sábado, 21 de enero de 2012

TALLER DE LECTURA

              

                                                      Foto cedida por Pedro Quesada del Ayuntamiento de Torredelcampo
            

              Era la tarde-noche de la Nochebuena pasada. Recuerdo que el sol se escondía entre rojos y anaranjados colores tiñendo a la sierra madrileña que se divisaba a lo lejos de una fugaz y cobriza tonalidad. Andaba yo por una calle de una reciente urbanización de viviendas adosadas, por donde en algunas de su chimeneas el humo se derramaba mansamente envolviendo el anochecer de una neblina artificial, adobada ya a esas horas por algún temprano guiso navideño. La tarde era muy gélida, y el viento serrano del norte me arañaba la cara a medida que iba caminando por la empinada calle semidesierta de viandantes. Tan sólo una pareja a lo lejos y en misma dirección de forma lenta los veía caminar, mientras que a juzgar por sus voces parecían discutir entre ellos. Arrecié el paso para cuanto antes adelantarlos. Cuando estuve a pocos metros pude apreciar que se trataba de una mujer mayor y un muchacho joven, siendo éste el que yo entendí que le gritaba a la anciana.
         Al rebasarlos les miré de manera discreta, y mi recelo se transformó en sorpresa. Él, sostenía un libro abierto que le leía a la mujer esforzando la voz tal vez por la escasa audición de su acompañante. Ella, era una mujer posiblemente octogenaria de pelo enmarañado y revuelto, que se aferraba al caminar a un brazo de su acompañante haciendo continuas paradas para descansar como la que hicieron cuando los rebasé. Me volví pecando de comedimiento, pero no lo pude evitar, pues era la primera vez que veía algo semejante, fue cuando ella le dijo a quién pudiera ser su nieto: -Repíteme esa frase nuevamente, pues me ha gustado mucho. 
En ese momento yo tenía que haberle interrumpido para decirle: Señora, a mi me gusta la gente que lee, o algo así. Porque tal vez, aquella anciana por su avanzada edad y sus ojos es de suponer más que cansados, no pudiese ya leer, y estoy seguro que de ser así, para ella esto seria un sufrimiento, pero el bello gesto de su acompañante me resultó que seria el mejor regalo que le podía hacer en navidad a la anciana.
         Y allí los dejé en la tarde-noche de la Nochebuena, en su insólito taller de lectura al aire libre, mientras que la tarde agonizaba ya que al poco se encendieron las farolas, y la claridad fue lentamente dando paso a la oscuridad de la noche. Durante mi largo paseo recordé que otro taller de lectura me esperaba muy diferente: el Taller de Lectura de mi pueblo.
         Así fue. El pasado día 10 de enero, estuve en la sala estudio de la biblioteca municipal con un grupo de personas las cuales querían tener un encuentro con este modesto escritor, autor de “Cuando los olivos lloran”. Todas las personas que asisten periódicamente al Taller de Lectura de Torredelcampo, tienen un objetivo común: la lectura. Las reuniones que mantienen, sirven para analizar y exponer el criterio y la opinión que les merece un libro que previamente han elegido de antemano. 
         Y yo, este humilde y novel escritor, tuve el honor de ser invitado por sus componentes a un encuentro para comentar mi libro. He de manifestar mi agradecimiento porque me sentí muy honrado desde el principio al saber que mi obra iba a ser analizada por todos ellos en mi presencia.
En la reunión, hice una breve semblanza de mi vida desde mis más tiernos albores, subrayando mi pasión por la escritura y la lectura, y de cómo se forjó en mí la idea y la aventura de escribir mi libro.
         Quise hacer hincapié de que muchos posiblemente al leer mi novela –Ya lo escribe en el prólogo Juan Armenteros: Críticas vendrán que te herirán-, se sientan dolidos porque entiendan que he magnificado en su detrimento a cierto sector de aquella sociedad en la que me tocó vivir, y otros dirán que he sido muy limitado y hasta benevolente. A todos ellos, dije, no quisiera que me juzgasen por lo que viví, vi, oí y escribí, porque entiendo seria juzgar un trozo de la historia de nuestro pueblo.  También les hice saber que otros con más mérito que yo podrían haber escrito esta parte de nuestra historia local, pero seguro que para ello tenían que haber hurgado en la memoria de muchos. Yo,... sólo tuve que poner la mía a trabajar. 
       Después agradecí tanto los piropos a mi obra, como naturalmente aquellas deficiencias que observaron propias de un novato como yo en el terreno de las letras.  
         Y así fue de cómo quedó grabado en mí aquella tarde-noche de la Noche Buena, y la otra, esta última sinceramente muy grata que pasé junto a un grupo de entusiastas torrecampeños amantes de las letras. Tanto el taller de lectura al aire libre que he narrado al principio, como también en el que participé en mi pueblo, ambos tienen un denominador común: la pasión y la afición por la lectura. Gracias a todos los que seguís amándola, porque en estos tiempos que vivimos me alberga una duda... ¿existe hambre por leer?     
            

miércoles, 4 de enero de 2012

MI CARTA A LOS REYES MAGOS

MI CARTA A LOS REYES MAGOS.

