, con mucho mimo, con mucho esmero. Mesa ungida con el mejor de los perfumes, con el perfume de Dios, que no es otro que el  incienso.  

Adiós amigo Manolo, desde la distancia te mando un abrazo, como aquellos que nos dábamos cuando nos veíamos en el pueblo. No sé cuánto medirá desde donde me encuentro hasta el Cielo, pero me he encomendado a Santa Ana y sé que Ella te lo hará llegar pues siempre cumple mis ruegos.

Hoy, Santa Ana no ha bajado a su ermita. Hoy, se ha quedado en el Cielo.


Habrá otras romerías, pero aunque nadie los vea, los cetros lucirán crespones negros en recuerdo de Manuel Galán Sabalete, estoy seguro de ello.
Comparto el dolor de una familia, y comparto el dolor que hoy sufre mi pueblo.  

Y SIN QUERER LLOVER




La tierra cruje al son de mis pisadas. Es un sonido ronco y áspero que producen los pequeños terrones al peso de mi cuerpo mientras camino por el sediento olivar. Algunos de estos terrones como si fuesen de azúcar se  desgranan, otros en cambio se hunden bajo mis pies buscando acomodo en la reseca tierra.

Observo como las angustiadas olivas estiran sus brazos al cielo  suplicando para que éste derrame el agua que calme la sed de varios prolongados meses de sequía. Las ramas, otros años, doblaban sus vástagos por el peso del fruto mostrando orgullosos el verde de sus relucientes aceitunas. Este año, todas las olivas de mi pequeño olivarillo casi desnudas de frutos esconden vergonzosas a algunas raquíticas y arrugadas promesas que se sostienen a duras penas colgadas de sus tallos como los pendientes en la oreja de una leprosa. A su vez, les dan escolta a estas arrugadas aceitunas, un nutrido grupo de frutos deformes del tamaño de enanas majuletas pintadas muy tempranamente de color violáceo que caerán muy pronto al suelo repudiadas por las orgullosas olivas.

Es media mañana y las cigarras han comenzado su cántico cansino y chirriante otro día más del mes de agosto. Hace un calor de rastrojo. Un remolino de polvo casi moribundo, eleva algunas hojas secas al cielo que vuelven a caer después de su corto viaje en carrusel. No se oye como en otros tiempos el arrullar de las tórtolas, ni el canto alegre de la perdiz, sólo un tractor a lo lejos emite gemidos de hierros quejumbrosos al compás del resoplar de su motor. Las olivas pintadas de un verde sucio, pimiento en vinagre, mezclan su tonalidad  con el amarillo achicharrado y predominante de los ribazos y de algunas colinas sin roturar, mezclándose este amarillo pálido de muerto con el verde indecoroso producido por la sequía  en los olivares. Estos son los colores predominantes del paisaje.

Mientras camino por el olivar observo la profundidad de las grietas que cuartean el suelo trazando en toda su superficie un desordenado sinfín de hondas cicatrices. Veo una pequeña mata de correhuela endeble y enfermiza que nace en las paredes de una de estas grietas. Es un milagro ver como sobrevive, y de cómo una sola campanita con su color blanco  inmaculado alegra mi vista y aviva mis recuerdos. Será descendiente de aquellas correhuelas que tejían y vestían el suelo del olivar siendo niño que yo recogía para alimentar a los conejos del corral de mi casa. Ya no hay correhuela, ni grama, ni carrizos, todo ha desaparecido, hasta el enorme chopo del olivar lindero con su charquito de agua siempre bajo su tronco donde abrevaban las bestias y donde don Antero Jiménez, nuestro poeta, iba a espantar, que no a cazar tórtolas.

