jueves, 28 de marzo de 2013

EL CIELO SIGUE LLORANDO

       
          El cielo sigue y sigue llorando. Las lágrimas del invierno gélido y lluvioso que murió hace pocos días, antes de despedirse, se mezclaron con las de esta inaugural primavera en un lloroso abrazo de tanatorio. Veo caer la lluvia a través del balcón desde donde escribo; lluvia a veces cernida por el fino tamiz de  lentas  nubes grises compasivas; otras en cambio  vestidas de luto riguroso viajan más rápidas y se convierten en  plañideras descargando a su paso agua sobre el agua, en largos y cansinos aguaceros en esta húmeda y lluviosa Semana Santa.
         Todo el mundo sigue mirando al cielo esperando que escampe. La gente del campo de nuestro pueblo supongo que estarán más que hartos de tantos días lluvia, de tantos días de migas, de lumbres y de braseros, aunque esto de las migas y de las lumbres era más dado en mis tiempos, donde al calor de la chimenea se mataba el tiempo haciendo pleita, y se contaban mil historias. Los más viejos relataban que en otras épocas más remotas, cuando persistían largos temporales como los de ahora, se solía utilizar la cuadra para achicar aguas, y deponer allí mismo lo más sólido con el fin de no mojarse en el corral, siempre claro está en casos de emergencia y ante cualquier presuroso apretón.   Eran otros tiempos.
         Ahora en Semana Santa se mira al cielo más que nunca para que en cada una de las procesiones si la climatología lo permite los fieles puedan invocar sus plegarias, que aunque en silencio serán además de rezos quejios y lamentos, pidiendo que lleguen a solucionarse todos los problemas en que la sociedad actual está inmersa, siendo el más acuciante el paro, y mirarán a Dios en la Cruz, y le dirán entre otras cosas que si antes cuando a Él le condenaron hubo un Barrabás, un salteador, un ladrón, al que indultaron, ahora hay numerosos barrabás a los que las chusmas, la misma chusma que hace dos mil años condenaron a Jesús, les condenarían nuevamente, para salvar cada uno a su barrabás, mientras que el pueblo llano es por ahora el condenado y rehén, y este grita y grita con muchos !ay! por tanto sufrimiento, padecimiento y  dolor.      
         El campo también como todo en esta época de crisis es un puro !ay!   ¡Ay que no escampa! Y mientras, sigue y persiste el temporal, y las malas hierbas crecen y crecen como los barrabás a los que antes he referido. Me imagino desde la lejanía ver a los olivares de nuestro pueblo salpicados por manchas amarillas de floridos jamargos algunos de los cuales estoy seguro llegarán a acariciar las ramas de muchos olivos, y es que lo malo predomina, aunque con toda seguridad estas hierbas tienen sus días contados, pues no tardarán en caer todas abatidas, y se doblarán como bisagras al paso de cada uno de los tractores que pronto dejarán la tierra mullida y esponjosa.
         Pero por ahora el cielo sigue y sigue llorando. Ojalá que escampe y pronto veamos que las nubes negras digan el último adiós, como las de la canción de Amaral, Quedan días de verano. Ahora quedan muchos días de primavera, y al parecer será lluviosa. Ya lo he visto por Internet, que pronostica que seguirán los vientos con aire y las lluvias con agua. El cielo seguirá por tanto llorando, y nosotros también. 

