martes, 1 de mayo de 2012

FUNCIONARIOS

           

            Nunca me ha gustado adentrarme por los vericuetos escabrosos de la administración. Tal vez provenga mi animadversión y mi ojeriza, de aquellos recuerdos que aún perduran en mi, del: -venga usted mañana- - a su solicitud le falta un timbre del estado, y otro del colegio de huérfanos- o  -lo siento es por triplicado, era lo acostumbrado  después de esperar largas colas ante cualquier ventanilla.

          El funcionario a tu solicitud te miraba en muchos casos con destemplanza, observándose en él una actitud déspota, queriendo transmitirte que él no estaba allí para en cierto modo aguantar tus demandas ya que tú no le pagabas, sino el que colgaba de un cuadro en su despacho. Pero eso sí, su vestimenta era más de lo correcta que su penuria le permitía, puesto que todos iban con corbatas trajes o americanas que aunque raídas y desgastadas parecían revestir al funcionario de cierta aureola de seguridad y de respeto.

         Hace unos días he tenido que batallar entre algunas de las áreas de un determinando organismo tratando de solucionar cierto asunto personal.   El funcionario que me atendió en su mesa numerada me pareció desde principio muy voluntarioso, además de afectuoso y atento. Vestía americana; su corbata se dejaba ver desde donde terminaba el vértice de su jersey hasta el nudo a lo windsor con el que se la anudaba. Una vez le expuse el motivo de estar allí, muy educado él, me dijo que antes debería ir a otro departamento distanciado a unos veinte kilómetros de donde me encontraba para requerir un servicio previo al que yo solicitaba. Le dije que si estaba seguro de ello. Lo vi dubitativo, hasta el punto que se levantó a preguntar en otras de las mesas. Mientras lo hacía observé como la raya de su pantalón le caía en vertical por ambas piernas, mientras que no paraba de ajustarse la chaqueta durante el tiempo que estuvo hablando con su compañero, por lo que lo catalogué como presumido y coqueto.

         No hubo remedio, por lo que a regañadientes tuve que desplazarme hasta el alejado negociado. Un antiguo compañero de trabajo con el que acostumbro a diario a tomar café se prestó a acompañarme por lo que la hora y media de espera mirando una gigantesca pantalla esperando que tu letra y número apareciera se me hizo menos larga.

         Cuando fui requerido conforme me iba acercando a la mesa asignada, le vi y la verdad que dudé sobre si darme la vuelta. La persona que esperaba que me atendiera me pareció que no podía ser por su aspecto la más apropiada para atender a nadie. El funcionario en cuestión ofrecía un aspecto bastante deplorable para estar en una mesa atendiendo al público. Lucia una barba larga espesa y descuidada que le tapaba la boca, hasta el punto que cuando me invitó a sentarme me pareció que la voz no salía de su garganta, ya que la espesura del pelambre impedía apreciar cuando hablaba. Se recogía el pelo con una larga coleta que le descansaba hasta casi la mitad de su espalda. Vestía una especie de cazadora más parecida a la de un chándal y una camiseta con letras en inglés que de principio sólo pude leer: Save the.

         Escondí mi recelo hasta donde pude, pero estoy seguro que advertiría mi infundada desconfianza. Le expliqué lo que quería. Me miró y por el gesto de sus ojos intuí que detrás de su frondosa barba se escondía una sonrisa. -Amigo, le han mandado mal. –Me dijo -Lo que usted solicita lo hace la administración de forma mecánica finalizado el plazo de... esto está recogido en la circular, número, barra, año, orden, fecha etc... Se sabía hasta quién la firmó. Viendo mi mutismo me preguntó ¿Y dice usted que lo han mandado desde...? ¡Vaya faena! Lo siento... ¡Mire, le aseguro que no trato de confundirle, y es más, espere! Al momento dirigió su mirada al ordenador y sus manos le dieron con rapidez al teclado. A los pocos segundos se levantó y se dirigió a una impresora que tenia a sus espaldas. Ahora pude leer las letras completas de su camiseta: Save the children y ver el resto de su indumentaria que consistía en un pantalón vaquero y unas zapatillas de deporte. El indecoroso funcionario para apagar mis dudas me dio la circular en cuestión cortando con unas tijeras los datos que le pudieran comprometer. Seguidamente en poco más de dos minutos me puso al corriente con toda clase de detalles sobre mi asunto -Vaya tranquilo. Fueron sus últimas palabras mientras se despedía de mí.  