Ya no grazna el grajo que habitaba en lo alto del mencionado chopo, ni veo chozas de meloneros, sólo olivas con sus hojas arqueadas en forma de teja por la sed con canijas varetas en sus troncones del tamaño de los espárragos roídas la mayoría por hambrientos conejos. Al pasar por una de estas olivas, la más apreciada por mí, donde solíamos poner mi padre y yo el hato, quiero percibir su lamento suplicándome que la ayude, pero no puedo hacer nada por ella, tan solo pedirle al Cielo que llore de una vez, que derrame agua sobre su reseco tronco y sobre las grietas de su fosa. Acaricio las ramas de esta oliva y quiero fundirme con ella lo mismo que con todas en un abrazo de mortaja. Como despedida, para refrescarla, de manera alegórica, no puedo hacer más que prometerle que mojaré sus labios sedientos con la tinta de estas letras.

Ya lo dijo don Antonio Machado:

¡Viejos olivos sedientos 
bajo el claro sol del día, 
olivares polvorientos 
del campo de Andalucía! 

Mi súplica se renueva otro año más:
¡Que llueva! Pero que llueva agua virgen extra sobre los campos sedientos de nuestro pueblo, campos de Torredelcampo.


miércoles, 10 de julio de 2019

MÁSTER LABRIEGO



Llegado el mes de julio todo el mundo habla de vacaciones. La mayoría de las ciudades se vacían de gentes marchándose a otros lugares donde disfrutar del descanso y el esparcimiento merecido, así  que por lo general las gentes ponen rumbo, unos buscando el mar, otros la montaña, y  aquellos que tienen la suerte de tener pueblo, a su pueblo.

Disfruto a través de los medios viendo a los niños  jugar en la playa, correteando otras por senderos de bosques frondosos donde en cada cañada discurre un arroyo de aguas limpias, o jugueteando por callejuelas de pueblos despoblados en invierno y que ahora vuelven a tener vida.

En mi niñez, muchos niños como yo temíamos que el maestro anunciara las vacaciones estivales porque a partir de ese momento  el campo y su aula infinita se poblaba de chiquillos ayudando a nuestros padres en las penosas y duras faenas agrícolas durante los meses de julio y agosto, soportando con ello el  calor, aguantando la canícula. Y allí, en aquella chicharrera, me imaginaba con mis cortos años si sería peor o mejor el infierno, aquél infierno que nos retrataba don Federico el párroco en las clases de catecismo, adonde iríamos condenados si éramos malos y no  cumplíamos la ley de Dios.  

Recuerdo ir espigando, recogiendo las espigas que saltaban al rastrojo al ser cercenadas por la hoz de mi padre e iba introduciéndolas en las gavillas. Llevaba como parte de mi vestimenta un pantalón corto con tirantes cruzados en bandolera, ya que la puesta del  pantalón largo no correspondía hasta llegada la pubertad y yo era un niño con nueve o diez años a lo sumo, por lo que mis piernas se poblaban de arañazos producidos por los afilados cortes de las cañas del rastrojo. Asimismo recuerdo a las moscas que acudían a la sangre de los rasguños mientras que yo intentaba sin conseguirlo  zafarme de ellas a base de manotazos. 

Mi padre tenía dos tierras de cereal, una de ellas no muy lejana del pueblo en la que al caer la tarde regresábamos a nuestra casa, y otra muy distante, en la campiña, donde pernoctábamos en un cortijillo hasta terminar las faenas. La primera de ellas era un oasis ya que en una de las lindes había olivas y en los descansos y  almuerzos nos resguardábamos bajo sus sombras del tórrido sol, pero lo peor era cuando tocaba irnos a la campiña, soportando porque no había ningún árbol aquél calor del rastrojo agravado por el de los majanos cuyas piedras "asperoniles" calcinadas por miles de soles conservaban la lumbre como placas solares y servían de estufa para caldear aún más la sala  infame en ese tiempo de la campiña, además de servir también para mantener despiertos a los lagartos. El cortijillo era una caldera, pues al carecer de ventanas, dentro del reducido habitáculo hacía un calor sofocante, lo más parecido a una sauna,  y era mejor para guarecerse del sol la sombra de la pared formada por los ases de la mies segada. Para refrescarnos bebíamos agua de pozo, rica en cal y otras propiedades, entre las que destaco  la de ser muy eficaz para el tránsito intestinal; agua a la temperatura ambiente, siempre “chonga”, como la de un café templado.