martes, 26 de marzo de 2013

SEMANAS SANTAS DEL AYER Y DE HOY

Recuerdo  las Semanas Santas de mi niñez por el olor a manzanilla y a aguardiente en la madrugá del Viernes Santo. También recuerdo aquellos costaleros a sueldo con su horquilla en la mano presurosos de llegar al final de su trayecto para festejar su salario, y del sonido afilado de aquella trompeta que tocaba aquél hombre de cara tan arrugada como su corneta, vestido de romano, que año tras año era la admiración de los chiquillos, sin olvidarme de los soldaos romanos, aquellos de lanza, penacho, y casco de hojalata con visera de rejilla oscilante que servia para ocultar su rostro.
Sigue estando en mi recuerdo el concurso de saetas en la radio en aquella EAJ61 Radio Jaén, donde los cantaores torrecampeños siempre sacaban buenas notas.
Recuerdo asimismo aquellas pequeñas peloticas blancas con goma larga incorporada que después de lanzarlas volvían a nuestras manos, y aquellas gafas de cartón con cristales de papel de dos colores que comprábamos los chiquillos en el carro de chucherias que iba delante de la procesión. Y cómo no recordar aquellos primeros penitentes o nazarenos a los que llamábamos sanjuanitas.
También guardo en mi memoria en la procesión del Santo Entierro ver a los cofrades todos vestidos con trajes negros y un botón rojo en la solapa. Como también ir el Sábado de Gloria a por agua bendita a la iglesia para rociarla en todos los rincones de la casa.
Pero para recuerdos placenteros de aquellas Semanas Santas de mis tiempos los sabores de aquellas galletas onduladas hechas por nuestras madres y cocidas en el horno, y aquellas esponjosas magdalenas, dulces los dos típicos de Semana Santa. No quiero dejar de mencionar el encebollao con bacalao, plato este por antonomasia muy propio en estas fechas que hoy sospecho es un guiso relegado.
Todo lo que he reseñado han sido unas breves pinceladas de aquellas Semanas Santas de mis tiempos, pero  si hubiese ido esta  a mi pueblo, hubiese saboreado  estas otras sensaciones que paso a describir:      
Me hubiese gustado escuchar como antaño desde los balcones algunas saetas, que más que saetas son oraciones salidas de gargantas torrecampeñas.
También a nuestra banda de música interpretando el himno a Nuestro Padre Jesús, en la calle Constitución donde en esta avenida la procesión a su compás se duerme, y la música con el silencio se hace rezo.
Asimismo hubiese podido acompañar a todos los pasos y verlos salir de la iglesia, entre ellos a Nuestro Padre Jesús en la fría madrugá, y haber contemplado su trono adornado de claveles rojos y de lirios moraos como su manto, además de respirar el aire embriagado de incienso y nardos, y oír como llega a romperse el silencio por algún que otro escalofrío de emoción.  Hubiese observado el fervor de los sudorosos costaleros apiñados en los varales de las andas atentos a la voz del capataz, y en su andar llevando a cuestas a las sagradas imágenes llegar a oír sus racheados pasos en su lento caminar.
También hubiese podido contemplar a la mujer torrecampeña vestida de mantilla, pues a pesar de la seriedad que la procesión impone, su elegancia y belleza se realzan aún más con el fervor religioso, poniéndose de manifiesto aquello de que el garbo y la hermosura son cosas muy difíciles de esconder.       
Hubiese querido ser paloma en la procesión del Resucitao, lumbre en la Noche Santa de alfa y omega, ser cofrade de todas las cofradías, además de vela en todas las procesiones.
También  hubiese visitado a nuestra Patrona Santa Ana en su ermita, y haber contemplado en sus alrededores las tablillas y cuerdas de señalización y reserva del lugar donde algunos celebrarán la romería.
Y ya por último en la mañana del Viernes Santo después de la procesión, si el tiempo lo hubiese permitido, haberme sentado en algunas de las terrazas de cualquier bar –siempre que quedara alguna mesa libre- y tomarme con los amigos una servesilla y alguna que otra tapa.
Otro año será, qué le vamos a hacer.

lunes, 11 de marzo de 2013

AQUELLO QUE VI DÍAS DESPUÉS DEL 11M

              
Lo que escribí días después del atentado:

Hoy nueve años después. 

