domingo, 8 de septiembre de 2013

TARDE DE TORMENTA

A Juan Real, la planta más autóctona torrecampeña.

         El viento ruge ahí afuera. Oigo quejarse a los toldos que protegen los balcones desde donde escribo con un crujir que más parecen las maderas de un bergantín a su paso por el estrecho de Magallanes. Salgo a arriarlos. Primero recojo el del balcón que mira al Sur, y luego a continuación el del ala Oeste dado que mi escritorio hace escuadra a dos calles. Cuando lo hago miro al cielo vestido este de medio luto. La tarde tiene un tinte gris. A lo lejos, en lontananza, jirones de nublos oscuros como toros zainos se agrupan en manada pintando el horizonte de un negro intenso que como un velo a merced del viento se van acercando lentamente. Mientras, la tarde agoniza prematuramente fabricando en el cielo madrileño un atardecer lúgubre y tormentoso. Algunos vencejos parecen querer beber agua negra en las espesas nubes mientras vuelan en desorden en lo más alto del cielo dibujando arabescos surcos en el aire.
Huele a tierra mojada, a llanto del campo, a era regada, huele a mi pueblo, y hacía él vuela mi imaginación porque quiero ver como se despeinan los olivos al mecerse por el viento entre remolinos de polvo y de cómo viajan en ellos vilanos sin billete transportando sus semillas lejos del cardo que los parió. Quiero ver como la lluvia limpia los pinos de nuestro cerro sagrado y ver sus gotas brillar como perlas en cada una de sus hojas que son agujas al tiempo que mansamente en su caída riegan el monte. Quiero embriagarme con el olor a tomillo recién mojado mezclado con el grato y placentero perfume que desprende la montaña, con esa mezcolanza de olores serranos tan difícil de definir. Quiero oler a pajón empapado, y ver pero no puedo, ni quiero, el trasiego de aquellos tiempos de parvas angustiosas y de bieldos presurosos en las eras ante el presagio de tormenta.
El resplandor instantáneo de un relámpago me hace retornar a la realidad. Vuelvo a mi ventanal madrileño Gruesas gotas de agua tamborilean sobre los cristales dibujando de principio cortos surcos que al juntarse forman arroyuelos cayendo en cascada vidrio abajo. El trueno no se hace esperar mientras que su eco se confunde con el de un avión que anda presuroso por arañar cuanto antes la pista. La lluvia cae a cantarillos; diluvia hasta el punto que me hace ver difuminado el edificio de enfrente. El viejo jazmín torrecampeño que sobrevive año tras año en un macetero de mi terraza agita sus tallos bailando a los compases del viento una y otra vez haciendo despertar con su bamboleo a los contados jazmines que en la noche abrirán celebrando la vida con su certero perfumar. El raquítico olivo transportado desde tan buena tierra como la de mi pueblo y trasplantado en una maceta lo veo aporreado por el granizo de la tormenta lo que motivará aún más su lenta y duradera agonía producida por una penosa enfermedad llamada nostalgia. El amarillo de las hojas del pequeño y casi mustio naranjo son taladradas por el duro pedrisco y esto de seguro adelantará su poda.
Poco a poco el ruido de los truenos se va alejando y la lluvia torrencial ha dado paso a otra más templada como aquella de canales en mi pueblo en temporales de pleita y lumbre en la chimenea.  
Por el horizonte, por la sierra madrileña, las nubes aparecen ahora cortadas de forma transversal dejándose ver por el hueco de los nublos un cielo ensangrentado pintado por el crepúsculo.  
La tormenta ha pasado. Me dicen que otra más reciente regó nuestra tierra torrecampeña, y me imagino lo guapo que estará el campo. También las flores, esas que con tanto acierto nos retrata Juan Real, ahora se habrán despojado de la película del polvo agosteño y será un lujo que nos las muestre recién duchadas. Lo hará, estoy seguro.    
                