         Después, para reparar que a otros como yo le hiciesen perder el tiempo fui al lugar donde me mandaron y esperé a que el coqueto dandi estuviese libre. Le entregué la circular en cuestión y quedó sorprendido. Me dijo que si podía hacer una fotocopia de ella. -Una no, mil si usted quiere. -Le respondí.  

         Hoy he recibido contestación del organismo solicitante, ajustándose a lo legislado y establecido en la circular por la que me informó el funcionario poco decoroso, y he dado en pensar en la terrible equivocación que cometemos al catalogar a las personas por su aspecto. El hábito no hace al monje, es un dicho popular, pero... ¡Dios, que buen vasallo, si portase buena armadura! Me estoy refiriendo al entendido, al buen profesional y puesto al día. Al ejemplar funcionario de las barbas.        
                    

sábado, 24 de marzo de 2012

CAMPIÑA VERDE POR MARZO


         Esta prolongada sequía que padecemos me hace recordar cuando por los meses de marzo y abril de mi niñez y adolescencia,  el verde era el color detonante de aquella campiña torrecampeña, de trigales y de cebadas, además de otros cereales que por estas fechas se solían ya mecer en nuestros campos al compás del viento, al tiempo que multitud de jornaleros con sus camisas blancas salpicaban la campiña peinando las siembras almocafre en mano, arrancando las malas hierbas que proliferaban en los sembrados, entre ellas las avenas locas,  las más difíciles de descubrir por ser una planta esta que se confundia con la del trigo y  la cebada; tan sólo unos pelillos en sus hojas la diferenciaba, por lo que había que ser un gran experto y tener buena vista para descubrirlas.   
         ¡Ay de aquella campiña verde! Aquella campiña que permutó su color por el otro desparramado del olivar. En su recuerdo, y en el de aquellos sacrificados jornaleros me atrevo a escribir:
             

Campiña verde por marzo,

olas de trigos se estrellan
contra barbechos y majanos.
Sobre la sabana verde,
hay pinceladas  de blanco,
son camisas jornaleras
de lienzo moreno sudado,
con bordados de más de un siete
por mil jornales ganados.

 Pisando la escarcha del alba
mientras la siembra aún duerme,
guarda el puchero el cortijo
que hasta la noche no vuelven,
a dormir en sacas de paja
huérfanas de colchas y muelles,
jornaleros comprados en plaza
sin contratos ni papeles.

Encorvadas las cinturas
de la siembra van quitando:
avenas, granillo oveja,
nerdos, amapoles  y jamargos.
Al trigo le hacen cosquillas
mientras lo van arropando
que para julio ha de parir
espigas con mucho grano.

Sesenta trigos han pasado
y yo sigo recordando,
aquellos torrecampeños
que con almocafre en mano,
iban labrando la tierra,
tierra que era del amo,
en aquella campiña verde,
verde por el mes de marzo


             
         Verde campiña, dormida al sol ,verde esperanza... así era la letra de aquella canción de José Guardiola, que yo recuerdo, como recuerdo aquella campiña de nuestro pueblo que el olivar nos robó.