               Una de mis hijas utiliza a diario para ir a la universidad el tren de cercanías. El mismo tren que el pasado jueves once de marzo nos tiñó de luto a todos. Ése día no tomó ese tren por una huelga del profesorado, pero sí lo volvió a hacer en cuanto la línea estuvo restablecida, y lo sigue haciendo como tantos otros, demostrando con ello a los asesinos que pueden parar los trenes con bombas, pero no pararan nuestro mejor tren, que es el de poder y querer vivir en paz y en libertad.  
         Hoy como homenaje a las víctimas he querido montarme en ese tren. No me lleva otro motivo que el de hacer el mismo recorrido de aquellos que no pudieron llegar. Inicio el viaje en metro hasta la estación de Puerta de Arganda desde donde enlazo con la de cercanías en la de Vicálvaro. Una vez dentro del vagón percibo una extraña sensación. Existe entre los viajeros un silencio cómplice que se contagia. Veo a gentes que rehuyen de inmediato la mirada.  Algunos hacen como que contemplan el paisaje a través de los cristales, otros como que leen un libro, pero intuyo que disimulan, pues no parece que estén absortos ni en el paisaje ni en la lectura, ya que continuamente desvían su mirada prestando atención a lo que pasa a su alrededor. Me siento vigilado mientras yo también vigilo.        
          Al pasar por la estación de Santa Eugenia, crespones negros, flores y fotografías cuelgan de las columnas de las marquesinas. En el suelo algunos cirios encendidos. Más adelante en la estación de El Pozo veo a albañiles levantando los muros que fueron destruidos por la explosión. Aquí las flores, fotografías, velas encendidas y banderas con crespones negros se acentúan. Llegado a la estación de Atocha, el trasiego es el cotidiano a un día cualquiera antes de los atentados. Conforme voy andando por una de sus plantas, noto un fuerte olor a cera. Centenares, tal vez varios miles de cirios encendidos en el suelo se encuentran en un ala de la estancia protegidos por unas vallas. El color rojo de los mismos se confunden con el amarillo de las llamas. A medida que me aproximo me invade un sentimiento muy extraño, casi místico.
         Observo una gran cantidad de poemas adheridos en los muros del recinto, escritos tal vez de forma espontánea, no quedando huecos para más. Nadie dice nada. Sobran las palabras. Tal vez el silencio se rompe con algún sollozo o el sonido que produce alguna cámara de fotos. Veo alguna muñeca, será de alguna de las niñas muertas que ya no podrá jugar con ella. La gente sigue llorando y encendiendo nuevas velas, y presumo que este lugar se ha convertido  en un centro de peregrinación. El flujo de gente es constante.
         Salgo de allí consternado pensando en los que murieron y en sus familiares, porque muchos serian, hijos o nietos de aquellos que como en mi pueblo subieron hace ya mucho tiempo a otro tren. El tren que los llevaba a buscarse el sustento en otras latitudes.
         Sé que era jueves aquél 11 de marzo. Ya han pasado nueve años. Ojalá que el destino de todos aquellos que murieron fuera el de un mundo mejor.

