martes, 26 de marzo de 2013

SEMANAS SANTAS DEL AYER Y DE HOY

Recuerdo  las Semanas Santas de mi niñez por el olor a manzanilla y a aguardiente en la madrugá del Viernes Santo. También recuerdo aquellos costaleros a sueldo con su horquilla en la mano presurosos de llegar al final de su trayecto para festejar su salario, y del sonido afilado de aquella trompeta que tocaba aquél hombre de cara tan arrugada como su corneta, vestido de romano, que año tras año era la admiración de los chiquillos, sin olvidarme de los soldaos romanos, aquellos de lanza, penacho, y casco de hojalata con visera de rejilla oscilante que servia para ocultar su rostro.
Sigue estando en mi recuerdo el concurso de saetas en la radio en aquella EAJ61 Radio Jaén, donde los cantaores torrecampeños siempre sacaban buenas notas.
Recuerdo asimismo aquellas pequeñas peloticas blancas con goma larga incorporada que después de lanzarlas volvían a nuestras manos, y aquellas gafas de cartón con cristales de papel de dos colores que comprábamos los chiquillos en el carro de chucherias que iba delante de la procesión. Y cómo no recordar aquellos primeros penitentes o nazarenos a los que llamábamos sanjuanitas.
También guardo en mi memoria en la procesión del Santo Entierro ver a los cofrades todos vestidos con trajes negros y un botón rojo en la solapa. Como también ir el Sábado de Gloria a por agua bendita a la iglesia para rociarla en todos los rincones de la casa.
Pero para recuerdos placenteros de aquellas Semanas Santas de mis tiempos los sabores de aquellas galletas onduladas hechas por nuestras madres y cocidas en el horno, y aquellas esponjosas magdalenas, dulces los dos típicos de Semana Santa. No quiero dejar de mencionar el encebollao con bacalao, plato este por antonomasia muy propio en estas fechas que hoy sospecho es un guiso relegado.
Todo lo que he reseñado han sido unas breves pinceladas de aquellas Semanas Santas de mis tiempos, pero  si hubiese ido esta  a mi pueblo, hubiese saboreado  estas otras sensaciones que paso a describir:      
Me hubiese gustado escuchar como antaño desde los balcones algunas saetas, que más que saetas son oraciones salidas de gargantas torrecampeñas.
También a nuestra banda de música interpretando el himno a Nuestro Padre Jesús, en la calle Constitución donde en esta avenida la procesión a su compás se duerme, y la música con el silencio se hace rezo.
Asimismo hubiese podido acompañar a todos los pasos y verlos salir de la iglesia, entre ellos a Nuestro Padre Jesús en la fría madrugá, y haber contemplado su trono adornado de claveles rojos y de lirios moraos como su manto, además de respirar el aire embriagado de incienso y nardos, y oír como llega a romperse el silencio por algún que otro escalofrío de emoción.  Hubiese observado el fervor de los sudorosos costaleros apiñados en los varales de las andas atentos a la voz del capataz, y en su andar llevando a cuestas a las sagradas imágenes llegar a oír sus racheados pasos en su lento caminar.
También hubiese podido contemplar a la mujer torrecampeña vestida de mantilla, pues a pesar de la seriedad que la procesión impone, su elegancia y belleza se realzan aún más con el fervor religioso, poniéndose de manifiesto aquello de que el garbo y la hermosura son cosas muy difíciles de esconder.       
Hubiese querido ser paloma en la procesión del Resucitao, lumbre en la Noche Santa de alfa y omega, ser cofrade de todas las cofradías, además de vela en todas las procesiones.
También  hubiese visitado a nuestra Patrona Santa Ana en su ermita, y haber contemplado en sus alrededores las tablillas y cuerdas de señalización y reserva del lugar donde algunos celebrarán la romería.
Y ya por último en la mañana del Viernes Santo después de la procesión, si el tiempo lo hubiese permitido, haberme sentado en algunas de las terrazas de cualquier bar –siempre que quedara alguna mesa libre- y tomarme con los amigos una servesilla y alguna que otra tapa.
Otro año será, qué le vamos a hacer.

lunes, 11 de marzo de 2013

AQUELLO QUE VI DÍAS DESPUÉS DEL 11M

              
Lo que escribí días después del atentado:

Hoy nueve años después. 