domingo, 26 de febrero de 2012

CAMPANAS TORRECAMPEÑAS

        
Faltaba algo que de momento no supe qué, pero más tarde, cuando eché de menos sus dilatados silencios, pregunté y me dijeron que estaban en reparación. Me estoy refiriendo a las campanas de nuestro pueblo.
Sí, en mi visita reciente de hace unos días no he podido escuchar su repique porque dicen que quedaron roncas de tanto redoblar y doblar a lo largo de los años.
Tal vez si mi memoria no me falla puede que lleven sesenta años sin ir a visitar al otorrino. Recuerdo verlas reposar en una de las aceras de la calle las Cruces y eran más altas aún que lo que yo pudiera medir con mis cuatro años. Es posible que desde que las izasen al campanario en aquellos tiempos no hayan estado nunca en el taller para ajustar sus sonidos, que no su deje, porque su tono es como nuestro acento torrecampeño.  He oído el tañer de muchas campanas en muchos de los lugares por los que he pasado a lo largo de mi vida, pero las de nuestro pueblo suenan de forma muy diferente a todas las demás. Es un sonido que desde pequeño te acostumbras a él, y al cual te familiarizas llevándolo dentro de ti como algo tuyo.
Campanas las de nuestro pueblo que saben llorar cuando lloramos, acompañándonos en nuestro dolor, con sonidos lentos y tristes que invitan al sollozo cuando alguien se nos va derramando desde la altura su eco lastimero que el viento hace llevar y mecer hasta los más recónditos rincones de nuestro pueblo. ¿Por cuantos habrán doblado?
Las he oído repiquetear muy deprisa, y angustiadas en el silencio de la noche tocando a asamblea cuando se producía algún incendio. Entonces la gente corría hasta la plaza para informarse, e inmediatamente acudían a la casa que estaba ardiendo con cubos formando una cadena humana desde el pilar o la fuente más próxima.
Campanas las nuestras que también saben medir el tiempo, informándonos de la hora cuando el reloj le ordena desgranarla de forma lenta y parsimoniosa obedeciendo y acatando hasta su repetición en cada una de las horarias.
Pero lo mejor de nuestras campanas es su sonido alegre y cantarín en las fiestas y celebraciones. Su repiqueteo jubiloso y envolvente vuela raudo entre el aleteo de palomas que huyen despavoridas por el incesante golpear del badajo sobre el metal, invitandonos con su voltear a ser partícipes no sólo de los actos religiosos, sino también de aquellos de divertimento y regocijo que para eso los torrecampeños tenemos fama ganada, y así, por nuestras fiestas y tradiciones, nuestro pueblo se está haciendo acreedor de una popularidad más que manifiesta, la cual ya forma parte de nuestra idiosincrasia.
Por todo ello no me gusta percibir como en estos días de carnaval que he pasado ahí, el huérfano estallido de cohetes si estos no van acompañados por el repicar alegre y festivo de nuestras campanas.
Para mí, ya repicaron cuando me casé, y sé que doblarán también por mí algún día, pero hasta cuando eso llegue, -espero que tarde muchos años- yo quiero seguir escuchando entre todos sus sonidos, el de su gozoso repiqueteo los días de fiesta.               
        

martes, 7 de febrero de 2012

COMIDA EN LA BASURA. BASURA EN LA COMIDA.

           No era muy tarde, posiblemente aún no serian las diez de la noche, cuando al pasar por la puerta de un supermercado vi a un pequeño grupo de personas  que discutían de forma acalorada. Mi acompañante me sacó de dudas puesto que vive cerca de allí -¿Sabes por qué discuten? Me dijo. –No. Respondí. -Discuten entre ellos porque se disputan el derecho a rebuscar comida en los cubetos del supermercado. Así están todas las noches. 
            Hoy no quiero hurgar en mi memoria para poder encontrar en el tiempo situaciones como la que estamos viviendo, porque naturalmente aquellas vividas por mí fueron también muy penosas, pero se me parte el alma cuando contemplo escenas como la que describo, y más que de seguro después de que estos desdichados se fuesen, otros más llegarían para llevarse los despojos de los primeros, para hacer bueno aquello de Calderón de la Barca que ya leíamos los de mi edad en la enciclopedia Álvarez:                        
      
                                   Cuentan de un sabio, que un día
                                   tan pobre y mísero estaba
                                   que sólo se sustentaba
                                   de unas yerbas que cogia.
                                   ¿Habrá otro, entre sí decia,
                                   más pobre y triste que yo?
                                   y cuando el rostro volvió
                                   halló la respuesta, viendo
                                   que iba otro sabio cogiendo
                                   las hojas que él arrojó.   
           