martes, 6 de agosto de 2013

EN LA PROCESIÓN DEL DÍA DE SANTA ANA

         Lo único que nos queda de aquella feria de mis tiempos, y que supongo perdurará para siempre cada veintiséis de julio, es la procesión de nuestra Patrona, aunque este año, comparativamente con la de años anteriores no ha resultado ser una de las procesiones más brillantes que yo recuerde; esta es mi modesta opinión, pero no me cabe la menor duda de que los defectos que yo he creído observar, no habrán pasado –estoy seguro de ello- desapercibidos a los que con tanto sacrificio se esfuerzan año tras año, en que el día de Santa Ana todo esté a punto para que nuestra Patrona y la Virgen Niña pasee a hombros por nuestras calles con  el esplendor y la brillantez que año tras año los organizadores de este desfile religioso nos tienen acostumbrados.
         A la hora de la procesión, no apretaba mucho el calor, no así el calor humano, demostrado y derrochado por la gente de nuestro pueblo, y para muestra, allí estaban los varales de las andas, los cuatro, repletos de hombros apretujados, de anderos que con promesa y empeño, saben transmitir la emoción y el fervor religioso a Santa Ana y a la Virgen Niña, llegando con ello a contagiar de inmediato a todas las almas allí presentes; vi a gentes apiñadas en la puerta de la iglesia, en las esquinas, en las aceras; gentes con ojos vidriosos que rezaban en silencio, algunos, lo hacían, lo sé, sin saber rezar al paso de nuestra Patrona, y les pedirían que interceda ante Dios a fin de que su ser querido se recupere de la enfermedad que padece; otros lo harían pidiendo trabajo, y los más afortunados en solidaridad con los más menesterosos, se pondrían en la cola de las rogatorias para dar paso a los más necesitados.  
         Y entre ¡Vivas a Santa Ana!, y ¡Vivas a la Niña!, la procesión discurría al compás de la música, y así, mientras la tarde agonizaba, hileras de cirios encendidos alumbraban las por ahora incipientes sombras en un centellear de velas enfiladas e insubordinadas, rotas a veces por la carente marcialidad de algunos devotos. Por la calle El Tomillar con el horizonte pintado por el rojo y encendido crepuscular, refulgían los cetros que portaban las mujeres vestidas de mantilla, resaltando su belleza con el relumbre del metal. Yo digo que las mujeres de nuestro pueblo no se visten de mantilla, es la mantilla la que se viste con el arte, el tronío, el empaque y la belleza de la mujer torrecampeña. ¡Que primores de mujeres! ¡Que generación más guapa!
         De forma lenta y parsimoniosa, la procesión fue recorriendo el itinerario marcado, entre el adornado de colchas en los balcones y el encendido de las casas, abiertas de par en par, queriendo con ello invitar a Santa Ana a penetrar en cada uno de los hogares. Así en todas las calles.
         Después, como siempre, La Marcha Real despidió otro año más a nuestra imagen más venerada en la puerta del templo al tiempo que los esforzados costaleros casi de rodillas en la escalinata entraban el trono dentro de la iglesia cerca ya de la medianoche.
         Y allí quedó nuestra Patrona en el templo, para honrarla en su novenario, para que el pueblo de Torredelcampo desfile ante Santa Ana y la Virgen Niña, para darle gracias, para pedirle, para rogarle, para rezarle y terminar siempre con “más no se haga mi voluntad sino la tuya”.
         Dicen, me contaron, que a los torrecampeños nos van a prohibir morirnos durante el día, y hacerlo por decreto durante la noche, pues cuando un torrecampeño lo hace de día, y pregunta al llegar al Cielo por Santa Ana, allí le dicen que espere, ya que en cuanto la abuela de Dios se toma el café por la mañana, se baja hasta la ermita de Torredelcampo, y hasta la noche no regresa.
         Y es que los torrecampeños somos unos privilegiados. ¿No os parece?

