lunes, 27 de diciembre de 2010

LAS TABERNAS, LUGAR DE TERTULIA


                                         Bar Casa Jesús. Enero 1957

                                          El Testarazo.



       Recuerdo que cuando alguien de la vecindad tenía alguna enfermedad o problema, su casa era todo un continuo salir y entrar de vecinos tratando de ayudar. Era esto un gesto de convivencia y comunicación. También los días de lluvia cuando al calor de la lumbre  hacían  “pleita” aquellos que dominaban el arte en el esparto mientras  hablaban de mil temas hasta llegada la hora de “tomar el vino”, también esto era convivencia y comunicación. Pero sobre todo el lugar de encuentro de charla y de tertulia eran las tabernas. En aquellas tabernas de antaño, la ración por barba era medio litro de vino blanco de barril, y algunos días algo más a lo que se le llamaba la espuela.
Grupos de amigos a diario se reunían a ”tomar el vino” noche tras noche después de hartos de trabajar; era como un ritual acudiendo fieles a su cita a las tabernas, y así, entre vaso y vaso hablaban de cómo había sido la jornada, porque de otra cosa más ya no se podía hablar. Como advertencia, en algunas de aquellas tabernas había un cuadro colgado en la pared donde se podía leer aquello de: Beber que tenéis buen vino, de política no hablar, y si no tienes dinero deja que pague tu compañero. Firmado. Pedro Vela.
Tabernas las que describo que olían a bodega manchega en plena efervescencia en tiempo de vendimia. A veces a falta de veladores se utilizaban los mismo barriles puesto de pié.
La primera taberna que aflora en mi memoria estaba frente al local donde Eduardo, el  Herrador  herraba a las caballerías,  poco más abajo del bar de Marchena, por ahí podía estar la taberna del Grande.  Colgado a espaldas del mostrador de esta taberna, había un cuadro que podía ser un fresco, -esto último no lo recuerdo muy bien- donde se veía a un hombre tumbado en el suelo y una mujer encima de él, estrujándole el gaznate con una mano por el que asomaba una hermosa lengua, mientras que con la otra esgrimía una botella en tono amenazante a  punto de estrellarla sobre su cabeza. 
Había tabernas para recordar por barrios. El barrio de la Fuente Nueva, clásico de tabernas. Omito dar detalles de sus nombres, por no ofender con lo de los apodos. Asimismo las de la La Puerta Jaén, y tantas otras, pero yo hoy voy a recordar a una muy entrañable sin menospreciar a las demás. Me refiero a la conocida como El Testarazo. Era esta taberna de vino y cante por excelencia, donde tan buenos cantaores como suele dar nuestro pueblo pondrían alguna vez sus gargantas a prueba en esa taberna.  Allí una noche recuerdo en una despedida de solteros de aquellas de vino peleón de barril, con poca “ligá”, (en la despedida de solteros de mi cuñado José) yo entré al patio de la casa pasando por la cocina con el fin de achicar aguas, y busqué la pared del corral para distanciarme lo más posible dado que carecía de servicio.   Me puse hasta las asas, y es que caí en el cepo de lodo y cieno que había entre el empedrado del patio y el “mulear”. La pobre mujer del dueño  lo tenia todo previsto para estos casos ya que no habría sido el primero y con una jofaina (safa) me estuvo ayudando a limpiarme y hasta me roció con agua de lavanda. No paraba de decirme. – Hijo no te visto entrar.- Yo estaba de espaldas y no te he podido avisar-. ¡Pobre mujer que disgusto le di!
No quiero olvidar el bar Casa Jesús, donde el buen café estaba en armonía con la distinción y la gentileza.
Todo esto que ahora cuento lo estoy recordando desde un asiento mientras viajo en el  metro. A su paso, por una de las estaciones, en concreto Valdebernardo ésta me recuerda a un bar también clásico de nuestro pueblo, el Bar de Bernardo, y es que  todo son recuerdos.      
Estas eran las tabernas y algunos bares tertulianos de aquellos tiempos. Los del futuro, espero que no sean como el de la película La Guerra de las Galaxias.


domingo, 26 de diciembre de 2010

NUESTROS CINES

                                        


                                         La platea o patio de butacas del cine Rialto durante algún acto celebrado. No se deja ver el "gallinero". 