         Me imagino que la cesta que llenarían seria de productos caducados, algunos en estado de descomposición posiblemente. Para estas pobres gentes se acabaron los controles de calidad en alimentos como en la leche, las frutas, los huevos, la carne, el pescado, el aceite, etc...  Se les acabó también la gestión que pudieran influir los encargados del medio ambiente en su calidad.
            Hablando del medio ambiente. Me sorprende que nada más que desaparecer el ministerio que lo representaba, absorbido por el de agricultura –supongo que habrán ubicado sus restos y dado acomodo a parte del personal  en alguno de los sótanos  del de la Glorieta de Atocha-, algunas empresas no han esperado mucho para eliminar a una buena parte de los empleados que se dedican a la noble tarea de vigilar el deterioro medioambiental, mejorando para ello las condiciones en los procesos, y en los productos, todo ello acatando y dando cumplimiento a normativas universales.  
         Esto es lo grave, que están eliminando al personal que por ética a su profesión, –y esto lo sé de primera mano- tienen que tomar decisiones a veces muy dolorosas en contra de la cuenta de resultados de la empresa, por cumplir y asegurar las normativas medioambientales. Y lo peor es que a la hora de deshacerse de ellos, algún que otro trepa, subordinado a unos objetivos, por lo que si los logra ha de recibir, es de suponer, un sustantivo trofeo en euros, se limite a decir que para él todo lo relacionado con el medio ambiente desde siempre le ha parecido una m. El fin para “éste”, justifica los medios.
         A lo largo de mi vida laboral he conocido a muchos con el mismo perfil, pero para estos verdugos también existe la horca. Recuerdo a uno de ellos que cuando prescindieron de sus depravadas y consentidas funciones, la única persona que se dignó despedirse de él fue la señora de la limpieza porque le extrañó encontrarlo llorando. Tampoco halló apoyo ni consuelo en toda la camarilla de serviles aduladores de los que se solía rodear.
         Así pues, vayámonos preparando, pues como dije al principio, me extrañó que la gente recoja comida en la basura, pero no me sorprenderé cuando dentro de muy poco vea basura en la comida, la cual estará en las estanterías de muchos supermercados. Al tiempo.             



sábado, 21 de enero de 2012

TALLER DE LECTURA

              

                                                      Foto cedida por Pedro Quesada del Ayuntamiento de Torredelcampo
            

              Era la tarde-noche de la Nochebuena pasada. Recuerdo que el sol se escondía entre rojos y anaranjados colores tiñendo a la sierra madrileña que se divisaba a lo lejos de una fugaz y cobriza tonalidad. Andaba yo por una calle de una reciente urbanización de viviendas adosadas, por donde en algunas de su chimeneas el humo se derramaba mansamente envolviendo el anochecer de una neblina artificial, adobada ya a esas horas por algún temprano guiso navideño. La tarde era muy gélida, y el viento serrano del norte me arañaba la cara a medida que iba caminando por la empinada calle semidesierta de viandantes. Tan sólo una pareja a lo lejos y en misma dirección de forma lenta los veía caminar, mientras que a juzgar por sus voces parecían discutir entre ellos. Arrecié el paso para cuanto antes adelantarlos. Cuando estuve a pocos metros pude apreciar que se trataba de una mujer mayor y un muchacho joven, siendo éste el que yo entendí que le gritaba a la anciana.
         Al rebasarlos les miré de manera discreta, y mi recelo se transformó en sorpresa. Él, sostenía un libro abierto que le leía a la mujer esforzando la voz tal vez por la escasa audición de su acompañante. Ella, era una mujer posiblemente octogenaria de pelo enmarañado y revuelto, que se aferraba al caminar a un brazo de su acompañante haciendo continuas paradas para descansar como la que hicieron cuando los rebasé. Me volví pecando de comedimiento, pero no lo pude evitar, pues era la primera vez que veía algo semejante, fue cuando ella le dijo a quién pudiera ser su nieto: -Repíteme esa frase nuevamente, pues me ha gustado mucho. 
En ese momento yo tenía que haberle interrumpido para decirle: Señora, a mi me gusta la gente que lee, o algo así. Porque tal vez, aquella anciana por su avanzada edad y sus ojos es de suponer más que cansados, no pudiese ya leer, y estoy seguro que de ser así, para ella esto seria un sufrimiento, pero el bello gesto de su acompañante me resultó que seria el mejor regalo que le podía hacer en navidad a la anciana.
         Y allí los dejé en la tarde-noche de la Nochebuena, en su insólito taller de lectura al aire libre, mientras que la tarde agonizaba ya que al poco se encendieron las farolas, y la claridad fue lentamente dando paso a la oscuridad de la noche. Durante mi largo paseo recordé que otro taller de lectura me esperaba muy diferente: el Taller de Lectura de mi pueblo.
         Así fue. El pasado día 10 de enero, estuve en la sala estudio de la biblioteca municipal con un grupo de personas las cuales querían tener un encuentro con este modesto escritor, autor de “Cuando los olivos lloran”. Todas las personas que asisten periódicamente al Taller de Lectura de Torredelcampo, tienen un objetivo común: la lectura. Las reuniones que mantienen, sirven para analizar y exponer el criterio y la opinión que les merece un libro que previamente han elegido de antemano. 
         Y yo, este humilde y novel escritor, tuve el honor de ser invitado por sus componentes a un encuentro para comentar mi libro. He de manifestar mi agradecimiento porque me sentí muy honrado desde el principio al saber que mi obra iba a ser analizada por todos ellos en mi presencia.
En la reunión, hice una breve semblanza de mi vida desde mis más tiernos albores, subrayando mi pasión por la escritura y la lectura, y de cómo se forjó en mí la idea y la aventura de escribir mi libro.
         Quise hacer hincapié de que muchos posiblemente al leer mi novela –Ya lo escribe en el prólogo Juan Armenteros: Críticas vendrán que te herirán-, se sientan dolidos porque entiendan que he magnificado en su detrimento a cierto sector de aquella sociedad en la que me tocó vivir, y otros dirán que he sido muy limitado y hasta benevolente. A todos ellos, dije, no quisiera que me juzgasen por lo que viví, vi, oí y escribí, porque entiendo seria juzgar un trozo de la historia de nuestro pueblo.  También les hice saber que otros con más mérito que yo podrían haber escrito esta parte de nuestra historia local, pero seguro que para ello tenían que haber hurgado en la memoria de muchos. Yo,... sólo tuve que poner la mía a trabajar. 
       Después agradecí tanto los piropos a mi obra, como naturalmente aquellas deficiencias que observaron propias de un novato como yo en el terreno de las letras.  
         Y así fue de cómo quedó grabado en mí aquella tarde-noche de la Noche Buena, y la otra, esta última sinceramente muy grata que pasé junto a un grupo de entusiastas torrecampeños amantes de las letras. Tanto el taller de lectura al aire libre que he narrado al principio, como también en el que participé en mi pueblo, ambos tienen un denominador común: la pasión y la afición por la lectura. Gracias a todos los que seguís amándola, porque en estos tiempos que vivimos me alberga una duda... ¿existe hambre por leer?     
            