          

sábado, 3 de agosto de 2013

LA FERIA DE AHORA

     
A mi amigo Julián Ruiz, paisano afincado también en tierra madrileña, que sé que busca el sosiego y el silencio en nuestro pueblo. 

        El día de Santa Ana, después de la procesión, de regreso a mi casa, pude observar otra procesión muy diferente. Grupos de jóvenes atendiendo tal vez un horario preconcebido, portando bolsas con bebidas, marchaban todos en una misma dirección hacia un punto en concreto, al meeting point del botellón. Cerca ya del parque, lo que antes eran grupos, se iban transformando en riadas que desembocaban como los ríos en la mar, pero esta vez convergían, no en el agua, sino que la marea humana se derramaba en el sitio donde el ruido era ensordecedor, mezclándose este gentío con otra muchedumbre ya instalada, y todo ello aderezado con el fragor estridente e infernal del chunda-chunda de la música. Ya en casa, aunque el estruendo por la distancia era más atenuado, aún así, los vasos en las estanterías tintineaban a los sones del pum-pum y del referido chunda-chunda.
         Estando en feria la gente tiene que divertirse y más aún los jóvenes. Lo sé, y es posible que la generación del botellón cuando sean mayores, esta práctica tan de moda hoy, nadie la utilice, aunque seguro estoy que será suplantada por otra más perversa, y añorarán esta forma de celebrar la feria, y recordarán la música que machacaba sus tímpanos, y también el rebujito, y el ron con coca-cola y el ballantey, y otras tantas bebidas que en su mezcla les hacían perder su personalidad. También sé que no todos los que participan en este evento consumen alcohol, porque los hay que beben solo refrescos; son los practicantes de botellón light, o botellón sin. Yo no estoy en contra de esta forma de relacionarse los jóvenes de hoy, porque con la que está cayendo es de suponer que esto lo hacen para ahorrar, ya que cualquier consumición en un local cualquiera arruinaría el presupuesto ya mermado de una gran mayoría, pero abogo porque tengan espacios reservados y sobre todo adecuados para estos fines
         Pensando en todo ello, aquella noche dando una vuelta por el ferial, recordé la feria de mis tiempos y después de tomarme el clásico café con churros, quise buscar a la animadora en el laberinto de mis recuerdos, y con tas buenas evocaciones ya avanzada la madrugada, siempre en compañía de mi mujer, nos marchamos a casa dando por finalizado un día de feria de los de ahora.  De camino, sin querer, vi de nuevo a los del botellón, calculo que había algunos miles, apiñados como las abejas en una colmena los cuales seguían con su desenfreno. En mi calle entre los coches varias de las partícipes, sin ningún pudor, perdida la decencia es de suponer por la bebida, efectuaban sus necesidades fisiológicas mas perentorias, y al advertir nuestra presencia siguieron entre risas ejecutando la faena sin llegar por ello a interrumpirla.
         A la mañana siguiente en mi calle y otras adyacentes se advertían las regueras de las aguas menores y algunos charcos pestilentes que invitaban al vómito entre un flamear de “klines” y otros elementos fruto de incontables incontinencias de todo tipo. Luego, vecinos voluntariosos con mangueras y escobas adecentaron la calle limpiando las indecencias del resultado de una noche calenturienta de apretones de todo tipo. Entonces me acordé de aquella otra feria de mi niñez donde se pregonaba el agua en botijos al grito de: ¡A gorda la “barrigá”!   
         Eran otros tiempos más difíciles, con más necesidades, pero nos sobraba aquello de lo que hoy se carece: la decencia, el pudor, el decoro, la dignidad, y... hasta la vergüenza. Pero no quiero enarbolar la pancarta de la razón porque hace mucho tiempo alguien dijo: Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes.
Fin de la cita.      
          

miércoles, 24 de julio de 2013

MI PUEBLO NO TUVO OTRO NOMBRE


Decía yo en mi entrada anterior:

... que Torredelcampo fuese conocido como Osaria en tiempos tan remotos, francamente me ha sorprendido ya que no lo había oído nunca en los años que tengo. Por eso quisiera que los doctos en historia de nuestro pueblo, -por cierto, sé que los hay muy buenos- me corroborasen o desmintiesen que nuestro pueblo en sus primeros orígenes se llamase Osaria.
        