               Una de mis hijas utiliza a diario para ir a la universidad el tren de cercanías. El mismo tren que el pasado jueves once de marzo nos tiñó de luto a todos. Ése día no tomó ese tren por una huelga del profesorado, pero sí lo volvió a hacer en cuanto la línea estuvo restablecida, y lo sigue haciendo como tantos otros, demostrando con ello a los asesinos que pueden parar los trenes con bombas, pero no pararan nuestro mejor tren, que es el de poder y querer vivir en paz y en libertad.  
         Hoy como homenaje a las víctimas he querido montarme en ese tren. No me lleva otro motivo que el de hacer el mismo recorrido de aquellos que no pudieron llegar. Inicio el viaje en metro hasta la estación de Puerta de Arganda desde donde enlazo con la de cercanías en la de Vicálvaro. Una vez dentro del vagón percibo una extraña sensación. Existe entre los viajeros un silencio cómplice que se contagia. Veo a gentes que rehuyen de inmediato la mirada.  Algunos hacen como que contemplan el paisaje a través de los cristales, otros como que leen un libro, pero intuyo que disimulan, pues no parece que estén absortos ni en el paisaje ni en la lectura, ya que continuamente desvían su mirada prestando atención a lo que pasa a su alrededor. Me siento vigilado mientras yo también vigilo.        
          Al pasar por la estación de Santa Eugenia, crespones negros, flores y fotografías cuelgan de las columnas de las marquesinas. En el suelo algunos cirios encendidos. Más adelante en la estación de El Pozo veo a albañiles levantando los muros que fueron destruidos por la explosión. Aquí las flores, fotografías, velas encendidas y banderas con crespones negros se acentúan. Llegado a la estación de Atocha, el trasiego es el cotidiano a un día cualquiera antes de los atentados. Conforme voy andando por una de sus plantas, noto un fuerte olor a cera. Centenares, tal vez varios miles de cirios encendidos en el suelo se encuentran en un ala de la estancia protegidos por unas vallas. El color rojo de los mismos se confunden con el amarillo de las llamas. A medida que me aproximo me invade un sentimiento muy extraño, casi místico.
         Observo una gran cantidad de poemas adheridos en los muros del recinto, escritos tal vez de forma espontánea, no quedando huecos para más. Nadie dice nada. Sobran las palabras. Tal vez el silencio se rompe con algún sollozo o el sonido que produce alguna cámara de fotos. Veo alguna muñeca, será de alguna de las niñas muertas que ya no podrá jugar con ella. La gente sigue llorando y encendiendo nuevas velas, y presumo que este lugar se ha convertido  en un centro de peregrinación. El flujo de gente es constante.
         Salgo de allí consternado pensando en los que murieron y en sus familiares, porque muchos serian, hijos o nietos de aquellos que como en mi pueblo subieron hace ya mucho tiempo a otro tren. El tren que los llevaba a buscarse el sustento en otras latitudes.
         Sé que era jueves aquél 11 de marzo. Ya han pasado nueve años. Ojalá que el destino de todos aquellos que murieron fuera el de un mundo mejor.

