viernes, 28 de noviembre de 2025

OTRA VEZ NOVIEMBRE.

 Los últimos días de octubre se marcharon entre la luz dorada y misteriosa de este otoño que evoca a los de mi infancia. Los primeros días de noviembre, desde siempre, han sido, y son para mí, lúgubres y mortuorios. Días tristes y melancólicos como eran los de antaño donde hasta las sombras parían miedos; días aquellos de lamparillas de aceite y candiles para las ánimas que necesitaban luz, adobado todo ello con chismes de mujeres viejas. Me sigue invadiendo la incertidumbre de todo esto, lo único cierto es que los muertos deben de odiar a la vida cuando ninguno regresa, y los vivos odiamos a la muerte. 

Mientras tanto, el otoño sigue ardiendo en el campo con lumbres de varetas. Los olivos beben atragantándose del agua afortunadamente recién llovida días atrás sobre la manta seca del largo verano, al tiempo que germina la hierba -desde siempre el mayor enemigo del agricultor- la que empina el codo con mucha más ansia que el olivar. Falta más agua, pues aún los cardos no han sido doblegados por vientos húmedos, esos que anuncian lluvias persistentes que arrastran todo lo que estorba. Quisiera que ese viento me trajera alguna vez el olor a pan amasado por mi madre. Sé que lo hará algún día, cuando termine de dar la vuelta, aunque para entonces, sea para mí demasiado tarde.
En nuestro parque caen las hojas de los árboles. Son como las de los periódicos caducos cuyas noticias dejaron de ser noticias. Estas últimas, todas hablarían de guerras y de conflictos, en cambio las que se dejan amontonar por la sopladora, me cuentan de una primavera de rosas, de aires romeros, de la alegría de los niños de un colegio cercano, de un verano largo y tórrido de refrescante piscina, y de una feria huérfana de jazmines, sin cines de verano y animadora.
Días los de este noviembre, cortos y lentos, pero de largas noches preñadas de recuerdos donde mi insomnio me conduce a visitar lugares con paisajes cambiados. La campiña en este tiempo de simienza se dejaba arañar con el arado dibujando desde lejos figuras geométricas que se asemejaban a los remiendos de los pantalones de los gañanes. Morían las semillas de trigo enterradas por el arado con la promesa de parir espigas antes del primer canto de las cigarras.
Miramos el mundo una sola vez en la infancia, el resto es solo un recuerdo. (Louise Gluck)
De noche, desde mi ventana, miro a la misma luna que en mi niñez, que al igual que entonces, sigue pintando de plata los olivares. No todo ha cambiado.

jueves, 27 de noviembre de 2025

LA OLIVA DE FRASQUITO. (Así se le conocía a mi padre)

Cuento que presenté al IV Premio Internacional de Relato Corto sobre el Olivar, Aceite de Oliva  y Oleoturismo convocado por Ferias de Jaén y organizado por la Asociación Cultural Másquecuentos, y que fue seleccionado por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla para formar parte de un libro en formato digital de edición limitada con un interés académico y de una proyección internacional.

En la amplia explanada de la almazara hizo entrada un autobús que sin ninguna dificultad aparcó en una zona señalada para ello. El silencio habido en el lugar quedó alterado por el griterío de niños que iban descendiendo del vehículo a pesar de que uno de sus tutores con voces destempladas trataba de poner orden al alboroto. La intensidad de la algarabía fue disminuyendo a medida que dos gerentes de la entidad aceitera que  esperaban a los visitantes fueron acercándose al grupo. Después de que estos saludaran a los dos profesores que acompañaban a los niños, uno de los representantes de la almazara se dirigió a los visitantes con unas palabras de bienvenida mostrándoles en nombre de la cooperativa su agradecimiento por la visita y anunciando a los chavales que el día de hoy sería recordado por ellos durante toda su vida, pues les iban a  dar a conocer no solo el proceso de la transformación de la aceituna en aceite y la cata de algunas variedades, sino la vida de la principal protagonista, la oliva, la productora del fruto. Asimismo, les iban a mostrar el esfuerzo y la manera de laborear el olivar por aquellos agricultores de antaño, y de cómo, poco a poco, la maquinaria y las nuevas tecnologías, han ido cambiando  muchos de los trabajos que antes se realizaban por otros más modernos que hacen más productivas a las plantas.

Una vez dentro del recinto, en una amplia sala seguramente destinada para las reuniones de los socios, fueron invitados a sentarse. Las paredes de la estancia estaban adornadas con amplios murales de fotografías a todo color de paisajes de olivares que nacían desde el suelo hasta el techo haciendo creer al visitante el estar paseando por un olivar. En un lugar destacado aparecía solamente la foto de una oliva muy frondosa a la que todos desde el principio no dejaban de mirar. Al ver que el epicentro de todas las miradas incluidas las de sus profesores era la fotografía de aquella oliva, miradas que iban acompañadas de algunos murmullos, uno de los directivos tomó la palabra para manifestar lo siguiente:

–Me satisface enormemente que el poster de esta oliva haya ocupado vuestra atención desde el momento que habéis entrado. Esta foto que estáis viendo no es de una oliva cualquiera, es una oliva muy especial, tan especial que quiero que conozcáis su historia, pero yo  no voy a ser queridos niños quién os la cuente, sino ella misma, porque esta oliva aunque no os lo creáis está llena de vida, tanto, que hasta habla.

