domingo, 28 de abril de 2013

AQUELLAS OTRAS ROMERIAS

        

        

                    Con un grupo de amigos en la Fiesta Santa Ana. El "cocinero" el señor de más edad no es el que refiero en mi escrito.
           En vísperas de nuestra romería, cuando el ambiente romero supongo debe de impregnar el pueblo, yo me imagino desde la distancia a la gente haciendo planes, preparando cada grupo de amigos, cada familia, y por lo general cada torrecampeño, la caseta, las bebidas y todos los ingredientes propios para celebrar nuestra romería, nuestra Fiesta Santa Ana
             Es curioso esta buena costumbre que tenemos los torrecampeños cuando nos referimos al acontecimiento que celebramos cada primer domingo de mayo, utilizar para ello la expresión de: Fiesta Santa Ana. Tal vez sea porque decir sólo romería, sería una desconsideración y un menosprecio hacia nuestra Patrona, hecho este que debemos de agradecer a nuestros antepasados que nos transmitieron esta forma tan cariñosa de denominar a nuestra fiesta más importante.
         Pronto se oirá la flauta y el tamboril por nuestras calles, preámbulo este de que la romería está ahí detrás de la esquina, y es que los que hacen el camino en su paseo matinal por el pueblo además de invitar a la gente a que se unan a ellos, alertan a los más desganados para que preparen ya sus planes romeros.
         A propósito de planes, muchos no sabrán que hubo un tiempo que ir a comer al cerro se le llamaba: ir de plan; los más veteranos, nuestros padres y abuelos en cambio utilizaban para ello el término: ir de comitrona. En mis tiempos sobre todo en mi niñez eran muy pocos los que íbamos de plan, pero no por eso se dejaba de subir a la ermita, y deambular por el monte, al que recuerdo verlo entonces salpicado de fardeos en forma de palio donde la gente se resguardaba del sol, mientras que las caballerías campeaban a sus anchas mordisqueando la hierba, y atusando las orejas cuando algún borrico entero de los que pacían, lanzaba sus desafíos amorosos a alguna de su prole en forma de rebuznos desaforados.
         Yo siendo chiquillo subía al cerro la Fiesta Santa Ana con mis amigos y aparte de comprarnos un estadal, un pito de aquellos de barro, o un trozo de cañaduz, era visita obligada llegar hasta la cueva y luego ir a beber agua a la fuente de la Bañizuela y estando allí, adentrarnos entre la frondosidad espesa de su bosquecillo.
         Años más tarde en mi pubertad, ya pude ir de plan con mis amigos. Recuerdo que lo primero que debíamos buscar era un “cocinero” Entrecomillo lo de cocinero porque en realidad servia cualquier persona que además de disponer de una caballería para llevar la leña y el resto de las provisiones, supiera guisar la carne en la sartén a nuestro modo y manera –que por cierto la hacemos muy rica-, que se ocupase de comprar el borrego y de sacrificarlo, y con su servicio totalmente desinteresado tenia asegurado y compensado el participar libremente en el festín.