Queridos Magos de Oriente:

Nunca os escribí ninguna carta. Yo cuando era pequeñito como todos los niños de mi edad crecí creyendo en vosotros aunque en nuestro pueblo nunca os vimos. Sólo una vez vi un viejo carro tirado por una mula sin luces ni decorados y nada más estaba Melchor, pero éste repartía juguetes sólo a los niños que sus padres previamente habían encargado en una tienda pues luego me enteré después. A pesar de todo, como erais magos, sé que por la noche nos poníais a pié de cama a mí y a mis hermanos una pequeña cestita con caramelos. Recuerdo los gajos de naranjitas, las chocolatinas, y el verde intenso de las aceitunas de dulce. A otros no sé por qué sólo les dejabais unas pocas de palomitas. Erais muy pobres, lo sabia, aunque con algunos niños erais más espléndidos, pero puede  que fuese porque se comportasen mejor que yo y que otros, aunque siempre tuve mis dudas, porque  los buenos solían ser los que sus padres eran más adinerados ¡Qué casualidad!
Yo no protestaba, me conformaba con una bufanda, unos calcetines o un jersey que me regalaban mis abuelos. Me consolaba asimismo también cuando escuchaba por la radio la copla que cantaba Pepe Pinto, que decía más o menos así, y que algunos de mí edad recordarán:

Esto le oí decir a un pobre niño chiquito que al hospicio lo llevaron cuando quedó huerfanito.
Era una noche de Reyes, los Reyes Magos pasaron y para llevar juguetes al hospicio se acercaron.
Y aquél niño decía, mago de mi corazón, tráigame usted a mi madre  pa que la conozca yo. Si la ve usted por el Cielo dígale usted que no la olvido, aunque hay unas almas buenas que me tienen recogio, pero esta noche de Reyes aunque tengo quien me ampare, yo daría todos estos juguetes por un beso de mi madre.
   
 Naturalmente, aquella copla me dejó huella, porque siempre que la escuchaba un nudo se me hacía en la garganta y trataba de evitar sin conseguirlo que alguna que otra lágrima aflorase en mis ojos, puesto que oyendo esa copla me sentía un afortunado ya que yo tenía madre, y el niño de la copla no.
Así pasaron año tras año aquellos pobres, muy pobres Reyes Magos de mi infancia.
Hoy, después de tanto tiempo, queridos Reyes Magos, permitirme que me dirija a vosotros por primera vez, y no para que me traigáis nada, sino para rogaros que en vuestra visita no os llevéis nada de lo que por ahora poseo.

Así pues, en primer lugar os rogaría que no os llevéis el cariño de mi mujer y de mis hijas: mi tesoro principal en esta vida.

 No os llevéis la ternura de mi padre. Dejadme aún seguir alimentándome de sus sabios consejos.

No os llevéis el apoyo incondicional de mi hermano, aquél que en los momentos más delicados de mi vida siempre ha estado a mi lado.

No me arrebatéis de mi memoria los recuerdos de aquellos a los que quise y se fueron.  

No os llevéis el afecto de mis amigos, de los que están cerca, y de aquellos que apenas veo por la lejanía.

No os llevéis la grata sensación de sentirme querido por el resto de mis seres queridos.

No os llevéis la emoción que siento cuando estoy en mi pueblo y puedo contemplar como ahora en este tiempo invernal, a los olivares escondidos entre las brumas. No me arrebatéis asimismo el orgullo de seguir sintiéndome torrecampeño. 

No os llevéis la quietud y la serenidad que me acompaña mientras leo un libro al calor de la lumbre.

No os llevéis el gozo de comunicarme expresando mis sentimientos y recuerdos a través de mis novatos renglones, aunque muchas veces sean pueriles y banales.  

Ya por último, sólo quiero que nunca os llevéis la sonrisa de mis nietos y el placer que siente este abuelo que os escribe cuando juega con ellos, pues aunque compita con vosotros, creo que para  ellos soy uno de sus juguetes preferidos.

Dejarme todas estas cosas, y llevaros todo aquello que no me sirve.

Como magos que sois, haced un paquete muy grande en el que quepa la guerra, y arrojarlo fuera de nuestra galaxia.

