lunes, 22 de septiembre de 2014

LOS CONSEJOS DE UN ABUELO

Soy un viejo –me digo-. Me miro al espejo y veo mi rostro poblado de surcos sinuosos y torcidos, como si mi cara y sobre todo mi frente la hubiese arado un mal gañán. La mayoría de mis contados cabellos están pintados con la escarcha propia de los años, porque aquellos que ya no pasan por la criba de mi peine se fueron para siempre arrastrados como hojas secas por los vientos de tantos otoños vividos.
Me doy cuenta de que el tiempo pasa cuando aquél de mi edad que me servía a diario el café en la cafetería de costumbre se marchó un día para siempre, y aquél otro parroquiano que dejé de ver, como muchos de mi edad con quienes charlaba cuando se cruzaban conmigo en las calles de mi pueblo y que ya no me dirán adiós porque también se fueron.  
Pero yo no soy viejo aún; soy una persona que se va haciendo cada vez más mayor y que atiende por abuelo cuando pequeñas vocecitas así me llaman; son las voces candorosas e infantiles de mis nietos.
Hoy, quiero hablarles a estos pequeños retoños, y lo hago a través de un ordenador dibujando con las palabras mis sentimientos al mismo tiempo que quiero regalarles consejos que  son  los cosechados por mi experta paternidad aprendida con mis hijos, y naturalmente, la experiencia adquirida por los años que la vida me ha regalado.
Os quiero contar queridos nietos que la vida es solo un suspiro, y que cuando os queráis dar cuenta estaréis conjugando no el futuro sino el pasado de los verbos: <<Yo hubiera o hubiese hecho esto o aquello>>, me repito yo muchas veces, pero me doy cuenta de que nadie puede escapar de la senda que el destino a cada uno nos tiene reservado. No me arrepiento de ser como soy. Si volviera a nacer volvería a caminar por los mismos e intricados senderos por los que ha transcurrido mi vida, arrastrando con ello mis defectos y mis errores como también mis virtudes si es que tengo alguna.
Vuestra misión primordial en esta vida consistirá en ser todo lo felices que podáis. Si sois felices consigo mismos, la felicidad que os sobra podréis compartirla con otras personas a la que améis. Cuidaros mucho de aquellas que en vez de repartir felicidad van sembrando odio y rencor; el mundo está cuajado de ellas. Las llegareis a identificar a medida que irán cicatrizando en vosotros las heridas que os hagan. La experiencia es el mejor antídoto para preservaros de la mala gente. Aquí, en este mundo que se os ofrece, cuando comencéis a caminar por sí solos encontrareis vuestros cielos y vuestros infiernos. No os desaniméis ante la adversidad, pero cuando ello ocurra solicitar siempre el consejo de las personas en las que confiéis, por lo general las que os rodean y que os quieren.
Yo quisiera seguir aquí siempre y ser vuestro consejero y confidente y servir de puente entre vuestros padres y vosotros, sobre todo cuando lleguéis a esa etapa tan difícil de vuestra vida llamada pubertad tan llena de interrogantes donde el adolescente tiene la convicción de ser un incomprendido. Es, en ese período de vuestras vidas cuando deberéis de conducir vuestras conductas por los senderos rectos que os habrán enseñado vuestros padres. Si un árbol crece torcido y no se corrige a tiempo se desarrollará con el tronco inclinado para siempre. El saber escoger a vuestros amigos os evitará de muchos problemas. Esto es fundamental.
Sed honrados. La palabra honrado abarca un amplio espectro de virtudes, tales como: no engañar, no robar, no estafar ni tampoco mentir. Sed pues, buenas personas a pesar de que muchos a los buenos los califiquen de tontos; pensad que esos que se las dan de listos, son los que más cerca están de los sinvergüenzas.
Respetad siempre a vuestros mayores; en ellos reposa y se apacienta la sensatez. Y si ellos no han estudiado y no están a vuestra altura en conocimientos, pensad que tal vez fue porque no pudieron, y no porque no quisieron. No os riáis de su ignorancia, pues sin estudiar, ellos, poseen el poso que la universidad de la vida les ha enseñado y a veces el significado de una frase pronunciada por estas personas mayores encierra tanta o más racionalidad que la expresada por cualquier filósofo. 
Amad a la Naturaleza. Éste además de ser otro consejo es un deber, el de cuidar a nuestro planeta Tierra el cual os dejamos herido por los abusos efectuados por los de mi generación; a vosotros os toca paliar el daño que hemos causado.
Por último sabed queridos nietos que os lego el amor a un pueblo llamado Torredelcampo, el pueblo donde nació vuestro abuelo y en el que os anuncio que viviré para siempre cuando yo me muera. 
Estos son los consejos de vuestro abuelo Antero.
Besos. Os quiero.