viernes, 1 de marzo de 2013

LIBROS DE AQUÉL AYER

         
          No es extraño ver que muchos de los viajeros del metro o del autobús durante su trayecto lo hagan leyendo. Yo no tengo esa buena costumbre y tal vez sea porque luego el libro se me convierte en un estorbo al que tengo que ir mostrando en las gestiones que debo de realizar a la salida. Lo que si hago durante mi recorrido es tratar de manera furtiva a veces, y otras más descarada, averiguar el título y el escritor de la obra que los viajeros más cercanos a mi leen. Es una manía o tal vez una falta de respeto por mi parte. Cuando lo consigo, si el escritor del libro es conocido, escudriño al lector y lo encasillo. Sé que mi conducta en ambos casos no es muy ejemplar pues carecen ambas de falta de ética, pero yo estoy seguro de que a muchos de los que aprueben o incluso desaprueben mi conducta les pasará lo mismo que a mí.
Hoy, mientras viajaba, en una de las estaciones del metro ha entrado un señor de aproximadamente mi edad y se ha sentado a mi lado. De los bolsillos de su gabán ha sacado un pequeño libro y se ha puesto a leer, y he vuelto a caer en la tentación. He mirado y ¡oh sorpresa!, se trataba de una novela de aquellas que yo leía en mi adolescencia de Marcial Lafuente Estefanía siendo el título de la misma: Que hablen las pistolas. Se preguntarán: ¿Llegaste a catalogar al lector? Pues bien, lo hice, y llegué a la conclusión de que seguramente sería un hombre al que le gustara esta literatura porque en su época no hubo otra. Se acostumbró a ella y sigue aún amamantándose de cebolla como el niño de las nanas de Miguel Hernández.
¿Cuantas novelas de Estefania habré leído siendo adolescente? Cientos de ellas. Recuerdo que lo hacía al trueque. La mayoría de las veces en el quiosco de la plaza. Llevaba una novela y la cambiaba por otra entregando dos reales. Cuando todas habían pasado por mis manos y hasta la llegada de una nueva remesa iba al estanco de la calle El Tomillar. El estanquero recuerdo que no era muy amable, aunque el olor que despedía el papel de aquellas novelas impregnadas con el aroma del tabaco restaba importancia a la poca gentileza y simpatía de aquél señor alto de pelo cano que regentaba el estanco.
Era esa la literatura que estaba a nuestro alcance en los años cincuenta. Yo por leer leía hasta a Corin Tellado, y cuando ello ocurría lo hacía con cierto pudor, ya que sus novelas iban dirigidas a las féminas, pero sólo lo hacía cuando tenía agotada la pequeña biblioteca de los sitios ya descritos de donde me nutria de novelas del género western y policíacas.
Más tarde, a principios de los años sesenta cuando en nuestro pueblo tuvimos por fin una biblioteca, muy precaria por cierto, ya que sólo unos pocos volúmenes adornaban uno de los sótanos del Ayuntamiento, y que para más detalles custodiaba don Antero Jiménez, fue entonces cuando empecé a leer obras de la talla de: Julio Verne, Agatha Cristie, Dickens, León Tolstói, Dostoyevsky, Delibes, Gironella, y tantos y tantos autores que me hicieron amar la literatura.
Los libros que en mi niñez y adolescencia había en las casas eran sólo de texto, - en algunas- y si existía alguno diferente era guardado como una reliquia de padres a hijos. En casa de mis padres sólo había dos libros, uno era un manuscrito comprado por mi padre a alguien en el Centro Obrero mucho antes de la guerra y que durante  años estuvo hibernando porque las circunstancias políticas así lo aconsejaban. Su lectura era muy legible y sus renglones muy rectilíneos. Ni un borrón ni tachadura aparecía en él. No recuerdo su autor, aunque sí una frase que decía: Los soldados que a la guerra van, son como corderos a los que llevan al matadero. Teníamos también un grueso volumen muy deteriorado, legado de mi abuela materna donde se narraba una historia dramática. Sus ilustraciones de los personajes a plumilla adornaban sus páginas y servia para que el lector situase en su imaginación a los protagonistas narrados, todos ellos de una época muy lejana.
Decía Pérez Reverte en un artículo reciente que un libro no sólo es un libro. Es también los lugares donde lo leíste. Ya me gustaría tener algunos de aquellos libros y encontrarme entre sus páginas algún apunte mío con aquella letra redondilla que yo hacía en mi pubertad, de escritura sosegada que más dibujaba que escribía, y compararla con la de ahora deforme por las prisas y por el cúmulo de tantas emociones vividas a lo largo de los años. Seguro estoy que en alguno de esos libros se alojará aún alguna huella mía la cual me ayudaría a recordar posiblemente hechos, lugares sensaciones y situaciones de cuando los leí.  Ojalá algún día encuentre alguno de aquellos libros. Empezaré a buscarlos.
        

domingo, 17 de febrero de 2013

PESPUNTES EN MIS HERIDAS

De mi diario.

Noviembre, 2007

         Es difícil acostumbrarse a la soledad cuando los hijos por ley natural abandonan el hogar, sobre todo cuando lo hace el último de ellos, ya que el silencio que dejan a partir de ese momento se funde con mil silencios. Es entonces cuando un extraño sentimiento te invade combinándose la tristeza con la nostalgia y la añoranza con la melancolía, elaborándose un cóctel que lo más entendidos a esta extraña sensación le han dado en llamar “Síndrome del nido vacío” por el cual yo estoy pasando.
Hoy en plena efervescencia de este resquemor difícil de definir he pasado al cuarto de mi hija Ana, la última en despedirse y no me acostumbro a ver que todo esté ordenado. No veo ninguna carpeta en su cama, ni apuntes, ni libros de la universidad. Los bolígrafos que siempre habían reposado de forma desordenada en su mesa de escritorio, descansan y duermen ahora en un cubilete formando un haz de lapiceros y plumas holgazanas.
Tampoco veo sus “cedés”, ni sus zapatos, aquellos que nunca logramos que se descalzase en lugar de la casa que tenemos reservado para ello. Echo de menos su música, a veces estridente, y a nuestras controversias propias entre un padre y una hija, creyéndose muchas veces que le hablaba como un amo y no como un consejero; pero sobre todo lo que más trabajo me está costando es a no oír el sonido de la puerta de la casa al abrirse, y su voz al entrar preguntando: ¡Mamá!, para de inmediato: ¿Y papá? Era como una rutina.
Ya no tengo que dormitar los fines de semana en duermevelas, esperando su regreso, ni preguntar a mi mujer cuando quedaba dormido ¿Ha venido ya la niña?
Creo que me será difícil acostumbrarme a este silencio tan difícil de digerir, que el tiempo por ser ya mayor me ha regalado, como la mitad del otro silencio que su hermana nos dejó cuando también por ley de vida abandonó la primera el hogar. 