Haced otro con el hambre y envolverlo con el odio y las desigualdades sociales, para que vaguen toda la eternidad por los espacios siderales.

Haced otro paquete muy grande, ¡pero que muy grande!, con el dinero de aquellos que han hecho y están haciendo de la crisis un negocio, especulando a nivel mundial con los alimentos, sin importarles que con ello sigan muriendo por la hambruna millones de niños. Repartirlo allí donde más falta haga, e incluir también en el mismo el dinero de aquellos muchos avaros que nutren su codicia en estos tiempos de crisis a la cual se aferran como pretexto para transgredir los derechos de muchos desvalidos.
Y si no cabe en el paquete tanto dinero, –que no cabrá-, fruto de la explotación de tantos y tantos desgraciados que en su desesperación por llevar un pedazo de pan a su hogar, caen en manos de estos negreros explotadores, haced otro paquete más, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro ,y otro...
          
         Llevaros pues todo aquello que no valga para que en vuestra próxima visita podáis ver la sonrisa de todos los niños del mundo, incluida la de este chiquillo que os escribe hoy por primera vez después de sesenta y tantos años.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

CRONICA DE NAVIDAD DE UNO DE TANTOS.

Este relato aunque contado en primera persona es de mi invención. He querido con él reflejar de
algún modo la crisis económica además de la crisis social en la que estamos sumergidos. 
           