Un murmullo de voces sorpresivas infantiles casi apagadas estas, invadió la sala mientras que ambos profesores dibujaron en sus rostros una sonrisa.

El directivo, instantes después prosiguió:

–Esta oliva era en el conjunto de todas las que componen un olivar de esta demarcación, la preferida de un hombre que vivió hace ciento cincuenta años aquí en este pueblo en el que os encontráis y al que se le conocía cariñosamente como Frasquito. Queridos niños… ¡Estad atentos!

El otro representante de la cooperativa que no llevaba la voz cantante apretó un botón de un aparato que estaba situado en una mesa y al momento  todas las luces se apagaron permaneciendo solo dos focos iluminando el poster de la majestuosa oliva mientras que una música envolvente inundó el recinto. Una voz de mujer muy armoniosa y agradable prestó su palabra a la planta centenaria después de que el volumen de la música fuera casi apenas perceptible.

La oliva comenzó su diálogo:

– ¡Hola!, dijo esta. ¿Queréis saber mi nombre? Mi nombre… Pero… ¿qué importa mi identidad?  Sé que mi progenitor, aquél que me dio la vida hace más de ciento cincuenta años se llamaba Francisco, aunque todos  en el pueblo lo conocían cariñosamente como Frasquito. En un hoyo realizado a base de azadón de un metro cúbico hizo mi cuna. Después, dos vástagos verdes con muchas yemas, escogidos de mis antepasados picuales fueron enterrados en aquél foso, y de ellos broté yo, con suerte  en una tierra muy rica en nutrientes y apta para mi desarrollo. Durante mi niñez, recuerdo a Frasquito llevarme agua en los meses de estío para calmar mi sed puesto que mis raíces aún no habían profundizado en la tierra para buscar el jugo necesario para mi sustento; sus caricias arañando la costra cuarteada días después del riego me hacían cosquillas mientras me arropaba con tierra mullida, así hasta que comencé a dar mis primeros frutos y hacerme mayor. Supe que había alcanzado mi mayoría de edad cuando dejaron de llamarme olivilla y empezaron a nombrarme oliva, lo mismo que a mis hermanas que viven a mí alrededor. Así que como oliva se me conoce, y he de decir que me gusta este término y no el de olivo, pues me tengo por una gran señora.

Son muchas cosechas las que tengo en mi haber, mis anillos de crecimiento que contabilizo en mi tronco y que no mostraré hasta el día de mi muerte, delatan que soy una oliva veterana, pero aunque las estadísticas me auguren muchas más cosechas, enfermedades que antes no se conocían como la Verticilosis y la Xilella Fastidiosa, pueden acabar con mi vida vegetal en cualquier momento, motivo por el que quiero escribir en mi último anillo lo más importante de mi biografía para dejar constancia de lo  vivido  con el fin de que puedan servir estas mis vivencias a futuras generaciones.

Continuo con mi diálogo diciendo que me alegraba siempre ver a Frasquito  por el olivar, aunque lo que más me molestaba era cuando después de la recogida de la cosecha, este,  me cortaba el pelo, dado que tenía que decirle adiós a muchas de mis ramas, mis hijas; era cuando la afilada hacha de mi progenitor me dejaba semidesnuda de mucha de la espesura habida en mi follaje. Lloraba en el silencio de la noche sintiéndome desprotegida y desarropada, a veces  hasta con tiritera, motivada mi tristeza por las incontables ramas cercenadas por la poda, hasta el punto que echaba de menos a  la lechuza que acostumbraba a posarse en ellas, y que siempre cuando esto sucedía buscaba otro refugio. Pero aquél disgusto no era óbice para que entrara en desánimo, pues pensaba que en primavera debía de procurar esforzarme para generar nuevos y vigorosos vástagos que supliesen a los caducos amputados que arderían a pocos metros de mí, siempre temiendo que el viento cambiase y me chamuscara con sus llamas. Qué guapa me veía, pues aunque parezca ser arrogante y presuntuosa, yo era la oliva más frondosa del olivar, la oliva donde Frasquito ponía el hato siempre que venía a trabajar, y yo se lo agradecía procurando darle buena sombra durante sus descansos.