miércoles, 4 de enero de 2012

MI CARTA A LOS REYES MAGOS

MI CARTA A LOS REYES MAGOS.

Queridos Magos de Oriente:

Nunca os escribí ninguna carta. Yo cuando era pequeñito como todos los niños de mi edad crecí creyendo en vosotros aunque en nuestro pueblo nunca os vimos. Sólo una vez vi un viejo carro tirado por una mula sin luces ni decorados y nada más estaba Melchor, pero éste repartía juguetes sólo a los niños que sus padres previamente habían encargado en una tienda pues luego me enteré después. A pesar de todo, como erais magos, sé que por la noche nos poníais a pié de cama a mí y a mis hermanos una pequeña cestita con caramelos. Recuerdo los gajos de naranjitas, las chocolatinas, y el verde intenso de las aceitunas de dulce. A otros no sé por qué sólo les dejabais unas pocas de palomitas. Erais muy pobres, lo sabia, aunque con algunos niños erais más espléndidos, pero puede  que fuese porque se comportasen mejor que yo y que otros, aunque siempre tuve mis dudas, porque  los buenos solían ser los que sus padres eran más adinerados ¡Qué casualidad!
Yo no protestaba, me conformaba con una bufanda, unos calcetines o un jersey que me regalaban mis abuelos. Me consolaba asimismo también cuando escuchaba por la radio la copla que cantaba Pepe Pinto, que decía más o menos así, y que algunos de mí edad recordarán:

Esto le oí decir a un pobre niño chiquito que al hospicio lo llevaron cuando quedó huerfanito.
Era una noche de Reyes, los Reyes Magos pasaron y para llevar juguetes al hospicio se acercaron.
Y aquél niño decía, mago de mi corazón, tráigame usted a mi madre  pa que la conozca yo. Si la ve usted por el Cielo dígale usted que no la olvido, aunque hay unas almas buenas que me tienen recogio, pero esta noche de Reyes aunque tengo quien me ampare, yo daría todos estos juguetes por un beso de mi madre.
   
 Naturalmente, aquella copla me dejó huella, porque siempre que la escuchaba un nudo se me hacía en la garganta y trataba de evitar sin conseguirlo que alguna que otra lágrima aflorase en mis ojos, puesto que oyendo esa copla me sentía un afortunado ya que yo tenía madre, y el niño de la copla no.
Así pasaron año tras año aquellos pobres, muy pobres Reyes Magos de mi infancia.
Hoy, después de tanto tiempo, queridos Reyes Magos, permitirme que me dirija a vosotros por primera vez, y no para que me traigáis nada, sino para rogaros que en vuestra visita no os llevéis nada de lo que por ahora poseo.