  NUESTROS CINES                                                       

         Llegado el verano en nuestro pueblo era una gozada ir al cine y disfrutar del fresquito de la noche mientras se contemplaba una película, pero tristemente los cines han desaparecido, como también desaparecieron esos cines de barrio en ciudades como aquí en Madrid, algunos de ellos piperos pero entrañables con olor a perfume de pino que el acomodador esparcía con un pulverizador por la sala. Todos tristemente han perecido para hacer hueco a los multicines.     
Recordando los cines de nuestro pueblo podía pasar de largo y nombrar cualquiera de ellos para no extenderme tanto, pero seria traicionar a mi memoria y la de muchos como yo que pueden que lo recuerden, ni tampoco hacerle un corte a la cinta como antes los de la censura. Pero si alguien no recuerda como eran nuestros cines de entonces le aconsejo primero que vean la película Cinema Paradiso, una verdadera joya que ganó un oscar a la mejor película extranjera. En ella queda reflejado lo que era un cine en un pueblo con personajes incluidos.
La primera vez que yo fui al cine fue en la calle Las Cruces. Allí quedé fascinado al ver las imágenes en movimiento. El cuento de Blanca Nieves fue la primera película que yo vi en ese cine improvisado que  recuerdo como algo difuso por el paso del tiempo. Más tarde otro el cual su existencia fue bastante corta, improvisado asimismo y cuya construcción era de “teja vana” estaba en la calle Aguilar. Allí pude ver La Duquesa de Benamejí, con Jorge Mistral como protagonista.
Otro que también existió fue el cine de verano de la calle del Camino de la Estación en el molino de aceite de Don Justo. Varios árboles de aquellos que decíamos de madroños casi centenarios hacían guardia frente a la verja del molino, a los que creo que se les conocen como plátanos de indias. Una de las películas que yo recuerdo que vi en el cine aquél fue La Herida Luminosa siendo protagonista Amparo Rivelles. En este cine de verano actuó una vez Juan Valderrama, yo lo oí cantar por la parte de atrás del molino que daba a un rastrojo. Esa noche había más gente fuera que dentro.
También el del Moyuelo, otro cine también de verano ubicado donde ahora está la plaza de abastos; tuvo mucho éxito Quo Vadis, (¡Donde vas!), con Robert Taylor. Otro más contemporáneo y asimismo de verano fue el Cine Paseo.  El Árbol del Ahorcado con Gary Cooper, una gran película del oeste  la vi allí por primera vez; recuerdo que su banda sonora amenizaba el ambiente horas antes de su proyección. Llenos copiosos los días de feria sobre todo en este cine. Cuando se acababan las entradas o mejor dicho las sillas, la gente iba a su casa a por una y se las veía entrar con la silla en la mano y el botijo de agua fresca en la otra. Luego a la salida la gente se trasladaba a la plaza a ver la animadora.