Me gustaba sentir los resoplidos de las bestias bajo mi copa en su bregar removiendo la tierra y enterrando con ello a las malas hierbas mientras que el arado dibujaba un sinfín  de surcos sinuosos en besanas siempre diseñadas por Frasquito. El azadón de mi progenitor cavando mis pies alrededor de mi tronco completaba la primera vuelta de arado. Más tarde, durante el periodo de floración, volvía de nuevo  la segunda vuelta  a la  que se le conocía como bina, con lo que con este trabajo se completaba el ciclo anual de roturar la tierra. Cuando con el azadón Frasquito me tapaba el surco que el arado dejaba en la parte baja de mi tronco, la tierra quedaba uniforme, sin hierbajos, pobre de terrones y casi aplanada, preparada para recibir las últimas lluvias primaverales y soportar los calores del verano. Recuerdo en ocasiones la frescura de la correhuela  que emergía en el olivar después de la bina pintando de campanitas blancas la tierra mientras que los arrullos de las tórtolas mezclado con el canto de cuco  inundaban el olivar. Era precioso, y me siento orgullosa de que  la cruz de mi tronco sirviera para que  nidos construidos por tórtolas con los pelillos absorbentes de mis raíces, me distrajeran muchos años con la música de sus arrullos mientras duraba la incubación y la cría de los pichones.

A últimos del verano Frasquito nos agasajaba con serones repletos de estiércol transportados con las bestias hasta el olivar, estiércol que era esturreado bajo nuestras copas sirviendo de fertilizante que se transformaba en alimento muy vigorizante cuando el motor primaveral de la savia comenzaba a fluir por nuestros vasos leñosos. Por ese tiempo de verano cuando los días eran ya más cortos Frasquito me cortaba las varetas de mi tronco, varetas que me servían de alguna manera para protegerme del tórrido sol de la canícula del verano, y que una vez despojada de ellas llegaba a refrescarme ya que dejaba de alimentar a estas ramas parásitas que ya no me valían. Después, con las primeras lluvias otoñales, cuando el zorzal y el petirrojo venidos de lejos llegaban a mecerse en mis ramas y el canto de la perdiz retumbaba en las cañadas, Frasquito con un rastrillo allanaba el terreno a toda la circunferencia de mi copa para que cuando madurasen las aceitunas  y algunas cayesen al suelo, lo hicieran en tierra planchada, despojada de hojarasca y guijarros para facilitar su recogida.

Frías mañanas invernales aquellas en tiempo de recolección cuando algunas veces la escarcha pintaba de blanco todas mis hojas e incluso la tierra parecía estar nevada, entonces, el olivar era visitado por más gente. Mujeres y niños sin importarles el frio, recogían las aceitunas maduras caídas en el suelo mientras que los hombres golpeaban mis ramas para que yo soltara los frutos que aún colgaban y que a consecuencia de los golpes mansamente caían en una lona. Debo de ser sincera, me lastimaban aquellos porrazos para desprenderme de las aceitunas, pues eso entrañaba a que muchos de mis tallos cayeran mutilados revueltos entre tantas aceitunas, pero lo tenía asumido, así pues, eran daños colaterales  que conllevaba la recolección. Con el transporte de las aceitunas envasadas en capachos de esparto a la almazara a lomos de animales para transformarse en aceite, se terminaba el trabajo de todo un año.    

Después de más de cuarenta cosechas Frasquito, mi progenitor, dejó de visitarme y eso me entristeció, pero afortunadamente le sucedió su hijo, aquél que desde  niño  le acompañaba y al que educó  la manera tan profesional y cariñosa de tratarme, a mí, al igual que a mis hermanas, a pesar de que algunos años siempre motivados por fenómenos climáticos solíamos parir menos aceitunas.

Como dije al principio, han pasado ciento cincuenta cosechas y dado que mí ciclo vital es más duradero que el de los humanos, el hijo de Frasquito también dejó un día de visitarme. Hoy lo hace un bisnieto de aquél mi primer cuidador que afortunadamente me sigue cuidando muy bien pero utilizando maquinaria y técnicas muy distintas a las empleadas por aquél que me dio la vida llamado Frasquito. 

La situación actual del olivar es muy diferente. La transformación habida en la agricultura a lo largo de los años, de todo ello, el balance que puedo hacer es positivo, aunque con algunos matices que reseñaré. Este año, el último de mi vida vegetal cuelga en mis ramas una cosecha importante. Las lluvias otoñales muy tempranas cambiaron pronto el paisaje del olivar. El color parduzco del liquen seco bajo la superficie de mi copa en el verano se fue transformando poco a poco debido a la humedad a su natural color verde sucio característico que me ayuda a proteger la cubierta vegetal del suelo. El invierno también ha sido muy lluvioso por lo que atesoré el jugo necesario para una primavera prometedora y cómo no, para el caluroso verano.

