domingo, 7 de abril de 2019

PASEANDO POR MI PUEBLO

                                                                                                   Foto de: Amigos de Torredelcampo. 



La mañana es agradable. Un vientecillo del Sur arrastra el perfume  de nuestra sierra que se ve difusa envuelta en una gasa blanca mientras que la cúspide de Jabalcuz se despereza con los primeros rayos de sol.

Salgo de casa y camino con dirección al centro del pueblo. Un grupo de mujeres andarinas marchan presurosas camino de la Vía Verde manteniendo una animada conversación entre ellas. Corresponden a mi saludo y eso interrumpe momentáneamente su diálogo.

Observo que las moreras de la carretera, sus botonaduras preñadas con las primeras hojas primaverales están eclosionando y esto me hace recordar cuando siendo niño debía de estar atento a aquella caja de cartón que guardaba en la cámara, pues  los diminutos huevos de las crisálidas adheridos a las paredes del cartón estarían a punto de convertirse en gusanos de seda. Las hojas de estas moreras  y otras muchas más que jalonaban la carretera eran su sustento y donde nos proveíamos los chiquillos.

Los estudiantes en pequeños grupos se dirigen al instituto. Sus risas harán despertar a algún perezoso que aún sigue arropado entre las sábanas. Es viernes y algunos de estos jóvenes marchan haciendo planes de divertimento para el  fin de semana.  

Cerca del Centro de Salud dos mujeres se saludan al más puro estilo torrecampeño: <<!Mira María!>> <<¿Onde vas tan trempano!>> <<Ahí voy>> , le contesta la otra sin dar más explicaciones. Naturalmente, la interrogada iría allí.

Las campanas de la iglesia repican con su canto alegre llamando a misa al tiempo que una bandada de palomas vuelan desconcertadas dibujando con su confusión extrañas filigranas en el aire. Dos esquelas mortuorias adheridas a un lado y otro de la puerta de la iglesia anuncian que hoy, por dos veces, las mismas campanas, desgranarán su fúnebre, triste, y agónico sonido por los finados. La muerte no para mientras la vida continúa.

La plaza a estas horas está desierta. En otros tiempos los barrenderos se afanaban quitando con escobones las cáscaras de pipas entre los surcos de sus baldosas cuadriculadas, después de la concentración de jóvenes que a diario solíamos cada tarde ir a pasear.

El surtidor de los Jardinillos que le  canta durante toda la noche al maestro don Juan Valderrama, ahora, durante el día, su música se mezclará con la de las charlas de los tertulianos que acostumbran a reunirse para ponerse al día de las novedades habidas en el pueblo.

Huele a café y a churros, a tallos, que todavía acostumbramos a decir muchos. Leo el periódico mientras disfruto del primero de la mañana. El mercado de abastos expande su penetrante mescolanza de olores bañando todo su perímetro mientras que los de los cupones reparten la suerte otro día más.  Veo a funcionarios del Ayuntamiento dirigiéndose a su quehacer diario. La Esquina Redonda siempre ha sido el punto más neurálgico del pueblo. Ni que decir cuando el establecimiento para herrar las caballerías estaba a pocos metros de lo que hoy es la Cantina.

Niños y niñas acompañados por madres o abuelos se dirigen camino del colegio. Me acuerdo cuando en mis tiempos íbamos solos a la escuela a pesar del miedo que nos metían los mayores sobre el Capaor. Todo cambia, hasta los personajes de fantasía ya no son los mismos. Veo maquinaria y obras en la calle donde yo jugaba cuando era niño. La van a dejar guapa, me dicen, pero pienso que ya no podré jugar a las bolas en sus regueras ni tampoco al marro hincando aquél palo en el blando barro. Todo fluye, todo cambia, todo se transforma, nada permanece, dijo el filósofo griego Heráclito. Llevaba razón, y yo a mis años presumiendo de ser niño sin darme cuenta que me he transformado en un septuagenario. 
     
Después de comprar una barra de pan me dirijo a mi casa. El primer paseo ya lo he dado, y realizado el primer “mandao”. Luego habrá otros paseos donde volveré a observar el acontecer de un pueblo vivo y dinámico como el nuestro. ¡Cuánto disfruto estando en mi pueblo!


viernes, 15 de marzo de 2019

HABAS




Me gusta contemplar esos pequeños huertecillos  la mayoría atendidos por personas jubiladas  que disfrutan cultivando y cuidando toda variedad de hortalizas, predominando en este tiempo de marzo una planta  muy veterana en nuestro pueblo, me  voy a referir a las habas.