domingo, 7 de septiembre de 2014

ADIÓS AL VERANO



Faltan pocos días para de nuevo decir adiós a otro verano más. Ya no se oye por las calles el ruido de las ruedas de las maletas; de esas maletas arrastradas por un asa a las que hemos dado en llamar utilizando el anglicismo: troler; ahora, reposarán un año más en lo alto de los armarios o en cualquier hueco de la casa hasta el año que viene, pues se acabaron las vacaciones.
En agosto, aquí en Madrid, cogen vacaciones hasta los carteristas. Pasear por el centro de la ciudad ha sido una gozada, y si lo hacías a primeras horas de un sábado del mes de agosto os aseguro que para aquellos que buscamos la tranquilidad, el sosiego se transformaba en recelo al contemplar céntricas calles casi desiertas de gentes y coches.
Ya en septiembre otra vez Madrid ha vuelto de nuevo al ajetreo cotidiano, a las prisas, a los atascos. Echaba en falta los autobuses de transporte escolar, y a los colegiales. Ahora, a estos, los veo caminar de nuevo en busca de los colegios arrastrando sus otros troler cargados de libros y material didáctico. Ya ha comenzado un nuevo curso y  muchos de estos escolares observo que van con cara de disgusto porque tal vez sus padres les hayan contagiado eso que ahora le llaman el síndrome post-vacacional.
En nuestro pueblo también pasará lo mismo aunque en menor medida. Aquellos que como yo añoran su tierra y que periódicamente disfrutan de cortas o largas estancias en Torredelcampo, estos, habrán dejado de pasear por sus calles y habrán vuelto de nuevo a sus cuarteles de invierno para echar de menos no cabe duda el dulce gozo de sentarse en algunas de las terrazas de nuestros bares disfrutando del fresquito de la noche con unas servesillas y unas buenas tapas los días que había suerte y se encontraba una mesa libre.
También habrán regresado aquellos que se fueron a la playa, como aquí también han vuelto. Ellos, y en mayor medida, ellas, se distinguen por su color de piel; por ese bronceado-gratinado que han ido adquiriendo muy lentamente fuera de las sombrillas playeras. El lucir este moreno de piel, hoy, es un signo de distinción que contrasta con la blancura de los que no han podido o no han querido –me inclino por los primeros- tostarse bajo el sol.   
Tiempos aquellos en los que las mujeres tenían que esconder el moreno; aquél moreno de rastrojo fruto de espigar detrás de los segadores, o el obtenido en la era, y no digamos del bronceado que adquirían arrancando matalauga. En aquellos tiempos de mi niñez la blancura en el rostro de la mujer significaba el pertenecer a un estatus social más aseñorado, y por el contrario tener la piel quemada por el sol era sinónimo de hacer vida en un cortijo y el de pertenecer a las clases más económicamente débiles.  No quiero que nadie me confunda y crea que añoro penurias pasadas, pero aquellos y aquellas de mi generación que pasaron por esto y que hoy pueden disfrutar de unos días de playa, -por cierto muy merecidos-, les digo que no sientan vergüenza por aquello que sufrimos. Muy al contrario deben de sentirse orgullosos, pues gracias a ellos y a ellas y a todos los de nuestra generación se consiguió el bienestar social que estamos disfrutando y que nadie nos regaló. Es más, les sugiero que se lo cuenten a sus nietos para que sus descendientes sepan lo que pasamos, y que utilicen para ello si quieren un dicho muy torrecampeño que dice: los dineros no vienen por la chimenea abajo.
En fin, que el verano se nos va otro año más y otra vez en este tiempo seguimos mirando al cielo esperando ver nubes negras que rieguen los sedientos campos torrecampeños, pues hasta aquí me llegan los lamentos de los olivares pidiendo agua deseosos todos de empaparse con la lluvia y con ella decirle adiós al verano. Sus sollozos creo percibirlos hasta en la vorágine de los atascos.    