El del molino de la familia Malo siempre dispuesto para el día de San Isidro también fue otro de los cines de verano.
El cine Rosales en La Puerta Jaén frente al convento al cual asocio con la película Ama Rosa.
Pero sobre todo cuando hablamos de cine en nuestro pueblo siempre está en nuestra memoria aquél que aunque no fuera el decano, si tenía el rango de ser el más entrañable. Me estoy refiriendo al Risan, que luego al cambiar de dueño cambió de nombre a Rialto y Eslava y no sé si alguno más. Fue mi Cinema Paradiso. No sólo servia de cine sino que en la época de la recolección de la aceituna solían venir “cantaores”, y cupletistas, acompañados de algunas señoritas enseñando todo lo que por aquél entonces nos estaba prohibido alterando con ello el gallinero y de qué manera; se rifaban las butacas delanteras para presenciar el espectáculo. Lo que no suelo recordar y tal vez sea por que nunca lo hubo fue una función de teatro. Lamentable. Para mí éste fue mi cine y mi película para recordar en él Arroz Amargo con Silvana Mangano. La escena bajo el puente dejó huella en mí y quise ya ser adolescente siendo niño. La voz de Paul Anka, con su canción Dyana se expandía por la calle mezclada por las voces de los que vendían avellanas y pipas con las de los gritos de los que pretendían sacar una entrada para la primera los domingos. Luego palmas de tango y patadas en el suelo rugiendo todos a una sola voz aquello “Que lo echen ya”, mientras nos echábamos pelusilla por el cogote que arrancábamos de aquellos rectángulos de tela roja adheridos a la pared que servían para la insonorización, y que luego no parabas de rascarte.
Un día en plena proyección de la película Escuela de Sirenas se cayó al patio de butacas un trozo de techo. Alguien airadamente y desde el gallinero dio la voz de alarma gritando ¡Que se “runde” el cine! Gritos y atropellos buscando la salida. Al final sólo quedó en un susto. En la época de verano se proyectaba en el patio y para entrar al gallinero se hacia por la puerta de atrás.
Todos los cines que he descrito pertenecen al pasado. Nada queda de ellos incluso el Risan, nuestro Cinema Paradiso, éste en la película murió por el fuego, el nuestro por la piqueta. He dicho el nuestro porque era algo nuestro que se debía de haber conservado como otros muchos edificios que aunque no fueran joyas arquitectónicas si encerraban sentimientos y tradiciones pero lo que sí estoy seguro es que vivirán con nosotros mientras haya alguien que como yo los recuerde. Ahora para verlos debemos de preparar la máquina de nuestra memoria y proyectar su película de la manera que  lo estoy haciendo yo. En blanco y negro o en color, Cifesa o la Metro, con No-Do o sin No-Do, con entradas para la primera, la segunda o el matinée ¡Que más da! Lástima de todos aquellos cines hoy desaparecidos.
         Una vez leí que los cines de verano se extinguieron cuando al mismo tiempo desapareció el último pintor de techos de cines de verano.