            Juan Moral Gadeo, torrecampeño y amigo, quién en su blog “Torredelcampo y su historia” acostumbra a deleitarnos con relatos sobre la historia de nuestro pueblo,  al informarle yo sobre el tema que nos ocupa, y sabido de su inquietud por estas cuestiones, yo daba por hecho que iba a recalar en  quien es un erudito e ilustrado en la verdadera historia de nuestro pueblo, en nuestro paisano: Juan Carlos Castillo Armenteros, a quien quiero agradecerle enormemente que me haya aclarado esta duda que me suscitó al entrar en una página de Internet de forma casual.
         Despejadas todas las incógnitas infundidas por aquellos falsos cronistas e historiadores de aquella época, -ahora abundan más-, me siento en la obligación moral de desmentir esta fábula, y para dejar constancia de que Osaria, no tiene nada que ver con Torredelcampo, ni tampoco de que Santa Flora sufrió martirio en los alrededores de nuestro pueblo, transcribo el escrito del ya mencionado don Juan Carlos Castillo Armenteros, Profesor Titular de Historia Medieval, de la Universidad de Jaén, a quién reitero de nuevo mi agradecimiento, por sacarme de dudas, y también a mi amigo Juan Moral Gadeo que supo llegar hasta la verdadera fuente de la verdad.         
        
         Hola Juan, me temo que nuestro paisano Antero Villar Rosa ha seguido al pie de la letra lo referenciado por Bernardo de Espinalt en el Atlante Español (1787) Tomo XIII, pp. 279-285 (sobre todo en la página 283), error al que yo ya aludí en mi pregón de la Romería de 2005, publicado en el 2006, en el que en la página 65 y 66 aclaro esta cuestión:
"…. Este culto se mantuvo hasta bien entrado el siglo IX, como lo atestigua la presencia de comunidades cristianas muy activas en la zona, bajo la dirección del obispo de Martus/Tuss (Martos). Comunidades en las que caló profundamente el espíritu cristiano de los denominados Mártires de Córdoba, y entre ellos Santa Flora, refugiada según los documentos de la época en el asentamiento de Tucci Vetus,  y que podría identificarse con Tosiria / Tosaria / Osaria (Torredonjimeno)2, donde arqueollógicamente se ha constatado la existencia de un importante asentamiento visigodo-emiral, y no en Torredelcampo, como señala una leyenda local, inducida por los errores recogidos en los falsos cronicones."

En la nota 2 de la página 67 incido en la cuestión del error:
"Datos que contradicen la leyenda que sitúa a Santa Flora en Torredelcampo. Ese error fue recogido en el Atlante Español por Bernaldo de Espinalt (1787) (Publicado por F. Olivares Barragan Atlante Español de Bernardo de Espinalt. Transcripción, comentarios y ampliación. Jaén, 1980), quien analizando la obra de Argote de Molina, identificó erróneamente Aucci (Tucci Vetus) con Osaria Bitosira (Tosiria/Osaria, actual Torredonjimeno) con Torredelcampo. Inmediatamente, B. Espinalt ubica a Santa Flora en el 851, durante el gobierno del "tirano Manoma V, rey moro de Córdoba", cuando se está refiriendo al Emir Muhammad I, en cuyo mandato se produjeron los sucesos conocidos como el " Movimiento de los Mártires de Córdoba". La interpretación de B. Espinalt, se contradice con las propuestas recogidas en el documento que estudio D. Juan Montijano Chica "La aportación de la Diócesis  de Jaén a los martirios de los mozárabes cordobeses del siglo IX". Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, X – XV, Jaén, pp. 9 - 40".