Esta leguminosa que ahora se cultiva  para el consumo y disfrute familiar  en pequeñas parcelas,  hubo un tiempo que se sembraba en grandes superficies rotando con los cereales. Se llegaba a recolectar no cuando las vainas estaban verdes como ahora, sino que se cosechaban cuando el grano estaba duro y la mata ofrecía el color  marchito, lánguido, y decaído porque su ciclo vital había terminado.

Las habas se sembraban con las primeras aguas otoñales. Se iban esparciendo de una en una en el surco del arado, surco que era soterrado con el siguiente y así  la semilla quedaba sepultada y presta para emerger a la superficie en pocos días siempre que la tierra tuviese el grado de humedad idóneo. Algunos agricultores para facilitar a la planta su germinación mantenían a la semilla al remojo uno o dos días antes de sembrarla, pero si llovía al poco de sembrarse, era lo mejor, ya que esto facilitaba mucho más el desarrollo de su gestación.

Después de resistir las frías heladas del invierno por lo que el frio extremo les hacía a las matas inclinar el tallo hasta besar el suelo, era pues con los rayos de sol de febrero el tiempo propicio para escardarlas y limpiarlas de malas hierbas. Al poco, por sus hermafroditas flores pululaban las abejas, lo que garantizaba que la primavera estaba próxima y que más tarde, de entre sus cañas y hojas surtirían un sinfín de vainas guareciendo en su algodonado interior tiernas y sabrosas habas verdes.

Algunas veces durante el periodo de floración esta planta era atacada por la enfermedad llamada jopo, tornándose el verde intenso de sus hojas en amarillo lánguido,  creciendo a su alrededor unos tallos muy vistosos de colores a los que los chiquillos llamábamos “varicas de San José”. Cuando esto sucedía lo mejor era arar la plantación  dando la cosecha por perdida.

Las habas en nuestro pueblo han sido siempre un plato muy recurrente que supo calmar la inquietud y el desasosiego de muchos estómagos torrecampeños en la posguerra. Las habas fritas con el primer jamón de la paletilla “pardilla” del marrano que fue sacrificado meses atrás, que por lo general se dejaba colgado al aire en la cámara, era, y sigue siendo un plato por excelencia. La sopa de ajo con habas, y hasta la tortilla de habas, eran platos repetitivos durante la temporada de  degustación de esta verdura. Recuerdo a mi abuela que hacía con las habas ya granadas, casi con el “cascarabito” negro, una comida con salsa amarilla que le llamaban “sobreusa”, muy rica por cierto. Las habas ya duras y granadas se servían también en potaje, adquiriendo el guiso un color parduzco. Sobre este color recuerdo a los hombres del campo que decían cuando se fraguaba alguna tormenta que las más peligrosas no eran las de color negro sino las del color del potaje de habas.

Bueno, ya he hablado hoy de las habas. Esta noche formarán parte de mi cena, así que le he dicho a mi mujer que no cocine nada, ya que cenaré, panaseite con un “puñao” de tiernas “jerugas”, unas “aseitunillas machacás”, y un tomatillo. A esto le añadiré unas virutas de jamón de ese que después de tocarlo te tienes que limpiar la grasa. ¡Hmmmm! Comida tradicional de mi pueblo, comida mediterránea.
¡Ustedes gustan!








miércoles, 27 de febrero de 2019

LA CAMPIÑA




Decir la palabra campiña en Torredelcampo es dejar volar la mente hacia ese amplio paraje de nuestro término que abarca desde la Sierresuela hasta más allá del Pintao, después de pasar por el Berrueco, Pajarejos, Grajales y otras muchas más zonas, en las que hace más de cincuenta años, en este tiempo de marzo, el color predominante era el verde de las siembras; verde salpicado por el detonante de  los barbechos, que  podían cambiar de tonalidad dependiendo del color del terreno, reinando los marrones y grises salpicados a veces por jirones de “magra”sanguíneos, proyectándose  todos estos tonos con el estallido verde preponderante y rutilante de las siembras.

Campiña verde por marzo, olas de trigos se estrellan contra barbechos y majanos. Sobre la sábana verde hay pinceladas de blanco, son camisas jornaleras de “lienzo moreno” sudado, con bordados de más de un “siete” por mil jornales ganados.