Febrero 2013

         Yo aprendí a vivir nadando en la pobreza. En mi peregrinar no encontré más caminos que senderos abruptos y escabrosos siempre lejos de mí cuna de madera, ¿Pero tuve cuna? Ni eso creo que tuviera, aunque sí tierra donde me acunaron a la que amo sin saber si soy correspondido. Pronto pasaron los años, como un soplo, como una brisa fresca. No conté los vientos, ni tantas lluvias y tormentas. Conté sólo dos rosas, mis hijas, y viví siempre para ellas, buscando su felicidad, que no mis soles, pero la prisa por encontrarles mejores edenes ahogó siempre mis ansias de pasar más tiempo en el jardín donde las custodiaba, y creo que llegué a malgastar por eso mi vida y mí tiempo dilapidándolo en administrar con toda responsabilidad y exactitud cosechas ajenas.
         Ahora, en el otoño de mi vida sólo le pido a ése tiempo perdido, que me devuelva aquellas sonrisas que yo ahorré, ¿cuántas?... millones de ellas, las cuales tengo contabilizadas en el granero de mi memoria, para regalarlas con intereses leoninos si cabe a unos tiernos retallos, mis nietos, nacidos de aquellas mis dos rosas.

14 de Febrero de 2013  fecha del nacimiento de mi nieta Jimena.