Así pues, en primer lugar os rogaría que no os llevéis el cariño de mi mujer y de mis hijas: mi tesoro principal en esta vida.

 No os llevéis la ternura de mi padre. Dejadme aún seguir alimentándome de sus sabios consejos.

No os llevéis el apoyo incondicional de mi hermano, aquél que en los momentos más delicados de mi vida siempre ha estado a mi lado.

No me arrebatéis de mi memoria los recuerdos de aquellos a los que quise y se fueron.  

No os llevéis el afecto de mis amigos, de los que están cerca, y de aquellos que apenas veo por la lejanía.

No os llevéis la grata sensación de sentirme querido por el resto de mis seres queridos.

No os llevéis la emoción que siento cuando estoy en mi pueblo y puedo contemplar como ahora en este tiempo invernal, a los olivares escondidos entre las brumas. No me arrebatéis asimismo el orgullo de seguir sintiéndome torrecampeño. 

No os llevéis la quietud y la serenidad que me acompaña mientras leo un libro al calor de la lumbre.

No os llevéis el gozo de comunicarme expresando mis sentimientos y recuerdos a través de mis novatos renglones, aunque muchas veces sean pueriles y banales.  

Ya por último, sólo quiero que nunca os llevéis la sonrisa de mis nietos y el placer que siente este abuelo que os escribe cuando juega con ellos, pues aunque compita con vosotros, creo que para  ellos soy uno de sus juguetes preferidos.

Dejarme todas estas cosas, y llevaros todo aquello que no me sirve.

Como magos que sois, haced un paquete muy grande en el que quepa la guerra, y arrojarlo fuera de nuestra galaxia.

Haced otro con el hambre y envolverlo con el odio y las desigualdades sociales, para que vaguen toda la eternidad por los espacios siderales.

Haced otro paquete muy grande, ¡pero que muy grande!, con el dinero de aquellos que han hecho y están haciendo de la crisis un negocio, especulando a nivel mundial con los alimentos, sin importarles que con ello sigan muriendo por la hambruna millones de niños. Repartirlo allí donde más falta haga, e incluir también en el mismo el dinero de aquellos muchos avaros que nutren su codicia en estos tiempos de crisis a la cual se aferran como pretexto para transgredir los derechos de muchos desvalidos.
Y si no cabe en el paquete tanto dinero, –que no cabrá-, fruto de la explotación de tantos y tantos desgraciados que en su desesperación por llevar un pedazo de pan a su hogar, caen en manos de estos negreros explotadores, haced otro paquete más, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro ,y otro...
          
         Llevaros pues todo aquello que no valga para que en vuestra próxima visita podáis ver la sonrisa de todos los niños del mundo, incluida la de este chiquillo que os escribe hoy por primera vez después de sesenta y tantos años.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

CRONICA DE NAVIDAD DE UNO DE TANTOS.

Este relato aunque contado en primera persona es de mi invención. He querido con él reflejar de
algún modo la crisis económica además de la crisis social en la que estamos sumergidos. 
           