La “labra”, así era como se conocía el trabajo de la escarda de los trigos, cebadas y alpistes que acaparaban los sembrados de la campiña. La herramienta que se empleaba era el almocafre o “almocafe” como se le llama en nuestro pueblo. Este trabajo de “labrar” lo he realizado yo muchas veces. Lo primordial era conocer a las “avenas locas”  (planta parásita que ahogaba las siembras) que se confundían con las matas de cebada y de trigo. <<Las de los pelillos son las avenas>> nos decían los maestros sabios del campo a los niños aprendices mientras ejercíamos este trabajo.
Encorvadas las cinturas de la siembra íbamos quitando, avenas, granillo oveja, nerdos, amapoles y jamargos. Al trigo les hacíamos cosquillas mientras lo íbamos arropando que para julio debería de parir, espigas con mucho grano.

<<Niño, ve al cortijo a mirar el potaje. Échale agua si ya ha hecho la “seca”>>. Y dejando el almocafe me encaminaba hasta el no muy distante cortijo o cortijillo. Arropaba el puchero con estiércol seco que apelmazaba, vertía agua en el él, y dejaba que lentamente continuara el proceso de cocción de las habichuelas o garbanzos. 
Hasta que el sol se escondía bañando de colores cálidos el paisaje y los primeros cánticos de los mochuelos inundaban los valles y cañadas, no se dejaba de trabajar. Después, a la luz de un candil, antes, durante y después de degustar el potaje, siempre me deleitaba con las sabias conversaciones de aquellos hombres mayores que en muchos casos maldecían  porque otra generación de jóvenes como yo íbamos a tener la misma suerte que ellos. Abrigados en el pajar y con el dulce runruneo que producían las bestias comiendo en los pesebres no se tardaba en caer  en los brazos de Morfeo.

Cincuenta y ocho trigos han pasado, y aún sigo recordando a aquellos torrecampeños que con almocafe en mano, iban labrando la tierra, tierra que era del amo, en aquella campiña verde, verde por el mes de marzo."


miércoles, 6 de febrero de 2019

FIELATO O ARBITRIOS.




Si preguntara  a cualquier persona de nuestro pueblo  de menos de cincuenta años sobre si conoce la palabra fielato, o si le contaron sus padres o abuelos donde estaba ubicado  en Torredelcampo, estoy por apostar que nadie daría detalles de ello. Tal vez, si a estos les digo que el fielato era conocido en nuestro pueblo por arbitrios, entonces, es posible que alguno/a, diría que algo le contó su padre o su abuelo sobre esto.

La palabra fielato, la R.A.E. lo define como: Oficina a la entrada de las poblaciones donde se pagaban los derechos de consumo.
Estos impuestos llamados arbitrios eran una tasa que había que pagar por la entrada en el pueblo de todos y cada uno de los productos destinados al consumo. En definitiva,  el fielato era una especie de aduana donde había que declarar las mercancías alimenticias que entraban en las poblaciones y a tenor del producto y de la cantidad pagar un arancel por ello.

La oficina de arbitrios en nuestro pueblo estaba ubicada en un ala colindante de lo que hoy es Centro Cultural y antes  Centro Obrero, el cual fue utilizado   durante muchos años como silo del Servicio Nacional de Trigo.

Los arbitrios eran odiados por todos y cada uno de los vecinos del pueblo, por ello la gente utilizaba su ingenio buscando subterfugios con el fin de no tener que pagar esta tasa. La más común de todas las argucias empleadas era la de entrar las mercancías a horas intempestivas. Los melones cuando se cosechaban, por poner un ejemplo, eran acarreados a primeras horas de la noche, o al alba, aunque a veces en los “portillos”  como era el nombre que se le daba a las entradas a nuestro pueblo por los caminos rurales, se solían apostar los guardas del campo que ejercían como la UCO hoy. 

Aquella oficina siniestra de arbitrios de reducidas dimensiones, esa especie de casetilla, dejó de existir después de varias décadas para dar paso al poco tiempo a otros impuestos que, en vez de ser locales pasaron a estatales, y así nació el IRPF, el IVA, y  la Declaración sobre la Renta entre otros  gravámenes, que desde que enciendes la luz de la mesita de noche cuando te levantas, ya empiezas a pagar.