viernes, 1 de febrero de 2013

TIEMPO DE CORTA


Después de la recogida de la cosecha de aceituna el olivar duerme arropado y abrigado entre la espesura de sus ramas; ramas que emergieron buena parte de ellas en los primeros calores de la primavera anterior. Esos renuevos crecieron y se desarrollaron hasta que la planta con la llegada del otoño hizo la cama un año más y su savia se fue a dormir para despertar cuando el cuco inicia su concierto y llega a columpiar sus sonidos entre los olivares como el mejor despertador y anunciador de una nueva estación, la primavera.
Ahora terminando el invierno es el tiempo de la corta del olivar, y empleo este término porque así se le conoce en nuestro pueblo al trabajo de la poda. 
Los cortaores durante los años en que cursé estudios en la “universidad del campo”, allá por los años cincuenta eran hombres muy avezados y doctos en el oficio del hacha. Eran contados y los buscaban como la lumbre –me sirvo de esta frase muy común en nuestro pueblo que significa buscar algo que escasea-. Por lo general estos maestros no solían transmitir su enseñanza a cualquiera, sino que su experiencia la iban enseñando poco a poco a sus hijos o a cualquier allegado que tuviese tres cosas muy esenciales: actitud, aptitud y sobre todo fortaleza física, pues no valía cualquier endeble o canijo ya que la corta se decía era un trabajo de sangre y de pulmones.
Durante el periodo de corta por aquél entonces yo iba quemando ramón –las ramas- y mi padre desmochando, talando aquellos troncos que el cortaor iba cercenando a las olivas con su hacha. Recuerdo a uno de aquellos cortaores hundiendo su hacha golpe tras golpe mientras los peines -astillas- iban saltando unos tras otro desde las dos oblicuas hendiduras talladas en el árbol con su herramienta. Aquél hombre que me refiero tenía un pulso extraordinario. Me decía: ¡Niño! ¿Quieres una peseta de queso? Y de inmediato saltaba una astilla lisa y uniforme que más bien se parecía a una porción de queso cortado con el más fino cuchillo. Algunas veces le recuerdo cuando la figura del olivo no le dejaba utilizar la herramienta de la forma acostumbrada abrirse de piernas y tomar impulso con el hacha entre las mismas a modo de péndulo hundiéndola una y otra vez en la dura madera del olivo.
Durante los continuos descansos en el trabajo los cortaores aprovechaban para con los asperones –piedras abrasivas- afilar aquellas hachas finas y curvas con las que trabajaban y que cada uno de ellos presumía de ser la suya la mejor ya que el herrero le dio al acero el temple justo, y también de tener el mejor cabo o astil. Decían que los mejores astiles eran los de madera de quejigo o los de cancaramujo escaramujo, como también los de almendro aunque todos tenían que tener una determinada curvatura para facilitar el brío suficiente en cada golpe. Al término de la jornada protegían el filo de cada hacha con una funda de una gruesa goma que sostenían amarrada con una cuerda al mango. Por lo general aprovechaban la de unas albarcas viejas.
La jornada de la tarde para los cortaores solía ser más reducida que para los que como mi padre y yo nos quedábamos continuando la faena, pues estos una vez acabada la comida del mediodía sólo echaban un reveso –porción del tiempo entre trabajo y descanso-, y acabado este recogían un poca de leña, siempre palos cortos y uniformes y la echaban en el serón de su caballería. Era su trofeo después de una dura jornada.
Cuando el sol ya agonizaba mi padre y yo dejábamos el trabajo y allí quedaba el olivar ahora semidesnudo tratando de abrigarse con las ramas que los  cortaores indultaron, las más vigorosas que servirían para incrementar el rendimiento del fruto en la próxima cosecha. Antes de esconderse el sol, el humo de las agonizantes fogatas –chiscos- se arrastraba por las cañadas envolviendo el paisaje de una neblina chamuscada.
Las hachas de aquellos cortaores quedaron enterradas para siempre como el tomahawk de Toro Sentado, y en su lugar aparecieron otras hachas más ruidosas llamadas: motosierras. Al principio decían que su cadena dentada quemaba el corte dañando a la planta pero lo que abrasaba y sigue abrasando a los olivos son muchas de las manos inexpertas que utilizan estas máquinas para podar. Si algunos de aquellos viejos y sabios cortaores vieran algunas olivas cortadas por tan desmañados maestros se echarían a llorar. Los olivos de mi novela lloraban de amor y de tristeza cuando la gente emigraba, estos a los que me refiero lloran por sus heridas lacerantes.        
Busco en la RAE el significado de la palabra corta y dice que es la acción de: Dividir algo o separar sus partes con algún instrumento cortante. También aparece en su definición el término: recortar, que significa: cortar o cercenar lo que sobra de algo.
Ahora en estos tiempos de crisis que vivimos los recortes son otros y los gemidos a quienes nos afectan –a todos- se pierden entre la bruma de la desesperación y de la impotencia. ¿Cuándo se acabará esta corta?
Hay un dicho en nuestro pueblo que dice: Sigue la corta en el olivar, que significa: algo que dura y persiste. Yo espero que esta corta última a la que me refiero sea nunca mejor dicho corta y acabe pronto porque de lo contrario a mis años me veo otra vez quemando ramón. Al tiempo.

domingo, 13 de enero de 2013

EL ADIÓS A UN MAESTRO DE ESCUELA. EL ÚLTIMO ADIÓS AL HIJO DE MI MAESTRO.

Escrito el día de su entierro.

Querido maestro:

         Hasta aquí, mi residencia lejos de Torredelcampo, me han llegado esta tarde los ecos tristes de las campanas de nuestro pueblo. Campanas las nuestras -como ya dije en otra entrada de este blog- que saben llorar y de qué manera, cuando lloramos, acompañándonos en nuestro dolor con sonidos lentos y tristes que invitan al sollozo. Ellas, siguen derramando desde la altura su eco lastimero que el viento hace llevar y mecer hasta los más recónditos rincones, cuando alguien se nos va.  Hoy su sonido es más triste aún. Tocan a muerto por un maestro de escuela, por el hijo del que fuera mi maestro, por don José Rubio.
         Hoy, antes de darte mi adiós definitivo he querido dialogar contigo. Lo hago tuteándote, porque tú sabias que el respeto que me infundías me obligaba a no utilizar este tratamiento, pero por ser esta la última vez que converso contigo, no me creas por ello un irrespetuoso.
         Recuerdo nuestra última conversación por teléfono unas semanas antes de la Feria. Estabas convaleciente, internado en un hospital de Granada. Yo te animé, y te dije que como otros años nos veríamos en la Procesión de Nuestra Patrona Santa Ana. La charla fue corta, pero no noté señal alguna de falta de discernimiento en tus palabras, ni que las mismas bordeasen ni una sola vez el mundo brumoso de la sandez o el despropósito.
          Faltaste a tu cita en la procesión, y yo también, pues el día de Santiago sin esperarlo, es decir de sopetón, me invitaron a ser huésped de un hotel aquí en Madrid, de las mismas características que en el que tú te alojabas en Granada. Unos de esos tantos hoteles donde el personal para más señas va uniformado de blanco. Mis vacaciones allí fueron cortas, las tuyas duraron más. Después te llamé a tu móvil en repetidas y reiteradas ocasiones, y siempre obtuve un silencio como en el que a partir de hoy gozarás para siempre en tu nueva morada.
         Sé querido don José, que otros podrán glosar tu figura con mucho más mérito que yo, aquellos más entendidos en dibujar la palabra con las letras, y otros también, los que te hayan acompañado en el día a día durante el tiempo que duró tu recto peregrinar en este mundo, pues yo al llevar ausente más de dos tercios de mi vida viviendo en tierra prestada fuera de nuestro pueblo, eso, me impidió haber ocupado una parte de tu vida personal, cosa que lamento.  Sin embargo, debo de entender, que ahora estarás más cerca aún de todos los que te conocimos, pues la muerte es solo un paso a un mundo, al cual todos llegaremos un día.
         Espero que ahora estés, en el lugar adonde van las buenas personas como tú lo has sido. Yo, mientras tanto, seguiré haciendo méritos para algún día reunirme contigo, y si allí hay escuela, dile a tu padre que deje un pupitre vacío para cuando a mi me llamen, pues prefiero su escuela o la tuya, aunque tenga que beber leche en polvo como la que nos daban entonces en el colegio.
         Hoy cuando te han dado sepultura me han dicho que la tarde ha sido fría, como muchas del invierno que nos envuelve, al igual que aquella tarde parda y fría de don Antonio Machado, que en homenaje a ti quiero recitar:

Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.
En la clase. En un cartel, se representa a Cáin fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha de carmín.

Con timbre sonoro y hueco, truena el maestro,
un anciano mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón.

Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.

         Ahora, se habrá hecho silencio en tu escuela. En aquella desaparecida del Caminillo que heredaste de tu padre, mi siempre recordado maestro don Jacinto. Sé que hoy estarás gozando de su compañía, y que tal vez ya le hayas hablado de mí, de aquél alumno que sigue recordando aquella vieja escuela de pupitres bipersonales, de asientos abatibles con el tablero inclinado, donde recibíamos parte de la enseñanza a golpe de cánticos como en la escuela de Machado: Dos por dos cuatro, dos por cuatro ocho. Y los días de la semana son... y los meses del año, empleando para ello aquél soniquete tan especial.
         Le habrás dicho a don Jacinto que ahora las cosas por aquí no andan nada bien, incluida la enseñanza, y que aunque es cierto que a la hora de sumar, de veinte nos seguimos llevando dos, hay algunos que se quedan con las dieciocho restantes. Son los de siempre.
         Adiós don José. Este año como todos los años te buscaré en la procesión de nuestra Patrona Santa Ana, o tal vez releyendo tu pregón, donde comentabas aquellas romerías muy pobres de nuestros tiempos, de tan solo bota de vino colgada al hombro, y de sombreros de paja trenzada.
         Adiós amigo, pues aunque poco nos hemos tratado, se que compartíamos muchas cosas, entre ellas dos muy importantes: la de sentirnos orgullosos de ser torrecampeños, y otra, la de la fe en nuestras creencias religiosas.
         En la esperanza de que estés allí donde mereces, no me queda nada más que, desde la lejanía, situarme en la ermita, e implorar a los pies de Nuestra Patrona Santa Ana para que te enseñe y te guíe a encontrar el camino hasta donde está el Padre. Seguro que ya estarás con Él.
Descansa en paz. Que así sea.