Todo fue cambiando poco a poco a lo largo del tiempo. La afilada hacha para la poda fue sustituida hace muchos años por la ruidosa motosierra, y las ramas  de la poda son ahora trituradas o mejor dicho picadas por maquinaria especial para este fin, quedándose en el suelo  el serrín y demás residuos  como materia orgánica protegiendo  con ello la erosión y la humedad del terreno.  La yunta de Frasquito dejó de arar el olivar, y también el tractor que durante muchos años sustituyó a los animales. Se acabó el arar y el remover la tierra cavando los pies de los olivos, y he de señalar que con esta medida la tierra guarda más la humedad para mi sustento, y sobre todo está ayudando mucho a paralizar la erosión.  Echo de menos el estiércol, aunque todos los años distribuyen bajo mi copa abono granulado, pero no es nada comparable con el sabor y la riqueza en  nutrientes de aquellas putrefactas boñigas. El herbicida, un producto que nunca utilizó mi primer progenitor, lo utilizan mis cuidadores solo en el ruedo de cada una de las olivas que formamos mi familia, no así en las calles en las que  dejan crecer la hierba hasta que llegado un momento la desbrozadora da buena cuenta de ella quedando los despojos como abono, otra manera esta de ayudar al abonado y a la paralización de la erosión. La recolección con vibradoras y maquinarias más sofisticadas para derribar el fruto han contribuido a un menor sacrificio de tallos, puesto que las piquetas solo la utilizan para apurar algunas aceitunas que se niegan a caer en  mallas enormes que cubren además de los ruedos las calles. La recolección ahora empieza en fechas más adelantadas que muchos años atrás, consiguiendo con ello una mayor calidad del aceite obtenido. 

He de decir que desde siempre he sido y sigo siendo muy observadora y me entristezco con los comentarios tan preocupantes que oigo últimamente de mis cuidadores, quienes auguran el final del olivar tradicional motivado por el bajo precio del aceite, puesto que no pueden competir con el del cultivo intensivo agravado asimismo por políticas impuestas por la Comunidad Europea en las que se deja importar aceite de otros países cuando aquí somos excedentarios, además de que desde tiempos de Frasquito la agricultura ha sido siempre, y continúa siendo, la cenicienta de España, todo ello hace que yo me encuentre muy angustiada, hasta el punto que temo que mis cuidadores me abandonen.

Malos tiempos para nosotras las olivas y para los agricultores que nos cuidan, Yo espero que cuando nuevamente nos veamos, la situación haya cambiado, y el menosprecio hacía la riqueza obtenida de nuestro fruto, el aceite, se vea valorado, ensalzado,  y honrado para que  siga estando presente en todas las mesas.

Nada más queridos amigos, se despide de ustedes esta humilde oliva con el sabor agridulce del futuro tan incierto que se nos ofrece, para las olivas, y la gente que vive del olivar tradicional.

Adiós. Os abrazo a todos con mis ramas.

Después de que la oliva hablara, la persona que le prestó la voz continuó: 

–Como han podido escuchar, esta oliva no es una oliva cualquiera. La oliva de Frasquito vive, a ella, sus hermanas en asamblea recientemente la han elegido líder para que  fuera ella su representante, la voz de todas las olivas, por lo que ahora en el silencio de la noche se le ha escuchado decir:

–Amigas, ante la situación tan grave que estamos atravesando, yo alzo mi voz para que desde mi olivar me oigáis no solo vosotras, las olivas de mi comarca, sino en general todas aquellas de nuestra Andalucía.

Quiero que os mostréis orgullosas y arrogantes, bizarras y altaneras, nunca serviles ni desvalidas. Que no os vean desfallecer; tan solo,  cuando los grillos os acunen por la noche, entonces, contar a la luna vuestra desgracia, que ella alumbrará vuestras sombras con su farol amarillo, pero hablarle con mucho sigilo cuando el aire se halla calladoOlivas de Jaén, árboles centenarios, cuántas ramas de la paz han enarbolado en vuestro nombre quienes no os regaron con su sudor.

Sí, mostraros orgullosas, arrogantes, bizarras, y altaneras para que nos os traten como a viejas madames, como aquellas que viven en las ciudades en barrios miserables, donde las gatas en los tejados pregonan por las noches su encendido celo. Lástima de  olivas de mi Andalucía con sus troncos plagados de cicatrices y hendeduras acumuladas por cada uno de sus centenares partos. Pobres olivas, siempre embaucadas por cortesanos y celestinas, pero nunca traicionadas por aquellos que se esfuerzan por alimentarnos día a día con su sudor logrando mantenernos frescas y lozanas para que cada primavera quedemos preñadas de frutos.

La música dulce  y relajante que desde el principio acompañó a los diálogos fue la que aumentando sus decibelios puso fin a esta fábula.

A continuación, hubo unos momentos de silencio, después, casi al instante, una sonora ovación colectiva retumbó en la sala acompañada por algún que otro ¡bravo! Al poco,  los dos gerentes de la cooperativa aceitera estuvieron mostrando a los chavales todo el proceso que va desde la recepción de la aceituna en la almazara hasta su transformación en aceite a partir del verde  obtenido con la primera prensada, el virgen extra, el virgen y el lampante, todo ello mostrándoles la maquinaria moderna que se utiliza para lograr este producto  primordial en la tan valorada dieta mediterránea. Quedaron sorprendidos al saber que de los residuos de la aceituna se obtienen combustibles de biomasa, así como cosméticos elaborados con aceite de oliva que estaban expuestos en la exposición de la cooperativa aceitera.