        Allí estaba yo otro año más en la barra de aquél restaurante días antes de Navidad haciendo tiempo a que llegara el jefe para la consabida comida de empresa. Para distraerme me entretengo mirando la televisión y como el año pasado no ha cambiado nada. De nuevo en la pequeña pantalla la gente descorcha botellas de espumosos en las puertas de algunas de las administraciones de lotería agraciadas. Todos los premiados dicen que lo destinarán a tapar agujeros. Observo también las caras cariacontecidas de los que vieron colgado el número en el bar o en la tienda y no compraron. Estos últimos invocarán de seguro a la salud. El restaurante está atestado de gente. Por una vez al año todas las categorías revueltas, jefes, apoderados, administrativos y subalternos; hoy, todos con un objetivo común: la comilona. Veo pasar al impresentable de mi jefe, -otro año más que llega tarde- vistiendo de Armany empapado de perfume tal vez de la misma marca pero seguro del más caro. La gomina con la que se unta el pelo es de un brillante que deslumbra. Le acompaña como una lapa el hombre sin piedad y sin escrúpulos, el temido subdirector.
Me dirijo a la mesa siendo uno de los últimos en tomar asiento. Allí está Ordoñez, el graciosillo de siempre tratando de no pasar desapercibido -hoy menos que nunca- ante los ojos del mandamás. No falta sentado a la mesa también el muy cabrón de Galindo, el de personal, el que tuvo muy en cuenta el permiso que pedí cuando mi mujer estuvo hospitalizada y no las horas que por la cara echo de más todos los días, ésas que ni siquiera se atreve a incorporar en mi expediente como dedicación y entrega a la empresa. No falta Diez, el pelotas, el primero en aplaudir y levantarse cuando el jefe diga la consabida arenga. Allí está cómo no, García, el amargado, el que sale solo a tomar café y no se relaciona con nadie; el que aguanta bromas sin alterarse lo más mínimo hasta de Gervasio el ordenanza. Hoy los tiene a todos muy cerca y estará deseando de que acabe cuanto antes la pantomima para al menor descuido irse a casa.
No faltan los del grupito, esos que siempre salen juntos a desayunar que forman un clan entre ellos y que cuchichean a tu paso, siempre conspirando, y que de seguro como en años anteriores después de la comida se irán de fulanas para después durante unos días alardear sobre si fueron dos o tres las faenas acabadas. Todo mentira.  Petri, la de impagados con su voz alegre y cantarina en esta ocasión no dirá la tan temida frase que repite ahora casi a diario debido a la crisis: ¡Otro que tiene que echar el cierre! Salgado el de riesgos, el sabueso, hay que verlo comer. Es todo un espectáculo; con la servilleta colgada por un pico a la altura de la nuez la cual le sirve para protegerse de alguna posible mancha. Come muy lentamente ajeno a casi todo apartando con el cubierto con mucha minuciosidad las espinas del pescado. Es un sibarita y un dandy en el vestir, lleva pajarita en vez de corbata. Domínguez, el del área de clientes. No me lo imagino sin el teléfono entre el hombro y la oreja mientras atiende el teclado de su ordenador. Casi siempre está hablando con su mujer repitiendo una y otra vez: cari, cari, cari. Cuando se despide de ella la llama pitufina.  Y cómo no, el señor Nicanor, el más mayor de todos. Lo de señor le viene porque así lo impuso él tanto a los clientes como a los compañeros, aunque para estos últimos lo de señor lo sueltan muchos con irónica sorna, y más parece un apodo que no un signo de respeto y distinción.  
Allí están todos, y yo una vez más con ellos tratando de poner buena cara, sonriendo, con sonrisas prestadas a unos y a otros. Todos, supongo, saben que estoy sentenciado. Es un secreto a voces divulgado por Segura, el chivato. Lo que no saben es que ellos irán tras de mi. ¡Que se jodan!
Tengo que soportar el discurso del de la gomina. Sé que será el último que aguante. Ayer me llamó a su despacho. El muy joputa quería que maquillara el balance para esconder pérdidas. Como jefe de contabilidad invoqué mi profesionalidad además de mi conciencia. Sus últimas palabras fueron: -Márchese y espere acontecimientos, porque quiero que sepa usted de que aquí mando yo. Y las mías: –Sepa usted que la empresa está en quiebra técnica. Los hechos son evidentes-. Fui benevolente, le tenía que haber dicho en quiebra culpable. No hubo más. Abandoné su despacho y miré sabiendo que seria la última vez el cuadro que colgaba en la pared con el credo de la empresa donde rezaba por este orden: Dios, trabajo y familia.Y ahí está el muy cabronazo brindando con vino barato y no con el Dom Perignon, o el Vega Sicilia de las mejores añadas que aparece en las facturas que pasa a la empresa por comidas de trabajo. Mentira. La mayoría con sus amigotes y esposas.
Mientras dura la perorata de falsedades el subdirector me mira con una mirada retadora que intuyo que esconde una pregunta ¿por qué estoy yo hoy allí? Le correspondo con una sonrisa de satisfacción y de triunfo en vez de un gesto que denotara en mi preocupación. A todo ello no aparto la mirada. Es un desafío entre los dos.  Al final gano yo. Él se repliega y busca una servilleta a la que acaricia para distraerse. Seguro habrá adivinado que me estoy ciscando en todos sus muertos. Vive en una mansión al igual que el que está soltando el discurso pagadas ambas con los sobresueldos que cobran. Ahora no quieren participar de garantes para la financiación de la empresa alegando que su patrimonio es suyo, los muy cabrones. 
Salgo en cuanto puedo de allí. Sólo me despido de Petri y de mi compañero Paco Salinas, el que trabaja a diario codo con codo conmigo. Una buena persona. Me tropiezo al salir con García, el amargado. Me acompaña hasta el metro. Ya no tendremos que volver al trabajo hasta pasada la Navidad. Yo tal vez lo haga por última vez.
De regreso a casa pienso que ya ha pasado la primera parte de la obra de teatro navideña. Mañana tocará la segunda, la de ir a cenar a casa de mi madre. Mi madre es una mujer para colmarla siempre de besos y en estas fechas aún más, pero mi hermana y sobre todo mi cuñado son para mandarlos a la mierda, sin embargo todo sea por mi madre, por ella tendré que empezar ya a ensayar hasta mañana mi sonrisa de "profiden". No me equivoqué. Fue como el año anterior. El niño de mi hermana, Carlitos, el gafitas, no dejó a mi madre oír el discurso del Rey explosionando petardos en la terraza ante la pasividad de mi hermana y mi cuñado. Mi cuñado es un vago redomado siempre dado de baja en el trabajo por no se qué dolencia de columna. Un cuentista dando siempre sablazos a mi pobre madre con la complicidad de mi hermana. Todos los años me hablan de sus viajes al extranjero. Esta vez tocaba uno a un país exótico. Lo peor de este año ha sido el cabrón del niño en los postres ya que se atragantó con una peladilla y al tiempo de expulsarla su boca era un volcán echando toda la cena. Creo que vomitó hasta la de la noche anterior.
Me fui en cuanto pude. Caminé hasta mi casa en el silencio de las calles en Noche Buena. ¡Que silencio! Sólo irrumpía la quietud algún petardo a lo lejos y algún coche muy de tarde en tarde. El ruido de mi móvil me volvió a la realidad aparcando mis pensamientos para otra ocasión. Era mi ex. ¿Qué querrá? Me pregunté. Sabía que no seria para felicitarme. No acostumbraba a ello, claro que yo le correspondía de la misma manera. Tampoco seria para solicitarme la pensión por mi hija dado que era lo primero que atendía nada más cobrar. La voz angelical de mi hija Sonia de cinco años me alegró el alma.
         -Papi, ¿por qué no vienes?
         -Esta noche no, cielo -le respondí. 
         - Es Navidad Papi.
         -Sí cariño. Lo sé. ¿Lo estás pasando bien? –pregunté.
         -Sí Papi. Javier me ha comprado una casita.
         Tardé en contestar. Javier es la pareja de mi ex.
         -Yo te llevaré otro día los regalos que dejará Papa Noel en mi casa para ti.
         -¡Vale papi! –la oí decir toda alborozada. Luego agregó de inmediato -Pero                 pondrás los zapa... zapatitos en el balcón ¿verdad?
         -Si mi vida, pondré todos los zapatos para ti.
         -Vale papi. Feliz Navidad.
         -Feliz Navidad. Hijita. Adiós.
Desde principio de mi conversación un halo de tristeza empezó a invadirme hasta que unas lágrimas enturbiaron mi visión en la noche gélida madrileña.   
Eran poco más de las doce de la noche. A lo lejos se dibujaba la silueta encendida de la iglesia de mi barrio toda de un color blanco de nieve. A medida que iba avanzando unos apagados tonos musicales navideños se mecían por entre la fría bruma haciéndose cada vez más audibles a medida que avanzaba. Al pasar a la altura del templo el canto de Noche de Paz salido de un coro de gargantas infantiles me contaminó con el llamado espíritu navideño.  Entré en la iglesia y allí durante la liturgia hice balance de mi vida. No tenía nada. Estaba peor que mi empresa. Dios, trabajo y familia, así rezaba en el cuadro colgado en el despacho de mi jefe. Reflexioné. No, poseía algo muy valioso, el cariño de esa vocecita que acababa de oír por teléfono, y mi fe en mis creencias religiosas. Dos activos de un valor incalculable los cuales esperaba revalorizar día a día. En el pasivo sólo debía mi alma a Dios y la hipoteca al Banco. Nada comparado con lo anterior. Terminado de analizar mi triste vida el coro parroquial interpretó Adeste Fideles al tiempo que una extraña sensación me invadió.
A la salida del templo algunos feligreses me desearon Feliz Navidad. Yo también les deseé a ellos lo mismo que a ti te deseo. 
                 