         Un año, recuerdo que nuestra junta de amigos llevamos a un “cocinero” que una vez que sacrificó el borrego y echarse al bolsillo las cuatro pesetas que nos dio el hombre al que vendimos la zalea, nos dijo que nos fuésemos a dar una vuelta por el cerro, cosa que hicimos todos cantando y bebiendo de una bota de vino que íbamos pasando de mano en mano. Cuando volvimos ya estaba condimentando la carne en la sartén. A la hora de comer, en el amplio recipiente de metal nadaban sólo cuatro zancajos de la falda y el pescuezo del cordero, y él nos animaba a comer diciendo que mojásemos en la salsa que era lo mejor. Ninguno de nosotros por prudencia dijimos nada pero estaba claro que por entre los descosidos de la montura de su mula albergaban escondidas las piernas, las paletillas y todo lo mejor del cordero.
         ¡Ay aquellos tiempos! Tiempos en los que la palabra hambre estaba proscrita y que algunos tenían que cambiarla a la hora de escribirla por la de apetito, o por ganas de comer como Ibáñez el creador del personaje Carpanta en los tebeos, y que siempre que he leído alguno después de aquella romería me he acordado no sé por qué del “cocinero” en cuestión.
         Pero continuando con la Fiesta Santa Ana de mis tiempos, al atardecer, se acompañaba a Nuestra Patrona hasta el pueblo en procesión. Delante iban todas las caballerías adornadas la mayoría de ellas de ramas escamujadas del bosque de la Bañizuela, como también los sombreros de muchos romeros. ¡Que tremendo error el de tronchar las plantas, hoy ya afortunadamente corregido!  Me gustaba contemplar a los que regresaban bebidos. Ellos se reían de la gente y nosotros de ellos, y es que el borracho de vino por lo general era alegre y pacífico, nada comparado con el beodo de los tiempos actuales, que se vuelve violento por el revuelto de bebidas que incendian sus neuronas.  
         Cuando el sol, con un beso de púrpura acariciaba los trigales del camino llegándose a confundir con el color de las clavellinas que salpicaban las tierras sembradas de vezas, nuestra Patrona entraba en Torredelcampo en procesión. En una procesión alegre, de vivas y cánticos romeros pero imperando en todo su recorrido el comedimiento y el respeto, hoy valores estos los cuales lamentablemente cotizan a la baja en la sociedad actual.
         Y atrás quedaba el monte entre las sombras, y mientras se encendían los grillos con sus cantos y el campo se llenaba de oscuridad y de silencios, por la Puerta Martos la gente se agolpaba para ver a su Patrona que a partir de ese momento descansaría en la Iglesia por unos días para que los torrecampeños pudiesen visitarla y honrarla.
         Al día siguiente lunes, por aquél entonces no se celebraba como ahora viene siendo costumbre el arremate, porque en aquellas romerías nunca nos sobraba nada, pues era muy poco lo que llevábamos. Aunque, pensándolo bien, quien lo celebraría aquél año y a puerta cerrada en su casa, sería aquél “cocinero”, que se llevó en el cerón lo mejor del borrego, de aquella comitrona de mis tiempos.  
¡Qué época Dios! ¡Qué recuerdos tan gratos!