viernes, 1 de marzo de 2013

LIBROS DE AQUÉL AYER

         
          No es extraño ver que muchos de los viajeros del metro o del autobús durante su trayecto lo hagan leyendo. Yo no tengo esa buena costumbre y tal vez sea porque luego el libro se me convierte en un estorbo al que tengo que ir mostrando en las gestiones que debo de realizar a la salida. Lo que si hago durante mi recorrido es tratar de manera furtiva a veces, y otras más descarada, averiguar el título y el escritor de la obra que los viajeros más cercanos a mi leen. Es una manía o tal vez una falta de respeto por mi parte. Cuando lo consigo, si el escritor del libro es conocido, escudriño al lector y lo encasillo. Sé que mi conducta en ambos casos no es muy ejemplar pues carecen ambas de falta de ética, pero yo estoy seguro de que a muchos de los que aprueben o incluso desaprueben mi conducta les pasará lo mismo que a mí.
Hoy, mientras viajaba, en una de las estaciones del metro ha entrado un señor de aproximadamente mi edad y se ha sentado a mi lado. De los bolsillos de su gabán ha sacado un pequeño libro y se ha puesto a leer, y he vuelto a caer en la tentación. He mirado y ¡oh sorpresa!, se trataba de una novela de aquellas que yo leía en mi adolescencia de Marcial Lafuente Estefanía siendo el título de la misma: Que hablen las pistolas. Se preguntarán: ¿Llegaste a catalogar al lector? Pues bien, lo hice, y llegué a la conclusión de que seguramente sería un hombre al que le gustara esta literatura porque en su época no hubo otra. Se acostumbró a ella y sigue aún amamantándose de cebolla como el niño de las nanas de Miguel Hernández.
¿Cuantas novelas de Estefania habré leído siendo adolescente? Cientos de ellas. Recuerdo que lo hacía al trueque. La mayoría de las veces en el quiosco de la plaza. Llevaba una novela y la cambiaba por otra entregando dos reales. Cuando todas habían pasado por mis manos y hasta la llegada de una nueva remesa iba al estanco de la calle El Tomillar. El estanquero recuerdo que no era muy amable, aunque el olor que despedía el papel de aquellas novelas impregnadas con el aroma del tabaco restaba importancia a la poca gentileza y simpatía de aquél señor alto de pelo cano que regentaba el estanco.
Era esa la literatura que estaba a nuestro alcance en los años cincuenta. Yo por leer leía hasta a Corin Tellado, y cuando ello ocurría lo hacía con cierto pudor, ya que sus novelas iban dirigidas a las féminas, pero sólo lo hacía cuando tenía agotada la pequeña biblioteca de los sitios ya descritos de donde me nutria de novelas del género western y policíacas.
Más tarde, a principios de los años sesenta cuando en nuestro pueblo tuvimos por fin una biblioteca, muy precaria por cierto, ya que sólo unos pocos volúmenes adornaban uno de los sótanos del Ayuntamiento, y que para más detalles custodiaba don Antero Jiménez, fue entonces cuando empecé a leer obras de la talla de: Julio Verne, Agatha Cristie, Dickens, León Tolstói, Dostoyevsky, Delibes, Gironella, y tantos y tantos autores que me hicieron amar la literatura.
Los libros que en mi niñez y adolescencia había en las casas eran sólo de texto, - en algunas- y si existía alguno diferente era guardado como una reliquia de padres a hijos. En casa de mis padres sólo había dos libros, uno era un manuscrito comprado por mi padre a alguien en el Centro Obrero mucho antes de la guerra y que durante  años estuvo hibernando porque las circunstancias políticas así lo aconsejaban. Su lectura era muy legible y sus renglones muy rectilíneos. Ni un borrón ni tachadura aparecía en él. No recuerdo su autor, aunque sí una frase que decía: Los soldados que a la guerra van, son como corderos a los que llevan al matadero. Teníamos también un grueso volumen muy deteriorado, legado de mi abuela materna donde se narraba una historia dramática. Sus ilustraciones de los personajes a plumilla adornaban sus páginas y servia para que el lector situase en su imaginación a los protagonistas narrados, todos ellos de una época muy lejana.
Decía Pérez Reverte en un artículo reciente que un libro no sólo es un libro. Es también los lugares donde lo leíste. Ya me gustaría tener algunos de aquellos libros y encontrarme entre sus páginas algún apunte mío con aquella letra redondilla que yo hacía en mi pubertad, de escritura sosegada que más dibujaba que escribía, y compararla con la de ahora deforme por las prisas y por el cúmulo de tantas emociones vividas a lo largo de los años. Seguro estoy que en alguno de esos libros se alojará aún alguna huella mía la cual me ayudaría a recordar posiblemente hechos, lugares sensaciones y situaciones de cuando los leí.  Ojalá algún día encuentre alguno de aquellos libros. Empezaré a buscarlos.
        

domingo, 17 de febrero de 2013

PESPUNTES EN MIS HERIDAS

De mi diario.

Noviembre, 2007

         Es difícil acostumbrarse a la soledad cuando los hijos por ley natural abandonan el hogar, sobre todo cuando lo hace el último de ellos, ya que el silencio que dejan a partir de ese momento se funde con mil silencios. Es entonces cuando un extraño sentimiento te invade combinándose la tristeza con la nostalgia y la añoranza con la melancolía, elaborándose un cóctel que lo más entendidos a esta extraña sensación le han dado en llamar “Síndrome del nido vacío” por el cual yo estoy pasando.
Hoy en plena efervescencia de este resquemor difícil de definir he pasado al cuarto de mi hija Ana, la última en despedirse y no me acostumbro a ver que todo esté ordenado. No veo ninguna carpeta en su cama, ni apuntes, ni libros de la universidad. Los bolígrafos que siempre habían reposado de forma desordenada en su mesa de escritorio, descansan y duermen ahora en un cubilete formando un haz de lapiceros y plumas holgazanas.
Tampoco veo sus “cedés”, ni sus zapatos, aquellos que nunca logramos que se descalzase en lugar de la casa que tenemos reservado para ello. Echo de menos su música, a veces estridente, y a nuestras controversias propias entre un padre y una hija, creyéndose muchas veces que le hablaba como un amo y no como un consejero; pero sobre todo lo que más trabajo me está costando es a no oír el sonido de la puerta de la casa al abrirse, y su voz al entrar preguntando: ¡Mamá!, para de inmediato: ¿Y papá? Era como una rutina.
Ya no tengo que dormitar los fines de semana en duermevelas, esperando su regreso, ni preguntar a mi mujer cuando quedaba dormido ¿Ha venido ya la niña?
Creo que me será difícil acostumbrarme a este silencio tan difícil de digerir, que el tiempo por ser ya mayor me ha regalado, como la mitad del otro silencio que su hermana nos dejó cuando también por ley de vida abandonó la primera el hogar. 