Estas eran las vacaciones de muchos niños como yo en aquél tiempo. Alguien que no llegue a entender esto se preguntará si aquellos padres como el mío no sentían compasión por nosotros. El mío, aguantaba su dolor impartiéndome consejos para que me aplicara en el colegio y no llegara nunca a ser un campesino como él y como los de su gremio. Hombres aquellos como lo fue mi padre, rudos, curtidos por lluvias soles y vientos, aventadores de granos de mil amos, portadores de alforjas descosidas y vacías por las que se derramaban las promesas huecas de los  gobernantes, lamentablemente y esto era lo peor, poco valorados por la sociedad que les tocó vivir. 

Todas estas penurias me sirvieron después para forjarme  como hombre, porque aprendí a  saber valorar el precio del sacrificio. Yo, tengo nietos, y nunca quisiera que ellos, ni ningún niño, volvieran a  vivir aquello que vivimos muchos como yo, pero estoy por apostar que más de uno de estos jóvenes de hoy cambiarían de actitud, esa actitud  chulesca de botellón,   cuando esgrimen a veces  el consabido “porque yo tengo derecho”. Ese talante como digo, cambiaria  si cursaran un master labriego como uno de aquellos “Master and commander”  que me impartió mi padre en la universidad del campo.


domingo, 23 de junio de 2019

LA PLAZA DE ABASTOS DEL LLANETE.


                                                               (Foto de "Torredelcampo en el recuerdo".


Al alba, mucho antes de despuntar el día comenzaban a llegar los primeros clientes, pero a esas horas tan tempraneras los comerciantes silenciaban los pregones de sus mercancías para no molestar a los vecinos de las casas que circundaban las casetas del mercado, aunque en los bajos de estas viviendas raro era que no albergara algún establecimiento.

El pilar existente en uno de sus aledaños era testigo a esas horas del devenir de mujeres que corrían presurosas a comprar el avío para las talegas de los jornaleros que partían para los tajos. Muchas de ellas no podían disimular su gozo ya que a su marido o a su hijo encontrando jornal en la plaza donde solíamos pasear, se iba de “vará” por tiempo indefinido a un cortijo.  El hecho de no disponer de frigoríficos en las casas ayudaba a la necesaria compra de artículos muy asiduamente.

Las casetas con sus puertas-visera hacia arriba, señalaban que el establecimiento estaba abierto, además, servían como toldo protegiendo del sol a los productos y a  la clientela cuando llovía. Los niños y las niñas que se dirigían a los colegios del Caminillo muy próximo  a este mercado, se mezclaban con las gentes que se encaminaban a hacer la compra, y sus risas y gritos quedaban ahogados con las voces de los que  a esas horas, ya si,  pregonaban vociferando sus mercancías, junto con las de los hortelanos que aprovechaban para vender los productos de temporada en las aceras encima de improvisados mostradores de cajas.

Todas estas casetas cobraban más vida horas más tarde cuando los hombres habiendo marchado al campo y los chiquillos a la escuela, barrida la puerta de la calle y realizados otros deberes esenciales, entonces, era la hora punta en las que las mujeres aprovechaban para hacer la compra. La calle la Mosca, la calle Oscura, la Carretera y el Tomillar, a media mañana era un continuo desfilar de mujeres portando cestos, la mayoría de ellos de palmito, yendo y viniendo al mercado de abastos del Llanete. 

Los comerciantes se afanarían en colocar lo mejor posible sus productos en los mostradores, pero aunque todavía no estaba establecido ni nadie sabía lo que era el “visual merchandising” tratarían de colocar los géneros lo mejor posible para que entraran por los ojos a los clientes. De las balanzas de pesas en los comercios más tradicionalistas, y de las básculas, -creo recordar de la marca “Mobba”-, en aquellos otros aperturistas a la modernidad, los géneros pasaban directamente después de pesados a los cestos de las parroquianas. Nada de bolsas de plástico porque por aquél tiempo no estaba introducido algo tan novedoso años después. El papel de estraza se utilizaba para envolver algunos géneros, por ello, era muy común ver un abultado fajo de este papel en los mostradores de estos establecimientos. Los pescaderos solían emplear para envolver el pescado papel de periódico teniendo una habilidad extraordinaria algunos en la fabricación de  cucuruchos.