                                    ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Pd. Si en tu entorno de trabajo y fuera de él no existe nadie parecido a alguno de los personajes que describo llámame.         
            

sábado, 17 de diciembre de 2011

MI LIBRO: CUANDO LOS OLIVOS LLORAN

        



         El pasado día 12 de diciembre se celebró en la Diputación Provincial de Jaén la presentación de mi libro: Cuando los olivos lloran.
         Dentro de la historia que narro en mi libro doy vida a personajes creados por mi fantasía literaria en el Torredelcampo que me tocó vivir, desde mi niñez en la posguerra, hasta después de mi adolescencia.
         La trama de mi novela se basa en una tortuosa historia de amor  donde la adversidad y el infortunio se ceba con los principales personajes que describo, todos pobres de solemnidad, pero siempre, en todas sus desgracias, se apoyaban en la estructura sólida de la familia, donde afincaba el respeto y la honradez. 
         La mayor parte de la vida del protagonista de mi novela, transcurre en un cortijo torrecampeño, donde nació, creció, y se hizo hombre, sin ver más horizontes que aquellos que sus ojos vieron al nacer, y que no eran otros más que colinas y llanuras infinitas de olivos además de campiña torrecampeña, acompañado siempre de una niña que creció en el mismo entorno, la que lo dejaría marcado para toda su vida. También una parte de mi novela discurre en el Madrid de los años sesenta.
         Aquellos que lleguen a leer, “Cuando los olivos lloran”, podrán descubrir a través de las fantasías de mis relatos, el amor que el protagonista de mi novela siente por la tierra donde nació y dio sus primeros pasos. Aquella tierra que hizo desde siempre suya, sabiendo que pertenecía sólo a unos pocos, pero aún así, su arraigo por su pueblo nunca decreció, a pesar de que llegado un día tuvo que emigrar.
         Dibujo en mi historia a los poderes fácticos de aquella sociedad, todo ello desde el espejo impoluto en que la vi reflejada, desde el cual pude contemplar y palpar el antagonismo existente entre la burguesía y el campesinado, los excesos y la abundancia en unos y las miserias y el hambre en otros.
         He de añadir, que nadie me contó nada de aquél tiempo, porque yo lo viví en primera persona, por eso, estos recuerdos que narro en mi libro, no los hago míos, son de mi pueblo, de Torredelcampo, desde donde salieron, dando rienda suelta a mi imaginación literaria. A mi pueblo se los debo, y a él los lego, y los pongo a disposición de todos los torrecampeños, y torrecampeñas y también para aquellos que no los sean. A todos, seguro estoy, les despertará si lo tienen dormido, el amor por la tierra que les vio nacer, cuando lean “Cuando los Olivos lloran”.
         Los sentimientos que transmito en este libro deberían de estar para todos los eruditos de la literatura, por encima de las imperfecciones posibles que puedan encontrar, pues ya me justifico al principio de mi obra con una cita muy aclaratoria de Diógenes que dice: Te dedicas a la filosofía y nada sabes. Le dijo el perro al mendigo. El pordiosero respondió: Aspiro a saber y eso es justamente la filosofia.
         Mi libro ha sido coeditado por la Diputación Provincial de Jaén y el Ayuntamiento de Torredelcampo.
         El acto de presentación fue muy entrañable y estuvo presidido por la Diputada del Área de Cultura y Deportes de la Diputación Provincial de Jaén, doña Antonia Olivares Martínez, como también por la Alcaldesa de Torredelcampo doña Francisca Medina Teba, quienes glosaron mi obra y  la figura de este humilde escritor con expresiones de elogio, y sobre todo con un conocimiento amplio sobre mi persona, por lo que ahora desde este blog, les reitero mi agradecimiento por el apoyo recibido para que mi libro fuese una realidad como ya hice públicamente durante mi intervención. También quiero dar las gracias a todas las personas que me acompañaron en la presentación.
         Para todos aquellos que estén interesados en leer mi novela, he de informarles que se encuentra a su disposición en el Centro Cultural de Torredelcampo.  
        