Si aquellos arbitrios eran eludibles utilizando el ingenio, hoy, los poderosos se agarran al asidero de la ingeniería financiera para no pagar o tributar menos. Los hay que canalizan sus ingentes y cuantiosos ingresos a través de empresas patrimoniales, otros, tributando en el extranjero, otros haciendo trabajos sin IVA, y paro de contar,  y mientras tanto  los muchos como tú y como yo,  no podemos esconder ni una carga de melones como aquellos desgraciados de antaño.

Hoy me he impuesto hablar de impuestos pero créeme que no lo he hecho forzado ni obligado, porque  juro  que nadie me lo ha impuesto, pero ahora después de escribirlo ando receloso porque este artículo que estás leyendo pienso que pudiera llevar IVA, arbitrio u otro impuesto.
No me fio ni un pelo.


miércoles, 2 de enero de 2019

DEPURAR LA AGENDA



Limpio los cristales empañados de uno de mis ventanales; son las diez de la mañana del día uno de enero y solo veo a través de ellos a un señor de avanzada edad que como un espectro deambula por la calle acompañado en su andar por un silencio de cementerio. El ruido de los malditos petardos se han apagado y el del ladrar ahogado de cientos de perros asustados por los estallidos de los explosivos. El silencio prevalece después de tan ruidosa batalla de la que siempre pierde el año que se queda atrás. El año que viene, el derrotado será el recién inaugurado, aunque realmente los perdedores somos nosotros que coleccionamos años gastados. Impera en la mañana la rutina otro año más y no tengo mejor forma de distraer la monotonía y salir de mi aburrimiento que la de leer.

Al poco dejo de hacerlo. Me acuerdo que debo de poner en orden mi agenda de teléfono. Todos los años lo hago Ya se sabe, debo de actualizarla eliminando  a quienes no merezcan seguir en ella para ir dando paso a nuevos contactos, a nuevas amistades, unas imperecederas y otras que durarán lo que dure la gestión por la que le di de alta y que muchas se me olvidaron depurar.
Entro en contactos y empieza la masacre. ¡Coño! Me digo ¿Qué hace este aquí? Este fue aquél que vino a casa a arreglar la calefacción, me sacó el dinero y tuve que llamar a otro a los dos días, pues nada,… a tomar…el fresco, y le doy al eliminar. ¡Anda, otro que tal baila! Este me llamó un día, le solucioné su problema y ahora cuando me ve, para evitar el saludo se hace el “longui”, así que sin dudarlo le doy a la tecla de liquidar. Sigo.  ¡Arrea, pero si está aquí aquella que…!   ¿Cómo tenía yo aún a esta en mi agenda? ¡A la m, pues no es merecedora de mi amistad! Continuo… ¡Hombre, mi buen amigo…! A este le pongo la letra <<a>> delante de su nombre para que figure al principio de la agenda, pues aunque no nos llamamos mucho, pero ambos sabemos que estamos ahí  para prestarnos nuestro apoyo ante cualquier adversidad, y como  este amigo, otros muchos. Dejo vivos los teléfonos de aquellos médicos que tengo necesidad de acudir en visitas periódicas propias de la edad, como también el de la funeraria, que aunque no le llame yo el día que deba solicitar sus servicios para mí, sé que lo harán otros, porque  algún día moriré, pero mientras tanto otros días no. Ya lo dijo alguien.

Al final he depurado mi agenda, pero  me llena de satisfacción que comparativamente con la del año pasado cuando la saneé, ha aumentado el número de amigos. Amigos entre los que estoy seguro tú te encuentras.
Sed felices.    

VISITA PARA RECORDAR



(Foto de 1937 del Puente de Arganda.  Ernest Hemingway con soldados republicanos)

A veces los días son copia unos de otros, la rutina forma parte de mi vida y no consigo romperla salvo en ocasiones muy excepcionales. El jueves pasado fue una de ellas.
En diciembre, cuando el arco del recorrido del sol es más corto  que el de la meada de un prostático, en una tarde que invitaba al paseo, vino a verme mi paisano Amador Real afincado también por estos pagos madrileños. Distantes toda la vida  uno del otro pero a tan solo  cuatro minutos de avión. Yo, desde que se abre el tren de aterrizaje sobre mi tejado,  y él  muy cerca de donde arañan y chirrían las ruedas en la pista de aterrizaje.  Así hemos estado la mayor parte de nuestra vida, tan cerca pero tan lejos, inmersos uno y otro en la vorágine del trabajo, en el cúmulo de proyectos que de joven te haces, de ilusiones cumplidas y otras menoscabadas, entre el batallar con los hijos, relamiéndonos en tanto tiempo algunas que otras llagas de desengaños, y ahora, queriendo distraer el peso de nuestras edades con ráfagas de vida contemplativa, nos vimos en Arganda en una tarde de invierno bañada de un sol amarillo y débil, casi enfermizo, propio de los postreros días de este año que se nos acaba.