Fruteros, pescaderos y carniceros eran los comerciantes más habituales, pero nunca disponían de tanta variedad de géneros como ahora. Por poner un ejemplo, en las carnecerías no era frecuente pedir chuletas de lechal, de palo, de recental, de pierna o de paletilla, lo más normal era pedir carne de marrano o de borrego – perdón, no quiero ser machista ya que podía ser de marrana, de borrega, o de cabra, y estoy por apostar que camuflada por macho, era esta última la carne más consumida en aquellos tiempos- siempre hecha trozos, a “molondrucos” que así la pedirían aquellas torrecampeñas a los carniceros, las que su holgada economía les permitía no esperar a la feria para poder comer carne de corral.

Cuando los chiquillos salíamos al mediodía del colegio, ya había vuelto la calma al mercado. Tan solo se veían por el suelo pendiente de recoger por el barrendero algunos cartones y envases usados además de algún tronco de piña de plátanos muy codiciada por los de mi edad para utilizarla como cachiporra.   

A mí me gustaba de pequeño acompañar a mi madre o a mi abuelo a este mercado. El comerme un “tallo” enroscado en un junco y asomarme a la boca de la “Tragona” eran para mí algunos de los muchos alicientes de este mercado de abastos desaparecido hace muchos años. Lo que menos me gustaba de esta recoleta plaza es que servía como  lugar de despedida a los difuntos en los entierros, y en donde en un ala de la misma se acostumbraba a dar el pésame a los dolientes.  

Yo, hoy, al cabo de los muchos años, me despido del mercado del Llanete habiendo trasladado mi corazón hasta este lugar con mis recuerdos, y le digo adiós para siempre con un sentimiento muy distinto a cuando despedía a mis difuntos, porque no es lo mismo la añoranza que el desconsuelo, como no es igual finado que finiquitado. Finiquitado fue en su día el mercado que acabo de describir, el  Mercado de Abastos del Llanete.  

    

sábado, 4 de mayo de 2019

LA FLOR, LA ABEJA, Y EL JILGUERO (Fábula)


LA FLOR, LA ABEJA Y EL JILGUERO. (Fábula)
(Si traes algo al monte, llévatelo a tu regreso. El monte no admite regalos. Protege y venera el legado de tus antepasados.)

Amanece en la sierra. Detrás de las siluetas del cerro los Morteros y Reguchillo, un por ahora incipiente anaranjado  resplandor, anuncia la llegada del nuevo día  y va escondiendo  las sombras en el cerro Miguelico, sombras  que huyen despavoridas, medrosas estas por unas palmas de nublos aborregados que el pintor del alba va encendiendo en el cielo con la lumbre del amanecer.  

El silencio que envolvía el monte sólo alterado durante  la noche  por el susurro de los pinos al mecerse ante las caricias de alguna ráfaga de aire, y por el graznido a veces de alguna rapaz  nocturna, ahora, cuando los grillos ya se han acostado, el monte vuelve a la vida.  El canto y el piar de las aves anuncian un nuevo día y con sus trinos, el monte Miguelico tamizado de flores abrileñas hace que estas se desperecen.

En una de las laderas del monte, entre los surcos  formados por un duro barrizal, una flor cónica de un azul intenso intenta sobrevivir expandiendo su agradable aroma. Una abeja con su característico  runruneo se acerca a ella para succionar su néctar. Un jilguero de cara roja y antifaz negro se mece en un cardo a escasos metros entonando su agradable repertorio con sus afilados trinos.