EL ARROYO



        
Panorámica de Torredelcampo. Año 1956. Foto aérea. Se distingue el curso del arroyo que cruza el pueblo. A la izquierda el barrio de La Estación.



         Por aquí, por los entornos de mi ciudad adoptiva, aunque parezca raro, existen rincones como el que paso a describir donde la degradación medioambiental no es de momento preocupante. Suelo visitar éste lugar casi a diario, y mientras voy caminando hasta llegar a él, me embeleso sobre todo en la época primaveral, oyendo la bella sinfonía de los ruiseñores en las alamedas a lo que yo he dado en llamar concierto de flautas. Observo también mientras camino hacia ese lugar como ya los conejos  se han acostumbrado a mi presencia y ni se inmutan, o puede que tal vez me hayan  perdido el respeto, el caso es que ya no se molestan en salir corriendo hacia sus madrigueras; si acaso atusan sus orejas mientras me observan a poca distancia. No exagero es una plaga de tantos como hay.                                       
         Luego llegado a un arroyo, en sus orillas muchos días me siento bajo la enorme copa de un álamo casi centenario mientras me recreo en la lectura. En el tiempo otoñal,  estación que dicho sea de paso es la que más me gusta, algunas de sus hojas, sobre todo las de las ramas más altas y que son las primeras en adquirir el amarillo encendido de su muerte propio de esa estación, reparo como lenta y mansamente van  cayendo en el suelo  ante cualquier  soplo de brisa. La música que produce el viento al agitar sus ramas y sus hojas, me distrae a veces de la lectura, y observo como las mismas antes de su caída,   dibujan en el aire extrañas filigranas, hasta posarse bajo su lecho; otras en cambio son arrastradas por el arroyo silencioso que se desliza casi acariciando mis pies, y al resto de la arboleda, zarzas y otros matorrales.
         Es éste un arroyo con un buen caudal, de aguas limpias y cristalinas, que nace pocos metros más arriba de donde me suelo parar a reposar, en una extensa y vallada finca. Son tan limpias sus aguas que en los recovecos de su cauce dicen que moran aún cangrejos de río. Poco más abajo las aguas se bifurcan de forma artificial en dos caceras, para dar vida a una vega donde todavía queda algún hortelano.
         Este paraje que describo está en un lugar escondido y alejado para mí, pero merece la pena ir y gozar en su contemplación, sobre todo aquellos días que sin saber por qué, tu estado de ánimo así te lo aconseja. Allí distanciado de la polución y de los ruidos de la ciudad, me expansiono rodeado de naturaleza. Solo perturba su quietud el ruido de algún pájaro de hierro al que no quiero mirar para así no identificar su especie, o mejor dicho, su compañía o bandera ya que lo hacen a muy baja altura, por la proximidad al aeropuerto.
          Así, mirando el arroyo con detenimiento, recuerdo, nuestro arroyo de entonces, el Arroyo Santa Ana.
         Aquel arroyo de juncos, al que yo aunque siempre a regañadientes, ayudaba a mi madre a llevarle la canasta de ropa, para lavarla y reservar una poza. Yo me encaminaba hasta la Puerta Martos, por la entrada del transformador, cerca de la casilla del hombre del patín. Allí, arroyo arriba, y después de marcar una de las pozas con una piedra, hasta que mi madre venia, jugaba en los cauces de aquél caudal también de aguas limpias. Jugaba buscando ranas, porque escarbando entre los juncos, y la juncia, siempre saltaba alguna que trataría de capturar; o con juncos entrelazados hacia algo que se deslizaba por el agua, a lo que llamaba barco.
         Ese era nuestro arroyo, aquél en el que se lavaron más de mil lanas de casamientos, y se limpiaban los sacos y “fardeos” después de cada cosecha. Aquel arroyo, en el que hemos jugado tanto en aquellas siestas calurosas, buscando plantas olorosas de tomates en sus cauces, cuyas simientes antes de ser fecundadas, habían pasado por algún que otro entresijo.
         Nuestro arroyo. Ese arroyo que nutria en modo de alfombra hecha de juncos, juncia, mastranzos y menta, las calles el Día del Señor, y que se recogía en los recodos y remansos, aguas abajo, allí por donde hasta sus aguas no llegaban el eco de la campanas.   Ése arroyo que para cruzarlo había saltar de peña en peña, tal y como dice el cantar.
         También mostraba su rebeldía durante el fragor de alguna tormenta. La célebre “venia”. Más de un susto nos ha dado. Pero algo tenia de bueno, limpiaba el arroyo desde El Puente de Palo hasta Manfrio.
         Recuerdo también, cuando cayó el camión del “Olivo“ pendiente abajo por el puente de  La Puerta Martos, y tuvieron que subirlo con sogas. Medio pueblo estaba allí ese día.
         Un pajarillo me distrae y me vuelve a la realidad.  Va saltando de rama en rama, por entre la maleza del arroyo si percibir mi presencia. Creo que es un verderón.
         Miro de nuevo el arroyo. Sé que esas aguas transparentes que pasan ante mí sin tener prisa, quizás presagiando su triste destino, antes de morir la noche morirán en las fétidas, viscosas y malolientes aguas del río Jarama. Lástima.
                        