miércoles, 3 de abril de 2013

LA LLEGADA DEL TELEVISOR A NUESTRO PUEBLO

   
No sé exactamente la fecha que la televisión llegó a nuestro pueblo pero puede que fuese a principios de los años sesenta. José Eliche –el de la tienda de radios-, fue uno de los primeros en traer un televisor a la venta en Torredelcampo. Lo recuerdo perfectamente cuando su comercio se convirtió en un continuo peregrinar de los que íbamos a ver a aquél aparato que tenía expuesto en alto para que desde la calle se viera.
Y así fue como uno de los grandes ingenios del siglo pasado se introdujo en nuestro pueblo. Los mayores detractores a este invento fueron las personas mayores, ya que cuando aquella principiante y recién germinada televisión que emitía unas horas al día en blanco y negro con un chisporreteo de nieve incesante que hacía que las imágenes no se vieran con nitidez, la mayoría de los ancianos le auguraron una corta vida al aparato en el que las personas se veían en tamaño reducido; “Son muñecos chiquitillos y borrosos. Onde se ponga el sine”, era esta una frase repetida por los más mayores de aquellos tiempos.
Pero aún para reforzar más la tesis de sus malos augurios estaba el precio del aparato. ¿Quién podría pagar aquél dineral? Sólo lo podían comprar los económicamente muy fuertes, de ahí que al principio de los sesenta, según cuentan, el números de televisores en España eran de unos cincuenta mil. Pero poco a poco los precios fueron bajando, sobre todo cuando el estado suprimió el impuesto de lujo y el televisor ya por importes más asequibles fue introduciéndose poco a poco en muchos hogares.
Quiénes compraban por aquél entonces un televisor demostraban con ello dar a entender que poseían dinero, y este signo externo de riqueza se transformaba además en ejemplo de modernidad y también el de ser personas que estaban a la moda con las nuevas tecnologías. Y así, pronto, en cada una de nuestras calles o barrios al menos hubo un televisor, y la casa del amigo se convirtió en una especie de teleclub donde íbamos a ver los partidos de fútbol sentados en el suelo ya que la sala se llenaba de gente mientras que sus padres aguantaban estoicamente el griterío sin protestar compensados con su solapada y más que evidente vanidad, la cual afloraba en sus rostros sin disimulo alguno.
Poco a poco el televisor se iba metiendo en las casas pues la gente lo adquirían atraídos con programas culturales como Cesta y Puntos, -este era un concurso que a mi me tenia enganchado-. De aventuras para recordar: Bonanza, El Santo, El Fugitivo, musicales como: Escala Hi-Fi, y aquella Galas del Sábado, donde pasaron grupos de la talla de: Los Brincos, Los Mustang, Los Bravos con su Black is Black, Los Pequeniques, Los Salvajes, Pop Tops, Los Sirex, El Duo Dinámico y cantantes como Adamo y Raphael, entre otros muchos. Aquél otro programa infantil de Locomotoro, con el Capitán Tan, Valentina y el Tio Aquiles, distraían a la chiquillería de mis tiempos de adolescente. Las Noticias, donde la guerra del Vietnam durante los años que duró el conflicto siempre ocupó un amplio espacio en cada uno de los telediarios y llegaron a mezclarse con aquella otra guerra llamada de los Seis Días. De corresponsales en el extranjero, quién no recuerda en los telediarios a Jesús Hermida en Nueva York y a José Antonio Plaza en Londres.
La televisión nos cambió a todos y pongo a prueba la memoria de los de mi edad y aún más veteranos que recordarán que cuando toreaba El Cordobés la gente del campo daba de mano antes para llegar a la hora que la televisión retransmitía la corrida. ¿Quién de mis tiempos no se acuerda también el ver en la tele aquella boda tan sonada de Balduino y Fabiola?
Poco antes del Mayo Francés dejé de ver la televisión en los bares y en otros sitios donde siempre me consideraba un intruso a pesar de la amabilidad con la que era recibido, y cambié aquellos televisores por otro compartido en el comedor de la pensión donde me alojaba cuando abandoné el pueblo.
Estando disfrutando de unos días de permiso recuerdo ver la llegada del hombre a la luna en el televisor de mis padres los cuales fueron muy remisos hasta comprarlo en el establecimiento antes mencionado. Desde que se vendió el primer televisor en nuestro pueblo lo mismo que en otros municipios sirvió no sólo para distraernos sino para romper la comunicación entre los vecinos y hasta si me apuran la convivencia familiar.
Hoy, más de cincuenta años después, la tele en los hogares se ha convertido en un miembro más de la familia. Cada uno dispone de un aparato en su cuarto, habitación, comedor o cocina para así ver por separado su programa favorito y su cadena elegida en las que en algunas desgraciadamente en horas en que los niños no se han comido aún la merienda sueltan entre otras perlas quién es aquella que tiene un romance con la otra, y quién es el otro que no se ha enterado que su mujer es una de las dos referidas utilizando para ello una jerga verdulera y obscena de gestos y palabras.  Un verdadero asco. Esta es parte de la televisión actual, la que por cierto es la que más reclama el público logrando por ello los mayores índices de audiencia, hoy llamado: share.  Ante programas así, prefiero que vuelvan a reponer “Crónicas de un pueblo” ¿Os acordáis? Era aquella del maestro, el cura, el cartero, el alcalde y también entre otros personajes aquél niño llamado Juanito. Esta serie retrató a la sociedad de los pueblos de aquella época en los que por cierto se vivía aún de una forma muy sosegada y que sin querer herir la susceptibilidad de nadie, pienso que en esa serie nos veíamos reflejados todos. 
Antes de terminar debo de confesar y me avergüenzo por ello, de no saber quién fue el inventor de la televisión. Algún día haciendo zapping espero oírselo decir a alguno de las pandillas de ciertas cadenas mientras se despellejan entre ellos. Panda de...c. 
          