Febrero 2013

         Yo aprendí a vivir nadando en la pobreza. En mi peregrinar no encontré más caminos que senderos abruptos y escabrosos siempre lejos de mí cuna de madera, ¿Pero tuve cuna? Ni eso creo que tuviera, aunque sí tierra donde me acunaron a la que amo sin saber si soy correspondido. Pronto pasaron los años, como un soplo, como una brisa fresca. No conté los vientos, ni tantas lluvias y tormentas. Conté sólo dos rosas, mis hijas, y viví siempre para ellas, buscando su felicidad, que no mis soles, pero la prisa por encontrarles mejores edenes ahogó siempre mis ansias de pasar más tiempo en el jardín donde las custodiaba, y creo que llegué a malgastar por eso mi vida y mí tiempo dilapidándolo en administrar con toda responsabilidad y exactitud cosechas ajenas.
         Ahora, en el otoño de mi vida sólo le pido a ése tiempo perdido, que me devuelva aquellas sonrisas que yo ahorré, ¿cuántas?... millones de ellas, las cuales tengo contabilizadas en el granero de mi memoria, para regalarlas con intereses leoninos si cabe a unos tiernos retallos, mis nietos, nacidos de aquellas mis dos rosas.

14 de Febrero de 2013  fecha del nacimiento de mi nieta Jimena.