El texto del Atlante relativo a Torredelcampo también fue publicado en la Revista D. Lope de Sosa, 1926, pp. 78 – 80 (también copiado por  Manuel Acedo en un articulo titulado Lugar de la Torre del Campo en Lope de Sosa, 1930). Pero si te fijas en ese mismo artículo también se recoge lo que el Atlante describía de Torredonjimeno, y que casualidad entre las páginas 80 y 81 se dice: "…. fue esta Villa en tiempos de los Romanos de grande consideración. Antiguamente fue la Ciudad de Tosiria y después Osaria, ….". En fin ni el propio Bernardo se aclaró…

Un texto muy interesante que zanja definitivamente esta confusión. Unos errores que fueron transmitidos por Ximena Jurado, Ambrosio Morales, Rus Puerta, en el siglo XVII, bajo el auspicio del Obispo Baltasar Moscoso Sandoval, con la intención de localizar antiguos mártires y lugares de martirio de cristianos, en una época en la que triunfa la Reforma Protestante. Es el momento de la localización de los restos óseos en Arjona de los mártires de Arjona, San Bonoso y Maximino, y de otros tantos, cuando lo que excavaron de forma intencionada fue una necrópolis argárica. En esa época se falsificaron monedas y epígrafes de manera intencionada para localizar los sitios de Iliturgi, que se identificó erróneamente con un lugar conocido como los Villares de Andújar, allí esos cronistas dijeron haber localizado monedas con la acuñación de Iliturgi, y lápidas con ese mismo nombre, cuando todo era un claro montaje, ya que Iliturgi se localiza en Cerro Maquiz (Mengibar), pero a estos les interesaba situarlo en Villanueva de manera intencionada. Esas falsas ubicaciones fueron transmitidas y aceptadas como válidas hasta que se han ido desmontando progresivamente, quedando al descubierto esos montajes. 

A este este tema de la manipulación llevada a cabo por Ximena Jurado y otros de los epígrafes y monedas,  alude una paisana nuestra María de los Santos Mozas en su Tesis Doctoral : Arqueología del s. XVII – Antigüedades de Jaén

Por otro lado en toda la documentación de archivo nunca el Castillo de Torredelcampo aparece mencionado como Castillo de La Floresta (error del que ya he hecho mención en varias publicaciones y conferencias), prueba evidente de las interpretaciones que a partir del s. XVII y XVIII se hace de las noticias difundidas por los falsos cronicones.

Espero que estas aclaraciones sirvan de algo, veo por el enlace, que los errores siguen se han anquilosado en la red, y me temo que pese a que la comunidad científica ya ha desmentido reiteradamente la falsedad de esos datos, estos perduraran "per secula seculorum". 

Un saludo. 

Juan Carlos Castillo Armenteros
Profesor Titular de Historia Medieval
Departamento de Patrimonio Histórico
Universidad de Jaén



miércoles, 17 de julio de 2013

¿LLEGÓ A LLAMARSE NUESTRO PUEBLO: OSARIA?


             Hace muchísimo tiempo, alguien que no llego a recordar, me dijo, que en el llano de Santa Ana, a los pies del cerro Miguelico, estuvo refugiada antes de morir decapitada, Santa Flora de Córdoba. Hoy, he querido bucear dentro del laberinto de Internet, y repasando la historia de esta mártir he encontrado algo sorprendente para mi. En una de las páginas que hacen referencia a esta santa, dice entre otras cosas. Reproduzco parte de ello:

 Santa Flora mártir y virgen. Nació en Sevilla, en una familia de madre cristiana y padre musulmán. Su hermano la delata y es torturada; en Osaría, Jaén se recupera de las heridas; al regresar a Córdoba es nuevamente capturada y llevada ante el juez musulmán junto a Santa Maria de Córdoba. El juez Cadi ordena que sean decapitadas y arrojados sus cuerpos al río Guadalquivir.