jueves, 20 de diciembre de 2012

EXTRAÑA NAVIDAD


        Aquél abuelo solía sentarse en uno de los bancos del parque de nuestro pueblo. Atrás quedó el tiempo de tertulias que durante años en ese mismo lugar bajo la sombra de un nogal en el verano, y también arropado por los lánguidos rayos de sol en invierno cuando el árbol se desnudaba, acostumbraba a departir con amigos casi a diario. Amigos que se fueron yendo poco a poco; algunos sin avisar. Hoy después de mucho tiempo, en las puertas del invierno, se ha sentado nuevamente en aquél banco. Lo ha hecho después de quitar las hojas amarillas y mustias que lo tapizaban. Se ha sentado con las manos apoyadas en su inseparable bastón, pero antes, ha inclinado la gorra con la que se cubre la cabeza hacia su cara, casi ocultándola, no porque le estorbase el sol, sino para que nada ni nadie pudiesen perturbar sus pensamientos, o puede que fuese esta la mejor manera de disimular sus lágrimas.
Antes de poner en orden sus ideas, una ráfaga de viento le distrae y ve como el aire arrastra una buena parte de las hojas que alfombraban sus pies; otras en cambio juegan en pequeñas carreras arriba y abajo del pavimento del parque a merced de pequeñas bocanadas de viento. Ninguna de esas hojas le ha dado a él sombra este año, pues no volvió desde que sus amigos se marcharon al abrigo de otro parque, aquél  que ningún niño va a jugar y en el que sólo existen algunos contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el cielo.
Sentado, aprieta sus dos manos sobre el bastón y piensa que a él no le hubiese importado marcharse también cuando se fue el último de sus amigos, aquellos que le ayudaban a mantener vivos los recuerdos de un tiempo que pasó. Por recordar, recordaban algunas veces hasta el olor del hambre, pues el hambre es aliada de la miseria, y la miseria de lo putrefacto. En otras ocasiones, solían rebuscar entre el polvo de sus recuerdos sus tiempos como emigrantes en extraños lejanos y fríos países europeos, donde para llegar a su destino lo hacían en trenes muy lentos que parecían aumentar y multiplicar más aún la distancia con su querido pueblo. Aquellos años de exilio y de trabajo lejos de la familia, que le sirvió a él para comprar la casa donde desde entonces vive en el pueblo.
Hubo un tiempo que no le hubiese importado que le hubiesen llevado a hombros hasta el lugar donde se encuentran sus amigos. Pero su más ferviente deseo por ahora es retrasar en todo lo posible su último viaje, hecho por el cual se cuida más que nunca, y si alguna vez se había sentido en el seno familiar un estorbo, desde un tiempo atrás se siente muy importante, digamos, el protagonista principal de la obra trágica que desde años atrás se cierne sobre su hogar.
Su hijo era albañil. Trabajó durante muchos años en la construcción siempre a destajo, o por trabajos acordados. Ganó mucho dinero. Cambió de casa tanto como de coche, siempre superando y mejorando lo anterior. Su nivel de vida iba aumentando como así el del círculo de sus nuevas amistades. Cenas, escapadas, vacaciones caras a países lejanos y exóticos con un despilfarro tal que en muchas ocasiones el abuelo se lo reprochaba. Sus palabras de respuesta del hijo siempre eran las mismas: <<¿Tú crees que vamos a volver a los tiempos aquellos, en los que te tuviste que ir a Suiza para poder comer?>>  Su nuera era igual: <<Ya está el abuelo con el mismo latiguillo, solía repetir>>.
Hace  años, su hijo creó una empresa y se dedicó de lleno a la construcción. Compraba terrenos caros y vendía los pisos más caros aún enseñando el plano, y no el piso piloto debido a la demanda. Se sentía un dios, siempre rodeado de una cohorte de palmeros y chaqueteros.
Pero llegó algo malo que el abuelo presagiaba con sus repetidas frases: <<no se donde vamos a llegar>> <<esto no puede seguir así>> <<esto tendrá que explotar el día menos pensado>> Y llegó la gran explosión: La crisis. La maldita crisis, esa que dura y que perdurará mucho más aún. Y con ella llegaron las desgracias.
Ahora su hijo vive con él en su casa. También su nuera y su nieto de veinte años. El banco se quedó con todos los bienes que amasó durante la época de bonanza. Adiós a aquella mansión con piscina y nevera siempre llena donde acostumbraba con sus amigotes y esposas en veladas hasta el amanecer a zambullirse repletos de güisqui en la piscina. Ya nadie le visita. Tan sólo los acreedores. Está sumido en una profunda depresión hecho que le hace no salir a la calle y no comunicarse con nadie. Tiene cincuenta y cinco años y es autónomo. Todos ellos viven ahora en su casa a costa de su pobre pensión de poco más de ochocientos euros. Por eso quiere vivir mucho tiempo aunque sea sufriendo. Toda su vida fue así, un puro sufrir, y ahora, al final de ella, su sufrimiento es mas gravoso, pero él sabe resistir. ¿Acaso no está curtido de tantas puñaladas como la vida le dio? Se dice y se da fuerzas para sí.