                                                 

miércoles, 23 de julio de 2014

DE CÓMO NOS BAÑÁBAMOS



Ya está aquí el calor otro año más. Se ha resistido un poco pero al final ya están aquí los alcaparrones sirviendo de tapa en nuestras mesas y en las terrazas de nuestro pueblo. Los alcaparrones, el ponche de melocotón y los helados del “Chache” eran por aquellos tiempos tres exquisiteces muy propias del verano y sobre todo en la feria.
Todos los torrecampeños estábamos deseosos de que llegase la feria por muchas razones que ya he contado en otras entradas en este blog, pero rebobinando la cámara de mis recuerdos había una cosa a la que todos los chiquillos le teníamos verdadero pavor y es cuando llegaba la hora del baño. Para situar a algunos en el tiempo les diré que he trasladado los recuerdos que voy a relatar a cuando yo tenía seis o siete años, es decir sesenta años atrás.
Nuestros primeros baños recuerdo que nuestras madres nos metían en una palangana con agua traída de la fuente más cercana, y se ensañaban con nosotros restregándonos un estropajo que no era otra cosa que restos de una soga untada con jabón hecho con sosa y aceite usado de mil frituras, y nos refregaban con ello la piel por todas las zonas corporales hasta pasar del color blanco al rosado de forma inmediata por donde aquella áspera esponja como si fuese lija nos acariciaba. Era un calvario.
Pasados los años cuando éramos un poco más mayores buscábamos las albercas para bañarnos. Así recuerdo aquellas albercas que servían para regar las hortalizas situadas a las afueras de nuestro pueblo y otras más lejanas que no quiero identificar por aquello de no tener que utilizar apodo alguno. Por las siestas, cuando el hortelano descansaba, nosotros los chiquillos de mi grupo íbamos a zambullirnos en aquellas balsas donde nos sumergíamos atentos siempre a que el dueño se pudiera presentar en cualquier momento. Normalmente el agua de aquellas albercas nos rebasaba en altura a todos, así que teníamos que hacerlo con mucho cuidado cogidos al pretil. Nos bañábamos totalmente desnudos, es decir en bolas, por lo que algunos ya presumían o presumíamos de ciertas destacadas dotes que por lo general quedaban menguadas de inmediato al contacto con la frialdad del agua. Un día, de forma inesperada se presentó el hortelano y se quedó con la ropa de dos de mis compañeros bañistas; todos salimos corriendo en tropel con la ropa en nuestras manos menos estos que para no entrar en el pueblo desnudos se ocultaron en una zanja lejos de las iras del furibundo dueño de la alberca hasta que avisamos a sus madres. El hortelano aquél era un hombre muy avispado y muy adelantado por cierto en el merchandising y en los negocios ya que más tarde nos cobraba dos reales por cada baño.             
Así eran aquellos nuestros baños en mi niñez puesto que en las casas no había agua corriente. Pasado el tiempo una vez que quedó instalado este bien primordial con el rechazo de buena parte de los mayores, ya que para ellos el agua corriente servia solo para presumir ante los demás vecinos, llegaron las duchas a las casas. Estas personas mayores al final doblegaron y sucumbieron ante el avance del progreso, pero se negaron muchos a instalar duchas ya que decían que este invento no traería nada bueno. Y así fue como de aquellos baños en las albercas pasamos al de las duchas.
Más tarde, recuerdo la piscina de la calle Quebradizas, donde al principio y no quiero estar equivocado, existían dos turnos para el baño, el de las mujeres y el de los hombres.
No digo de irse de veraneo nadie y bañarse en la playa porque entonces la playa más cercana estaba a dos o tres horas más lejos que ahora, por aquello de las vías de comunicación existentes antes comparadas con las actuales, y naturalmente porque el veraneo para la mayor parte de los de mi generación eran los trabajos propios de la parva en la era.  
¡Qué tiempos!  Aquellos veranos de guapas mujeres luciendo vestidos estampados de amplios vuelos con moñas en el pelo cuando llegaba la feria, nuestra feria de entonces donde se presumía una sola vez al año del refrescante placer de beber cerveza porque para eso estábamos en fiestas. Cerveza servida en velador y bajo palio.   
Bajo palio la tomaré este año también en la Feria de Día. Que la vayan enfriando.  