         Naturalmente, he querido saber donde se encontraba en Jaén, Osaria, y mi sorpresa ha sido mayúscula cuando el Gooble me ha llevado hasta la Web Oficial de Turismo de Andalucía que dice de Torredelcampo: 

  Historia

        WEB OFICIAL DE TURISMO DE ANDALUCIA

Los primeros pobladores de la zona se remontan a la época del Calcolí­tico, aunque el origen del actual municipio está relacionado con el Cerro Miguelico.
Cuando los cartagineses llegaron a la Pení­nsula se conocí­a con el nombre de Osaria Bitosiria.
Durante el periodo de al-Andalus, los pobladores de esta villa se vieron obligados a trasladarse hacia Martos que como las demás aldeas de la campiña se ven obligadas a reforzarse debido a la proximidad de la frontera con los cristianos.
La conquista cristiana fue llevada a cabo en el año 1243 por el rey Fernando III, que estableció su residencia en los alrededores de la Villa antes de la conquista de Jaén. Tras la conquista quedó adscrita a la ciudad de Jaén.
En el 1804, Carlos IV le concede el tí­tulo de Villa a cambio de 7.500 maravedí­es por cada vecino.

         Otra página más también nos dice:
           
           
De Porcuna a Jaén. Ruta de los Nazaries en Bicicleta.

...norte y rodear la sierra de Jamilena, entre olivos, para llegar a la Villa cuyo origen se remonta al Calcolítico, según los restos encontrados  en el cercano cerro de Miguelico. Torredelcampo, o la ibero-romana Osaria Bitosiria, nos saluda en una encrucijada de caminos muy importante para la comunicación del la Cora de Yayyan con el Califato Cordobés.

         Que Torredelcampo fuese conocido como Osaria en tiempos tan remotos, francamente me ha sorprendido ya que no lo había oído nunca en los años que tengo. Por eso quisiera que los doctos en historia de nuestro pueblo, -por cierto, sé que los hay muy buenos- me corroborasen o desmintiesen que nuestro pueblo en sus primeros orígenes se llamase Osaria.
         A mis más antiguos ancestros sí recuerdo oírles decir La Floresta, en clara alusión a la fortaleza que hubo en la plaza, y de la que en mi niñez recuerdo muy remotamente uno de sus muros que aún seguía en pie, ¿pero Osaria? (... )
De antemano pido perdón por mi desconocimiento como muy profano en esta materia.
¿Seré por ello un osado de Osaria?
        

martes, 2 de julio de 2013

TORREDELCAMPO, PUEBLO DE TOSTAOS.

        