         

jueves, 28 de marzo de 2013

EL CIELO SIGUE LLORANDO

       
          El cielo sigue y sigue llorando. Las lágrimas del invierno gélido y lluvioso que murió hace pocos días, antes de despedirse, se mezclaron con las de esta inaugural primavera en un lloroso abrazo de tanatorio. Veo caer la lluvia a través del balcón desde donde escribo; lluvia a veces cernida por el fino tamiz de  lentas  nubes grises compasivas; otras en cambio  vestidas de luto riguroso viajan más rápidas y se convierten en  plañideras descargando a su paso agua sobre el agua, en largos y cansinos aguaceros en esta húmeda y lluviosa Semana Santa.
         Todo el mundo sigue mirando al cielo esperando que escampe. La gente del campo de nuestro pueblo supongo que estarán más que hartos de tantos días lluvia, de tantos días de migas, de lumbres y de braseros, aunque esto de las migas y de las lumbres era más dado en mis tiempos, donde al calor de la chimenea se mataba el tiempo haciendo pleita, y se contaban mil historias. Los más viejos relataban que en otras épocas más remotas, cuando persistían largos temporales como los de ahora, se solía utilizar la cuadra para achicar aguas, y deponer allí mismo lo más sólido con el fin de no mojarse en el corral, siempre claro está en casos de emergencia y ante cualquier presuroso apretón.   Eran otros tiempos.
         Ahora en Semana Santa se mira al cielo más que nunca para que en cada una de las procesiones si la climatología lo permite los fieles puedan invocar sus plegarias, que aunque en silencio serán además de rezos quejios y lamentos, pidiendo que lleguen a solucionarse todos los problemas en que la sociedad actual está inmersa, siendo el más acuciante el paro, y mirarán a Dios en la Cruz, y le dirán entre otras cosas que si antes cuando a Él le condenaron hubo un Barrabás, un salteador, un ladrón, al que indultaron, ahora hay numerosos barrabás a los que las chusmas, la misma chusma que hace dos mil años condenaron a Jesús, les condenarían nuevamente, para salvar cada uno a su barrabás, mientras que el pueblo llano es por ahora el condenado y rehén, y este grita y grita con muchos !ay! por tanto sufrimiento, padecimiento y  dolor.      
         El campo también como todo en esta época de crisis es un puro !ay!   ¡Ay que no escampa! Y mientras, sigue y persiste el temporal, y las malas hierbas crecen y crecen como los barrabás a los que antes he referido. Me imagino desde la lejanía ver a los olivares de nuestro pueblo salpicados por manchas amarillas de floridos jamargos algunos de los cuales estoy seguro llegarán a acariciar las ramas de muchos olivos, y es que lo malo predomina, aunque con toda seguridad estas hierbas tienen sus días contados, pues no tardarán en caer todas abatidas, y se doblarán como bisagras al paso de cada uno de los tractores que pronto dejarán la tierra mullida y esponjosa.
         Pero por ahora el cielo sigue y sigue llorando. Ojalá que escampe y pronto veamos que las nubes negras digan el último adiós, como las de la canción de Amaral, Quedan días de verano. Ahora quedan muchos días de primavera, y al parecer será lluviosa. Ya lo he visto por Internet, que pronostica que seguirán los vientos con aire y las lluvias con agua. El cielo seguirá por tanto llorando, y nosotros también. 