-¡Hola flor! – saludó el jilguero.
-Buenos días jilguero. Gracias por tu canto tempranero. En botánica me llaman Muscari racemosum, pero aquí, muchos, sobre todo las personas mayores, me conocen por Serenico.
-A mí, se me conoce por jilguero, pero los habitantes de este lugar me llaman Colorin.
-¡Que cosquillas me haces abeja! ¿Cómo te llaman a ti? –preguntó el Serenico mientras la abeja succionaba el dulce de su néctar.
-Desde siempre me llaman abeja, pero pronto se olvidarán de nosotras porque cada vez somos menos. Los plaguicidas, la contaminación y los adelantos tecnológicos del hombre nos están diezmando. A veces perdemos el norte y morimos porque no sabemos regresar a nuestras colmenas.
-¡Qué quieres que te diga! Mira donde me encuentro yo, entre los surcos producidos por esas máquinas infernales que los humanos llaman motos. –exclamó el Serenico mientras observaba como una hormiga llevando una abultada carga  intentaba subir con ella por las escarpadas y lisas paredes de las rodadas.  
-Si hubieses nacido cerca de aquí, en el Monumento Natural de la Bañizuela,  tu vida no peligraría. Es un bosque protegido por los humanos para que no entren los humanos. Sólo lo hacen en visitas guiadas. –señaló el Colorin.
-Los humanos son unos depredadores. Hace poco celebraron aquí la Fiesta de la Primavera y dejaron todo sembrado de plásticos, envases, y toda clase de desechos, teniendo lugares ubicados para haberlos depositado. Además, últimamente  se están cometiendo actos de vandalismo en el monte y no sé qué es lo que ganarán con ello. Es difícil de entenderlos. –apostilló la abeja.
- ¡Qué pena, y qué condena la mía! Vosotros podéis volar y vais de un sitio para otro, mientras que yo como otras plantas vecinas estamos aferradas a la tierra que es nuestro sustento. Nacimos en el monte, libres,  pero estamos sucumbiendo  por culpa de los hombres que se salen de las leyes que ellos dictan. Es de suponer que tendrán veredas y caminos establecidos para circular con sus motos, y sin embargo…cualquier día moriré y morirán conmigo los bulbos de mi descendencia aplastados por las ruedas de tan  ruidosas máquinas que campean a su libre albedrio. -intervino el Serenico acongojado.
-Yo sé que tienen normas constituidas para vigilar y resguardar la legalidad, pero tal y como son los humanos haría falta un gendarme para cada uno de ellos. Creo que todo es  por falta de educación y de disciplina. Deberían de copiar de nosotras las  abejas. Bueno, ya me voy. Gracias Serenico por tu néctar, y gracias a ti por tu agradable concierto, amigo Colorin. Adiós.
La abeja se marchó rauda a llevar el néctar a su colmena mientras que el jilguero entonó otra partitura. Su colorido plumaje se veía ahora acrecentado con los destellos de  los primeros rayos de sol que bañaban ya al cerro Miguelico. Cuando Colorín paró de cantar, dijo:
-Será muy difícil concienciar a los humanos,  aunque he visto a niños que junto con sus profesores han venido al monte a limpiar todo lo que los mayores contaminan, y de cómo les enseñan a estos niños a amar a la herida Naturaleza. Es este el mejor modo de concienciar a las futuras generaciones.  La educación de los padres y su ejemplo será determinante. Tal vez el monte dentro de muchos años vuelva a ser como aquél que nos contaron nuestros abuelos...
Un ruido muy conocido por  Serenico interrumpió su conversación y el piar de algunos pajarillos que huyeron despavoridos.
-Rum,rum, rum.
-Ya están aquí. Tal vez hoy sea mi último día. –exclamó Serenico todo angustiado.
-No temas, la piedra que está cerca de ti te protege. Yo me voy a mi oasis de la Bañizuela. Adiós Serenico, que tengas mucha suerte. Todos la necesitamos.
El ruido de una motocicleta inundó el llano de Santa Ana. Esta vez su conductor se apeó cerca de la ermita y se dirigió hacia ella. Una de sus  plegarias a Santa Ana seria por la de un mundo más justo, más humano, más civilizado, y  más amante del planeta Tierra que habitamos.
Si el motero no imploró por ello a nuestra Patrona, lo hago yo, -este que escribe- en nombre de Serenico, Colorin y la abeja, seres vivos de los que debemos tomar ejemplo y proteger.
Y ya sabes: Si traes algo al monte, llévatelo a tu regreso. El monte no admite regalos. Protege y venera el legado de tus antepasados.
Con el deseo de una ¡FELIZ ROMERIA!, me despido hoy de ti y de todas las buenas gentes de mi pueblo. Sed felices.




domingo, 7 de abril de 2019

PASEANDO POR MI PUEBLO

                                                                                                   Foto de: Amigos de Torredelcampo. 