viernes, 18 de julio de 2014

ESTAMPAS MADRILEÑAS ACTUALES


Una bocanada de aire fresco me acaricia al salir de casa. La dulce música que produce el agua de la fuente de piedra hexagonal que anida bajo mi balcón me da los buenos días con sus refrescantes y cantarines sonidos. La fuente, construida por artesanos picapedreros de aquellos de antaño de martillo y cincel, la hemos visto más de una vez en películas en blanco y negro donde de seguro bebieron en ella actores y directores de renombrada fama que la llevaron un día al celuloide. Sus murmullos en las noches calurosas de verano teniendo el balcón abierto decrece mi falta de sueño, y la vigilia da paso a un profundo sopor estimulado por tan relajantes sonidos.
Como todas las mañanas estoy deseoso de leer el periódico y tomar el primer café. En la acera un joven de rodillas casi a gritos pide limosna para un bocadillo entonando para ello un peculiar angustioso y cansino soniquete que martillea mi cerebro hasta horas después. Hay días que no quiero que el café me sepa más amargo –aunque casi nunca le echo azúcar- y le dejo algo en el cestillo. Algunos, me dijeron que este individuo pertenece a un clan de pedigüeños. No lo sé, habrá quienes hagan negocio con el limosneo, pero estoy seguro de que este pobre indigente no tendrá ninguna cuenta en Gibraltar o en las Caimán.
Después del café me encamino hasta el supermercado. A veces, o mejor dicho casi todos los días hago los “mandaos” que me ordena mi mujer. Me viene bien esto, tanto es así que procuro que se me olvide algo para así tener que volver otra vez. En la puerta del establecimiento un africano, -no digo de color porque todos tenemos una tonalidad en nuestra piel, ni tampoco quiero emplear la palabra negro por aquello de que muchos me tachen de racista- vende La Farola muy atento a la puerta para prestar cualquier ayuda y ganarse una propina.
Más tarde cojo el metro. Antes de entrar, un gitano casi seguro con domicilio en La Cañada Real, me ofrece una bolsa de ajos por un euro. Mientras vocea la mercancía mira a la gitana distante de él que desde su atalaya le alertará de la llegada de la policía para salir huyendo. 
Pasadas algunas estaciones un joven solicita la atención de los viajeros. Cuenta que está sin trabajo, tiene dos hijos, uno de ellos enfermo. Su mujer padece una enfermedad incurable, y pide que se le socorra con unas monedas para poder comprar algo tan básico como una barra de pan. La mayoría de los del vagón dirigen la mirada al suelo cuando el pobre desgraciado pasa un taleguillo. Una guiri –no uso esta palabra de forma despectiva- que acaricia una maleta entre los pies con la colgadura del código de barras y letras del destino colocadas en la recepción de equipajes del aeropuerto de embarque, mira extrañada, saca su monedero y le da una ayuda.
Dos estaciones más adelante entra en el vagón una mujer con rasgos y atuendos transilvanos solicitando a voces la atención de todos. Pide una limosna en un español aprendido en un cartón para ayudar a su familia. La turista extranjera parece muy sorprendida pero nuevamente se le ablanda el corazón y contribuye al socorro de la desamparada. ¡Que estará pensando de nuestro país! Me pregunto. La indigente le obsequia con un paquete de pañuelos de papel que la extranjera rechaza.