Aquellos chavales se despidieron después de degustar un “panaceite” que les supo a gloria. A uno de ellos le preguntó uno de los gerentes que si se llevaba un buen recuerdo de allí. Su respuesta fue rápida:

-Siempre recordaré a la oliva de Frasquito.

Este que escribe, autor de esta fábula, me uno al manifiesto de esa oliva centenaria dedicándole estas palabras:

Señora oliva poco cortejada en estos tiempos, yo, admirador tuyo, fiel degustador desde siempre de tu rica esencia, con todo el respeto que me mereces y con el permiso de tu esposo, el olivo, al tiempo que me despido de ti, déjame abrazar tu tronco, pues sé que al sentir mi calor  envolverás con tus verdes ramas al jornalero que sigue cuidándote.  

martes, 12 de agosto de 2025

EL ARREMATE ACEITUNERO.



En algunos tajos grandes habiendo acabado la recolección de la aceituna, o terminada la molturación en los molinos, algunos patronos solían tener algún detalle con los obreros, bien con una damajuana de vino en el tajo el último día de trabajo, o una comilona, como se solía decir en nuestro pueblo, “comitrona”, que por lo general el escenario del festín días después del arremate era el de cualquier lugar escogido de nuestro cerro. Cuando esa muestra de agradecimiento del acomodado y mezquino patrón quedaba soterrada, que lo era casi siempre, los mismos jornaleros a escote se daban un homenaje a sabiendas de que el perdedor de la fiesta no era el amo, sino el borrego.
En estas celebraciones nunca participaban las mujeres. La única aportación que algunas tenían era la de recibir después del evento al alegre marido entre risas por lo inusual en él de verlo achispado, y es que el vino en estas ocasiones corría en exceso, y se hacía bueno aquello de “Cuando Dios llamó a Gabino no dijo: Gabino ven, sino ¡venga vino!
En aquellos tiempos el vino no se vendía en nuestro pueblo embotellado o en brik como ahora, sino llevando a llenar la botella o damajuana a la taberna o a cualquiera de las muchas tiendas de ultramarinos que existían por aquellos tiempos. En todos estos establecimientos, el barril conteniendo vino blanco de la bodega Morenito o Maroto permanecía anclado en un ala de la sala con su pipa (grifo) de madera dispuesto a abrirse a la necesidad de cada cliente.
Para celebraciones como la de la fotografía que cuelgo como ilustración a mi comentario, sospecho que los celebrantes de un pueblo cercano al nuestro ya habían apurado más de una damajuana a juzgar por el estado de embriaguez que se observa en todos los participantes. Uno de ellos presume enseñando la curvatura de su barriga, saturada tal vez por el atracón de la “comitrona”, mientras que otros beben de una bota de vino y bailan. El que recortada su figura asoma a la derecha de la fotografía, parece que anda hurgando en su entrepierna algo que busca y no encuentra. Estoy por apostar que dado su estado ebrio, acompañado asimismo por su edad, no llegaría a hallar lo que buscaba.
Los borrachos de vino eran graciosos. No sé por qué, los chiquillos cuando veíamos alguno balanceándose por las calles de nuestro pueblo le gritábamos aquello de: “paloma, paloma…” Me gustaría saber el origen de esto. Lo que sí tengo seguro es que si aquellos borrachos de vino eran divertidos, los de ahora con las bebidas incendiarias que ingieren alborotando con ello sus neuronas, son, en muchos de los casos, peligrosos y pendencieros.
Como despedida solo quiero desearles a todos los que disfruten de algún arremate gocen del festejo lo mismo o más que los que aparecen en la fotografía.

EVOCACIONES EN UNA NOCHE DE LLUVIA.

Agoniza la tarde sin prisa. Pienso, que solo el sonido de las fuertes ráfagas de viento debe de perturbar el silencio del olivar. Más tarde, a intervalos, gruesas gotas repiquetean sobre los cristales de mi ventana. Llueve por la noche en mi pueblo y pienso que el agua caerá mansamente en los olivares. Veo a los tallos largos de mi jazmín agitarse por un viento silbante, violento, y borrascoso. Algunas hojas secas venidas tal vez de los semidesnudos y cercanos árboles del parque caracolean en mi patio dibujando filigranas sobre el pavimento produciendo un ruido que se confunde con el del crepitar del fuego de la chimenea.