martes, 26 de marzo de 2013

SEMANAS SANTAS DEL AYER Y DE HOY

Recuerdo  las Semanas Santas de mi niñez por el olor a manzanilla y a aguardiente en la madrugá del Viernes Santo. También recuerdo aquellos costaleros a sueldo con su horquilla en la mano presurosos de llegar al final de su trayecto para festejar su salario, y del sonido afilado de aquella trompeta que tocaba aquél hombre de cara tan arrugada como su corneta, vestido de romano, que año tras año era la admiración de los chiquillos, sin olvidarme de los soldaos romanos, aquellos de lanza, penacho, y casco de hojalata con visera de rejilla oscilante que servia para ocultar su rostro.
Sigue estando en mi recuerdo el concurso de saetas en la radio en aquella EAJ61 Radio Jaén, donde los cantaores torrecampeños siempre sacaban buenas notas.
Recuerdo asimismo aquellas pequeñas peloticas blancas con goma larga incorporada que después de lanzarlas volvían a nuestras manos, y aquellas gafas de cartón con cristales de papel de dos colores que comprábamos los chiquillos en el carro de chucherias que iba delante de la procesión. Y cómo no recordar aquellos primeros penitentes o nazarenos a los que llamábamos sanjuanitas.
También guardo en mi memoria en la procesión del Santo Entierro ver a los cofrades todos vestidos con trajes negros y un botón rojo en la solapa. Como también ir el Sábado de Gloria a por agua bendita a la iglesia para rociarla en todos los rincones de la casa.
Pero para recuerdos placenteros de aquellas Semanas Santas de mis tiempos los sabores de aquellas galletas onduladas hechas por nuestras madres y cocidas en el horno, y aquellas esponjosas magdalenas, dulces los dos típicos de Semana Santa. No quiero dejar de mencionar el encebollao con bacalao, plato este por antonomasia muy propio en estas fechas que hoy sospecho es un guiso relegado.
Todo lo que he reseñado han sido unas breves pinceladas de aquellas Semanas Santas de mis tiempos, pero  si hubiese ido esta  a mi pueblo, hubiese saboreado  estas otras sensaciones que paso a describir:      
Me hubiese gustado escuchar como antaño desde los balcones algunas saetas, que más que saetas son oraciones salidas de gargantas torrecampeñas.
También a nuestra banda de música interpretando el himno a Nuestro Padre Jesús, en la calle Constitución donde en esta avenida la procesión a su compás se duerme, y la música con el silencio se hace rezo.
Asimismo hubiese podido acompañar a todos los pasos y verlos salir de la iglesia, entre ellos a Nuestro Padre Jesús en la fría madrugá, y haber contemplado su trono adornado de claveles rojos y de lirios moraos como su manto, además de respirar el aire embriagado de incienso y nardos, y oír como llega a romperse el silencio por algún que otro escalofrío de emoción.  Hubiese observado el fervor de los sudorosos costaleros apiñados en los varales de las andas atentos a la voz del capataz, y en su andar llevando a cuestas a las sagradas imágenes llegar a oír sus racheados pasos en su lento caminar.
También hubiese podido contemplar a la mujer torrecampeña vestida de mantilla, pues a pesar de la seriedad que la procesión impone, su elegancia y belleza se realzan aún más con el fervor religioso, poniéndose de manifiesto aquello de que el garbo y la hermosura son cosas muy difíciles de esconder.       
Hubiese querido ser paloma en la procesión del Resucitao, lumbre en la Noche Santa de alfa y omega, ser cofrade de todas las cofradías, además de vela en todas las procesiones.
También  hubiese visitado a nuestra Patrona Santa Ana en su ermita, y haber contemplado en sus alrededores las tablillas y cuerdas de señalización y reserva del lugar donde algunos celebrarán la romería.
Y ya por último en la mañana del Viernes Santo después de la procesión, si el tiempo lo hubiese permitido, haberme sentado en algunas de las terrazas de cualquier bar –siempre que quedara alguna mesa libre- y tomarme con los amigos una servesilla y alguna que otra tapa.
Otro año será, qué le vamos a hacer.

lunes, 11 de marzo de 2013

AQUELLO QUE VI DÍAS DESPUÉS DEL 11M

              
Lo que escribí días después del atentado:

Hoy nueve años después. 