Salgo a la calle. El soberbio edificio de la AET, la Agencia Tributaria donde tú yo y aquél, menos aquellos que todos sabemos contribuimos a su sostenimiento, me saluda. Me encamino por una travesía cercana al regio edificio poblada de acacias que dan sombra a los que deambulamos por ella. Unos gorrillas discuten entre ellos. Según me voy acercando al grupo todos ellos negros de tez casi azulada rodean a otro que por lo que parece trata de hacerle competencia en el negocio del aparcamiento. El macho dominante de la manada le da voces y le amenaza agitando el dedo índice de su mano de un lado para otro. El infeliz no dice nada, tiene agachada la cabeza mientras que los demás también le conminan. Seguro estoy que este pobre desdichado aún tiene el salitre de la brisa del Estrecho pegada en su piel, o las heridas lacerantes y sangrantes de la alambrada de la valla en sus manos. Los dejo discutiendo.
Llego a mi destino. En el hall de la clínica donde me realizarán unas prueba médicas unas señoras muy emperifolladas sentadas ante una mesa petitoria de no sé qué ONG me invitan a que me acerque y contribuya con su causa. ¡Que España! Todo el mundo pidiendo. Recuerdo aquellos años de la posguerra donde para pedir había que enseñar el muñón de un brazo o de una pierna, porque por haber había muchos más muñones, los del alma por tantas heridas sufridas en aquella guerra, pero estos estaban prohibidos enseñarlos y menos revelarlos. Recuerdo a aquellos desgraciados cuando llegaban a nuestro pueblo contando crímenes y sucesos dantescos que leían de un impreso de colores que luego vendían a real o a perra gorda.    
De regreso a mi casa utilizo de nuevo el metro donde al poco, en el vagón, un grupo musical de nariz afilada y curva, de ojos achinados y tez oscura, allende del Machu Picchu interpretan muy acertadamente con flauta andina y otros instrumentos musicales, Los sonidos del silencio. Después interpretan El condor pasa, que no se si pasa, o pasó, porque lo único que vi pasar es el platillo y observo que casi todo el mundo en esta ocasión contribuye. Algunos hasta les aplauden.
Antes de subir a casa abro mi buzón y me encuentro el recibo de la contribución de mi vivienda. Otros pidiendo me digo, aunque estos lo hacen de forma muy educada. Te dan un plazo para hacerlo, y si no lo haces te penalizan, y no sé por cuantas cosas más te pueden llegar a empapelar si no pagas.
Pedir... pedir... pedir... Busco sinónimos en el diccionario para esta palabra y encuentro todos estos: solicitar, requerir, demandar, pretender, exigir, reivindicar, reclamar, suplicar, implorar, rogar, rezar, postular, mendigar, pordiosear, y algunos más.  Entre todos ellos escojo el de rezar. Si, porque quiero rezar para que escenas como estas vividas por mí lleguen a desaparecer  y no veamos en el metro, o en nuestras calles y plazas a gentes así como las que he descrito, pero por ahora como dice Serrat en una de sus canciones: Que mientras estamos hablando, más y más pobres siguen llegando.   
Disculpe el señor, es el título de esta canción. Pues eso, a mi entender deberían de pedirnos disculpas los culpables de haber llegado a la situación de la España actual. Pero no lo hacen, ni lo harán, porque no sirven para pedir, con lo barato que resulta pedir, en este caso... pedir perdón.


martes, 6 de mayo de 2014

SOY DEL CAMPO




SOY DEL CAMPO

    A cualquier hombre del campo, y en especial a aquellos que se fueron.