         Muchas gracias. Espero que disfruten con su lectura.
        




miércoles, 7 de diciembre de 2011

PASEO OTOÑAL


         Llevaba una temporada, meses supongo, sin hacer mi recorrido por los cauces del arroyo por el que suelo pasear. Me pregunto el porqué, y no encuentro una respuesta concreta, aunque pudiera ser que esta inapetencia y desgana esté motivada por lo grato y placentero que resulta para mí la vida hogareña, que sin llegar al enclaustramiento, -afortunadamente dado que aún es pronto para mí-, confieso lo feliz que me siento en casa caminando por otras veredas que no son otras que las que me llevan las de cualquier historia reflejada en un papel impreso.  
         Hace días volví, en una tarde propia de otoño, con el cielo pintado de gris plomizo y el aire arrebujado de una meona bruma que tamizaba mis pocos poblados cabellos cubriéndolos de diminutas gotas de rocío.
         Desde un altozano, la silueta coloreada por la estación otoñal de la arboleda que puebla de manera intermitente la ribera del arroyo, apenas se dejaba ver por el velo húmedo de la neblina. Luego, en mi caminar por su cauce, observé como todos los árboles se iban despojando de sus hojas, incluso las zarzamoras permanecían muchas ya desnudas destacándose en sus tallos sus hasta ahora escondidas y afiladas púas por las que colgaban en algunas de ellas cristalinas gotas que iban lentamente cayendo al blando, húmedo, e impenetrable colchón de hojas mustias que sembraban su contorno.
         La quietud y el silencio que invadía el valle eran a veces perturbados por el grato sonido del asustado piar de algún pajarillo que al descubrirme se escondía por entre la semidesnuda arboleda.
         La mayoría de los huertos son ahora eriales cubiertos de cardos y broza. El agua corría cantarina por sus acequias diciendo adiós día tras día sin inmutarse en su recorrido a las derruidas cabañas de los hortelanos que sirvieron en su día para albergar los aperos de labranza y cuyo estado de abandono y derrumbe era palpable. En las contadas huertas donde el cultivo se hacía menos latente observé que sólo conservaban algunas matas de coles que se distinguían entre el morado de las lombardas; estas últimas permanecían vigorosas esperando es de suponer acompañar a alguna mesa por navidades  
         La silueta en ruinas de lo que fue hace siglos una ermita iba surgiendo poco a poco a medida de mi caminar, esta vez entre la bruma cada vez más espesa, y sus derruidos muros le daban a la agonizante tarde una apariencia más triste y melancólica si cabe. 
         Me paré en un raquítico y poco vigoroso olivar que lleva años abandonado. El suelo, lleno de matojos secos dificultaba mi acceso pues quise contemplar una de sus olivas más de cerca. A mi paso, los tiernos brotes de la hierba recién eclosionada se defendían entre la espesura de la maleza y se inclinaban a medida que eran aplastados por mi calzado. Cuando me aproximé, la oliva no me dejaba ver su tronco arropada por un sinfín de varetas que como erguidas lanzas parecían intentar defenderla de algún incierto enemigo. Observé que desde su cruz emergía una telaraña de chupones que se cruzaban entre sí, formando una tupida red con el conjunto de las muchas envejecidas y negras ramas, de las que colgaban algunas contadas aceitunas que el tiempo en esta fecha otoñal pintaba de color violáceo.
¡Que pena me da todo el abandono que observo! ¡Que lástima con tantas necesidades por remediar!
De regreso, la tarde iba muriendo lentamente sin prisa alguna, sin importarle que el campo por estos parajes estuviese agonizando por la desidia del hombre. Atrás iba quedando mientras me alejaba el valle de huertas y frutales por ahora baldíos que se iban escondiendo entre la espesa niebla y al mismo tiempo de oscuras sombras por el declinar crepuscular.
Días después comenté a unos de aquellos viejos hortelanos el estado de abandono de la huerta y me dijo que los pocos que resisten, están hartos de que por la noche les roben todos los frutos además de sus aperos de labranza.
En nuestro pueblo me dijeron una vez que más o menos pasa lo mismo.
Lamentable. Así vamos. ¡Que país!      

