Los últimos días de octubre se marcharon entre la luz dorada y misteriosa de este otoño que evoca a los de mi infancia. Los primeros días de noviembre, desde siempre, han sido, y son para mí, lúgubres y mortuorios. Días tristes y melancólicos como eran los de antaño donde hasta las sombras parían miedos; días aquellos de lamparillas de aceite y candiles para las ánimas que necesitaban luz, adobado todo ello con chismes de mujeres viejas. Me sigue invadiendo la incertidumbre de todo esto, lo único cierto es que los muertos deben de odiar a la vida cuando ninguno regresa, y los vivos odiamos a la muerte.
Mientras tanto, el otoño sigue ardiendo en el campo con lumbres de varetas. Los olivos beben atragantándose del agua afortunadamente recién llovida días atrás sobre la manta seca del largo verano, al tiempo que germina la hierba -desde siempre el mayor enemigo del agricultor- la que empina el codo con mucha más ansia que el olivar. Falta más agua, pues aún los cardos no han sido doblegados por vientos húmedos, esos que anuncian lluvias persistentes que arrastran todo lo que estorba. Quisiera que ese viento me trajera alguna vez el olor a pan amasado por mi madre. Sé que lo hará algún día, cuando termine de dar la vuelta, aunque para entonces, sea para mí demasiado tarde.
En nuestro parque caen las hojas de los árboles. Son como las de los periódicos caducos cuyas noticias dejaron de ser noticias. Estas últimas, todas hablarían de guerras y de conflictos, en cambio las que se dejan amontonar por la sopladora, me cuentan de una primavera de rosas, de aires romeros, de la alegría de los niños de un colegio cercano, de un verano largo y tórrido de refrescante piscina, y de una feria huérfana de jazmines, sin cines de verano y animadora.
Días los de este noviembre, cortos y lentos, pero de largas noches preñadas de recuerdos donde mi insomnio me conduce a visitar lugares con paisajes cambiados. La campiña en este tiempo de simienza se dejaba arañar con el arado dibujando desde lejos figuras geométricas que se asemejaban a los remiendos de los pantalones de los gañanes. Morían las semillas de trigo enterradas por el arado con la promesa de parir espigas antes del primer canto de las cigarras.
Miramos el mundo una sola vez en la infancia, el resto es solo un recuerdo. (Louise Gluck)
De noche, desde mi ventana, miro a la misma luna que en mi niñez, que al igual que entonces, sigue pintando de plata los olivares. No todo ha cambiado.
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