Soy del campo, soy de un pueblo, soy arado que no ara,
soy, de Torredelcampo,  pueblo de mil besanas,
de gentes que la camisa escurren, después de cada jornada,
soy, de un pueblo trabajador, sus credenciales me amparan,  
torrecampeño es mi título, y quien lo firma, Santa Ana.

Soy del campo, soy de pueblo, soy viento aceitunero,
viento de sierra y espliego, de verde olivar y de espigas añoradas,
pueblo blanco, pueblo mío, pueblo  de parvas olvidadas,
soy, aceituna en diciembre cuando la cubre la escarcha,
y tallo de romero en mayo, en el trono de mi santa.

Soy del campo, soy labriego, nunca trovador ni poeta,
si  mudos sentimientos  expreso, en un papel con mi letra,
es pasión de un torrecampeño que vive lejos, en otra tierra,
soy, arrogante jornalero de camisa de lienzo en brega,
que con albarcas y alpargatas, hizo caminos y veredas

Soy del campo, soy romero, hoy, todos los son en mi tierra,
las yuntas vagan en las cuadras, y las azadas también huelgan,
y el olivar se cubre de silencios, porque el monte está de fiesta,
monte que huele a pino, a tomillo, a mastranzos y alhucema,
procesión hay en el cerro, procesión hay en la sierra.

Soy del campo, soy de un pueblo, y una ermita se venera,
en un camino empinado, empedrado de lunas viejas,
hay suspiros en sus recodos, y ansias por llegar a verlas,
a las que con su sagrado manto, desde lejos por mí velan,
Santa Ana y la Virgen Niña, la madre de Dios, y la abuela.

Soy del campo, soy de un pueblo, soy arado que no ara,
soy, de Torredelcampo,  pueblo de mil besanas,
de gentes que la camisa escurren, después de cada jornada,
soy, de un pueblo trabajador, sus credenciales me amparan,  
torrecampeño es mi título, y quien lo firma, Santa Ana.

                                                             Antero Villar Rosa.
                        Escrito: el primer domingo de mayo de 2014 distante, y durante la romería.