                                                          

sábado, 25 de diciembre de 2010

LOS SONIDOS DE MI PUEBLO








En el despertar de cualquier día de mi infancia, la primera voz que oías antes de levantarte era el pregonar de las tortas de la confitería, o el de los churros (tallos calientes). Le seguía el cabrero que con sus cabras en plena calle vendía su mercancía sin pasar por el envase de brik, sino que de las apretadas ubres, la leche iba directamente a la botella blanca de cristal de medio litro de agua de Carabaña que se utilizaba para este fin entre las quejas de algunas mujeres que protestaban para que no les echara mucha espuma.
Las calles eran un continuo deambular de gentes y voces anunciándose. Cada uno de ellos lo hacía empleando un tono musical diferente de manera que se hacía así más identificable.
El de la cal con sus borricos cargados de ella.  ¡Y vamos Mariaaaaaaa, a la caaaaaaal ! Así la pregonaba.
El de la miel de caldera, con la miel en un pellejo curtido cargada en un animal de carga enjaretado. La pregonaba diciendo: ¡Miel de caldera!, y los chiquillos contestábamos: ¡Y el borrico que se te muera!  
El que vendía macetas y cántaros de barro. A éste le gustaba bien empinar el codo. Creo que venía de un pueblo cercano. El dinero de las primeras ventas lo empleaba en vino, y cuando ya no se podía tener en pié lo subían al animal, y éste como se sabia el camino lo devolvía a casa.
Tenía asimismo su entrada por el mismo sitio el de las gallinicas americanas. ¡Gallinicas americanas, las que no ponen hoy ponen mañana!
De esta manera anunciaba esta golosina para los chiquillos.  Eran de caramelo color rosado con el dibujo recortado con la forma de la gallina no más gruesa que una galleta. Iban cogidas con un palillo de los dientes y pinchada en una hoja de chumbera incrustada en un palo que portaba quien las vendía.
También el de las maceticas. Las anunciaban diciendo:  ¡Maceticas a chica y a gorda! ¡A gorda las maceticas! Eran también de caramelo, y el molde para darle forma era lo más parecido a un dedal de costura.        
El que arreglaba las sillas con anea también llamada espadaña. Se daba a conocer diciendo: ¡Vamos sillas amores! ¡No se sienten más! Dicen que la autoridad o la “censura” les prohibieron aquello de “amores” en su cántico. A los chiquillos nos gustaba ir tras él para robarle algún penacho parecido a un habano que sobresalía del haz de anea que portaba.
El trapero. Ése que decían nuestros padres que nos engañaba. Llevaba prospectos, tebeos, regaliz, globos, paloduz, etc. La boquilla de metal de una bombilla fundida era nuestra mejor moneda de intercambio o trueque.
Venía igualmente un personaje todo de negro con blusón del mismo color, que mas bien parecía sacado de la película Viridiana, que arreglaba paraguas, y echaba lañas a las fuentes y platos rotos de cerámica. No era muy amigo de la chiquillería. Llevaba una herramienta especie de berbiquí con una perinola. Su cántico era ininteligible.    
Había otro, gitano, bastante alto con bigote para más señas.  Éste era un especialista en arreglar los orificios a las ollas, cazos, y cuajaderas. Portaba una especie de artilugio parecido a una cafetera con carbón ardiendo. En su interior una pieza de metal siempre candente para derretir el estaño cuando alguien le requería para  reparar la avería
Los manchegos con sus blusones grises vendiendo quesos de casa en casa.
La mujer que compraba los pellejos de conejo a cambio de unas agujas. Estos se tendían al sol en el corral para que se secaran y eran nido de avispas y moscas.
El “regovero”, que compraba los huevos, ya que en casi todas las casas había gallinas.
Aquél que vendía la arena para fregar los platos. La arena en cuestión por su color más bien parecía robada del albero de La Maestranza.
El afilador con su sinfonía pastoril. Sus notas musicales eran como una escalera para subirse a los recuerdos.
En las esquinas, el pregonero. “De orden del señor alcalde. Se hace saber...”
El que venía contando historias tristes, de crímenes, y sucesos desgraciados, empleando en su cántico un tono medieval. Al término del mismo vendía el prospecto con su historia macabra.
La mujer que anunciaba de casa en casa el día y la hora de la misa de algún difunto, o el rezo en grupo lo que se le llamaba “viasacra”. 
Por el centro del pueblo la voz del barrendero que con un carrillo que a granel, iba recogiendo la basura de aquellas casas que no tenían muladar (mulear). La “mú” que tengo “pri”. La mugre que tengo prisa, quería decir.
En verano el que venía vendiendo moñas.
El de la rifa con su trompetilla, el que siempre para la romería  rifaba un borrego.
En las siestas calurosas, el de los polos. ¡ Al polo rico !.
Pero la voz mas escuchada y muy torrecampeña,  era la de “toootaoooooooooo”.!   Lo cambio y lo “venduooooooooooooooo”. Con su espuerta de garbanzos tostaos, colgada del brazo iban vendiendo y cambiando los garbanzos. La medida era en forma de cubo geométrico, muy parecida al medio celemín, pero más reducida. Creo que eran dos medidas sin tostar por una ya tostaos al trueque.
En tiempo de invierno, a primera horas de la noche, el de los hojaldres calientes, que los llevaba protegidos en una urna de cristal.
Luego casi aletargado, dormido, o tal vez sea sólo el recuerdo de haberlo escuchado a mis padres, la voz que se oía de madrugada en el silencio era la del sereno, diciendo la hora y el estado del tiempo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