               Una de mis hijas utiliza a diario para ir a la universidad el tren de cercanías. El mismo tren que el pasado jueves once de marzo nos tiñó de luto a todos. Ése día no tomó ese tren por una huelga del profesorado, pero sí lo volvió a hacer en cuanto la línea estuvo restablecida, y lo sigue haciendo como tantos otros, demostrando con ello a los asesinos que pueden parar los trenes con bombas, pero no pararan nuestro mejor tren, que es el de poder y querer vivir en paz y en libertad.  
         Hoy como homenaje a las víctimas he querido montarme en ese tren. No me lleva otro motivo que el de hacer el mismo recorrido de aquellos que no pudieron llegar. Inicio el viaje en metro hasta la estación de Puerta de Arganda desde donde enlazo con la de cercanías en la de Vicálvaro. Una vez dentro del vagón percibo una extraña sensación. Existe entre los viajeros un silencio cómplice que se contagia. Veo a gentes que rehuyen de inmediato la mirada.  Algunos hacen como que contemplan el paisaje a través de los cristales, otros como que leen un libro, pero intuyo que disimulan, pues no parece que estén absortos ni en el paisaje ni en la lectura, ya que continuamente desvían su mirada prestando atención a lo que pasa a su alrededor. Me siento vigilado mientras yo también vigilo.        
          Al pasar por la estación de Santa Eugenia, crespones negros, flores y fotografías cuelgan de las columnas de las marquesinas. En el suelo algunos cirios encendidos. Más adelante en la estación de El Pozo veo a albañiles levantando los muros que fueron destruidos por la explosión. Aquí las flores, fotografías, velas encendidas y banderas con crespones negros se acentúan. Llegado a la estación de Atocha, el trasiego es el cotidiano a un día cualquiera antes de los atentados. Conforme voy andando por una de sus plantas, noto un fuerte olor a cera. Centenares, tal vez varios miles de cirios encendidos en el suelo se encuentran en un ala de la estancia protegidos por unas vallas. El color rojo de los mismos se confunden con el amarillo de las llamas. A medida que me aproximo me invade un sentimiento muy extraño, casi místico.
         Observo una gran cantidad de poemas adheridos en los muros del recinto, escritos tal vez de forma espontánea, no quedando huecos para más. Nadie dice nada. Sobran las palabras. Tal vez el silencio se rompe con algún sollozo o el sonido que produce alguna cámara de fotos. Veo alguna muñeca, será de alguna de las niñas muertas que ya no podrá jugar con ella. La gente sigue llorando y encendiendo nuevas velas, y presumo que este lugar se ha convertido  en un centro de peregrinación. El flujo de gente es constante.
         Salgo de allí consternado pensando en los que murieron y en sus familiares, porque muchos serian, hijos o nietos de aquellos que como en mi pueblo subieron hace ya mucho tiempo a otro tren. El tren que los llevaba a buscarse el sustento en otras latitudes.
         Sé que era jueves aquél 11 de marzo. Ya han pasado nueve años. Ojalá que el destino de todos aquellos que murieron fuera el de un mundo mejor.