martes, 8 de noviembre de 2011

LA ZARZUELA DE MI PUEBLO

       
La última vez que fui a ver una zarzuela fue hace un par de años en la Plaza Mayor de Madrid. Allí, al aire libre disfrutando del fresquito de una noche de verano pude deleitarme viendo interpretar: Agua, azucarillos y aguardiente de don Federico Chueca.
He de confesar que una obra inspirada en el Madrid de finales del siglo XIX, de chulapos y chulapas, de barquilleros y aguadores, de manolas y manolos además de churreros y otros personajes y sirviendo como decorado la Plaza Mayor, me cautivó. He visto otras zarzuelas y antologías de ellas pero siempre no sé por qué, recuerdo la última con más clases de detalles.
Ahora, a la que he hecho referencia ha pasado a ocupar un segundo plano en mi memoria puesto que otra con el mérito que merece y que trataré de describir seguirá en el disco duro de mi mente –espero que por mucho tiempo- en una carpeta que he abierto en el laberinto de mi cerebro para albergar y conservar el grato recuerdo del sábado veintinueve de octubre en el  Infanta Leonor de Jaén.   
Cuando en el teatro se hizo silencio y se levantó el telón no pude por menos que aguantar una exclamación para mis adentros apagando un ¡cojones! que apenas pude contener al contemplar el bello decorado de José Galiano, recreado sospecho en una foto antigua de la plaza de nuestro pueblo y que una copia para más detalles decora un hueco de la sala donde estoy escribiendo. Precioso y emocionante para un torrecampeño como yo siempre con hambre de recuerdos de su tierra.
Ya me lo habían anunciado: ¡Oye, que está muy bien! ¡Ya verás, te va a gustar! Frases cortas de poca importancia para una obra que lo único que tiene de humilde son las personas que la interpretan. Pero, perdonar que con la emoción que me embarga ahora cuando escribo no haya hablado aún de ella. Me estoy refiriendo a la zarzuela: La maldición del corregidor de Antero Jiménez Antonio, tocayo mío, torrecampeño ilustre como lo fue su padre: don Antero el poeta, como en nuestro pueblo lo conocimos. Bien, Antero Jiménez no sólo escribió La maldición del corregidor -dicho sea de paso no sé por el número de edición que irá- sino también el libreto de esta zarzuela y la verdad es que si su libro nos transporta a la época donde se desarrollan los acontecimientos, el libreto ha estado hermanado en todo momento con el drama de la obra.
Con llanto soleares y muerte, así empieza la zarzuela a la que dan vida una serie de actores de nuestro pueblo vestidos de época cuyo atrezo parecía sacado de los mismísimos baúles de Cornejo. Un lujo.
Pero para lujo, el manojo de voces salidas de los tenores, las sopranos y el barítono. Voces supongo labradas en conservatorios donde trabajan y pulen aquellas gargantas como las que acto tras acto de la obra fueron desgranando estos diestros de la voz todos los pormenores de la historia de Los Botijas, bandoleros torrecampeños que se echaron a la sierra para huir de la justicia.  
No quiero pasar por alto las personas que componen el coro de la Asociación Celedonio Cozar, y del grupo de baile: Algo más que danza, pues con sus cantos y bailes participan en todo el espectáculo arropando a los intérpretes, y sirviendo en todo momento de figurantes en cada uno de los actos en que se divide la zarzuela. Magníficos todos ellos.
La música de José Antonio Armenteros, música que salida desde el foso del teatro y que con la admirable acústica del auditorio hacía que su sonido envolvente multiplicara los ecos de los instrumentos en cada uno de los acordes. Precioso. Un diez para este hombre ejemplar. Emocionante el cierre final del pasodoble: Torredelcampo es mi pueblo.
No puedo por menos recomendar este acontecimiento que entre otras cosas sirve para ensalzar el nombre de nuestro pueblo. Muchas gracias a todos los que han hecho posible este espectáculo injustamente llamado del género chico.   
De regreso a Madrid pensé en la extraña y placentera sensación que podría sentir si  La maldición del corregidor  la pudiese ver interpretada en cualquiera de los teatros de esta mi tierra adoptiva. Presiento seria un verdadero gozo, para mí y para todos los torrecampeños afincados aquí.  Animo a ello a quienes corresponda.
          