INTRODUCCIÓN

        








         No quiero parecer un romántico, ni menos un nostálgico, pero quise escribir sobre Torredelcampo, mi pueblo, antes de que empezaran a desdibujarse entre las telarañas de mi memoria, los recuerdos de mi infancia y mi adolescencia que tanta huella dejaron en mis adentros.
         A través de mi escritura, quiero mostrar estampas de aquellos años del pueblo donde germinó mi vida, y que ausente de él desde hace ya más de cuatro décadas, siempre lo he llevado y lo sigo llevando en mi corazón.    
         En la gran mayoría de mis relatos dibujo a mi pueblo tal y como yo lo viví en la época de mi niñez y adolescencia; el espacio de tiempo que va desde mis más tiernos recuerdos de la infancia, hasta mi éxodo. Un periodo cargado de matices grises, de una España de posguerra, de penurias, de privaciones y necesidades, y cómo no, de emigración, llegando esto último a ser para mi una de las mayores tragedias ocurridas en nuestro pueblo.
         Escribir para alimentar mis sentimientos, mis sentimientos, -recalco-, creo que es mucho más hermoso y enriquecedor que aquellos que lo hacen para buscar otros fines. Pero para escribir, necesitas el apoyo moral de alguien que te anime. No sólo basta aferrarse a la voluntad que uno pueda tener, necesitas el báculo donde puedas sostenerte. Tuve suerte, y encontré a personas que me animaron, algunos, avezados y diestros en esto de las letras. También encontré la meritoria paciencia de mi mujer.
         Dicho esto último queda claro para aquellos que no me conozcan que no soy un literato. La mayor parte de mi vida la he dedicado a los números, pero mi afición por la lectura y la escritura la llevo en mis genes, sostenida y alimentada desde muy niño por mi abuelo materno, a quién le debo esta vocación.
         Muchos de estos escritos a los que doy vida en este blog, ya vieron la luz en el periódico desaparecido NCV Nuevo Camino Viejo, de Torredelcampo. Muchas de las fotos pertenecen al libro: Torredelcampo en el Recuerdo, cuyos autores son Alfonso Maldonado Eliche, José Alcántara Blanca y Juan Moral Gadeo.  
         Espero y deseo que mis relatos sirvan a todos aquellos que quieran saber de las costumbres, tradiciones y el modo de vida de una época torrecampeña.
          

                                    Antero Villar Rosa