El olivar sigue bebiendo durante días como lo hacían aquellos viejos campesinos en noches de temporales recordados. Lástima que ahora en el campo nadie pueda escuchar el placentero sonido de la lluvia en el pajar de un cortijo. Solo en la desnudez de la noche, lo hará algún que otro pajarillo al cobijo del fuerte viento y de la lluvia en alguna de las espesas ramas de cualquier oliva indultada por la motosierra. Descansará la avecilla relajada, dado que en noches así, antes, deslumbradas por improvisadas antorchas de petróleo, o lámparas de carburo, morían por el golpe mortal de un palo mientras que los olivares se poblaban de luces parpadeantes creando con ello un escenario fantasmagórico.
Sé que la música de la lluvia en noches así perturbaba a los insomnes, pero el sonido de las canales era la música que nos regalaba la naturaleza. También las de aquellas gargantas prodigiosas que ensayaban fandangos en las tabernas en mis recordados tiempos con letras de amor y de hambre de todo. Ahora, fueron remplazados estos sonidos por el de las salpicaduras de los coches al rodar en las calzadas inundadas por la lluvia, y por otros más molestos que no quiero contar. Pero en mi pueblo, cuando estoy aquí, a pesar de algunos ruidos miserables, aprendo a hablar con el silencio.
Sigue lloviendo sobre los viejos, contados y ondulados tejados de nuestro pueblo donde los gatos solían emitir sonidos amorosos en noches como las de hoy. Ya se fueron aquellos gatos de mi infancia montados en un maullido que se llevó el viento hace mucho tiempo. Espero que ese mismo viento vuelva a traerme esos recordados sonidos algún día cuando el aire de la vuelta. Cuando lo haga, de esto estoy seguro, ya será tarde para mí.
Veo a través de mi ventana la lluvia caer en la avanzada noche. Una niebla casi derrotada abriga con una sábana blanca hecha jirones parte de la sierra que desde una de las ventanas de mi casa diviso. Un amarillento resplandor colorea una parte del nublado, y es que la luna debe de estar asomando por Jabalcuz que esta noche no podrá bañarse con su lumbre de luz en este invierno que agoniza.
Sigue lloviendo y el olivar bebiendo. Dejémoslo beber, que no malgaste el agua que hoy lo riega, que sepa guardarla en las albercas de sus raíces pues les hará falta cuando empiecen a cantar las cigarras.

VOLVIENDO A ANDAR POR MI CALLE.

Contemplo el paisaje en mi pueblo. El mismo que habré visto tantas veces, pero aun siendo el mismo que viera siendo niño, ha cambiado con el paso de más de siete décadas. Este paisaje de ahora, me pone en paz conmigo mismo, pues ya, aquel otro cuajado de desasosiegos de juventud fue barrido por un viento sin prisa que se llevó una a una, las hojas de más de setenta almanaques transportándome hacia una paz serena y solitaria que ahora disfruto en la juventud de mi vejez. Al menos en esta etapa de mi vida me parece estar anclado.

Pero he de admitir que me gustaría tener aquel espíritu indomable que tenía a mis trece años y poder reencontrarme con mis amigos, con todos, los que se fueron para siempre, y aquellos otros que no volvieron a nuestro pueblo, los que han vivido o siguen viviendo en cualquier esquina o rincón de nuestra geografía. Sueño con un imposible que es poder encontrarme con ellos en nuestra plaza los domingos vestidos con nuestras mejores galas entre el clic clac de las pipas y el humo de aquél primer cigarro, todo ello, a través de empujones provocados por tanta gente joven que agolpados daban vueltas y más vueltas al rectángulo de nuestra plaza mientras se cortejaban. Todos los de mi edad participamos de este ritual hoy extinguido, y lo hicimos cuando provocado por la adolescencia, las hormonas bullían en nuestro ser, algo que no podíamos detener, como ha sido imposible retrasar esta primavera que acabamos de inaugurar. Hoy, las prácticas de seducción son otras muchísimo más liberales y libertarias, las mismas que pasados los años alguien recordará como yo estas otras que viví.

Debo de confesar que hay días que estando en mi pueblo mi estado de ánimo se abate. Es cuando visito el hogar de mi infancia, la casa donde hubo tanta alegría, y donde hora no hay más que paz y quietud entre sus muros, sosiego este casi perpetuo que disfrutan los muebles y enseres que lo habitan envejeciendo entre un aire viciado, y que mudos ellos, me hablan de un tiempo en el que fui feliz junto a mis padres y hermanos. Estando allí y en este temporal de lluvia que ahora disfrutamos, echo de menos el olor a aquel café de torrefacto mañanero, al aroma de los picatostes, a leña recién podada, al humo de la lumbre que servía para ahumar los chorizos y las morcillas que colgaban en el techo de la cocina, y cómo no, a mi padre haciendo pleita pegado al ruedo de la chimenea, mientras mi madre se afanaba en sus quehaceres cotidianos. Yo, mientras tanto, en días de lluvia, a escondidas, leía novelas de Marcial Lafuente Estefanía. ¿Cuántas habré leído? Mi abuelo llevaría la cuenta ya que era mi cómplice, pues me daba dos reales cada vez cuando iba a cambiarla por otra en el quiosco de la plaza.