        Allí estaba yo otro año más en la barra de aquél restaurante días antes de Navidad haciendo tiempo a que llegara el jefe para la consabida comida de empresa. Para distraerme me entretengo mirando la televisión y como el año pasado no ha cambiado nada. De nuevo en la pequeña pantalla la gente descorcha botellas de espumosos en las puertas de algunas de las administraciones de lotería agraciadas. Todos los premiados dicen que lo destinarán a tapar agujeros. Observo también las caras cariacontecidas de los que vieron colgado el número en el bar o en la tienda y no compraron. Estos últimos invocarán de seguro a la salud. El restaurante está atestado de gente. Por una vez al año todas las categorías revueltas, jefes, apoderados, administrativos y subalternos; hoy, todos con un objetivo común: la comilona. Veo pasar al impresentable de mi jefe, -otro año más que llega tarde- vistiendo de Armany empapado de perfume tal vez de la misma marca pero seguro del más caro. La gomina con la que se unta el pelo es de un brillante que deslumbra. Le acompaña como una lapa el hombre sin piedad y sin escrúpulos, el temido subdirector.
Me dirijo a la mesa siendo uno de los últimos en tomar asiento. Allí está Ordoñez, el graciosillo de siempre tratando de no pasar desapercibido -hoy menos que nunca- ante los ojos del mandamás. No falta sentado a la mesa también el muy cabrón de Galindo, el de personal, el que tuvo muy en cuenta el permiso que pedí cuando mi mujer estuvo hospitalizada y no las horas que por la cara echo de más todos los días, ésas que ni siquiera se atreve a incorporar en mi expediente como dedicación y entrega a la empresa. No falta Diez, el pelotas, el primero en aplaudir y levantarse cuando el jefe diga la consabida arenga. Allí está cómo no, García, el amargado, el que sale solo a tomar café y no se relaciona con nadie; el que aguanta bromas sin alterarse lo más mínimo hasta de Gervasio el ordenanza. Hoy los tiene a todos muy cerca y estará deseando de que acabe cuanto antes la pantomima para al menor descuido irse a casa.
No faltan los del grupito, esos que siempre salen juntos a desayunar que forman un clan entre ellos y que cuchichean a tu paso, siempre conspirando, y que de seguro como en años anteriores después de la comida se irán de fulanas para después durante unos días alardear sobre si fueron dos o tres las faenas acabadas. Todo mentira.  Petri, la de impagados con su voz alegre y cantarina en esta ocasión no dirá la tan temida frase que repite ahora casi a diario debido a la crisis: ¡Otro que tiene que echar el cierre! Salgado el de riesgos, el sabueso, hay que verlo comer. Es todo un espectáculo; con la servilleta colgada por un pico a la altura de la nuez la cual le sirve para protegerse de alguna posible mancha. Come muy lentamente ajeno a casi todo apartando con el cubierto con mucha minuciosidad las espinas del pescado. Es un sibarita y un dandy en el vestir, lleva pajarita en vez de corbata. Domínguez, el del área de clientes. No me lo imagino sin el teléfono entre el hombro y la oreja mientras atiende el teclado de su ordenador. Casi siempre está hablando con su mujer repitiendo una y otra vez: cari, cari, cari. Cuando se despide de ella la llama pitufina.  Y cómo no, el señor Nicanor, el más mayor de todos. Lo de señor le viene porque así lo impuso él tanto a los clientes como a los compañeros, aunque para estos últimos lo de señor lo sueltan muchos con irónica sorna, y más parece un apodo que no un signo de respeto y distinción.  
Allí están todos, y yo una vez más con ellos tratando de poner buena cara, sonriendo, con sonrisas prestadas a unos y a otros. Todos, supongo, saben que estoy sentenciado. Es un secreto a voces divulgado por Segura, el chivato. Lo que no saben es que ellos irán tras de mi. ¡Que se jodan!
Tengo que soportar el discurso del de la gomina. Sé que será el último que aguante. Ayer me llamó a su despacho. El muy joputa quería que maquillara el balance para esconder pérdidas. Como jefe de contabilidad invoqué mi profesionalidad además de mi conciencia. Sus últimas palabras fueron: -Márchese y espere acontecimientos, porque quiero que sepa usted de que aquí mando yo. Y las mías: –Sepa usted que la empresa está en quiebra técnica. Los hechos son evidentes-. Fui benevolente, le tenía que haber dicho en quiebra culpable. No hubo más. Abandoné su despacho y miré sabiendo que seria la última vez el cuadro que colgaba en la pared con el credo de la empresa donde rezaba por este orden: Dios, trabajo y familia.Y ahí está el muy cabronazo brindando con vino barato y no con el Dom Perignon, o el Vega Sicilia de las mejores añadas que aparece en las facturas que pasa a la empresa por comidas de trabajo. Mentira. La mayoría con sus amigotes y esposas.