jueves, 10 de abril de 2014

LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ





Muchos de mis libros por problemas de espacio descansan acostados en pequeños montones en las estanterías de modo que cuando quiero escoger uno, en mi desesperación por encontrarlo los demás pierden la simetría y el orden que a mi me agrada que guarden. Me gustan que reposen unos encima de otros y no de pié, pues así sus personajes, aquellos que habitan dentro de sus páginas, presumo, que descansaran durmiendo hasta que de vez en cuando, como ahora, al querer encontrar un determinado título llego por este motivo a espabilar a todos los protagonistas de cada una de las historias que anidan entre sus páginas. Mi nieto cuando quiere que le lea un cuento, antes de ello, con sus frágiles nudillos golpea tres veces la portada del libro, dice, para que se despierten los animales del bosque, los gnomos y todos los personajes de la historia que quiera que le lea. Esto lo ha aprendido en el colegio, y eso me gusta ya que la fantasía debe florecer y progresar mientras la inocencia dure, al tiempo que el amor a la lectura se va fortaleciendo.  
         Hoy, al querer encontrar una obra que andaba buscando, rodó sin querer una copia del primer libro que siendo niño tuve en mis manos, nada más y nada menos que la Enciclopedia Álvarez, el libro que me ayudó en la escuela a adquirir los conocimientos básicos que se impartían en aquella época.  Recuerdo que mis hijas me hicieron este regalo hace años un día del padre, ¡qué buen regalo! Este libro al que he vuelto a hojear me ha servido una vez más para avivar recuerdos de mi escuela, de mis compañeros de colegio, de mis maestros, entre ellos al que recordé en una entrada en este blog, llamado don Jacinto, y que hoy quiero hacer extensivo mis recuerdos a otros más como: don Enrique, don Vicente, y don Gaspar, sin olvidarme de don José Rama. Decía en mi anterior que don Jacinto me hizo amar el colegio, pero me faltó decir que don José Rama fue uno de los mejores transmisores de la enseñanza que yo tuve. Lo hizo utilizando una sola herramienta para inculcar la pedagogía: la Enciclopedia Álvarez.
         Con este libro de texto clasificado en: primero, segundo y tercer grado, recibimos la enseñanza todos los de mi generación. Era el libro que heredábamos de nuestros hermanos mayores y que esperábamos con impaciencia a que nos llegara el turno a los más pequeños. Con él se educarían en mis tiempos personajes que llegarían a triunfar en todos los campos de nuestra sociedad tanto en el plano cultural, científico, económico o en cualquiera de las ramas que hubiesen enfocado su carrera, y me atrevo a decir de que muchos de ellos, aún nos seguirán aportando a pesar de su edad la sabiduría y la experiencia adquirida por el paso de los años.
         La Enciclopedia Álvarez, dirán algunos que magnificaba los valores políticos de la época, además de ensalzar los patrióticos y religiosos, pero yo no quiero entrar en este terreno tan escabroso que los tiempos y los que mandan en cada tiempo se sirven de alterar trastocar y confundir a sus conveniencias. Pero lo que nunca podrán cambiar serán los resultados de los problemas aritméticos, ni tampoco poner en duda que los romanos estuvieron en España, ni que el verbo es parte de la oración, ni que el río Guadalquivir desemboca en el Atlántico. No, nada de esto podrán cambiar, tan solo aquello que les conviene a los que dictan las leyes en cada momento. Luego, con el paso del tiempo vendrán otros que alteraran, con, o sin razón, los acontecimientos escritos, pero aunque sea repetitivo nunca podrán modificar el producto de los problemas como este que he escogido al azar de la Enciclopedia Alvarez:
         Has comprado un libro de 18 pesetas; una pelota de 7 y un abrigo de 385 ¿Cuántas pesetas has gastado?  
         Fácil verdad. Naturalmente que hoy al cabo de más de sesenta años este problema que a más de uno se nos atragantaría en su día me ha planteado una nueva incógnita que he resuelto rápidamente, y es que este ejercicio aritmético me ha hecho descubrir el por qué mi padre no llegó nunca a tener abrigo, pues ganaba 15 pesetas (tres duros) de jornal, y el abrigo costaba 385 pesetas, ni tampoco yo pelota si esta costaba siete.
         Las lecciones de la Enciclopedia Álvarez había que memorizarlas, y desgranar todas sus palabras de carrerilla cuando el maestro preguntaba. Era así como se estudiaba entonces, ejercitando la memoria, si se comprendía o no el contenido de la lección eso era indiferente.
         En mis tiempos no había leyes educativas como la ESO o la tan famosa y cacareada LOMSE, ni íbamos a la escuela arrastrando un carrito para llevar tantos libros como los niños de hoy; llevábamos nuestra Enciclopedia Álvarez, nuestro cuaderno de Rubio, la pluma de palillero, la pizarra y el pizarrín para escribir en ella y un lápiz de madera de cedro que emanaba un olor muy peculiar, como la tinta de aquellos tinteros incrustados en el pupitre donde mojábamos la pluma de metal para el dictado. Aún guardo aquellos olores de mi escuela de antaño. La Enciclopedia Álvarez ha destapado hoy cuando esto escribo, el frasco de tan buenas esencias que aún conservo.  
        


sábado, 15 de marzo de 2014

LA PRIMAVERA, LAS GOLONDRINAS Y OTROS PÁJAROS.