Cierro la casa de mi infancia, el almacén de tan buenos recuerdos y salgo a la calle donde aquellos niños que se aprecian en la foto -donde estoy por asegurar me encuentro-, dejamos de jugar y de compartir pan y alegrías hace mucho tiempo. La calle de ahora está solitaria y triste. Los niños, si es que viven algunos en esta calle de mi infancia, estarán jugando frente a una pantalla utilizando el teclado de un instrumento con las últimas tecnologías. No sé, pero no creo que jugar con una máquina sea tan divertido como jugar con los amigos en la calle como lo hacíamos en mis tiempos.

Son mis amigos, en la calle pasábamos las horas... (Amaral)


NOCHES DESPUÉS DE LA ROMERIA.

 Durante la noche, el viento mece oraciones venidas de lejos queriendo entrar al interior de la ermita por el tejado. Una luna que irradia brumas de plata sobre el silencio del monte, alerta al perro de la santanera que todo asustado emite ladridos lastimeros. Las plegarias optan por esperar turno en la lonja hasta que chirríen los goznes de la puerta en la apertura de la ermita. Será como cada día, hasta la hora que Santa Ana regrese del Cielo a su camarín después de tomarse el café.

Duele el silencio en el monte que duerme después de varias noches de insomnio, solo lo perturba el ruido de las hojas recién estrenadas de los árboles cuando bocanadas de aire las agitan. Las agujas de los pinos cercanos al altar romero han dejado de llorar agua bendita desde que se marchó la última lluvia caída el día de la romería.

Entre unas piedras, una mata de amapolas muestra orgullosa el rojo de sus flores que sobrevivieron a las pisadas de tantos romeros, y altivas estas, la ofrecen a nuestra Patrona contagiando a todas las del monte que a porfía en este mes de mayo en un rayo de luna las elevan al cielo al paso de unas nubecillas aborregadas que en ordenada formación se dirigen a la campiña. Flores a María.
Un grillo casi afónico ensaya sus primeros tonos con un grillar ronco lo que ha soliviantado el sueño de una ardilla que salta desde un árbol y se oculta entre la hierba. El ruido de un bote de cerveza al caer al suelo arrojado por unas sombras que se dirigen adentro del intricado bosque ahuyenta a la ardilla que se pierde ayudada por la nocturnidad. El grupo de sombras son el rescoldo de un arremate inacabable.
Rayando la luz del día, cuando la luz prendía a la mañana, mientras que el monte se arropaba con una sábana de bruma, y una luna sin farol se escondía entre jirones de mantas negras, soñé que esto era un sueño, el sueño de un torrecampeño entrado en años que cada día a esta hora de cada temprana mañana, desde la lejanía, se interna en nuestra ermita y reza a Nuestra Patrona Santa Ana y a su Virgen Niña.

LA SIESTA.

Año 1955

En un tejado ondulado de una vieja casa labriega, de muros relamidos y desgastados por cientos de inclementes temporales, bajo el fuego de las tejas, el gorrión vigila la calle que aparece desierta. Mientras el gorrión está despierto, el pueblo duerme la siesta. Un hombre con sombrero de paja, por aquella calle de dura tierra y piedras calenturientas, va camino de la era. Al poco, una mujer enlutada con pañuelo amarrado a su cuello que le cubre la cabeza, camina deprisa. A pesar del calor se arropa con un echarpe de lana llamado "media manta", cubriéndose parte del rostro con esta prenda. No quiere que nadie la critique, por este motivo sale a la calle a estas horas para no ser vista cumpliendo el duro protocolo de los lutos en aquellos tiempos.
El sol abrasador de las cuatro de la tarde quema la cal blanca del encalado de las paredes queriéndola hacer negra.
Un niño de corta edad con una espuerta colgada en el brazo rompe con sus voces la tranquilidad de la calle y al espeso silencio que envuelve el interior de las viviendas, donde camastros y colchones, al frescor del suelo, a la gente que duerme la despierta. El niño en la calle va vendiendo su desgracia. Tostaos pregona a gritos, aquello que vende y cambia dentro de la espuerta. Se oye abrir un ventanuco, y el llanto de un lactante produce ecos en la calle hasta después de que el niño garbancero se fuera. Mientras tanto, el gorrión sigue refugiado bajo la teja porque el flamear de la canícula el volar no aconseja.
Al poco, otro niño en la calle aparece en escena. De colores son los polos de hielo que vende, y su pregonar, al igual que el del garbancero, no consigue que en aquella calle ninguna puerta se abriera. En una fuente cercana, ambos niños se refrescan e intercambian mercaderías de las que ambos venden, sin pensar que más tarde alguien les ajustará las cuentas.
En la era, el hombre de las abarcas maldice cuando al aventar se baña con las paladas de paja y grano que en cascada se internan por su camisa y le bajan por la entrepierna. No se mueve ni una hoja, ni el puñal que mira al cielo del ciprés del cementerio cercano se balancea. Su mujer, de piel achocolatada, arrugada, y áspera, sostiene en sus manos un escobón fabricado de plantas de cantarera, que aún no le ha servido para barrer el pez en aquella era, y trata de consolar a su marido diciéndole que al llegar a casa se le quitarán los picores con una ducha de regadera, a lo que este responde su mala suerte, que ha puesto el pez al solano y por su veteranía y conocimiento, cuando sople el viento lo hará al derecho, esto es, todo al contrario.
Mientras, en aquella calle, una mujer riega la puerta, y el dulce olor a tierra mojada, invita al gorrión a abandonar la teja. Trigales cercenados por la hoz pintan de amarillo la campiña, y del mismo color, algunas hazas cercanas al pueblo, donde los rastrojos tienden a morir al chocar con las tapias de los corrales. El gorrión merienda los granos de una espiga de cebada que el rastrojo cercano le brinda, él ha llenado el buche, sin embargo, aquellos dos chiquillos descritos que aún vocean por las calles vendiendo su mercancía, ya hicieron la digestión al gazpacho, principal alimento de la comida del mediodía y están seguros los dos, que, para la cena, ni cuchillo, ni mantel, ni tenedor adornarán sus mesas.
Al morir la tarde, el gorrión se va a dormir a un álamo centenario. Tan viejo es el árbol que tal vez estaría ahí antes de que nuestro pueblo tuviera nombre. Desde la verja del jardín de La Huerta los Toros, un rosal de pitiminí quiere abrazar sin conseguirlo al anciano álamo, no así su fragancia que se expande volando hasta las ramas más altas del olmo descrito, donde, cientos, tal vez miles de gorriones, con un piar ensordecedor intentan cobijarse a pasar la noche al abrigo de su espeso follaje. Un niño con un tirachinas en la mano mira a las ramas altas del árbol cerca del grueso tronco, tensa las gomas del tirador y lanza la china como proyectil. Se oye un aleteo e instantes después el de un golpe sordo producido por un gorrión al chocar contra el suelo. El niño sonríe, y el ave muerta la introduce entre la camisa y su pecho junto con otros gorriones que han tenido la misma suerte.
La tarde que ardía, se despide antes de morir con algunas bocanadas de aire más fresco transportando lúbricas fragancias de jazmines y dompedros. Colores, olores, y calores de verano, recuerdos de mi infancia.