Amador, al que aún le dura la resaca de mi libro, quiso conocer el escenario donde he recreado la historia de  “Cuando la guerra acabe”. Puntuales a nuestra cita, después de los saludos nos encaminamos en su  vehículo al Puente de Arganda donde el viejo mastodonte de hierro sigue estando ahí impertérrito sirviendo solo de contemplación, sostenido por sólidos muros anclados en sus remansadas aguas por donde navegaban bandadas de patos dejando cortas estelas en el agua; muros que cuentan fueron labrados por artesanos picapedreros salmantinos. Puente con historia, regadas sus aguas con sangre en esa cruenta guerra reciente que me avergüenza nombrarla. Enclave por donde pasó el oro del Banco de España rumbo a Rusia, y parte de la pinacoteca del Museo del Prado a Valencia. Puente donde Ernest Hemingway en su visita en plena contienda, dicen, se inspiró para escribir: “Por quién doblan las campanas”. 
La visita a un museo en un pueblo cercano con reliquias de esta confrontación entre españoles resultó baldía y solo sirvió para poner yo a prueba mi memoria de algunas visitas efectuadas a ese lugar hace casi tres décadas.

Moría la tarde. Al sol le quedaba medio metro para esconderse cuando coronamos ya en Arganda la colina del Cerro del Melero, donde filas zigzagueantes de trincheras disimuladas a tramos por el relleno de la erosión y el paso del tiempo, dan la bienvenida al visitante. Allí, estuvimos un rato charlando con todo el Valle del Jarama a nuestros pies.
Alguien dijo que cuando un amanecer o un atardecer no provocan emoción es porque el alma está muerta, y es que desde ese punto, la puesta de sol era espectacular. Al salir de ese emblemático lugar, cuando las sombras ya inundaban el valle, antes, dijimos adiós a una escultura de metal rasgada que simboliza a las dos Españas y que en su inauguración fue bautizada con el nombre de El Encuentro. Un fragmento de “España en el corazón”  de Neruda escrito en su pedestal, se iluminó estando anocheciendo sirviendo como vela encendida para esos más de dieciocho mil muertos de aquella batalla. Antes de descender de la colina miramos por última vez el valle mientras el frio ya se dejaba sentir. Un avión a baja altura pintado por el amarillo refulgente del astro rey, disfrutaba aún de los moribundos rayos de sol.  
Amador, antes de despedirse de mí, casi bajo el balcón de mi casa, me prometió volver. Yo estoy deseando ser de nuevo su guía. Volverá, estoy seguro.  
También nos deseamos un Feliz Año Nuevo, como yo deseo a todos los torrecampeños y torrecampeñas.    

   


jueves, 27 de diciembre de 2018

AQUELLA NAVIDAD DEL 58




La tarde fría de diciembre va agonizando lentamente. Los últimos rayos de sol alumbran con una luz mortecina los tejados de mi pueblo. En el corral, un gallo canta triunfante porque se ha quedado dueño del harén. Su contrincante, dentro de unas horas cantará en la sartén. Es Nochebuena. Cansadas, las aceituneras en un desfile de alpargatas de lona blanca, van entrando en el pueblo. Sus casi mudos pasos se mezclan con el afónico y apenas perceptible del producido por el de  las albarcas con las que los hombres arropan sus pies. Declina la tarde al tiempo que el humo de las chimeneas crea una neblina abrigando las calles. Los últimos mulos con su carga de aceituna al son de  campanillas que cuelgan de su cuello, se dirigen al molino. Algunos niños con pantalones cortos, ajenos a todo, juegan a las bolas restregando a veces sus arrecidas piernas entre el barro de la calle. Otro grupo de niñas juegan a la pata coja al “corache” sorteando una maraña de rayas y cuadrículas dibujadas en el blando barro. El niño aceitunero que siendo niño dejó de serlo para ganar un jornal,  portando una boina capada con la que se cubre su rasurada cabecita, pasa ante estos niños con muestras de preocupación. Teme la reprimenda de sus padres por haber roto trabajando una de sus alpargatas. Medio jornal tendrá que dejar esta noche por la compra de otras nuevas en casa de Lucia, la de la tienda de la calle las Cruces.