El viento frío del invierno se va lentamente empujado por aquellos otros mas templados. La suave brisa de los atardeceres pregona la nueva estación entrante de la primavera abrazando a mi pueblo con el agradable aroma a campo, a hierba segada, a tierra arada, incluso me parece percibir a veces la agria esencia que desprende la leña de olivo recién podada. En este tiempo, a la hora en la que el astro rey se despide del día, los olivares se envuelven entre sombras mientras que el humo de los chiscos ya agonizantes por la quema del ramón se derraman por las cañadas vistiendo los atardeceres al campo con un espeso halo de misterio.     
Atrás se ha quedado este lluvioso y crudo invierno de aguaceros, de brumas “meonas”, de fatigas y batallas aceituneras entre el barro. Pero volverá otro año más; dicen los expertos que con más virulencia aún, todo al parecer, como consecuencia entre otras cosas del calentamiento global del planeta.
Nada es como antes. Hecho de menos aquellas borrascas que anunciaba Mariano Medina con el puntero en la televisión, que duraban meses. Entonces el agua caía del cielo mansamente como la de una regadera, y así, la tierra, cual si fuese una esponja la iba empapando lentamente sin escupirla. Ahora ocurre que rápidamente se desliza por su superficie formando arroyuelos que arrastran la tierra de labor, y estos a su vez se convierten en profundos torrentes que remolcan todo a su paso hasta encontrar el arroyo, originando por ello grandes destrozos en los olivares mientras que el paisaje se va transformando con profundas cicatrices que no son otras que las hendeduras de los aluviones. Algo debe de estar pasando que no llego a entender, pero de lo que si estoy convencido es de que la mano del hombre está por medio. Ahora, a algunas borrascas la llaman ciclogénesis explosivas, y así, entre isobaras, bajas presiones, frente cálido, frente frío, y tantos anticiclones situados siempre por las Azores, estoy deseando este año que vuelvan cuanto antes las oscuras golondrinas de Bécquer.
Sí, estoy deseando volver a oír otro año más los trinos de las golondrinas, esos gorjeos dulces y alegres que nos anuncian la primavera. Aquí, en mi lugar de residencia madrileña ya llevo varias semanas oyendo la bella flauta del mirlo que año tras año fiel a su cita en un parquecillo cercano me tiene acostumbrado, de modo que su bella sinfonía me alegra el despertar y llegado el atardecer también acostumbra a despedirse con sus alegres canturreos.      
Me imagino que el campo de nuestro pueblo en estos días cara a la primavera el sonido más característico será el de los millares de chamarines o verderones que pueblan nuestros olivares alegrando nuestros campos con sus dulces sonidos, nada comparado con los graznidos tan desagradables que producen los estorninos, esos pájaros negros que tanto proliferan en nuestro pueblo que se reúnen en grupos formando bandadas y que pululan por nuestros tejados silbando de forma descarada soltando deposiciones tan negras como las aceitunas que embuchan y que para más detalles son extremadamente corrosivas. Pájaros negros, pájaros de mal agüero que diezman nuestros olivares y para colmo nos salpican con sus excrementos.
La vida cotidiana también está llena de pájaros, de otros pájaros de rapiña que los medios de comunicación difunden a diario. Al principio esto llegó a ser noticia, pero hoy lamentablemente nos hemos acostumbrado a los graznidos diarios de estos buitres carroñeros, que todos, absolutamente todos antes de ser encerrados en sus jaulas dicen ser pajarillos inocentes. De lo que sí estoy seguro es que salvo rara avis, estos “pájaros” que entrecomillo son todas especies protegidas.
Por eso quiero desdeñar a tantas aves carroñeras y quedarme con las golondrinas, las de las azuladas plumas que como siempre en primavera y hasta el otoño, estarán entre nosotros revoloteando por entre los atrojes, entre las cajas de medir fanegas, como dice la letra de la canción de Manolo García: Rosa de Alejandria.
Y es que la primavera está al caer, pues veo en los jardines las flores rosadas de los melocotoneros, los rosales apuntando nuevos y tiernos retallos y en los arriates los lirios ya encendidos. Cualquier día veré de nuevo a las oscuras golondrinas. No tardarán en llegar.