          A Torredelcampo, siempre se le ha conocido como: el pueblo de los garbanzos tostaos. Esto a nadie debe de sorprender, pero me pregunto, si aún mantiene esta fama después de que no ha habido desde hace muchos años, -al menos yo no tengo referencias- quien se dedique al arte de elaborar este producto torrecampeño, tan característico de una época ya pasada y que en otros lugares lo conocen como torraos.
Ya escribí en una de mis entradas en este blog, de que algunos niños de mi edad, en mis tiempos, pregonaban su desgracia por las calles de nuestro pueblo vendiendo garbanzos tostaos con un esportilla en el brazo, y tal vez por esa leyenda negra de aquellas gentes que por imperiosa necesidad en la España gris de la posguerra se dedicaban a preparar y vender los garbanzos tostaos con el fin de subsistir, sospecho que nadie se dedique ahora este menester, puede que por no revivir escenas de un tiempo ya pasado de penurias y sufrimientos.
Es posible también que la figura del garbancero desapareciera porque la materia prima, es decir el garbanzo que se cultivaba en nuestro pueblo dejó de sembrarse cuando la campiña murió devorada hace muchos años por el olivar. Yo estoy seguro de que muchos jóvenes torrecampeños no habrán visto nunca una mata de garbanzos, pero serán pocos los de mi edad que no hayan participado alguna vez en el cultivo o en la recolección de esta leguminosa.
Se sembraba por el mes de marzo y se cosechaba a últimos de julio o primeros de agosto. El trabajo más duro era el arrancar las matas cuando el garbanzo estaba granado. Las manos tiernas, sensibles, y sin callosidades de aquellos que sin tener edad como yo sí teníamos como postulado ayudar a la familia, sufríamos las consecuencias cuando las ampollas aparecían en nuestras delicadas manos; el dolor de estas heridas se acentuaba aún más con el escozor cuando se impregnaban con las vellosidades pegajosas de la planta, a lo que  llamábamos salitre.
El garbanzo siempre ha tenido mala fama por ser alimento de los pobres. Yo no estoy de acuerdo en esto último pues el cocido sigue estando en todas las mesas, y aquí en Madrid es uno de los platos típicos más solicitados. También fue uno de los alimentos por excelencia en los cortijos pues el potaje de garbanzos por las noches llenaba y calentaba el estómago de los jornaleros. A propósito... ¡Pero qué ricos estaban aquellos potajes cocidos en la lumbre en pucheros de barro!
Pero aunque el garbanzo no se cultive ahora en nuestro pueblo y si bien la materia prima la tuviéramos que comprar en las zonas donde ahora se producen, los tostaos deberían de ser como fue por aquél entonces el producto más característico torrecampeño, elaborados como lo hacían aquellos que se dedicaban en nuestro pueblo a esta labor.
 No quiero pasar por alto la figura de los garbanceros, aquellos que con los garbanzos a veces aún calientes iban con la esportilla al brazo pregonando los tostaos por las calles, al canto de: lo cambio y lo vendo.
La tendencia muy acentuada en nuestro pueblo hacia el rechazo de que todo lo viejo es malo nos ha llevado a olvidar y a no conservar cosas del pasado, y un pueblo sin pasado es un pueblo sin historia.
Ojala que los tostaos y el garbancero reaparezcan algún día en nuestro pueblo como algo que  nos sirvió para ser las señas de identidad de Torredelcampo. Aquí en Madrid, veo a los barquilleros que simbolizan al Madrid más castizo. Estos no faltan en las verbenas y en los sitios madrileños más concurridos.
En el Diario Jaén siendo yo niño, apareció un día una viñeta con los americanos en la Luna y un torrecampeño en el horizonte gritando: ¡Tostaos!
Ya estábamos allí, cuando ellos llegaron. Así pues, ¿éramos o no conocidos los torrecampeños por los garbanzos tostaos?
Espero, y deseo ver al garbancero por nuestras calles algún día pregonando no su infortunio como antaño, sino, por aquello por lo que los torrecampeños fuimos conocidos en una época ya pasada: por los garbanzos tostaos.   


sábado, 8 de junio de 2013

LA PLAZA, MERCADO DE JORNALEROS.

          
         