Mientras dura la perorata de falsedades el subdirector me mira con una mirada retadora que intuyo que esconde una pregunta ¿por qué estoy yo hoy allí? Le correspondo con una sonrisa de satisfacción y de triunfo en vez de un gesto que denotara en mi preocupación. A todo ello no aparto la mirada. Es un desafío entre los dos.  Al final gano yo. Él se repliega y busca una servilleta a la que acaricia para distraerse. Seguro habrá adivinado que me estoy ciscando en todos sus muertos. Vive en una mansión al igual que el que está soltando el discurso pagadas ambas con los sobresueldos que cobran. Ahora no quieren participar de garantes para la financiación de la empresa alegando que su patrimonio es suyo, los muy cabrones. 
Salgo en cuanto puedo de allí. Sólo me despido de Petri y de mi compañero Paco Salinas, el que trabaja a diario codo con codo conmigo. Una buena persona. Me tropiezo al salir con García, el amargado. Me acompaña hasta el metro. Ya no tendremos que volver al trabajo hasta pasada la Navidad. Yo tal vez lo haga por última vez.
De regreso a casa pienso que ya ha pasado la primera parte de la obra de teatro navideña. Mañana tocará la segunda, la de ir a cenar a casa de mi madre. Mi madre es una mujer para colmarla siempre de besos y en estas fechas aún más, pero mi hermana y sobre todo mi cuñado son para mandarlos a la mierda, sin embargo todo sea por mi madre, por ella tendré que empezar ya a ensayar hasta mañana mi sonrisa de "profiden". No me equivoqué. Fue como el año anterior. El niño de mi hermana, Carlitos, el gafitas, no dejó a mi madre oír el discurso del Rey explosionando petardos en la terraza ante la pasividad de mi hermana y mi cuñado. Mi cuñado es un vago redomado siempre dado de baja en el trabajo por no se qué dolencia de columna. Un cuentista dando siempre sablazos a mi pobre madre con la complicidad de mi hermana. Todos los años me hablan de sus viajes al extranjero. Esta vez tocaba uno a un país exótico. Lo peor de este año ha sido el cabrón del niño en los postres ya que se atragantó con una peladilla y al tiempo de expulsarla su boca era un volcán echando toda la cena. Creo que vomitó hasta la de la noche anterior.
Me fui en cuanto pude. Caminé hasta mi casa en el silencio de las calles en Noche Buena. ¡Que silencio! Sólo irrumpía la quietud algún petardo a lo lejos y algún coche muy de tarde en tarde. El ruido de mi móvil me volvió a la realidad aparcando mis pensamientos para otra ocasión. Era mi ex. ¿Qué querrá? Me pregunté. Sabía que no seria para felicitarme. No acostumbraba a ello, claro que yo le correspondía de la misma manera. Tampoco seria para solicitarme la pensión por mi hija dado que era lo primero que atendía nada más cobrar. La voz angelical de mi hija Sonia de cinco años me alegró el alma.
         -Papi, ¿por qué no vienes?
         -Esta noche no, cielo -le respondí. 
         - Es Navidad Papi.
         -Sí cariño. Lo sé. ¿Lo estás pasando bien? –pregunté.
         -Sí Papi. Javier me ha comprado una casita.
         Tardé en contestar. Javier es la pareja de mi ex.
         -Yo te llevaré otro día los regalos que dejará Papa Noel en mi casa para ti.
         -¡Vale papi! –la oí decir toda alborozada. Luego agregó de inmediato -Pero                 pondrás los zapa... zapatitos en el balcón ¿verdad?
         -Si mi vida, pondré todos los zapatos para ti.
         -Vale papi. Feliz Navidad.
         -Feliz Navidad. Hijita. Adiós.
Desde principio de mi conversación un halo de tristeza empezó a invadirme hasta que unas lágrimas enturbiaron mi visión en la noche gélida madrileña.   
Eran poco más de las doce de la noche. A lo lejos se dibujaba la silueta encendida de la iglesia de mi barrio toda de un color blanco de nieve. A medida que iba avanzando unos apagados tonos musicales navideños se mecían por entre la fría bruma haciéndose cada vez más audibles a medida que avanzaba. Al pasar a la altura del templo el canto de Noche de Paz salido de un coro de gargantas infantiles me contaminó con el llamado espíritu navideño.  Entré en la iglesia y allí durante la liturgia hice balance de mi vida. No tenía nada. Estaba peor que mi empresa. Dios, trabajo y familia, así rezaba en el cuadro colgado en el despacho de mi jefe. Reflexioné. No, poseía algo muy valioso, el cariño de esa vocecita que acababa de oír por teléfono, y mi fe en mis creencias religiosas. Dos activos de un valor incalculable los cuales esperaba revalorizar día a día. En el pasivo sólo debía mi alma a Dios y la hipoteca al Banco. Nada comparado con lo anterior. Terminado de analizar mi triste vida el coro parroquial interpretó Adeste Fideles al tiempo que una extraña sensación me invadió.
A la salida del templo algunos feligreses me desearon Feliz Navidad. Yo también les deseé a ellos lo mismo que a ti te deseo. 
                 
                                    ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Pd. Si en tu entorno de trabajo y fuera de él no existe nadie parecido a alguno de los personajes que describo llámame.