Madrugada
del 4 de febrero de 2026
No
sé si no puedo dormir porque trato de recordar, o si me cuesta recordar porque
no puedo dormir. Ya dije esto en otra ocasión, y repito esta frase que no es
mía, porque en noches de insomnio como la de esta noche, sosiega mi estado de
ánimo el evocar vivencias recorriendo lugares de mi pueblo con la imaginación,
y así como ahora lo haré, transitar
entre paisajes de olivares envueltos entre la bruma y la lluvia como hoy se nos
ofrece, quizá, porque quisiera encontrarme con aquél niño aceitunero que en
temporales semejantes como el que estamos sufriendo, yo, en un cortijo lo
sobrellevaba entre lumbres, migas y potajes.
Son
las seis de la mañana y la cansina lluvia que día tras día sigue empapándonos, también aquí en Madrid, la
siento tamborilear a veces con fuerza en los cristales de mi balcón entre el
silbido de algunas ráfagas de viento, mientras que el campo, me dicen, se
defiende escupiéndola para no atragantarse.
Sigo
en la cama y mi fantasía me lleva hasta mi pueblo. Estando en él, observo que las
primeras luces del alba se dejan acariciar por la lluvia que se filtra entre la
espesura de grises nubarrones que el viento conduce velozmente.
A
pesar de este clima tan adverso, quiero dar un paseo y examinar la situación en
la que se encuentra el campo con tantas precipitaciones.
Mi
viejo y destartalado cuatro por cuatro ruge al principio soltando vapor por el
tubo de escape, luego, poco a poco, antes de llegar a la altura del hotel, ese
sonido apenas es ya perceptible dejando paso al del rebotar de la lluvia en los
cristales y al que produce el limpia parabrisas. Por la jamba de la rotonda de
La Brea, a la que bauticé como Puerta del Campo, su delgada y casi acristalada
cascada se columpia al compás del viento esparciendo el agua a los caprichos de
la ventisca.
Hay
coches aparcados en los aledaños del cementerio. La muerte no para de visitar
nuestro pueblo. Es casi de día cuando digo adiós a las luces de la depuradora
arropadas estas por una espesa bruma. Sigo conduciendo con mucha precaución
atento a los badenes que en forma de uve sirven para canalizar el agua en las
cunetas. Creo que si estos estuviesen señalizados en su recorrido con una
franja blanca de pintura advirtiendo del peligro se conseguiría reducir
accidentes.
Al
llegar al empalme del Cortijo los Yesos, el agua junto con el barro forma una
pequeña laguna que atravieso muy lentamente. Sigo adelante mientras sigue
lloviendo. El agua de los torrentes pinta a intervalos la carretera de fango.
Paro mi vehículo antes de llegar a la Muela y bajando los cristales de la
ventanilla observo a un olivar donde los charcos de agua brillan como si su
superficie fuese un cristal roto. Muchas de sus aceitunas pendientes de
recolectar permanecen bajo su copa teñida de negro, rota esta tonalidad por
pequeñas regueras que habrán conducido hasta el “salao” próximo una buena parte
de la cosecha. Un silencio semejante al eucarístico inunda el campo. No he
visto a nadie desde que salí del pueblo. Continúo mi viaje y al poco, al pasar
cerca del “salao” ya referido, el silencio habido lo rompe el fragor del agua
que baja brava por él. Los carrizos y cañaverales los veo inclinados tal vez
por la fuerza de la riada
Más
adelante el Castil, se me muestra como cualquiera de los edificios derruidos
que vemos en la televisión por las guerras. Esta cortijada en ruinas sigue
muriendo envuelta en un vaho de misterio y de leyendas tétricas. Me gusta lo
enigmático y me atrevo a curiosear entre los ripios, palos y techumbres
cóncavas. Ahora, arrecia el agua y desde uno de los cortijos que me refugio, la
lluvia y la bruma no me dejan ver el Chaparral, no muy distante, lo único que si veo es una
pobre luz en el promontorio donde se encuentra el cortijo de Hernán Pérez
(Lamperez).
Emprendo
de nuevo mi viaje, y antes de llegar a la Almunia (La Moña) un conejo atraviesa
corriendo la carretera y se interna entre unos carrizos. Dejo atrás los
cortijos enclavados en el promontorio citado que siguen siendo vigías del
contorno, y al poco me interno por un carril secundario buscando las faldas de la
Sierresuela. Veo muchos olivares pendientes de recolectar. Reparo en aquellos
por los que discurren torrentes secos en verano y que ahora desbordados por
tanta lluvia inundan las olivas linderas llevándose a su paso la aceituna del
suelo.
El
fango que observo en una vaguada a lo lejos en el carril, me hace dar la vuelta
y pienso que lo mejor es regresar al pueblo.
Lo
hago mientras que el viento que antes estaba en calma, ahora, en bocanadas
huracanadas agita las ramas de las olivas y hasta las de un olivar podado. Me
bajo del coche para apartar algunas que invaden la carretera.
Cuando
lo hago pienso que es hora también de levantarme de la cama y describir en un
papel esta ensoñación, o mejor dicho fantasía y compartirla contigo. Tal vez a
lo mejor es realidad todo lo narrado. No lo sé. Ya me diréis.

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