En una de mis entradas en este blog, escribí sobre la plaza de nuestro pueblo. Lo hice para recordar como era nuestra plaza en mi infancia y en mi juventud. Ya dije aquí en otro de mis escritos que en mis tiempos era el punto de reunión de todos los jóvenes los domingos y festivos. Aquello era una manifestación que aunque sin pancartas ni nada que revindicar nos permitían hacer sin tener que pedir autorización para ello a pesar de que en aquél tiempo estaba prohibido el derecho de reunión y de asociación.   
No puedo imaginarme el grado de sorpresa que se llevaría aquél posible visitante a nuestro pueblo fiel doctrinario y ortodoxo a las leyes establecidas en aquella época, hasta saber que el motivo de la concentración no era político.      
Pero sin adentrarme por veredas por las que no me gusta transitar porque siempre tropiezo ya que a mi me gusta andar por el surco entre las lindes, he de agregar que esta era la cara más alegre de nuestra plaza en aquellos tiempos porque existió otra, la que entre dos luces, al alba, servia para vender y comprar mano de obra.
El jornalero sin jornal se levantaba antes de amanecer mientras que la mujer permanecía en ascuas por si había suerte y encontraba el marido trabajo para de inmediato preparar el pan, el aceite, y poco más; tal vez, una alcachofa y una naranja y echarlas como sustento en la talega o en la mochila de trapo, aquella de dos aberturas que llevaban al hombro colgando entre pecho y espalda muchos de los que trabajaban en el campo en mis tiempos.
Aquellos hombres iban a la plaza a buscar un jornal y digo aquellos que eran muchos para diferenciarlos de los otros que siendo muy pocos, eran los que ofrecían el trabajo. Eran estos últimos los más poderosos, los dueños de las tierras, los que sus mujeres no esperaban ansiosas en la casa el regreso del marido que había ido a buscar trabajo a la plaza. Ellas no tenían que preparar talega ni vianda alguna, ni tampoco el ver a su marido regresar triste y abatido cuando a veces pasaban los días y las semanas sin que nadie le contratara. Me imagino a ese jornalero abatido, al desalentado porque no tenía la suerte de dar un jornal, y en cambio el vecino y el amigo sí. Qué de interrogantes se haría a la hora de mirar a su mujer y a sus hijos.
Los que encontrando trabajo se iban de vará eran unos afortunados ya que tenían el jornal asegurado por unos días, pero en cambio debían de pernoctar en un cortijo teniendo como colchón una saca de paja en el suelo.
La plaza bullía al alba de jornaleros que deseosos buscaban con la mirada a los manijeros para hacerse ver, eso estaba mejor que mendigarles un jornal, pues el torrecampeño ha sido siempre muy orgulloso y antes de la humillación con dolor de su corazón prefería optar por buscar otros horizontes, otra tierra, y abandonar la suya, la que le vio nacer, tierra que sólo les sirvió a muchos nada más que para venir al mundo porque registrado a su nombre no aparecía inscrita propiedad alguna, tan sólo hacían como muy suyo la labrada parcela de su  estirpe, además de la del amor a su pueblo.
La plaza era la oficina de empleo donde se acordaba de palabra el salario y aproximadamente los días a trabajar que por lo general eran los que durara la faena agrícola. No había contratos, ni papeles, ni altas en la seguridad social, ni paro obrero, ni tampoco “Per”. No había nada porque no tenían nada, tan solo en caso de accidente laboral algunos patronos disponían de un seguro de accidente de nefasta fama que era mejor no utilizar y optar por arreglar los papeles de la beneficencia siendo esta siempre la solución más acertada.
Yo siendo niño un día fui uno de aquellos que visitó al alba la plaza buscando un jornal acompañado de otro niño amigo mío, y no me avergüenza confesarlo, al contrario me llena de orgullo haber nacido siendo uno de aquellos y no de los otros. Estos últimos eran como dije antes los adinerados, los que si el trabajo hubiese sido bueno también se lo hubieran quedado para ellos, pero no saben lo que se perdieron pues como alguien dijo: Encuentra la felicidad en tu trabajo o nunca serás feliz. Yo acerté, ya que siempre lo fui.   
Por último, al margen de todo lo anterior, he de subrayar aquello que ya he repetido en alguna ocasión de que algunos con más mérito que yo podrán contar cosas como estas de nuestro pueblo, pero estoy seguro que para ello hurgarán en la memoria de otros. Haciendo una analogía con mi extinta profesión he de decir que la memoria es como una cartilla de ahorros donde vas guardando recuerdos y más recuerdos. Yo quise ahorrarlos, almacenarlos y atesorarlos para ahora reintegrarlos uno a uno a mi pueblo como viene siendo habitual a través de este blog, relatando evocaciones como la que hoy me ha tocado narrar.