La mañana es agradable. Un vientecillo del Sur arrastra el perfume  de nuestra sierra que se ve difusa envuelta en una gasa blanca mientras que la cúspide de Jabalcuz se despereza con los primeros rayos de sol.

Salgo de casa y camino con dirección al centro del pueblo. Un grupo de mujeres andarinas marchan presurosas camino de la Vía Verde manteniendo una animada conversación entre ellas. Corresponden a mi saludo y eso interrumpe momentáneamente su diálogo.

Observo que las moreras de la carretera, sus botonaduras preñadas con las primeras hojas primaverales están eclosionando y esto me hace recordar cuando siendo niño debía de estar atento a aquella caja de cartón que guardaba en la cámara, pues  los diminutos huevos de las crisálidas adheridos a las paredes del cartón estarían a punto de convertirse en gusanos de seda. Las hojas de estas moreras  y otras muchas más que jalonaban la carretera eran su sustento y donde nos proveíamos los chiquillos.

Los estudiantes en pequeños grupos se dirigen al instituto. Sus risas harán despertar a algún perezoso que aún sigue arropado entre las sábanas. Es viernes y algunos de estos jóvenes marchan haciendo planes de divertimento para el  fin de semana.  

Cerca del Centro de Salud dos mujeres se saludan al más puro estilo torrecampeño: <<!Mira María!>> <<¿Onde vas tan trempano!>> <<Ahí voy>> , le contesta la otra sin dar más explicaciones. Naturalmente, la interrogada iría allí.

Las campanas de la iglesia repican con su canto alegre llamando a misa al tiempo que una bandada de palomas vuelan desconcertadas dibujando con su confusión extrañas filigranas en el aire. Dos esquelas mortuorias adheridas a un lado y otro de la puerta de la iglesia anuncian que hoy, por dos veces, las mismas campanas, desgranarán su fúnebre, triste, y agónico sonido por los finados. La muerte no para mientras la vida continúa.

La plaza a estas horas está desierta. En otros tiempos los barrenderos se afanaban quitando con escobones las cáscaras de pipas entre los surcos de sus baldosas cuadriculadas, después de la concentración de jóvenes que a diario solíamos cada tarde ir a pasear.

El surtidor de los Jardinillos que le  canta durante toda la noche al maestro don Juan Valderrama, ahora, durante el día, su música se mezclará con la de las charlas de los tertulianos que acostumbran a reunirse para ponerse al día de las novedades habidas en el pueblo.

Huele a café y a churros, a tallos, que todavía acostumbramos a decir muchos. Leo el periódico mientras disfruto del primero de la mañana. El mercado de abastos expande su penetrante mescolanza de olores bañando todo su perímetro mientras que los de los cupones reparten la suerte otro día más.  Veo a funcionarios del Ayuntamiento dirigiéndose a su quehacer diario. La Esquina Redonda siempre ha sido el punto más neurálgico del pueblo. Ni que decir cuando el establecimiento para herrar las caballerías estaba a pocos metros de lo que hoy es la Cantina.

Niños y niñas acompañados por madres o abuelos se dirigen camino del colegio. Me acuerdo cuando en mis tiempos íbamos solos a la escuela a pesar del miedo que nos metían los mayores sobre el Capaor. Todo cambia, hasta los personajes de fantasía ya no son los mismos. Veo maquinaria y obras en la calle donde yo jugaba cuando era niño. La van a dejar guapa, me dicen, pero pienso que ya no podré jugar a las bolas en sus regueras ni tampoco al marro hincando aquél palo en el blando barro. Todo fluye, todo cambia, todo se transforma, nada permanece, dijo el filósofo griego Heráclito. Llevaba razón, y yo a mis años presumiendo de ser niño sin darme cuenta que me he transformado en un septuagenario. 
     