EVOCACIONES.

Vieja plaza la de mi pueblo, de desgastadas baldosas. ¿Dónde estarán?, aquellas que dejaron de contar mis pasos en tardes de amorosas primaveras. Quiero volver pasados los años para llenar los surcos de sus grietas de cáscaras de pipas junto con la colilla de aquél primer cigarro que nunca debí ponerme en mis labios.

Vieja estación, hoy agonizante, que parece invitar a veteranos y caducos viajeros a sacar billete para su último viaje. Dicen que la ventanilla estará abierta cuando se oiga el pitido del tren en noches de temporales y lunas enlutadas.
Viejas campanas cuyos sonidos a pesar de los años no envejecen, ellas mientras lloran con un tañer muy lento, le van contando al viento la historia de aquél niño que fuiste un día y que hoy lo llevan muerto.
Viejo Camino Viejo, hoy poblado de cipreses acuchillando el cielo. Pobres cipreses castigados desde siempre a no conocer trigales en mayo, ni amapolas, ni rebaños camino de los pastos, ni aquél puente de palo que cruzaba el arroyo y que hasta él llegaba el olor de los mastranzos.
Vieja feria aquella que aumentaba el padrón. Pobres conejos sacrificados para agasajar a emigrantes retornados por unos días. El pueblo hervía de tanta gente. Alegría desbordante en noches de animadora y ponche de melocotón.
Viejas animadoras que nunca han envejecido en mis recuerdos. La plaza a rebosar, olés unísonos, y !oooh! de asombro, cuando la artista enseñaba a los acordes del pasodoble aquello tan esperado por el mocerío. Tragos de agua para apaciguar los ánimos, “a gorda la barrigá”. Que vuelva la animadora. Éxito asegurado.
Vieja maleta aquella que me hizo el carpintero el día que me fui del pueblo, con remaches de metal y barniz de ataúd nuevo. Aún conservo esa maleta con cicatrices del tiempo, que nunca quise yo abrir porque no había nada dentro, solo suspiros de un joven que ahora ya se ha hecho viejo, por eso cuando yo me muera quiero vivir en mi pueblo.
Viejo pueblo mío acunado por montañas y arropado por olivares, cuántos recuerdos guardarás bajo las viejas veredas hoy tus calles.
Vieja y muy antigua la fe que renovamos a la Abuela de Dios cada 26 de julio. Templo a rebosar. En el aire se mecían plegarias y la palabra de Dios era escuchada por los fieles en completo silencio tratando cada uno de meditarla en su interior. "El rencor mata, el perdón sana" Esto dijo en la homilía el P. Joel. Emocionante el cántico de su himno ayudado por un coro romero. Siglos de fe a Nuestra Patrona Santa Ana y su Virgen Niña. Que así perdure, por los siglos de los siglos.