viernes, 1 de marzo de 2013

LIBROS DE AQUÉL AYER

         
          No es extraño ver que muchos de los viajeros del metro o del autobús durante su trayecto lo hagan leyendo. Yo no tengo esa buena costumbre y tal vez sea porque luego el libro se me convierte en un estorbo al que tengo que ir mostrando en las gestiones que debo de realizar a la salida. Lo que si hago durante mi recorrido es tratar de manera furtiva a veces, y otras más descarada, averiguar el título y el escritor de la obra que los viajeros más cercanos a mi leen. Es una manía o tal vez una falta de respeto por mi parte. Cuando lo consigo, si el escritor del libro es conocido, escudriño al lector y lo encasillo. Sé que mi conducta en ambos casos no es muy ejemplar pues carecen ambas de falta de ética, pero yo estoy seguro de que a muchos de los que aprueben o incluso desaprueben mi conducta les pasará lo mismo que a mí.
Hoy, mientras viajaba, en una de las estaciones del metro ha entrado un señor de aproximadamente mi edad y se ha sentado a mi lado. De los bolsillos de su gabán ha sacado un pequeño libro y se ha puesto a leer, y he vuelto a caer en la tentación. He mirado y ¡oh sorpresa!, se trataba de una novela de aquellas que yo leía en mi adolescencia de Marcial Lafuente Estefanía siendo el título de la misma: Que hablen las pistolas. Se preguntarán: ¿Llegaste a catalogar al lector? Pues bien, lo hice, y llegué a la conclusión de que seguramente sería un hombre al que le gustara esta literatura porque en su época no hubo otra. Se acostumbró a ella y sigue aún amamantándose de cebolla como el niño de las nanas de Miguel Hernández.
¿Cuantas novelas de Estefania habré leído siendo adolescente? Cientos de ellas. Recuerdo que lo hacía al trueque. La mayoría de las veces en el quiosco de la plaza. Llevaba una novela y la cambiaba por otra entregando dos reales. Cuando todas habían pasado por mis manos y hasta la llegada de una nueva remesa iba al estanco de la calle El Tomillar. El estanquero recuerdo que no era muy amable, aunque el olor que despedía el papel de aquellas novelas impregnadas con el aroma del tabaco restaba importancia a la poca gentileza y simpatía de aquél señor alto de pelo cano que regentaba el estanco.
Era esa la literatura que estaba a nuestro alcance en los años cincuenta. Yo por leer leía hasta a Corin Tellado, y cuando ello ocurría lo hacía con cierto pudor, ya que sus novelas iban dirigidas a las féminas, pero sólo lo hacía cuando tenía agotada la pequeña biblioteca de los sitios ya descritos de donde me nutria de novelas del género western y policíacas.
Más tarde, a principios de los años sesenta cuando en nuestro pueblo tuvimos por fin una biblioteca, muy precaria por cierto, ya que sólo unos pocos volúmenes adornaban uno de los sótanos del Ayuntamiento, y que para más detalles custodiaba don Antero Jiménez, fue entonces cuando empecé a leer obras de la talla de: Julio Verne, Agatha Cristie, Dickens, León Tolstói, Dostoyevsky, Delibes, Gironella, y tantos y tantos autores que me hicieron amar la literatura.
Los libros que en mi niñez y adolescencia había en las casas eran sólo de texto, - en algunas- y si existía alguno diferente era guardado como una reliquia de padres a hijos. En casa de mis padres sólo había dos libros, uno era un manuscrito comprado por mi padre a alguien en el Centro Obrero mucho antes de la guerra y que durante  años estuvo hibernando porque las circunstancias políticas así lo aconsejaban. Su lectura era muy legible y sus renglones muy rectilíneos. Ni un borrón ni tachadura aparecía en él. No recuerdo su autor, aunque sí una frase que decía: Los soldados que a la guerra van, son como corderos a los que llevan al matadero. Teníamos también un grueso volumen muy deteriorado, legado de mi abuela materna donde se narraba una historia dramática. Sus ilustraciones de los personajes a plumilla adornaban sus páginas y servia para que el lector situase en su imaginación a los protagonistas narrados, todos ellos de una época muy lejana.
Decía Pérez Reverte en un artículo reciente que un libro no sólo es un libro. Es también los lugares donde lo leíste. Ya me gustaría tener algunos de aquellos libros y encontrarme entre sus páginas algún apunte mío con aquella letra redondilla que yo hacía en mi pubertad, de escritura sosegada que más dibujaba que escribía, y compararla con la de ahora deforme por las prisas y por el cúmulo de tantas emociones vividas a lo largo de los años. Seguro estoy que en alguno de esos libros se alojará aún alguna huella mía la cual me ayudaría a recordar posiblemente hechos, lugares sensaciones y situaciones de cuando los leí.  Ojalá algún día encuentre alguno de aquellos libros. Empezaré a buscarlos.
        