 La noche no se hace esperar. Se observa un inusitado movimiento de gentes en las calles aromatizadas ya por el humo de algunos adelantados guisos que expanden las chimeneas.  Se oyen carrascas y panderetas fabricadas a golpe de navaja. Los tapones de la cerveza aplastados sirven de címbalos emitiendo un sonido estridente. El Chache vende zambombas adornadas con rizos de papeles coloridos. Los tenderos atienden a las clientas cortando con la afilada bacaladera tajos de bacalao salado y famélico además de apergaminado que servirá para reforzar junto con algún pequeño trozo de tripa fina de salchichón de más que sospechosa carne grasienta, el sustento de la talega de la jornada de mañana.  Más tarde, grupo de mozos, de ronda, van por las calles desgranando risotadas y villancicos. En la casa de la moza interpretan “De quién es esta casa grande, con tantísimos balcones”. El padre de la muchacha se hace visible portando una botella rizada de anís Machaquito que circula de mano en mano. La futura suegra se hace también ver agasajando a los presentes con mantecados elaborados en el horno como aguinaldo. En otras casas suenan zambombas fabricadas con viejas orzas cubiertas su abertura con piel de conejo y como instrumento de percusión el carrizo de un “salao”.

Hace un frio que araña la cara y la gente anda presurosa por las calles. En la rampa entre los Jardinillos y la fuente de los Caños, unos niños entre los que me encuentro, con una lata, han derramado agua del pilar en los adoquines de la pendiente que al momento ha cristalizado. Nos escondemos detrás del quiosco del Vegeto, el de la esquina con el Camino de la Estación observando cómo la gente va cayendo al suelo dando trompicones, amontonándose a veces. ¡Qué cabrones éramos!  Hay grupos que van cantando villancicos. Los peces ya bebían en el rio por aquella fecha y Holanda tan lejos ya se dejaba ver. Pero villancico como “Madre en la puerta hay un niño” cantado por mi madre, era como una canción de cuna. Los abuelos entonaban otros con letras viejas y soniquetes que llegaban al alma. La cena será hoy en casi todas las casas especial. En otras, unas pocas de “rosetas” para los niños y unas batatas cocidas con azúcar y canela marcarán la diferencia esta noche. No se oyen ni cohetes ni petardos, pero Juanito, el Ito, explosiona en cada esquina a golpe de garganta todo un arsenal. En la confitería que está a pocos metros de La Peña, a través de la puerta de cuadriculados cristales, se observa a Luis y a su padre  Santiago, los confiteros, atendiendo a los parroquianos que demandan vino dulce que les ayudará a deglutir el polvorón que allí mismo consumen. <<Sólo quedan roquetas>>, le comenta una señora a otra en la puerta del establecimiento.

A medianoche, en la Misa del Gallo, don Federico, el prior, desde el púlpito derramará su sermón sobre la venida  al mundo del Redentor. Durante la homilía el sochantre vistiendo faldones de roquete para la ocasión igual que el monaguillo, sacará a la calle al borracho de siempre, aquél que a los pies del púlpito año tras año interrumpe la homilía. Es noche avanzada y el silencio se abraza con el frio relente. El runruneo de los rulos del molino de don Justo en el Camino de la Estación expande su cansino eco también en Nochebuena. El niño aceitunero duerme desde hace horas lo mismo que otros muchos como él. Mañana, por ser Navidad, tendrán que coger aceitunas entre la escarcha, arrastrando además, el barro de la “sarpa”.       

Así eran aquellas navidades de mi infancia. Puede que fuera en el 58, o en el 59, y por qué no en el 57. ¡Qué más da! El pueblo, los habitantes, y las costumbres, año arriba o abajo sigue estando todo impoluto durmiendo en los pasadizos de mi mente hasta que llegada la ocasión consigo  despertar evocaciones como estas que he narrado.

!!FELIZ NAVIDAD!!