Después de comprar una barra de pan me dirijo a mi casa. El primer paseo ya lo he dado, y realizado el primer “mandao”. Luego habrá otros paseos donde volveré a observar el acontecer de un pueblo vivo y dinámico como el nuestro. ¡Cuánto disfruto estando en mi pueblo!


viernes, 15 de marzo de 2019

HABAS




Me gusta contemplar esos pequeños huertecillos  la mayoría atendidos por personas jubiladas  que disfrutan cultivando y cuidando toda variedad de hortalizas, predominando en este tiempo de marzo una planta  muy veterana en nuestro pueblo, me  voy a referir a las habas.

Esta leguminosa que ahora se cultiva  para el consumo y disfrute familiar  en pequeñas parcelas,  hubo un tiempo que se sembraba en grandes superficies rotando con los cereales. Se llegaba a recolectar no cuando las vainas estaban verdes como ahora, sino que se cosechaban cuando el grano estaba duro y la mata ofrecía el color  marchito, lánguido, y decaído porque su ciclo vital había terminado.

Las habas se sembraban con las primeras aguas otoñales. Se iban esparciendo de una en una en el surco del arado, surco que era soterrado con el siguiente y así  la semilla quedaba sepultada y presta para emerger a la superficie en pocos días siempre que la tierra tuviese el grado de humedad idóneo. Algunos agricultores para facilitar a la planta su germinación mantenían a la semilla al remojo uno o dos días antes de sembrarla, pero si llovía al poco de sembrarse, era lo mejor, ya que esto facilitaba mucho más el desarrollo de su gestación.

Después de resistir las frías heladas del invierno por lo que el frio extremo les hacía a las matas inclinar el tallo hasta besar el suelo, era pues con los rayos de sol de febrero el tiempo propicio para escardarlas y limpiarlas de malas hierbas. Al poco, por sus hermafroditas flores pululaban las abejas, lo que garantizaba que la primavera estaba próxima y que más tarde, de entre sus cañas y hojas surtirían un sinfín de vainas guareciendo en su algodonado interior tiernas y sabrosas habas verdes.

Algunas veces durante el periodo de floración esta planta era atacada por la enfermedad llamada jopo, tornándose el verde intenso de sus hojas en amarillo lánguido,  creciendo a su alrededor unos tallos muy vistosos de colores a los que los chiquillos llamábamos “varicas de San José”. Cuando esto sucedía lo mejor era arar la plantación  dando la cosecha por perdida.

Las habas en nuestro pueblo han sido siempre un plato muy recurrente que supo calmar la inquietud y el desasosiego de muchos estómagos torrecampeños en la posguerra. Las habas fritas con el primer jamón de la paletilla “pardilla” del marrano que fue sacrificado meses atrás, que por lo general se dejaba colgado al aire en la cámara, era, y sigue siendo un plato por excelencia. La sopa de ajo con habas, y hasta la tortilla de habas, eran platos repetitivos durante la temporada de  degustación de esta verdura. Recuerdo a mi abuela que hacía con las habas ya granadas, casi con el “cascarabito” negro, una comida con salsa amarilla que le llamaban “sobreusa”, muy rica por cierto. Las habas ya duras y granadas se servían también en potaje, adquiriendo el guiso un color parduzco. Sobre este color recuerdo a los hombres del campo que decían cuando se fraguaba alguna tormenta que las más peligrosas no eran las de color negro sino las del color del potaje de habas.

Bueno, ya he hablado hoy de las habas. Esta noche formarán parte de mi cena, así que le he dicho a mi mujer que no cocine nada, ya que cenaré, panaseite con un “puñao” de tiernas “jerugas”, unas “aseitunillas machacás”, y un tomatillo. A esto le añadiré unas virutas de jamón de ese que después de tocarlo te tienes que limpiar la grasa. ¡Hmmmm! Comida tradicional de mi pueblo, comida mediterránea.
¡Ustedes gustan!