Pero hoy su nieto le ha partido el alma. Su nieto, al que quiere con locura es un pedazo de pan. Dejó los estudios y trabajó con su padre los últimos años. Sabe algo de albañilería, también de electricista y fontanería. Hoy lo ha encontrado en su cuarto llorando. Con voz entrecortada al tiempo que lo abrazaba le preguntó el motivo. Pensó que tal vez fuese porque no tenía dinero para salir, aunque él, a espaldas de la abuela acostumbra a darle siempre los fines de semana algún dinero para que alternara con los amigos, aquél dinero que reservaba para tomar algún café y que nunca se tomaba. Pero este hoy no era el caso. Su nieto le ha dicho que cuando pase la navidad se marcha a trabajar a Canadá, porque allí hay trabajo para los que entienden en el ramo de la construcción. ¿Su nieto, emigrante como él lo fue? ¡Que desgracia! Y se pregunta: ¿de qué me ha valido trabajar tanto, si lo único que le voy a dejar a mi nieto es la maleta de emigrante?  
Por eso hoy está en el parque. Para pensar, y lo hace solo. Quiere analizar si él es culpable por algo que hizo o dejó de hacer hasta llegar a la situación en que se encuentra su hijo y su familia. Reflexiona: Según dicen todo es culpa de los políticos y de los bancos, -le corrijo, las Cajas- aunque para él la culpa la tienen los de siempre: los ricos. Estos, se vieron desbordados por muchos ricos nuevos como su hijo y han vuelto otra vez a ejercer su supremacía. Ellos son pocos, pero muy poderosos, los mismos que desde siempre han movido los hilos del mundo para seguir enriqueciéndose cada día más a costa de seguir oprimiendo a la humanidad. Por culpa de ellos tuvo que emigrar él un día, y ahora pasados los años lo va  hacer su nieto, aunque retorna a pensar que por qué en esos países adonde la gente emigra y también les afecta la crisis no pasa como en el nuestro, y piensa que tal vez sea porque hayan estado mejor gobernados, y vuelve a pensar, a pensar, a pensar... buscando más culpables, y encuentra un sinfín de ladrones que han esquilmado las arcas del estado, y para de pensar porque llega a la conclusión que tal vez si ahonda más en  pensamientos tan preocupantes llegue a especular de que su pensión peligre, y eso si que seria para él una circunstancia más que lamentable.
Rumia y especula ¿Volverán los ricos a distinguirse por tener el pescuezo largo como antes? En su niñez ya se diferenciaban, por ello cuando preguntaban a los niños de los ricos: ¡Niño! ¿Que vas comer? Estirando el cuello y ejercitando el músculo todo lo posible contestaban: ¡Chicha! En cambio los otros niños como él a la misma pregunta encogían la cabeza entre los hombros y decían: No sé. Por eso los del pescuezo corto para él siempre han sido salvo raras excepciones los pobres –este que escribe presume de "pescuesillo" corto-.
Pero esta noche es Nochebuena y ha encargado a la abuela –su mujer- que sea una noche... eso, pues buena, y que a pesar de las circunstancias por las que atraviesan que aparte del asado y otras viandas, compre también algunos mariscos. ¡Que co..j..nes!
En sus tiempos de posguerra recordaba que cuando alguien comía mariscos era porque uno de los dos estaba malo. ¡Que tiempos!
Se levanta y regresa a casa. En el camino se encuentra a grupos de niños cantando villacincos y tocando panderetas ¡Pero mira como beben los peces en el río...! repiten, una y otra vez.  Él también beberá y celebrará esta noche la Navidad, tratando aunque sea con una sonrisa alquilada contagiar a los demás, pero el Feliz Navidad a los suyos, ése, le saldrá del alma, pues será muy sincero.  
El mismo deseo del abuelo, lo hago extensivo a ti, y a todos los tuyos. 
                                              PAZ Y BIEN AMIGOS
En fin, todo esto es ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, aunque sospecho que abuelos como estos hay muchos, los cuales celebrarán la Navidad con la esperanza de que la misma nos traiga a todos: Paz, trabajo y amor.
Pd.
Queridos torrecampeños, amigos y demás blogueros, he querido buscar otra historia menos triste para desearos Feliz Navidad, pero tal y como están las cosas no me ha salido otra mejor... tal vez cuando las circunstancias mejoren dentro de veinte o treinta años... allí estaré yo y lo celebraremos...  en el otro parque, el de contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el Cielo...