viernes, 1 de febrero de 2013

TIEMPO DE CORTA


Después de la recogida de la cosecha de aceituna el olivar duerme arropado y abrigado entre la espesura de sus ramas; ramas que emergieron buena parte de ellas en los primeros calores de la primavera anterior. Esos renuevos crecieron y se desarrollaron hasta que la planta con la llegada del otoño hizo la cama un año más y su savia se fue a dormir para despertar cuando el cuco inicia su concierto y llega a columpiar sus sonidos entre los olivares como el mejor despertador y anunciador de una nueva estación, la primavera.
Ahora terminando el invierno es el tiempo de la corta del olivar, y empleo este término porque así se le conoce en nuestro pueblo al trabajo de la poda. 
Los cortaores durante los años en que cursé estudios en la “universidad del campo”, allá por los años cincuenta eran hombres muy avezados y doctos en el oficio del hacha. Eran contados y los buscaban como la lumbre –me sirvo de esta frase muy común en nuestro pueblo que significa buscar algo que escasea-. Por lo general estos maestros no solían transmitir su enseñanza a cualquiera, sino que su experiencia la iban enseñando poco a poco a sus hijos o a cualquier allegado que tuviese tres cosas muy esenciales: actitud, aptitud y sobre todo fortaleza física, pues no valía cualquier endeble o canijo ya que la corta se decía era un trabajo de sangre y de pulmones.
Durante el periodo de corta por aquél entonces yo iba quemando ramón –las ramas- y mi padre desmochando, talando aquellos troncos que el cortaor iba cercenando a las olivas con su hacha. Recuerdo a uno de aquellos cortaores hundiendo su hacha golpe tras golpe mientras los peines -astillas- iban saltando unos tras otro desde las dos oblicuas hendiduras talladas en el árbol con su herramienta. Aquél hombre que me refiero tenía un pulso extraordinario. Me decía: ¡Niño! ¿Quieres una peseta de queso? Y de inmediato saltaba una astilla lisa y uniforme que más bien se parecía a una porción de queso cortado con el más fino cuchillo. Algunas veces le recuerdo cuando la figura del olivo no le dejaba utilizar la herramienta de la forma acostumbrada abrirse de piernas y tomar impulso con el hacha entre las mismas a modo de péndulo hundiéndola una y otra vez en la dura madera del olivo.
Durante los continuos descansos en el trabajo los cortaores aprovechaban para con los asperones –piedras abrasivas- afilar aquellas hachas finas y curvas con las que trabajaban y que cada uno de ellos presumía de ser la suya la mejor ya que el herrero le dio al acero el temple justo, y también de tener el mejor cabo o astil. Decían que los mejores astiles eran los de madera de quejigo o los de cancaramujo escaramujo, como también los de almendro aunque todos tenían que tener una determinada curvatura para facilitar el brío suficiente en cada golpe. Al término de la jornada protegían el filo de cada hacha con una funda de una gruesa goma que sostenían amarrada con una cuerda al mango. Por lo general aprovechaban la de unas albarcas viejas.
La jornada de la tarde para los cortaores solía ser más reducida que para los que como mi padre y yo nos quedábamos continuando la faena, pues estos una vez acabada la comida del mediodía sólo echaban un reveso –porción del tiempo entre trabajo y descanso-, y acabado este recogían un poca de leña, siempre palos cortos y uniformes y la echaban en el serón de su caballería. Era su trofeo después de una dura jornada.
Cuando el sol ya agonizaba mi padre y yo dejábamos el trabajo y allí quedaba el olivar ahora semidesnudo tratando de abrigarse con las ramas que los  cortaores indultaron, las más vigorosas que servirían para incrementar el rendimiento del fruto en la próxima cosecha. Antes de esconderse el sol, el humo de las agonizantes fogatas –chiscos- se arrastraba por las cañadas envolviendo el paisaje de una neblina chamuscada.
Las hachas de aquellos cortaores quedaron enterradas para siempre como el tomahawk de Toro Sentado, y en su lugar aparecieron otras hachas más ruidosas llamadas: motosierras. Al principio decían que su cadena dentada quemaba el corte dañando a la planta pero lo que abrasaba y sigue abrasando a los olivos son muchas de las manos inexpertas que utilizan estas máquinas para podar. Si algunos de aquellos viejos y sabios cortaores vieran algunas olivas cortadas por tan desmañados maestros se echarían a llorar. Los olivos de mi novela lloraban de amor y de tristeza cuando la gente emigraba, estos a los que me refiero lloran por sus heridas lacerantes.        
Busco en la RAE el significado de la palabra corta y dice que es la acción de: Dividir algo o separar sus partes con algún instrumento cortante. También aparece en su definición el término: recortar, que significa: cortar o cercenar lo que sobra de algo.
Ahora en estos tiempos de crisis que vivimos los recortes son otros y los gemidos a quienes nos afectan –a todos- se pierden entre la bruma de la desesperación y de la impotencia. ¿Cuándo se acabará esta corta?
Hay un dicho en nuestro pueblo que dice: Sigue la corta en el olivar, que significa: algo que dura y persiste. Yo espero que esta corta última a la que me refiero sea nunca mejor dicho corta y acabe pronto porque de lo contrario a mis años me veo otra vez quemando ramón. Al tiempo.

domingo, 13 de enero de 2013

EL ADIÓS A UN MAESTRO DE ESCUELA. EL ÚLTIMO ADIÓS AL HIJO DE MI MAESTRO.

Escrito el día de su entierro.

Querido maestro:

         Hasta aquí, mi residencia lejos de Torredelcampo, me han llegado esta tarde los ecos tristes de las campanas de nuestro pueblo. Campanas las nuestras -como ya dije en otra entrada de este blog- que saben llorar y de qué manera, cuando lloramos, acompañándonos en nuestro dolor con sonidos lentos y tristes que invitan al sollozo. Ellas, siguen derramando desde la altura su eco lastimero que el viento hace llevar y mecer hasta los más recónditos rincones, cuando alguien se nos va.  Hoy su sonido es más triste aún. Tocan a muerto por un maestro de escuela, por el hijo del que fuera mi maestro, por don José Rubio.
         Hoy, antes de darte mi adiós definitivo he querido dialogar contigo. Lo hago tuteándote, porque tú sabias que el respeto que me infundías me obligaba a no utilizar este tratamiento, pero por ser esta la última vez que converso contigo, no me creas por ello un irrespetuoso.
         Recuerdo nuestra última conversación por teléfono unas semanas antes de la Feria. Estabas convaleciente, internado en un hospital de Granada. Yo te animé, y te dije que como otros años nos veríamos en la Procesión de Nuestra Patrona Santa Ana. La charla fue corta, pero no noté señal alguna de falta de discernimiento en tus palabras, ni que las mismas bordeasen ni una sola vez el mundo brumoso de la sandez o el despropósito.
          Faltaste a tu cita en la procesión, y yo también, pues el día de Santiago sin esperarlo, es decir de sopetón, me invitaron a ser huésped de un hotel aquí en Madrid, de las mismas características que en el que tú te alojabas en Granada. Unos de esos tantos hoteles donde el personal para más señas va uniformado de blanco. Mis vacaciones allí fueron cortas, las tuyas duraron más. Después te llamé a tu móvil en repetidas y reiteradas ocasiones, y siempre obtuve un silencio como en el que a partir de hoy gozarás para siempre en tu nueva morada.
         Sé querido don José, que otros podrán glosar tu figura con mucho más mérito que yo, aquellos más entendidos en dibujar la palabra con las letras, y otros también, los que te hayan acompañado en el día a día durante el tiempo que duró tu recto peregrinar en este mundo, pues yo al llevar ausente más de dos tercios de mi vida viviendo en tierra prestada fuera de nuestro pueblo, eso, me impidió haber ocupado una parte de tu vida personal, cosa que lamento.  Sin embargo, debo de entender, que ahora estarás más cerca aún de todos los que te conocimos, pues la muerte es solo un paso a un mundo, al cual todos llegaremos un día.
         Espero que ahora estés, en el lugar adonde van las buenas personas como tú lo has sido. Yo, mientras tanto, seguiré haciendo méritos para algún día reunirme contigo, y si allí hay escuela, dile a tu padre que deje un pupitre vacío para cuando a mi me llamen, pues prefiero su escuela o la tuya, aunque tenga que beber leche en polvo como la que nos daban entonces en el colegio.
         Hoy cuando te han dado sepultura me han dicho que la tarde ha sido fría, como muchas del invierno que nos envuelve, al igual que aquella tarde parda y fría de don Antonio Machado, que en homenaje a ti quiero recitar:

Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.
En la clase. En un cartel, se representa a Cáin fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha de carmín.

Con timbre sonoro y hueco, truena el maestro,
un anciano mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón.

Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.

         Ahora, se habrá hecho silencio en tu escuela. En aquella desaparecida del Caminillo que heredaste de tu padre, mi siempre recordado maestro don Jacinto. Sé que hoy estarás gozando de su compañía, y que tal vez ya le hayas hablado de mí, de aquél alumno que sigue recordando aquella vieja escuela de pupitres bipersonales, de asientos abatibles con el tablero inclinado, donde recibíamos parte de la enseñanza a golpe de cánticos como en la escuela de Machado: Dos por dos cuatro, dos por cuatro ocho. Y los días de la semana son... y los meses del año, empleando para ello aquél soniquete tan especial.
         Le habrás dicho a don Jacinto que ahora las cosas por aquí no andan nada bien, incluida la enseñanza, y que aunque es cierto que a la hora de sumar, de veinte nos seguimos llevando dos, hay algunos que se quedan con las dieciocho restantes. Son los de siempre.
         Adiós don José. Este año como todos los años te buscaré en la procesión de nuestra Patrona Santa Ana, o tal vez releyendo tu pregón, donde comentabas aquellas romerías muy pobres de nuestros tiempos, de tan solo bota de vino colgada al hombro, y de sombreros de paja trenzada.
         Adiós amigo, pues aunque poco nos hemos tratado, se que compartíamos muchas cosas, entre ellas dos muy importantes: la de sentirnos orgullosos de ser torrecampeños, y otra, la de la fe en nuestras creencias religiosas.
         En la esperanza de que estés allí donde mereces, no me queda nada más que, desde la lejanía, situarme en la ermita, e implorar a los pies de Nuestra Patrona Santa Ana para que te enseñe y te guíe a encontrar el camino hasta donde está el Padre. Seguro que ya estarás con Él.
Descansa en paz. Que así sea.