          

miércoles, 5 de octubre de 2011

EL MULADAR O MULEAR

A últimos del mes de agosto, durante el mes de septiembre y parte de octubre, cuando las faenas agrícolas sufrían un paréntesis hasta que llegaban las primeras lluvias otoñales, en mis tiempos, se aprovechaba este periodo casi inactivo para: "sacar los muladares".
Es posible que muchos, sobre todo lo más jóvenes, no sepan lo que es un muladar, o como nosotros lo llamamos en nuestro pueblo: “mulear”. Bien, voy a tratar de explicarlo:
Antes, la basura no se recogía en bolsas ni se llevaba a los contenedores como ahora, sino que en cada casa en el corral existía un apartado donde se iba depositando toda la mugre que diariamente se generaba. La mayoría de las casas eran de labranza las cuales albergaban una cuadra para las caballerías, amén de la “injaera” que era el habitáculo para el cerdo al que nosotros en nuestro pueblo llamamos marrano. Bien, pues cuando se limpiaba la cuadra de estiércol, la “injaera” de las defecaciones del animal, y la suciedad recogida a diario en la casa junto con todos los desechos comestibles y otros no comestibles, todo ello, se depositaba en el muladar donde las gallinas daban buena cuenta. En conversaciones sobre este tema con algunas personas de mi edad y más mayores echan de menos aquellos huevos de las gallinas de antaño distinguiéndose con los de ahora por tener aquellos la yema de un color casi rojizo. Naturalmente que con tan ricos y variados manjares no era de extrañar. Su rojez y exquisitez dicen los más mayores que alcanzaban límites insospechados cuando no existían aún inodoros en las casas. No me extiendo más, cada cual que utilice su imaginación.     
Como digo todos los desperdicios se iban amontonando en el corral, y poco a poco con la lluvia y con los cambios de temperatura se iban apelmazando y descomponiendo, hasta que durante el tiempo que he señalado anteriormente se limpiaba, conocida esta limpieza por lo que ya he comentado antes que era: “sacar el mulear”.
Cuando ello ocurría se hacia a base de azadón, y con una espuerta se iba acarreando hasta el serón de la caballería que permanecía aparcada en la puerta de la casa. Este proceso por lo general duraba dos o tres días ya que esta basura se solía transportar hasta la tierra de cereal o a las olivas del dueño de la casa para que sirviera de abono.
Ni que decir tiene que los hedores que los vecinos tenían que soportar durante días eran nauseabundos y repugnantes, dado que su fragancia se expandía por toda la calle llegando su esencia a impregnar con el putrefacto olor incluso a toda la manzana. A veces estos olores se alargaban dado que cuando terminaba un vecino, al poco empezaba otro y los malos y vomitivos hedores eran pues continuados o alternos.
Ahora, a pocos metros de mi casa deposito la bolsa de basura en unas casetillas metálicas con una tapadera hermética y la siento caer en un recipiente profundo escondido en la tierra. Por la noche, los basureros por medio de aire comprimido todo el contenedor lo sacan a flote vertiendo su contenido de forma mecánica en el camión, y es que las ciencias adelantan que es una barbaridad.
No quería escribir temas tan repelentes, pero quiero dejar constancia por si las generaciones futuras se preguntasen alguna vez esto que yo hoy les aclaro. 
Esta basura a la que me he referido, era toda ella basura orgánica, que al fin y al cabo servia de nutrientes al olivar o al sembrado.  Hoy existe otra clase basura, supongo  pendiente de calificar ya que ni siquiera  está clasificada como inorgánica, es mucho peor, no hiede, no se  vierte al “mulear”, y no se puede percibir de manera precisa su pestilencia, son entre otros objetos de desecho: los banqueros, esos que en vez de meter la mano en la caja, sacan el dinero de forma legal pero inmoral a través de un acta en un consejo de mala administración, los políticos corruptos, y en fin, también entre otros muchos, toda aquella cohorte de apesebrados de distintos corrales y “muleares” que con la que se cae, encima defienden  todas las irregularidades que hacen estos hijos de la gran zorra (*) .
A ver cuando sacan este “mulear”. Que me avisen para estar prevenido, porque como decimos los torrecampeños: esto si que tiene que “goler”.

(*) Según sentencia reciente, la palabra zorra no es una ofensa. Tendrán pues que cambiar su significado en la RAE.

Tenéis que ver más, dijo uno de nuestro pueblo