domingo, 17 de febrero de 2013

PESPUNTES EN MIS HERIDAS

De mi diario.

Noviembre, 2007

         Es difícil acostumbrarse a la soledad cuando los hijos por ley natural abandonan el hogar, sobre todo cuando lo hace el último de ellos, ya que el silencio que dejan a partir de ese momento se funde con mil silencios. Es entonces cuando un extraño sentimiento te invade combinándose la tristeza con la nostalgia y la añoranza con la melancolía, elaborándose un cóctel que lo más entendidos a esta extraña sensación le han dado en llamar “Síndrome del nido vacío” por el cual yo estoy pasando.
Hoy en plena efervescencia de este resquemor difícil de definir he pasado al cuarto de mi hija Ana, la última en despedirse y no me acostumbro a ver que todo esté ordenado. No veo ninguna carpeta en su cama, ni apuntes, ni libros de la universidad. Los bolígrafos que siempre habían reposado de forma desordenada en su mesa de escritorio, descansan y duermen ahora en un cubilete formando un haz de lapiceros y plumas holgazanas.
Tampoco veo sus “cedés”, ni sus zapatos, aquellos que nunca logramos que se descalzase en lugar de la casa que tenemos reservado para ello. Echo de menos su música, a veces estridente, y a nuestras controversias propias entre un padre y una hija, creyéndose muchas veces que le hablaba como un amo y no como un consejero; pero sobre todo lo que más trabajo me está costando es a no oír el sonido de la puerta de la casa al abrirse, y su voz al entrar preguntando: ¡Mamá!, para de inmediato: ¿Y papá? Era como una rutina.
Ya no tengo que dormitar los fines de semana en duermevelas, esperando su regreso, ni preguntar a mi mujer cuando quedaba dormido ¿Ha venido ya la niña?
Creo que me será difícil acostumbrarme a este silencio tan difícil de digerir, que el tiempo por ser ya mayor me ha regalado, como la mitad del otro silencio que su hermana nos dejó cuando también por ley de vida abandonó la primera el hogar. 

Febrero 2013

         Yo aprendí a vivir nadando en la pobreza. En mi peregrinar no encontré más caminos que senderos abruptos y escabrosos siempre lejos de mí cuna de madera, ¿Pero tuve cuna? Ni eso creo que tuviera, aunque sí tierra donde me acunaron a la que amo sin saber si soy correspondido. Pronto pasaron los años, como un soplo, como una brisa fresca. No conté los vientos, ni tantas lluvias y tormentas. Conté sólo dos rosas, mis hijas, y viví siempre para ellas, buscando su felicidad, que no mis soles, pero la prisa por encontrarles mejores edenes ahogó siempre mis ansias de pasar más tiempo en el jardín donde las custodiaba, y creo que llegué a malgastar por eso mi vida y mí tiempo dilapidándolo en administrar con toda responsabilidad y exactitud cosechas ajenas.
         Ahora, en el otoño de mi vida sólo le pido a ése tiempo perdido, que me devuelva aquellas sonrisas que yo ahorré, ¿cuántas?... millones de ellas, las cuales tengo contabilizadas en el granero de mi memoria, para regalarlas con intereses leoninos si cabe a unos tiernos retallos, mis nietos, nacidos de aquellas mis dos rosas.

14 de Febrero de 2013  fecha del nacimiento de mi nieta Jimena.